Aquella noche de pasión
Capítulo 5
MEG miraba fijamente la fotografía, consternada. —Sam… Quiero hablar con Andy.. a solas. ¿Te importaría marcharte, por favor?
—Claro, como quieras —respondió después de un tenso silencio. Pero mientras pasaba a su lado, de camino hacia la salida, le dijo en voz baja—: Estaré al lado por si me necesitas.
—Gracias, podré arreglármelas.
Meg esperó hasta que la puerta se hubo cerrado a su espalda, antes de aspirar profundamente y volverse hacia Andy con una sonrisa.
—Bueno, ¿qué te parece un abrazo? ¡Realmente te he echado de menos!
—¿Quién es ése? —sin dejar de mirarla, se apartó, rígido—. ¿Dónde lo has encontrado?
Meg ignoró aquel insulto, percibiendo que la inseguridad era la razón de aquella furia. Lo que Andy necesitaba de ella en aquel momento era cálido consuelo, y no áspera censura.
—Es el padrino de James. Ha estado durmiendo aquí porque Elsa no tenía preparada su habitación hasta ayer.
—¿Durmiendo aquí? ¿Contigo?
—No, en tu habitación.
—¿Ese tipo ha dormido en mi habitación?
—Elsa le pidió a Dee que lo instaláramos.
—¿Y cómo es que te ha estado manoseando?
—No me estaba manoseando —mintió alterada—. Cielos, Andy, ese hombre está casado. Nosotros… bueno, estábamos discutiendo y yo intenté retirarme, pero él me lo impidió. Me disgusta y él quería saber por qué.
—Oh —Andy reflexionó por un momento y luego cuadró los hombros—. En ese caso… bueno, será mejor que tenga cuidado. A mí tampoco me gusta y, si te vuelve a molestar, yo…
—¿Qué, Andy? Es mayor y más fuerte que tú.
—Ya, quizá, pero me aseguraré de darle un buen par de golpes allí donde más le duele, antes de que llegue a tocarme —desvió la mirada hacia el retrato que había dejado sobre la mesa—. ¿Y qué me dices de esto?
—Estaba mostrando demasiado interés por… nuestra situación, así que colgué la foto en la habitación antes de que se trasladara, para prevenir posibles preguntas sobre… tu padre.
—Y quitaste fotos mías para hacer espacio. Voy a colocarlas de nuevo.
—Oh, yo no me molestaría —se apresuró a decir Meg—. Muy pronto te trasladarás a la habitación de Dee, ¿no?
—Sí, es verdad —hizo una pausa, y añadió refunfuñando—: Cuando vi esa foto en la pared, y oí la voz de un hombre abajo, pensé… pensé que quizá Jack había roto con su bomboncito y le habías permitido volver…
—¡Sabes que yo jamás haría eso!
—Supongo que no… pero por un momento me preocupaste de verdad. Tenía que haber pensado que eso jamás podría ocurrir.
—No. Eso jamás sucederá.
—¿Y de qué conoces a ese tipo? —inquirió, todavía malhumorado.
—Hace años solía venir a Seashore. Cuando era estudiante trabajaba en la posada y a veces pasaba las navidades con los Carradine. James y él fueron juntos a la universidad. Hacía años que no pisaba Seashore —Meg se aclaró la garganta—. A su mujer no le gustan las ciudades pequeñas. Quizá la hayas visto en la tele: es Alix Grainger.
—¿Alix Grainger? ¿De verdad? Sí, la he visto —se movió incómodo—. ¿Mamá?
—¿Mmmm?
—Yo… te he comprado algo —sacó una pequeña caja de un bolsillo de sus pantalones—. Toma.
—¿Qué es? Bueno, ¡ábrelo y lo sabrás!
En la caja había una piedra de ágata en forma de corazón, engastada en plata y unida a una cadena.
—¡Oh, Andy, es preciosa!
—¿Te gusta de verdad?
—Me encanta —se la puso al cuello, cerrándose el broche—. ¿Qué tal me queda?
—Perfecta —los ojos le brillaban de placer. Sonriendo, la abrazó tímidamente—. ¿Sabes? Me alegro de volver a casa.
—Pues yo también —repuso ella suavemente.
—Bueno —se volvió para recoger la foto enmarcada con dos dedos, como si le inspirara asco—. ¿Dónde quieres guardar esto?
