Amor de perdición
Capítulo I
DOMINGO José Córrela Botelho de Mesquita y Meneses, hidalgo de linaje y uno de los más antiguos solariegos de Villa Real de Trás-os-Montes, era en 1779 juez de Cascáis y en este mismo año contrajo matrimonio con una dama de palacio, doña Rita Teresa Margarita Preciosa da Veiga Caldeiráo de Gástelo Branco, hija de un capitán de caballos y nieta de otro, Antonio Azevedo Castelo Branco Pereira da Silva, tan noble por su jerarquía, como por haber compuesto un, en aquel tiempo, precioso libro acerca del arte de la guerra.
Diez años de pretendiente amoroso, y poco afortunado, consumió en Lisboa el licenciado provinciano. Para hacerse amar de la hermosa dama de doña María I, carecía de dotes físicas: Domingo Botelho era excesivamente feo. Para presentarse como partido ventajoso a una hija segunda, faltábanle bienes de fortuna; todos sus haberes no excedían de treinta mil cruzados en propiedades a las márgenes del Duero. Las cualidades de ingenio tampoco le recomendaban: era cortísimo de inteligencia, y entre sus condiscípulos de la Universidad se granjeó el epíteto de Brocas, con que aún hoy son conocidos sus descendientes en Villa Real. Bien o mal derivado, el epíteto Brocas viene de broa. Pensaban los estudiantes que la rudeza de su condiscípulo procedía del mucho pan de maíz que había tenido que digerir en su pueblo.
Domingo Botelho debía tener una vocación cualquiera, y la tenía; era excelente tocador de flauta; fue el primer flauta de su tiempo, y tocando la flauta se ganó el sustento en Coímbra durante dos años, en los cuales su padre hubo de suspenderle las mesadas porque todas las rentas de la casa no le alcanzaban para libertar otro hijo,
autor de un delito de muerte.[1]
Domingo Botelho se graduó en 1767 y fue a Lisboa a leer en el Desembargo de Palacio, iniciación banal de los que aspiraban a la carrera de la magistratura. Ya Fernán Botelho, padre del licenciado, fue bien acogido en Lisboa, y principalmente por el duque de Aveiro, cuya estimación puso en riesgo su cabeza cuando la tentativa de regicidio de 1758. El provinciano salió de los calabozos de la Junqueira limpio de tal mancha infamante y hasta bienquisto del conde de Oeiras por haber tomado parte en la prueba que éste hiciera de la primacía de su genealogía sobre la de los Pintos Coelhos, del Banjardim de Oporto; pleito ridículo, pero ruidoso, motivado por la negativa de la mano de su hija que el hidalgo portuense hizo al primogénito del marqués de Pombal.
Las artes con que el licenciado flautista logró insinuarse en el ánimo de doña María I y de don Pedro III no las conozco. Es tradición que nuestro hombre hacía reír a la reina con bufonadas y muecas en que lucía lo mejor de su ingenio. Ello es que Domingo Botelho frecuentaba el real palacio y recibía del bolsillo particular de la reina una buena pensión, con la cual el aspirante a la judicatura se olvidó de sí mismo, del futuro y del ministro de Justicia, el cual, muy rogado, fió a su inteligencia y letras el encargo de juez de Cascáis.
Ya hemos dicho que él se atrevió a amores de palacio; no poetizando como Luis de Camoens o Bernardim Ribeiro, sino enamorando en su prosa provinciana y captándose la benevolencia de la reina, para ablandar la dureza de la dama. Debía al cabo ser feliz el doctor Chusco, que por tal nombre era conocido en la corte, para que no terminase la discordia en que siempre andan el talento y la dicha. Domingo Botelho se casó con doña Rita Preciosa. Rita era una hermosura que aún a los cincuenta podía preciarse de serlo.
Y no tenía otro dote, si no es dote una serie de abuelos, unos obispos, otros generales, y entre éstos el que murió frito en caldera en no sé qué tierra de la morisma; gloria en verdad un poco ardiente, pero de tal monta, que los descendientes del frito general se llamaron Calderones.
