Amor de perdición
Capítulo XIX
LA verdad es algunas veces el escollo de una novela. En la vida real la recibimos tal como sale de los encontrados acasos, o de la lógica implacable de las cosas; pero en la novela no podemos sufrir que el autor, si inventa, no invente mejor, y si copia, no mienta por amor al arte.
Una novela, cuyo mérito estriba en la verdad, es fría, es insoportable, no sacude los nervios, ni le saca a uno, aunque no sea más que un momento, de este andar de la noria, cuyos cangilones somos, unos subiendo, otros bajando, puestos todos en movimiento por el manubrio del egoísmo.
¡La verdad! Pero cuando es fea, ¿para qué ofrecerla al público en cuadros?
¡La verdad del corazón humano! Pero si el corazón humano tiene filamentos de hierro que lo unen al barro de que procede, o pesan sobre él y lo sumergen en el charco de la primitiva culpa, ¿a qué viene el sacarle a luz, retratarle y ponerle a la venta?
Estas observaciones son propias de quien tiene el juicio en su lugar; pero yo, que he perdido el mío estudiando la verdad, ahora, el desquite que me queda es pintarla tal como ella es, fea y repugnante.
¿La desgracia enardece o enfría la pasión del amor?
Esto es lo que yo someto a la decisión del lector inteligente. Hechos y no tesis son los que yo presento.
El pintor representa unos ojos, pero no explica las funciones ópticas del aparato visual.
Al cabo de diecinueve meses de cárcel, Simón Botelho deseaba ardientemente un rayo de sol, una ráfaga de aire que no le llegase a través de los hierros de la prisión; la bóveda celeste, porque la de su calabozo empezaba a pesar sobre su pecho.
Ansia de vivir era la suya; no era ya ansia de amar.
Seis meses de angustias con la horca siempre ante sí debían haber debilitado la fibra de su corazón; y el corazón, para el amor, es necesario que esté robusto y con el ánimo que se adquiere con las incertidumbres de la esperanza, y con las alegrías que lo llenan y prestan nuevas fuerzas para la adversidad.
Desapareció de la vista de Simón la idea pavorosa de la horca; pero le quedaron aún los brazos sujetos con las esposas, y el pulmón oprimido por la atmósfera deletérea de la prisión.
¿Qué es el corazón, el corazón a los dieciocho años, el corazón sin remordimientos, el espíritu anhelante de gloria, al cabo de diecinueve meses de estancamiento de la vida?
El corazón es la víscera, herida de parálisis, que más pronto desfallece sofocada por las rebeliones del alma, que se identifica con la naturaleza, y la quiere, y se devora con el ansia de ella, y se retuerce con los sufrimientos de la amputación, para los cuales el recuerdo de la felicidad herida es un hierro candente, y el amor, que conduce al abismo por el camino de la soñada felicidad, no es ni siquiera un refrigerio.
Al sentir que en su garganta se aflojaba la cuerda de la justicia, Simón Botelho tuvo una hora en que respiró con desahogo, como si sintiera que el patíbulo se deshacía entre sus brazos, y entonces invitó al corazón de la mujer que le había perdido a asistir a las segundas nupcias de su vida con la esperanza.
Después, poco a poco, esta esperanza huía a las arenas de Asia, y el corazón se anegaba en hiel y en ella se sumergía el amor, fin inevitable cuando no queda ni un resquicio por donde la esperanza entre a iluminar aquella oscuridad íntima.
¿Esperanza para Simón Botelho, cuál?
La India, la humillación, la desgracia, la indigencia.
Y el anhelo de aquella alma había sido el pensar en adquirir un nombre. Para la felicidad del amor había procurado auxiliarse con las fuerzas del talento, porque más allá del amor estaba la gloria, y el renombre, y la vana inmortalidad, que sólo no es demencia en las almas grandes y en los genios que presienten su existencia en las generaciones venideras y se contemplan en ellas.
Pero las guirnaldas del amor, chorreando sangre de sus espinas, ésas destilan su veneno corrosivo en el pensamiento, apagan en el seno el fuego de los nobles atrevimientos, empequeñecen la idea que abraza el Universo y paralizan con mortal espasmo los ardores del corazón.
Así te sentías tú, desgraciado, cuando dieciocho meses de cárcel, con el patíbulo o la deportación en perspectiva, habían acabado con lo mejor de tu alma.
Te interrogabas a ti mismo sobre tu pasado, y el corazón, si se atrevía a responder, se retraía acriminado por el dictamen de la fría razón.
Desde allá, desde aquel convento donde otra existencia agonizaba, los gemidos y las quejas venían a exprimir hiel en la llaga; y tú, que no sabías ni podías consolar, pedías palabras al ángel de la compasión para ella y las recibías del demonio de la desesperación para ti.
Los diez años de prisión en que habían querido aminorar su pena le parecían más horribles que el patíbulo. ¿Y los aceptaría acaso, si amase el cielo donde Teresa bebía el aire, que se le convertía en ponzoña en sus pulmones? Sí; antes la mazmorra, donde puede oírse el son apagado de una voz amiga; antes los paroxismos de diez años sobre las losas húmedas de un calabozo, si, en la hora extrema, la última chispa de la pasión, al oscilar para morir, nos ilumina el camino del cielo, por donde el ángel del amor desdichado se elevó para dar cuentas de sí a Dios, y pedir el alma del que quedó.
Teresa pidió a Simón Botelho que aceptase los diez años de cárcel y esperase allí su redención por ella.
