Aquella noche de pasión
Capítulo 2
MEG corrió escaleras arriba al dormitorio de Andy, con el corazón latiéndole acelerado. Lanzó una aterrada mirada a la pared donde su hijo, con los años, había venido fijando las fotografías en las que aparecía junto a sus deportistas favoritos. Maldijo entre dientes mientras las despegaba una a una; en casi todas, además, el chico había salido retratado sonriendo… con la misma sonrisa de Sam Grainger. En las más recientes, en cambio, fruncía el ceño con el típico pudor adolescente, y ésas las dejó en su lugar. Recogió ocho fotografías en total.
Corrió con ellas a su dormitorio, donde las guardó en el fondo del armario, detrás de otra fotografía mucho más grande, una que había escondido cinco años atrás, después de su divorcio.
Recogiendo el retrato enmarcado por una esquina, sopló el polvo del cristal y aparecieron los rostros de Jack, de Andy y el de la propia Meg. La instantánea había sido tomada en un estudio de Seattle, cuando Andy contaba tres años. El fotógrafo le había comentado cuánto se parecía el chico a su padre; Jack la había mirado a ella, pero no se había molestado en corregirlo. Andy tampoco había dicho nada, porque en aquel entonces era demasiado joven para saber que Jack no era su padre biológico.
De hecho, Jack y él no se parecían mucho, aparte de que ambos eran morenos y tenían los ojos azules. Pero eso había bastado para engañar al fotógrafo… Y también bastaría, o al menos eso esperaba Meg, para engañar a Sam Grainger. Rápidamente volvió al dormitorio de Andy con el retrato familiar y lo colgó en la pared justo cuando oía la voz de Dee, llamándola:
—¿Meg? ¿Dónde estás?
—En la habitación de Andy —gritó.
—Sube, Sam. Ahora subiré yo con toallas limpias.
Agitada, Meg terminó de colgar la foto y corrió hacia la puerta. En el umbral, tropezó con un cuerpo.
—¡Hey! —exclamó Sam, sobresaltado—. ¿Dónde está el fuego?
—¡Lo siento! Yo…
Se interrumpió cuando Sam dejó caer su bolsa de viaje y la tomó de los hombros, haciéndola retroceder hacia el interior de la habitación. Fue su aroma masculino lo que despertó tantos recuerdos enterrados en el alma de Meg.
—Dime una cosa: ¿Por qué soltaste ese grito de horror cuando te enteraste de que iba a alojarme aquí?
Meg abrió la boca para negarlo, pero cambió de idea al ver su expresión. Pensó que no serviría de nada mentirle, así que se limitó a espetarle desafiante:
—Tú eres abogado, ¿no? ¿Por qué no lo adivinas? —se liberó de su abrazo, tambaleándose.
—Sam, aquí tienes las toallas —Dee entró en aquel preciso momento—. ¿Te ha enseñado Meg el cuarto de baño?
Meg no tardó en aprovechar aquella ocasión para escapar:
—¿Quieres enseñárselo tú misma, Dee? Tengo cosas que hacer en la cocina.
Y salió antes de que su hermana pudiera decirle algo. Maldijo en silencio a Sam Grainger mientras bajaba las escaleras y se dirigía a la cocina. No llevaba ni seis horas en Seashore y ya había trastornado por completo su vida… nuevamente.
¿Cómo podía tratarlo como si fuera un extraño, tal y como Dee le había aconsejado? ¿Cómo podía hacer algo semejante cuando el simple hecho de estar cerca de él había desenterrado esos recuerdos en su corazón? Recuerdos de aquella noche en la playa, cerca de la posada de Seashore… La noche en que Sam se había enterado, por las noticias de la televisión, de que Alix había fallecido en un trágico accidente de helicóptero cuando sobrevolaba el Mediterráneo…
La noche que había cambiado para siempre la vida de Meg. Acababa de cumplir dieciocho años, recientemente se había graduado en el instituto y tenía planes para ingresar en la universidad. Había aceptado un trabajo para el verano de camarera en la posada de Seashore, y había comenzado a trabajar precisamente el mismo día en que se registró Sam Grainger para pasar unas cortas vacaciones de una semana.
