Aquella noche de pasión
Capítulo 10
PERO a la mañana siguiente el tiempo cambió. Estalló una tormenta procedente del este, con truenos, relámpagos y mucha lluvia. Para decepción de Meg, la salida en el Windstar tuvo que ser pospuesta.
Los días sucesivos fueron igualmente lluviosos, con fuertes vientos. Después de tres semanas padeciendo aquel tiempo, Meg empezó a perder la esperanza de que volviera a salir el sol. En la posada, la actividad hotelera había bajado dramáticamente, pero se mantenía ocupada ayudando a Sam a supervisar los trabajos de restauración en el interior. Durante el día, aquello era una casa de locos, con obreros yendo y viniendo por doquier. Estaba previsto que las habitaciones quedaran terminadas para el último lunes de octubre, y aquella misma tarde, mientras Meg estaba ordenando su escritorio, Sam llamó a la puerta de su despacho.
—Reúnete conmigo en la suit principal antes de que te vayas a casa —le pidió.
Llevaba unos pantalones de pana negra y un suéter de cuello alto del mismo color. Exudaba un aura levemente peligrosa; un aura que activó el mecanismo de alarma de su cerebro. Pensó que inspeccionar habitaciones en compañía de aquel hombre no era una buena idea… pero, después de todo, ¡él era el jefe!
—Claro —respondió.
Sin embargo, para cuando llegó a la habitación más importante del hotel, que además era la suit nupcial, no pudo menos que arrepentirse de su decisión. Mientras ella estaba literalmente enferma de anhelo por él… Sam estaba exclusivamente concentrado en la nueva decoración.
—Entonces, Meggie… ¿qué piensas?
Tuvo que obligarse a desviar la mirada de él para fijarla en el nuevo papel de pared.
—Precioso —contestó, y contempló admirada la cama de bronce, con sus lujosos cojines. No pudo evitar pensar en lo maravilloso que sería hundirse en aquel mullido lecho para pasar la noche de bodas con…
Interrumpió a toda prisa esos pensamientos y se acercó a la ventana. Un fuerte viento hacía temblar los cristales… justo de la misma forma que se estremecía su corazón. Se le erizó el vello de la nuca cuando sintió la presencia de Sam detrás de ella. Abrazándose, comentó con tono ligero y sin mirar atrás:
—Al final no pudimos salir a navegar.
—Han pronosticado un tiempo magnífico para el fin de semana. ¿Qué te parece si salimos los cuatro el sábado, si consigo el barco?
Sam había pasado gran parte de su tiempo libre en casa de Meg durante las últimas semanas, pero Andy no había dado señal alguna de cambiar de actitud. Todavía trataba a su padre con una fría cortesía… aunque una o dos veces Meg lo había sorprendido lanzando furtivas miradas a Sam: miradas de desconfianza y recelo que daban cuenta de lo vulnerable que se sentía. Evidentemente, el chico había erigido una barrera frente a su padre para protegerse de todo daño. Aunque por una parte deseaba con desesperación romper aquella barrera, por otra aún no estaba preparado para hacerlo.
—¿Meg?
—Mmm —procuró adoptar un tono ligero—. Sí, me parece estupendo.
—¿Tendrás que retorcerle el brazo a Andy?
—Creo que por él no habrá problema… Siempre y cuando Mike nos acompañe.
Sam no replicó nada, pero Meg sabía que ésa no era la respuesta que le habría gustado escuchar. De todas formas, no tenía ningún sentido enardecer sus esperanzas. Se volvió para mirarlo con una expresión de disculpa:
—Sam… él no es consciente del daño que te está haciendo.
—Claro, Meg. Los niños de su edad suelen estar solamente pendientes de sí mismos. Se está tomando su tiempo, quiere estar seguro de que puede contar conmigo, antes de decidirse. Pero se decidirá. Apostaría mi vida a que sí.
—Espero que tengas razón —suspiró—. Ojalá yo pudiera hacer algo…
—No hay nada que podamos hacer, excepto seguir con lo que estamos haciendo. Al fin se dará cuenta de que no tiene nada que temer de mí. Y yo no voy a rendirme, Meggie. No voy a dejaros ni a él ni a ti. Nunca más.
Al detectar la inequívoca sinceridad de su tono, a Meg se le llenaron los ojos de lágrimas.
