Atada a él

Susan Stephens · Capítulo 10 de 17

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Atada a él

Capítulo 10

 

 

Ala MAÑANA siguiente, Marco se marchó temprano, como había dicho que haría, pero no pasó por el dormitorio de Cass, como había prometido.

¿Para qué quería ella que fuese? ¿No era mejor mantener las distancias, como estaba haciendo él? Cass ya no sabía qué pensar…

El embarazo no la dejaba pensar con claridad. Nunca había dependido de nadie, salvo de su madrina y mucho tiempo atrás, y nunca se había quedado esperando a ver si un hombre quería sexo antes de salir de la cama. Si tanto se respetaba a sí misma, había llegado el momento de volver a recuperar su cerebro de antes de quedarse embarazada.

En el poco tiempo que llevaba viviendo en el ático de Marco, se había vuelto demasiado complaciente. Si seguía así, terminaría limpiándole los zapatos y preparándole el baño. Y ya ni siquiera tenía la excusa de las náuseas matutinas, así que lo que estaba haciendo era dejar pasar el tiempo.

Las cosas tenían que cambiar.

Llevó la bandeja a la cocina. ¿A quién le importaba lo que pensasen la criada y el cocinero de que hiciese las cosas por sí misma? Tenía unos brazos fuertes y unas manos con las que trabajar, no necesitaba que nadie corriese tras ella. Le dio las gracias al cocinero por el desayuno y se disculpó por no habérselo terminado con la excusa de que había cenado demasiado la noche anterior.

–Pero estaba delicioso –le dijo.

–¿Necesita algo más, signorina? –le preguntó la empleada.

–No. Gracias.

Cerró la puerta y no pudo evitar oírlos hablar.

–¿Le pasa algo a mi comida? –protestó el cocinero.

–Está embarazada –susurró la criada–. Por eso no le apetece comer.

–¿Ha dejado embarazada a una?

Cass se quedó inmóvil, y se puso tensa cuando los oyó reír.

–Ya iba siendo hora –añadió el cocinero, sin pensar en que Cass lo podía oír–. Un hombre así necesita un heredero.

Ella se estremeció al oír lo mismo que había pensado ella.

–No sé por qué ha elegido a esta –continuó la criada–, habiendo tantas mujeres de la alta sociedad que habrían estado encantadas de darle un hijo.

Hubo un silencio, y después la mujer añadió:

–Una noticia así tiene que valer dinero.

Cass había oído suficiente. No era quién para reprender al servicio de Marco, así que se mordió la lengua y se alejó.

 

La noticia de que el servicio le había sido desleal le llegó cuando estaba en una reunión. Su secretaria le mandó un mensaje de texto para que después no le sorprendiesen las noticias que aparecían en Internet. Marco se mantuvo aparentemente impasible, pero en realidad estaba furioso. Era un hombre discreto y no quería que nadie hablase de su vida privada. Tampoco había querido que hablasen de Cassandra, por eso no había contado que estaba en su ático. Había querido que esta viviese los últimos meses del embarazo tranquila, en privado. Nadie tenía que haber hablado de ella, mucho menos sus empleados, en los que había confiado hasta entonces…

–Mi secretaria selecciona a los posibles miembros del servicio, y se supone que vosotros tenéis que investigarlos –regañó a su equipo de seguridad–. Se supone que sois los mejores, por eso trabajáis para mí. Estáis despedidos.

Terminó la llamada mientras la persona que había al otro lado de la línea decía que había investigado tanto al cocinero como a la criada, pero que eran humanos.

Todo el mundo tenía un precio, admitió Marco enfadado, mientras anulaba su siguiente cita con aparente tranquilidad. ¿Por qué era tan fácil hacer negocios, y tan complicado todo lo relacionado con Cassandra?

¿Le preocupaba realmente que la gente hablase? ¿O por fin iba a tener que admitir que su vida estaba cambiando? Ya no volvería a ser la misma con un niño en la ecuación, un niño que, probablemente, fuese suyo.

«Posiblemente», se corrigió.

Se preguntó por qué no podía confiar en sus sentimientos. ¿Por qué no podía creer a Cassandra? ¿Por qué no podía dejar atrás el pasado?

Cuando llegó a casa ya habían despedido al personal de servicio del ático, pero no había ni rastro de Cassandra. El corazón se le aceleró mientras la buscaba. No tenía sentido que se hubiese marchado. ¿Adónde iba a ir? Llamó a varias empresas de taxis, pero nadie había llevado a una chica joven, inglesa y embarazada al aeropuerto, ni a ninguna parte.

Entonces, ¿dónde estaba?

