Atada a él
Capítulo 9
Estaba segura de que lo había sopesado todo antes de marcharse a Roma, pero aquello era mucho peor de lo que había imaginado. Pasar de su pequeña casa al enorme e impersonal ático de Marco era como estar perdida en una isla desierta.
Nada más dejarla en él, Marco se había marchado. Se había pasado todo el vuelo trabajando, y había estado hablando por teléfono en la limusina. Cass supuso que tenía algún negocio importante entre manos, a juzgar por su discurso y por su adusta expresión. Solo habían hablado una vez durante el viaje, y en esos momentos volvía a haber entre ambos tanta distancia como al principio, entre un multimillonario y una jardinera a tiempo parcial.
Se sintió avergonzada al ver que el conductor dejaba su vieja maleta en el suelo de mármol del recibidor. Fue a recogerla, pero una empleada vestida de uniforme se le adelantó.
–Su habitación está preparada, signorina.
–Gracias.
Tuvo la sensación de que el pasillo giraba a su alrededor. Todo estaba ocurriendo demasiado deprisa. Siguió a la mujer hasta las habitaciones que serían su casa durante los siguientes meses.
¿Cómo podía haber accedido a aquello?, se preguntó mientras se acariciaba el estómago de manera protectora. Sabía que lo había hecho por su salud, pero, aun así, se sintió triste al mirar a su alrededor. Debía de parecer una desagradecida, pero lo cierto era que no necesitaba nada de aquello. Lo habría cambiado todo por poder hablar tranquilamente con Marco.
–Si necesita cualquier cosa, signorina…
–No, gracias.
Cass solo quería que la dejasen en paz.
–Si cambia de opinión, avíseme.
–Gracias –repitió, preguntándose qué pensaría el servicio de Marco de ella.
Supuso que nada. Debían de ver a muchas mujeres ir y venir sin ni siquiera dedicarles una palabra amable.
Cuando la puerta se cerró, Cassandra giró sobre sí misma. Todo era bonito, luminoso y muy espacioso, pero, en general, el ático de Marco parecía más una habitación de hotel que un hogar. Por allí pasaban personas, dormían, comían, pero no había ningún objeto personal. Nada hacía adivinar el tipo de hombre que vivía allí. Tal vez esa fuese la intención de Marco. Tenía fama de ser un hombre frío y distante.
«Aunque no en la cama».
Pero eso formaba parte del pasado. Estaba embarazada. Y él tenía dudas. Estaban en un impasse y, por el momento, no había nada que hacer al respecto.
La empleada le llevó una deliciosa ensalada y pan recién horneado para cenar. Cuando había sonado el teléfono un rato antes, Cass había corrido a responder, pero había resultado ser el chef de Marco, que quería preguntarle qué le apetecía comer y dónde iba a tomarlo. Ella le había contestado que prefería quedarse en su habitación. No se imaginaba sola en el salón ni en el comedor.
Después de picotear un poco, apartó la ensalada. Atravesó la habitación y abrió la puerta. Todo estaba en silencio, así que imaginó que el servicio se había marchado a casa. Tomó la bandeja y fue a dejarla a la cocina, y allí se encontró al cocinero y a la criada, cenando.
–Lo siento… No pretendía…
Ellos la miraron mientras retrocedía. La cocina era su territorio, no el de ella, y se lo hicieron saber con sus miradas hostiles. Aquello no tenía nada que ver con la finca de Marco en la Toscana, donde Maria siempre la había recibido amablemente en la cocina.
En Roma faltaba algo que Cass había encontrado en la cocina de Maria, corazón. Deseó poder estar en la Toscana, donde todo era más relajado y Maria y Giuseppe la trataban como si fuese de la familia.
Aunque sospechaba que Marco no podría vigilarla en la Toscana.
Se abrazó y volvió a su habitación. Tenía frío y se sentía perdida. Y estaba allí encerrada. Hasta que no se le pasasen las náuseas, no podría buscar trabajo.
La vista más allá de las ventanas, que iban del suelo al techo, parecía reflejar sus sentimientos. El cielo estaba gris y los grandes paneles de vidrio estaban salpicados de gotas de lluvia. Apoyó las manos en la superficie fría y miró a lo lejos, sabiendo que Marco estaba allí, en alguna parte, pero ¿dónde? Cass no sabía con quién estaba, ni si iría a dormir esa noche.
Y no era asunto suyo.
