Amor de perdición

Camilo Castelo Branco · Capítulo 23 de 24

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Amor de perdición

Capítulo XX

 

EL 17 de marzo de 1807 salió de las cárceles de la Audiencia de Oporto Simón Antonio Botelho, y se embarcó en el muelle de la Ribera, con 75 compañeros más. El hijo del ex corregidor de Viseu, por orden del regidor de las Justicias, no iba atado con cuerdas al brazo de ningún otro de sus compañeros. Fue desde la prisión hasta el punto de embarque al lado de un alguacil y seguido por Mariana, que iba vigilando el equipaje.

El magistrado, fiel amigo de doña Rita, fue a bordo del buque, y recomendó al comandante que distinguiese al condenado Simón, consintiéndole estar en la toldilla y sentándole a su mesa. Llamó a Simón aparte y le entregó un cartucho de dinero en oro que su madre le enviaba. Simón aceptó el dinero, y en presencia de Mouráo Mosqueira pidió al comandante que hiciese distribuir entre sus compañeros de deportación aquel dinero que le entregaba.

—¿Pero está usted loco, Simón? —dijo el oidor.

—Tengo la demencia de la dignidad; por amor de mi dignidad me he perdido; quiero ahora ver a qué extremos de infortunio puede ella llevar a los que le rinden culto. La caridad sólo no me humilla cuando parte del corazón y no del deber. No conozco a la persona que me ha remitido ese dinero.

—Es su madre —contestó Mosqueira.

—No tengo madre. ¿Quiere usted acaso devolverle esta limosna rechazada?

—No, señor.

—Entonces, señor comandante, haga usted lo que le pido o si no tiraré este oro al río.

El comandante recibió el dinero, y el oidor salió de a bordo maravillado de la siniestra condición del joven.

—¿Dónde está Monchique? —preguntó Simón a Mariana.

—Es allí, don Simón —respondió ella indicándole el monasterio que se alzaba en la margen del Duero, junto a Miragaya.

Simón cruzó los brazos, y a través de las rejas del mirador distinguió un bulto.

Era Teresa.

En la víspera había recibido el adiós de Simón, y respondió enviándole la trenza de sus cabellos.

Al anochecer de aquel día, pidió Teresa los sacramentos y comulgó en la reja del coro, hasta donde fue, sostenida por su criada. Parte de las horas de aquella noche las pasó sentada junto al oratorio de su tía, que toda la noche estuvo rezando. Algunas veces pidió que la llevasen a la ventana que daba hacia el mar, y no sentía allí la frialdad de la brisa. Hablaba tranquilamente con las monjas, y se despidió de todas una por una, yendo a las celdas de todas las madres que estaban imposibilitadas, para darles el beso de la despedida.

Todas querían reanimarla, y Teresa se sonreía sin responder a los artificios piadosos con que aquellas buenas almas querían simularle esperanzas. Al romper del día, Teresa leyó una a una las cartas de Simón Botelho. Las que habían sido escritas en las márgenes de Mondego la enternecieron, haciéndole derramar copiosas lágrimas. Eran himnos a la felicidad futura; eran todo lo que el corazón humano puede dar de sí, de más hermoso, cuando la poesía de la pasión colora el pensamiento y una bella e inspiradora naturaleza le presta sus esmaltes. Entonces acudían a su mente vivas reminiscencias de aquellos días: se acordaba de su loca alegría, de sus dulces tristezas y de sus esperanzas, que se convertían en vagas melancolías de los mudos coloquios con la hermana querida de Simón, del aromático cielo en que espaciaba la aspiración de sus vagos deseos; en fin, de todo aquello de que se acuerdan los desgraciados.

Volvió a empaquetar las cartas, las ató con las cintas de seda que habían atado los ramos de flores marchitas, que, dos años antes, Simón le había tirado desde su cuarto al de ella.

Al soltarlas, los pétalos de las flores casi todos se deshicieron, y Teresa, contemplándolas, dijo: «Como mi vida…», y lloró besando los cálices deshojados de las primeras que había recibido.

