Aquella noche de pasión

Grace Green · Capítulo 9 de 12

Páginas del PDF

Aquella noche de pasión

Capítulo 9

 

DE PIE, en el sendero de entrada a su casa, Meg observaba desaparecer en la distancia las luces del deportivo de Sam. No lo había invitado a entrar.

—Quiero hablar con Andy —le había explicado—. Y sería mejor que…

—Que yo no esté presente. Lo comprendo. Y, Meg… —le había dicho con expresión muy seria—… buena suerte.

«La voy a necesitar», pensaba cuando se disponía a entrar por la puerta trasera. Encontró a Andy en el salón, acurrucado en el sofá. No la oyó entrar porque tenía la televisión encendida. Estaba viendo los informativos de la televisión… y a Alix Grainger.

Morena y vivaz, la ex-esposa de Sam se encontraba en una calle bombardeada, con una multitud gritando a su espalda. Tenía sucia la camisa caqui. Un fuerte viento le azotaba la melena contra las mejillas, y mientras hablaba a la cámara, se retiraba impaciente el cabello de los ojos. Unos ojos de gato: de color topacio, vivaces, algo desconfiados…

—¿Por qué fracasó su matrimonio?

Meg se sobrecogió al oír la voz de Andy. Lo miró. Estaba pálido, y se le desgarró el corazón al descubrir que había estado llorando. Su tono había sido brusco, pero al menos le había dirigido la palabra.

—¿Perdón?

—¿Cómo es que no sigue casado con ella?

—No lo sé.

—¿No se lo preguntaste?

—No quiere hablar de ello.

—Ahora que ya ha roto con ella, ¿es por eso por lo que va detrás de ti?

—No va detrás de mí, Andy. Vamos a tener que administrar la posada juntos, así que necesitamos conocernos por el bien de nuestra relación laboral…

—¡Esta noche no has estado trabajando! ¡Has estado fuera con él durante más de dos horas! ¿Qué habéis estado haciendo?

—Charlando simplemente —Meg señaló la televisión—. ¿Te importa que apague esto? —recogió de la mesa el mando a distancia y pulsó el botón de apagado: Alix Grainger desapareció bruscamente de la pantalla—. Tenemos que hablar.

—¿De qué?

—De tu actitud. Durante el mes pasado, he consentido que hicieras lo que te daba la gana porque sé que todo esto ha sido muy duro para ti, y para que te acostumbrases a los nuevos cambios… ¡pero ya está bien! A partir de ahora, a pesar de tu humor o de tus opiniones, espero que te comportes de una manera amable y educada. Y si no lo haces, te atendrás a las consecuencias.

—Bien —Andy se levantó del sillón y se encogió de hombros, como si todo aquello no tuviera importancia para él—. Seré amable y educado.

—¿Conmigo… y con tu padre?

—Claro —dijo después de una pausa—. No hay problema —bostezó mientras se dirigía hacia la puerta—. Buenas noches. Me voy a la cama.

—Acerca de lo que sucedió antes —le dijo ella con tono suave—. Andy, de verdad que lo siento.

El chico se detuvo frente a ella y fue entonces cuando Meg se dio cuenta, sorprendida, de lo alto que era. Estaba creciendo. Y se estaba haciendo un hombre. Aquel pensamiento le suscitó un sentimiento de inminente vacío que acabó por deprimirla.

—No te preocupes por eso —le dijo él—. Olvidado.

En sus ojos había una expresión distante que Meg nunca había visto antes. Y sabía que aquello no estaba olvidado. Resultaba evidente que no iba a aceptar a su padre. Y mientras continuara asociada de alguna manera a él, a ella tampoco iba a aceptarla. Había trazado una línea divisoria en la arena. Andy se había colocado a un lado a su padre en el otro.

Y ella, que los quería a los dos, se encontraba en medio.

A la mañana siguiente, cuando se levantó, llamó a la puerta de Andy para despertarlo y salió para hacer su carrera matutina, pero había tanta niebla que no corrió mucho tiempo.

Al regresar encontró a Andy en la cocina, metiendo su plato de cereales y un vaso en el lavavajillas.

—Buenos días —lo saludó, y añadió mientras él se ponía su cazadora vaquera—: No te marchas ya, ¿verdad?

—Sí, he quedado con Mike en la esquina.

—¡Pero si es muy temprano!

—Ayer me echaste un sermón porque salí tarde —replicó—. ¿Vas a sermonearme ahora porque salgo temprano?

