Aquella noche de pasión
Capítulo 8
MARK rodeó con un brazo los hombros de su prometida mientras se dirigía a sus amigos, que se habían congregado en el gran salón de la posada después de la exquisita cena.
—La mayor parte de vosotros sabéis que Deb y yo vamos a casarnos en Chicago, porque su madre está allí…
—En una clínica —intervino Deborah—, y como es demasiado mayor para viajar…
—Celebraremos nuestra boda al lado de su cama… ¡algo que ya está esperando con verdadera ansiedad! —dijo Mark.
—¡Mamá ya casi había abandonado toda esperanza de ver a su única hija vestida de blanco!
Mientras todo el mundo celebraba la broma, Mark alzó su copa de champán.
—Y ahora, antes de que nos dediquemos al serio negocio de divertirnos, quiero proponer un brindis —miró a Meg, que se hallaba al fondo de la multitud—. Por la nueva directora-ayudante, Marguerite… —en ese momento miró a alguien detrás de ella, que acababa de entrar, y esbozó una radiante sonrisa—… ¡y por su nuevo jefe, Sam Grainger!
A Meg se le heló la sangre en las venas; no había esperado a Sam hasta el día siguiente. Mientras todo el mundo brindaba, se tensó visiblemente, percibiendo su presencia a su lado.
—Hola —su tono era bajo y levemente interrogante, como si no estuviera seguro de su reacción.
¡Si supiera lo que le sucedía…! Todo su cuerpo se estremecía de expectación. Pero tenía que concentrar sus pensamientos en la decisión que había tomado durante su ausencia. Los dos se habían reunido casi a la fuerza, por el hecho de que Sam se había convertido en el nuevo propietario de la posada, y porque era el padre de Andy. Meg era muy consciente de que Sam no era del tipo de hombre que se tomase sus responsabilidades a la ligera. Anteriormente se había apresurado a juzgarlo sin conocer todos los hechos; y lo había tratado de una manera sencillamente vergonzosa.
Ya era tiempo de corregirse… y tenía dos formas de hacerlo. En primer lugar, podría ofrecerle su ayuda completa e incondicional para administrar la posada. Y, en segundo lugar, podría ofrecerle también su ayuda completa e incondicional para que llegara a conocer a su hijo. Podría hacer ambas cosas. Y las haría, de hecho.
—¿Meg…?
Meg tragó saliva, nerviosa, y se volvió hacia él. Llevaba unos vaqueros y un suéter azul marino, con una camisa de franela debajo. Tenía una sombra de barba en la mandíbula, sus ojos color verde oscuro estaban intensamente fijos en ella… Parecía cansado… pero la fatiga que se reflejaba en sus rastros lo hacía aún más atractivo. El amor que sentía por él abrumó a Meg. Ansiaba borrar aquella expresión de cansancio con caricias, deslizar los brazos por su estrecha cintura, y…
—Hola —le devolvió el saludo, sonriendo—. Bienvenido a casa.
Sam apelmazó su almohada, se tumbó de espaldas en la cama y se quedó mirando al techo en sombras. Todavía no había superado la impresión que le produjo que Meg le diera la bienvenida con tanto calor, y tan pocas reticencias.
Porque, por supuesto, seguía habiendo algunas reticencias. Lo había visto en la sombra de sospecha que oscurecía su mirada; lo había detectado en la conversación que había mantenido con él algunas horas antes.
—Has adelgazado —le había comentado Sam, preocupado—. Dee me ha dicho que Andy te ha estado dando problemas.
—¿Has visto a Dee?
—Me detuve a cenar en su casa de camino hacia aquí. Me informó de que Andy…
—Tenemos que darle tiempo.
—¿Qué puedo hacer yo? —le había preguntado Sam.
—Nada. Sólo… sé tú mismo cuando estés con él. Eso es lo único que puedes hacer.
—¿Estamos bien? ¿Tú y yo?
—Sí —le había respondido Meg, mirándolo directamente—.Tú y yo estamos bien.
