Aquella noche de pasión
Capítulo 11
MEG sabía exactamente de qué quería hablarle Sam, y se sentía aterrada ante la velada que la esperaba. Pero hasta que llegara ese momento, se las arregló para disimular su confusión interior, y cuando Sam sacó tres cañas de pescar, aceptó una alegremente. Estuvieron pescando durante una hora entera, con escasa suerte. Meg acaba de sugerir riendo que tal vez fuera mejor que lo dejaran y abrieran un par de latas de cerveza, cuando Andy pescó un espléndido salmón.
Incapaz de esconder su alegría inicial, el chico rápidamente volvió a ponerse la máscara de su mal humor. Meg se irritó con él, pero se contuvo.
—Yo lo limpiaré —dijo con una sonrisa forzada, y recogió el pescado.
Mientras bajaba a la sentina, oyó a Sam decirle a Andy.
—¿Qué te parece si intentas pescar otro? ¿Uno para los Matlock?
—¡Ni hablar! ¿Cuándo vamos a regresar?
—Aún no —el tono de Sam era tan amable como grosero había sido el de Andy—. Después de que tu madre limpie el pescado, yo lo prepararé y nos lo comeremos —y añadió con tono suave—: Todavía no has recogido esa soga de cubierta, Andy. Hazlo, por favor, antes de que se produzca algún accidente.
En la sentina, Meg pensó que aquella excursión había sido un inmenso error. Después de semanas de comportarse con frialdad pero educadamente, Andy había vuelto a exhibir su hostilidad contra Sam. Decidió hablar con él lo antes posible.
Acababa de limpiar el salmón cuando oyó los pesados pasos de Sam justo encima. No tardó en asomar la cabeza por la galera.
—Me toca a mí cocinarlo. Ya puedes descansar.
Meg se cruzó con él en el estrecho espacio de las escaleras. Cara a cara. Chaleco salvavidas contra chaleco salvavidas.
—Déjame pasar, Sam..
—¿A qué viene tanta prisa?
—Voy a hablarle claro de una vez por todas a Andy.
—¿Qué?
—Está siendo muy grosero contigo. Y no voy a consentirlo —intentó concentrarse en sus palabras e ignorar su turbadora cercanía. ¿Qué otro hombre en el mundo podía tener una boca y unos ojos tan tentadores…?—. No toleraré que te trate como si fueras culpable de algo. Si alguien tuvo la culpa fui yo, por no decírtelo…
—No se trata de eso, Meg. Él sabe que tú te comportaste con la mejor de las intenciones. El problema es que hasta este momento te ha tenido para él solo y no quiere que las cosas cambien… pero maldita sea, Meg, ¡no puedo soportar verte tan triste, tan desgraciada!
«No sería tan desgraciada si anoche no te hubiera visto a ti y a Alix abrazados», pensó Meg, pero en lugar de ello replicó:
—Puede que no quiera que las cosas cambien, y sé que no puedo esperar que llegue a quererte. Pero sí espero y exijo que te trate con respeto.
—De acuerdo. ¿Quieres que me quede arriba… para darte apoyo moral?
—No gracias. Podré arreglármelas.
Sam tomó su camisa de manga larga, que estaba colgada del perchero de la puerta.
—Anda, ponte esto. No quiero que te quemes.
La preocupación que Meg leyó en su mirada la conmovió profundamente. Quería gritarle que ya era demasiado tarde; que ya se había quemado. Como una mariposa que se hubiera acercado demasiado a una llama. Su llama.
—Gracias —terminó de subir las escaleras, desesperada por escapar antes de que descubriera las lágrimas que brillaban en sus ojos. Y tampoco quería que Andy las viera. Decidió que lo mejor sería sentarse sola en la cubierta de proa, hasta que pudiera recuperarse.
Nunca Andy se había odiado tanto en toda su vida. Contemplando las aguas con gesto sombrío, se esforzaba por dominar su angustia. Se arrepentía de haber cedido a la tentación de haber hecho aquella excursión con Sam Grainger y con su madre. Oh, sólo había escuchado un segundo de su conversación, pero había sido suficiente. Lo que había oído le había puesto enfermo… y le había provocado unos terribles remordimientos.
«El problema es que hasta este momento te ha tenido para él solo y no quiere que las cosas cambien… pero maldita sea, Meg, ¡no pudo soportar verte tan triste, tan desgraciada!»; aquellas palabras seguían resonando en su cerebro mientras se pasaba una mano por los ojos. Había estado tan concentrado en sí mismo, que nunca se había detenido a pensar en lo que le estaba haciendo a su madre. Ella era la última persona del mundo a la que querría perjudicar. La quería más que a nadie.
