Aquella noche de pasión

Grace Green · Capítulo 7 de 12

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Aquella noche de pasión

Capítulo 7

 

DULCES sueños!

Meg sonreía con sombría expresión cuando fue a casa de Elsa a la mañana siguiente; después del rechazo que había sufrido por parte de Sam, no había pegado ojo en toda la noche. Se ruborizó avergonzada al evocar su expresión de asombro. Obviamente, Sam había pretendido darle un simple beso de buenas noches… ¡un beso al que ella había dado un significado muy distinto!

Suspiró, desesperada. Después de dar vueltas sin cesar en la cama durante media noche, había pasado la otra mitad acurrucada en el alféizar de la ventana, mirando sin ver el mar y sufriendo por sus contradictorios sentimientos. Ya era bastante malo haberse enamorado de un hombre que no quería compromiso emocional alguno, pero… ¿cómo podía enamorarse de un hombre que la había tratado tan mal en el pasado? ¿De un hombre que carecía de conciencia?

Se detuvo en la puerta y apoyó una mano en el poste de la valla. Sí, pensó, eso era: estaba enferma de amor por él. Nunca se había dado cuenta del sentido tan literal que podía alcanzar aquella expresión, pero su caso era un perfecto ejemplo. Se sentía mareada y extrañamente distante… como si no formara parte de ese mundo.

Pero formaba parte del mundo, y Sam también. Y ese día, antes de que se marchara, tendría que contarle lo de Andy. Ya antes había sido difícil, pensó mientras entraba en el patio de Elsa, pero después de lo sucedido la noche anterior… la tarea le parecía abrumadora. ¿Cómo podría esconder su amor por Sam y confesarle al mismo tiempo que era el padre de su hijo?

—¡Buenos días! —la saludó Elsa desde la puerta trasera—. Eres la primera en llegar. ¡Justo lo que necesitaba, un par de manos más! ¡Todo el mundo me ha abandonado!

—Me encantaría ayudarte —Meg la siguió al interior de la casa—. Pero ¿dónde está Sam?

—¿Te importaría llevar estas copas al salón, querida? —dejó la bandeja sobre la mesa—. Sam ha ido a la tienda de la esquina a buscarme el helado… ¡Oh, están llamando a la puerta! —y salió de la cocina para abrir a los invitados.

Meg ya de disponía a llevar la bandeja con las copas cuando se abrió la puerta trasera y entró Sam. Como ella, iba vestido con una sencilla camisa y unos pantalones cortos. Pero al contrario que Meg tenía un aspecto radiante, como si hubiera dormido toda la noche de un tirón.

—¡Hola! —la saludó con alegría—. Te he estado buscando por la playa esta mañana. ¿Qué ha pasado? ¿Te has quedado dormida?

Se acercó a la nevera para guardar el helado en el congelador. Meg lo miraba fijamente… intentando luchar contra su magnetismo. Aquel hombre despreciaba los compromisos; tenía que tener eso bien presente. Tal vez lo hubiera sorprendido su reacción de la noche anterior, pero, al fin y al cabo, era humano… y la próxima vez quizá aceptase lo que se le ofreciera… ¿Realmente quería Meg repetir la experiencia de trece años atrás, cuando se le entregó sólo para que después la desechara como si fuera un pañuelo usado?

—¿Y bien?

—¿Qué?

—Que si te has dormido.

—Oh, no, de hecho, no he dormido demasiado bien, y esta mañana no tenía suficientes energías para salir a correr… Antes de que te vayas, necesito hablar contigo.

—Puedes hacerlo ahora. ¡Soy todo oídos!

Hasta ellos llegó una risa procedente del pasillo. Y luego la voz de Elsa:

—¡Pues no podemos tomar el ponche sin copas! Se suponía que Meg tenía que traerlas.

—¡Diablos, yo la despediría! —exclamó alguien, y siguieron unas carcajadas.

—Andy —era nuevamente la voz de Elsa—. ¿Te importaría ir a la cocina y meterle prisa a tu mamá?

Se oyó un ruido de pasos, acercándose. Meg se apresuró a advertirle a Sam:

—Tenemos que hablar a solas. Podríamos dar un paseo… por la playa.

—¡Qué intrigante! —arqueó una ceja.

Andy irrumpió entonces en la cocina, deteniéndose en seco al ver a Sam.

—Buenos días —le saludó Sam.