—Por prescripción médica —le había confiado Deborah Wilson, la ayudante del director—. Ha estado muy enfermo con un extraño virus, y se encuentra todavía convaleciente. Le ordenaron que pasara una semana en la costa, disfrutando de la brisa del mar.
Meg no había vuelto a ver a Sam desde que tenía catorce años. Aunque había trabajado algunos veranos en la posada durante sus primeros años de estudiante, y más tarde había pasado parte de las vacaciones de Navidad en casa de los Carradine con James, Sam Grainger nunca había vuelto a Seashore después de su boda con Alix Merrick.
La razón era que Alix odiaba las ciudades pequeñas; y como Sam mimaba a su mujer, y satisfacía todos y cada uno de sus caprichos, nunca volvieron a Seashore. Meg había considerado aquello como un rasgo terriblemente romántico… aunque seguía echando de menos sus visitas.
Por eso se mostró encantada cuando volvió. Sin embargo, Sam no pasó al comedor aquella noche, y el camarero jefe le informó de que él mismo le había subido la cena a su habitación. Se sintió decepcionada. Pero si Sam había ido allí a pasar una semana, era seguro que algún día entraría en el comedor y podrían recuperar sus antiguos lazos. Aunque Sam no le había prestado mucha atención anteriormente, ya que le llevaba diez años y esa era una gran diferencia de edad, le había tratado con gran simpatía siempre que habían coincidido, y a Meg le gustaba muchísimo. De hecho, lo había idolatrado como podría haberlo hecho como con su estrella de cine favorita; era increíblemente guapo… ¡pero tan inalcanzable que ni siquiera perdía un solo momento en soñar con él!
Aquella noche había terminado de trabajar a las once y ya se disponía a regresar a casa en bicicleta, cuando distinguió a alguien al borde del agua. Era Sam.
Después de un momento de vacilación, dejó a un lado su bicicleta y se reunió con él. La marea estaba subiendo, y las olas susurraban sus místicos secretos.
—¿Sam? —inquirió tentativamente.
Se giró en redondo, y a la pálida luz de la luna Meg descubrió que estaba llorando.
—Sam… ¿qué…?
—¿Quién es? —le preguntó con voz áspera—. ¿Qué diablos quieres, siguiéndome hasta aquí a una hora como ésta? ¿Es que no te das cuenta de que quiero estar solo?
—Soy yo… «Espárrago». Sam, ¿qué ha pasado?
Sam sólo llevaba sus vaqueros; iba descalzo, sin camisa.
—¿No te has enterado? —le preguntó.
—¿De qué?
—De la noticia —se pasó las manos temblorosas por el pelo—. Apareció en los informativos de las diez. Los estaba viendo en mi habitación —se le quebró la voz—. Alix… ha muerto… en el extranjero.
—Oh, Sam… —Meg cerró la distancia que los separaba justo cuando él empezó a sollozar en silencio. Quería abrazarlo, pero se sentía cohibida—. Lo siento —susurró—. Lo siento tanto…
A Meg se le llenaban los ojos de lágrimas cada vez que recordaba aquella escena. En aquel entonces, había visto a Sam completamente destrozado, devastado, como si de repente la vida hubiera carecido de sentido para él. Nunca había visto a nadie en una situación semejante. Después de un rato, pasearon por la playa y se sentaron en el bosque, debajo de un árbol. A la luz de la luna, Meg le susurró palabras de consuelo mientras Sam desahogaba su dolor y su agonía.
