Amor de perdición
Capítulo XV
HAN pasado trece días del mes de marzo de 1805. Simón se halla en uno de los calabozos de la cárcel de Oporto. Un tablado, un colchón de munición, una mesa, una silla de pino y un pequeño lío de ropa colocado en el lugar de la almohada, son sus muebles. Sobre la mesa tiene una caja de madera negra que contiene las cartas de Teresa, ramilletes ya secos, sus manuscritos de la cárcel de Viseu y un delantal de Mariana, el último con que en el día de la sentencia enjugó sus lágrimas y que se arrancó en el primer momento de su locura.
Simón relee las cartas de Teresa, abre los paquetes que contienen las flores secas, contempla el delantal de hilo, buscando en él los visibles vestigios de las lágrimas. Después se arrima a los hierros de la ventana y avista el horizonte limitado por las sierras de Valongo y Gralheira, y cortado por las pintorescas márgenes de Gaya, del Candal, de Oliveira y del monasterio de la sierra del Pilar. Refléjanse del azul del cielo los mil matices de la primavera. El aire tiene aroma y el ambiente fugitivo de los jardines derrama en el éter los perfumes que robó a las flores. Aquella indefinible alegría que parece mostrarse en las legiones de espíritus que nacen al sol de marzo rejuvenece a la naturaleza, que, llena de pompa, de luz y de flores, se enamora del vivificante calor que la va fecundando.
Día de amor y de esperanza era aquel que el Señor mandaba a la choza enclavada en la garganta de las montañas, al palacio suntuoso, reverberando al sol sus esplendores, al opulento que se paseaba en sus lucidos trenes, acariciado por las blandas auras, y al mendigo que estiraba sus estremecidos miembros recostado contra las columnas de los templos.
Y en tanto Simón Botelho, huyendo la claridad de la luz y el trinar de las aves, meditando, lloraba y escribía así sus meditaciones:
«El pan del trabajo de cada día y tu seno para reposar una hora mi frente pura de toda mancha; no he pedido más al cielo.
»Me encontré ya hombre a los dieciséis años. Vi la virtud a la luz de tu amor. Creí que era santa la pasión que absorbía todas las otras, o las depuraba con su fuego sagrado.
»Nunca manchó mis pensamientos un deseo que no pueda confesar en voz alta delante de todo el mundo. Di tú, Teresa, si mis labios han profanado la pureza de tus oídos. Pregúntale a Dios cuándo quise yo hacer de mi amor tu oprobio.
»¡Nunca, Teresa!, nunca, ¡oh mundo que me condenas!
»Si tu padre quisiera que yo me arrastrase a sus pies para obtenerte, hubiera corrido a besárselos. Si tú me mandases morir para no privarte de ser feliz con otro hombre, hubiera muerto, Teresa.
»Pero tú eras sola y desgraciada y yo creí que tu verdugo no debía sobrevivirte. Soy homicida; pero sin remordimientos. La maldad del crimen aturde la conciencia; no la mía, que no se asustaba de la escalera de la horca, ni en los días en que mi despertar era siempre la sofocación del estrangulamiento.
»Esperaba a cada momento ser puesto en capilla, y decía conmigo mismo: hablaré a Jesucristo. Sin espanto, pensaba en las setenta horas de esa agonía moral, y ya me forjaba los consuelos que el crimen no se atreve a esperar sin injuriar a la justicia divina.
»¡Pero lloraba por ti, Teresa! Las heces de mi cáliz, además de su amargura, tenían las mil amarguras de tus lágrimas.
»Oía tus gemidos, mártir, cuando en tu delirio me vieses sacudiéndome en las últimas convulsiones de la agonía. A la misma muerte le horroriza la suprema desgracia. Morirías tú tarde, porque mi imagen, en vez de presentársete con la palma del martirio, sería un fantasma alzándose sobre el tablado de un patíbulo.
»¡Y qué fin el tuyo, mi adorada y santa amiga!».
Y así prosiguió hasta el momento en que Juan de la Cruz, con un pase del intendente general de policía, se presentó en su cuarto.
—¡Usted aquí! —exclamó Simón abrazándole—. ¿Y Mariana? ¿La ha dejado sola? ¿Ha muerto quizá?
—Ni sola, ni muerta, hidalgo. No siempre lo arregla todo el diablo… A Mariana le ha vuelto el juicio.
—¿De veras, señor Juan?
—¡No, que será mentira! Aquello para mí fue cosa de brujas. A fuerza de sangrías, sedales, agua fría en la cabeza y exorcismos del misionero, no le digo a usted más sino que la muchacha ya está corriente, y en cuanto recobre un poco las fuerzas se pone en camino.
—¡Loado sea Dios! —exclamó Simón.
