Atada a él
Capítulo 4
POR motivos obvios, Marco se sintió muy tenso a la hora del desayuno. Cassandra, por su parte, parecía completamente relajada.
Gimió en voz alta.
–Perdona, ¿no querías huevos otra vez? –le preguntó ella.
–No, me parecen bien los huevos. Gracias.
Marco se sentó e intentó no pensar en lo que había visto la noche anterior.
–Mis conocimientos de cocina son bastante básicos –añadió ella–, pero Maria volverá hoy y mañana ya tendrás mejores comidas.
Se inclinó para guardar una sartén y los pantalones vaqueros cortos se ciñeron a su trasero. Él deseó ir por detrás y apretar su cuerpo contra el de ella.
–¿Más pan? ¿Huevos? ¿Café?
–No. Gracias.
Cuando se giró hacia él, Marco no estaba pensando en el desayuno, sino en acostarse con ella. Se imaginó sus largas piernas alrededor de la cintura, sus gemidos de placer alentándolo a continuar mientras él la hacía llegar al orgasmo, a varios orgasmos, se corrigió. La vio llevarse una mano a la frente.
–¿Ocurre algo? –le preguntó.
–¡Pastillas para el lavavajillas!
–¿Perdona?
–Que no quedan –explicó Cass, frunciendo el ceño.
Menuda mujer fatal. Y, no obstante, cada vez la deseaba más.
Marco di Fivizzano la estaba volviendo loca. Se puso a limpiar el jardín después de la tormenta mientras ella iba al supermercado. Estaba sin camisa y con un hacha en la mano, y era como todas sus fantasías hechas realidad. Aunque lo cierto era que no sabía mucho de él, solo que era tan rico y poderoso que podía mantener su pasado completamente en secreto. No obstante, Cass sentía curiosidad. Todo el mundo tenía una historia interesante, pero Marco no permitía que nadie se le acercase lo suficiente como para llegar a ella.
Maria salió apresuradamente de la casa, interrumpiendo sus pensamientos. Debían de haber llamado a Marco por teléfono, porque este soltó el hacha y entró en la casa.
«Qué injusta es a veces la vida», pensó Cass con amargura. Aunque siempre había otra oportunidad…
Pasó la tarde en el pueblo, pero volvió a casa en cuanto pudo porque todavía tenía que trabajar. Cuando llegó, encontró a Marco yendo y viniendo por la cocina, esperándola.
–Deja eso ahora –le dijo, al ver que empezaba a colocar la compra.
–¿Qué ocurre? –le preguntó ella, frunciendo el ceño.
–Tenemos que hablar.
Aquello la alarmó. Se preguntó si se iba a quedar sin trabajo, con lo mucho que le gustaba.
–Ven a mi despacho –añadió.
Ella lo siguió. La habitación estaba en silencio y muy recogida. Los muebles eran caros, muy caros. No la invitó a sentarse, aunque ella tampoco se habría sentido cómoda si lo hubiese hecho.
Marco fue muy directo.
–Necesito tu ayuda, Cassandra.
–¿En qué puedo ayudarte? –preguntó ella, diciéndose que solo podría aconsejarle acerca de algo relacionado con el jardín.
–Me han dejado tirado.
–Ah, lo siento.
–No has sido tú –replicó Marco con impaciencia.
Se acercó al escritorio, se apoyó en él y se cruzó de brazos.
Luego, la miró como si ella fuese un pastel y él estuviese mirando el escaparate de una pastelería.
A Cass no le gustó que la mirase así, así que decidió tomar la iniciativa.
–¿Qué puedo hacer por ti?
Marco se tomó su tiempo antes de responder. Mientras tanto, Cass lo estudió con la mirada. Se preguntó si nunca se afeitaba cuando estaba en la Toscana. Al parecer, allí se relajaba de verdad. Lo mismo que ella.
Tembló de deseo al darse cuenta de que Marco tenía la mirada clavada en sus labios. Se puso recta y adoptó una postura más profesional.
–Te necesito en Roma.
–¿En Roma?
–Y no tiene nada que ver con jardines –añadió él–. Todos los años presido una función benéfica.
–Ah.
–Es una cena –le explicó Marco–. Y necesito ir acompañado. Si no, habrá una silla vacía a mi lado.
«Y eso es impensable», pensó ella.
–Se suponía que la organizadora del evento iba a ser mi acompañante – continuó él, impaciente–, pero le ha surgido un problema familiar y no va a poder.
