Atada a él
Capítulo 14
Una cosa siguió a otra, como si el destino estuviese en su contra. Nunca había tenido tanto trabajo, y cuando tuvo que viajar al Reino Unido a ver unas propiedades que quería comprar, no supo qué hacer. Había intentado mantener las distancias con Cassandra. No tenían futuro juntos, así que lo mejor sería evitar avivar antiguas llamas.
Mientras tanto, ella parecía estar muy bien. Volvía a ser independiente y, para frustración de Marco, no lo había llamado ni una vez. Estaba diseñando jardines, le habían dicho, y se encontraba bien. Sin él.
De todos modos, no tenía nada que ofrecerle a su hijo, salvo dinero.
Intentó concentrarse otra vez en el trabajo, pero no pudo. Tenía la sensación de que estaba perdiendo algo muy valioso. ¿Podía cambiar las cosas? ¿O iba a repetir los errores de su padre, todo por culpa del orgullo?
Echaba de menos a Marco más de lo que se podía expresar con palabras. Era como si se hubiese sentido completa y, de repente, le hubiesen arrancado un órgano vital. No obstante, sabía que no podría ayudarlo hasta que él mismo quisiera ayudarse. Odiaba admitirlo, pero estaba convencida de que no podía hacer nada más.
Aunque no era una mujer hecha para admitir la derrota. Sonrió y se mordió el labio al imaginárselo en su elegante despacho, cómodamente sentado, mientras que ella estaba allí, helada de frío, intentando arreglar un jardín.
Sabía que Marco podía hacerle la vida muy fácil.
Pero no estaba en venta. Eso, si es que Marco todavía quería saber algo de ella cuando naciese el bebé. No tenía ni idea de lo que este iba a hacer. Era posible que, cuando se demostrase que era el padre del niño, quisiese luchar por su custodia.
Las Navidades iban a ser muy largas y solitarias. Esperaba volver a ver a Marco alguna vez, pero era probable que aquello no ocurriese hasta después de Año Nuevo, hasta que diese a luz.
Leyó el último informe que le habían enviado del Reino Unido, en el que decía que no había novedades ni nada de qué preocuparse, pero aquel día necesitó oírlo de labios de Cassandra.
La llamó por teléfono, pero no obtuvo respuesta. ¿Estaría ignorando sus llamadas? No iba a esperar a averiguarlo.
Le había dado vacaciones al piloto, así que pilotó el avión hasta Londres él mismo. Se sintió bien haciéndolo, hasta que salió del aeropuerto y vio a varios paparazzi esperándolo. Lo primero que le preguntaron fue si iba a ir directo al hospital. Marco miró su teléfono. Tenía siete llamadas perdidas de Cassandra y tres de su equipo de seguridad. Y sabía lo que significaba aquello. Había una cosa que no podía controlar, y era el nacimiento de su hijo.
Se dirigió al hospital Giuseppe y subió directo a la planta de maternidad. Estaba hecho un manojo de nervios, tenía miedo por Cassandra y quería verla. Tenía que verla, pero a pesar de que enseñó su pasaporte, no lo dejaron entrar.
–La señorita Rich es muy capaz de cuidarse sola, –le dijo una enfermera con firmeza–, y en estos momentos no necesita más estrés.
–No he venido a estresar a Cassandra –insistió él, pero tardó un buen rato en conseguir que lo dejaran pasar al paritorio.
Con el corazón en un puño, se dijo que por fin estaba con ella. La miró y pensó que parecía muy joven, demasiado joven para estar pasando por aquello.
–Marco… has venido –lo saludó, y se le iluminó la mirada mientras le tendía la mano.
Fue su mirada lo que lo detuvo. En ella había amor, confianza y gratitud, y él no merecía nada de aquello y no podía, no quería, alentarlo.
–¿Marco? –repitió Cass, preocupada.
Una comadrona lo apartó del medio.
–Puede sentarse aquí –le dijo–. O quedarse de pie, si no se va a marear.
Él fulminó a la señora con la mirada.
–¿Me puede dar la mano? –sugirió Cassandra.
