Amor de perdición

Camilo Castelo Branco · Capítulo 16 de 24

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Amor de perdición

Capítulo XIII

 

¿Y Teresa? Lo preguntan a tiempo, señoras mías, y no me quejaré si me acusan de haberla olvidado y sacrificado a incidentes de menor entidad.

Olvidado, no. Ha mucho que vuela en derredor mío, como el ideal querubín de los

santos, en esta mi casi oscuridad,[7] aquella avecilla del cielo, y parece pedirme que cubra de flores el rastro de sangre que dejó en la tierra. Más lágrimas que sangre dejaste, ¡oh hija de la amargura! Flores son tus lágrimas, y dime tú desde el cielo si sus perfumes no valen más a los pies de tu Dios que las oraciones de muchas devotas; de esas que mueren santificadas por el mundo, y cuyo olor de santidad no pasa del olfato hipócrita o estúpido de los mortales.

Ya visteis a Teresa transportada desde la escalera del templo, donde cayó desmayada, a la litera que la condujo a Oporto. Recobrando los sentidos, encontró enfrente de sí a una criada que le dirigía frases para consolarla tan frías como banales. Si alguna de las criadas de su padre podría serle agradable, no era por cierto aquélla, escogida ex profeso por él para acompañarla. Ni, al menos, le quedaba a la pobre joven el consuelo de poder desahogar libremente su dolor en lamentos. Pero, como se verá, la compasión tocó súbitamente el corazón de aquella mujer, hasta entonces desafecta a su ama.

Teresa, en tanto, se preguntaba a sí misma si aquella horrorosa situación sería un sueño. Sentía de nuevo faltarle el aliento, y volvía a la vida, como sacudida por la conciencia de su desgracia. Condolida la criada, la incitó a desahogarse, acompañándola con sus lágrimas, y diciéndole:

—Puede hablar, señorita, nadie nos sigue.

—¿Nadie?

—Sus primas se han quedado; sólo vienen dos lacayos.

—¿Y mi padre tampoco?

—No, señora. Puede usted llorar libremente.

—¿Y ahora vamos a Oporto?

—Sí, señora, allí vamos.

—¿Y tú te has enterado de todo lo que ha sucedido, Constanza?

—Desgraciadamente todo lo he visto.

—¡Ah, sí! ¿Qué ha habido? Cuéntamelo todo.

—Ya sabe usted que su primo ha muerto.

—¿Muerto? Yo le vi caer a mis pies, pero creí…

—Murió en el acto, y después los criados, por mandato de su padre, trataron de detener a don Simón; pero él con otra pistola…

—Y huyó, ¿no es verdad? —interrumpió Teresa con vehemencia y alegría.

—No, señora, al cabo fue él mismo quien se entregó.

—¿Está preso?

Y sofocada por los sollozos, ocultando la cara entra las manos, no atendió a ninguno de los consuelos de Constanza.

Pasado el primer arrebato de dolor, Teresa propuso a la criada el plan descabellado de dejarla escaparse en la primera posada donde pernoctasen, para ir a Viseu a dar el último adiós a Simón.

Con gran trabajo consiguió la criada disuadirla de su intento, pintándole los peligros y desgracias que podían acumularse, y animándola con la esperanza de que Simón saliese libre, gracias a la influencia de su padre y a pesar de sus contrarios.

Poco a poco estas reflexiones fueron penetrando en el espíritu de Teresa.

Abatida, llorosa, y a veces desfalleciendo por completo, pasó Teresa la jornada hasta Monchique, donde llegó al quinto día de marcha.

La superiora estaba ya instruida de lo sucedido por un emisario que se había adelantado a la lenta marcha de la litera.

Teresa fue acogida con dulzura por su tía, a pesar de que el encargo de Tadeo de Albuquerque era mantenerla en rigurosa clausura y con prohibición absoluta de escribir, fuese a quien fuese.

