Amor de perdición

Camilo Castelo Branco · Capítulo 24 de 24

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Amor de perdición

Conclusión

 

A las once de la noche el comandante se retiró a una litera de pasajeros, y Mariana, sentada en el suelo y con la cara inclinada sobre el regazo, parecía sucumbir al quebranto de las penosas y aflictivas horas de aquel día.

Simón velaba, postrado en el camarote, con los brazos cruzados en el pecho y los ojos fijos en la luz, que se balanceaba colgada de un alambre. El oído tal vez le tenía atento al silbar del vendaval; tal vez le debía sonar como un ¡ay! plañidero aquel silbido agudo, voz única entonces en medio del silencio de la tierra y del cielo.

A medianoche Simón extendió el brazo trémulo al paquete de cartas que Teresa le había enviado, y contempló un momento la que venía encima, que era de ella. Rompió el sobre y se colocó de manera que le alcanzase el incierto resplandor de la lámpara. Decía así la carta:

«Es ya mi espíritu el que te habla, Simón. Tu amiga ha muerto. Tu pobre Teresa a la hora en que leas esta carta, si Dios no me engaña, habrá ya alcanzado el supremo descanso.

»Yo debía ahorrarte este último tormento; no debía escribirte; pero perdona a tu esposa del cielo tal culpa, por el consuelo que siento en hablar contigo a esta hora, hora final de la noche de mi vida.

»¿Quién te diría que yo he muerto, si no fuese yo misma, Simón mío? De aquí a poco perderás de vista este monasterio; correrás millares de leguas, y no hallarás en parte alguna del mundo una voz humana que te diga: la infeliz te espera en el otro mundo y pide al Señor que te rescate.

»Si te pudiese engañar, amigo mío, ¿preferirías mejor pensar que quedaba con vida y con esperanza de verte a la vuelta de la deportación? Así podrá ser, pero aun ahora, en este solemne momento, me domina el deseo de convencerte de que yo no podía vivir, porque la misma desgracia a veces tiene la vanidad de demostrar que lo es, hasta no poder llegar a más. Quiero que digas: murió; y ha muerto cuando le quité la última esperanza.

»Esto no es quejarme, Simón, no. Tal vez yo hubiese podido resistir algunos días más a la muerte, si tú te hubieses quedado; pero de un modo o de otro era inevitable cerrar los ojos cuando se quebrase el último hilo, y éste se está partiendo, y yo misma lo oigo romperse.

»Que no vayan estas palabras a aumentar tu pena. Líbreme Dios de añadir un remordimiento injusto a tu dolor.

»¡Si yo pudiese verte aún feliz en este mundo; si Dios permitiese a mi alma esta visión!… ¡Feliz tú, pobre condenado…! Sin quererlo, mi amor te injuriaba ahora, juzgándote capaz de la felicidad. Tú morirás de dolor, si el clima de Asia no te mata antes de sucumbir a los males del espíritu.

»La vida es bella, Simón, si la hubiésemos alcanzado como tú la pintabas en tus cartas, que leí hace poco. Estoy viendo la casita que tú describías enfrente de Coímbra, cercada de árboles, flores y pájaros. Tu imaginación paseaba conmigo por las orillas del Mondego a la hora melancólica del anochecer. El cielo se llenaba de estrellas y la luna brillaba sobre la superficie de las aguas. Yo respondía con la voz de mi corazón a tu silencio, y animada por tu sonrisa inclinaba mi cabeza sobre tu seno como si fuese el de mi madre. Todo esto leía en tus cartas, y parece que cesa la angustia de la agonía en cuanto el alma se entrega al recuerdo. En otra carta me hablabas de triunfos y glorias y de inmortalidad de tu nombre. También yo corría tras tu aspiración o delante de ella, porque la mayor porción de los deleites de tu espíritu quería yo que fuese mía. Era una niña hace tres años, Simón, y ya comprendía tu anhelo de gloria y lo imaginaba realizado como obra mía, si me decías, como me dijiste muchas veces, que no serías nada sin el estímulo de mi amor.

»¡Ah, Simón! ¡De qué cielo tan bello caímos! A la hora en que te escribo, estás tú para entrar en el barco de los deportados y yo en la sepultura.

»¡Qué importa morir si no podremos jamás realizar en esta vida nuestras esperanzas de hace tres años! ¿Podrías tú con el desengaño y con la vida, Simón? Yo no podría.

Los instantes del sueño eran los escasos beneficios que Dios me concedía; la muerte es más que una necesidad, es la misericordia divina, la bienaventuranza para mí.

»¿Y qué harías tú de la vida sin tu compañera de martirio? ¿Dónde irías tú a reponer tu corazón de la desgracia que le hirió, sin el olvido de la imagen de esta dócil mujer que siguió dócilmente la estrella de tu desgraciada suerte?

