Al límite
Capítulo dos
Atravesamos el estacionamiento de la tienda patinando, muy alertas por si venían autos o algún guardia de seguridad. Si llegaba un guardia era el fin de nuestra sesión de skateboarding.
Patinamos hasta la parte de atrás de la tienda. Había un gran camión estacionado en reversa, muy cerca de la zona de entregas. Todavía era temprano y aún no habían llegado otros patinadores.
Como calentamiento patinamos por un par de tapias bajas. Yo siempre estaba ansioso por saltarme las cosas fáciles, pero sabía que era imposible lograr los trucos complicados si no calentaba un poco antes.
— Listo para un poco de emoción? —le pregunté a Wally.
—Digamos que sí.
Subí patinando por la rampa que bordeaba la pared posterior de la tienda y gané velocidad al empezar la bajada. Hice un ollie para subir la barandilla, bajé en 50/50 y golpeé el pavimento… Terminé sobre la patineta y de pie. Bien. Muy bien.
Me bajé de la tabla, la pisé por un extremo y la hice saltar por el aire, la atrapé al vuelo y me la puse bajo al brazo. Miré a Wally, que estaba por llegar a la rampa. Ganó velocidad en la bajada, hizo un ollie y subió a la barandilla haciendo un deslizamiento (era una serie de diez). Casi lo logró, pero se acobardó justo al final: la patineta salió despedida hacia un lado mientras él corría hacia el otro. Me agaché y atrapé la patineta cuando pasó a mi lado.
—Estuviste a punto de lograrlo —le dije, dándole la tabla.
—A punto —contestó—. Se siente raro estar aquí.
— Por qué, si venimos súper a menudo?
—Es raro estar aquí sin Lisa.
— Sigues con eso?
—Ya sé. Es que es raro que no esté con nosotros. Te puedo hacer una pregunta?
— Vas a parar si te digo que no?
Negó con la cabeza.
— Te parece que ustedes dos van a volver?
—Todavía está muy enojada —dije, negando de la misma forma.
— Puedes culparla? —preguntó Wally.
Me encogí de hombros.
—Tal vez sea lo mejor. Estábamos empezando a distanciarnos.
— A distanciarse? Eso me suena a telenovela. Qué significa exactamente?
—Significa que no tenemos tanto en común.
—¡Tú vives para el skateboarding y no hay ninguna otra chica que patine mejor que ella!
—Pero eso no es suficiente —dije.
—Bueno, y qué me dices del hecho de que es una de las chicas más guapas de nuestro grado?
—No está mal.
— Que no está mal? Lisa es mucho más guapa que eso.
—La conozco desde hace mucho más tiempo que tú y hay cosas de ella que no sabes.
— Como qué?
—Para empezar, le gusta llevar la batuta y decirle a la gente lo que tiene que hacer.
—Pues entonces ésa es otra cosa que tienen en común.
—Sí que eres un tipo gracioso. Tengo una mejor pregunta que la de por qué ya no estoy con Lisa: por qué estoy contigo?
— Quién más podría aguantarte?
—Cállate y patina —le dije—. Quiero ver que lo logres.
— Lograr qué? —preguntó Wally.
—No te hagas el tonto tú ahora. Sabes muy bien lo que quiero ver.
—Ya sé —dijo, sacudiendo la cabeza—. Quisiera poder hacerlo.
Estábamos hablando de un truco que Wally había estado practicando. Se subía a la barandilla con un vuelco de talón y después bajaba deslizándose de lado. Hacía semanas que intentaba hacerlo, pero siempre fallaba al final.
Yo sabía que lo lograría si seguía tratando.
—Vamos, hoy es el día. Puedo sentirlo —le dije.
—Tanto como puedes sentir el dolor de tu rodilla —me dijo, señalando el desgarrón de mi pantalón. Hasta ese momento no me había dado cuenta de que ya había sangre en la tela.
—Sólo inténtalo. No seas cobarde. Vamos.
Wally asintió con la cabeza, reacio.