Cuando recordaba aquellos momentos, Meg se veía incapaz de precisar el instante exacto en que el consuelo se convirtió en algo físico. ¿Fue cuando lo abrazó y él empezó a temblar, a convulsionarse de dolor? ¿O fue ella la que empezó a sollozar cuando él la abrazó? Pero ya no tenía sentido preguntarse por eso; nunca sabría la respuesta. Todo lo que sabía era que, en algún momento, empezó a deslizar las manos por su pecho desnudo y a murmurar palabras de compasión, mientras Sam enterraba su rostro lloroso en su hombro, hundidos los dedos en su larga melena. Y luego, cuando su ardiente mejilla le rozó la suya… se apoderó de sus labios con un beso que la conmovió hasta lo más profundo del alma.
A partir de entonces, perdió completamente el control. Meg no pudo haberle detenido… incluso aunque lo hubiera deseado. Después, cuando ella se levantó y empezó a vestirse, Sam se dirigió a la playa, desnudo, y se zambulló en el agua. El corazón le dio un salto en el pecho: ¿acaso iba a…?
Esperó, con el corazón acelerado, mientras Sam nadaba sin cesar. Y cuando lo vio nadar hacia la costa y salir del agua a la luz de la luna como un dios del mar, suspiró inmensamente aliviada. Quería ir con él; desesperadamente ansiaba acompañarlo… pero intuía que deseaba estar solo.Y ella necesitaba regresar a casa. Dee ya se estaría preguntando dónde estaba. Cuando recogió su bicicleta, lanzó una mirada hacia atrás, hacia el lugar donde había dejado su virginidad. Allí estaba en aquel instante Sam, solo, de espaldas a ella, contemplando las olas bañadas por la luz de la luna. Como si aquel encuentro nunca hubiera tenido lugar.Una punzada de dolor le atravesó el corazón. Simplemente como si aquello nunca hubiera sucedido.
—Todo va a salir bien, Meg —Dee entró sigilosamente en la cocina—. Sam dice que no se quedará mucho tiempo en la casa… piensa hacer excursiones, navegar…
—¿Qué está haciendo ahora? —Meg se volvió de la ventana, donde había estado contemplando el mar sin verlo en realidad.
—Está en el cuarto de baño, lavándose. Va a acostarse… dice que está cansado del viaje y que necesita acostarse temprano.
—Bien —suspiró aliviada Meg—. Quizá para mañana consiga controlarme.—Lo peor ya ha pasado. El primer encuentro.
—Pero todavía tiene que encontrarse con Andy —le recordó Meg—. Dee, no voy a poder respirar tranquila hasta que la boda haya pasado y él se vuelva a Portland…
—Me preguntó quién era Andy. Se dio cuenta de que era la habitación de un chico, pero dijo que, cuando antes le mencioné a Andy, había supuesto que se trataba de un adulto… un huésped.
—¿Qué le dijiste?
—Sólo que era tu hijo.
—¿No… siguió preguntándote?
—Se quedó muy sorprendido. Yo le dije que Andy se encontraba en un campamento… y luego me apresuré a disculparme antes de que me hiciera más preguntas, y le dije que nos veríamos por la mañana.
—Retiré de la habitación todas las fotografías en las que aparecía Andy sonriendo…
—No me había dado cuenta…
—¡Perdón!
Meg levantó la cabeza de golpe al escuchar la voz de Sam. No lo había oído llegar por el pasillo, ni tampoco empujar la puerta que se había quedado abierta. Estaba en el umbral, con el pelo y la cara húmeda como si acabara de lavarse la cara. Nerviosa, Meg se preguntó si habría alcanzado a oír parte de la conversación; por su expresión desinteresada, parecía que no.
—¿Sí?
—Sólo quería desearte buenas noches y agradecerte que me hayas dejado la habitación de tu hijo.
—Podrás agradecérselo a él en persona cuando regrese —se las arregló Meg para replicar con frialdad.
—Parece un chico majo. ¿Le gustan los deportes?
—Sí.