Sin más que hacer, decidió darse un baño en la enorme bañera, que tardó diez minutos en llenarse. El baño duró solo dos. Salió de la bañera, tomó una toalla y se fue a la cama. Tapada hasta la barbilla, miró a su alrededor. Era la habitación más lujosa en la que había dormido. Y a ella le parecía una cárcel.
Pasó un par de noches fuera del ático, sabiendo que Cassandra estaría bien cuidada. Su servicio tenía instrucciones de no dejar que nadie entrase.
¿Ni saliese?
Cassandra necesitaba descansar. Marco había sido firme en relación a eso. Había estado esforzándose demasiado y todavía no estaba bien. Él le había pedido cita con uno de los mejores médicos de Roma, un hombre conocido por su discreción. Hasta entonces, Cassandra estaría en casa. Él le había mandado un mensaje con el número de teléfono del médico, por si necesitaba llamarlo, y también con su propio número, en caso de emergencia.
Gracias. Había sido su respuesta.
No le extrañaba que fuese brusco con ella. Él tampoco era un maestro de las palabras. Cuanto menos dijese, mejor. Recordó cómo su madre, borracha, le había confesado que el hombre al que él llamaba papá jamás volvería a aceptarlos en casa. Marco siempre había pensado que las vergonzosas confesiones que su madre le había hecho con ocho años lo habían marcado de por vida. Desde entonces, nunca había compartido sus sentimientos con nadie. Y tampoco iba a imponerle a nadie ese tipo de situación.
Su vida había cambiado completamente con tan solo ocho años. De haber tenido dos padres cariñosos, aunque distantes, había pasado a tener que cuidar de su madre alcohólica y a estar lejos de sus dos padres, aunque nunca hubiese tenido noticias del encargado de mantenimiento que había dejado embarazada a su madre.
Miró el teléfono y se sintió tentado de llamar a Cassandra, pero decidió no hacerlo. Era mejor mantener las distancias con ella.
¿Durante cuánto tiempo iba a hacerlo?
Sonrió y estiró su cuerpo desnudo en la cama. La reacción de su cuerpo cuando pensaba en ella le hizo pensar que no sería demasiado.
Oyó que alguien abría la puerta principal poco después de que el servicio se hubiese marchado. Desde que estaba allí, había pensado en ellos como sus carceleros, si bien tenía que admitir que había disfrutado del descanso. Lo había necesitado. Al bajar el ritmo se le habían calmado las náuseas, tal y como había predicho el médico. Se puso tensa al oír pasos acercándose. ¿Quién más tenía llaves? Tenía que ser Marco. Se le aceleró el corazón. Era la primera vez que lo veía desde que se había instalado en el ático. Se pasó los dedos por el pelo y se mordió los labios para darles color, y se enfadó consigo misma por ello. Al fin y al cabo, se suponía que estaba descansando.
–¿Puedo pasar?
¿Para qué había preguntado, si ya estaba dentro de la habitación?
A Cass le latía tan rápidamente el corazón que no se atrevió a responder. Quería estar enfadada con él porque no le había dicho cuándo iba a volver, ni si iba a volver, pero al mismo tiempo estaba ansiosa por tener compañía, la compañía de Marco, y el corazón le había dado un vuelco al verlo, aunque parecía más misterioso y amenazador que nunca con aquel traje hecho a medida.
Y más distante. Procedían de mundos muy distintos.
–No es demasiado tarde, ¿verdad? –le preguntó él.
Ella pensó que sí mientras se hundía en las almohadas de la cama y lo veía avanzar por la habitación. Era tan guapo, tan moreno, tan cautivador, y tan peligroso al mismo tiempo. Cass decidió que no iba a dejar que viese lo mucho que la afectaba.
–No te esperaba esta noche –admitió, abrazando una almohada contra su cuerpo casi desnudo.
–No te dije cuándo iba a volver –contestó él.
–¿Has tenido un buen viaje?
–Sí, querida –respondió Marco, recordándole que adónde fuese y lo que hiciese no era asunto suyo.
Cass contuvo la respiración mientras él se acercaba más. No iba a salir corriendo ni iba a retroceder. Ella no era así. Estaba allí por voluntad propia, con intención de recuperar la salud. Aquel era el motivo por el que Marco la había llevado a Roma… ¿O no?, se preguntó, consciente de cómo la miraba. Supo que debía ignorar aquella mirada, pero su cuerpo la traicionó. Y no era su cuerpo el único que lo deseaba. También era su alma, su ser, su esencia. Porque Marco era el padre de su hijo. Su alma gemela. Y Cass quería estar con él, quería volver a estar entre sus brazos. Quería perderse en él, ser una con él.