En ese instante, Mark se había acercado a ella, y Sam se retiró. Cuando algún tiempo después la buscó con la mirada, descubrió que ya se había ido. Sintió una punzada de decepción; había querido hablar con ella más…
Mark y Deborah habían pensado en quedarse aquella noche en casa de Elsa, antes de salir a la tarde siguiente para Chicago. Cuando terminó la fiesta, guiaron a Sam hasta la suit del propietario, en el piso bajo, y se despidieron de él.
Estaba cansado, y una vez que se marcharon se fue directamente a la cama… sólo para descubrir que no podía dormir. No podía dormir pensando en Meg…
En aquel instante, con las manos entrelazadas detrás de la cabeza, yacía en la cama escuchando el rítmico murmullo de las olas, e intentando recordar la noche en que Andy fue concebido.
Meg le había dicho que todo sucedió debajo del único árbol del jardín, justo debajo de la posada. Frunció el ceño, concentrado, esforzándose por rescatar aquellos recuerdos de lo más profundo de su subconsciente… sin éxito. Maldijo entre dientes; ¿por qué no podía recordarlo?¿Y cómo podía haberlo olvidado? ¿Olvidar que había hecho el amor con una criatura tan dulce, encantadora y deseable como Meg Stafford? Sintió una punzada de culpa al recordar que, en aquel entonces, apenas debía de haber tenido dieciocho años.
Saltó de la cama y se acercó a la ventana. La luna llena se reflejaba sobre el mar. Su mirada se vio atraída hacia aquel solitario árbol cercano a la playa, al lecho de césped y flores que se extendía bajo sus ramas… De pronto, se quedó paralizado al recordar algo: cuando abrazó a Meg el día en que Andy volvió del campamento, había experimentado una extraña sensación de familiaridad, como si ya hubiera vivido aquel momento.
La había abrazado como en aquel entonces. La había mirado de la misma manera, perdiéndose en aquellos ojos azules suyos. Sí, aquellos recuerdos estaban en alguna parte, pero dudaba que volvieran alguna vez. Aquella noche estaba perdida para siempre. Pero su fruto permanecía…
Apretó la frente contra el frío cristal y cerró los ojos. Meg sólo tenía en aquel entonces dieciocho años. Era joven e… ¿inocente? Apartó la cabeza del cristal, presa de un escalofrío. Nunca antes había pensado en las implicaciones de aquella palabra. Recordaba haberla usado en su conversación con Dee y con James, cuando les dijo que se había aprovechado de una chica inocente… pero con ello sólo había querido decir que, en aquel entonces, Meg era ingenua. Gimió. ¿Era virgen en aquel entonces? ¿Le habría robado algo de forma irreparable?
Cerró el puño y lo estampó con fuerza contra la pared. Una y otra vez.
—Tu padre ha vuelto —le dijo Meg a Andy a la mañana siguiente—. Estuvo en al fiesta de Mark.
Andy se cargó su mochila al hombro y, evitando mirarla, se dirigió hacia la puerta trasera.
—Me voy… Tengo prisa.
—¡Pero si no has desayunado!
—No tengo hambre.
—¡Tendrás que empezar a madrugar más ahora que ya no puedes ir al colegio caminando!
Seashore no era una población lo suficientemente grande como para contar con un instituto, y los estudiantes de secundaria tenían que ir en autobús hasta Larch Grove, a unos treinta kilómetros de allí.
—Si pierdes el autobús… —insistió Meg—… ¿cómo vas a poder…?
—¡No me importa! —y se fue dando un portazo.
Meg cerró los ojos mientras el portazo aún resonaba en su cabeza. El último mes había sido insoportable. Se había esforzado todo lo posible por acercarse a Andy, pero todos sus intentos habían sido bloqueados por su arisca resistencia.
Le temblaron las manos cuando se sirvió un vaso de agua. Ya estaba cansada de disculparlo continuamente… ¡y no estaba dispuesta a tolerar su comportamiento por más tiempo! Esa misma noche se encargaría de hablar a fondo con él.