–Y entonces vas a tener un asiento vacío a tu lado –dijo Cass, frunciendo el ceño como si todo aquello fuese un misterio para ella.
–No, porque tú lo vas a ocupar.
–¿Yo? –preguntó Cass horrorizada.
No tenía ninguna intención de ir a una pomposa fiesta. Llevaba toda su vida adulta evitándolo.
–No sé qué es lo que te sorprende tanto –respondió Marco–. Solo te estoy invitando a que vengas conmigo a una fiesta.
Cualquier otra mujer se habría muerto de ganas de aceptar aquella invitación, pero Cassandra no. De hecho, lo estaba mirando como si le hubiese dicho que la iba a torturar.
–¿Una fiesta benéfica en Roma? ¿Una cena? –repitió ella, todavía con el ceño fruncido.
–¿Por qué te resulta tan difícil entenderlo? Limítate a decir que sí. Yo te proporcionaré la ropa adecuada, el peluquero y la manicurista. Podrás contar con los mejores esteticistas y estilistas, lo que necesites.
Ella abrió mucho los ojos y añadió:
–¿Es una broma?
–Hablo completamente en serio. Te acabo de invitar a que vengas conmigo al evento del año.
–Pues no puedo –insistió ella–. No puedo. Estoy segura de que no estaría a la altura.
–Seguro que sí.
–Lo dices en serio –comentó ella en voz baja–. ¿Me quieres a tu lado, en una fiesta benéfica en Roma?
–Sí –le confirmó él.
¿Cuántas veces tenía que decírselo.
Cass negó con la cabeza.
–Lo siento mucho, Marco, pero para mí ponerme un vestido y comportarme de manera educada es como para ti ensuciarte trabajando en el jardín.
–Pero si yo trabajo y me ensucio en el jardín –le recordó él, empezando a perder la paciencia–. Aunque, si no estás dispuesta…
Ella tenía el corazón acelerado. Pensó que Marco tenía que estar desesperado para proponerle aquello.
–Lo cierto es que donde yo funciono bien es en el jardín –le explicó con firmeza–. En una fiesta… no funciono.
–Yo te pagaré por las molestias.
–¿Me pagarás? ¿Cuánto? –preguntó en voz baja, pensando en su madrina.
Marco dijo una cantidad que hizo que Cass palideciera.
Tal y como había esperado, mencionar una gran cantidad de dinero lo cambiaba todo. Todas las mujeres tenían un precio, y él no iba a aceptar un no por respuesta.
Decidió presionarla un poco más.
–¿Qué vas a hacer cuando te marches de aquí y vuelvas a Inglaterra? ¿Volverás a trabajar en el supermercado?
–¿Por qué no? –preguntó ella–. Es un trabajo honesto, y tengo buenos amigos en él.
–También podrías hacer buenos amigos en Roma –replicó él con frustración–. Amigos con jardines maravillosos que necesitan muchos cuidados. Podrías conocer clientes en potencia en la fiesta.
Cass se quedó pensativa.
–¿De verdad?
–Te pagaré y, además, tendrás la oportunidad de conseguir nuevos clientes. No pienso que eso tenga nada de malo.
–Supongo que no… –admitió Cass, mordiéndose el labio inferior.
–Vas a venir.
–Imagino que podría ayudarte… Pero solo he traído un vestido…
–Ya te he dicho que yo te proporcionaré la ropa.
–Te la pagaré.
–El vestido y el resto de gastos entrarán en la paga. Y podrás quedarte el vestido después de la fiesta.
Ella se quedó pensativa y frunció el ceño.
–Tendrás todo lo que necesites –le prometió Marco–. Yo me encargaré de ello.
–¿En serio?
–Cassandra, yo nunca digo cosas que no pienso.
Estaba seguro de que le iba a contestar que sí.
–Necesito tiempo para pensármelo.
–No. Tienes que darme una respuesta ahora. ¿Sí o no?
No podía fingir que no estaba nerviosa solo de pensar que iba a volver al superficial mundo de la sofisticación que tanto daño le había hecho en su niñez, pero entonces pensaba que con el dinero que Marco le había ofrecido podría comprarle a su madrina un billete para Australia. Sabía que era una oportunidad magnífica, que no se le volvería a presentar.
Tuvo que recordarse todo aquello mientras entraba en uno de los hoteles más exclusivos de Roma, aunque no podía evitar tener la sensación de que Marco la había comprado. Aun así, Cass sabía que ella era solo una jardinera y que ningún vestido de diseño podría cambiar aquello.