—Mi tipo de chico preferido —apoyó un hombro en la jamba de la puerta y contempló la cocina—. Deben de haber pasado dieciséis años desde la última vez que pisé esta habitación, pero todavía me resulta familiar. La habéis modernizado, por supuesto. ¡Tengo un vago recuerdo de un papel de pared verde y naranja! Pero os las habéis arreglado para conservar el ambiente acogedor que tenía antaño…
—Dee me ha dicho que estabas agotado —lo interrumpió Meg, tensa—. No queremos entretenerte, así que será mejor que te acuestes. Has tenido un día muy duro.
—¡Meg! —la recriminó su hermana, asombrada.
—Tranquila, Dee —murmuró Sam—. «Espárrago» nunca se caracterizó por su tacto —bostezó—. Pero tiene razón; ya es hora de que… oh, ¿podrías darme una llave? Puede que me levante temprano, y no me gustaría marcharme dejando la puerta sin cerrar.
—Meg, ¿no llevarás una copia de la llave en tu bolso?
Meg se puso a buscarla en su bolso y Sam se acercó a ella. Estaba demasiado cerca, y podía ver una ligera sombra de barba en su mandíbula; tenía la sensación de que tocarla sería como acariciar papel de lija. Eso era lo que había sentido aquella noche. A la mañana siguiente, sin embargo, cuando se afeitara sería suave y fina… Tragó saliva, nerviosa, y le entregó la llave.
—Gracias.Le acarició la palma de la mano con la punta de los dedos cuando recogió la llave. Si lo hizo a propósito o involuntariamente, Meg lo ignoraba. ¡Y tampoco deseaba saberlo!
—¿Es de la puerta principal o de la trasera?
—Es la misma para las dos. Buenas noches —lo despidió Meg con tono cortante.
—Buenas noches. Y buenas noches también para ti, Dee. Es maravilloso volver a Seashore… y de verdad te agradezco que me hayas acogido en tu casa.
—Yo también me alegro de volver a verte —respondió Dee—. Que duermas bien.
Después de hacer un rápido saludo, Sam se marchó. Hasta que no oyeron cerrarse la puerta del dormitorio de Andy, ni Dee ni Meg volvieron a hablar.
—Has sido muy grosera —le dijo Dee.
—¡Ni la mitad de lo que él lo fue conmigo hace trece años! —le espetó con tono cáustico.
—Cuando hace un momento subí a la habitación con las toallas… me pareció que el aire estaba cargado de tensión. ¿Habíais estado hablando de… lo de aquella noche?
—¡No, ni siquiera me hizo la más ligera mención! Y hasta que no lo haga, yo tampoco le hablaré sobre ello. Se está comportando como si nada hubiera sucedido entre nosotros, de la misma manera que en aquel entonces. Eso te dará una idea del tipo de hombre que es…
—De verdad, no lo comprendo, Meg. James y él siempre han sido tan amigos… ¡y tú sabes lo decente y honesto que es James!
—James ignora lo de aquella noche. James no sabe… —Meg bajó la voz hasta convertirla en un susurro—… que Sam hizo el amor conmigo y que nunca se molestó en contactar conmigo después, por si acaso me había quedado embarazada. Si James lo supiera, si supiera que Sam es el padre de Andy, ¡seguro que cambiaría de opinión acerca de su padrino!
—Yo confío realmente en el criterio de James para juzgar a las personas, cariño. Quizá Sam tuviera una buena razón para no contactar contigo.
—¿Como cuál?
—¡No lo sé! —Dee se encogió de hombros, impotente—. Ya hemos tenido esta misma conversación cientos de veces, ¿no? Nos hemos hecho esta pregunta una y otra vez. Y nunca hemos llegado a una respuesta satisfactoria.