—¡Buenos días, Meg! —la saludó Katy, la nueva recepcionista, al verla entrar en el vestíbulo de la posada—. ¿Te lo pasaste bien en la fiesta?
—Sí, estuvo bien. ¿Está el señor Grainger en su despacho?
—¡Está en el tuyo, de hecho!
—Gracias.
Meg se acercó a su despacho, y entró después de llamar. Sam estaba mirando por la ventana, y se volvió rápidamente. Se encontraba a contraluz y, por un segundo, todo lo que pudo ver Meg fue su figura alta, de anchos hombros y estrecha cintura. Poderosa.
Llevaba unos vaqueros azules y una camisa tejida, con las mangas enrolladas hasta los codos. Tenía una apariencia terriblemente sexy. Meg tragó saliva, nerviosa, y levantó la mirada. Sus ojos nunca le habían parecido más verdes… ni tampoco más seductores.
—Bueno, aquí estás, Meggie —dijo con voz profunda y acariciadora. Se sentó en una esquina de su escritorio, lanzándole una de sus devastadoras sonrisas—. Soy todo tuyo.
Sam advirtió que Meg se había ruborizado intensamente, y se arrepintió de inmediato: la había avergonzado, y eso era lo último que habría querido hacer. Pero aquélla era una situación muy incómoda: su relación, por una parte, era profesional… pero a causa de lo ocurrido en el pasado, y de Andy, era también profundamente personal e íntima.
—Bueno, podría haberme expresado mejor… —empezó a disculparse, pero ella lo interrumpió:
—No te preocupes —colgó la chaqueta en el perchero y se dirigió hacia el archivador. Abrió el cajón superior, rebuscó entre las carpetas y le tendió una—: Mark dejó este diario de tareas para ti. Una vez que lo hayas leído y asimilado, si tienes alguna pregunta, te la contestaré con mucho gusto.
Así de enérgico y eficiente iba a ser cada día de trabajo con ella, pensó Sam. Podría superarlo. Aunque no iba a ser fácil: era tan endiabladamente bonita… Aquella mañana, su aspecto alcanzaba la más perfecta elegancia con un simple suéter blanco y unos pantalones ajustados color azul marino. Y su juvenil peinado acentuaba sus preciosos ojos azul cielo. Unos ojos que lo miraban con toda tranquilidad, exigiéndole que prestara atención… al trabajo. Sam bajó la vista al documento.
—Me llevará una semana o dos —murmuró— ponerme al día con todo esto.
—Mientras tanto… —Meg se sentó en su silla—… acaba de llegar un montón de turistas. Mark siempre se encargaba de saludarlos personalmente antes de que se fueran a desayunar… ¿no te gustaría seguir esa tradición?
—Claro. ¿Qué es lo que solía decirles Mark?
—Oh, sólo que estaba encantado de que hubieran elegido la posada de Seashore, y que si necesitaban alguna información sobre la zona, que preguntaran en recepción.
—Allá voy —y pasó a su lado de camino hacia la puerta, procurando disimular el placer que sintió al aspirar su maravilloso perfume.
Una vez que se hubo marchado, Meg se relajó en su silla. No había estado tan mal. Se las había arreglado para mantener una relación puramente profesional, de jefe a empleada… a pesar de que las piernas se le habían derretido como gelatina cuando Sam le dijo aquello de «soy todo tuyo»… Con un esfuerzo, hizo a un lado esos pensamientos y se concentró en su trabajo.
Estuvo muy ocupada durante todo el día y no volvió a ver a Sam excepto al final, en el momento en que se disponía a regresar a su casa. Estaba en la parte de atrás, preparándose para montar en su bicicleta, cuando lo oyó acercarse. El corazón le dio un vuelco en el pecho.
—¡Espera un minuto! —la llamó.
Meg se detuvo, agarrada ya al manillar.
—¿Qué tal te ha ido el día?
—He estado bastante ocupada. ¿Y el tuyo?
