Atada a él
Capítulo 2
APESAR de estar decidido a tratarla como a cualquier otro empleado, ver a Cassandra Rich inclinándose sobre el fregadero para lavar la sartén lo excitó. La curva de sus caderas era perfecta, aunque se había cambiado de ropa y ya no llevaba la camiseta corta llena de barro, sino una limpia y bien planchada. Aunque sí que le quedaba una mancha de barro en el cuello que él deseo limpiar de un lametón.
–Espero que le guste la tortilla –dijo Cass con aparente sinceridad.
Marco apartó la vista de ella y miró la sorprendentemente apetitosa comida que había en la mesa.
–Tiene buena pinta –admitió–, pero ¿dónde está el pan?
Vio en los ojos de Cass que no le había gustado la pregunta, pero esta respondió con docilidad:
–Iré a buscarlo, señor.
No supo por qué, pero su humildad lo molestó.
–Haz el favor de llamarme Marco.
No estaba seguro de si se estaba burlando de él o no, pero tuvo la sensación de que era así, y decidió aceptar el reto.
Le dio las gracias con un gruñido y se sentó.
–Es una comida muy sencilla –explicó Cass.
Su intento de descargar la frustración con los huevos había sido en vano, pensó. Tras verlo por segunda vez, decidió que Marco di Fivizzano era todavía más atractivo de lo que le había parecido la primera vez. Bajó la vista para asegurarse de que la camiseta no se le pegaba a los pechos y se dio cuenta de que se le marcaban los pezones. Y si él, vestido de traje, con camisa blanca y corbata de seda gris, había estado muy atractivo, con unos pantalones vaqueros ajustados y una camiseta negra estaba increíble…
–¿El pan? –le recordó Marco.
También era el hombre peor educado que había conocido.
Cass cortó el pan con fuerza. Sintió que la cocina, que era grande, de estilo rústico, se encogía a su alrededor. La magnética presencia de su jefe lo ocupaba todo.
–¿Has comido ya, Cassandra?
A ella le sorprendió la pregunta, pero no tenía intención de acompañarlo.
–No tengo hambre –contestó–. Ya tomaré algo más tarde.
–Hazlo –añadió él–. Estás demasiado delgada.
Era la primera vez que le decían aquello y, además, a Cass le encantaba comer y no estaba dispuesta a sacrificar eso por entrar en una talla menos de pantalones. En cualquier caso, pensó que aquel comentario tan personal estaba completamente fuera de lugar.
Intentó recordarse que le encantaba aquel trabajo. Respiró hondo y siguió en silencio.
Aquella chica seguía llamándole la atención y, a pesar de no estar impoluta, como esperaba que estuviesen las mujeres con las que salía en Roma, al menos no era tonta. Tampoco entraba en el grupo de las mujeres profesionales con las que de vez en cuando llegaba a un acuerdo de mutua satisfacción. Cassandra era única y, al fin al cabo, no todo en su finca de la Toscana estaba impoluto. De hecho, la finca siempre le había gustado porque era un lugar peculiar.
–¿Está buena la tortilla? –preguntó Cass mientras Marco terminaba el último bocado.
–Mucho.
No se había dado cuenta del hambre que tenía hasta que no se había sentado a comer, ni de lo diferente que era aquella cocina de la de su apartamento de Roma, tan reluciente, con las encimeras de granito y los electrodomésticos en acero inoxidable.
Miró a su alrededor y pensó que no quería cambiar nada de lo que había allí. Después, volvió a estudiar a Cassandra con la mirada.
–¿Cómo conseguiste este trabajo?
–Me recomendó una amiga de mi madrina, a ella también le encanta la jardinería.
–¿Y quién te contrato? –preguntó él con el ceño fruncido.
–Tú, quiero decir…
Cassandra se interrumpió, no tenía ni idea.
–¿Mi secretaria? –dijo él–. Es la única que puede contratar personal.
–Pues debió de ser ella –añadió Cass, casi sin saber lo que decía porque la mirada penetrante de Marco la tenía aturdida.
–Todavía no he visto tu currículum –comentó Marco–. ¿Cumples los requisitos del puesto, qué titulación tienes?
No tenía ningún título, solo su pasión por las plantas y por la tierra.
–Soy autodidacta –admitió.
Todo lo que sabía lo había aprendido leyendo libros de jardinería y su novela favorita El jardín secreto.
–¿Y tenías experiencia?
Ella lo miró, le retiró el plato y entonces respondió:
–Antes de venir aquí trabajaba en un supermercado.
–¿Qué estudiaste? –siguió preguntando él, cada vez con el ceño más fruncido.
–No tengo ninguna titulación oficial –aceptó, fregando el plato muy despacio para intentar así evitar nuevas preguntas.
Imaginó que Marco todavía no se había dado cuenta de cuál era su apellido y de quiénes habían sido sus padres. Y se dijo que ella tampoco tenía por qué contárselo ya que, al fin y al cabo, él tampoco le había contado nada de su vida. Podía entender que se hubiese sentido molesto al encontrarse a una extraña en su finca, pero, siendo un hombre tan poderoso y rico, solo tenía que hacer una llamada de teléfono para averiguarlo todo de ella. Si es que estaba interesado en hacerlo.