—En el fondo del armario de mi habitación.
—¡Bien!
Cuando él ya se dirigía hacia la puerta, Meg añadió:
—Todavía no me has dicho qué tal te lo has pasado.
—Muy bien.
Meg se dijo que, por el momento, no podría sacarle más información. Seguro que al final terminaría sabiéndolo todo, pero por dosis, cuando a Andy le apeteciera hablar sobre ello. Suspiró aliviada, agradecida de que no le hubiera apetecido seguir hablando del retrato familiar. Sabía, por supuesto, que algún día tendría que decirle la verdad. Después del divorcio, Andy había sacado el tema de vez en cuando, pero ella siempre se las había arreglado para evitarlo. Recientemente, sin embargo, había estado insistiendo demasiado. La última vez lo había sacado a colación la semana anterior a su partida para el campamento.
—¡Tengo derecho a saberlo! —le había gritado—. ¡Mamá, todo hijo tiene derecho a saber quién es su padre!
El brillo de las lágrimas en sus ojos le había desgarrado el corazón a Meg.
—Andy, no puedo decírtelo. Todavía no. No sería justo para él.
—¿Por qué no?
—Porque tu padre está casado.
El chico se había quedado impresionado por la noticia.
—Andy… lo siento. Un día te lo contaré, te lo prometo, cuando seas mayor…
—¿Ya estaba casado cuando hicisteis el amor?
En aquel momento, Meg pensó que habría sido demasiado peligroso contestarle: «Estaba casado… pero entonces ambos creíamos que no». Si esa historia se hubiese sabido… Había mucha gente en Seashore que sabía que, durante cerca de siete horas, Sam Grainger había creído que su mujer había muerto.
—Andy, tu padre es un hombre del que puedes estar orgulloso.
—¿Tiene… tiene otros hijos?
—No, que yo sepa —le había respondido Meg—, pero la verdad es que no he vuelto a verlo desde…. desde la noche en que te concebimos.
—Así que se aprovechó de ti y se marchó. Pues a mí me parece un mal tipo, mamá —el desprecio había brillado en sus ojos—. ¡Un canalla total! ¡Ambos estamos mucho mejor sin él!
Durante años, Meg había pensado exactamente lo mismo. Y, durante los pocos días transcurridos desde que regresó a su vida, Sam no le había dado absolutamente ninguna razón para cambiar la opinión que tenía sobre él. Respiraría de alivio cuando se fuera y pudiera relegarlo de nuevo al fondo de su mente.
Pero, hasta entonces, había que superar algunas cosas. Y una de ellas era el ensayo de boda de aquella noche.
Sam miró a Meg mientras avanzaba a su lado por la nave central, por enésima vez durante la fase final del ensayo de boda. Desde el mismo momento en que llegó a la iglesia, Meg lo había tratado con fría cortesía, como si hubiera interpuesto una pared de cristal entre ellos.
—Entonces —le dijo él en cierto momento, haciéndose oír por encima de las notas del órgano—, ¿solucionaste las cosas con tu hijo?
—Sí —mantuvo la mirada fija al frente y añadió con altivez—: Gracias.
Hacía calor en la iglesia, y la elevada temperatura había intensificado el perfume a melocotón que llevaba Meg, mezclado con la esencia de su femenino aroma. Aquella mezcla embriagadora le corría a Sam por la sangre como si de burbujas de champán se tratara.
—¿Andy no se quedará al banquete de bodas?
—No.
—Yo pensaba que ayudaría a instalar a los invitados.
—No quiso.
—¿Y querías tú hacer de dama de honor?
—Sí —respondió desdeñosa—, hasta que James me anunció que tú ibas a hacer de padrino.
Sam rió entre dientes. Se había ganado esa respuesta por insistir demasiado. Aquella tarde, Meg estaba preciosa con su blusa amarilla y su minifalda, con su cabello tan brillante como un rayo de sol, con aquellas maravillosas mejillas… Todo en ella era maravilloso.
Mientras caminaba ladeó levemente la cabeza para deslizar la mirada por sus largas y bien torneadas piernas, y por sus pies calzados con sandalias amarillas de tacón bajo. Cuando nuevamente levantó la vista hasta su rostro, comprendió por su sonrisa desdeñosa que no le había pasado desapercibido su íntimo escrutinio.