—Hola —Andy concentró su atención en su madre—. Mamá, se suponía que tenías que llevar las copas del ponche.

Meg levantó la bandeja, pero le temblaban tanto las manos que las copas empezaron a tintinear. Sam acudió en su ayuda.

—Yo la llevaré —y añadió en un murmullo de espaldas a Andy, que los miraba con el ceño fruncido—: Más tarde, entonces. ¿Después de comer?

Meg asintió, y Sam se retiró con la bandeja.

—¿Te gustó la boda? —le preguntó a su hijo.

—¿Por que se te sigue pegando ese tipo?

—El señor Grainger estaba en la cocina porque Elsa lo mandó a la tienda a comprar helado.

—¿Qué es lo que pasa? —inquirió, agresivo—. ¿Por qué quiere verte después de comer?

—Andy, él no quiere verme. Soy yo la que necesita hablar con él… en privado.

La expresión del chico se oscureció aun más.

—¿Cómo es que has llegado a tener secretos con él? ¡Si decías que ni siquiera te gustaba!

—No se trata de que me guste o no me guste…

Andy giró en redondo y se dirigió hacia la puerta. Meg lo detuvo sujetándolo de la manga de la camisa.

—Cariño —le dijo con tono suave—, no te enfades. Una vez que el señor Grainger se marche, también quiero hablar contigo. Te lo contaré todo. Te lo prometo.

 

Después del almuerzo, Meg seguía tan distraída que ni siquiera se acordaba de lo que había comido. Sam, en cambio, había disfrutado plenamente de la comida, como si no tuviera otra preocupación en el mundo.

—Vayamos hacia la posada —le propuso ella mientras salían de la casa de Elsa para dar el paseo por la playa.

Cuando pisaron la arena, Meg lo miró de reojo y descubrió que tenía una expresión pensativa. ¿Se estaría preguntando de qué querría hablarle ella? ¿Pensaría que tendría algo que ver con su trabajo? Si fuera tan sencillo como eso…

Minutos después llegaron al árbol donde Meg había estado sentada cuando vio por primera vez el anuncio de venta de la posada de Seashore. Sam señaló con la cabeza el cartel con la corrección de «Vendida».

—¿Mark no te avisó de que deseaba venderla?

—No; todo sucedió con demasiada rapidez… Pero no es de eso de lo que quería hablarte.

—¿No? Entonces, ¿de qué?

Bajo el árbol, Meg había palidecido visiblemente.

—¿Meg?

—Te vas a sorprender —tragó saliva, nerviosa—. Esto… esto me resulta tan duro…

—¡Sea lo que sea, suéltalo ya! ¿Estás metida en algún tipo de problema? Mira, haré cuanto pueda para ayudarte. ¿Necesitas dinero? ¿De qué diablos se trata?

Meg le dio la espalda, quedando frente al tronco del árbol, y empezó a arrancar nerviosa trozos de corteza. Preocupado, Sam la tomó de los hombros y la hizo volverse.

—¿De qué se trata, Meg? ¡Por el amor de Dios, dímelo!

Cerrando los ojos con fuerza por un momento, para contener las lágrimas, Meg se esforzó por recuperarse. Luego, cuando se apartó de él, Sam dejó caer los brazos a los lados.

—Tienes… tienes que comprenderlo. No podía decírtelo antes… Yo no quería que nada pudiera… hacer fracasar tu matrimonio….

—¡Meg, ve al grano!

Allí estaba, el momento que durante tantos años tanto había temido y que, en lo más profundo de su corazón, siempre había creído inevitable.

—Supongo que no todos los días… —susurró—… descubre un hombre que es padre —vio que Sam la miraba sin comprender, y añadió con voz temblorosa—: Andy es tu hijo.

Sam se tambaleó como si acabara de recibir una bofetada.

—¿Qué diablos estás intentando decirme, Meg? —inquirió furioso—. ¿Qué significa todo esto?

—Andy… es tu hijo —hizo una desesperado ademán con las manos—. Nuestro hijo.

—Has perdido el juicio. No sé a qué estás jugando…

—¿Es que no lo has notado tú mismo? —replicó, resentida por su reacción—. Incluso sus manos… ¡son como las tuyas!

—¡Oh, por el amor de Dios! —Sam giró sobre sus talones y volvió sobre sus pasos; sin mirar hacia atrás, gritó—: ¡Ambos somos morenos, pero en este planeta hay millones y millones de morenos!