—Lo sé —repuso con un nudo en la garganta—. Y confío en ti… Sam.
«Confío… y te amo»; aquellas palabras clamaban por ser escuchadas, pero no llegó a pronunciarlas. Sam no deseaba su amor, ni el de ninguna otra mujer… Pero quería besarla; eso podía leerlo en la sombría mirada de sus ojos, en su acelerada respiración…
¡No debía consentirlo! Por lo que a él se refería, Meg se sabía demasiado débil, y la cercanía de aquella cama…
—Tengo que irme —declaró, haciendo un supremo esfuerzo, y se dirigió hacia la puerta—. Debo volver a casa.
—¡Meg! —la llamó Sam con tono urgente, y ella se detuvo en seco.
—Tengo que hablar con Andy de lo del sábado —procuró adoptar un tono enérgico mientras rezaba en silencio para que no se le ocurriera tocarla.
—¿Te apetecería que esta noche nos acercáramos al pub para charlar un rato?
Durante las últimas semanas, Sam la había llevado varias veces allí. Habían pasado tardes muy agradables… en apariencia, porque a Meg cada vez le resultaba más difícil esconderle sus sentimientos.
—Gracias, Sam, pero… bueno, Elsa va a venir a casa… Dee me ha enviado unas fotos y Elsa tenía interés en verlas.
Siguió un denso silencio. Meg estaba ruborizada. Sam debía de saber que lo estaba evitando de manera deliberada. No respondió hasta que bajaron al vestíbulo, y cuando habló, lo hizo con tono ligero:
—Tal vez sea mejor que no me pase por tu casa hasta el sábado; así le daré un respiro al chico. Ya sabes eso que se dice: ¡que la ausencia ablanda los corazones!
Meg sabía que aquel tono desenfadado era forzado. Andy lo había rechazado… y ahora ella parecía estar rechazándolo también. ¿Por qué todo tenía que ser tan difícil?
—Sí, tal vez sea mejor —replicó.
Aquella tarde, Sam llamó por teléfono a la marina y habló con el padre de Mike. Después de los saludos de rigor, sacó el tema de la salida propuesta y le preguntó si podría usar el Windstar para el sábado, si el tiempo lo permitía. Dave aceptó gustoso, y le preguntó:
—¿Qué tal van las cosas en la posada?
—Muy bien, y todo gracias a Meg. Se ha portado maravillosamente.
—Sam, ¿es verdad eso que me dice Mike… ? ¿Que eres el padre de Andy?
—Sí que es verdad.
—Diablos, yo creía que era algún infundado rumor… tengo que decirte que toda la ciudad lo rumorea, Sam. Ya sabes cómo es esto…
Como alcalde de Seashore, Dave Matlock era una persona altamente respetada. Sam pensó que sería una buena idea relatarle los hechos y contar con su ayuda para que la historia no fuera tergiversada, y pudiera perjudicar así a Meg. Una vez que se enteró de todo, Dave se apresuró a tranquilizarlo:
—Me aseguraré de que todo el mundo conozca la verdad, Sam. tengo muchos amigos aquí, y recabaré su ayuda para que corten por lo sano cualquier malicioso rumor. A propósito… ¿cómo ha asimilado Andy la noticia? Últimamente he observado que está un poco raro.
—Tienes razón, pero creo que al final lo aceptará.
—Su padrastro… bueno, Andy tuvo una mala experiencia de principio y se merece lo mejor. Es un gran chico.
—Sí, desde luego.
Después de colgar, Sam paseó nervioso por su despacho. Ya toda la ciudad sospechaba sobre la paternidad de Andy, y no se necesitaba tener el cerebro de un Einstein para calcular que él había estado casado con Alix en el momento de la concepción de su hijo. ¿Cuánto tiempo tardaría en difundirse la noticia? Primero a Larch Grove, y luego… ¿Cuánto tiempo tardarían en descubrirla los grandes medios de comunicación?
Él no sería noticia, desde luego, pero sí Alix, que era conocida en todo el mundo. Maldijo en silencio: tenía que decírselo. Advertirla. Prepararla. No quería hablar con ella, pero no tenía otra elección.
Se dejó caer en su sillón giratorio y, apretando los dientes, descolgó el teléfono.