—Espero —le espetó ella— que te las arregles para mirar al frente mañana, cuando la boda tenga lugar.
—¡Yo también lo espero!
Se detuvieron al llegar al vestíbulo. En seguida, Meg liberó su mano y Sam la miró con cierta diversión, observando encantado el rubor que teñía sus mejillas.
—¡Pero me temo que no podremos contar con ello! —añadió.
El sonrojo de Meg se intensificó aun más, pero antes de que pudiera responder, el sacerdote dio por terminado el ensayo y les dijo que ya podían marcharse. Sam la siguió al exterior. La iglesia se encontraba en una calle sombreada de arces, y la brisa levantaba algunas hojas secas de la acera. El aire olía a salitre y a verano, y al levísimo perfume a melocotón de Meg.
Meg bajó a toda prisa los escalones que llevaban a la acera. Y Sam no tardó en alcanzarla.
—¿Cómo has venido? —le preguntó él—. ¿En bicicleta?
—Mi bicicleta tenía un pinchazo… no me di cuenta hasta que me disponía a salir. James ya había salido con Dee para entonces, así que tuve que venir andando. Pero por favor, no te molestes en llevarme en tu coche. Hace una tarde estupenda para caminar.
—Estoy completamente de acuerdo contigo. Es por eso por lo que dejé mi coche en casa de Elsa —a juzgar por su expresión, Sam dedujo que aquella información no había sido muy bien recibida—. Supongo que tenías tanta prisa… que no te fijaste en que mi coche seguía allí.
—Claro que me fijé —le espetó ella—. Pero supuse que habrías salido en el de James.
—¡Ah, entonces pensaste en mí!
—No, no pensé en ti. Sólo era una simple… observación —replicó Meg, apretando el paso—. ¿Cuándo llega Alix?
—No vendrá.
—¿Has sabido algo de ella?
—No.
—Supongo que habría telefoneado si viniera, ¿no?
Sam murmuró algo sin comprometerse. Confiaba en que la boda terminase sin que se viera obligado a comunicarle a nadie la noticia de su divorcio. Lo último que quería era empañar de alguna forma la felicidad de James y Dee… Pero no; se estaba mintiendo a sí mismo. La razón por la que no le había dicho a nadie que Alix y él habían roto hacía ya un año, y que esa misma semana terminarían los trámites de su divorcio, era otra muy distinta. Sencillamente no quería ver la cara que pondría la gente cuando descubriera que él, un abogado especialista en divorcios, ni siquiera había podido conservar su propio matrimonio. Aquello afectaría a su reputación; eso era todo.Y sabía que Alix tampoco se apresuraría a divulgar la noticia. Una vez que los medios se enteraran de la historia, insistirían hasta descubrir por qué su marido se había divorciado de ella. Eso también dañaría terriblemente su imagen. Y, para Alix, la imagen lo era todo.
—Todavía no me has contado cómo conociste a Alix —le dijo Meg con tono desinteresado—. A Dee le pareció una historia muy buena.
—Alix me contrató como abogado cuando quería divorciarse de su primer marido. Nos enamoramos. Fue amor a primera vista, tal y como señaló Dee.
—No sabía que Alix se había casado antes.
—Fue uno de esos desastrosos matrimonios prematuros. No tenían nada en común, aparte de que habían crecido en el mismo pueblo. Alix estaba ansiosa de recorrer mundo, y Jeff Merrick era un tipo de hombre casero, muy enraizado en Hicksville. Se casaron porque se deseaban. Fue puro deseo; no amor.
Continuaron caminando en silencio durante unos minutos, y cuando giraron en Seaside Lane, Meg comentó pensativa:
—¿No es extraño cómo el amor puede seguir diferentes caminos? Contigo y con Alix, amor a primera vista. Con Dee y James, una amistad que termina convirtiéndose en algo más profundo.
Sam detectó una leve nostalgia en su voz; el primer signo de que algo se estaba suavizando en ella. ¿Una mella en su armadura?
—¿Y cómo fue tu experiencia con el padre de Andy, Meg?
—¿Te importaría que no habláramos de eso?
El tono de su conversación había cambiado radicalmente en cuestión de segundos. Cualquier ternura que antes hubiera visto en su tono se había convertido en una dura y tensa frialdad.