»Tú ya nunca has de amar, ¿no es verdad, esposo mío? ¿Tendrías vergüenza de ti mismo si una vez vieses pasar rápidamente mi sombra por delante de tus ojos ya secos? Sufre, sufre al corazón de tu amiga estas últimas preguntas a que tú responderás en alta mar cuando leas esta carta.

»¡Está rompiendo el día, voy a ver mi última aurora… la última de mis dieciocho años!

»¡Bendito seas, Simón! Dios te proteja y te libre de una larga agonía. Todas mis angustias se las ofrezco en descuento de tus culpas. Si a algún castigo me condena la justicia divina, ofrece tú a Dios tus padecimientos para que yo sea perdonada.

»Adiós, Simón; ya me parece que te veo a la luz de la eternidad».

Irguióse Simón Botelho; miró alrededor de sí, y vio con sorpresa a Mariana que levantaba la cabeza al menor de sus movimientos.

—¿Qué tiene, señor? —dijo ella levantándose.

—¿Estaba usted aquí, Mariana…? ¿No se va a acostar?

—No, señor. El comandante me ha dado permiso para quedarme aquí.

—¿Pero va a pasar así la noche? Le ruego que se retire, porque no es necesario ese sacrificio.

—Si no le incomodo, déjeme quedarme.

—Bien, quédese, amiga mía, quédese… ¿Podré subir a la cubierta?

—¿Quería usted ir sobre cubierta, señor Botelho? —dijo el comandante echándose de la litera.

—Sí, señor.

—Iremos juntos.

Simón puso la carta de Teresa con el paquete de las suyas, y subió tambaleándose. En la cubierta se sentó y se puso a contemplar el mirador de Monchique, que se alzaba sombrío en la falda de la sierra peñascosa en que actualmente se halla la calle de la Restauración.

El comandante se paseaba de popa a proa, pero siempre atento a todos los movimientos del deportado. Temía una tentativa de suicidio, porque Mariana le había inducido a la sospecha. Hubiera querido el marino dirigirle palabras consoladoras, pero pensaba consigo mismo: «¿Qué he de decirle a un hombre que padece de este modo?». Y se paraba junto a él algunas veces, para distraer su atención de aquel mirador.

—¡Yo no me suicido! —exclamó bruscamente Simón Botelho—. Si su generosidad, señor comandante, se interesa en que yo viva, puede dormir tranquilo toda la noche, porque no me suicido.

—¿Pero no podré merecerle la condescendencia de bajar conmigo a la cámara?

—Iré; pero allí sufro mucho más.

El comandante no replicó y continuó paseándose en la cubierta, a pesar de las fuertes ráfagas de viento.

Mariana estaba escondida entre los fardos de la carga, a poca distancia de Simón. El comandante la vio, le habló, y se retiró.

A las tres de la mañana Simón Botelho oprimió entre sus manos la cabeza abrasada por el ardor de la fiebre. No pudo sostenerse sentado y medio dejó caer el cuerpo. La cabeza al inclinarse reposó en el seno de Mariana.

—¡El ángel de la compasión siempre conmigo! —murmuró él—. Teresa fue mucho más desgraciada…

—¿Quiere usted bajar al camarote? —dijo ella.

—No podré… Sosténgame, hermana mía.

Dio algunos pasos hacia la escalerilla, y volvió aún la vista al mirador. Bajó la empinada escala cogiéndose a las cuerdas. Se echó sobre el colchón y pidió agua, que bebió insaciablemente. Siguió la fiebre entre convulsiones y ansias y con intervalos de delirio.

Por la mañana vino a bordo un facultativo, llamado por el comandante. Examinó a Simón, dijo que la enfermedad era fiebre maligna, y podía muy bien ser que hallase su sepultura antes de llegar a la India.

Mariana oyó el pronóstico y no lloró.

A las once salía el buque de la barra. A las ansias de la enfermedad se unieron las del mareo. A ruegos del comandante, Simón tomaba remedios que devolvía en seguida con violentos vómitos.

Al segundo día de viaje, Mariana dijo a Simón:

—Si usted se muere, ¿qué he de hacer con las cartas que están en esa caja?

¡Pasmosa serenidad la de esta pregunta!

—Si muero en el mar —dijo él—, tire al mar todos mis papeles, todos; y estas cartas que están debajo de mi almohada también.

Pasada la congoja que le embargó la voz, Simón continuó:

—Si yo muero, ¿qué piensa usted hacer, Mariana?

—Morir, también.

—¡Morir…! ¡Cuánta gente desgraciada he hecho!

Aumentaba la fiebre. Los síntomas de la muerte eran visibles a los ojos del capitán, acostumbrado a ver morir centenares de condenados acometidos de la fiebre en el mar y desprovistos de la necesaria asistencia.

