Bahía de Chesapeake
Agradecimientos
La primera vez que estuve en la bahía de Chesapeake fue en 1927, y con posterioridad viajé allí con frecuencia. Desde mis primeros días en la bahía pensé en escribir sobre ella, pero siempre lo aplazaba hasta el momento en que pudiera vivir en sus orillas durante un prolongado período de tiempo. Esta oportunidad se me presentó en 1975, cuando viví durante dos años en las proximidades de un pequeño, pero histórico pueblecito pesquero. En ese tiempo conocí y trabajé con muchas personas cuyos conocimientos e ideas inspiraron esta novela, y quisiera expresarles aquí la gratitud que tan abundantemente se ganaron.
La Bahía de Chesapeake: Walter Robinson, de Swarthmore, fue el primero que me llevó a pasear en una embarcación y me contagió su amor a la región. El juez William O'Donnell, de Phoenixville, me permitió tripular su Prince of Donegal docenas de veces, y Larry Therien me ayudó a explorar. Pearce Coady me llevó en su Cleopatra's
Barge a distintas partes de-.la bahía.
El río Choptank: Lawrence McCormick y Richard Springs me llevaron varias veces en bote hasta las fuentes del río. Edward J. Piszek organizó exploraciones en helicóptero a baja altura. El juez O'Donnell me llevó a todas partes del río, lo mismo que Joseph A. Robinson.
Pesca: Tres capitanes me fueron de gran ayuda. G. S. Pope, actualmente retirado, me habló de los viejos tiempos. Josef Liener me instruía mientras navegábamos a bordo del Rosie Park, y Eddie Farley me llevó durante largas horas a coger ostras en su Stanley Norman.
También se me permitió inspeccionar varias viejas embarcaciones apartadas en diques secos.
Ostras: George Krantz, de la Universidad del Centro de Estudios sobre el Estuario de Maryland, compartió conmigo los resultados de sus investigaciones, y Robert Inglis me mantuvo informado de sus progresos en la cría de ostras en el estero que forma su patio trasero.
Levin Harrison me habló ocasionalmente de los duros viejos tiempos.
Gansos: Ron Vavra, hermano gemelo del hombre que me proporcionó las fotografías para mi libro Iberia, me introdujo en la
investigación fundamental del ganso del Canadá, y docenas de cazadores me ayudaron a conocer sus hábitos.
William H. Kuliaa, director del Refugio Nacional de Vida Silvestre de Blackwater, me enseñó sus sesenta mil gansos y se mostró sumamente servicial.
Garzas y pandiones: Tras haber estudiado abundantemente sobre el terreno estas fascinantes aves acuáticas, tuve la buena suerte de conocer a Jan Reese, destacado experto en ambas especies, quien me instruyó sobre aspectos en los que yo no había reparado.
Grandes cañones: El doctor Harry Walsh, la principal autoridad en la materia, me enseñó su colección, habló de los viejos tiempos y me ayudó a comprender el funcionamiento y la mística de estos cañones manejados por un solo hombre.
Árboles: Stark McLaughlin, guardamontes del Estado de Maryland, me dio muchos y muy útiles consejos acerca de los diversos aspectos del cultivo y crecimiento de los árboles.
Vida del Choptank: El capitán Bill Benson, de la línea de transbordador más antigua de la nación, me contó valiosas reminiscencias. El embajador Philip Crowe fue en extremo útil para informarme de acontecimientos recientes. Y Alyce Stocklin, viejo amigo mío, fue alegre y constante comentador. H. Robins Hollyday derrochó generosidad, tanto con su tiempo como con su colección de viejas fotografías, y Peter Black se mostró útil en diversos aspectos.
Historia negra: Dickson Preston compartió generosamente conmigo sus extraordinarios descubrimientos relativos a Frederick Douglass; esto confiere autoridad al tratamiento que doy al tema de la esclavitud en la región. También leyó todo el manuscrito y me hizo valiosas sugerencias sobre detalles históricos. Mi amiga Dorothy Pittman llamó a varios de sus vecinos negros para que hablasen conmigo, en particular a James Thomas y LeRoy Nichols. El juez William B. Yates formuló juiciosas y ecuménicas reflexiones sobre los tiempos de agitación.