Sin pensarlo, encendió la televisión y al ver las noticias empezó a andar de un lado a otro. Hablaban de Cassandra y de él. La fotografía que estaban utilizando de él le hacía parecer un demonio, sin afeitar y subido a una Harley. ¿De dónde la habrían sacado? En la fotografía de Cassandra aparecía un ángel, con el rostro pálido y un temperamento dulce. Una mártir entre sus manos. La prensa estaba exprimiendo la historia y él tenía que encontrar a Cassandra antes de que lo hicieran los paparazzi.

Demasiado tarde.

Las imágenes aparecieron en la pantalla. Marco no se entretuvo en apagar el televisor. Cassandra estaba en el parque que había al otro lado de la calle, rodeada de prensa.

 

Cass lo entendió. Con las manos metidas en los bolsillos de los pantalones vaqueros de embarazada y la cabeza agachada, siguió andando y se dijo que así era como debían de haberse sentido sus padres todo el tiempo, no solo un rato. Hasta entonces, nunca había entendido la presión a la que habían estado sometidos. Ella solo había saboreado la fama brevemente, o más bien la infamia, se corrigió, mordiéndose el labio.

Los periódicos se habían llenado de una niña pequeña jugando entre jeringuillas y botellas vacías, y todo eso había quedado en Internet y había sido utilizado por los matones del colegio. Ni siquiera su madrina había logrado protegerla de aquello. En sus turbulentos años de adolescencia, con las hormonas revolucionadas, había visto la fama de sus padres de un modo muy distinto, había imaginado que tenía que haber sido maravilloso llamar tanto la atención.

En esos momentos se dio cuenta de que no. Sus padres habían estropeado sus vidas con las drogas y el alcohol, y debían de haber tenido miedo a perder la fama. Y, entonces, una estúpida pelea había terminado con ambos muertos en la piscina. Cass todavía no podía creer que la causa de la misma hubiese sido cuál de los dos se iba a beber la última cerveza.

Pero debían de haber estado bajo una enorme presión, razonó mientras miraba atrás. Cass no era una persona fácil de intimidar, pero aquello la asustaba. Si los periodistas la estaban persiguiendo a pesar de ir con ropa premamá, con gesto asustado y el pelo recogido en un moño mal hecho, era que no tenían piedad. Se recordó que no les interesaba hacer fotografías bonitas, ya que suponía que no valían tanto dinero. Eran como hienas que se alimentaban de las miserias ajenas. Querían exponer ante el mundo a la amante embarazada de Marco di Fivizzano. Querían, sobre todo, una fotografía de su vientre. Casi le entraron ganas de reír al ver que un hombre se arrodillaba ante ella para tener un ángulo mejor.

–¡Esto es ridículo! –exclamó.

Y entonces empezaron a bombardearla a preguntas:

–¿Va a hacer una declaración?

–¿Sabe ya el sexo del bebé?

–¿Vivirá con Marco cuando nazca?

Y entonces, como por arte de magia, él apareció a su lado, protegiéndola con su fuerza y su poder, y solo su presencia hizo que el grupo que la seguía se dispersase.

–¿Se puede saber qué estás haciendo? –le preguntó, volcando su enfado con los paparazzi mientras abrazaba a Cass por los hombros.

Por una vez, Cass se dejó guiar.

–¿Tú qué crees? Quería tomar un poco el aire.

–Eso lo comprendo, pero ¿por qué no me has llamado?

–No quería preocuparte –admitió Cass–. Y no aguantaba en el ático ni un minuto más con unas personas que se estaban riendo de mí.

–¿El servicio? Los he despedido. Fue un error por mi parte, tenía que haber comprobado personalmente sus referencias.

–Yo no debería ser tan patética, pero el embarazo me tiene muy sensible.

Se giró y se alegró de ver que los periodistas estaban empezando a retroceder, probablemente gracias al mal humor de Marco.

–¿Piensas que esto es culpa del servicio del ático?

–¿Quién si no iba a avisar a la prensa? –respondió él mientras enseñaba su tarjeta de acceso en la puerta de entrada de su edificio.

Le sujetó la puerta a Cass y después la cerró delante de las hienas.

–Dijeron que podían sacar dinero con esto –recordó Cass.

–Es una apuesta a corto plazo –espetó Marco airadamente, esperando a que se abriesen las puertas del ascensor–. Porque no van a volver a encontrar trabajo en esta ciudad. De todos modos, ahora lo único que me interesa es saber cómo estás tú.

Ella lo miró y vio en sus ojos que estaba preocupado.

–Tu servicio reforzó mi opinión de que solo me habías utilizado para el sexo, para tener un hijo, un heredero.

Marco frunció el ceño todavía más.

–Necesitaba salir del ático para aclararme las ideas, y me ha ayudado, aunque no como esperaba. Me ha servido para entender cómo debieron de sentirse mis padres.