Para Meg, aquella semana transcurrió con insoportable lentitud… por culpa de Sam. Parecía diferente, distante, desinteresado, desde la noche en que ella rechazó su invitación a acercarse al pub. Cuando tuvieron ocasión de charlar, Meg sacó la impresión de que estaba molesto.
Incluso cuando él le dijo que el Windstar estaría disponible el sábado, era como si su mente estuviera en otra parte, a kilómetros de distancia de allí. Meg ya no esperaba ansiosa aquella salida. Iba a ser un espectáculo deprimente que Andy se comportara fríamente con Sam, ¡y que además Sam hiciera lo mismo con ella!
Cuando llegó el viernes y el sombrío humor de Sam no había cambiado, Meg decidió hacer algo al respecto: hablaría con él antes de regresar a casa. Pero, cuando se presentó en su despacho a las seis para tratar del tema, descubrió que el despacho estaba vacío. Se acercó entonces al mostrador de recepción.
—Katy…
—¿Sí, Meg?
—Estoy buscando al señor Grainger. ¿Lo has visto?
—Se ha ido… tenía que recoger una pieza de su coche en Larch Grove.
—Gracias —Meg ya se disponía a retirarse cuando la recepcionista la llamó:
—Me voy al cine esta noche. ¿Quieres venir? Se trata de la nueva comedia de Meg Ryan, ¡dicen que es divertidísima!
A punto de negarse, Meg cambió impulsivamente de idea. Al menos podría disfrutar de un par de horas sin preocupaciones.
—Sí, me gustaría.
—Empieza a las siete. Nos veremos en la puerta del Rialto.
Mientras volvía en bicicleta a su casa Meg intentó alegrarse, pero se vio incapaz de superar la decepción que le había producido la ausencia de Sam. Había deseado con tanta desesperación despejar el ambiente entre ellos antes de su salida en barco….
Pero… ¡podría regresar a la posada aquella misma noche después de ver la película! Le pediría a Katy que la acercara hasta allí cuando salieran. Se animó mientras rumiaba la idea. Sí, decidió. Eso sería lo que haría. Después de las nueve se presentaría a la posada, y con toda seguridad encontraría a Sam allí.
¿Por qué diablos Alix no le había devuelto la llamada? Sam paseaba nervioso por su suit, yendo del salón al dormitorio y otra vez al salón. El martes por la noche había telefoneado al agente de Alix, que le había dicho que estaría de vuelta en veinticuatro horas. Le había dejado un mensaje urgente diciéndole que inmediatamente se pusiera en contacto con él cuando regresara. ¡Pero ya era viernes y Sam seguía sin saber nada!
De pronto, sonó el teléfono. Cinco segundos después oyó su voz ronca y vibrante:
—Sam, soy yo, Alix…
—¡Al fin! ¿Dónde diablos te habías metido?
—¡Vaya recibimiento! Mira, estoy en una pequeña población llamada… Larch Grove.
—¿Qué?
—He volado hasta Seattle, y alquilado un coche. Sam, estoy en camino. Dine simplemente cómo puedo llegar hasta la posada desde Seashore.
Arrebujada en su cazadora, Meg rodeó la posada para entrar por la parte de atrás, en caso de que alguien de la plantilla pudiera descubrirla. Cuando dobló la esquina vio que todo estaba a oscuras; la única luz procedía de la ventana de la suit de Sam. Al acercarse más, oyó una voz de mujer, dado que la ventana estaba entreabierta, y el corazón le dio un vuelco en el pecho. Nunca se le había ocurrido pensar que pudiera tener compañía…
Mordiéndose el labio, se dispuso a volverse. Pero cuando lo hacía, reconoció aquella voz. Era la de Alix Grainger. Por un instante se quedó sobrecogida… pero luego se rió de su propia estupidez: se había equivocado al pensar que San estaba con otra mujer. Simplemente estaba viendo los informativos por la televisión…
Meg suspiró aliviada. La voz de la periodista continuaba oyéndose, y cuando pasó al lado de la ventana de camino hacia la puerta, Meg se atrevió a echar un vistazo dentro, incapaz de contener su curiosidad…
Y el corazón se le subió a la garganta. Sam no estaba solo. Alix Grainger estaba allí, con él, en el salón. Alix Grainger en carne y hueso… y en sus brazos, además. Con la cabeza echada hacia atrás, la mirada confiada, apoyada íntimamente en él. En tan sólo una fracción de segundo, Meg grabó aquella escena en su cerebro antes de apartarse a un lado, apoyándose contra el muro. Palabras, frases sueltas llegaban hasta ella:
—La cabaña de Loin…sabía que tú… tu mensaje, pidiéndome que te llamara lo antes posible…
Sam había telefoneado a Alix; la había convocado allí. Y ella había acudido corriendo.