—¡Eso es porque no la hay! —exclamó Meg—. Sencillamente, ese hombre no tiene sentido de la responsabilidad. Me gustaría no haberlo conocido nunca, si no fuera por Andy. Eso sí que se lo debo. Ni siquiera puedo imaginar cómo habría sido mi vida sin… —se interrumpió de pronto, cuando una idea terrible asaltó su mente—. Oh, Dee… ¿y si Sam descubre la verdad e intenta quitarme a mi hijo? Un chico de su edad necesita un padre, ¡lo sé! Pero no podría soportar que escogiera vivir con Sam y con Alix…
—Meg, por el amor de Dios, deja de preocuparte por cosas que nunca van a suceder. No hay forma de que Sam descubra la verdad. Tú y yo somos las únicas personas en el mundo que lo sabemos y, ciertamente, ¡Sam no va a saberlo por mí!
—¡Ni por mí! —musitó Meg, cerrando los ojos.
Sam se despertó muy temprano. Por un instante no supo dónde se encontraba, pero al volver la cabeza y ver la pared de las fotografías, lo recordó de inmediato. Estaba en la casa de los Stafford. En el dormitorio del hijo de Meg. «Andy, ¡el superdeportista!», pensó sonriendo.
Se levantó para acercarse a la ventana, y le cegó el sol. El agua resplandecía de reflejos plateados, la arena se extendía como un franja de seda cremosa, y a excepción de una solitaria figura hacia el sur, la playa estaba completamente desierta. Decidió empezar la mañana corriendo. Después de ponerse unos pantalones cortos y unas deportivas, salió de la casa sin hacer ruido por la puerta trasera.
Trotó hasta la playa. Después de una ligera vacilación, optó por correr hacia el sur, en dirección a la posada de Seashore. Respiraba a fondo el aire salado mientras alcanzaba un ritmo constante. «Esto es vida», pensó eufórico. El aire era tan claro como el cristal, y tan embriagador como el champán. Se había enamorado de Seashore desde la primera vez que visitó aquella pequeña población. Y siempre había envidiado a James por haber nacido y haberse criado allí.
—Pero tendré que que marcharme de aquí una vez que me gradúe — recordaba Sam que le había dicho James con tono práctico—. Nunca podría vivir en Seashore de la abogacía, en un lugar tan pequeño.
Y terminó incorporándose a un bufete de Seattle, mientras que Sam se estableció en Portland, donde había nacido. Pero Seashore siempre permaneció en un rincón de su memoria como una visión del paraíso. Un imposible paraíso que estaba fuera de su alcance…
Distinguió la posada; estaba a medio camino. El edificio de tres pisos se levantaba sobre la playa, tan hermoso como un grabado de un libro antiguo, con su tejado de pizarra y sus verandas blancas. En el patio podía ver varias mesas con sombrillas de color azul y blanco; una extensión de césped recién cortado descendía suavemente hasta la playa.
De pronto distinguió algo sobre el césped. No podía ver bien qué o quién era, así que estimulado por la curiosidad, aceleró el ritmo y se dirigió hacia allí. Meg estaba apoyada en el tronco del único árbol que se levantaba en el césped, todavía intentando recuperar el aliento. Aquella mañana había corrido más rápido de lo habitual, con la intención de volver pronto a casa y ducharse antes de que Sam Grainger hiciera su aparición. Pero se había excedido y, como consecuencia, no había tenido más remedio que detenerse a descansar a la sombra de aquel árbol.
Cuando finalmente se sintió mejor, y estaba a punto de levantarse, distinguió un cartel de madera en el patio de la posada, un cartel que no había visto allí el día anterior. Lo miró con curiosidad, y cuando leyó el texto, se quedó tan impresionada que no pudo menos que volver a apoyarse en el tronco. El teléfono de la posada acompañaba al texto en letras grandes, que decía así: En venta. Burton Barton. Seashore.