—No, es sólo que…

—Mira, tengo que irme. No quiero hacer esperar a Mike, ¿vale?

—Sí, por supuesto.

—Te veré esta noche.

Y se marchó. Sin sonreírle. Sin darle un beso de despedida. Ni había sido grosero; eso tenía que reconocérselo. Pero no podía obligarlo a que se mostrara cariñoso, tierno…

Suspirando, subió a ducharse y se vistió. Se dijo que las cosas se arreglarían. Todo lo que tenía que hacer era esperar, darle más tiempo… Pero por mucho que intentó convencerse a sí misma, no tuvo éxito. Andy era testarudo; siempre lo había sido. Desde que era un niño, cuando decidía hacer algo, nadie podía impedírselo. Y no había visto ninguna señal de que eso hubiera cambiado.

 

Cuando entró en el vestíbulo de la posada y vio a Sam apoyado en el mostrador de recepción, sus preocupaciones por Andy quedaron olvidadas mientras contemplaba con admiración a su padre. Llevaba un traje de corte impecable, con una camisa blanca y una corbata de seda verde a juego con sus ojos… Aquellos ojos, sin embargo, estaban fijos en Katy, que parecía tan deslumbrada ante su presencia como si estuviera mirando al sol.

Meg sintió una punzada de celos: ella, que siempre había pensado que no era nada celosa. Se dijo que no tenía derecho a experimentar ningún sentimiento posesivo hacia Sam Grainger. Era el padre de su hijo, pero eso no implica nada más respecto a ella. Los saludó a los dos con un sencillo «buenos días» mientras se dirigía a su despacho.

—Buenos días, Meg —sonrió Katy.

—Buenos días —le devolvió el saludo Sam, y en seguida se apresuró a disculparse con la recepcionista para seguir a Meg por el vestíbulo. La alcanzó cuando acababa de entrar en la oficina. Con el corazón acelerado, Meg se quitó la cazadora y la colgó en el perchero.

—¿Qué tal te fue anoche con Andy? —le preguntó él.

—Estuvimos hablando —guardó el bolso en el cajón inferior de su escritorio—. Me prometió que se mostraría amable y educado. Con los dos.

—Bueno, supongo que es un paso en la dirección adecuada —Sam hundió las manos en los bolsillos de los pantalones—. Mira, he estado pensando en Andy y en cómo solucionar la situación…

Mientras lo miraba, Meg se sentía de la misma forma que Katy hacía tan sólo unos minutos: absolutamente deslumbrada. Eran sus ojos, por supuesto; aquellos hipnóticos ojos verdes. Hizo un supremo esfuerzo por concentrarse en lo que le estaba diciendo, pero le resultaba imposible.

—… y he llegado a la conclusión —proseguía— de que lo mejor será no presionar a Andy lo más mínimo para que tenga que aceptarme. Pero al mismo tiempo no permitirle que nos dicte cómo tú y yo debemos relacionarnos, ¿me sigues?

Meg murmuró algo vagamente y se humedeció con la lengua los labios, que los tenía resecos.

—¿Estás de acuerdo?

«¿De acuerdo con qué?», se preguntaba a su vez Meg.

—Oh, sí —absolutamente.

—Entonces, éste es el plan: me dejo caer por tu casa frecuentemente y también salimos juntos, de vez en cuando.

«Oh, Dios mío, ¿es eso con lo que he dicho que estoy de acuerdo?», gimió para sí Meg. Eso le sucedía por haberse dejado llevar por su encanto, en vez de escucharlo. Se las arregló para responder con un débil «vale».

—Entonces, ¿qué te parece que me pase esta noche por tu casa, y que luego nos vayamos por ahí?

—Por mí bien.

—Maravilloso.

—Pero en cuanto a lo de irnos por ahí… —añadió Meg con tono suave —… lo siento, pero no puedo. Tengo una lista de miles de cosas que necesito hacer. Podrías ayudarnos a trasladar el mobiliario de la habitación de Dee a la de Andy, porque esta noche quiere cambiarla para tener más sitio…

—No hay problema.

—Pásate a eso de las ocho…

En ese momento sonó el teléfono de su escritorio y, mientras ella lo descolgaba, Sam murmuró:

—Nos veremos luego, entonces —y se marchó.