–Es la primera vez que hablas de ellos.

–Sí. Supongo que, como tú, llevo tanto tiempo intentando dejar el pasado atrás que no me resulta fácil hablar de él, pero después de tantos años, sigo sintiéndome culpable por su muerte.

–Tú también –murmuró él.

–De adolescente no los podía perdonar. Solo pensaba que mis padres me habían abandonado…

Se interrumpió al ver que Marco se había puesto muy tenso.

–¿He dicho algo que te ha molestado?

Él no respondió, pero apretó la mandíbula. Cass imaginó que se sentía igual que ella, y que tantos años de silencio no podían romperse en solo una noche.

–Hay algo más –continuó Cass mientras las puertas del ascensor se abrían.

–¿El qué? –preguntó Marco.

–Puedo ayudarte.

–¿Que puedes ayudarme? –repitió, mirándola con incredulidad mientras el ascensor los conducía al ático.

–No tienes tiempo para ocuparte de todo, por eso tenías a esa gente trabajando en tu casa…

–¿Y qué me sugieres?

Marco no estaba acostumbrado a que nadie lo retase. Qué pena, pensó Cass.

–Tienes que contratar a más personas como Maria y Giuseppe. Si me lo permites, yo te ayudaré a encontrarlas.

Marco sacudió la cabeza, divertido, y ella añadió:

–Serías mucho más eficaz si delegases. Tal vez no deberías ser tan distante, inténtalo con tus empleados y también conmigo.

La mirada de Marco le advirtió que retrocediese, pero no lo hizo.

Marco admiró su valentía. Después de la experiencia del parque, había pensado que se pondría a temblar y que solo querría pensar en sí misma, pero no, estaba pensando en otras personas. No obstante, él no se iba a dejar llevar por los sentimientos.

–¿Nos vamos a quedar delante de la puerta todo el día?

–No has contestado a mi pregunta –le recordó ella–. ¿Quieres que te ayude con la selección del personal?

–No hace falta. Seré yo personalmente quien se ocupe de ello en el futuro.

Cass inclinó la cabeza y lo miró fijamente.

–¿Habría pasado yo tu proceso de selección?

Su pregunta lo dejó callado. Marco la miró y se dio cuenta de que la respuesta era, probablemente, no.

Tal vez fue aquello lo que lo llevó a hacer una pequeña concesión.

–Debe de ser muy aburrido para ti estar todo el día sentada en el ático. Necesitas descansar, pero ahora ya estás bien y entiendo que quieras hacer algo. Mañana haré alguna llamada, a ver si te encuentro un trabajo a tiempo parcial.

Ella negó con la cabeza.

–Es muy amable por tu parte, Marco, pero no es necesario. He llamado a la embajada. Más precisamente, al embajador. Me dio su número de teléfono en la fiesta. Pensé lo que tú me dijiste y me di cuenta de que no iba a utilizarlo, sino a ofrecerle algo. Le he propuesto trabajar en los jardines de la embajada gratis, pero él no ha estado de acuerdo. Ha querido que forme parte de la plantilla de jardineros existente.

–¿Has conseguido trabajo?

–Sí, Marco.

Él se sintió protector de repente.

–Después de lo que ha ocurrido hoy, ¿vas a trabajar todos los días con los paparazzi siguiendo todos tus pasos?

–¿No querías buscarme un trabajo tú?

Antes de que a Marco le diese tiempo a responder, Cass añadió:

–Además, es un trabajo a tiempo parcial.

–Si te hubiese buscado el trabajo yo, habría sido diferente.

–¿En qué habría sido diferente?

–En primer lugar, habría garantizado tu seguridad.

–Sabes tan bien como yo que los jardines de la embajada también tienen seguridad. Es perfecto.

–Podías haberme contado lo que tenías planeado.

–¿Me cuentas tú a mí tus planes?

Hubo un largo silencio.

–No se trata de eso –respondió Marco por fin, con voz tensa.

–¿No? Yo pensé que éramos iguales, ¿o es que uno de los dos es más igual que el otro? No tengo que pedirte permiso si quiero hacer algo. ¿O sí? Te agradezco mucho lo que has hecho por mí. Sé que no estaba bien cuando llegué aquí y no quería admitirlo porque soy muy testaruda, pero ahora me encuentro lo suficientemente bien para trabajar.

–Aun así, tendrás que descansar.

–Estoy bien. Nunca he estado mejor. Voy a volver a trabajar al aire libre, en un jardín.

Se negaba a retroceder y a él le encantaba que fuese así, aunque también le molestase.

–¿Qué estás haciendo, Marco?