–¿Quiere darle la mano? –le preguntó otra comadrona, como si dudase que fuese a hacerlo.
Marco imaginó que no tenían una buena opinión de él, probablemente por la información que hubiesen leído en la prensa.
–Por supuesto que quiero, y debo –respondió.
En un instante estaba al lado de Cassandra. Entendía que esta estuviese sufriendo, y que necesitase que alguien la reconfortase. Y también entendía que, siendo una experiencia que daba tanto miedo, era mejor compartirla con alguien. Era la mirada de Cassandra lo que lo desconcertaba. ¿Cómo podía sentir aquello por él, sabiendo que no podía ser correspondida?
–¿Qué puedo hacer, que sea práctico? –le preguntó a la comadrona.
Se sentía como un inútil, al lado de la cama sin hacer nada.
–Estar ahí para ella. No tiene que hacer más. Si le pide que se marche, se marcha. Y si nosotras le pedimos que se marche, se marcha todavía más deprisa. ¿Entendido?
Él apretó la mandíbula y asintió.
La eficiencia y serenidad del equipo lo impresionó. Cassandra era el centro de atención, y estaba haciendo todo lo que se esperaba de ella. Prácticamente en silencio, le apretó la mano con fuerza increíble, y le hizo formar parte de aquella experiencia.
Entonces oyó llorar al bebé.
–Tu hijo –dijo la comadrona, ignorándolo a él y dejando al niño en brazos de Cassandra.
Esta lo miró maravillada.
–Oh, Marco…
Cassandra no podía apartar la vista del rostro del bebé y él se sentía aturdido. La expresión del rostro de Cassandra era nueva para él. Aquella situación era nueva para él. Y no había escapatoria. Se sintió consumido por el momento. No sabía qué decir, y dudaba que hubiese podido prepararse algo con antelación.
–¿Qué te parece? –le preguntó Cassandra sin mirarlo.
–Me parece que está sano –comentó él–. Y fuerte.
–Es precioso. Apuesto a que tú eras exactamente igual cuando naciste, Marco.
Levantó la vista y le sonrió, y la expresión de su rostro lo reconfortó.
–¿Quieres tomarlo en brazos?
–No sé si debería –respondió, nervioso.
–Por supuesto que sí –le dijo la comadrona, tomando al niño de Cassandra y poniéndolo en sus brazos.
Lo sujetó con cuidado y tomó aire. Lo miró y tuvo la sensación de estar viendo a alguien que ya conocía después de mucho tiempo. Fue un momento especial, como un toque de atención, y también un dilema al que no había esperado enfrentarse. Había pensado que no sentiría nada, pero tenía el corazón acelerado, a punto de estallar.
El niño lloró.
–¿Marco?
Cassandra parecía preocupada… por él.
Marco consiguió devolverle al niño con movimientos rígidos.
–Gracias –dijo, incómodo.
No había palabras para expresar aquello.
–Es hijo tuyo, Marco –comentó ella, mirando el rostro del niño–. No hay confusión posible, ¿verdad?
–No la hay –intervino la comadrona, sonriendo de oreja a oreja mientras miraba al bebé.
–Todavía no es seguro –dijo él, a pesar de que el instinto le aseguraba lo contrario y eso lo asustaba.
¿Podría proteger al niño, cuando no había sido capaz de proteger a su madre? ¿Podría quererlo como su supuesto padre no lo había querido a él? Se sentía completamente abrumado.
Cuando dijo aquello, todo el mundo se quedó inmóvil en la habitación, como si nadie pudiese asimilar lo que había dicho, como si no entendiesen por qué lo había hecho, sobre todo, en un momento tan inoportuno.
–Solo la ciencia puede demostrar que es mío –añadió, encogiéndose de hombros.
La comadrona lo miró como si quisiera pegarle.
–Marco –murmuró Cassandra, dándole el bebé a la comadrona y girándose hacia él–, no tengas miedo.
Él se puso tenso y la miró como si no la conociese.
–Tengo que irme.
–¿Tienes?
Cassandra le imploró con la mirada que se quedase.