«Tranquilízate», se advirtió a sí misma.
Era muy fácil decirse aquello, pero no quiso ni imaginar lo que pensaría un hombre como Marco di Fivizzano si se enteraba de su pasado, de su niñez rodeada de drogas y del momento en que se había encontrado a sus padres ahogados en la piscina. Si se enteraba de aquello pensaría, como todo el mundo, que era una persona contaminada, cuando no había nada más lejos de la realidad. Lo único que lamentaba era no poder volver al pasado como adulta y ayudar a sus padres.
Salió de sus pensamientos cuando él se levantó de la mesa. Tenerlo cerca la hacía sentirse vulnerable, pero Marco salió de la cocina sin mirar atrás y sin darle las gracias.
–Qué maleducado.
Cass miró por la ventana y lo vio atravesar el jardín. Era muy guapo. Andaba con seguridad, tenía un cuerpo increíble.
El verano de Cass había cambiado de manera irrevocable con la llegada de Marco di Fivizzano y solo tenía clara una cosa: que sus fantasías habían cambiado y ya no estaban en El jardín secreto.
Había dormido fatal. No había dormido nada, ¿por qué intentar disfrazarlo?
Fue de un lado a otro de la habitación con el ceño fruncido. Había pensado que tendría la casa para él solo, pero ella estaba al otro lado del patio.
Sintió deseo solo de pensar que la ventana de la habitación de Cassandra estaba justo enfrente de la suya. Había buscado información por Internet y ya lo sabía todo de ella. Ya sabía por qué le había sonado su apellido. Cassandra era la única hija de Jackson Rich, una leyenda del rock, y su esposa, Alexa Monroe, que no había sido más que una muñeca rota.
¿Qué hacía Cassandra trabajando de jardinera? ¿Adónde había ido a parar todo el dinero? Jackson Rich había tenido mucho éxito. ¿Era posible que se lo hubiese gastado todo? Cassandra tenía aspecto de no tener nada. Sus padres debían de habérselo gastado todo en drogas. No sintió pena. Él había tenido que luchar mucho para llegar adonde estaba y sabía que no podía confiar en nadie.
No obstante, decidió darle a Cassandra el beneficio de la duda. No tenía por qué haber heredado los defectos de sus padres. No obstante, si se trataba de una cazafortunas, se iba a llevar una gran decepción. En su casa de Roma no había sitio para una amante embadurnada de barro. En Roma, las mujeres sabían cómo vestirse, cómo hablar y cómo comportarse, tanto dentro como fuera de la cama. Dudaba que Cassandra estuviese interesada en adquirir aquellas competencias, salvo tal vez la última.
Era el momento de recordarse que él siempre evitaba las complicaciones. Su niñez le había enseñado que no podía confiar en las mujeres, y no tenía ningún motivo para cambiar de opinión. Tal vez Cassandra Rich fuese peculiar y atractiva, pero no era nada más.
¡Se había quedado dormida! Se incorporó de un salto y miró a su alrededor, aturdida, sin saber dónde estaba. Su sencilla habitación seguía siendo la misma… la casa era la misma… el olor a flores que entraba por la ventana era el mismo… incluso el canto de los pájaros era el mismo, pero todo había cambiado. Por Marco.
¡Olvídate del jefe! Tenía que haberse levantado un rato antes y, a esas horas, estar fuera, trabajando en el jardín.
¿Olvidarse de él?
Por supuesto que iba a olvidarse de él. Entonces apartó las sábanas, saltó de la cama y corrió a la ventana, a buscarlo. Era la primera vez que le ocurría algo así. Era la primera vez que un hombre alto y moreno, con un cuerpo de pecado, entraba en su vida en helicóptero y le pedía que le hiciese la comida.
Porque eso era lo que había ocurrido. ¿Cómo iba a lidiar con él?
¿Sabría alguien cómo lidiar con Marco di Fivizzano?
Abrió las contraventanas y lo vio atravesar el patio. Cada vez que lo veía estaba más guapo y le parecía más peligroso. Sobre todo, sin el traje. Los hombres con los que Cass fantaseaba siempre eran tipos duros y toscos, pero en comparación con Marco todos eran patéticos. Cass habría tenido que ser de piedra para no preguntarse cómo sería tenerlo en la cama.
¡Pero no tenía tiempo para aquello!
«Mejor», pensó, retrocediendo al ver que Marco miraba hacia allí.
¿Se habría dado cuenta de que lo estaba observando? Cass tendría que ser más discreta si no quería quedarse sin trabajo.
Después de la ducha y envuelta en una toalla, consideró qué debía ponerse. Solo se había llevado un vestido de tirantes, por si acaso, dos pares de pantalones cortos y media docena de camisetas. Y también dos pares de vaqueros y un forro polar por si hacía fresco por las noches…
¿Por qué se estaba preguntando qué ponerse?