Él le quitó la única pinza que le sujetaba el pelo, que cayó como una cascada sobre sus hombros.

Cass se lo volvió a recoger.

–¿Es una señal? –le preguntó Marco.

–Sí. Una señal de que necesito respirar.

–¿Quieres que salgamos al jardín de la azotea?

–¿El jardín de la azotea? ¿Me estás diciendo que hay un jardín?

–Ven, te lo mostraré.

La llevó hasta una puerta que daba a unas escaleras y allí se encontraron con las vistas más espectaculares de Roma.

–Dios mío –exclamó Cass, sorprendida–. Y ni siquiera sabía que estaba aquí.

–Tenía que habértelo enseñado –admitió Marco–, pero como casi nunca subo…

–Y tenías mucha prisa por alejarte de mí –añadió ella, haciendo un esfuerzo por mantener una expresión neutral.

–Tal vez –concedió él–, pero ahora que sabes que está aquí, ¿no te podrías entretener con él?

–¿En mis ratos libres, quieres decir?

Cass se encogió de hombros.

–Es precioso, Marco, pero ya está todo hecho y yo necesito más, necesito un trabajo de verdad.

–¿No es suficiente con el bebé?

–Mi pregunta es otra: ¿será suficiente para nuestro bebé que yo me siente aquí y me limite a esperar su llegada?

Marco se estremeció con la palabra «nuestro» y apoyó ambas manos en la pared mientras miraba a lo lejos.

–¿No vas a aceptar nunca que quiera hacerte la vida más sencilla, Cassandra?

–No quiero las cosas fáciles, quiero tener la oportunidad de desempeñar el trabajo que me gusta.

Marco pareció entenderlo. Se giró y le apartó un mechón de pelo para ponérselo detrás de la oreja.

–Si no fueses tan pesada, te admiraría.

Ella resopló y se relajó un poco.

–Intentaré ganarme tu admiración, y no ser tan pesada –le prometió.

Entonces, por primera vez, compartieron una sonrisa.

Se marcharon del bonito jardín y bajaron a la parte principal del ático, donde, de repente, ambos se pusieron tensos.

–Ven a la cama conmigo, Cassandra.

Ella contuvo la respiración mientras Marco la miraba con deseo. Su cuerpo respondió y aquello no tenía nada que ver con las hormonas del embarazo. Deseaba a Marco, y no era un anhelo solo físico, su alma también quería estar con él.

Marco se inclinó hacia delante y le dio un beso.

Pasaron varios segundos y fue como si el tiempo se hubiese detenido. Apoyó las manos en los brazos de Marco y permitió que este la hiciese retroceder hasta el dormitorio.

Una vez allí, Marco cerró la puerta y le desabotonó la camisa, abriéndola y acariciándole los pechos, inclinando la cabeza para chupárselos a través del sujetador de encaje antes de desabrochárselo y quitárselo también. Después le bajó con cuidado los pantalones vaqueros y la ayudó a quitárselos. La tomó de la mano y la llevó hasta la cama, donde la tumbó después de haber apartado las sábanas.

–Ponte de lado –le pidió–. Y espérame.

Cass lo vio desnudarse y se excitó más. Todo su cuerpo era una magnífica obra de arte masculino. Cuando volvió con ella a la cama, casi no podía respirar de la tensión.

Marco se tumbó a su lado y apoyó la mano en la curva de su espalda. Ella respondió de inmediato, arqueándose y esperando a que llegase la primera caricia.

En cuanto la tuvo en la posición adecuada, Marco la agarró y, separándole cuidadosamente las piernas, apoyó la punta de la erección en su vagina. Y empujó para entrar en ella. Después, casi no tuvo que moverse, Cass lo hizo todo, no tuvo vergüenza.

–¿Te ha gustado? –preguntó Marco en voz baja cuando hubieron terminado.

–Mucho.

–¿Lo hacemos otra vez?

–Por mí sí, ¿qué opinas tú?

Hicieron el amor tantas veces que Cass perdió la cuenta, y cada vez fue mejor que la anterior. Después, se quedó dormida en brazos de Marco y cuando despertó se dio cuenta de que le estaba haciendo el amor otra vez.

–¿Cómo lo haces? –murmuró medio dormida.

Él la hizo callar y continuó moviéndose en su interior.

Cass disfrutó del momento sin realizar ningún esfuerzo. No tenía nada que objetar. Aquella estaba siendo la mejor experiencia de su vida. Cuando volvió a llegar al clímax gritó su nombre y se agarró a la almohada. Y cuando se recuperó, Marco volvió a empezar.

El sexo no era un medio en sí, y Cass lo sabía, pero hasta que encontrasen una solución a su situación, al menos era algo que los mantenía unidos.

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