No quería ser malo con él, ¡pero estaba tan cerca de lograr ese truco! Yo sabía que podía hacerlo. Ése era el problema: yo lo sabía, pero él no.
Siempre se acobardaba en el último momento porque no se creía capaz. Eso era lo que no funcionaba con Wally y el skateboarding. Tenía unos pies excelentes (tal vez incluso mejores que los míos), pero saltaba de la patineta cuando el asunto se empezaba a poner feo. Y con los trucos difíciles casi siempre se pone feo.
Wally bajó de la rampa a toda velocidad, sacándole jugo al movimiento de transición. ¡Levantó la tabla e hizo un 50/50 inigualable por la barandilla! Fue un grind perfecto; entonces pateó la tabla para que diera una vuelta y él… dio un salto y aterrizó parado.
Una parte de mí quería ovacionarlo, otra quería abuchearlo y el resto de mí quería llorar. Podría ser tan bueno si se lo permitiera.
—Muy bien, Wally. Quieres tratar de nuevo?
—Tal vez mañana.
— Por qué no ahora? Tenemos toda la noche.
—Yo no. Me tengo que ir como en una hora.
— Cuál es la prisa?
—El examen de matemáticas, te acuerdas?
Wally y yo estábamos en salones distintos, pero teníamos el mismo maestro de matemáticas y el mismo examen al día siguiente.
—Que tú no tengas que estudiar no quiere decir que yo no tenga que hacerlo.
—Sí voy a estudiar —le dije.
—Pero seguro que sólo unos minutos.
—No necesitas más que eso para aprobar —le dije—. Con pasar basta, sería perfecto.
—Hasta donde yo sé, perfecto es un cien —dijo Wally—. Si estudiaras más, no sólo aprobarías.
—Si estudiara más, no tendría tanto tiempo para patinar o para…
Me callé a media frase porque en ese momento vi que el auto daba la vuelta en la esquina. Wally volteó y lo vio también. El auto se detuvo.
Había dos personas en la parte delantera.
— Crees que sean guardias de segu-ridad? —preguntó Wally.
—No en un auto tan caro.
— Qué están haciendo entonces?
— Y yo cómo podría saberlo? Tal vez sea algo inocente… como una venta de drogas. Vamos a seguir patinando —dije, encogiéndome de hombros.
Puse un pie en la patineta y me impulsé para ganar velocidad. Subí a medias por la rampa, me balanceé y bajé en reversa. Hice la transición y pisé el extremo de la tabla, girándola con el pie al mismo tiempo para que volara por el aire y aterrizara de nuevo, ¡conmigo encima! Era una vuelta difícil; lo hice todo tambaleándome un poco, pero logré mantenerme sobre la patineta.
—¡Muy bien! —me felicitó Wally.
Le sonreí y empecé a impulsarme de nuevo, acelerando cada vez más.
Quería probar la barandilla y…
—Están saliendo del auto —dijo Wally.
Pisé la patineta con fuerza, la atrapé al vuelo y me volteé para mirar. Un hombre, el que manejaba, había ido a la parte trasera y estaba inclinado sobre la cajuela abierta. El otro estaba de pie junto al auto. Tenía una cámara en las manos: una videocámara.
— Por qué traerá una cámara? —preguntó Wally.
Sacudí la cabeza.
— Crees que podrían ser guardias?
— Por qué iban a tener una cámara los guardias de seguridad?
—Escuché que en algunos lugares están grabando a los chicos para poder probar que ya les han advertido que deben irse y así, cuando regresan, los pueden acusar de entrar sin autorización —me explicó Wally.
—Es muy raro.
—Tal vez sea raro, pero es cierto. Más vale que nos vayamos de aquí.
Yo no quería irme, pero tal vez Wally tenía razón. Entonces vi que el segundo hombre cerraba la cajuela de un golpe. Tenía puesto un casco y llevaba una patineta bajo el brazo. No eran guardias. ¡Habían venido a patinar y a grabar sus trucos en video!
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