Meg se estremeció. No quería escuchar más. Se marcharía en seguida, cuando el pulso se le hubiera calmado un tanto y las piernas dejaran de temblarle….
—Rompimos porque no tuvimos un hijo… pero ahora que ya lo tienes, querido… ¡todo eso ha cambiado! —la voz de Alix tenía un tono excitado —. Es maravilloso… no puedo esperar a conocerlo… Tendremos una familia…
El horror explotó en la cabeza de Meg con tanta fuerza que pensó que el cerebro se le iba a resquebrajar. Apartándose del muro, se llevó una mano a la boca, aterrada. De alguna manera se las arregló para poner un pie delante de otro, se retiró tambaleante por el sendero y rodeó la posada, para seguir luego por la carretera de la playa.
Más tarde, una vez que llegó a casa, no recordaba nada de aquello. No sabía si había regresado caminando, corriendo… o arrastrándose. Pero mientras yacía a oscuras en la cama, evocó cada vívido detalle, cada imagen, cada sonido que había escuchado procedente del salón de Sam. Sólo cuando amaneció pudo reflexionar sobre lo sucedido con algo de lógica.
Sin embargo, por mucho que intentara convencerse de que las cosas no eran tan sombrías como parecían, no podía olvidar lo que había oído: que el matrimonio de Sam y Alix se había roto únicamente porque no habían tenido un hijo. Si eso era verdad, y si Alix estaba tan dispuesta a aceptar a Andy como le había parecido, a incluirlo gradualmente en sus vidas y, por tanto, a excluirlo de la suya…
Sentía verdadero terror ante la perspectiva de volver a ver a Sam. ¿Cómo abordaría aquel tema con ella? Lo conocía demasiado bien para saber que la trataría con exquisito cuidado… Pero Sam ignoraba que ella estaba enamorada de él.
—No deberías haber venido, Alix —observó Sam con expresión sombría mientras su ex-esposa paseaba por el salón, pasándose los dedos por su preciosa melena negra con gesto nervioso—. El hecho de que tenga un hijo no supone ninguna diferencia para nosotros…
—¡Oh, eso ya me lo has dejado claro! —se volvió para mirarlo, riendo desdeñosa—. Pero cuando al fin mi agente me localizó en la cabaña de Lois y me dijo que había recibido una llamada urgente tuya, y todo eso apenas cinco minutos después de que los periodistas se presentaran allí con esa historia de que habías descubierto que tenías un hijo de doce años de edad, con otra mujer… Bueno, sumé dos y dos y…
—Y sacaste una cifra equivocada. Yo sólo quería advertirte de lo que se te venía encima. Pero, al parecer, fue demasiado tarde —Sam se acercó al armario de las bebidas—. Ambos necesitamos una copa. ¿Qué te apetece tomar? ¿Lo de siempre?
—Sabiendo lo que piensas acerca de beber antes de conducir, ¿tengo que suponer que ya no me vas a poner de patitas en la calle?
Ignorando su comentario Sam sirvió dos copas de whisky, sólo para ella y con un poco de soda para él. Le entregó su vaso.
—Por los viejos amigos —brindó Alix.
Sam distinguió un brillo burlón en su mirada… pero también detectó, o creyó detectar, cierto matiz de arrepentimiento en su famosa voz ronca. Permaneció durante unos segundos en silencio, con la copa en la mano. El fin de su matrimonio había sido desagradable y amargo, y Alix nunca había demostrado el más mínimo remordimiento por lo que había hecho. ¿Acaso se estaba produciendo ese asombroso hecho ahora, cuando ya era tan tarde…?
—Sam…
Alix agitó su copa delante de su rostro y, cuando se recuperó de su distracción, Sam no vio en su mirada rastro alguno de vulnerabilidad. Pensó que debía de haberlo imaginado. Su mirada era radiante y confiada mientras repetía el brindis:
—Por los viejos amigos.