–Sí, sí, tengo que irme. No sabía que esto iba a llevar tanto tiempo. Tengo reuniones…
–Ya –contestó ella–. Siento haber tardado tanto.
Marco sintió vergüenza al oírla disculparse. Tenía que salir de allí si no quería arruinarle la vida. Necesitaba tiempo, y espacio, para aceptar la realidad, que el amor lo aterrorizaba, como lo aterrorizaba perderlo, y perder a Cassandra. Estaba acostumbrado a reprimir sus sentimientos desde niño, y en esos momentos sentía que se ahogaba, precisamente cuando Cassandra estaba más vulnerable, cuando más lo necesitaba.
–Pediré que hagan la prueba de ADN lo antes posible.
–¿Vas…?
Cassandra se quedó boquiabierta.
–Márchese ya –le espetó la comadrona, mirando hacia la puerta
Él no se movió. Cassandra se había puesto pálida, pero de repente, la sorpresa se tornó en ira y se incorporó con fuerza.
–¡Primero consigue una orden judicial! ¡Después tendrás la prueba de ADN!
Una enfermera corrió a su lado, a tranquilizarla, y la comadrona lo empujó a él hacia la puerta.
–Márchese –repitió en voz baja, fría.
Tenía razón. Era un monstruo. Siempre lo había sabido. Era un monstruo que no merecía amar ni ser amado.
Se quedó inmóvil al otro lado de la puerta. No sabía qué vida estaba destrozando, tal vez la de todos. No obstante, el daño ya estaba hecho y tenía que seguir adelante. Hizo una llamada para organizar la prueba y le dijeron que tendría el resultado en unas horas.
Iban a ser las horas más largas de su vida.
Salió del hospital y pasó entre los paparazzi sin hacer comentarios. Eran poco más de las cuatro de la tarde y ya era de noche. Decidió no meterse en el coche, sino caminar. Las calles estaban llenas de viandantes que estaban haciendo las últimas compras de Navidad y los fotógrafos pronto se cansaron de seguirlo. Decidió pensar en cosas prácticas y se dijo que tendría que poner seguridad a Cassandra y al niño. Sacó el teléfono e hizo las gestiones necesarias. El ambiente que lo rodeaba era navideño, pero él se sentía aturdido, hasta que se cruzó con una pareja joven que salía de unos grandes almacenes. El chico le estaba poniendo a la chica su bufanda.
–Toma, no quiero que te enfríes.
–¿Y tú? –le preguntó ella.
–No la necesito. El amor me mantiene caliente.
A Marco le sorprendió sentir que una conversación tan cursi le encogía el corazón y, por un instante, no entendió el motivo, pero entonces recordó y los ojos se le llenaron de lágrimas. Decidió entrar en los grandes almacenes y compró la bufanda de más abrigo y más colorida que pudo encontrar.
–Envuélvala para regalo, por favor.
No era un gran regalo, pero era un vínculo vital entre su pasado y lo que había ocurrido aquel día, y su cabeza quería desesperadamente que significase algo para Cassandra. Cassandra, que era su vida.
También fue su única preocupación mientras salía del edificio. No podía creerse que se hubiese marchado del hospital y la hubiese dejado sola.
Como el parto había ido bien y el bebé estaba sano, no tardaron en darle el alta, así que, antes de que pudiese darse cuenta, Cassandra estaba en un taxi con su hijo, Luca. Le había puesto un nombre italiano por su padre, al que tanto se parecía.
Sentía pena por Marco. Le daba pena que no pudiese ni siquiera querer a su hijo.
El taxi se detuvo delante de su casa y Cass se preguntó qué estaría haciendo Marco en esos momentos. La llegada a casa con el niño era un momento muy especial.
El taxista, muy amable, la ayudó a bajar. Y Cass le dio las gracias y se despidió, sabiendo que cuando entrase en casa estaría sola con su bebé.
Sintió cierta aprensión, pero supo que la superaría. Pensó que encendería el ordenador y buscaría información acerca de cómo cuidar a Luca.
Se sintió mejor. Estaba agotada y deseando meterse en la cama, pero antes tenía cosas que hacer, y después tenía que pensar en el futuro.
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