La oyó salir en su busca, pero apretó el paso. Cuando lo alcanzó, Meg le tiró de los faldones de la camisa.

—Estás enferma, Meg. Será mejor que vayas a ver a un…

—¡No corras, maldita sea! Esta vez no podrás ignorarme, Sam Grainger… ¡no podrás ignorarme como cuando me utilizaste y me abandonaste hace trece años!

Sam la miró asombrado, pensando que estaba rematadamente loca. Maldiciendo en voz alta, apoyó los puños en las caderas.

—De acuerdo… escupe de una vez esa historia inventada.

—¿Inventada? —repitió Meg, incrédula—. ¿Vas a seguir fingiendo que lo de aquella noche nunca sucedió?

—¿Y qué noche fue ésa, Meg?

—¡Lo sabes perfectamente!

—Recuérdamelo tú —replicó Sam con tono amenazante.

—La noche en que hicimos el amor. Tú y yo, en este mismo lugar. ¿Vas… a negarlo?

—¿Negarlo? ¡Pero si nunca sucedió! ¡Excepto quizá en tus fantasías de adolescente! —de repente recordó algo—. Vaya, Elsa me dijo que te habías enamorado de mí cuando tenías catorce años, pero…

—Tenía dieciocho cuando eso sucedió, y lo sabes. Acababa de empezar a trabajar en la posada aquella noche… la misma en que pensaste que Alix había muerto en el extranjero. Yo me disponía a regresar a casa y cuando te vi en la playa bajé también, porque quería saludarte. Yo ignoraba lo que había sucedido. Estabas llorando…

—¿Qué diab…?

Durante un buen rato, Sam la miró fijamente; era como si la tierra hubiera empezado a temblar bajo sus pies.

—Continúa.

—Tú.. sabes lo que pasó.

—Dímelo.

—Nosotros… tú me dijiste que Alix había muerto. Intenté consolarte. Llegamos hasta aquí —vaciló, ruborizada—. Ambos pensábamos que Alix estaba… —se interrumpió, suspirando—. Pero a la mañana siguiente descubriste que los informativos habían cometido un error, que no estaba muerta… aunque se encontraba enferma en un hospital, y saliste inmediatamente para allá —le dio la espalda y miró hacia el mar—. Nosotros… hicimos el amor. Aquí, debajo de aquel árbol… Pero tú jamás volviste a llamarme… ni siquiera para cerciorarte de que no me había quedado quedado embarazada.

Chilló una gaviota. Sam no supo cuánto tiempo permaneció allí, clavado donde estaba, aturdido, hasta que empezó a hablar. Cuando lo hizo, su voz era tan baja que Meg apenas lo oyó.

—Dios mío —susurró como en una desesperada oración—. Meggie… no sabía que…

Luchó para despejar su mente de inconexos pensamientos hasta que se agarró a uno: tenía un hijo. Meg seguía contemplando el mar.

—Sabías que habíamos hecho el amor —murmuró—. Y nunca se te ocurrió pensar que…

—No tenía ningún recuerdo de ello, Meg…

—¿Tan poco significó para ti, Sam? —le preguntó con voz ronca por el dolor.

—Oh, Dios mío, Meg, no es eso lo que quería decir… Sabes que vine aquí a reponerme de una enfermedad. Estaba bajo los efectos de una poderosa medicación y, aquella noche, cuando oí que Alix había muerto, intenté ahogar mi dolor en alcohol. ¡Me sentía tan mal! —esbozó una mueca al recordarlo—. En cualquier caso, me hizo efecto la mezcla de la medicación y el alcohol: tuve amnesia. Una laguna de memoria. Cuando me desperté, lo último que recordaba de la noche anterior era que el servicio de habitación me había subido una botella de vodka. Esa mañana encendí la televisión para ver los informativos… y me enteré de que Alix estaba viva…

Meg se volvió lentamente hacia él, mirándolo incrédula.

—¿Amnesia? ¿Tuviste amnesia?

—Sí , Meggie. No recuerdo nada… de aquellos momentos que pasamos juntos.

Meg emitió un sonido a medio camino entre una carcajada de histeria y un sollozo. Sam quería tocarla, abrazarla; parecía tan frágil, tan vulnerable, tan dolida… Pero no tenía derecho alguno a hacerlo. Nunca lo había tenido.