La dama de la reina no fue dichosa con su marido. Atormentábanla recuerdos de la corte, de la pompa de las cámaras reales y de los galanteos propios de su gusto y condición, que tuvo que inmolar para satisfacer el capricho de la reina. Tales sinsabores domésticos no les impidieron, sin embargo, reproducirse en dos muchachos y tres niñas. El mayor de los varones se llamó Manuel, y el segundo Simón; de las hembras, una tomó el nombre de María, otra el de Ana, y la última el de su madre, a la vez que heredó algunos rasgos de su belleza.
El nombrado juez en Cascáis, solicitando destino de mayor importancia, se había quedado en Lisboa y habitaba en la parroquia de Ajuda en 1784. En este año nació Simón, el penúltimo de sus hijos, y a poco, siempre acariciado por la fortuna, consiguió ser trasladado a Villa Real, lo que era su suprema ambición.
A distancia de una legua de Villa Real estaba la nobleza de la población esperando a su paisano. Cada familia llevaba su litera con el blasón de la casa. La de los Correias de Mesquita era la de hechura más anticuada, y las libreas de los criados las más raídas y apolilladas que figuraban en la comitiva.
Doña Rita, al avistar las literas, se llevó al ojo derecho su gran lente de oro, exclamando:
—¿Qué es eso, Meneses?
—Son nuestros amigos y parientes que salen a recibirnos.
—¿En qué siglo estamos en esta montaña? —replicó la ex dama de la reina.
—¡En qué siglo! Aquí, lo mismo que en Lisboa, estamos en el XVIII.
—¿Ah, sí? Al pronto creí que aquí no habían pasado del XII.
El marido creyó que debía reírse del chiste aunque no le había hecho mucha gracia.
Fernán Botelho, padre del nuevo juez, se adelantó al frente de la comitiva para dar la mano a su nuera, que en aquel momento se apeaba de su litera, y conducirla a la de la casa. Doña Rita, antes de mirar a la cara de su suegro, se dedicó a examinar, armada de su lente, las hebillas de acero y la bolsa de su coleta. Dio ella luego en decir que los hidalgos de Villa Real eran mucho menos limpios que los carboneros de Lisboa. Antes de entrar en la litera abolenga de su marido, preguntó, con la más hipócrita gravedad, si no sería peligroso ocupar aquella venerable antigualla. Fernán Botelho aseguró a su nuera que su litera no tenía aún cien años, y que los machos no pasaban de treinta.
El modo altivo con que doña Rita recibió los saludos de la nobleza —antigua nobleza que allí vino a establecerse en tiempo de don Dinis, fundador de la villa—, hizo que el más joven de la comitiva, que aún vivía hace doce años, me dijese: «Sabíamos que era dama de doña María I; pero por la soberbia con que nos acogió casi llegamos a creerla la propia reina». Cuando la comitiva estuvo a la vista de Nuestra Señora de Almudena, repicaron las campanas del lugar. Doña Rita dijo a su marido que el recibimiento con campanas era tan ruidoso como barato.
Se apearon a la puerta de la antigua casa de Fernán Botelho. La dama de palacio dirigió una rápida ojeada a la fachada del edificio, diciendo para sí: «Buen alojamiento para quien ha sido criada en Mafra y Sintra, en Bemposta y Queluz».
Pasados algunos días, doña Rita declaró a su marido que tenía miedo de ser devorada por las ratas; que aquella casa era una caverna; que los techos se estaban cayendo; que las paredes no resistirían el invierno, y que los preceptos de conformidad conyugal no podían obligar a morirse de frío a una mujer delicada y acostumbrada a la vida y comodidades de los palacios reales.
Domingo Botelho, cediendo a las exigencias de su querida mitad, empezó a construir una nueva casa. Sus recursos escasamente le llegaban para sacarla de cimientos; pero escribió a la reina y obtuvo generosos auxilios con que pudo concluirla. Los herrajes de los balcones fueron la última dádiva que la real viuda hizo a su ex dama, y pueden muy bien presentarse como un testimonio inédito de la demencia de doña María I.