No obstante, ya era demasiado tarde para preocuparse por eso. Estaba allí, con uno de los empleados de Marco acompañándola.
Se puso tensa cuando vio acercarse al gerente del hotel. A pesar de no recordar mucho de su niñez, estaba segura de haber estado en un lugar así de niña. No se acordaba de su madre, pero siempre había habido alguna mujer cerca. Su padre las había utilizado como objetos y, según la prensa, había poseído un magnetismo único que lo había hecho irresistible. «Como Marco». En el caso de su padre, aquello había dado pie a una serie de infidelidades que le había roto el corazón a su madre.
Ella se había prometido mantenerse lejos de aquel mundo y, sin embargo, allí estaba.
Tragó saliva de manera compulsiva mientras el gerente se inclinaba hacia ella y sonreía. Cass se recordó que aquello era una buena causa, y que iba a permitirle comprar un billete de avión para su madrina.
–Espero que le guste la velada, signorina –le deseó el gerente.
–Seguro que sí –mintió Cass.
El hotel era muy bonito. Estaba situado en una de las calles principales de Roma y era un lugar tan discreto como las etiquetas que marcaban la talla en un vestido de diseñador. A esas alturas del día, Cass sabía mucho de vestidos de diseñador, ya que había pasado la mañana en el taller de uno especializado en «el estilo de vestidos que le gustaba al signor Di Fivizzano».
Allí le habían tomado medidas para después preparar una toile con la que crearían varios diseños.
El signor Di Fivizzano podría tener un estilo favorito de vestidos, pero ella había dejado claro desde el principio que no se sentía cómoda con aquel juego. No quería grandes escotes ni vestidos demasiado ajustados. No le importaba lo exclusiva que fuese la tela, el corte tenía que ser el adecuado para ella.
–Yo la dejo aquí –comentó el hombre de Marco, inclinándose levemente ante ella–. Tiene media hora para instalarse antes de que lleguen sus asistentes.
–¿Mis asistentes?
Demasiado tarde. El hombre de Marco ya se había marchado.
El gesto del gerente del hotel era profesional y Cass se preguntó qué pensaría de ella, vestida con aquel vestido viejo, con un estampado horrible…
–¿Signorina? –le dijo–. No han reparado en gastos. Tres peluqueras la atenderán en nuestra mejor suite.
¿Tres peluqueras? ¿Acaso tenía tres cabezas?
Subieron al ascensor y cuando volvieron a salir estaban en un vestíbulo decorado de manera discreta, en tonos pasteles.
–No tardarán en llegar –añadió el gerente, abriendo la puerta de la habitación haciendo una floritura.
La habitación era al menos dos veces la casa de su madrina. Las vistas eran increíbles, pero ella solo podía pensar en Marco. Le bastó con mirarse al espejo para saber que aquella noche iba a estar completamente fuera de lugar, y que Marco no tardaría en darse cuenta de su error. Hacía falta mucho más que un equipo de esteticistas para arreglar aquello. Necesitaba un milagro.
Además, había otra cosa, ¿qué hombre se gastaría tanto dinero en una mujer sin esperar nada más a cambio? Cass no tenía intención de coquetear con su jefe, quería mantener su trabajo…
Se sobresaltó al oír que llamaban a la puerta. La abrió y retrocedió para dejar pasar a todo el equipo.
–¿Dónde está? –preguntó un hombre con un tupé color lavanda mirando a su alrededor.
Ella se apoyó en la puerta, agobiada, imaginando todos los defectos que aquel hombre le iba a encontrar.
–¿Es usted la signorina Rich? –añadió él horrorizado.
–Me temo que sí –respondió ella sonriendo.
El hombre no sonrió. Arqueó las cejas cuidadosamente depiladas y se inclinó para examinarla mejor.
–Será mejor que empecemos cuanto antes –dijo, apretando los labios–. Tenemos mucho que hacer.
–¿Qué instrucciones tiene exactamente? –le preguntó ella, mirando a su alrededor con nerviosismo mientras las esteticistas sacaban todos sus instrumentos de tortura.
El hombre del tupé lavanda consultó su teléfono.
–Haced lo que podáis con ella –ordenó.
Era evidente que Marco no esperaba mucho, pero eso le quitaba parte de la presión, así que Cass decidió resignarse a su destino.
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