Atada a él
Capítulo 3
MISTERIO resuelto. Marco había ido a comer con el alcalde. Cass no supo si debía sentirse tan aliviada cuando Maria se lo contó. ¿Había sentido celos?
Estaba loca.
Se apartó un mechón de pelo de los ojos y se ofreció a terminar de recoger para que Maria y Giuseppe pudiesen ir directos a la fiesta del pueblo.
–Que no os pille la lluvia –comentó mirando al cielo, que se estaba oscureciendo.
Se despidió de ellos y pensó contenta que tendría toda la tarde para trabajar sola en el jardín, pero un rayo surcó el cielo y se dijo que era mejor no quedarse fuera. Lo que sí podía era hacer cosas en la cocina.
Había oscurecido muy deprisa y el ambiente estaba pesado. Las primeras gotas le salpicaron el rostro y recogió las herramientas para protegerlas del agua. Después fue directa a la puerta de la cocina, que atravesó ya completamente empapada. Tenía el tiempo justo para comprobar todas las ventanas antes de que la tormenta se desatase del todo.
Corrió al piso de arriba y el ensordecedor ruido de la tormenta hizo que se tapase los oídos. Encendió las luces y se sintió mejor, pero iba a volver a bajar al primer piso cuando la casa se quedó sin electricidad. Miró su teléfono. No había red.
Bajó las escaleras con cuidado y gritó al pisar un charco de agua fría, pero intentó tranquilizarse diciendo que la casa había aguantado varios siglos y que Marco la había reformado también, así que, aunque el río cambiase de cauce, no conseguiría llevársela con él. Estaba a salvo.
De repente se hizo de noche a media tarde y todo el mundo supo que iba a caer una buena tormenta. Marco se disculpó y salió de la recepción antes de tiempo. Llamó a Maria y Giuseppe para advertirles de que se quedaran en el pueblo, y estos le contaron que la signorina Rich no los había acompañado.
Seguía en la casa. Tal vez en peligro.
Cassandra Rich lo sacaba de quicio. Cualquier otra mujer habría corrido a ver los puestos del mercado, pero Cassandra no. No, había tenido que quedarse sola en la casa justo cuando iba a caer la tormenta del siglo. Si el río salía de su cauce, las autoridades cerrarían el puerto y él no podría llegar a casa. Había varios sacos de arena junto a la puerta de la cocina, y un generador de emergencia por si se iba la luz. Que era lo más probable.
Cuando salió a la calle ya estaba lloviendo. Se subió al coche y pensó que no tenía ni un minuto que perder. Fue el último coche en cruzar el puente.
Solo tenía una cosa en mente: que Cassandra estaba sola en la oscuridad y que, le gustase o no, era una de sus empleados y tenía que protegerla. Se la imaginó aliviada cuando lo viese llegar a rescatarla.
Nunca le había alegrado tanto ver la casa. Le gustó menos descubrir que el agua llegaba ya al primer escalón. Aparcó y fue hasta la puerta principal, metió la llave en la cerradura, pero no consiguió abrirla. Empujó con el hombro, pero tampoco se abrió. La casa estaba a oscuras. Miró a su alrededor y se preguntó dónde estaría. La llamó:
–¡Cassandra!
Miró por una de las ventanas, pero solo vio oscuridad, así que rodeó la casa y se detuvo en seco al ver la puerta trasera abierta.
–¿Te vas a quedar ahí parado o me vas a ayudar?
Entonces la vio en la otra punta de la cocina, completamente empapada, arrastrando un saco de arena por el suelo.
–Las velas se han vuelto a apagar –añadió a gritos–. ¿Puedes cerrar la puerta y encenderlas?
–¡Deja eso! –exclamó él, quitándose la chaqueta y acercándose a su lado–. Enciende tú las velas, yo me ocuparé del saco.
Ella lo apartó de un empujón y el breve contacto le causó un escalofrío.
–Si me quieres ayudar, toma otro saco –le gritó–. Supongo que el río se ha salido de su cauce.
–Es evidente –respondió Marco en tono seco, quitándole el saco de las manos y poniéndolo encima de los demás.
Aquel era el motivo por el que no había podido entrar por la puerta principal. Y Cassandra ya había empezado a enrollar sus alfombras persas.
–Ayúdame –le pidió esta con impaciencia–. Será más rápido si lo hacemos entre los dos.
–¿Has encendido ya las velas? –inquirió él.
–¿Es que no tienes educación? –replicó ella con el ceño fruncido.
Marco se incorporó, sorprendido. Era la primera vez que alguien le hablaba así.
–Empieza por darme las gracias –añadió Cassandra.
Un trueno interrumpió su discusión y con la luz de un rayo Marco se dio cuenta de que el gesto de Cassandra era de preocupación.
–Si no deja de llover pronto, nos hundiremos, literalmente –continuó ella–. Toma esto.