Entregó las cartas a Constanza, y sobre su destino le dio un encargo, que ya veremos cómo fue cumplido.

Después se fue a rezar, y estuvo arrodillada una media hora, reclinándose sobre una silla. La hicieron levantarse casi con violencia, aceptó una taza de caldo y murmuró sonriendo: «Para el viaje…».

A las nueve de la mañana pidió a Constanza que la acompañase al mirador, y sentándose con mortales ansias no volvió a apartar los ojos del buque, que ya estaba completamente aparejado, esperando el embarque de los condenados.

Cuando los vio entrar a bordo amarrados dos a dos, Teresa tuvo un breve accidente en que ya pareció apagarse la luz de sus ojos y las convulsas manos querer aferrarse a la existencia que la abandonaba.

Entonces fue cuando Simón la vio.

Al mismo tiempo atracó al buque un bote, en el que venía la mendiga de Viseu preguntando por Simón. Éste se fue al portalón, y extendiendo la mano a la mendiga recibió el paquete de sus cartas. Reconoció en seguida que la primera no era suya por lo nuevo del papel, pero no la abrió.

Se oyó la voz de levar anclas y largar amarras.

Simón se recostó en la borda del buque con los ojos fijos en el mirador.

Vio agitarse un pañuelo y respondió con el suyo a aquella señal. Bajó hacia la mar el buque y pasó por el frente del convento. Simón vio distintamente una cara y unos brazos suspendidos a las rejas de hierro; ¿pero era la de Teresa aquella cara? ¿No sería más bien la de un cadáver que había subido del claustro al mirador?

—¿Es Teresa? —preguntó Simón a Mariana.

—Sí, señor, es ella —contestó con un ahogado gemido aquella generosa criatura, que oía a su corazón decirle que el alma del condenado seguiría en breve a la de aquélla por quien se había perdido.

De repente dejó de agitarse el pañuelo en el mirador, y Simón entrevió un movimiento rápido al que siguió la desaparición de Teresa y su criada Constanza, a quien también había creído reconocer.

El buque se detuvo frente a Sobreiras. Una nube en el horizonte de la barra y el súbito encrespamiento de las olas causaban la suspensión del viaje anunciado por el comandante. En seguida salió de la barra un bote con el piloto mayor, que mandaba dar fondo hasta nueva orden. Más tarde hubo de aplazarse la salida para el día siguiente. Entretanto, Simón Botelho, como el cadáver embalsamado, cuyos ojos artificiales brillan clavados, inmóviles en un punto, trataba de penetrar con su mirada en la oscuridad del mirador. Ninguna señal de vida. Y las horas pasaron, hasta que el último rayo del sol se apagó en las rejas del monasterio.

Al anochecer volvió de tierra el comandante y miró con los ojos llenos de lágrimas al condenado, que contemplaba las estrellas que brillaban en el cielo en la dirección del mirador.

—¿La busca usted en el cielo? —dijo el marino.

—¡Sí, la busco en el cielo! —respondió maquinalmente Simón.

—Sí… En el cielo debe estar.

—¿Quién?

—Teresa.

—¡Teresa!… ¿Ha muerto?

—Sí, ha muerto, allí en el mirador, donde estaba despidiéndose de usted.

Simón se inclinó sobre la borda y fijó la mirada en las aguas. El comandante le echó los brazos y le dijo:

—¡Valor, gran desgraciado, valor! Los hombres del mar creen en Dios; yo espero que el cielo se le abra por las súplicas de aquel ángel.

Mariana estaba a un paso detrás de Simón y tenía las manos alzadas.

—Todo se acabó… —murmuró Simón—, ya estoy libre para la muerte… Señor comandante —continuó enérgicamente—, yo no me suicido, puede usted dejarme.

—Le ruego que se retire a la cámara, su litera está al lado de la mía.

—¿Es obligatorio el retirarme?

—Para usted no hay obligaciones, hay ruegos; se lo pido, no se lo mando.

