Atada a él
Capítulo 16
Sé RAZONABLE, Cassandra. Deja que vea a mi hijo. –No. No lo puedes tener todo, Marco. Piensas que le interesas a todo el mundo por tu dinero, incluso a la madre de tu hijo, y eso dice muy poco de ti. Tal vez seas el jefe de Fivizzano Inc., pero este es mi territorio, mi casa, y todavía estoy esperando que me digas qué papel tienes pensado desempeñar en la vida de Luca.
–Pretendo ser su padre a tiempo completo si vienes conmigo a Roma.
Frunció el ceño.
–¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? Vivirías con todos los lujos…
–No entiendes nada y no puedo ayudarte. De niña vivía en una casa enorme, parecida a tu casa de la Toscana, pero no he sido más infeliz en toda mi vida.
–Eso no te ocurriría en Roma –le aseguró Marco.
–No, pero no sería feliz. Y no quiero que Luca crezca con la incertidumbre con la que crecimos nosotros. Tengo que hacer todo lo que pueda para proteger a Luca, y pienso que voy a hacerlo mejor aquí que en Roma.
Él rio con amargura.
–¿No esperarás que lo deje yo todo para venir aquí?
–No. Soy realista y sé que no puedes hacer eso.
–Entonces, ¿qué solución planteas, Cassandra?
–No lo sé –admitió ella, sacudiendo la cabeza.
La vio abatida y eso le afectó. Nunca había visto a Cassandra así. ¿Era por su culpa? ¿Le había robado la seguridad y la confianza? Si era así, jamás se lo perdonaría.
–Yo haré lo que tú quieras –le dijo.
–¿Lo que sea?
–No quiero perderte. No puedo –le dijo él en voz baja.
Guardaron silencio unos segundos, hasta que Marco recordó lo que tenía en el coche.
–Tengo una cosa para ti. Un regalo de Navidad, aunque no es mucho.
Cassandra sacudió la cabeza, preocupada.
–Yo no tengo nada para ti.
Él se echó a reír.
–Si ya me has hecho el mejor regalo del mundo. Me has dado un hijo. ¿Quieres ver mi regalo?
–¿Porque no vamos a ver cómo está nuestro hijo primero?
Marco se lo dijo todo con la expresión de su rostro. Estaba tan implicado en su futuro como ella, y aunque no iba a ser fácil, encontrarían la manera de hacerlo funcionar.
Después, Marco salió al coche a por el regalo y se lo dio.
Cassandra lo abrió y se quedó en silencio.
–¿Puedo…? –le preguntó.
–Por favor –dijo ella.
Y Marco le puso la colorida bufanda de cachemir alrededor del cuello.
–Me encanta –susurró Cass–. Gracias.
Él se inclinó hacia delante y le dio un beso en los labios.
–Te quiero.
–Y yo a ti, pero a veces no me lo haces nada fácil.
–Quédate conmigo, Cass. Mi vida no significa nada sin ti. Quiero que vivamos los tres juntos. No tiene por qué ser en Roma, ¿qué te parece la Toscana? Es mucho mejor que el niño crezca en el campo.
A ella se le iluminó el rostro.
–No sé cómo no se me había ocurrido antes –admitió Marco–. Cásate conmigo, Cassandra.
–¿Qué me case contigo?
–¿Por qué no? Yo solo quiero estar contigo, solo me importas tú, y lo que tú quieres, lo que piensas…
–¿Lo que yo quiero? Siempre he querido lo mismo. A ti, Marco. Te he querido desde que nos revolcamos por la alfombra la primera vez.
–Entonces, podemos formar una familia de verdad, y revolcarnos por la alfombra cuando tengamos algún rato libre.
–No creo que vayamos a tener muchos.
–Entonces, ¿es un sí?
–Luca tiene que saber lo que es el amor para siempre, y que va a tener a sus padres ahí para siempre, y si me puedes prometer eso…
El niño se puso a llorar y Cassandra tuvo que subir a ocuparse de él.
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