Aquella noche de pasión
Capítulo 12
NO exageréis! —Meg miró sonriente a Sam y a Andy, que la estaban ayudando a tumbarse en el sofá del salón. Desde el momento en que llegaron a casa procedentes del hospital, no le habían dejado un solo momento en paz. Le dijo a Sam, que ya le estaba ahuecando los almohadones del sofá—: No soy ninguna inválida. Sólo estoy un poquito mareada. Mañana estaré perfectamente para ir a trabajar.
—¡Ni hablar! —Andy la miró frunciendo el ceño—. Papá dice que tienes que tomarte toda la semana libre.
Meg alzó los ojos al cielo al ver la sonrisa de oreja a oreja de Sam. Los dos estaban confabulados contra ella. En ese momento, sonó el teléfono en la cocina y Andy dijo:
—Yo contestaré. Seguro que es Mike.
Abandonó el salón y cerró la puerta a su espalda. Meg se dijo que era la primera vez que Sam y ella se quedaban solos desde el día anterior, y de pronto se sintió muy tímida.
Sam se sentó en el sillón, frente al sofá, y se inclinó hacia adelante.
—Meg, Andy y yo salimos a pasear por la playa esta mañana antes de ir a buscarte al hospital, y estuvimos hablando…
—Me alegro tanto de que os llevéis tan bien. ¡Al menos para algo bueno sirvió mi accidente!
—Ese chico—… —la miró con firmeza—… desea una familia más que cualquier otra cosa en el mundo. Una familia… con una mamá y un papá.
El terror le atenazó la garganta a Meg. Allí estaba: lo que había estado esperando… y temiendo a la vez. Contuvo el aliento mientras esperaba a que Sam lo formulase en palabras.
—Meg… yo también.
Alix y Sam habían vuelto juntos. Meg entrelazó las manos en el regazo, con fuerza. No se había dado cuenta de lo que aún había estado esperando…. hasta aquel instante, cuando comprendió que se había equivocado.
Durante los últimos doce años, Andy y ella habían estado íntimamente unidos. Pero ya había llegado a una edad en la que debía forjar un lazo profundo con su padre… Así tenía que ser.
A lo largo de las últimas semanas, se había estado preparando para aquel cambio en su situación; lo que no había esperado era que Andy pudiera llegar a formar parte de una nueva familia. Una familia compuesta por ella misma, por su padre… y por una madre adoptiva. Inevitablemente, conforme los años fueran transcurriendo, se vería marginada. Ya podía verse como un patético y solitario personaje…
—Meg, Andy durmió anoche en la posada.
Meg se preparó para lo que sabía iba a venir: Sam iba a sugerirle que, a partir de aquel momento, su hijo viviera en la posada. Andy se sentiría al principio como dividido; era un chico leal. Pero, de manera inevitable, terminaría escogiendo vivir con su padre… y con Alix, cuando estuviera allí.
—Sí, ya me lo dijiste —replicó ella, odiándose por las lágrimas que habían empezado a asomar a sus ojos—. Gracias por cuidarlo tan bien.
—Meg, quiero cuidaros a los dos. ¿Estarías interesada en vivir tú también en la posada?
Aquella sugerencia la pilló absolutamente por sorpresa.
—¡Pero si ésta es mi casa, Sam!
Se preguntó si acaso esperaba que la vendiera, que se trasladara a las habitaciones de la plantilla de la posada. Deborah había contado allí con una suit, que había sido redecorada y estaba actualmente vacía. ¿Pretendería Sam que viviera allí? La cabeza empezó a dolerle. Esbozó una mueca y se llevó una mano al vendaje de la frente.
Sam maldijo entre dientes y se levantó del sillón.
—Perdona, Meg. Debí dejarte descansar —se inclinó para arroparla con una manta ligera—. Prepararé la comida, y luego podrás dormir la siesta. Tengo que volver a la posada por un par de horas.
«Para ver a Alix, claro», se dijo Meg. Sam no era consciente de que ella sabía que su ex-esposa se había alojado en la posada. Debería confesarle que… En ese momento se abrió la puerta y Andy asomó la cabeza:
—Mamá, Mike me ha pedido que le haga compañía. ¿Puedo ir?