La abadesa oyó de boca de su sobrina el fiel relato de todos los acontecimientos, y vio una a una las cartas de Simón Botelho. Lloraron juntas y se abrazaron; pero la superiora, enjugando su llanto de mujer al calor de su austeridad religiosa, habló y aconsejó como monja, y monja que mortificaba su cuerpo con el cilicio y su espíritu con las privaciones y el aislamiento de cuarenta años.

Faltábanle a Teresa fuerzas para rebelarse. Dejó a su tía la santa vanidad de exorcizar al demonio de las pasiones, y dirigió una sonrisa al ángel de la muerte que, entre su amor y su esperanza, interponía sus negras alas, que a veces brillan con luz tan refulgente en el seno de los infieles.

Teresa manifestó deseos de escribir.

—¿A quién, hija mía? —le preguntó la superiora.

Teresa no contestó.

—Escribirle, ¿y para qué? —dijo la religiosa—. ¿Crees tú acaso, hija mía, que tus cartas llegarán a sus manos? No vas a hacer más que redoblar la ira de tu padre contra ti y contra el desgraciado preso. Si le amas, como creo, a pesar de todo, piensa en salvarlo. Si puedes dominar tu dolor, disimula; procura que llegue a conocimiento de tu padre que en todo estás dispuesta a obedecerle, para ver si él se apiada de tu pobre amigo.

Teresa no replicó. Dirigió otra sonrisa al ángel de la muerte, y le pidió que la envolviese a ella, a su amor y a su esperanza en el negro crespón de sus alas.

Cada mes recibía la abadesa de Monchique una carta de su primo. Eran estas cartas un desahogo a su sed de venganza. En todas aseguraba el anciano que el asesino iría al patíbulo sin remedio. Teresa no veía estas cartas, pero reparaba en las lágrimas de la compasiva monja.

El débil organismo de Teresa iba rápidamente debilitándose. La ciencia la condenó a una muerte próxima. Informaron de ello a Tadeo de Albuquerque, y respondió que no deseaba su muerte; pero que si Dios le era servido llevársela, moriría más tranquilo y con su honra sin mancilla. Ésta era la honra inmaculada del hidalgo de Viseu… La honra que, según dicen, procede en línea recta de las virtudes de Sócrates, de la virtud de Jesucristo y de la virtud de millares de mártires que se entregaron a las garras de las fieras cuando predicaban la caridad y el perdón a los hombres.

Cuantas caricias ha inventado la simpatía y la piedad, todas, a porfía, se prodigaron, por las religiosas de Monchique, para aminorar los estragos de la pasión de ánimo que consumía a la infeliz reclusa. Todo fue inútil. Teresa retribuía con sus lágrimas la compasión de que era objeto, y al mismo tiempo se regocijaba deduciendo de tales caricias la certidumbre de que los médicos consideraban su estado sin remedio.

Una monja inadvertida le dijo un día que una amiga suya del convento de los Remedios, de Lamego, la había escrito diciendo que Simón Botelho había sido condenado a muerte.

Teresa se estremeció y murmuró, porque ya le faltaban fuerzas para una exclamación:

—¡Y yo todavía vivo!

Después rezó y lloró, y su vida continuó con los mismos y frecuentes paroxismos.

Preguntó a la monja que le había dado la noticia si su amiga del convento de los Remedios le haría la caridad de hacer llegar a manos de Simón una carta suya. La monja se mostró dispuesta a complacerla, no sin haber antes consultado a la superiora. Creyó, sin duda, esta religiosa que el último coloquio entre dos moribundos no podía perjudicarles ni en la vida temporal ni en la eterna.