Aunque, por razones literarias, la acción de esta novela se desarrolla en la orilla septentrional del Choptank, gran parte de mi más efectiva investigación fue realizada en la orilla meridional, por la que siento especial afecto, y manifiesto aquí mi profundo
agradecimiento a los expertos de esa región. Bayly Orem, de una distinguida familia de Dorchester, trabó conocimiento conmigo y se impuso la tarea de presentarme a vecinos suyos que podrían resultar útiles:
Construcción de barcos: James Richardson, famoso por sus reconstrucciones de buques históricos, se mostró constantemente instructivo, así como sus yernos Tom Howell y James D. Brighton.
Caza de tortugas: El senador del Estado Frederick C. Malkus, primer cazador de tortugas de la región, me instruyó en los múltiples aspectos de este deporte.
Pesca de ranas: Richard Drescher, uno de los principales atletas de Maryland, me llevó a la pesca nocturna de ranas en las marismas del sur de Dorchester.
Pequeño Choptank: Dale Price me permitió inspeccionar su finca a orillas del Pequeño Choptank, el lugar que ocupó la granja de esclavos de Herman Cline antes de la Guerra Civil.
Indios: El juez William B. Yates me habló de los indios choptank y otros asuntos.
Marismas: Elmer Mowbray me permitió acompañarle en varias exploraciones en su marisma particular. Es un experto en las cuestiones relacionadas con la fauna del estuario, y le estoy muy reconocido.
Pesca: David Orem y Jay Alban me instruyeron sobre pesca y sobre las peculiaridades de la Naturaleza en la región de la bahía.
Investigación: Todos los miembros del Museo Marítimo de la Bahía de Chesapeake, en St. Michaels, se mostraron sumamente serviciales, en particular, el director, R. J. Holt. La biblioteca de Easton, Maryland, posee una prestigiosa colección de material para la investigación; su directora, Elizabeth Carroll, se ocupó de que me fuera facilitada toda la ayuda precisa, y Mary Starin, encargada de la Sala de Maryland, se mostró infatigable en la búsqueda de libros, como se muestra siempre con todos los que trabajan en la biblioteca. Robert H. Burgess, del Museo de los Marineros, de,Norfolk, me ayudó con sus libros y sus consejos.
Estudios: Para documentarme en detalles de la actividad en tiempos pasados consulté Tobacco Coast. A Maritime History of the Chesapeake
Bay in the Colonial Period, de Arthur Pierce Middleton. Por lo que se
refiere a la naturaleza de la vida comercial en una plantación de la costa Este durante la guerra revolucionaria, me serví de varias fuentes, siendo la más reveladora de ellas In Pursuit of Profit, de Edward C.
Papenfuse, que trata sobre un grupo de familias comerciales en la costa occidental. La importancia de la batalla naval librada en la boca de la bahía de Chesapeake en setiembre de 1781 no es suficientemente apreciada. Mi relato se basa en recientes trabajos de investigación, especialmente Decision at the Chesapeake, de Harold A. Larrabee, merecedora de atención por parte de quienes se hallen interesados en ese período.
Pero mis constantes colaboradores fueron los ciudadanos de la región del Choptank. Decenas de ellos hablaron conmigo en reuniones sociales o en el curso de investigaciones llevadas a cabo durante uno de los inviernos más fríos y uno de los veranos más calurosos que se han dado jamás en la costa oriental. Se mostraron estimulantes, perceptivos, divertidos… y esperanzados a menudo en la la posibilidad de que yo abandonase mi proyecto y me fuese a otra parte, no fuera que mi obra atrajese el interés del resto del mundo hacia el apartado paraíso que ellos estaban disfrutando en la costa oriental.
