Amor de perdición

Camilo Castelo Branco · Capítulo 9 de 24

Páginas del PDF

Amor de perdición

Capítulo VI

 

AQUEL mismo día, a las diez y media de la noche, tres embozados, viniendo de distintas direcciones, se reunieron en la callejuela poco frecuentada a que daba la puerta del jardín de Tadeo de Albuquerque. Se detuvieron algunos minutos como para ponerse de acuerdo.

De los tres había uno cuyas palabras eran oídas en silencio y sin réplica por los otros. Dirigiéndose a uno, le decía:

—No conviene que estés cerca de la puerta. Si aparece aquí el cadáver, las sospechas recaerían sobre mí o sobre mi tío. Poneos a distancia uno de otro y estad atentos a oír las pisadas del caballo. En seguida apretáis el paso de modo que podáis dispararle lejos de aquí.

—Pero —interrumpió el otro—, ¿quién nos dice que si ayer vino a caballo hoy no puede venir a pie?

—¡Es verdad! —dijo el otro.

—Si viene a pie, yo os avisaré para que lo sigáis después hasta cogerlo a tiro, pero lejos de aquí, ¿entendéis? —dijo Baltasar Coutinho.

—Sí, señor; pero ¿si él sale de la casa o entra sin darnos tiempo?

—Tengo la seguridad de que no está aún en la casa, ya os lo he dicho. Basta de habladurías. Iros a apostar detrás de la iglesia, y ojo alerta.

El grupo se dispersó, y Baltasar permaneció algunos momentos recostado contra la pared del jardín. Dieron las once menos cuarto.

El señor de Castro Daire aplicó el oído a la puerta y se retiró apresuradamente al escuchar el ligero rumor que producían las hojas secas holladas por los pies de Teresa.

Apenas Baltasar, enteramente pegado a la pared, había desaparecido, otro bulto asomó del lado opuesto y se adelantó rápidamente. No se detuvo, sino al revés, se dirigió a todos los puntos en que las sombras podían ocultar a un hombre. Dio vuelta a la iglesia, que estaba a unos doscientos pasos de distancia, y halló a los dos embozados que estaban colocados en el ángulo formado por la capilla mayor y protegidos por la sombra de la torre. Mirólos de reojo, y cayó en sospecha: no los conocía; pero en cuanto pasó, uno de ellos dijo al otro en voz baja:

—¡Es Juan de la Cruz, el herrador, o el diablo en su lugar…!

—¿Qué vendrá a hacer por aquí a estas horas?

—¡Qué sé yo!

—¿No te parece que tal vez andará metido en este lío?

—¡Qué cosas tienes! Si acaso, sería para ayudarnos. ¿Tú no sabes que ha estado en casa del amo?

—¡Toma!, y sé también que se estableció con dinero que le adelantó el señor. — Entonces, ¿qué miedo tienes?

—No tengo miedo, pero también me acuerdo que fue el corregidor quien lo libró de la horca.

—Eso no le hace. El corregidor no se mete en este asunto, y ni siquiera sabe que su hijo ha venido.

—Puede ser, pero a mí esto no me gusta… Juan es un hombre de mil demonios.

—Sea lo que fuere, lo mismo se le encaja una bala en el cuerpo que a cualquier cristiano.

La conversación siguió con estas y otras conjeturas. De todo cuanto habían dicho, sólo una cosa había cierta: ser el desconocido Juan de la Cruz, el herrador.

Había éste andado trescientos pasos, cuando los criados de Baltasar oyeron el lejano rumor del trote de un caballo. Al tiempo que ellos salían de su escondrijo, Juan de la Cruz se adelantó al frente del jinete. Simón montó las pistolas, y el arriero su escopeta.

—No hay novedad —dijo el herrador—; pero sepa usted que a estas horas podía estar ya derribado del potro y con cuatro postas en el cuerpo.

El arriero reconoció a su cuñado.

—¡Hola!, ¿eres tú, Juan? —le dijo.

—Sí, hombre; he llegado antes que tú.

Simón alargó la mano al herrador, y le dijo conmovido:

—Deme usted esa mano; quiero estrechar con la mía la de un hombre honrado.

—En las ocasiones se conocen los hombres —respondió el herrador—. Vamos a lo que importa; no tenemos tiempo para muchas conversaciones. A usted le tienen preparada una emboscada.