Y, por supuesto, Sam Grainger tenía razón acerca de él. No quería compartir a su madre. Quería que las cosas fueran como siempre habían sido… Vio aparecer a su madre procedente de la sentina, con una camisa bajo el brazo y la cabeza baja. Sabía que debía de haberlo oído cuando contestó mal a su padre, y se preparó para recibir una reprimenda.
Pero en lugar de ello, para su sorpresa, Meg lo ignoró. Después de dejar su chaleco salvavidas en la cabina, pasó de largo a su lado de camino hacia la proa. Le brillaban las mejillas.
—Mamá, ¿qué…?
En ese momento el barco cabeceó y Meg intentó sujetarse en el tejadillo de la cabina, pero antes de que pudiera hacerlo, tropezó. Tropezó con la misma soga que su padre le había pedido, por tres veces, que recogiera. Meg se abalanzó hacia adelante y cayó pesadamente sobre cubierta, de cara… y, para su horror, Andy oyó un horrible crujido cuando se golpeó en la frente contra algo metálico.
—¡Mamá!
Su grito desgarrado quedó ahogado por el estruendo del mar. Vio cómo su madre se incorporaba lentamente, de rodillas, como si estuviera mareada. Y luego otra ola levantó el barco. La cubierta se inclinó, y Meg resbaló por ella; como un muñeco, se deslizó por debajo de la barandilla… y cayó al agua.
Durante un terrible instante, Andy no pudo moverse; luego, casi de inmediato, la adrenalina empezó a correr por sus venas y se puso en movimiento. Agarró un flotador de salvamento y lo lanzó hacia donde había caído su madre.
—¡Papá! —chilló—. ¡Ven rápido! ¡Mamá se ha caído al agua!
Sam fruncía el ceño mientras miraba sin ver el salmón que estaba asando. ¿Cómo se las arreglaría Meg? ¿Rechazaría fríamente Andy su demanda de que lo tratara con respeto? ¿Habría Andy erigido a su alrededor una barrera de resentimiento tan grande que ni siquiera su orgullo le permitiría escalarla?
Sam sintió una punzada de dolor. Casi le resultaba insoportable que aquel chico, su propio hijo, no quisiera saber nada de él. Era irónico que la pauta se hubiera repetido, pero al revés. Sam había sido un hijo ignorado por su propio padre; y ahora era un padre ignorado por su propio hijo. Y lo último era infinitamente más doloroso…
—¡Papá! ¡ven rápido! —era la voz de Andy, gritando de terror—. ¡Mamá se ha caído al agua!
A Sam se le paró el corazón… pero no el resto de su cuerpo. Subió a toda prisa la escalera. Para cuando el corazón había vuelto a latirle, ya estaba en cubierta. Y Meg no estaba por ninguna parte.
Lanzó una rápida mirada a su chaleco salvavidas.
—¿Dónde está? —preguntó mientras se descalzaba.
Andy le señaló un punto entre las olas, y Sam distinguió el color naranja del flotador. De Meg no vio ninguna señal. Andy balbuceaba histéricamente algo acerca de que era culpa suya, de que no había recogido la soga, de que había tropezado y se había golpeado en la cabeza y…
Sam se zambulló en el agua. Nadó con rapidez hasta el flotador naranja y luego buscó desesperadamente a Meg. Un fiero alivio lo invadió cuando finalmente vio su rubia cabeza asomando a la superficie.
Volvió a asustarse cuando, antes de que llegara a alcanzarla, la vio hundirse. Las olas eran muy altas, y cada brazada era para Sam una verdadera batalla. Meg reapareció entonces, muy cerca, y él la agarró cuando ya estaba a punto de hundirse de nuevo. Sintió un miedo aterrador al darse cuenta de que se hallaba inconsciente. Estaba muy pálida y sangraba por una ceja.
—Oh, Dios mío —la emoción le atenazaba la garganta.
Nadó hasta el barco, pero Meg era como un peso muerto y tuvo la sensación de que tardó una eternidad en llegar. Andy, pálido y aterrado, lo ayudó a izarla.
—Llama por radio a una ambulancia —le ordenó Sam al chico, inclinado sobre Meg, en cubierta—. Enciende el motor y pon rumbo a casa.
Y rezando con más fervor de lo que lo había hecho en toda su vida, empezó a hacerle la respiración artificial.
Seashore no tenía hospital. El más cercano se hallaba en Larch Grove y, cuando la ambulancia entró por la puerta de emergencias, la seguía de cerca un deportivo negro. Inmediatamente se llevaron en camilla a Meg y, a pesar de la insistencia de Sam y Andy para que les permitieran acompañarla, les ordenaron quedarse en la sala de espera, una vez recabados los detalles de su accidente.