Le tiró una toalla para que limpiase el agua que se filtraba entre los sacos. La signorina no se había quedado en un rincón, esperando a que la salvasen, sino que controlaba completamente la situación. Sorprendentemente, a Marco le gustó aquello. Aunque lo cierto era que le gustaba ella. No podía evitarlo.
–¿Me vas a ayudar a enrollar las alfombras o no? –le preguntó Cass mientras Marco encendía las velas que había sobre la mesa del recibidor.
Él quería ayudarla en muchas cosas, pero enrollar alfombras no era su prioridad.
Todo fue bien hasta que Cassandra tropezó con una alfombra y él la sujetó para que no se cayese. Marco tardó un instante en darse cuenta de lo que le gustaba tenerla entre sus brazos. Notó cómo ella contenía la respiración, casi como si pensase que iba a besarla. ¿Se resistiría? ¿O se rendiría a la pasión? Le daba igual. Tal vez quisiera besarla, quizá estuviese desesperado por hacerlo, pero nunca sería tan autocomplaciente.
–Ten cuidado, no vuelvas a tropezar.
–¿Continuamos? –le preguntó ella.
Obligados a trabajar juntos, a Cass le sorprendió lo bien que se entendían. Para su sorpresa, formaban un equipo magnífico. Y era un placer ver a Marco esgrimiendo su gran fuerza física.
–Yo apartaré esas cosas del medio para que puedas llevar esa alfombra al comedor –le dijo, conteniendo la respiración al verlo echarse la alfombra al hombro como si no pesase nada.
Sus manos se rozaron. Sus cuerpos se tocaron. Sus respiraciones se mezclaron. Estaban peligrosamente cerca.
–Buen trabajo –añadió, retrocediendo.
Y dándose cuenta de que le había hablado como si sus papeles en la vida fuesen los opuestos. Se alejó de él.
–¿Adónde vas? –preguntó Marco.
–A la cama. Ya hemos hecho todo lo que podíamos hacer esta noche. Primero me voy a dar un baño, a ver si entro en calor. No hay electricidad, pero seguro que hay agua caliente en el calentador. Te prometo que no la gastaré toda.
–¿Un baño en la oscuridad?
–Me las arreglaré. Llevaré unas velas.
Él apoyó un puño en la puerta. ¿Estaba intentando impedir que saliese? De repente, había aumentado la tensión entre ambos.
–Tienes mucha prisa por marcharte.
–Tengo frío –respondió Cass, abrazándose y mostrándose frágil.
No supo si lo había convencido, pero al menos lo vio quitar la mano de la puerta.
–Lo has hecho muy bien –comentó Marco, echándose a un lado.
–Y ahora estoy helada –le recordó ella–. Si pudieses conseguir que volviese la luz…
–Ve a darte ese baño. Ah, y no te olvides de decirle a tu madrina que estás bien. Estoy seguro de que una tormenta así saldrá en las noticias internacionales. Avisa a todo el que pueda estar interesado.
–No hay nadie más –respondió ella–. Y hablaré con mi madrina en cuanto vuelva a haber red.
–Es evidente que la quieres mucho.
–Es la mujer más maravillosa del mundo. Me acogió…
–Cuando tus padres fallecieron –terminó Marco en su lugar, pensativo.
–Sí.
Cass apretó los labios, reacia a revelar más. ¿Cuánto sabría Marco?
–¿Y por qué la dejaste para venir a trabajar a la Toscana?
–El trabajo es estupendo –respondió Cass con toda franqueza–. Y no puedo seguir viviendo de ella. Me encontró esta oportunidad cuando me fui de mi anterior trabajo. Fue a través de una amiga suya que también es jardinera. Rechazarla habría sido de muy mala educación.
Aunque tal vez debiese haberlo hecho, pensó, nerviosa, mientras Marco seguía mirándola.
–Encontraré trabajo en otro supermercado cuando vuelva y, mientras tanto, este es perfecto para mí.
–Perfecto –repitió él sin rastro de emoción en la voz.
Tal vez quisiese saber más, pero Cass no estaba dispuesta a hablar de su vida personal con un extraño.
–No te enfríes –le recordó Marco.
Y Cass no necesitó que se lo dijese dos veces. Se marchó corriendo, sin mirar atrás.
Cuando Cassandra se marchó, él se quedó inmóvil, en silencio. Todavía sorprendido por cómo había manejado sola aquella situación, y más intrigado que nunca. Averiguaría más cosas acerca de ella. Se le daba muy mal aceptar órdenes, pero era un soplo de aire fresco. La quería en su cama. Entonces se recordó que seducirla no era buena idea. Nunca se acostaba con sus empleadas.