Marco se sentó en la cama. No dijo nada. No hizo falta. Se limitó a abrazarla.
–Si no quieres que lo haga, dímelo y pararé –le susurró con voz ronca.
Tal vez Cass apoyó las manos en su pecho a modo de suave protesta, pero no lo empujó con fuerza porque no quería apartarlo. No sabía si era culpa de las hormonas, pero no podía ignorar cómo la hacía sentirse Marco. No se trataba del sexo, sino de cómo se sentía cuando estaba con él.
Lo ayudó a quitarse la chaqueta y lo vio aflojarse la corbata. Se quedó sin respiración cuando volvió a abrazarla, y gimió cuando le metió la mano por debajo de la camiseta del pijama para acariciarle un pecho. Tomó aire y se preguntó si podría volver a respirar con normalidad.
–Tienes los pechos más grandes –comentó Marco, jugando con un pezón–. Me gusta.
Y él era impresionante. Desnudo y completamente excitado, Marco di Fivizzano era un hombre grande y hosco, que no tenía nada que ver con el pulido hombre de ciudad que parecía. Aquel era el hombre que levantaba sacos de arena y que cortaba troncos. Era el padre de su hijo. Y Cass lo deseaba, sin preguntas, críticas ni quejas, lo deseaba de la manera más primitiva posible. Quería ser uno con su pareja.
Le sorprendió que se agachase a su lado y pusiese la mano con cuidado en su vientre. Marco inclinó la cabeza y le dio un beso donde había tenido la mano. Cass contuvo la respiración, pero cuando Marco se apartó volvía a ser el Marco amante. No obstante, por un momento, había sido otra persona, una persona cariñosa. Alguien a quien Cass quería como padre de su hijo.
No tardó en distraerla enterrando el rostro entre sus pechos, agarrándole las muñecas con una sola mano y poniéndoselas encima de la cabeza. Después utilizó las manos y la boca para darle placer.
–¿Es esto lo que quieres? –le preguntó en voz baja mientras pasaba los dedos por su cuerpo.
–Sí –le confirmó ella temblando.
Marco le bajó los pantalones del pijama y los tiró. A esas alturas, Cass ya estaba loca de deseo y él sabía cómo complacerla.
–Me parece que ya vuelves a estar sana –observó Marco.
–Eso parece, sí.
–¿Te encuentras mejor?
–Todavía no.
Él sonrió.
–¿Quieres más?
–Sí, por favor…
Marco colocó un muslo entre sus piernas y ella gimió con impaciencia mientras lo veía colocarse encima.
–Tendré cuidado –le prometió él.
Cumplió su palabra y Cass descubrió lo extraordinario que podía ser el sexo tranquilo. Marco lo aprovechó para prolongar su placer lo máximo posible y rio cuando ella lo sorprendió gritando y retorciéndose bajo su cuerpo.
Cuando por fin se calmó, él volvió a penetrarla e hizo que se perdiese otra vez. La última vez que hicieron el amor antes de que Cass se quedase dormida fue tan fuerte que Cass pensó que iba a perder la conciencia. Y solo despertó cuando Marco se levantó de la cama.
–¿Adónde vas? –le preguntó, tendiendo la mano para que volviese.
Cass estaba saciada, pero se sentía sola en una cama tan grande, sin él.
–Tienes que dormir –le dijo él, inclinándose a darle un beso en la mejilla–. Y yo también. Mañana tengo mucho que hacer, pero no te preocupes, volveré por la mañana para ver si necesitas algo antes de que me marche.
Le sonrió de manera sensual y salió de la habitación.
Era tan guapo, tan desinhibido, pero que se encerraba tan rápidamente en sí mismo. Aquella había sido una noche maravillosa para ella por todo lo que había sentido, pero ¿y Marco? ¿Sería solo sexo a demanda para él?
De repente, Cass se sintió vulnerable y se preguntó si se había postulado a amante a corto plazo para Marco di Fivizzano. ¿Qué otra cosa podía hacer una jardinera a tiempo parcial en la vida de un multimillonario?
Cuanto más lo pensaba, más convencida estaba de que se había dejado llevar por la pasión. Estaba viviendo en casa de Marco por voluntad propia. Estaba bajo su protección. Solo podía aferrarse al beso que este le había dado en el vientre, pero incluso aquello empezaba a preocuparla. Un hombre como Marco di Fivizzano necesitaba un heredero. ¿Y si le convenía que ella se hubiese quedado embarazada?
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