Cualquier otro día habría tomado lo primero que hubiese tenido cerca: unos pantalones cortos y una camiseta limpia. Iba a trabajar la tierra, no a hacer una audición para convertirse en la siguiente amante de Marco di Fivizzano.
¿Qué ropa interior debía llevar?
Toda era muy normal.
Evidentemente, algo cómodo, con lo que pudiese trabajar todo el día.
Escogió las braguitas más grandes y un sujetador deportivo que le sujetaba bien los grandes pechos.
Maria y Giuseppe estaban de vuelta, así que, durante el desayuno, les hizo algunas preguntas con toda naturalidad. Ellos tampoco sabían cuáles eran los planes del jefe para los siguientes días. Giuseppe mencionó una visita a los viñedos para escoger unas vides, pero aquello fue lo único que Cass pudo averiguar antes de ponerse a trabajar.
Pasaron varios días, y varios días más, y casi no vio al jefe. No dejaba de decirse que era estupendo, así no había presión, pero luego se pasaba el día buscándolo. No podía evitarlo. La atracción que sentía por Marco di Fivizzano era algo único. No tenían nada en común, pero soñar era gratis, se consoló mientras recogía sus herramientas para ponerse a trabajar.
Salió y vio a Marco, y se le aceleró el corazón. Iba vestido de manera elegante y había sacado el Lamborghini.
¿Tendría una cita? ¿Qué más le daba a ella?
Se fijó en que los chinos y la camisa azul hielo resaltaban su moreno pirata. Y lo había combinado con una chaqueta de lino marrón grisáceo. Si pudiese verle la cara…
Pero no. Llevaba gafas de sol y Cass no podía ver su expresión.
Mejor. No quería que Marco pensase que estaba interesada en él.
Así que siguió cavando la zanja que había empezado a hacer para proteger las semillas en caso de que lloviese. Porque iba a llover. Cass se incorporó y olfateó el aire como si de un perro de caza se tratase.
Maria también le había dicho que, a pesar de que la casa y la finca parecían eternas e indestructibles, eran muy vulnerables frente a los elementos de la naturaleza. El cauce del río había cambiado a lo largo de los siglos y en esos momentos representaba un peligro. Maria también le había explicado que, en 2014, una tormenta había llegado a arrancar árboles. El día estaba extrañamente tranquilo, demasiado tranquilo. Hasta los pájaros habían dejado de cantar. Se dio cuenta de que Marco también miraba el cielo, que estaba teñido de amarillo y salpicado de feas nubes. Se preguntó si llevaría un paraguas y, sonriendo, se dijo que los hombres como Marco di Fivizzano nunca se mojaban porque incluso las nubes se apartaban de su camino.
Y luego iban a descargar sobre pobres infelices como ella, se recordó mientras clavaba la pala con fuerza en la tierra.
Lo estaba haciendo otra vez, lo estaba volviendo loco con su cuerpo manchado de barro. Ninguna otra mujer lo había atraído tanto. De hecho, dudaba que ninguna otra hubiese empuñado una pala. Y, sin duda, ninguna utilizaba su cuerpo con semejante despreocupación. Cassandra era una mujer muy física, y compleja. No podía ser de otro modo, teniendo en cuenta su pasado. Marco había leído todos los artículos de prensa que había encontrado acerca de la terrible tragedia. Sabía que nadie la había cuidado hasta que su madrina la había adoptado. Y los medios también se habían preguntado, lo mismo que él, cómo había podido afectarle la desordenada vida de sus padres. Se dijo que debía ser cauto con la joven jardinera.
Pero, ¿desde cuándo era un hombre cauto?
Puso el Lamborghini en marcha y miró hacia donde estaba Cassandra, pala en mano. La camiseta que llevaba puesta debía de haber encogido al lavarla y dejaba al descubierto su vientre plano, bronceado. Marco se imaginó besando aquella piel suave y bajando todavía más… o subiendo. Cualquiera de las dos cosas sería un placer.
Se alejó de allí e intentó dejar de pensar en Cassandra. Y pensó en otras mujeres que querrían compartir su cama de la Toscana. Todas querían lo mismo: dinero y sexo. Conocía a un par de ellas que podrían ser incluso excelentes esposas, pero dudaba que fuesen capaces de cavar una zanja, y mucho menos de convertir un trabajo de jardinería en una obra de arte pornográfica.
Las piernas desnudas de Cassandra brillaban por el esfuerzo como lo harían después del sexo, y Marco se excitó al verla clavar la pala en el suelo. Estaba dándolo todo, como también haría en la cama.
«¿Por qué la miraba Marco fijamente?», se preguntó Cass mientras lo veía alejarse en una nube de polvo y gravilla.
¿Y por qué lo miraba ella también?
Seguro que Marco solo había querido comprobar que estaba haciendo su trabajo, razonó. Y ella no volvería a mirarlo jamás.
«Eso dijiste la última vez», pero en esa ocasión iba a cumplirlo.
¿Seguro? Bastaba con que Marco la mirase para sentir deseo.
La culpa era de su imaginación. Había muchas mujeres que deseaban al hombre inadecuado y ella era completamente consciente de que Marco di Fivizzano no estaba a su alcance.
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