—¿De veras? —dijo Simón.

—Detrás de la iglesia están dos hombres, que no he podido conocer; pero juraría que deben ser criados de don Baltasar. Apéese usted, que va a haber danza. Yo ya le dije a usted que no viniera; pero no quiso hacerme caso, y ahora no hay más que seguir adelante, y no volver la espalda.

—Mire que yo no sé lo que es miedo, maestro Juan —contestó el hijo del corregidor.

—Toma, ya lo sé, y ahora lo veremos, que el enemigo estará pronto a la vista.

Simón se apeó; el herrador cogió el caballo por las riendas y, retrocediendo algunos pasos, fue a atarlo a la argolla que había en la pared de una posada.

Volvió y dijo a Simón que le siguiese a él y a su cuñado a distancia de unos veinte pasos, y que si los veía pararse cerca del jardín de Albuquerque, no pasara del punto donde los viese.

El estudiante quiso protestar contra un plan que lo humillaba, protegiéndolo con la defensa de dos hombres; pero el herrador no admitió objeciones.

—Haga lo que le digo, hidalgo —le dijo con energía.

Juan de la Cruz y su cuñado, reconociendo todas las esquinas, llegaron enfrente del jardín de Teresa y vieron desaparecer un bulto en el ángulo de la pared.

—Vamos a ellos —dijo el herrador—, que se han corrido al atrio de la iglesia, y entretanto, usted llega a la puerta del jardín y entra; luego volveremos para ampararle a la salida.

Con este fin apresuraron el paso, y Simón se dirigió hacia la puerta con las pistolas montadas.

Enfrente de la pared del jardín de Teresa se levantaba una especie de terraplén de cascote, con rápida pendiente que daba acceso a una alameda sombría.

Los dos criados de Baltasar, cuando dejaron de oír las pisadas del caballo, se acordaron de las órdenes de su amo para el caso en que Simón viniese a pie. Buscaron lugar a propósito para vigilar su salida, y entraban en la alameda cuando Simón llegó a la puerta del jardín.

—Ahora ya lo tenemos seguro —dijo uno.

—Si no se queda dentro —respondió el otro, viéndole entrar y cerrar la puerta.

—Pero ¿no ves que por ahí vienen dos hombres? —dijo el más receloso, dirigiendo sus miradas a la otra entrada de la alameda.

—Y flechados a nosotros. Monta la escopeta.

—Vale más largarnos. A quien esperamos no es a ellos. Anda, vente.

Y sin esperar a convencer a su compañero, se deslizó por la pendiente rápida del terraplén. El más intrépido tuvo también la prudencia propia de los asesinos pagados, y siguió al acobardado, dándole la razón al oír detrás de sí las rápidas pisadas de sus perseguidores. Salióles al encuentro su amo, cuando doblaron la esquina del jardín, y les dijo:

—¿Por qué huís, cobardones?

Los dos se pararon avergonzados y montaron sus trabucos.

Juan de la Cruz y el arriero llegaban en este momento, y Baltasar, dirigiéndose a ellos, les gritó:

—¡Alto!

El herrero dijo a su cuñado:

—Habla tú, que no quiero que me conozca.

—¿Quién nos da el alto? —dijo el arriero.

—Son tres escopetas —respondió Baltasar.

—Mira a ver si los entretienes para dar tiempo a que salga el hidalgo —dijo Juan de la Cruz al oído del arriero.

—Vaya, ya nos hemos parado —dijo el servidor de Simón—. ¿Qué es lo que se ofrece?

—Quiero saber qué es lo que tenéis que hacer por estos sitios.

—¿Y ustedes qué están haciendo?

—No admito preguntas —dijo Baltasar, aventurando algunos pasos vacilantes hacia adelante—. Quiero saber quién sois.

El tío Juan dijo al oído a su cuñado:

—Dile que, si da un paso más, lo dejas seco.

El arriero repitió la intimidación, y Baltasar se paró.

Uno de los criados le llamó entonces aparte para decirle que, de aquellos dos hombres, el que no hablaba debía ser Juan de la Cruz.

El caballero dudó y quiso ponerlo en claro; pero el herrador había oído las palabras del criado y dijo a su cuñado:

—Vámonos, que me han conocido.