Entrechocaron los vasos y Sam bebió un sorbo mientras que Alix apuró su copa de un solo trago.
—Siempre has tenido mucha más resistencia para la bebida que yo —le comentó él.
Alix se sentó en uno de los sillones, y le tendió el vaso vacío:
—¿Me lo llenas, por favor? —y cruzó sus largas y bien torneadas piernas, con exquisita elegancia.
Sam pensó que era una mujer increíblemente hermosa. Pero incluso mientras registraba ese hecho con total desapasionamiento, sobre aquella imagen se superpuso otra… una imagen de Meg vestida de amarillo, sentada en un diván, aceptando gustosa una taza de café. Meg. Tan dulce, tan tierna y cariñosa…
No había sido capaz de quitarle los ojos de encima desde aquella tarde. Y recordaba cómo, cada vez que sus miradas se habían encontrado, había visto oscurecerse su expresión. Y en esas ocasiones, también se había oscurecido algo en su interior. No había podido descubrir qué podía ser…
—¿Sam? —Alix lo estaba mirando con curiosidad.
—Perdona —sacudió la cabeza. Tomó su copa, la volvió a llenar y se la tendió.
Mientras la aceptaba, Alix le lanzó una mirada astuta, sagaz, penetrante. Sam no desvió la vista, a pesar de que se sentía como si le estuviera desnudando el alma.
—Hay alguien más —dijo lentamente ella—. ¿Verdad? ¡Dios mío! Estás enamorado. ¿Quién es ella, Sam? —Alix apuró su segunda copa de la misma forma que lo había hecho con la primera—. ¿Es la madre de tu hijo? ¿Esa… Meg?
Sam la miraba asombrado. ¿Enamorado? ¿De Meg? La cabeza le daba vueltas. ¡Claro que no! Nunca volvería a entregarle su corazón a nadie, ni aunque lo…
—Oh, Sam. Estás enamorado… ¡y ni siquiera eres consciente de ello! — pálida, Alix se levantó bruscamente—. Los hombres sois tan estúpidos…
Dejó la copa sobre la mesa y permaneció de espaldas a él durante un rato. Por un instante, Sam creyó ver que los hombros le temblaban ligeramente, pero luego los cuadró y se volvió hacia él, pasándose una mano por el pelo con gesto cansado.
—Mira, estoy cansada. Ha sido un día muy largo. ¿Puedes darme una habitación para pasar la noche? Me iré al amanecer.
La mente de Sam aún seguía dando vueltas, intentando asimilar las implicaciones de lo que le había comentado Alix: que estaba enamorado. Era incapaz de poner orden en sus pensamientos.
—Puedes dormir aquí —murmuró abstraído—. Usa mi habitación; yo dormiré ahí —señaló el sofá.
—No, no dormiré aquí —había una nueva frialdad en su tono—. Puede que tú no me desees, Sam, pero yo… —se interrumpió, y añadió con firmeza—: Venga, consígueme una habitación.
Sam la acompañó hasta el mostrador de recepción, le dio una llave y subió con ella al segundo piso. Le abrió la puerta de la habitación.
—Despidámonos aquí, Sam.
—Alix…
—Éramos incompatibles —le dijo ella con tono suave, poniéndole una mano en el brazo—. A ti te gusta el hogar, la familia, los hijos. A mí la emoción, la excitación, el cambio. Lo que nos atrajo mutuamente al principio fueron nuestras diferencias… pero, al final, fueron esas mismas diferencias las que nos separaron. Ve tras ella, Sam. No permitas que lo que sucedió entre nosotros te amargue durante el resto de tu vida —se puso de puntillas para besarlo en la mejilla—. Me alegro de haber venido. Creo que ahora los dos podremos dejar atrás el pasado.
Cerca de las diez de la mañana del sábado, cuando Meg y Andy llegaron a la marina, la niebla ya se había disipado y lucía un sol radiante.
Pero aquel sol no contribuía en nada a despejar el mal humor del chico.
—¡Esta excursión va a ser un desastre sin Mike! —murmuró mientras caminaba por el muelle detrás de Meg.
—Lamento que no haya podido venir.