—¿Por qué no te pusiste en contacto conmigo… —le preguntó él con voz ronca—… cuando descubriste que estabas embarazada?

—¿Cómo habría podido? Alix y tú erais felices. El hecho de que hubieras concebido un hijo ilegítimo… habría hecho fracasar tu matrimonio. No creo que lo que hicimos fuera moralmente incorrecto —continuó, como intentando convencerse a sí misma—. Ambos creíamos que Alix estaba muerta, tú te lamentabas de su pérdida… pero si Alix hubiese descubierto nuestro encuentro y especialmente que había dado como fruto un hijo… eso podría haber arruinado vuestra relación. Y decidí no correr el riesgo.

Sam se dijo que aquel no era el momento adecuado para preguntarse qué habría sucedido con su matrimonio si hubiera descubierto que tenía un hijo. Andy. La imagen del chico apareció vívidamente en la pantalla de su cerebro, y con ella un eco del júbilo que habría experimentado en aquel entonces de haber sabido que iba a ser padre. Pero mezclada con aquella alegría, latía una profunda preocupación por Meg.

—¿Se lo has dicho a Andy? —le preguntó.

—Nadie lo sabe, excepto Dee. Pensaba decírselo a Andy esta noche.

—¿Y después?

—Tú estarás en Portland el mes que viene. Cuando regreses, podemos… volver a hablar.

—Quiero formar parte de la vida de mi hijo. Si es que él también lo desea. Sé que piensa que soy una especie de canalla… pero.. quizá con el tiempo, llegue a ganármelo.

—Hablaremos cuando vuelvas.

—Meg —le tocó un brazo, pero ella se apartó—. Lo siento. Lamento que tuvieras que…

—Eso ya es historia. Pero ahora que todo esto va a salir a la luz, mi prioridad es Andy —se pasó una mano temblorosa por el pelo—. Lo que pasa es que no sé cómo va reaccionar cuando le diga que tú eres su padre.

 

Si Dee estuviera allí, con ella… Meg miraba las estrellas mientras se columpiaba en el sofá balancín del patio. Si su hermana hubiera estado allí, al menos, Andy habría tenido a alguien en quien apoyarse cuando se enteró de la noticia. Suspiró. Había intentado decírselo con mucho tacto, pero todo había terminado fatal.

Se lo había llevado a cenar a su pizzería favorita; luego habían ido a la pista de skateboard, y lo había observado mientras practicaba sin cesar, animándolo cada vez que él buscaba su aprobación en algún ejercicio especialmente difícil.

Se lo había contado cuando regresaban a casa andando. Sin omitir nada. Había destacado lo de la amnesia de Sam, y su propio remordimiento por haberlo juzgado con tanta severidad. Casi la habían ahogado las lágrimas cuando le habló de lo mal que había tratado a Sam desde que llegó a Seashore, cuando él no había hecho nada para merecer tanto desprecio.

Mientras tanto, Andy no había pronunciado una sola palabra. Cuando llegaron frente a la casa, Meg ya había terminado su relato.

—Andy, sé que todo esto te ha supuesto un terrible shock. Siempre quisiste saber quién era tu padre… y ahora ya puedes comprender por qué te lo he ocultado hasta ahora. Cuando me enteré de que Sam y Alix se habían divorciado…. decidí que había llegado el momento de contártelo todo.

El chico seguía sin mirarla.

—Andy… —fue a abrazarlo pero él se apartó, alejándose hacia la playa en sombras—. ¡Andy!

Había dominado el impulso de seguirlo, pensando que necesitaba estar solo. Necesitaba tiempo para pensar. Pero ahora Meg ya no sabía qué hacer. Era más de medianoche y Andy seguía sin aparecer. ¿Dónde podría estar? Oh, Dios, esperaba que no cometiera ninguna estupidez. Esperaba que…

El corazón le dio un vuelco en el pecho al escuchar unos pasos en el sendero de grava. Se bajó del columpio, apresurada, y esperó. Segundos después, distinguió una figura en sombras doblando una esquina de la casa. Una figura familiar, con un skateboard en la mano. La inundó un inmenso alivio.

—Oh, Andy, ¿dónde has estado? Estaba preocupada…

—Lo siento —pasó de largo frente a ella, hacia la puerta trasera—. No tienes que preocuparte por mí. Estoy bien. Hey, es una verdadera suerte que Sam Grainger sea mi padre. Tiene montañas de dinero. ¡A partir de ahora nos irá muy bien!