A Mari Michener,
que se interesaba por los gansos,
las garzas, las águilas blancas
y los cardenales
Este libro es una novela, y seria un error interpretarlo de otra
manera. Los personajes son imaginarios; los Steed, Turlock, Paxmore,
Caler y Caveney han sido inventados por el autor y no están basados en
personas reales. Los lugares principales - isla Devon, Peace Cliff, las
marismas de Turlock y la ciudad de Patamokeson- son tan completamente
imaginarios, que han sido situados en tierras que ni siquiera existen. El
Refugio está en un estero inexistente, y en el sur del África Central no
hay ningún río Xanga ni comunidad alguna de personas con ese nombre.
Sin embargo, los detalles del río Choptank son exactos en la medida
de lo posible, y no ha habido ahí ninguna invención. La colonia inglesa
del Choptank se fundó algo más tarde de lo que se presenta en el libro,
pero tuvo lugar en un punto situado a sólo veintitrés millas al Norte.
PRIMER VIAJE: 1583
Llevaban ya algún tiempo sospechando de él. Sus movimientos habían sido observados por espías que informaban luego de ellos a los sacerdotes, y en los consejos tribales había sido desdeñado su voto contrario a emprender la guerra con los que moraban al otro lado del recodo. Más revelador aún, la familia de la muchacha que había elegido para remplazar a su fallecida esposa había rehusado aceptar las tres medidas de roanoke que había ofrecido como precio de compra.
Aun a su pesar, había llegado a la conclusión de que debía abandonar aquella tribu que había hecho todo menos proscribirle públicamente. Siendo niño, había visto lo que les pasaba a los hombres declarados proscritos, y no deseaba experimentar lo que ellos habían sufrido: el aislamiento, el desprecio, la amarga soledad.
Por eso ahora, mientras pescaba a orillas del gran río, o cazaba en los prados, o, simplemente, permanecía meditabundo, sentía que debía irse. Pero, ¿cómo? Y ¿adónde?
Las dificultades comenzaron el día en que expresó sus dudas respecto a una incursión propuesta por el gran jefe. Durante más de un año, las relaciones con las tribus que habitaban más allá del recodo septentrional habían sido amistosas, y en ese intervalo el río había conocido apreciable prosperidad, con un tráfico comercial superior al normal entre el Norte y el Sur. Pero los susquehannocks de la zona media nunca se habían encontrado a gusto en tiempos de paz en todo el tiempo que Pentaquod podía recordar; sentían intuitivamente que debían caminar por el sendero de la guerra para demostrar así su virilidad. Era, pues, tradicional que el gran jefe idease justificaciones para enviar a la lucha a sus guerreros; si triunfaban, su victoria redundaría en favor de él; y si perdían, afirmaría que estaba, simplemente, protegiendo las fronteras de la tribu.
Pentaquod había argumentado:
–Los del recodo Norte han respetado sus promesas. No han robado nuestros castores ni violado nuestros huertos. Luchar contra ellos ahora, sin ningún motivo, sería infame, y nuestros guerreros entrarían en combate sabiendo que los dioses no podían estar con ellos.
Su lógica fue rechazada, no sólo por el consejo de jefes, sino también por los guerreros comunes, que sentían que sería deshonroso para un susquehannock permanecer en paz durante más de un año. Si
su gran río había resultado ser un lugar excelente en el que vivir, tenía que ser porque su tribu siempre había luchado para protegerlo, y un viejo guerrero había vaticinado:
–Pentaquod, cuando llegue el día en que temamos pelear, perderemos el río.
Él insistió en pronunciarse contra una guerra carente de sentido, y, como todo el que hablaba en favor de la paz en las tierras que se extendían a lo largo de aquel río era siempre acusado de traición, sus adversarios iniciaron el rumor de que había sido corrompido por el enemigo y le servía de portavoz. Se recordó que su esposa había muerto joven, lo cual aumentaba la probabilidad de que los dioses rechazasen sus argumentos.