Domingo Botelho mandó esculpir en Lisboa el escudo de armas; doña Rita se empeñó en que se pusieran también sus cuarteles; pero era tarde porque ya la obra acabada había sido remitida por el escultor, y el magistrado no podía hacer segunda vez el gasto, ni quería disgustar a su padre orgulloso de su blasón. Todo esto vino a parar en quedarse la casa sin escudo y triunfante como siempre doña Rita.
Parentela ilustre tenía el nuevo juez en la población, y la altivez de la dama algo se bajó ante los nobles provincianos, o más bien, se dignó elevarlos hasta ella. Doña Rita tenía una verdadera corte de primos, unos que se contentaban con serlo, otros que envidiaban la suerte del marido. El más atrevido de todos no se hubiera atrevido a mirarla cara a cara, cuando ella le dirigía su lente de oro con ademán entre altanero y burlón, y no sería aventurado afirmar que el lente de la señora doña Rita era el más vigilante centinela de su virtud.
Domingo Botelho, sin embargo, desconfiaba de la eficacia de sus propias dotes para llenar cabalmente el corazón de su mujer. Atormentábanle los celos, pero ahogaba sus suspiros, temeroso de que Rita se diese por injuriada con la sospecha. Y razón hubiera tenido ésta para tanto, porque a la verdad, la nieta del general, frito en el caldero sarraceno, se reía de los primos que, por agradarle, rizaban y empolvaban sus pelucas con desgarbado esmero o cabalgaban estrepitosamente por delante de sus balcones, fingiendo que a los jinetes provincianos no les eran desconocidas las
gracias hípicas del marqués de Marialva.[2]
No lo creía así nuestro juez, y el intrigante que tales ansias proporcionaba a su espíritu era el espejo. Se veía sinceramente feo y a su mujer cada vez más seductora y más desdeñosa en el trato íntimo. No hallaba en la historia antigua ningún ejemplo de amor sin tropiezo entre un esposo deforme y una mujer bonita. Sólo uno le venía a la memoria, y ése, aun cuando perteneciese a la fábula, le era en verdad contrario: el casamiento de Venus con Vulcano. Se acordaba de las redes que había fabricado el cojo herrero para coger a los adúlteros dioses, y se admiraba de la paciencia de aquel marido. Decía para sí que si algún día él levantaba el velo de tal perfidia, ni iría a quejarse a Júpiter, ni se entretendría en armar ratoneras a los primos. Al par del arma con que Luis Botelho dio en tierra con el alférez, había en su casa una colección de trabucos en cuyo manejo era nuestro juez mucho más entendido que la interpretación del Digesto y de las Ordenaciones del Reino. Esta vida llena de sobresaltos duró seis años, o tal vez algo más.
Empeñando el juez a sus amigos para ser trasladado, consiguió más de lo que ambicionaba: fue nombrado, proveedor en Lamego. Rita dejó profundos recuerdos de su estancia en Villa Real y duradera memoria de su altivez, hermosura y gracias de ingenio. Del marido también quedaron anécdotas que aún hoy se repiten.
Dos solamente contaré por no ser enfadoso: Envióle un día de regalo un labrador una ternera joven, y con ella fue la vaca que la criaba, para poderla amamantar en la jornada. Domingo Botelho mandó recoger en su establo la vaca y su cría, diciendo que quien daba la hija se entendía que daba también la madre. En otra ocasión sucedió que le mandaron como obsequio unos pasteles en una hermosa bandeja de plata. El magistrado repartió los pasteles entre sus hijos y mandó guardar la bandeja, diciendo que hubiera recibido como un insulto el regalo de unos pasteles que podrían valer una miseria, y sólo los aceptaba viniendo naturalmente como ornato de la bandeja. Así es que en Villa Real, aún hoy, cuando sucede un caso análogo de quedarse alguien con el continente y el contenido, dice la gente del pueblo: «Ése es como el doctor Brocas».
Poco cuenta la tradición de las particularidades de la vida del proveedor en Lamego. Apenas sé que doña Rita aborrecía la comarca y amenazaba a su marido con irse a Lisboa con sus cinco hijos si él no conseguía salir de aquella inaguantable residencia. Según parece, la nobleza de Lamego, orgullosa de su antiguo linaje, que
data de la aclamación de Almacave,[3] respondió con desprecio a la altivez de la ex dama de palacio, y entresacó ciertas ramas podridas del tronco de los Botelhos Correias de Mesquita, desdeñando las sanas por el hecho de haber él vivido dos años en Coímbra tocando la flauta.