—Amén —añadió el herrador—. Pero ¿qué ajuar es éste? ¿Qué camastro es ése? Aquí es menester una cama como es debido, y algo en que un cristiano pueda sentarse. —Estás así muy bien.
—Ya me hago cargo… ¡Y de pitanza! ¿Qué tal va la pitanza?
—Aún tengo dinero, amigo mío.
—Sí, debe usted tener mucho; pero yo tengo más, y ya usted tiene quien se lo mande dar. Lea usted ese papel.
Simón leyó una carta de doña Rita, dirigida al herrador, en que le autorizaba a facilitar medios a su hijo para atender a los gastos que fuesen precisos, hallándose dispuesta a pagar toda orden que se le presentase firmada por él.
—Es natural —dijo Simón devolviéndole la carta—, porque yo debo tener una legítima.
—Conque ya usted ve que no tiene más que pedir por esa boca. Ahora voy a comprar lo más preciso…
—Ábrame usted su noble corazón para otro servicio de mayor importancia —dijo el preso.
—Diga, hidalgo.
Simón le pidió que llevase a Monchique una carta para Teresa de Albuquerque.
—Parece que el diablo las arma —dijo el herrador—. Venga la carta. ¿No sabía usted que ya está aquí el padre de ella?
—No.
—Pues ahí le tenemos; y si el diablo le coloca a la vera mía, no sé si no le daré con la cabeza contra una esquina. Tentaciones he tenido de salir a esperarlo al camino y colgarlo por el pescuezo de la rama de un árbol… ¿Hay que esperar respuesta?
—Si se la dan, tráigala.
El herrador llegó a Monchique al mismo tiempo que un alguacil, dos médicos y Tadeo de Albuquerque entraban en el patio del convento.
El alguacil habló a la superiora, solicitando, en nombre del juez, que los dos médicos entrasen en el convento a examinar a la enferma doña Teresa de Albuquerque, a instancia de su padre.
Preguntó la superiora a los médicos si venían provistos de la competente licencia eclesiástica para entrar en el monasterio. Siendo la respuesta negativa, la abadesa declaró que no podía abrir las puertas a nadie, sin violar la clausura. Los médicos dijeron a Tadeo de Albuquerque que era aquélla la costumbre de todos los conventos, y nada pudo objetarse a la rigurosa prelada.
Se retiraron, y sólo entonces fue cuando el herrador pensó en el modo de entregar la carta. La primera idea que tuvo le pareció la mejor.
Se acercó a la rejilla y dijo:
—Oiga usted, señora… monja.
—¿Qué quiere usted? —dijo la abadesa.
—Señora, ¿me haría usted el favor de decirle a la señora doña Teresa de Viseu que está aquí el padre de aquella aldeana que ya sabe?
—¿Y usted quién es?
—Soy el padre de la tal muchacha.
—Sí, ya lo sé —dijo desde adentro Teresa, echando a correr al locutorio.
La superiora se apartó un poco, diciéndole:
—Mira bien lo que haces, hija mía…
—¿Su hija de usted me ha escrito? —dijo Teresa a Juan de la Cruz.
—Sí, señora, aquí está la carta.
Y al decir esto la puso en el torno, lo cual, notado por la abadesa, le hizo decir sonriendo:
—Muy ingenioso es el amor, Teresita… Permita Dios que las noticias de la muchacha de la aldea te alegren el corazón; pero mira, hijita mía, no creas que esta vieja es menos lista que el padre de la aldeana.
Teresa respondió con caricias a la bondadosa jovialidad de la santa señora, y desapareció para leer la carta y dar la respuesta. Al entregar la contestación, dijo al herrador:
—¿No ve usted sentada ahí en esa escalera a una mendiga?
—Sí, señora, la veo y la conozco. ¿Cómo demonios ha venido a parar aquí esa mujer? Yo creí que después de la paliza que le había dado el hortelano, no le habían quedado piernas para tal viaje. Lo que es ésta, me parece de buen temple.
—Hable bajito —dijo Teresa—. Conque ya sabe, cuando haya carta, se la entrega a ella. Ya la he mandado a la cárcel; pero no la han dejado entrar.
—Bueno, el arreglo no está mal así. Quede con Dios, señorita.
Esta buena noticia regocijó a Simón. La Divina Providencia se había apiadado de él en aquel día. La vuelta a la razón de Mariana y la posibilidad de corresponderse con Teresa eran las mayores alegrías que podía otorgarle el cielo en medio de su negro infortunio.
Prorrumpía Simón en acciones de gracias al Supremo Hacedor en presencia de Juan de la Cruz, que estaba colocando en el cuarto unos muebles que había comprado de segunda mano, cuando éste, suspendiendo su ocupación, exclamó:
—Vaya, voy a decirle otra cosa, que no pensaba decirle, para darle una sorpresa. —¿De qué se trata?