Minutos después de salir del despacho, la imagen de Meg seguía grabada en el cerebro de Sam. Aquella mañana estaba magnífica con sus pantalones grises y aquella camisa de seda que combinaba tan bien con sus ojos azules… pero mientras duró su conversación acerca de sus planes para con Andy, aquellos ojos lo habían mirado de una forma extraña, vaga, nebulosa. Se había distraído; eso había resultado obvio. ¿En qué habría estado pensando?

Sam, por su parte, había estado pensando en que.. ¡tenía que salir cuanto antes de allí antes de que descubriera lo excitado que estaba! Diablos, cuando vio cómo se humedecía los labios con la lengua, tuvo que dominar el primario impulso de abalanzarse sobre ella… Y eso, pensó irónico mientras se dirigía a su despacho, habría sido un enorme error.

Después de colgar la chaqueta en el respaldo del sillón, tomó asiento y contempló los jardines por la ventana. Conforme fue desapareciendo aquella fastidiosa incomodidad, desterró decididamente la imagen de Meg de su cerebro y se concentró en su trabajo. Y particularmente en los problemas que tenía que resolver con su recién adquirida propiedad.

Tal y como Burton le había advertido, Mark había descuidado un poco la posada. El edificio tenía un innegable encanto, pero no soportaba un detenido escrutinio. Se imponía una restauración. La pregunta era: ¿por dónde empezar?

Se inclinó sobre el escritorio, tomando notas. Llamó por teléfono, hizo consultas, cálculos… A la una le subieron la comida, y apenas volvió a interrumpir su tarea hasta las seis y media. Desperezándose, apartó su sillón y se levantó; decidió cenar en el comedor y reunirse luego con Meg.

—Mamá, necesito ayuda con este problema de matemáticas.

En ese momento, Meg estaba sacando un pastel del horno. Mientras se quitaba los guantes se acercó a Andy, que estaba trabajando en la mesa de la cocina.

—Oh, es álgebra. ¿Qué es lo que no comprendes?

—¿Cómo se resuelve esto? No puedo encontrar una solución para contrastarla luego con las del final del libro.

—¿Has resuelto primero lo que está entre paréntesis?

—¿Eh?

—Antes de multiplicar por el número que está fuera del paréntesis, tienes que sumar y restar todas las fracciones que estén dentro del paréntesis —se volvió para empezar a vaciar el lavavajillas—. Las reglas están en el manual, Andy. Nunca progresarás con el álgebra si no asimilas lo básico…

—Sí… —respondió el chico con tono ausente.

Cuando Meg volvió a mirarlo, Andy estaba garabateando números, absolutamente abstraído en su trabajo. Acababa de terminar de vaciar el lavavajillas cuando lo oyó decir:

—¡Ya está!

—¿Cuántos más tienes que hacer?

—Ninguno más —cerró el libro.

—Pues ponte con las reglas —le dijo ella con tono firme—. Apréndetelas.

—¿Ahora?

—Todavía es pronto.Te las preguntaré antes de que te vayas a la cama.

—¡Álgebra! ¿De qué me va a servir a mí el álgebra? —protestó Andy—. ¡Contéstame a eso, mamá!

Antes de que Meg pudiera responderle, alguien llamó a la puerta trasera.

—Yo iré —se levantó el chico—. Será Mike. Tiene un nuevo juego de ordenador que quiere enseñarme.

Corrió a abrir. Y al ver a su padre en el umbral, se quedó paralizado.

—Hola, Sam —lo saludó Meg—. Entra.

La expresión de Andy se oscureció. Murmurando algo ininteligible, se apartó del camino de Sam y luego vaciló, como si no supiera qué hacer. Pero, cuando Sam entró en la casa, Mike, el amigo de Andy, apareció detrás de él.

—Oh, hola, Mike —lo saludó Meg—. Vamos, pasa.

Mike Matlock era de baja estatura, enjuto, pelirrojo. Andy y él se conocían desde la escuela infantil.

—Mike —le dijo Meg—, te presento al señor Grainger… es el nuevo propietario de la posada de Seashore —pudo adivinar por la rápida mirada que Mike le lanzó a Andy, que éste ya le había contado que Sam era su padre—. Sam, éste es Mike Matlock. Tal vez conozcas a sus padres… son los dueños de la marina.

—Sí —asintió Sam—. James y yo fuimos varias veces a pescar con ellos… pero de esto hace mucho tiempo. Hola, Mike, encantado de conocerte.

—Hola, señor Grainger —el chico le estrechó la mano—. Mi padre lo recordaba a usted navegando en el Windstar, y me encargó que, si lo veía, le dijera que puede volver a navegar en él cuando lo desee.