—¿Podrías pedirle que lo dejara para otro día? —le pidió a su vez Sam —. Tengo que irme a la posada y me gustaría que te quedaras aquí, echando un vistazo a tu madre.
Meg esperó una protesta. Pero en lugar de ello, Andy repuso:
—Claro, papá, no hay problema. ¿Podría hacer una escapada rápida solamente, para recoger un juego que había prometido darme?
—Adelante.
Andy se marchó, después de lanzarle a su padre una radiante sonrisa.
—Ahora te preparo la comida, Meg —y Sam también abandonó el salón.
Meg se hundió en las almohadas, agotada y dolorida. Acababa de cerrar los ojos cuando la puerta se abrió otra vez.
—Oh, Meg, perdona, pero quizá antes no me expliqué bien. Cuando te pedí que te trasladaras a la posada conmigo… me refería en calidad de esposa. Me referçia a que te convirtieras en mi mujer. Piénsatelo, ¿quieres? Y avísame cuando tomes alguna decisión.
Las manos de Sam eran diestras y hábiles mientras batía los huevos para la tortilla que estaba preparando… pero su mente estaba fuera de todo control. No podía creer en lo que acababa de hacer.
Le había propuesto matrimonio a Meg. Y luego, como el cobarde que era, se había escapado. Emitió una risa seca. Y pensar que había tenido miedo de quedarse en el salón con ella, porque no había tenido el coraje de mirarla a la cara mientras asimilaba lo que acababa de escuchar… ¡una propuesta de matrimonio para una mujer que le gustaba vivir tal y como había vivido haste ese momento, sin complicaciones emocionales! Debía de haber estado loco para pensar que…
—¿Sam?
Dejó caer el tenedor al oír la voz procedente del umbral de la cocina. Se volvió para mirar a Meg que, pálida como la cera, se apoyaba penosamente en la jamba de la puerta. Le temblaban los labios.
—Meg —se apresuró a acercarse a ella—. Cariño, tienes que quedarte tumbada. Déjame llevarte a….
Pero ella apoyó su mano libre en su pecho y lo detuvo.
—Sam… ¿es cierto lo que he oído?
—Sí —sonrió, irónico.
—¿Tú quieres… casarte conmigo?
—Sí.
—Pero… ¿qué pasa con Alix?
—¿Qué diablos tiene que ver Alix con todo esto? —le preguntó, asombrado.
—Sam, tengo una confesión que hacerte. Yo… fui a buscarte… el viernes por la noche, para preguntarte por qué te habías mostrado tan… distante durante toda la semana. Pasé al lado de la ventana de tu salón y te oí… te vi…. con Alix, que estaba en tus brazos… —se apresuró a continuar al ver que Sam abría la boca para hablar—. Antes de salir corriendo, la oí decirte que ahora que ya tenías a Andy, tu matrimonio podría funcionar porque…
Sam le puso suavemente un dedo sobre los labios, interrumpiéndola.
—Si hubieras esperado un poco más, me habrías oído decirle, al igual que hice cuando rompí con ella, que nuestro matrimonio había fracasado para bien de los dos. Fui sincero en aquel entonces, y el viernes por la noche también. ¿Me crees?
Meg se sentía confundida, desorientada.
—¿Dónde… está Alix ahora?
—Se fue —con la mirada, Sam volvía a formularle aquella pregunta fundamental: «¿me crees?».
—Sí —susurró—. Te creo.
—Entonces… ¿te casarás conmigo?
Meg tragó saliva varias veces, y luego se aclaró la garganta:
—¿Quieres… un matrimonio de conveniencia?
Pensaba, por supuesto, que querría casarse con ella por Andy, para darle su apellido.
—Si eso es lo que tú quieres…
Lo que Sam quería, en aquel mismo momento, era levantarla en brazos y llevarla al sofá; parecía inmensamente frágil, como si un simple soplo de viento pudiera derribarla. Le había dicho que quería cuidar de ella; lo que no le había dicho era que la amaba. No había tenido el coraje suficiente. Pero algún día esperaba que fuera capaz de hacerlo. ¡O al menos eso esperaba!