—Se me ha hecho raro —sonrió Sam—. ¡No sabría decir si me siento más como un huésped, un hotelero, un inspector o un pelmazo! ¡Más bien un pelmazo, me temo!
—¡Tú eres el jefe! —repuso ella con tono ligero—. Ya verás cómo dentro de una semana o dos te sentirás más en tu papel.
—¿Te vas a casa ahora?
—Sí. Y el autobús de Andy suele llegar a eso de las cinco —sabía, sin necesidad de mirar su reloj, que eran más de las seis—. Me gusta estar de vuelta en casa poco después de esa hora.
—Entonces, ¿cómo es que hoy has salido tan tarde?
—Deborah siempre se quedaba hasta las seis, así que yo he heredado su horario.
—Meg, no tienes ninguna necesidad de hacer eso. Puedo cambiarlo si…
—No creo que haya problema —repuso ella—. Y ahora será mejor que me vaya…
Empezó a empujar su bicicleta, pero Sam se lo impidió.
—Me gustaría ver a mi hijo. ¿Te importaría que me dejara caer por tu casa a última hora de la tarde?
La vacilación de Meg resultó casi imperceptible. Y cuando habló, lo hizo con un tono confiado que desmentía absolutamente la aprensión que sentía por dentro. ¿Cómo acogería Andy aquella visita? ¿Trataría a Sam con la misma abierta hostilidad que ella misma había tenido que padecer durante el mes anterior?
—Pásate a eso de las ocho —le dijo—. Así tendré tiempo de limpiar la cocina después de cenar.
Y tiempo para hablar con Andy, tal y como se había prometido a sí misma aquella mañana…
Después de retirar los platos de la cena, ya se disponía Meg a abordar con Andy el tema de su comportamiento cuando el chico recogió los libros de la mesa de la cocina donde había estado estudiando y se dirigió hacia la puerta.
—¿A dónde vas? —le preguntó, frunciendo el ceño.
—Tengo muchísimos deberes que hacer y me subo a mi habitación — respondió sin detenerse.
—Espera un momento —se dirigió hacia él—. Ya te dije que tu padre iba a venir. Quiero que te quedes aquí.
—¿Por qué?
—Porque tienes que llegar a conocerlo.
—¿Por qué?
—Simplemente porque es justo.
—¿Para quién? —la insolencia de su tono estaba crispando los nervios de Meg.
—Para ti y para él.
—¡Mira, tú eres la que te has acostado con él! Yo no tengo por qué…
Finalmente, Meg estalló. Levantó el brazo con intención de abofetearlo… y sólo en la última fracción de segundo se dio cuenta de lo que estaba haciendo y pudo contenerse. Se estremeció, con la mano a sólo unos centímetros de su rostro, y abrió la boca con expresión consternada. Jamás, jamás le había pegado a Andy. ¡Apenas podía creer que hubiera estado a punto de hacerlo! Y Andy, al parecer, tampoco.
Mientras Meg dejaba caer la mano, Andy la miró fijamente con los ojos muy abiertos, con una expresión mezclada de asombro e incredulidad. Y luego… resopló con gesto despreciativo.
—Vamos —se burló—. Pégame. Eso es lo que quieres hacer, ¿verdad?
—Andy —quiso abrazarlo—. Lo siento, yo no quería… jamás habría podido…
—¡De todo esto tiene la culpa él! ¡Nunca habrías hecho nada parecido antes de que viniera él! —se giró en redondo y gritó—: ¡Lo odio! ¡Y te odio a ti también! —y salió a toda prisa de la cocina.
Meg lo oyó subir furioso las escaleras. Cerrando los ojos, se dejó caer en la silla más cercana y, apoyando la cabeza en los brazos, lamentó desesperada su imperdonable pérdida de control… y su penoso fracaso como madre.
Sam llamó a la puerta de la cocina, pero nadie contestó. Llamó otra vez, con más fuerza. Oyó entonces el ruido de una silla y, al cabo de un buen rato, se abrió la puerta y apareció Meg. Sin una palabra, se apartó para dejarlo pasar.
