Amor de perdición
Capítulo II
CON su hazaña de la fuente, Simón Botelho llevó a Coímbra arrogantes convicciones de su valentía. Se acordaba de todos los pormenores de la derrota de los treinta aguadores, del son hueco de los golpes, de la caída del uno completamente aturdido, del levantarse otro ensangrentado, del estacazo que había alcanzado de lleno a tres a un tiempo, y del que dio de bruces con otros dos, del general clamor y del estruendo final de la rotura de los cántaros. Simón se deleitaba con tales recuerdos, como no he visto hasta ahora en ningún drama al veterano de cien batallas conmemorando los laureles alcanzados en cada una, hasta que le faltan las fuerzas para seguir asombrando, cuando no es fastidiando, a los espectadores.
El estudiante, con su entusiasmo, podía, sin embargo, llegar a ser mucho más perjudicial que el perdonavidas de un teatro. Los recuerdos le impelían a realizar nuevas hazañas, y la Universidad era lugar entonces propio para ejecutarlas. Una buena parte de la juventud estudiosa simpatizaba con las balbucientes teorías de libertad, más por presentimiento que por estudio. Los apóstoles de la Revolución francesa no habían aún conseguido hacer llegar el fragor de sus clamores hasta este rincón del mundo; pero los libros de los enciclopedistas, fuentes de donde corrieron el virus y la sangre del noventa y tres, no eran del todo ignorados. Las doctrinas de la regeneración social por medio de la guillotina tenían ya algunos tímidos sectarios en Portugal, y ésos pertenecían en su mayor parte a la nueva generación. Fuera de esto, el rencor contra Inglaterra se propagaba entre las clases manufactureras, y la idea de librarse del yugo envilecedor de los extraños, tan apretado desde principios del siglo anterior, en virtud de pérfidos y ruinosos tratados estaba en el ánimo de muchos portugueses que preferían la alianza con Francia. Éstos eran los pensadores reflexivos; los sectarios de la Universidad, ésos expresaban más la pasión de la novedad que las doctrinas del raciocinio.
En el año anterior a 1800 fue Antonio Araújo de Azevedo, después conde de Barca, a negociar en Madrid y París la neutralidad de Portugal. Rechazaron las potencias aliadas sus pretensiones, no teniendo en cuenta para nada los dieciséis millones que el diplomático ofrecía al primer cónsul. Sin demoras fue nuestro territorio invadido por los ejércitos de España y Francia. Nuestras tropas, al mando del duque de Lafoens, no llegaron a trabar la desigual lucha, porque a ese tiempo, Luis Pinto de Sousa, más tarde vizconde de Balsemáo, negoció una paz ignominiosa en Badajoz, cediendo a España la plaza de Olivenza, excluyendo a los ingleses de nuestros puertos e indemnizando a Francia con algunos millones.
Estos acontecimientos irritaron contra Napoleón los ánimos de aquellos que odiaban al aventurero, al paso que a otros les dio ocasión para congratularse del rompimiento con Inglaterra. Entre los de esta última bandería, en la inquieta y alborotada Universidad, era voto de gran monta Simón Botelho, a pesar de sus imberbes dieciséis años. Mirabeau, Danton, Robespierre, Desmoulins y otros muchos verdugos y mártires de la gran carnicería, eran nombres que resonaban armoniosamente en los oídos de Simón. Difamarlos en su presencia equivalía a insultarle, y el difamador tenía por seguro, o un revés de sus manos, o las pistolas montadas ante el pecho. El hijo del corregidor de Viseu sostenía que Portugal debía regenerarse en un bautismo de sangre, para que la hidra de la tiranía no alzase una de sus mil cabezas bajo la clava del Hércules popular.
Estos discursos, remedo de algunas de las violentas diatribas de Saint-Just, ahuyentaban de su compañía aun a aquellos mismos que le habían aplaudido cuando predicaba principios de libertad más racionales. Simón Botelho acabó por hacerse odioso a sus condiscípulos, que para destruir infamemente toda solidaridad con él, le delataron al obispo-conde, rector de la Universidad.