—No… no funcionaría —con los ojos brillantes por las lágrimas, dejó de apoyarse en la puerta y se volvió para retirarse. Se tambaleó levemente.
En una fracción de segundo, Sam hizo lo que había ansiado hacer tan sólo un momento antes: levantarla en brazos.
—Necesitas tumbarte —le dijo—. No puedes enfrentarte con esto hora. Ya hablaremos después.
—Es inútil —Meg apoyó la cabeza sobre su pecho, y añadió con voz ahogada—: No tiene sentido seguir con esto, nada va a cambiar. No puedo cambiar cómo me siento…
Sam se detuvo, mirándola. No podía verle la cara pero, consternado, se dio cuenta de que estaba llorando. Deslizando un dedo debajo de su barbilla, le hizo levantar la cabeza.
—Meggie… ¿cómo te sientes? —le preguntó.
Sam se preparó para soportar su rechazo. Meg nunca se comportaría de forma deliberadamente grosera con él, jamás. Pero lo que no sabía era que estaba enamorado de ella.
—Oh, Sam —Meg lo miró llorosa—, ¿es que no lo sabes? He estado loca por ti desde más tiempo del que puedo recordar. No hay forma de que pueda casarme contigo… ¡sabiendo que tú no sientes lo mismo por mí!
—¿Tú… —estaba tan asombrado que a punto estuvo de dejarla caer—… estás enamorada de mí?
—Soy una boba, ¿verdad? —inquirió avergonzada.
Sam cerró los ojos, y casi tuvo miedo de abrirlos otra vez en caso de que estuviera soñando. Pero no, Meg aún seguía allí, todavía mirándolo con aquella expresión desolada, desesperada. Una lenta sonrisa se dibujó en sus labios cuando replicó:
—Si tú eres una boba, Meggie, ¡yo lo soy muchísimo más! He sido tuyo desde el momento en que entraste aquella tarde en el jardín de Elsa con aquel vestido negro tan sexy, pero estaba tan ensimismado en mí mismo, ¡que tardé algún tiempo en reconocerlo!
—Oh, Sam —le sonrió, feliz—. Entonces, ¿no estaba soñando cuando oí lo que me dijiste anoche?
—¿Qué oíste?
—Después de que me besaras, te oí decir que me querías, pero después creí haberlo soñado.
—No fue un sueño —la besó—. Es real, cariño, y para siempre.
—Sam… —de repente la mirada de Meg se nubló—. Hay sólo una cosa. Yo… sé que quieres a Andy… pero ya es un niño mayorcito. Quiero… hacerte una pregunta, si es que no está fuera de lugar…
—¡Nada de lo que me dijeras podría estar fuera de lugar! —besándola otra vez, la llevó al salón y la tumbó con cuidado—. Y ahora… ¿cuál es esa pregunta que piensas que quizá pueda ofenderme?
—¿Qué es lo que tienes en contra de los bebés?
—¿Qué es lo que te hace pensar eso? Me encantan los bebés… ¡de hecho, adoro los niños!
—Pero, entonces —se mordió el labio, vacilante—, ¿por qué Alix y tú no tuvisteis ninguno?
—Antes de que nos comprometiéramos, Alix me dijo que le encantaban los niños y que, una vez que nos casáramos, quería quedarse de embarazada de inmediato. Así que tan pronto como nos casamos, lo intentamos… sin suerte. Al cabo de un par de años me dijo que había ido a ver a su ginecólogo, y que se había hecho unas pruebas. Le dijeron que no le pasaba nada anormal.
—¿Te hiciste tú las pruebas?
—Sí. Yo también me encontraba bien.
—Pero entonces… todo lo que teníais que hacer era intentarlo.
—Y lo intentamos, pero sin éxito. Al cabo de otro par de años, yo le sugerí que adoptáramos un niño, pero Alix no se mostró interesada. No podía discutir con ella… y no lo hice. Ese tipo de decisiones han de ser unánimes.
—¿Y fue por la tensión, por aquellas continuas decepciones, por lo que rompiste con ella?