Calmó sus ansias siendo práctico. Encendió el generador y fue a valorar los daños del jardín. Las semillas habían sobrevivido, pero había varios árboles centenarios en el suelo. Pensó en contratar a Cassandra para que hiciese unas zanjas de drenaje.
Comprobó que los sacos de arena estaban cumpliendo su función y pensó que era increíble que Cassandra hubiese sido capaz de colocarlos sola. Se dio cuenta de que estaba intentando agotarse y dejar de pensar en ella, pero seguía deseándola. Cassandra Rich era la mujer más inquietante que había conocido. Tenía características de las que solía huir: era joven, demasiado ingenua, y no tenía ni idea de sus posiciones relativas en la vida. Y esto último le gustaba. Ya tenía demasiados aduladores a su alrededor. Cassandra Rich era real, concluyó, encogiéndose de hombros.
Rio mientras subía corriendo las escaleras. Y se quedó de piedra en la puerta de su habitación. La ventana estaba cerrada, pero las contraventanas se habían quedado abiertas y la luz de la habitación de Cassandra estaba encendida.
Jamás sabría por qué lo había hecho, salvo porque había visto fotografías en revistas y películas, además de imágenes en su propia cabeza, de cómo debía de ser la mujer, sofisticada y sexy, que debía de gustarle a un hombre como Marco. Ella no era así, pero no había nada de malo en fantasear con ello.
Tal vez fuese el calor de la noche y haber tenido cerca a Marco, pero lo suficientemente lejos, lo que había hecho que Cass decidiese explorar su propia sexualidad.
Bailó por la habitación mientras esperaba a que se llenase la bañera. En su imaginación, bailaba para él, que, por supuesto, babeaba.
En realidad sabía que a Marco nunca iba a gustarle una jardinera, pero a Cass le dio igual. Siguió soñando.
Se tomó un respiro y fue a mirar por la ventana. La luz de la habitación de Marco estaba apagada y la habitación, vacía. ¡Afortunadamente! Por un instante, le preocupó que pudiese estar observándola en la oscuridad, pero no. Así que siguió bailando en su escenario imaginario, bajo la luna…
Marco se quedó hipnotizado mientras Cassandra empezaba a desvestirse. Estaba de espaldas a él y estaba haciendo un striptease lento y bastante habilidoso. Cuando se quitó la camiseta, Marco se lamentó de no tener un mejor ángulo de visión, aunque su imaginación le proporcionó todo lujo de detalles y él gimió al pensar que se iba a pasar otra noche sin dormir.
Cass tiró la camiseta al suelo y se quitó la goma que le sujetaba el pelo, que cayó en cascada sobre su espalda. Pasó las manos por él y se estremeció al sentirlo sobre los hombros, como si el roce del pelo sobre su piel desnuda la excitara. Sin dejar de moverse sensualmente, se desabrochó los pantalones vaqueros y se los bajó. Arqueó la espalda y Marco tuvo la sensación de que hacía el gesto para intentar conseguir su aprobación. La tenía.
Se quedó inmóvil mientras terminaba de quitárselos. Eran muchas las mujeres que habían intentado seducirlo y muchas lo habían conseguido, pero ninguna le había hecho sentir semejante deseo. Se quedó obnubilado viendo cómo se pasaba las manos por los pechos y las detenía allí, como disfrutando de la tersura de sus pezones tanto como él. Que se los pellizcase lo enloqueció. Si aquello duraba mucho más, no lo iba a soportar.
Se puso tenso al ver que sus manos bajaban hacia la curva del vientre. Aquella era otra zona que también le gustaría explorar. Cassandra bajó la mano más, pero la volvió a subir. Y Marco se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Parecía una chica inocente, pero en esos momentos su comportamiento era el de una mujer muy sensual, que sabía perfectamente cómo atormentar a un hombre. Además de ser fuerte y directa, atractiva y femenina, había resultado ser la mujer más erótica y provocadora que había conocido. Se fijó entonces en el movimiento del brazo derecho. ¿Se estaría dando placer? Jamás le había excitado tanto observar a una mujer. Estaba agonizando.
¿Qué estaba haciendo?, se preguntó Cass sorprendida, poniendo fin bruscamente a su actuación.
Tenía que haber estado metida en la cama y solo podía culpar de su comportamiento a la tensión que había tenido durante la tormenta. Esta ya había pasado y aquella casa, que cada vez le gustaba más, había sobrevivido.
¿Se había vuelto completamente loca? Ni siquiera había cerrado las ventanas…
Tomó la toalla que había preparado para después del baño y se tapó con ella. Luego se giró para comprobar que no la había visto nadie.
Las contraventanas de Marco estaban cerradas, gracias a Dios.
¿Cerradas? ¿También habían estado cerradas antes?
No lo podía recordar. De lo único que se acordaba era de que su habitación había estado a oscuras. Tal vez ya habían estado cerradas entonces. Sí, seguro que sí.
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