—Estás divorciada —le dijo con tono conciliador— y puedo entender que no quieras hablar de él. Lo que no entiendo es por qué colgaste ese retrato familiar en la habitación de Andy… ¡y, evidentemente, el chico tampoco lo entiende! ¿Qué está pasando, Meg?
Meg continuó caminando decididamente y a paso ligero, como un soldado en un desfile.
—Nada.
—Detesto ver a un niño tal alterado. ¿Por qué colgaste la fotografía de su padre en su dormitorio cuando sabías que eso podría herir la sensibilidad de Andy? ¡Diablos, ese tipo lo abandonó!
Habían llegado al sendero que llevaba a la casa de los Carradine y Meg se volvió hacia él, con los ojos brillantes.
—¡Ya te he dicho que no quiero hablar de eso contigo! ¿Quieres dejar el tema de una vez?
—Vale, vale —Sam levantó las manos en son de rendición—. No volveré sobre ello.
—¡Gracias! Y ahora, si me disculpas… —su tono era cortante—… tengo que ir a casa a recoger el guisado.
—Te ayudaré.
—No hace falta.
Pero Sam la ignoró y decidió acompañarla. Al lado de la valla vio apoyadas dos bicicletas, una de ellas con el neumático pinchado, y pensó que sería la de Meg.
—Nunca he visto un coche aparcado aquí —murmuró—. ¿Dee y tú no conducís?
—Compartíamos uno viejo, pero cuando se estropeó el mes pasado, no lo arreglamos. James piensa comprarle a Dee un coche cuando vuelvan de su luna de miel, y yo puedo arreglármelas sin uno; prefiero caminar o moverme en bici.
Abrió la puerta de rejilla y, mientras la seguía, Sam descubrió a Andy en la cocina. Estaba descongelando unas pizzas en el microondas; en la mesa había un cartón de zumo de naranja y un vaso.
—Hola, mamá… —se interrumpió al ver que su madre no estaba sola.
Sam miró detenidamente al chico; por la mañana, en el ensayo de boda, no había tenido casi oportunidad de hacerlo. Ahora podía ver que tenía los mismos rasgos de Meg, pero más acusados. Sus ojos azules destacaban contra su piel bronceada. Tenía las cejas negras y el pelo oscuro y brillante, algo largo. Mientras el chico desenvolvía una pizza y tiraba el envoltorio a la basura, Sam se fijó en sus manos. Eran fuertes y hábiles, de dedos largos, como las suyas…
—Tenemos que recoger las cazuelas de Elsa.
La voz de Meg interrumpió su escrutinio y, cuando levantó la mirada, Sam advirtió que se había ruborizado. ¿Por qué? ¿Estaría recordando la situación comprometedora en que los había sorprendido Andy el día anterior? ¿Qué otra razón podría haber?
—Andy, te presento al señor Grainger.
—Hola —muy tenso, Andy dio un paso hacia adelante y le tendió la mano.
—Hola, Andy.
El chico le estrechó con fuerza la mano, sin prolongar el apretón ni una fracción de segundo más de lo necesario. Meg sacó las cazuelas de la nevera y las dejó sobre la mesa.
—¿Vas a cenar en casa de Elsa? —le preguntó a Andy.
La curiosidad de Sam se vio estimulada cuando advirtió que Meg se había ruborizado y que su mirada vagaba de uno a otro con expresión aterrorizada. ¿Qué estaba mirando? ¿Qué estaría viendo en ellos? ¿Y de qué diablos tenía miedo? El timbre del microondas sonó en ese instante y Andy sacó sus pizzas.
—Va a venir Brad, y luego saldremos por ahí.
Sam percibió que, con aquella respuesta, desapareció parte de la tensión de Meg. Quizá no había querido que Andy cenara en casa de Elsa. ¿Había temido acaso que provocara otra escena?
—Vuelve a las diez y media.
—Descuida.
Sam se encargó de una cazuela y Meg de la otra. Andy se apresuró a abrirles la puerta.
—Gracias —dijeron ambos a la vez.
—De nada.
Meg no abrió la boca de camino a la casa de los Carradine.
—Andy es un chico muy majo —le comentó Sam cuando ya se acercaban a la puerta trasera—. Debes de sentirte orgullosa de él.
—Sí, desde luego.
—¡Lo que yo daría por tener un hijo así!
Para su asombro, Meg volvió a tensarse.
—Todos nos vemos obligados a elegir —pronunció con tono cortante—. No podemos tenerlo todo.