Predicaba un día el estudiante demagogo en la plaza de Sansón a los pocos oyentes que le quedaban, fieles unos por miedo, otros por analogía de condición. Estaba el discurso en el punto más culminante de la defensa de la idea regicida, cuando una cuadrilla de esbirros vino a apagar el fuego de la inspiración del tribuno. El orador quiso resistirse, llegando a sacar las pistolas; pero las gentes del obispo-conde sabían demasiado bien con quién tenían que habérselas.
El jacobino, desarmado y metido entre la escolta de los esbirros, fue conducido a las prisiones de la Universidad, de donde salió seis meses después, merced a grandes empeños de los amigos de su padre y de los parientes de doña Rita.
Perdido aquel curso, Simón se volvió a Viseu. El corregidor le mandó quitarse de su presencia, amenazándole con expulsarlo de casa. La madre, más bien guiada por el deber que por el corazón, intercedió por su hijo, consiguiendo sentarlo a la mesa paterna.
En el espacio de tres meses se operó una transformación maravillosa en las costumbres de Simón. Despreció la compañía de gente baja. Raras veces salía de casa, y esto, o solo, o en compañía de su hermana más joven, la predilecta. El campo, los árboles y los sitios más sombríos y agrestes eran su recreo. Las dulces noches de estío solía pasarlas fuera de casa hasta que apuntaba el alba. Los que así lo veían se admiraban de su aire pensativo y del recogimiento en que pasaba su vida. En casa se encerraba en su cuarto, de donde sólo salía cuando lo llamaban para sentarse a la mesa.
Doña Rita se pasmaba con tal mudanza, y su marido, completamente convencido de su sinceridad y persistencia, al cabo de cinco meses consintió que su hijo le dirigiese la palabra.
Simón Botelho amaba. Esta sola palabra explica la que podría parecer increíble transformación a los diecisiete años.
Amaba Simón a una vecina suya, joven de quince años, rica heredera, de no escasa hermosura y buen nacimiento. Desde la ventana de su cuarto fue donde la vio por vez primera para amarla por siempre. No quedó ella incólume al herir el corazón de su vecino; le amó también y con más formalidad que la acostumbrada en sus años.
Los poetas nos cansan la paciencia habiéndonos del amor de la mujer a los quince años, como de pasión peligrosa, única e inflexible. Algunos escritores de novelas dicen lo mismo. Ambos se equivocan. El amor de los quince años es un juego infantil; es la última manifestación del amor a las muñecas; es la tentativa del avecilla que ensaya su vuelo fuera del nido, siempre con los ojos fijos en la madre que está desde la rama próxima llamándola: tanto sabe la primera lo que es amar mucho, como la segunda lo que es volar lejos.
Pero Teresa de Albuquerque debía ser una excepción en su amor.
Odiaba el padre de Teresa al magistrado y su familia, por haber dictado Domingo Botelho sentencias adversas a sus intereses en litigios que él sostenía. Por añadidura, dos criados de Tadeo de Albuquerque fueron de los heridos en el año anterior en la célebre aventura de los cántaros. Salta a los ojos que el amor de Teresa, llevando consigo la necesidad de incurrir en la justa cólera de su padre, debía ser fuerte y verdadero.
Era también este amor singularmente discreto. Durante tres meses se vieron y hablaron, sin denunciarse a la vecindad y ni siquiera despertar sospechas en ninguna de las dos familias. Los fines que ambos se prometían eran los más honrados; él iba a terminar su carrera, para que pudiesen vivir del fruto de su trabajo si no tenían otros recursos; ella esperaba que su anciano padre falleciese, para ser dueña de su albedrío, y poderle entregar su corazón al par que sus cuantiosos bienes. Digna de admirarles tal discreción, dada la índole de Simón y la presumible ignorancia de Teresa en las cosas materiales de la vida.