—Gracias, aceptaré esa oferta. Hey… —miró a los presentes—… ¿por qué no salimos a pescar los cuatro?

Andy frunció el ceño, pero antes de que pudiera objetar algo, Meg se apresuró a decir:

—Bien, podemos ir el primer sábado que haga bueno. Mike, ¿querrás preguntarle a tu padre si le parece bien?

—Claro.

—Mamá —Andy apenas podía disimular el resentimiento de su tono—. ¿Te importa que salga un rato con Mike?

—Yo creía que Mike iba a enseñarte su nuevo juego de ordenador…

—Podemos hacerlo en otra ocasión —Andy ya se dirigía hacia la puerta, seguido de su amigo.

—Hijo —le dijo Sam con absoluta naturalidad—, tu madre quiere que traslade los muebles de la habitación de Dee a la tuya. Me gustaría que me echases una mano antes de salir. Así podrás enseñarme dónde quieres colocarlos.

Durante un buen rato, Andy no dijo nada; permaneció de pie, con una mano en el picaporte y el rostro vuelto hacia la puerta. Meg casi podía sentir la batalla que estaba librando en su interior.

—Claro —dijo el chico al fin, cuadrando los hombros. Giró sobre sus talones y, sin mirar a Sam, se dirigió hacia el pasillo—. Vamos, Mike.

Salieron de la cocina, y entonces Meg dejó escapar el aliento que había estado conteniendo sin darse cuenta.

—Tranquila, Meg —le dijo Sam antes de salir—. Todo va a salir bien. Ten paciencia.

Meg se las arregló para forzar una sonrisa, al menos hasta que él salió de la cocina. Casi se le rompía el corazón al ver a los dos tan enfrentados. A su hijo… y a su padre.

Los quería tanto…Pero dudaba que algún día Andy llegara a aceptar a Sam.

 

—¿Dónde lo quieres? —inquirió Sam mientras metía con Mike la mesa del ordenador de Andy en la habitación de Dee—. ¿Cerca de la ventana?

—A la derecha, en la esquina —Andy estaba justo detrás de ellos, cargando la impresora.

—De acuerdo .Una vez que la mesa estuvo en su lugar, Sam comentó—: Esto ya está. Vayamos a por el ordenador.

Cuando terminaron de transportarlo todo, Sam retrocedió algunos pasos para contemplar mejor el dormitorio.

—Ha quedado estupendo. Tienes un montón de espacio aquí. ¿Qué piensa hacer tu madre con tu habitación?

—Una habitación de invitados, para Dee y James —respondió el chico con la vista fija en el ordenador, y se volvió hacia Mike—. ¿Estás listo para irnos?

—Seguro.

Los dos chicos se dirigieron hacia la puerta, pero antes de salir Andy se volvió, vacilante. Y, por primera vez en toda la tarde, miró a Sam directamente a los ojos.

—Gracias.

Sam sintió un nudo de emoción en la garganta. Su hijo parecía tan solo, y tan desgraciado… Se preguntó cómo reaccionaría si en aquel momento se acercase a él para darle un fuerte abrazo. Le pegaría, sin duda alguna…

—De nada —repuso Sam—. Hasta luego, chicos.

Una vez que se hubieron marchado, volvió a la habitación vacía de Andy. Y se sintió inmediatamente atraído por la pared donde colocaba sus fotografías. Allí permaneció durante mucho tiempo, con las manos en los bolsillos, examinando una foto tras otra.

Se pasó una mano por los ojos cuando terminó aquella inspección. Y maldijo en silencio, pensando que era insoportablemente duro saber lo mucho que se había perdido de la vida de su hijo: todo, en realidad. Con un nudo en la garganta, salió del dormitorio cerrando la puerta a su espalda. Cuando volvió a la cocina, vio que Meg había preparado chocolate. Estaba sentada a la mesa, con una taza delante.

—¿Qué estabas haciendo?

—Mirando el panel de fotos de Andy.

—¿Recuerdas la noche de la barbacoa de Elsa, cuando Dee comentó que iba a instalarte aquí… y yo me retiré a toda prisa para preparar la habitación de Andy? Quería retirar todas las fotos en las que se parecía a ti…

—Percibí algo raro, pero por supuesto nunca imaginé que… —se apoyó en la jamba de la puerta—. Me gustaría ver esas fotos. ¿Tienes alguna otra de Andy? Sé que ya no puedo recuperar el pasado, pero quizá pueda llegar a conocer un poco a Andy, cómo fue su vida y todo eso, viendo esas fotos.