«¡Diez años! —le decía la enclaustrada de Monchique—. En diez años habrá muerto mi padre, y yo seré tu esposa e iré a pedir al rey que te perdone si no has cumplido aún tu condena. Si vas a la deportación te pierdo para siempre, Simón mío, porque o mueres allí, o cuando vuelvas no hallarás ya de mí ni la memoria».
¡Cómo se engañaba la pobre en las horas en que las débiles fuerzas de su vida se le concentraban en el corazón!
Las angustias, la lividez y el decaimiento habían vuelto. La sangre nueva que parecía haber criado volvía a salirle a bocanadas con la tos.
Si por amor o piedad el condenado hubiese aceptado que tres mil seiscientas cincuenta veces volviesen a correrse los pesados cerrojos sobre sus noches solitarias, ni aun así Teresa hubiera podido sostener la losa del sepulcro que sobre ella ya pesaba.
«No esperes ya nada, mártir —le escribía Simón—. La lucha con la desgracia es inútil, y yo no puedo ya luchar. Fue un engaño funesto nuestro encuentro. Nada nos queda en este mundo. Marchemos al encuentro de la muerte… Hay un secreto que sólo en el sepulcro se sabe. ¿Nos veremos allí?
»Me voy. Abomino de la patria, abomino de mi familia, todo este suelo se presenta a mi vista cubierto de horcas, y cuantos hombres hablan en mi propia lengua, me parece que les oigo vociferar las imprecaciones del verdugo. En Portugal no quiero ni la libertad con opulencia; ¡ahora ya ni la realización de las esperanzas que me daba tu amor, Teresa mía!
»Olvídame, y adormécete en el seno de la nada. Yo quiero morir, pero no aquí. Apáguese la luz de mis ojos; pero la luz del cielo la quiero, quiero ver el cielo en mi última mirada.
»No pretendas que acepte diez años de prisión. ¡Tú no sabes lo que es perder la libertad por diez años! No puedes comprender mis tormentos en estos veinte meses. Las únicas voces que he oído son las de la mujer compasiva que me suministra el pan de cada día y la del alguacil que vino a darme la sarcástica buena nueva de una gracia real que conmuta la muerte instantánea de la horca por las angustias de diez años de cárcel.
»Trata de salvarte, si puedes. Renuncia a este gran desgraciado. Si tu padre te llama, ve. Si ha de renacer para ti una aurora de paz, vive para la felicidad de ese día. Pero si no, muere, Teresa, muere; porque la felicidad es la muerte, es el deshacerse en polvo las fibras dilaceradas por el dolor, es el olvido que salva de las injurias la memoria de los que han padecido».
Las únicas palabras de Teresa en respuesta a aquella carta, clara muestra del estado de perturbación del infeliz preso, fueron éstas: «Moriré, Simón, moriré. Perdona mi destino… te he perdido… tú bien sabes la suerte que quería compartir contigo… y muero porque no puedo ni podré jamás rescatarte. Si puedes, vive; no te pido que mueras, Simón; quiero que vivas para llorarme. Mi espíritu te consolará… estoy tranquila… veo la aurora de paz… adiós, hasta el cielo, Simón mío».
Siguiéronse a esta carta muchos días de taciturna desesperación por parte de Simón Botelho que no respondía siquiera a las preguntas de Mariana. Diríase que se hallaba entregado a las voluptuosas angustias de su propio aniquilamiento. La criatura puesta por Dios al lado de aquellos dieciocho años tan atribulados lloraba; pero las lágrimas, si Simón las veía, le sacaban del mutismo sosegado para lanzarle a los ímpetus de la desesperación, que al cabo lo extenuaba a fuerza de convulsiones.
Pasaron seis meses más.
Teresa vivía, diciendo a sus consternadas compañeras que sabía de seguro cuándo había de llegar su último momento.
Dos primaveras vio Simón Botelho a través de las rejas de su cárcel. La tercera ya florecía en las huertas y reverdecían los bosques del Candal.
Era el mes de marzo de 1807.
El día 10 de este mes recibió el condenado la notificación de que debía salir en el primer buque que levase anclas en el Duero con rumbo a la India. En aquel tiempo iban allí los buques a buscar a los condenados y recibían en Lisboa a los que tenían igual destino.
Nada impedía el embarque de Mariana, que se presentó al corregidor del crimen como criada del condenado, con el pasaje pagado por su amo.
—Bien vale lo que cuesta el pasaje —dijo el jovial magistrado.
Simón asistió al arreglo de su equipaje con una tranquilidad terrible, y como si ignorase de qué se trataba. Varias veces intentó escribir su última carta a la moribunda Teresa, y ni señal de sus lágrimas pudo ya enviarle en el papel.
—¡Qué tinieblas, Dios mío! —exclamaba, y se arrancaba a manos llenas los cabellos—. ¡Dadme lágrimas, Señor; dejadme llorar o matadme, que este sufrimiento es insoportable!
Mariana contemplaba llena de dolor estos y otros arrebatos de locura, así como los no menos terribles períodos de letargo.
—¿Y Teresa? —gritaba, alzándose de repente en medio de su abatimiento—. ¿Y esa desgraciada joven a quien maté? ¡No he de volverla a ver más, nunca más! Nadie me llevará a la India la noticia de su muerte, y cuando yo la llame para que me vea morir digno de ella, ¿quién le dirá que me muero?, ¡oh mártir!