Su tono falso, la rigidez de su gesto, su expresión distante: todo aquello hablaba de la aflicción que sentía… y del rechazo que experimentaba hacia su madre. Meg volvió a dejarse caer en el columpio, dolida, angustiada. «Oh, Dee…», susurró. Necesitaba desesperadamente hablar con alguien. Necesitaba desesperadamente que alguien la aconsejara… Pero podrían pasar semanas antes de que volviera a ver a su hermana. James y Dee no regresarían a Seashore hasta después de su luna de miel, una vez que ya se hubieran establecido en su nueva casa de Seattle.

Furiosa, se enjugó una lágrima. Las lágrimas no resolvían nada. Tenía que ser fuerte y prudente… ¡algo que nunca había creído ser en toda su vida!

 

—Ya todo está arreglado —comentó Sam—. He vendido mis participaciones en la empresa.

—¿Cómo te sientes ahora —le preguntó James, mirándolo con expresión sagaz al otro lado de la mesa—, una vez que ya todo está consumado?

Sam sonrió a Dee mientras ésta le servía una taza de café después de la cena.

—Gracias, Dee. ¿Que cómo me siento? ¡Es una sensación muy rara! Y mis sentimientos son contradictorios… en relación con mi padre. Os juro que cuando firmé los últimos papeles, me pareció oírlo a él, a mi abuelo y a mi bisabuelo removiéndose en sus tumbas. Pero más allá de la culpa, siento alivio.

—¿Alivio, Sam? —Dee lo miró con curiosidad.

—Alivio de que no tener ya que soportar más fracasos matrimoniales, más disputas de pareja —se sirvió azúcar—. Y también un sentimiento de expectación, de gozo, de emoción. Voy a empezar un negocio completamente nuevo, y no sé si seré capaz de salir adelante…

—Tendrás a Meg —le animó James—. Ella podría administrar la posada con los ojos cerrados, ¿verdad, Dee?

—¡Oh, sí! —Dee vaciló por un momento antes de comentarle a Sam—: He hablado con Meg varias veces por teléfono desde que nos marchamos. Andy se está mostrando… un poquito difícil.

—¿Todavía no has hablado con ella, Sam, durante todo el mes pasado? —le preguntó James, tomando un sorbo de café.

—No, pensé que debía darles a los dos un respiro, tiempo para que se habituaran a tenerme en sus vidas. Tu marcha ha sido un duro golpe para ellos, Dee. Necesitan acostumbrarse a no tenerte siempre al lado.

—¿Llevarás cuidado, Sam? —inquirió James con tono suave.

—Sí, llevaré cuidado.

—No creo que tengas ningún problema con Meg —intervino Dee—. Ahora que ya entiende por qué no te pusiste en contacto con ella, su resentimiento hacia ti ha desaparecido. ¿Sabes? Siempre me pregunté por qué habías actuado así; resultaba tan contradictorio con tu carácter… Pero Meg, bueno, era demasiado joven cuando tú frecuentabas Seashore, así que ella no te conocía tan bien como yo.

—Tengo mucho de lo que arrepentirme —los rasgos de Sam se endurecieron—. Lo que le hice a Meg fue imperdonable…

—No seas demasiado duro contigo mismo —James frunció el ceño—. Las circunstancias eran…

—¡Al diablo con las circunstancias! —exclamó Sam, presa de un acceso de furia—. Nada puede excusar lo que hice. Me aproveché de una chica inocente y la dejé embarazada. Tendré que purgar eso durante el resto de mi vida.

Un denso silencio se cernió sobre el grupo. Un silencio que se prolongó… y que acabó por estropear la velada. Cuando todos terminaron el café, Sam se levantó.

—Gracias, Dee, por la cena tan exquisita. Me ha encantado volveros a ver, pero ahora tengo que irme.

Sus anfitriones lo acompañaron hasta el coche, y mientras Sam encendía el motor, Dee le comentó:

—Meg no te espera hasta mañana y sé que va a salir esta noche. Mark y Deb están celebrando una fiesta de despedida en la posada.

—Ya, Mark me lo dijo, y ésa es la única razón por la que he vuelto un día antes de lo previsto. Me gustaría asistir… o al menos llegar al final. A eso de las diez debería estar en Seashore. Si hablas antes con Meg, no le digas que voy para allá —arrancó el coche—. Quiero darle una sorpresa.

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