—Oh, tengo montones de álbumes en mi habitación. Después de que te tomes tu chocolate, subiremos para que te las enseñe.

 

Andy estuvo fuera hasta cerca de las diez. Había esperado que su padre ya se hubiera marchado para entonces, pero al volver en bicicleta vio que su deportivo aún seguía aparcado. Era un gran coche, eso tenía que admitirlo.. pero no se lo diría a él.

En su salida con Mike, su amigo había intentado tranquilizarlo al verlo tan alterado.

—Tu padre… a mí me parece un buen tipo, Andy.

—¡Porque no es a tu madre a quien persigue!

Mientras recordaba su enérgica respuesta, Andy sentía reavivarse su furia. Vio que la luz de la habitación de su madre estaba encendida; era la única en toda la casa. Después de dejar la bicicleta en el patio, abrió la puerta de la cocina y se deslizó dentro con todo sigilo. Permaneció inmóvil por un momento: todo estaba en silencio.

Dejó sus deportivas al lado de la puerta y, descalzo, subió las escaleras a oscuras. Por debajo de la habitación de su madre vio una rendija de luz. El corazón le latía tan rápido que apenas podía respirar. ¿Qué estarían haciendo allí?

Ágil y silencioso como un gato, se dirigió hacia la puerta. Ya casi había llegado cuando escuchó una leve risa. La ira que sentía se mezcló con los celos y con el terror… hasta que fue incapaz de dominarse.

Abrió la puerta de par en par, e irrumpió en la habitación.

 

—¿Qué día…? —Sam levantó la mirada del álbum de fotos que había estado hojeando, y miró a Andy.

El chico se había detenido en seco en medio de la habitación, con los puños cerrados. Estaba rojo de ira y miraba a su alrededor como un poseso.

—¿Dónde está ella? —exigió saber.

Sam cerró el álbum y lo colocó al lado de todos los otros que estaban sobre la cama, algunos abiertos con fotos de Andy que le habían resultado particularmente enternecedoras o divertidas. Se levantó de la vieja mecedora donde había estado sentado, y rodeó la cama para acercarse a él.

—¿Tu madre?—le preguntó con tono suave—. Está en casa de Elsa. ¿Qué es lo que pasa, Andy?

—Tú sólo estabas mirando… creía que mamá y tú estabais aquí… —se interrumpió, confundido.

Sam no tuvo muchos problemas para adivinar lo que debía de haber estado pensando el chico, y sintió una punzada de compasión.

—No. Tu madre me hizo entrar en esta habitación porque aquí es donde guarda los álbumes fotográficos. Yo le pedí que me enseñara fotos tuyas.

—¿Y por qué querías hacer eso? —le preguntó Andy cruzando las manos sobre el pecho; su beligerante expresión quedaba desmentida por el leve temblor de su voz.

—Me he perdido tu pasado —respondió Sam—. Lo mejor que puedo hacer ahora es mirar estas viejas fotos e imaginar cómo podría haber sido todo… si hubiera formado parte de tu vida desde que naciste —esbozó una irónica sonrisa—. No es mucho, pero es lo único que tengo.

Andy desvió la mirada, pero Sam creyó descubrir un nuevo brillo en sus ojos.

—Andy…

El chico se volvió para marcharse.

—Tengo que hacer unos ejercicios de álgebra —dijo con voz ahogada—. Antes de irme a la cama.

Un momento después, Sam oyó el ruido de la puerta de Andy al cerrarse. Y, casi de inmediato, unos ruidos en el piso bajo; Meg ya había regresado. Después de guardar los álbumes, bajó las escaleras y se encontró con ella en el vestíbulo.

—¿Está Andy? —le preguntó, preocupada.

—Sí, ya ha vuelto.

—Bien —suspiró de alivio.

Sam vaciló, preguntándose si debería decirle lo que acababa de suceder entre el chico y él. No, decidió. Con ello sólo conseguiría molestarla, y ya tenía suficientes preocupaciones.

—Me voy —le dijo—. Te veré mañana.

—¿Sam?

—¿Sí?

La sonrisa de Meg le quitó el aliento.

—Estoy deseando hacer esa excursión en barco.

—Sí —le devolvió la sonrisa—. Sí, yo también.

OceanofPDF.com