Diciendo esto volvió la espalda y se alejó a lo largo de la pared del jardín. Los criados de Baltasar, ufanos de la retirada, como si ya fuera derrota segura, apresuraron el paso, detrás de los supuestos fugitivos. Baltasar les dijo que no los siguiesen; pero ellos, poco antes tan cobardes, querían tomar el desquite, corriendo detrás del enemigo tanto cuanto éste les había hecho huir.

Simón Botelho oyó unas pisadas ligeras, y compelido por la alarma de Teresa abrió la puerta del jardín, sin saber aún de quién eran los pasos. Juan de la Cruz, con aire de broma y cuando ya se alcanzaba a ver a los perseguidores, dijo al estudiante que, si estaba ajustado ya el casamiento, no había que perder más tiempo en requilorios.

Simón comprendió el aviso, apretó febrilmente la mano de Teresa y salió. Aún deseaba dirigirse a reconocer a los dos hombres que se habían parado a cierta distancia; pero Juan de la Cruz, con el tono imperioso de quien no admite contradicción, le dijo:

—Váyase por donde ha venido, y no mire hacia atrás.

Simón se alejó hasta el sitio en que había quedado el caballo, montó en él y esperó a sus dos atrevidos compañeros, que le seguían a paso lento. Les había sorprendido la súbita desaparición de los dos criados de Baltasar, y temían que hubiesen ido a emboscarse en el camino, ya fuera de la población. El herrador conocía el atajo que podía conducir a los dos asesinos al camino, y reveló sus temores a Simón, diciéndole que saliese a galope tendido, que él y su cuñado ya irían a parar a casa. El estudiante recibió con desagrado la advertencia, rogándoles que no le tuvieran en tan poca cuenta; y refrenó intencionalmente su caballo, para no obligarles a apresurar el paso.

—Vaya usted como quiera —dijo el maestro Juan—, que lo que es nosotros vamos a echarnos por fuera del camino.

Se dirigieron cuesta arriba por un olivar, y bajaron después encubriéndose entre altas matas de retama, para seguir pegados a una tapia paralela al camino.

—El atajo sigue por ahí, donde la sierra hace aquel recodo —dijo el herrador a su cuñado—; por allí han de pasar, si es que ya no han pasado. El camino real va por la quiebra de aquel otero. Es allí desde donde van a hacer fuego, encubiertos por el matorral. ¡No te duermas!

Y apresurando el paso llegaron a un vallado, donde oyeron las pisadas de los dos hombres a quienes seguían, que en aquel momento atravesaban por el paso de una zanja.

—Ya no llegamos a tiempo —dijo apurado Juan de la Cruz—; los hombres van a dispararle, porque el caballo viene aún muy atrás.

Y corrían ya sin temor a ser vistos, porque los otros habían doblado el otero a cuyo pie corría el camino.

—Le van a hacer fuego ahora —repitió el herrador.

—Podemos gritar al hidalgo que no pase adelante.

—Ya no es tiempo… Pero, muerto él o vivo, lo que es esos picaros no escapan de caer en mis manos.

Habían pasado ya el puentecillo y subían la ladera, cuando oyeron dos detonaciones.

—¡Arriba! —exclamó Juan de la Cruz—, no vayan a meterse por el camino, si han matado al hidalgo.

Habían vencido el llano, sofocados e inquietos, con las escopetas montadas.

Los criados de Baltasar, según la conjetura del herrador, retrocedían por el atajo, suponiendo que los compañeros de Simón habían pasado adelante explorando el camino o, por el contrario, se habían retrasado.

—¡Ahí vienen! —dijo el arriero.

—Pues aquí los esperamos —respondió el herrador, sentándose a cubierto de un matorral—. Siéntate tú también, que ya no necesitamos correr más.

Los asesinos, a diez pasos, vieron levantarse los dos bultos, y cada uno huyó por su lado, uno saltando a una viña labrada y el otro echándose entre las matas.

—¡Tira al de la izquierda! —dijo Juan de la Cruz.

Las dos detonaciones fueron simultáneas. El tiro del herrador tendió sin vida a uno de los asesinos. Las postas del arriero no alcanzaron al otro entre las breñas en que se había metido.

En este momento apareció Simón en lo alto del repecho, desde donde le habían hecho fuego.