—¿Elegir? No te entiendo
—La noche de la barbacoa, dijiste que Alix y tú os habíais dejado arrastrar por vuestro trabajo. Yo lo interpreté como que habíais renunciado a tener hijos a cambio del objetivo de promocionaros laboralmente —se encogió de hombros—. Como te decía, todos nos vemos obligados a elegir.
Sam quiso decirle, furioso, que la elección de no tener hijos no había sido suya, sino de su esposa. Pero permaneció callado, ya que aquello no era de su incumbencia. Sin embargo, lo que había dicho lo había irritado. Le irritaba que lo hubiera juzgado sin conocer todos los hechos.
Aun así, ¿por qué habría de molestarlo que pensara mal de él acerca de ese asunto en particular? ¡Pensaba mal de él en ese y en cualquier otro asunto que pudiera darse! Nunca había conocido a nadie con un sentido del humor tan cambiante ni con un temperamento más endiablado…
Debería haberse sentido satisfecho cuando Meg lo ignoró durante y después de la cena de aquella noche… Pero entonces, ¿por qué no pudo a su vez dejar de mirarla en toda la velada? ¿Por qué, después, cuando se reunieron en el salón para tomar café, fue constantemente consciente de ella, de su presencia, de su cuerpo?
Mientras escuchaba a medias una conversación, su mirada vagaba de continuo a su esbelta figura vestida de amarillo y sentada en un diván, sosteniendo con las dos manos una taza de porcelana, la mirada alerta y la expresión ausente. Sólo cuando lo miraba a él, su expresión se oscurecía. Y cuando lo hacía, algo se oscurecía a su vez en el interior de Sam. Y no tenía la menor idea de qué era lo que podía ser.
—¿Más café, Meg?
—No, gracias, Elsa —Meg se levantó del diván y abrazándola, murmuró —: Ha sido una velada encantadora pero, si no te importa, voy a retirarme ya.
—Sam ya lo ha hecho. Supongo que se habrá ido a acostar. La brisa del mar adormece a la gente.
Meg ya lo había advertido, y se había alegrado en consecuencia. Había tenido que soportar su mirada fija en ella durante toda la velada, y cada vez que lo había mirado, se había asustado de ver su expresión pensativa. ¿En qué habría estado pensando? ¿Habría estado pensando en… sus manos? ¿Y en su similitud con las de Andy? Nunca antes se había fijado en las manos de Sam; nunca se había dado cuenta de lo parecidas que eran a las de su hijo. Pero él sí que lo había notado. El corazón le había dado un vuelco en el pecho…
—Que duermas bien —le dijo en ese momento Elsa—. Mañana será el gran día… ¡un día para recordar!
Aquellas palabras todavía resonaban en el cerebro de Meg mientras salía de la casa. Desde luego que sería un día para recordar… si Sam Grainger le exponía sus sospechas acerca de la paternidad de Andy. Se dirigía hacia su casa cuando advirtió sorprendida que la luz del garaje estaba encendida. Vio moverse una sombra, y se le aceleró el corazón.
—¿Andy? —llamó nerviosa.
—No —respondió una voz profunda y sexy—. Soy yo.
Meg se detuvo en la entrada, atónita. Sam estaba en cuclillas, reparando el neumático pinchado de su bicicleta.
—Ya está —cuando se incorporaba, le crujieron sonoramente las rodillas —. Vaya, ¿has oído eso? Me estoy haciendo mayor, «Espárrago».
A la luz blanca de la bombilla, Meg vio que un mechón de pelo negro le había caído sobre la frente. Y observó, con el aliento contenido, cómo se lo apartaba con rapidez. Su sonrisa le llegó al corazón, debilitándola con un súbito e intenso anhelo. Desde que Sam Grainger volvió a su vida, había estado sumida en un mar de confusiones… una confusión causada por sus conflictivos sentimientos hacia él. Ahora, como una nube de niebla deshecha por un vendaval, aquella confusión se había evaporado por completo.
Estaba enamorada de aquel hombre. Estaba profunda, loca, rotundamente enamorada de él.
—¡Puedo ver que te he dejado sin habla! —riendo, Sam se dispuso a retirarse—. Eso, en sí mismo, es un pequeño milagro. Buenas noches, Meg. ¡Nos veremos en la iglesia!
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