—No —la expresión de Sam se endureció—. Descubrí por casualidad, hace cerca de un año, que Alix me había mentido. Durante todo el tiempo me había estado mintiendo. Un día me encontré con su ginecólogo, en una comida de negocios. Charlamos, yo le pregunté si tenía familia, y él me contestó que estaba casado y tenía tres hijas. Entonces, me comentó que su mujer y él siempre habían querido tener hijos, pero que respetaba profundamente a aquellos que no querían tenerlos y que tomaban sus precauciones. Como Alix, añadió, que se había hecho una ligadura de trompas antes de que nos casáramos porque ambos habíamos convenido que no tendríamos hijos.
—¿Quieres decir… que ella, durante todos esos años, cuando tú estuviste intentando formar una familia, ya sabía que era imposible? —inquirió Meg, anonadada.
—Sí. Cuando lo descubrí, aquello fue el fin de nuestro matrimonio. Fue extraño —añadió, casi para sí mismo—. Mi amor por ella simplemente… murió. Porque no era la persona que había creído que era, sino una… desconocida, una extraña.
—Oh, Sam. Eso fue una imperdonable traición —lo abrazó, emocionada —. Cariño… yo también adoro los niños. Nunca pensé que podría volver a tener otro, pero ahora…
—Pero ahora las cosas son distintas —le enmarcó el rostro entre las manos—. Y vamos a tener que poner rápidamente en ejecución ese proyecto. ¡La semana que viene voy a cumplir cuarenta años!
—Estás en la flor de la vida, Sam Grainger —sonrió Meg—. Pero estoy de acuerdo, deberíamos empezar ahora mismo.
—¿Empezar con qué? —inquirió Andy en ese momento, desde el umbral —. ¿Qué es lo que me he perdido?
Abrazados, los dos se volvieron para mirarlo.
—Verás… —le dijo Sam—. Tu madre y yo estamos pensando en corregir esa condición tuya de hijo único… ¡a la primera oportunidad que tengamos!
Andy sonrió, ruborizándose a la vez.
—¡Hey! No deberías hablar así delante de inocentes niños como yo. Me voy ahora mismo.
Lo oyeron reírse mientras subía las escaleras.
—Con ese chico apareciendo de repente todo el tiempo —gruñó Sam—, vamos a tener que portarnos bien. ¡Al menos hasta que nos casemos!
—¡Entonces, tendremos que casarnos pronto! —exclamó Meg—. ¿Qué te parece una boda por navidades, en la posada? Una boda discreta. Y en cuanto a la luna de miel…
—¡Supongo que querrás volar a algún país cálido y exótico! ¿El Caribe? ¿Hawai?
—No —le acarició la nuca—. A donde quiero ir tendremos que abrigarnos bien, llevarnos un montón de mantas y un buen termo de chocolate.
—¿Alaska? ¿Islandia? ¿El Ártico?
Meg se echó a reír, pero un rubor de timidez tiñó sus mejillas.
—Bajo el árbol de la posada. Quiero retomar nuestra relación allí donde empezó. Quiero que me ames como me amaste aquella noche, para que puedas compartir mis maravillosos recuerdos. El césped que crece debajo de aquel árbol es un lugar especial para mí —su rubor se profundizó—. Nunca te lo había dicho, Sam, pero… tú fuiste el primero.
Sam emitió un tembloroso suspiro. Siempre había deseado preguntárselo, pero le había resultado fácil no hacerlo porque no había querido oír la respuesta. Ahora, en cambio, era diferente. Ahora podría pasar el resto de su vida resarciendo a Meg.
—Te amo, Meggie —susurró contra sus labios.
—¡Yo también te amo, Sam Grainger!
Y, después de aquello, no hubo necesidad de más palabras.
OceanofPDF.com
Si te ha gustado este libro, también te gustará esta apasionante
historia que te atrapará desde la primera hasta la última página.
www.harpercollinsiberica.com
OceanofPDF.com
Terminaste Aquella noche de pasión
Grace Green
Libros como este
-
Alcanzar la felicidad
-
Un tornado en su corazón
-
Noches en vela
-
Mientras llega el perdón
-
Apuesta ganadora
-
Magnate Italiano
Después del libro
Páginas que venían con esta edición, guardadas aquí como referencia.