—¿Es usted, hidalgo? —gritó el herrador.

—Sí, soy yo.

—Vaya, ¿conque no lo han despachado?

—Creo que no —respondió Simón.

—Este animal ha dejado escapar el pájaro —añadió Juan de la Cruz—; pero lo que es el mío ha estirado la pata en la viña. Voy a verle la jeta.

El herrador se dirigió al sitio donde había caído el hombre, e inclinándose sobre el cadáver dijo:

—¡Alma de cántaro!, si yo hubiera tenido dos escopetas no habrías ido solo al infierno.

—Hombre, ven acá —gritó el arriero—, deja a ese demonio, que el hidalgo está herido en un hombro. Vamos, rápido, que se está desangrando.

—Yo vi dos cabezas que me estaban atisbando desde encima del ribazo y creí que eran ustedes —dijo Simón, mientras el herrador, con la destreza de un hábil cirujano, le vendaba con los pañuelos el brazo herido—. Paré el caballo y dije: «¡Hola!, ¿hay novedad?». En cuanto vi que no me contestaban, eché pie a tierra; pero cuando aún tenía el pie en el estribo, me hicieron fuego. Quise atravesar el matorral, pero no pude romper la maleza y tuve que dar una gran vuelta para hallar la subida; entonces fue cuando noté que estaba herido.

—Esto es un arañazo —dijo Juan de la Cruz—. ¡Mire usted que yo entiendo de eso, hidalgo! Estoy acostumbrado a curar heridas.

—¿A los burros, maestro Juan? —dijo el herido sonriéndose.

—Y a los cristianos también, hidalgo.

Sepa usted que en Portugal hubo un rey que, según cuentan, no quería más médico que un albéitar. Yo le enseñaré mi cuerpo, que está como una criba de heridas, y nunca me ha visto un cirujano. Con cerote y vinagre soy yo capaz de resucitar a aquel condenado que está allí tendido, oyendo la conversación.

En esto se oyó un leve rumor entre las ramas de unos árboles, hacia el sitio donde había saltado el compañero del muerto.

Juan de la Cruz, como perro de buen olfato, alargó la oreja y dijo entre dientes:

—¿Quieres ver cómo se arma? ¿A que el otro está todavía por ahí temblando de miedo?

El rumor continuó, y una bandada de pájaros salió con algazara de entre la maleza.

—Ahí le tenemos —dijo el herrador—. Don Simón, deme usted una de esas pistolas.

Corrió hacia el sitio indicado el maestro Juan, y se oyó en el matorral un nuevo rumor de ramas quebradas.

—Va abriéndose camino como un cochino de monte —exclamó el herrador—. ¡Cuñado, tira unas cuantas piedras a la maleza; quiero ver salir al jabalí de su guarida!

Al otro lado del matorral había un campo cultivado. Simón, dando la vuelta, consiguió llegar hasta él.

—Cuidado —gritó Simón al herrador—, no me vaya usted a tirar a mí.

—¡Pues qué! ¿Ya está usted ahí, señor? Entonces ya está encerrado el bicho en la madriguera. Yo voy a hacer de hurón. Si éste se nos escapa, bien se puede decir que no hay nada seguro en este mundo.

No se engañaban. El criado de Baltasar Coutinho, al tirarse entre las breñas, se dislocó una pierna por la rodilla y cayó aturdido. Al volver en sí, pasado el atolondramiento de la caída, se arrastró lentamente hasta un grupo de árboles silvestres en que estaban posados unos pájaros. Cuando se levantó la bandada, nuestro hombre retrocedió hasta los matorrales, creyéndose allí bien oculto; pero el arriero empezó a tirar enormes piedras en todas direcciones, y algunas acertaban mejor que las balas de su escopeta. Juan de la Cruz sacó del bolsillo de su chaqueta una podadera y empezó a cortar la maleza que se enmarañaba alrededor del escondrijo. Pero cansado al fin, por lo poco que le lucía su trabajo, que a aquel paso podía dar para rato, dijo al arriero:

—Saca la yesca y el pedernal, y tráeme de ahí un poco de rastrojo seco, que vamos a pegar fuego al matorral, a ver si asamos a ese tunante.