La última mirada que Sam le lanzó a Meg le había llenado de terror. El golpe en la ceja se le había inflamado hasta adquirir el tamaño de un huevo, y aún seguía inconsciente. La sala de espera era pequeña y poco acogedora; tan pronto como llegó, Andy se dejó caer en una silla y se puso a hojear distraídamente una revista, mientras Sam paseaba arriba y abajo por el pasillo que conectaba con la sala. Había querido hablar con Andy cuando iban por la autopista, había querido reconfortarlo, pero era como si las palabras se hubieran negado a aflorar de sus labios. Su propio terror le había imposibilitado proporcionar al niño cualquier consuelo; sabía que entonces rompería a llorar, y eso era lo último que necesitaba Andy: ver a su padre perdiendo el control.
El propio Andy permanecía ceñudo, encerrado en sí mismo. Sam había llegado incluso a preguntarse si no se habría engañado a sí mismo cuando lo oyó llamarle «papá» en el barco…pero sabía bien que no. En el calor del momento, Andy había hecho a un lado su hostilidad para lanzar el viejo grito de auxilio de un hijo a un padre.
Pero ahora Andy había vuelto a su comportamiento anterior. Y aquélla, decidió Sam mientras lanzaba una angustiosa y compasiva mirada a su hijo, no era la mejor oportunidad para recordárselo.
Andy sentía un fuerte malestar de estómago, y rezó desesperadamente para que no se pusiera a vomitar. Si su madre no salía adelante, jamás se lo perdonaría a sí mismo.
Aquello había sido culpa suya. Durante semanas se había comportado de una manera egoísta y desagradable. Aparte de pedirle que lo ayudara a trasladar sus propios muebles de sitio hacía ya un mes, Sam Grainger sólo le había pedido una cosa: que recogiera aquella vieja soga. Él lo había ignorado deliberadamente… y así había terminado todo. No se extrañaba de que su padre lo odiara…. porque lo odiaba tanto que ni siquiera era capaz de hablar con él. Y cuando su madre saliera de aquello, probablemente también lo odiaría.
Lo había complicado todo.
Quería enderezar las cosas. Pero cada vez que intentaba sacar el coraje suficiente para acercarse a su padre y pedirle perdón, se le formaba un nudo en la garganta que lo ponía al borde de las lágrimas. ¡Y qué pensaría su padre de él, si lo viera lloriqueando como un crío! Así que terminó por tomar una revista para esconder la nariz detrás de ella.
Intentó concentrarse en la página que tenía delante… ¡hasta que descubrió consternado que la estaba leyendo al revés! ¿Lo habría notado su padre? Levantó la cabeza… para ver a Sam apoyado en la pared del otro lado, con la cabeza baja. Andy ansió desesperadamente levantarse, acercarse a él, decirle cuánto lo sentía…
«Hazlo», le ordenó una voz interior.
Lanzó la revista sobre la mesa, se apoyó en los brazos del sillón y empezó a levantarse… pero cuando lo hizo, las lágrimas asomaron a sus ojos y se le cerró la garganta. Volvió a dejarse caer en su asiento, diciéndose que era inútil. Simplemente no podía.
Sam se irguió bruscamente al ver al médico caminando por el pasillo hacia la sala de espera.
—¿Usted es el señor Stafford?
—Soy Sam Grainger, un amigo íntimo —Sam le presentó a Andy—. Y éste es su hijo —podía sentir la tensión del chico, tan evidente como la suya propia—. ¿Cómo está?
—Las radiografías no han presentado indicio alguno de fractura, pero está conmocionada, y he tenido que darle puntos de sutura en la frente…
Sam agitó una mano impaciente en el aire:
—Pero, ¿se va a poner bien?
—Yo diría que ya lo está, con ciertas precauciones. Acaba de recuperar la consciencia…
—¡Gracias a Dios!
—… pero todavía está mareada. Pasará la noche bajo observación y disfrutará de absoluto descanso.
—¿Podemos verla? —inquirió Sam—
—Uno de los dos puede entrar, pero sólo un minuto. Mañana, en cuanto se recupere del todo, podrá irse a casa.
Sam elevó al cielo una silenciosa plegaria de agradecimiento. Meg iba a ponerse bien. Se volvió hacia Andy:
—Entra tú, hijo. Entra a ver a tu madre.
Para su sorpresa, vio que la expresión de Andy se descomponía de emoción, con las lágrimas brillando en sus ojos azules.