—Mi Mariana ha venido conmigo y se ha quedado en la posada, porque no podía menearse por unos dolores que le han dado; pero mañana la tendrá usted aquí para hacerle la cocina y limpiarle el cuarto.
Simón, reconcentrando en sí mismo el indefinible sentimiento que le causaba esta noticia, contestó lenta y melancólicamente:
—Será posible que mi mala estrella arrastre a su desgraciada hija a todos los abismos a que corro. ¡Pobre ángel de caridad, cuan digna eres tú del cielo!
—¿Qué monsergas son ésas? —interrumpió el herrador—. Parece que casi se ha quedado usted triste con la noticia.
—Señor Juan —dijo en tono solemne el preso—, no deje usted aquí a su querida hija. Deseo verla; tráigala consigo una vez a este lugar; pero no la deje aquí, porque yo no puedo ni debo torcer la suerte de Mariana. ¿Cómo ha de vivir ella en Oporto, sola, sin conocer a nadie, bonita, como lo es, y perseguida, como lo ha de ser?
—¡Perseguida! ¡Ya, ya! ¡Y valiente cuidado que se le dará a ella de que la persigan…! Que se le acerquen, pero que dejen la jeta en casa. Amigo mío, las mujeres son como las peras verdes, cuando un hombre las tienta y las halla duras, las deja. La muchacha ha salido a su madre. Mi mujer, que esté en gloria, cuando le andaba haciendo la rueda, le di un día un pellizco en una pierna, y ella fue, se volvió, y me atizó dos guantadas en los hocicos, que aún me parece que las estoy sintiendo. ¡Mariana…! ¡Es de la piel de Satanás! Pregúntele, si algún día se lo encuentra, a aquel hidalgüelo Mendes, de Viseu, cómo ella le cruzó la cara con las riendas de la yegua, sólo porque le tocó un zapato estando ella a caballo.
Simón sonreía al oír el original panegírico de la virtud de la joven, y pensaba con orgullo en los tiernos cuidados de que había sido objeto por parte de ella durante ocho meses de trato continuo e íntimo.
—¿Y usted se va a privar de la compañía de su hija? —insistió el preso.
—Yo ya me arreglaré como pueda. Tengo una cuñada vieja y me la llevaré conmigo para cuidar el puchero. Además, usted no se quedará aquí mucho tiempo. El señor corregidor está por ahí tratando de ponerle en la calle. Y que usted va a salir, para mí es cosa fija. Y así como así, yo le voy a decir a usted la verdad. La muchacha, si yo no la dejase venir a Oporto, explotaba. Mire, hidalgo, que yo no soy tonto y nadie me la da. La muchacha tiene una pasión de alma por usted, y esto es tan cierto como yo me llamo Juan. Ése es su sino; ¿qué le he de hacer yo? Dejarla, que con usted no ha de sucederle nada malo, o ya no hay honra en este mundo.
Simón se echó en brazos del herrador exclamando:
—¡Si yo pudiese ser marido de su hija, amigo mío!
—¡Qué marido! —dijo el herrador, mientras corrían por sus atezadas mejillas las primeras lágrimas que Simón le había visto derramar—. Yo nunca me he acordado de eso, ni ella tampoco. Yo bien sé que soy un herrador, y ella que puede ser su criada y nada más, y, sin embargo, yo a todos mis amigos les desearía que fuesen tan desgraciados como lo sería usted si se casase con la pobre chica. Vamos, no hablemos de eso, que a mí es milagro verme llorar; pero en desatándome, ni una fuente. Veamos cómo se arreglan los trastos; la mesa debe quedar aquí, la cómoda allí, dos sillas en este lado y dos en el otro. Allá la cama, y el baúl debajo. La palangana y el jarro sobre esta cosa que no sé cómo se llama. Las sábanas y la otra ropa las tiene la muchacha. Mañana se quedará el cuarto que ni pintado. Mire usted que Mariana ya me ha dicho que le compre dos de esos… ¿cómo se llaman esos tarros para poner flores?
—Jarrones.
—Eso es, dos jarrones para flores; pero yo no sé dónde se vende eso. Ahora me voy a buscar la comida, que si tardo más la chica va a creer que no me dejan salir de la cárcel. Aún no le he dicho a usted que ayer tarde no me quisieron dejar entrar; pero como yo traía una carta de su madre de usted para un señor de los golillas de la Audiencia, la fui a entregar, y hoy por la mañana ya tenía en la posada una orden para poder verle, dada por el intendente general de policía. Conque, hasta luego.