El perseguido, al oír esto, con el peligro sacó fuerzas de flaqueza, y en cuatro saltos se plantó en el campo de rastrojo, donde el arriero estaba recogiendo paja y Simón esperaba el desenlace de aquella especie de montería. Corrieron a un tiempo sobre él el arriero y el estudiante. Viendo que le alcanzaban, el fugitivo se puso de rodillas y juntando las manos pidió perdón, diciendo que era su amo quien le había obligado a meterse en aquellos trabajos. Ya el arriero le iba a dar un culatazo en el pecho con su escopeta, cuando Simón le detuvo el brazo.

—¡No se pega así a un hombre arrodillado! —dijo el joven—; ¡levántate, muchacho!

—No puedo, señor. Tengo una pierna rota, y me he quedado lisiado para toda mi vida. En esto llegó el herrador y exclamó:

—¿Qué, aún está vivo ese tunante?

Y se echó sobre él con la podadera.

—No le mate, señor Juan —dijo el estudiante.

—¡Que no le mate! ¡Hombre, pues me gusta la ocurrencia! ¡Vaya, conque usted quiere pagarme con la horca el favor de acompañarle!

—¿Con la horca? —dijo Simón.

—¡De seguro! ¿Quiere usted dejarle para que vaya a contar el cuento? ¿Le gusta a usted el lance? Usted, como es hijo del juez, no le da cuidado; pero yo, que soy herrador, esta vez podía tener por seguro la soga al pescuezo. No me acomoda ese arreglo. Déjeme usted despachar mis cuentas con este tunante.

—No le mate usted, señor Juan; déjele usted irse en paz, se lo ruego. Un testigo no nos puede hacer daño.

—¡Cómo! —replicó el herrador—, usted entenderá mucho de otras cosas; pero de estos negocios no sabe ni jota, y perdone usted mi atrevimiento. Basta un solo testigo para poner en autos a la justicia. Un testigo presencial y cuatro de oídas, con el señor de Castro Daire bullendo en el asunto, sería la horca segura, como dos y dos son cuatro.

—Yo no diré nada; no me maten ustedes, que ni volveré a aparecer por Castro Daire —exclamó el criado de Baltasar.

—Déjele usted, Juan de la Cruz… ¡Vámonos!

—¡Eso es! —replicó el herrador—. ¡Llámeme usted por mi nombre, para que este canalla quede sabiendo a ciencia cierta que soy Juan de Cruz! ¡Vaya, que no sé qué pensar de usted, queriendo dejar sano y salvo a un condenado que le ha descerrajado un tiro para matarle!

—Bueno, sí, tiene usted razón; pero yo no sé ensañarme con miserables que ya no resisten.

—Y si él le hubiese matado, ¿le dejaba sin castigo? Respóndame a esto.

—¡Vámonos —replicó Simón—, dejemos en paz a ese miserable!

El maestro Juan permaneció algunos momentos pensativo, y rascándose la cabeza, al fin murmuró entre dientes y en tono de disgusto:

—Bueno, vámonos… Quien perdona a su enemigo, a sus manos viene a morir.

Habían ya abandonado el lugar de esta escena y bajaban hacia el camino, cuando el herrador exclamó:

—¡Caramba!, que me he dejado la escopeta allí. Vayan ustedes andando que yo los alcanzaré.

De allí a poco, Simón oyó unos gritos y supuso de qué se trataba.

—Juan está arreglando las cuentas —dijo el arriero—. Déjelo usted, que él es hombre que sabe lo que se hace.

Juan de la Cruz los alcanzó de allí a poco, y venía limpiando con unas yerbas la podadera, toda ensangrentada.

—¡Es usted cruel, señor Juan! —dijo el estudiante.

—No soy cruel —dijo el herrador—, está usted muy equivocado; ya sabe usted lo que dice el refrán: morir por morir, que muera mi padre que es más viejo. Tanto da matar uno como dos. Cuando se está con las manos en la masa, lo mismo es amasar una hogaza que tres. Los negocios deben concluirse por completo o no meterse en ellos. Ahora ya llevo la conciencia tranquila. La justicia que lo pruebe si quiere, pero no ha de ser porque le lleve el soplo ninguno de los dos a quienes he despachado de regalo al demonio.

Simón se horrorizó por un momento de la ferocidad del herrador, y se arrepintió de haberse unido a tal hombre.