—No, ve tú. Tú eres el único al que querrá ver —le dio la espalda—. Todo esto es culpa mía —añadió con voz temblorosa—. Si no hubiera sido tan…
Sam lo tomó de los hombros y lo hizo volverse delicadamente. A él también se le saltaron las lágrimas al ver tanta angustia en el rostro de su hijo.
—Andy, tu madre te quiere más que a nadie en el mundo. Ve a verla y dile lo mucho que tú también la quieres a ella. Eso le sentará mejor que cualquier medicina que pueda darle el médico.
Llorando, al fin, Andy se abrazó a su padre. Enterrando el rostro en su pecho, susurró:
—Lo siento, papá. Siento todo lo que he hecho…
Sam creyó por un momento que el corazón se le iba a hacer pedazos en el pecho. Abrazó con fuerza a su hijo.
—Lo sé —repuso con voz ronca de emoción—. Lo sé, pero ya ha pasado. Todo va a salir bien a partir de ahora…
En ese instante, oyó la voz del médico a su espalda, con cierto tono resignado:
—De acuerdo, pueden entrar los dos. Sólo por un minuto. Entonces… ¿quién es el primero?
—Entra tú, hijo. Venga.
Andy se enjugó las lágrimas y lanzó a su padre una temblorosa sonrisa. Tenía los ojos brillantes, pero había en ellos una nueva chispa.
—De acuerdo. Gracias, papá. Le diré a mamá que tú serás el siguiente.
Con los ojos cerrados, Meg estaba intentando soportar el terrible dolor de cabeza, mientras oía a la enfermera que le decía:
—Se sentirá mejor dentro de unos minutos, una vez que la medicación empiece a hacerle efecto.
Se esforzó por recordar lo que había sucedido. Había estado en la sentina con Sam, y le había dicho que quería subir a cubierta para hablar con Andy. Según la enfermera, se había golpeado en la cabeza y luego había caído por la borda; Sam la había salvado, pero ella no conseguía recordar nada…
—¿Mamá?
Abrió los ojos y vio a Andy; estaba llorando. El corazón le dio un vuelco en el pecho. Hacía años que no veía llorar a Abdy. Apoyó un codo en el colchón e, ignorando el dolor, extendió una mano hacia él.
Se abrazaron emocionados. Cuando volvió a apoyarse en las almohadas, exhausta, Andy le dijo con voz estrangulada:
—Mamá, lo siento. Siento haberme comportado tan mal… y siento… todo esto. Fui un descuidado. Con lo de la soga…
—No recuerdo…
—No la recogí como se me ordenó. Tú tropezaste con ella y luego te caíste por la borda.
—Oh, Andy, todos cometemos errores. Lo importante es que podemos aprender de ellos —le enjugó una lágrima—. ¿Estás mejor ahora?
El chico asintió, con un nudo en la garganta.
—No puedo quedarme más; el médico dijo que tenía que ser una visita rápida.
—¿Dónde está… tu padre?
Los ojos de Andy se llenaron nuevamente de lágrimas.
—Yo quería que entrara primero… pero él.. papá… me dijo que lo hiciera yo. Voy a buscarlo. Cuídate, mamá —le dio un rápido beso—. Te quiero.
—Yo también te quiero, cariño.
Meg se dejó caer en las almohadas después que se hubo marchado. «Papá», repitió para sí. Entonces… Andy había hecho las paces con su padre. No sabía cómo había sucedido, pero aquello la llenaba de una inmensa alegría…
—¿Meg…?
Sam se encontraba en el umbral, pálido, con la mirada oscurecida por la preocupación. Meg se quedó conmovida al ver su demacrado aspecto.
Acercó una silla a la cama y se sentó. Le tomó luego las manos, que sostuvo entre las suyas.
—¿Cómo estás, Meggie?
Meg se dio cuenta de que el sedante estaba empezando a hacerle efecto.
—Me siento… mareada. Me han dado algo para quitarme el dolor — miró soñolienta su rostro, su cabello despeinado, el increíble verde de sus ojos que tanto adoraba—. Sam… ¿cuidarás… de Andy?
—Claro.
—Gracias —cada vez más adormilada, tenía la sensación de estar flotando en una nube.
Sam le acarició suavemente los labios con los suyos, y ella terminó por cerrar los ojos.
—Volveremos mañana.
Meg quiso susurrarle «sí», pero la palabra no llegó a aflorar de sus labios. Se sentía flotar lejos de él, lejos de todo. Justo antes de entrar en la nada le pareció que le decía algo… pero luego pensó que debía de haber estado soñando.
Lo que creyó oírle decir fue: «te quiero, Meg».
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