En la víspera de su salida para Coímbra estaba Simón Botelho despidiéndose de su tierra amada, cuando súbitamente fue ésta arrancada de la ventana. El alucinado joven oyó los gemidos de aquella voz que momentos antes murmuraba entre sollozos palabras de amorosa ternura. Le hirvió la sangre en la cabeza, rugió encerrado en su cuarto como la fiera en la jaula. En la impotencia que se veía para socorrerla tuvo tentaciones de poner fin a su propia existencia. Las horas restantes de aquella noche las pasó entregado a la ira y a proyectos de venganza. Al amanecer empezaron a calmarse sus arrebatos, y con la meditación renació la esperanza.
Cuando le llamaron para salir para Coímbra, se echó de la cama de tal manera desfigurado, que, avisada su madre del trastorno que en su fisonomía se notaba, fue a su cuarto a interrogarle y disuadirle de emprender su viaje mientras se hallase en aquel estado febril. Pero Simón, entre mil proyectos, se había fijado en el de irse a Coímbra, esperar allí mismo noticias de Teresa, y volver si podía ocultamente a Viseu para hablar con ella; pensando juiciosamente que con quedarse, sólo podía contribuir a empeorar su situación.
Después de abrazar a su madre y a sus hermanas y de besar la mano a su padre, que había reservado para aquel momento una amonestación severa hasta el punto de asegurarle que le abandonaría por completo si llegaba a recaer en sus antiguas locuras, bajó el estudiante al patio de su casa. Al ir a poner el pie en el estribo, vio que imploraba su caridad una vieja mendiga que llevaba en la palma de la mano que le extendía un diminuto papel. Cogióle sobresaltado el joven; y a los pocos pasos de distancia de su casa, leyó las siguientes líneas:
«Mi padre dice que me va a meter en un convento por tu causa. Todo lo sufriré por tu amor. Tú no me olvides y me hallarás en el convento, o en el cielo, siempre tuya de corazón y siempre leal. Vete a Coímbra. Allí recibirás cartas mías, y en la primera te diré las señas con que puedes responder a tu pobre. —TERESA».
La transformación del estudiante admiró a la Universidad. No siendo en las cátedras, en parte alguna se le veía. De sus antiguas relaciones sólo conservó la de los condiscípulos sensatos que le dieron buenos consejos y le visitaron en la prisión durante seis meses alentándole y proporcionándole recursos que su padre no le daba y su madre con escasez suplía. Estudiaba con ardor, como quien echa los cimientos de la futura reputación que ha de servirle para alcanzar medios con que sostener dignamente a su mujer. A nadie confiaba su secreto, a no ser a Teresa en sus cartas; largas cartas en que se desahogaba la pasión y esparcía el espíritu, fuera de esto siempre consagrado al estudio. Respondíale a menudo la vehemente joven; y ya le decía que la entrada en el convento había sido una mera amenaza a la que no temía, porque conocía que su padre no podía pasarse sin ella.
Con esto se aumentó el amor de Simón a los estudios. Preguntado en puntos difíciles de las materias del primer año, de tal manera salió airoso de la prueba, que catedráticos y condiscípulos le consideraban ya como acreedor al primer premio.
Por esta época, Manuel Botelho, ya cadete en Braganza y destacado en Oporto, tomó licencia para estudiar en la Universidad las matemáticas. Animóle a ello la noticia de la mudanza de conducta de su hermano. Fue a vivir con él y lo halló pacífico, pero ensimismado y fijo en una idea que lo hacía misántropo e intratable por otro estilo. Poco tiempo vivieron juntos, siendo causa de su separación el amor desgraciado de Manuel Botelho por una señora de las Azores casada con un estudiante. La esposa seducida se dejó perder con las ilusiones de su ciego amante. Abandonó a su marido y huyó con Manuel a Lisboa, y de allí a España. En otra ocasión de este relato daré cuenta del fin de este episodio.
En el mes de febrero de 1803 recibió Simón Botelho una carta de Teresa. En el siguiente capítulo se cuenta minuciosamente la peripecia que obligó a la hija de Tadeo de Albuquerque a escribir aquella carta, que causó cruel sorpresa al estudiante, convertido a sus deberes, a la honra, a la sociedad y a Dios, por el amor.