—Hola —la saludó él—. Siento haber llegado tan tarde, pero…
Se interrumpió, arqueando las cejas, cuando se fijó en su aspecto. Tenía círculos rojizos alrededor de los ojos, y estaba muy ruborizada.
—¿Andy? —inquirió, tensando la mandíbula.
Del piso superior llegó hasta ellos el sonido de un golpe, como si alguien hubiera lanzado algo contra el suelo. Meg se estremeció.
—¡Vamos, ponte algo! —Sam miró a su alrededor, y descubrió la cazadora de Meg colgada de una silla. La agarró rápidamente y se la tendió —. Necesitas salir.
—Pero… —lo miró consternada.
—Déjale una nota.
—No lo comprendes, he estado…
—¡Hazlo!
Meg obedeció. Buscó en un cajón lápiz y papel, garabateó una nota y la dejó sobre la mesa de la cocina.
—Bien —la tomó de la mano—. Vamos.
—¿A dónde?
—A un pequeño pub que yo conozco, a medio camino hacia Larch Grove. Tú y yo tenemos que hablar.
El pub estaba situado cerca del río. Sam la guió a través del comedor hasta una pequeña mesa, con vista a un jardín iluminado. Cuando la camarera se acercó, le pidió dos brandies.
—Entonces… —empezó a hablar, una vez que les fueron servidas las bebidas—… ¿quieres decirme lo que ha pasado esta noche? Supongo que Andy y tú habéis discutido porque no quería que yo lo visitara.
Meg sintió que se le desgarraba el corazón al recordar aquella escena.
—Estaba furioso… y se mostró muy insolente —bajó la mirada—. Yo… estuve a punto de darle una bofetada. Casi perdí el control.
—Oh, Meg —le tomó las manos entre las suyas—. Todo esto ha sido tan duro para ti… tan duro para los dos.
Como si de magia se tratara, Meg sintió que su tensión se evaporaba al escuchar la caricia de su voz. Hasta aquel mismo instante, no había tomado conciencia de que no estaba sola en aquella situación. Con cualquier cosa que sucediera, Sam siempre la apoyaría; de eso estaba segura. Retiró las manos de entre las suyas para buscar un pañuelo en su bolso.
—Éste es un tiempo muy difícil —su voz todavía tenía un leve temblor —. Para todos nosotros… pero especialmente para Andy.
—Quizá si me contaras algo acerca del pasado podría comprenderlo mejor…encontrar una forma de acercarme a él. Desde tu divorcio, ¿su única familia la habéis formado tú y Dee, con Elsa como una especia de abuela adoptiva?
—Sí.
—¿Cuándo os casasteis Jack y tú?
—Un par de años después de que naciera Andy.
—¿Jack era de Seashore?
—Vivía en Larch Grove, pero trabajaba como mecánico en una gasolinera de la marina de Matlock. Dee y yo necesitábamos reparar el coche… y fue así como lo conocí.
—¿Estabas enamorada de él?
—Ahora pienso —respondió lentamente— que me engañé a mí misma creyendo que estaba enamorada. Supongo que lo que realmente quería era un padre para Andy, pero… —añadió con amargura—… aquello no funcionó.
—¿Quería Jack tener hijos?
—No. Al final, culpó incluso a Andy de nuestra ruptura. Decía que era demasiado joven para atarse a un hijo.
—¿Qué edad tenía Andy cuando os divorciásteis?
—Siete años.
—¿Sufrió… mucho?
—Para entonces ya era consciente de la situación. Sabía que Jack no le demostraba ningún interés.
—¿Y tú no tenías ninguna pista, ningún indicio, cuando empezasteis a salir juntos, de que a Jack no le gustaban los niños?