Meg todavía no podía creerse lo que estaba viendo. No tenía ni idea de cómo había podido pasarle desapercibido aquel cartel…No, eso era falso. Lo sabía demasiado bien. Había estado tan ensimismada en sus propios problemas, tan preocupada por la presencia de Sam Grainger en su casa, que había estado ciega a todo lo que la rodeaba. Pero allí estaba, en toda su gloria: la posada de Seashore, donde había trabajado durante la mayor parte de los últimos trece años, estaba en venta.
¿Por qué Mark no le había informado que pensaba vender la posada? ¿Quién la compraría? Y, lo más importante de todo, ¿en qué medida le afectaría a ella aquel cambio, en términos de su propia seguridad laboral? Mark, en su posición de propietario, apenas la semana anterior la había ascendido a ayudante de director; una promoción que se materializaría cuando Deborah Wilson, la ayudante actual, se jubilara a finales de septiembre. Meg se había entusiasmado ante el desafío que entrañaba aquella nueva responsabilidad… y ante la perspectiva de cobrar un salario más alto.
Pero ahora… eso podría cambiar. Suspirando, se pasó las manos por el pelo y, por primera vez, fue consciente de los pesados pasos que se acercaban hacia ella. Frunciendo el ceño, se volvió, y apenas pudo reprimir una exclamación de disgusto cuando reconoció a la persona que había turbado su soledad. Se levantó rápidamente.
Como ella, Sam Grainger tenía el cabello húmedo, y gotas de sudor corrían por su pecho desnudo. Sólo llevaba los pantalones cortos y las deportivas.
—Hola —la saludó—. ¿Vas a regresar ahora? —tensa, Meg asintió. — ¡Vamos juntos entonces! —y se volvió sin esperar su respuesta.
Meg lo miró con el ceño fruncido. ¡No estaba dispuesta a aceptar una orden ni de él ni de ningún otro hombre! Además, ¡no podía pensar en una peor manera de empezar el día que corriendo al lado de Sam Grainger! Pero no podía quedarse allí toda la mañana. Empezó a trotar desganada, manteniéndose a unos pasos por detrás de él. Craso error, porque si por delante era impresionante, por detrás, sencillamente, quitaba el aliento…
Desvió la mirada hacia el mar, negándose a seguir mirándolo. Pero inmediatamente empezó a marearse por correr con la cabeza ladeada y volvió a mirar hacia el frente. Cuando nuevamente cayó en la tentación de admirar aquel esplendoroso cuerpo, no pudo reprimir un leve gemido de.angustia.
Al oír su gemido, Sam se volvió un instante para mirarla. Se suponía que correr era una buena manera de desahogar el estrés, ¡pero aquello no parecía funcionar en el caso de Meg, a juzgar por la tensión de su gesto y por el brillo de animosidad de sus ojos! Logró contener una carcajada, pero se le escapó una sonrisa. Meg Stafford era una mujer muy peculiar…
Pero ya no se apellidaba Stafford. Aquella foto enmarcada que había visto en la habitación de Andy… era un retrato familiar. ¿Dónde estaría el padre de Andy? Aminoró el ritmo para esperar a Meg, pero en vez de mantenerse a su altura, ella lo adelantó a toda velocidad. Con arrogancia, con la cabeza bien alta.
Sus rápidos pasos dejaban huellas en la arena húmeda, como un sendero, como invitándolo a que la siguiera. Recuperando nuevamente velocidad, salió en pos de ella… ¡pero era muy rápida! No la alcanzó hasta que llegaron al tramo final de la playa.
—¡Oye! —le dijo—. Afloja el ritmo. Quería preguntarte por el padre de Andy.
Por un instante, creyó vislumbrar una expresión consternada y angustiada en sus ojos, antes de que se apartara de él con rapidez. Pero no para dirigirse hacia la casa, sino hacia el mar. Se detuvo sólo un instante para quitarse las deportivas y, vestida con sus pantalones cortos blancos y con su camiseta de tirantes, se zambulló en el agua.
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