Atada a él

Susan Stephens · Capítulo 17 de 17

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Atada a él

Epílogo

 

Tres años después…

–¿En qué piensas? –murmuró Marco, abrazando a Cass por la cintura.

–Estaba pensando que esto era inevitable –admitió ella, apretándose contra su cuerpo.

–¿Tú y yo?

–Nuestra familia, que viviésemos aquí, en la Toscana. No sé cómo no se me ocurrió desde el principio–. Y que Quentin y Paolo vengan a vernos de vez en cuando. Aunque a ti te pareció una locura cuando te propuse que intentásemos emparejarlos.

–¿Quentin y Paolo son buenos amigos?

–Más que eso, pienso yo.

–¿Y ahora están con el bebé?

–Mi madrina y nuestros amigos están ahora mismo con Luca y con la niña. La última vez que he ido a verlos estaban todos dormidos.

–Entonces, tenemos mucho tiempo –le dijo Marco, llevándola hacia la rosaleda que la propia Cassandra había diseñado antes de empezar a abrir los jardines al público el año anterior.

–No, Marco, son casi las dos y van a empezar a llegar visitantes.

–Qué pena, pero tienes razón.

Cassandra siguió su mirada, que estaba clavada a lo lejos, en el camino, por donde avanzaban los primeros visitantes de la tarde.

–¡Ya están aquí y ni siquiera me he cambiado de ropa!

–Ve, yo me ocuparé de ellos.

–Formamos un buen equipo –le gritó Cass mientras corría hacia la casa.

–El mejor –murmuró Marco contento.

Con Luca, de tres años, sentado en sus hombros y Cristina durmiendo muy cerca, Marco miró a su esposa, la mujer que le había dado sentido a su vida, que estaba mostrándole el jardín a varias personalidades locales y a otros jardineros.

Cuando los visitantes se fueron, ella le dio el té a los niños y él se puso a cortar leña. El invierno podía llegar a ser muy frío en la Toscana, y Marco quería que su familia estuviese caliente.

Una vez con los niños en la cama, Cass volvió a salir al jardín y vio a Marco con el torso desnudo, el hacha en la mano.

Al verla, fue hacia ella y entraron en la casa, que estaba en silencio.

Subieron a la habitación y Marco terminó de desnudarse para meterse en la ducha, pero agarró a Cass de la muñeca y se la llevó con él.

–¡Marco, estoy vestida!

–No por mucho tiempo, cara…

La besó lenta, apasionadamente.

–¿Sabes cuánto te quiero?

–Ni la mitad de lo que te quiero yo a ti. Estoy empapada.

Marco la derritió con su mirada y con la sensual sonrisa de sus labios.

–Mi esposa –le susurró al oído–. La madre de mis hijos. Mi amiga. Mi amante. La mujer a la que amo más que a la vida.

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