—Cuando Jack empezó a cortejarme, digamos que también empezó a cortejar a Andy… y tuvo éxito. Andy lo adoraba —Meg tomó un sorbo de brandy, sin apenas saborearlo—. Si hubiera tenido alguna duda a la hora de aceptar la propuesta de matrimonio de Jack, el amor que le profesaba Andy la habría borrado —incluso en aquel instante, sentía ganas de llorar al evocar los recuerdos del rechazo de Jack hacia su hijo—. Una vez que empezamos con nuestra vida de casados, su actitud para con Andy cambió. En el momento en que empezó a rechazarlo, fue muy penoso ver cómo desaparecía aquella luz de los ojos de Andy cuando lo miraba… —vio que Sam tensaba la mandíbula—. Así que, ahora podrás entender por qué Andy no está nada deseoso de relacionarse contigo.
—Pobre crío —comentó Sam, jugando con el tallo de su copa—. Voy a tener que librar una dura batalla para ganarme su confianza.
—Eso me temo.
Siguió un denso silencio. Terminaron sus bebidas y salieron del pub. Abajo, en la ribera del río, algunas parejas paseaban a la luz de la luna.
—¿Te apetece pasear? —le preguntó Sam.
Meg dudó. Él la tomó de la mano y la guió hacia el paseo que bordeaba el río. No pudo evitar comparar sus manos con las de Alix, y se quedó pensativo durante unos segundos.
—¿En qué piensas? —le preguntó ella.
—Estaba pensando en Alix.
—¿La… echas de menos?
—Yo… echo de menos lo que creía que teníamos —cuando vio acercarse en dirección contraria a un numeroso grupo de jóvenes, Sam tomó por un desvío del sendero—. Salgamos de aquí. Por esta senda.
Poco a poco, según caminaban, se hizo el silencio. El sendero que habían elegido terminaba en un cenador, con su techado iluminado por la luna.
—¿Qué era eso que creías que habíais tenido Alix y tú? —le preguntó Meg.
Por un momento, creyó que Sam no iba a contestar, pero al fin dijo con voz ronca:
—No puedo hablar sobre ello. Todavía no.
—Lo siento…
—Sólo sé una cosa: que nunca me casaré otra vez.
El grito solitario de un pájaro llegó hasta ellos desde el río.
—Así que tú también te quemaste. Como Andy con la experiencia de tener un padre.
—¿Y tú? En la boda de Dee dijiste que con una vez había sido suficiente. ¿Te referías a lo mismo?
—Sí. Soy muy feliz tal como estoy. Y tú sólo cometiste un error… Yo cometí dos.
—Yo fui el primer error, supongo.
—Para serte sincera, sí. Aquello fue un error. Me dejé llevar por…
—La compasión —terminó Sam por ella, tomándola de los hombros y obligándola suavemente a que lo mirara—. Eso no es para avergonzarse, Meg.
«Compasión», repitió Meg para sí. No pudo evitar preguntarse qué pensaría Sam si supiera que se había dejado arrastrar por algo mucho más profundo que la compasión.
—En cualquier caso, no volveré a casarme. Tengo mi familia, mis amigos, mi trabajo. ¿Qué más podría desear? —«¡A ti!»; aquellas dos palabras resonaron en su mente con tal intensidad que, por un terrible instante, llegó a creer que las había pronunciado en voz alta.
—Así que aquí estamos los dos —murmuró él—, Sam Grainger y Meg Stafford, decididos a no comprometernos con nadie jamás. ¿Qué pensarías, Meggie, si los dos tuviéramos una aventura? Nada de ataduras, ni de promesas. Simplemente… ¡dos amantes en libertad!
Una aventura con Sam. Vívidas imágenes se sucedieron en la mente de Meg: imágenes coloridas, exóticas… Pero incluso mientras se ruborizaba, alcanzó a ver un extraño brillo en sus ojos… y comprendió que se estaba burlando de ella.
También se dio cuenta de que por un peligroso instante se había sentido tentada de aceptar su oferta. Y descubrió, impresionada, lo frágil que resultaba su armadura contra el encanto de aquel hombre. ¡Pero eso era algo que él nunca sabría!
—Ni en sueños, Sam Grainger —replicó con tono desenfadado—. ¡Ni en sueños!
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