En 1801 hallamos a Domingo Correia Botelho de Mesquita de corregidor de Viseu.
Manuel, el mayor de sus hijos, tiene veintidós años y está cursando el segundo de leyes. Simón, que ha llegado a los quince, estudia humanidades. Las tres niñas son la alegría y el encanto de la vida de su madre.
El hijo mayor escribió a su padre quejándose de que no podía vivir en paz con su hermano y asustado con su carácter pendenciero cuenta que a cada paso ve en peligro su vida, porque Simón emplea en pistolas el dinero que recibe para libros, se asocia con los más famosos perturbadores de la Universidad y recorre por la noche las calles insultando a los vecinos pacíficos y provocándoles a pendencia con sus escándalos. El corregidor admira la intrepidez de su hijo Simón, y dice a la consternada madre que el muchacho tiene la misma figura y condición de su bisabuelo Pablo Correia Botelho, el caballero más valiente de toda la provincia de Trás-os-Montes.
Manuel, cada vez más asustado de las tropelías de Simón, abandona Coímbra antes de las vacaciones, y va a Viseu a quejarse y a pedir a su padre que le dé otra carrera. Doña Rita quiere que su hijo sea cadete de caballería. De Viseu sale para Braganza Manuel Botelho, y allí justifica nobleza de cuatro costados para ser cadete.
Entretanto regresa Simón a Viseu aprobado con buenas notas en sus exámenes. El padre se maravilla del claro ingenio de su hijo y disculpa sus locuras por amor a su talento. Le pide explicación de sus disgustos con Manuel, y él le responde que su hermano quería obligarle a hacer vida monástica.
Con sus quince años, Simón aparenta tener veinte. Es de complexión robusta, guapo mozo con facciones de su madre, pero de carácter en todo opuesto. En la plebe de Viseu es donde él escoge sus amigos y compañeros. Si doña Rita censura tan indigna elección, Simón se burla de genealogías, y sobre todo del general Caldeiráo, que murió frito. Esto bastó para granjearle la malquerencia de su madre. El corregidor, acostumbrado a verlo todo por los ojos de su mujer, participó de su disgusto, así como del desvío para su hijo. Las hermanas le temían, con excepción de Rita, la más joven, con quien él jugaba puerilmente, y a quien obedecía si ella le pedía con infantiles caricias que no anduviese en compañía de artesanos.
Iban a acabarse las vacaciones cuando el corregidor tuvo un gran disgusto. Uno de sus criados había llevado los machos a beber, y por descuido o intencionalmente, quebraron varios cántaros que había en el borde del pilón de la fuente pública, esperando vez para llenarlos. Los dueños de los cántaros, reunidos contra el criado, lo maltrataron de obra. Pasaba Simón por el lugar en aquel momento, y viendo lo sucedido, desencajó un varal de un carro, y armado con él partió a varios la cabeza y acabó el trágico espectáculo con la gracia de romper todos los cántaros que aún quedaban con vida. El populacho ileso huyó despavorido, porque nadie se atrevía con el hijo del corregidor; pero los heridos uno a uno se fueron incorporando y, juntándose, acudieron a pedir justicia a la puerta del magistrado.
Domingo bramaba de cólera contra su hijo, y dio orden a sus alguaciles que le prendiesen y pusieran a su disposición, para proveer a lo que hubiera lugar. Doña Rita, no menos irritada, pero de la manera que pueden irritarse las madres, proporcionó por segundas manos dinero a Simón, para que sin pérdida de tiempo huyese a Coímbra y allí esperase el perdón de su padre.
El corregidor, cuando supo la conducta de su mujer, aparentó encolerizarse, y juró que lo haría capturar en Coímbra. Pero habiéndole calificado doña Rita de brutal en sus venganzas y de estúpido juez de una simple calavera de muchacho, el magistrado depuso la postiza severidad de su continente y confesó tácitamente que era un juez brutal y estúpido.