Ésta fue la carta que leyó Simón quince días después de sentenciado:

«Simón, esposo mío. Lo sé todo… La muerte está con nosotros. Te escribo ya sin lágrimas. Mi agonía empezó hace siete meses. Dios ha sido misericordioso y me ha ahorrado un crimen. Recibí la noticia de tu próxima muerte, y entonces comprendí por qué me estoy muriendo hora por hora. ¡Llegó nuestro fin, Simón mío! ¿Qué se han hecho nuestras esperanzas? ¿Te acuerdas cuando tú me contabas tus sueños de felicidad y yo los míos…? ¿Qué mal harían a Dios nuestros inocentes deseos? ¿Por qué no habíamos de alcanzar lo que tantos poseen…? ¿Se ha de haber acabado así todo, Simón? ¡No puedo creerlo! La eternidad se me presenta más tenebrosa, porque la esperanza era luz que me guiaba. No debe acabar así nuestro destino. Procura unir el último hilo de tu vida a una esperanza cualquiera. ¿Nos reuniremos acaso en otro mundo mejor? ¿Habré yo merecido de Dios la dicha de contemplarte aún? Yo rezo, suplico, pero desfallezco en mi fe cuando me acuerdo de la última agonía reservada a tu martirio. La mía es tan suave, que apenas la siento. No debe ser difícil morir a quien tiene el corazón tranquilo. Lo peor es el recuerdo, el recuerdo de aquellas esperanzas que tú hallabas en mi corazón, adivinando las tuyas. Nada importa, si tampoco nada existe después de esta vida. Al menos así, morir será olvidar. Si tú ahora pudieses vivir, ¿de qué te serviría? Yo también estoy condenada, y sin remedio. ¡Sígueme, Simón! No te cause pena el morir, no te la cause, aunque la razón te diga que podías ser feliz si no me hubieses encontrado en el camino por donde te conduje a la muerte… ¡Y qué muerte, Dios mío…! ¡Acéptala!, no te arrepientas… Si ha habido crimen, la justicia de Dios te perdonará por las angustias que has padecido en tu prisión… y en los últimos días y en presencia de la…».

Teresa iba a escribir la siguiente palabra, cuando la pluma se le cayó de la mano y fue víctima de un largo desmayo. No escribió la palabra, pero la idea de la horca puso en suspenso su existencia. De allí a un rato entró la monja en la celda a pedirle la carta, porque iba a salir el correo. Teresa, indicándosela, dijo:

—Léala usted si quiere, y ciérrela por caridad, que yo ya ni eso puedo.

Los tres días siguientes, Teresa se quedó en cama. A cada instante las religiosas que la asistían temían verle cerrar los ojos para siempre.

—¡Cómo cuesta morir! —decía alguna vez la enferma.

Menudeábanle las pláticas y exhortaciones piadosas, con que trataban de apartar su espíritu de las cosas mundanas.

Teresa las oía, y sólo decía con ansia:

—¡Pero esa esperanza del cielo sin él…! ¿Qué es el cielo entonces, Dios mío?

Y el virtuoso capellán del monasterio, no sabía decirle si los bienes del cielo tenían de común con los del mundo las delicias que así se llaman aquí falsamente.

Aquellas sutilezas espirituales, que acompañan algunas veces a las enfermedades del pecho, a modo de los últimos resplandores de la llama vital, las tenía la enferma cuando las religiosas llegaban a hablarle de la bienaventuranza. A veces, si el capellán, incitado por la lucidez de su inteligencia, entraba en los dominios de la filosofía, tratando como problema la inmortalidad, la ignorante joven argumentaba en términos concisos, pero con razones tan claras, en favor de la unión eterna de las almas, ya en este mundo enlazadas, que el sacerdote caía en la duda de si sería herético rechazar una cláusula no inscrita en los cuatro evangelios.

Maravillábase la medicina de la pertinacia de aquella vida. La abadesa había escrito a su primo Tadeo, rogándole que se apresurase a venir a ver al ángel que se despedía de la tierra. El anciano, movido a compasión o sintiendo la voz del amor paternal, resolvió sacar del convento a su hija con la esperanza de poder aún salvarla. Una razón más poderosa había que añadir a ésta: era la traslación del condenado a las cárceles de Oporto. Dióse prisa el hidalgo, y llegó a Oporto al propio tiempo que la religiosa, amiga de la otra de Lamego, entregaba la siguiente carta a Simón:

«No huyas aún de mí, Teresa. Ya no veo la horca ni la muerte. Mi padre me protege y podría salvarme. Ata el corazón al último hilo de tu vida. Prolonga tu agonía, mientras te digo que espero. Mañana salgo para las cárceles de Oporto, y allí esperaré el indulto o la conmutación de la pena. La vida es todo. Puedo amarte en la deportación. En todas partes hay cielo y flores y Dios. Si vives, un día llegarás a ser libre; la piedra del sepulcro es la que nunca se levanta. ¡Vive, Teresa mía! Hace días creía que tus lágrimas lavarían de mi rostro las manchas del ahorcado. Esa terrible pesadilla ha pasado. Ahora respiro en este infierno; el cáñamo del verdugo ya no me aprieta en sueños la garganta. Ya fijo los ojos en el cielo, y reconozco la Providencia de los infelices. Ayer vi nuestras estrellas, aquellas confidentes de nuestros secretos en las noches de ausencia. He vuelto a la vida y tengo el corazón lleno de esperanza. ¡No mueras, hija de mi alma!».

Eran las altas horas de la noche, cuando Teresa, sentada en su cama, leyó esta carta. Llamó a su criada para que la ayudase a vestirse. Mandó abrir la ventana de su cuarto, y fue a apoyar su cabeza contra la reja de hierro. Esta ventana daba hacia el lado del mar, y el mar en aquella noche era una inmensa llanura plateada; el esplendor de la luna eclipsaba la luz de unas estrellas que buscaba Teresa en el azulado firmamento.

—Son aquéllas —exclamó.

—¿Aquéllas qué, señora?

—¡Mis estrellas…! Tan pálidas como yo… ¡La vida!, ¡ah, sí!, ¡la vida! —dijo irguiéndose y llevándose a la frente sus descarnadas manos—. ¡Quiero vivir! ¡Dejadme vivir, Dios mío!

—¡Vivirá, señorita! ¡Vivirá, que Dios es misericordioso! —dijo la criada—. Pero no tome usted el relente de la noche. La niebla del río puede hacerle mucho mal.

—Déjame, déjame, que todo esto es vivir… ¡Hace tanto tiempo que no veo el cielo! ¡Me siento resucitar aquí, Constanza! ¿Por qué no habré yo respirado este aire todas las noches? Yo podré aún vivir algunos años, ¿no es verdad, querida Constanza? ¡Pídeselo, pídeselo tú mucho a la Virgen Santísima! ¡Vamos a rezar juntas…! Vamos, que ya Simón no va a morir… mi Simón vive, y quiere que yo viva. Estará mañana en Oporto, y tal vez ya habrá llegado…

—¿Quién, señora?

—Simón, Simón que viene a Oporto.

La criada creyó que su ama deliraba; pero no quiso contrariarla.

—¿Ha tenido usted carta suya, señorita? —le dijo, creyendo que así podría sostener aquella crisis de feliz alegría.

—Sí… ¿quieres oírla?… Voy a leértela…

Y leyó la carta con gran sorpresa de Constanza, que quedó convencida.

—Ahora vamos a rezar, ¿no es esto?… Tú no le quieres mal, ¿no es verdad? Mira, Constanza, si me llego a casar con él, tú te vendrás con nosotros y verás qué feliz eres. Te vendrías, ¿no es así?

—Sí, señora, iré. ¿Pero él conseguirá su indulto?

—De seguro; ya lo verás; su padre conseguirá todo… y la Virgen Santísima es quien nos ha de unir. Pero ¡y si muero… y si muero, Dios mío!

—¡Si no tengo fuerzas…! Todos dicen que me muero, y el médico ya ni me receta… ¡Ah, si así fuera, mejor hubiera sido expirar antes de esta hora! Morir con esperanza, ¡oh Madre del Señor…!

Y cayó arrodillada ante el devoto retablo que había traído de su cuarto de Viseu, al cual ya habían dado culto su madre y su abuela, y en cuyo rostro compasivo los ojos de dos moribundos habían fijado el último rayo de su luz.