En ese instante, Meg vio a Sam saltar del Windstar para acercarse hacia ellos, y sintió una extraña opresión en el pecho… junto con cierto alivio porque Alix no se hubiera incorporado a la excursión.
—Hola —los saludó—. Hace un día maravilloso, ¿verdad? —miró a Andy—. Es una pena que Mike se haya puesto enfermo. Tendremos que hacer algo para compensarle cuando se reponga.
Volvió su atención hacia ella y, al ver el brillo que iluminaba sus ojos, Meg pensó que parecía el típico gato que acabara de comerse al canario. Le entraron ganas de preguntarle dónde había pasado la noche su canario: ¿en su cama? ¿Dónde si no?
—Estás un poquito pálida, Meg. ¿Te encuentras bien?
Pálida, oh, sí, no dudaba que le pareciera pálida… ¡en comparación con la esplendorosa Alix Grainger!
—Estoy bien. Anoche me quedé hasta tarde viendo la televisión — mintió.
Sam la tomó del brazo para ayudarla a subir al velero, y Meg se mareó por un momento con el movimiento de vaivén; ¿o era un efecto de su contacto?
Mientras el barco surcaba las olas, Sam se sentó en la cabina disfrutando de la caricia del sol. Y disfrutando también de la vista de Meg, que estaba manejando el timón. Incluso con aquella vieja camiseta rosa, con pantalones cortos y deportivos, estaba increíblemente elegante. ¿Estribaba aquella elegancia en la gracia de sus movimientos, de su esbelta figura? No lo sabía… pero sí sabía que, simplemente con mirarla, sentía crecer dentro de sí el mismo placer que cuando veía un campo de flores silvestres o la sonrisa de felicidad de un niño.
Miró entonces a Andy, que estaba sentado al otro lado. ¡Desgraciadamente, el chico no estaba sonriendo de felicidad! Sólo veía su rostro de perfil mientras contemplaba el mar, pero no tenía ninguna duda de lo sombrío de su humor.
—¡Hey, Andy! —cuando el chico le prestó atención, Sam señaló una pesada soga que descansaba sobre cubierta—. ¿Te importaría recoger esa soga antes de que alguien tropiece con ella?
—Ahora voy.
Sam asintió, y se volvió de nuevo hacia Meg. Al observar que la piel de los brazos se le estaba enrojeciendo, se levantó y le tocó un hombro desnudo; estaba muy caliente.
—¿No llevas nada para protegerte del sol?
—Claro que sí… he traído una camisa. Me la pondré dentro de un rato.
Meg se había sobrecogido al sentir su contacto, pero no se había apartado. A Sam le encantaba sentir el contacto de su piel bajo los dedos, suave como la seda.
—Tal vez habría sido mejor haber dejado a Andy en tierra —le comentó en un murmullo mientras le acariciaba delicadamente el cuello.
—Yo insistí en que viniera —repuso ella—. Pero luego me preguntó por qué no habíamos querido pasar este día… los dos solos.
—No me extraña —con la punta de su dedo índice, le acarició la sensible piel de debajo de la oreja. La oyó gemir suavemente. ¿Lo desearía tanto como él la deseaba a ella?
Diablos, él la había deseado desde el mismo momento en que la vio en casa de Elsa unas semanas atrás. Pero entonces sólo había sido deseo, y ahora sus sentimientos eran mucho más profundos. Después de lo que le había dicho Alix la noche anterior, había tenido que reflexionar sobre lo que sentía por Meg Stafford. Había tenido que indagar en su alma y enfrentarse a la verdad desnuda.
Y lo que había descubierto le había impresionado profundamente. Alix tenía razón. Se había enamorado de Meg loca, salvaje, irremediablemente. Pero, ¿qué iba a hacer ahora?
Ir tras ella. Eso era lo que Alix le había dicho que hiciera: «ve tras ella, Sam».
—Meg, ¿querrás cenar conmigo esta noche? —su tono era urgente—. Necesito hablar contigo.
Como había vuelto la cabeza, Sam no pudo ver su expresión… pero la había sentido tensarse. ¿De rechazo? Maldijo en silencio. Estaba dispuesto a emplearse a fondo, a levantar todas las barreras… arrodillarse ante ella, si era necesario.
Volviéndose, Meg lo miró entonces con firmeza.
—Gracias, Sam. Sí, cenaré contigo esta noche.
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