Al cuarto día, cuando el buque se hallaba próximo a Cascáis, sobrevino una repentina tormenta. El barco tuvo que hacerse muchas millas al largo, y perdido el rumbo de Lisboa, navegó desorientado. Al sexto día de navegación incierta por entre espesas brumas, se partió el timón enfrente de Gibraltar. Y después del desastre se aplacaron las ráfagas, se calmaron las aguas y nació con la aurora siguiente un hermoso día de primavera. Era el 27 de marzo; el noveno día de la enfermedad de Simón Botelho.

Mariana había envejecido. El comandante, mirándola, exclamó:

—¡Parece que vuelve usted de la India, ya pasados los diez años de trabajos!

—¡Sí…! De seguro… ya están acabados… —dijo ella.

Aquel día, al anochecer, el condenado deliró por última vez, y decía así en su delirio:

«La casita de frente a Coímbra, cercada de árboles, flores y pájaros. Paseabas conmigo a orillas del Mondego a la hora melancólica del anochecer, el cielo se llenaba de estrellas y la luna brillaba sobre la superficie de las aguas; yo respondía con la voz de mi corazón a tu silencio y animado por tu sonrisa inclinaba la cara en tu seno como si fuese el de mi madre… De qué cielo tan bello caímos… tu pobre amiga murió… tu pobre Teresa…

»¿Y qué harías tú de la vida sin tu compañera de martirio? ¿Dónde irías a reponer tu corazón de la desgracia que lo hirió…? Está rompiendo el día… voy a ver mi última aurora… la última de mis dieciocho años. Ofrece a Dios tus padecimientos para que yo sea perdonado… Mariana…».

Mariana pegó su oído a los labios violáceos del moribundo cuando creyó oír su nombre.

«Tú vendrás a reunirte con nosotros; seremos tus hermanos en el cielo… el ángel más puro serás tú… si eres de este mundo, hermana mía, si eres de este mundo, Mariana…».

La transición del delirio al letargo completo era el anuncio infalible de la agonía.

Al romper el día se apagó la lámpara. Mariana salió a pedir luz y oyó un gemido estertóreo. Volviendo a oscuras con los brazos extendidos para palpar al agonizante, encontró su convulsa mano que apretó entre las suyas, pero dejó de repente de sentirse la presión de sus dedos.

Entró el comandante con una lámpara, y aproximándosela a la boca vio que el vidrio ni ligeramente se empañaba.

—¡Está muerto! —dijo.

Mariana se inclinó sobre el cadáver y le besó en la cara. Era el primer beso. Se arrodilló después al pie de la litera con las manos erguidas, pero ni rezaba ni lloraba.

Pasadas algunas horas, el comandante dijo a Mariana:

—Ahora es tiempo de dar sepultura a nuestro amigo… es una ventura morir cuando se viene al mundo con tal estrella. Pase usted a la cámara, que voy a hacer sacar el cadáver.

Mariana sacó el paquete de cartas de debajo de la almohada, y fue a una maleta a buscar los papeles de Simón. Lo envolvió todo en el delantal que él conservaba, empapado con las lágrimas por ella derramadas en el día de su demencia, y se ató el lío a la cintura.

El cadáver fue envuelto en una sábana y transportado a cubierta.

Mariana lo siguió.

De la bodega del buque trajeron una piedra, que un marinero ató a las piernas con un pedazo de cabo. El comandante contemplaba la triste escena con los ojos humedecidos, y los soldados que guarnecían el barco, llenos de fúnebre respeto, insensiblemente se descubrieron.

Mariana estaba en tanto recostada en la borda del buque, y parecía contemplar estúpidamente las sacudidas que el marinero imprimía al cadáver para asegurar la piedra en la cintura.

Dos hombres levantaron el cadáver en alto sobre la borda y le dieron el balanceo necesario para arrojarlo lejos; pero antes que se oyese el choque del cuerpo en el agua, todos vieron, y nadie pudo ya detener, a Mariana que se arrojó al mar.

A la voz del comandante arriaron rápidamente un bote y saltaron los marineros en él para salvar a Mariana.

—¡Salvadla!

La vieron un momento bracear, no para resistir a la muerte, sino para abrazar el cadáver de Simón, que una ola echó entre sus brazos. El comandante dirigió su vista al sitio por donde Mariana se había arrojado, y vio enredado en el cordaje el delantal y a flor de agua un rollo de papeles, que los marineros recogieron en la lancha.

Era, como se sabe, la correspondencia de Teresa y Simón.

De la familia de Simón Botelho vive aún en Villa Real de Trás-os-Montes la señora doña Rita Emilia da Veiga Castelo Branco, su hermana predilecta. La última persona fallecida, hace veintiséis años, fue Manuel Botelho, padre del autor de este libro.

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