—Voy, y le agradezco su compasión.

Mariana le siguió con una mirada dulce y melancólica.

Volvióse hacia ella Simón, y dijo al comandante:

—¿Y esta infeliz?

—Puede seguirle… —dijo el compasivo hombre de mar, que creía en Dios.

Simón se echó en su litera, y el comandante se sentó enfrente de él. Mariana se puso a llorar en el rincón más oscuro de la cámara.

—Hable, don Simón —dijo el comandante—. Desahóguese y llore.

—Ya lloré.

—Yo no había nunca imaginado una angustia igual a la suya; la invención humana no ha creado un cuadro más atroz. Se me erizan los cabellos, y eso que he visto espectáculos terribles, en la tierra y en el mar.

De propósito, el comandante estaba provocando al condenado a la expansión, pero éste no respondía, y fijos los ojos en el paquete de cartas que había puesto ante sí en una mesa, escuchaba los sollozos de Mariana.

El capitán prosiguió:

—Cuando en Miragaya me contaron la muerte de esa señora, pedí a una persona que tenía relaciones en el convento que me llevase a oír de boca de alguna de las religiosas el triste relato. Una monja me lo contó; pero eran más sus gemidos que sus palabras. Supe que cuando veníamos por la altura de Ouro la joven profirió en alta voz: «¡Simón, adiós, hasta la eternidad!», y cayó en brazos de su criada. La sirvienta gritó y otras acudieron al mirador, trayéndola abajo medio muerta, o muerta, mejor dicho, porque no volvió a proferir una sola palabra. Después me contó lo que había penado en dos años y nueve meses en aquel monasterio, el amor que a usted profesaba y las mil muertes que había padecido cada vez que la esperanza la abandonaba. ¡Qué desgraciada joven, y qué hombre tan infeliz es usted!

—Por poco tiempo… —dijo Simón como si hablase consigo mismo.

—Yo también creo que por poco tiempo —prosiguió el capitán—, y si los amigos pudieran salvarle, yo se los proporcionaría en la India tan fieles y leales como en Portugal. Le prometo, bajo mi palabra, alcanzar del virrey que se quede residiendo en Goa. Le prometo asegurarle un modo decente de vida y las comodidades que hacen la existencia fácil en Asia. No le intimide la idea de la deportación. Viva, haga por vencerse y será feliz.

—Cállese, por piedad, señor… —interrumpió el deportado.

—Bien sé que es aún temprano para hacer planes para el futuro, disculpe, por la simpatía que me inspira, la indiscreción que cometo. Acepte mi amistad en esta hora de tribulación.

—La acepto, y de ella necesito… ¡Mariana! —llamó Simón—, acérquese, si este caballero lo permite.

Mariana entró en el camarote.

—Esta mujer ha sido mi providencia —dijo Simón—. Porque ella me socorrió no he sentido el hambre en dos años y nueve meses de cárcel. Todo lo que tenía lo ha vendido para sostenerme y vestirme. Aquí va conmigo esta criatura; sea ella respetable a los ojos de usted, porque es tan pura, como la verdad lo debe ser en los labios de un moribundo. Si yo muero, señor comandante, acepte usted el encargo de ampararla con su caridad como si fuese mi hermana; si ella quisiera volver a su patria, sea usted su protector en el viaje. —Y extendiéndole la mano le dijo con energía—: ¿Me lo promete usted?

—Se lo juro.

El comandante, obligado a subir a la toldilla, dejó a Simón con Mariana.

—Estoy ya tranquilo por su futuro, amiga mía.

—Yo siempre lo estaba, señor —respondió ella.

No cambiaron ni una palabra más, por largo espacio. Simón apoyó su cara sobre la mesa y oprimió con ambas manos su enardecida frente. Mariana, en pie a su lado, fijaba su mirada en la triste luz de la oscilante lámpara y meditaba, como él, en la muerte.

Y el nordeste silbaba como un gemido en la arboladura del buque.