Acusarle de cobardía resultaba desorientador, pues era uno de los susquehannocks más altos en toda una generación, y aquélla era un tribu de gigantes. Con su estatura que descollaba entre los jóvenes de su edad, miraba fija y serenamente desde su grande y ancho rostro de color más oscuro que lo normal, signo infalible del guerrero. Esta contradicción desconcertaba a los niños que escuchaban las acusaciones contra él, y empezaron a remedar sus inseguros pasos cuando caminaba por los alrededores del poblado; no tardaron en burlarse abiertamente de él.
Fue uno de esos niños quien le impulsó a tomar su decisión. El chiquillo le había estado imitando a sus espaldas, causando gran regocijo entre los que miraban, cuando Pentaquod se volvió de pronto y, agarrándole, le preguntó por qué se comportaba así. El niño respondió:
–Mi padre dice que el consejo se ha reunido para castigarte.
Y cuando Pentaquod volvió la vista hacia el poblado y se dio cuenta de que no se veía por allí a los ancianos, comprendió que el niño decía la verdad.
Tardó sólo unos momentos en tomar la decisión. El consejo no actuaría apresuradamente: nunca lo hacía. Tendría que haber largos discursos condenándole, pero, si el padre de aquel chico había empleado realmente la palabra castigar, podría estarse preparando una sanción mucho más grave que la proscripción. Sus enemigos se habían vuelto tan osados, que algunos podrían incluso pedir su muerte; si se
convencían a sí mismos de que era un espía de las tribus del Norte, sería lo lógico.
Así, pues, sin regresar a su wigwam, donde sus padres estarían sentados al sol, y sin hacer ningún intento por recuperar sus armas, ya que eso excitaría a los que habían sido designados para vigilarle, comenzó a andar sosegadamente en dirección al río, alejándose del alargado edificio en que se celebraba la reunión del consejo. Pero no se acercó a las canoas, pues sabía que eso suscitaría la alarma. En lugar de ello, se mantuvo de espaldas al río, como si contemplara el poblado, pero de cuando en cuando volvía la cabeza para seguir el vuelo de algún pájaro y, de ese modo, poder apreciar la situación del río.
La canoa de guerra tenía todo dispuesto para salir inmediatamente en ella, pero estaba hecha de madera de roble y era demasiado pesada para que la manejara un solo hombre. El plan que había concebido sólo podía resultar bien si utilizaba una canoa lo bastante ligera como para poder acarrearla, y, en efecto, había allí una de esas características; parecía bien equilibrada y manejable, pero él había ayudado a construirla y conocía sus limitaciones: nunca había ganado una carrera. Otras resultaban también tentadoras, pero las rechazó, o por demasiado lentas o por demasiado pesadas.
Sin embargo, había una canoa pequeña y rápida que él había ayudado a construir para uno de los jefes de caza; estaba hecha de excelente madera de pino blanco del Norte, y una vez, durante su construcción, en que las llamas que torneaban su interior adquirieron demasiada intensidad, él había levantado la canoa sin ayuda de nadie y la había arrojado al río, donde quedó extinguido el fuego. El jefe a quien pertenecía, la había pintado de amarillo; sus costados eran sólidos y había sido equipada con puntales de roble. Su proa era afilada y había hecho buen papel en las carreras. Y, lo mejor de todo, estaba siempre equipada para cazar y pescar, y tan arrimada a la orilla, que podía botarla un solo hombre de un fuerte empujón.
–La amarilla -murmuró para sus adentros, y, abandonando la zona del río, regresó hacia el centro del poblado, caminando con aire despreocupado en dirección a la sala del consejo, donde observó con satisfacción que los espías encargados de vigilarle se retiraban para hacerlo con más disimulo. Esto era esencial para su plan, pues no podía
vencerles en lucha; eran cuatro, y los cuatro valientes, pero podía aventajarles corriendo, pues era muy veloz.
Así, pues, cuando se hubieron alejado del río lo suficiente para llevar a cabo su plan, se volvió de pronto y echó a correr como un ciervo en dirección al río. Al llegar a la orilla, no se precipitó inmediatamente hacia la canoa elegida, sino que se dirigió primero a la canoa de guerra y cogió todos los remos. Luego fue saltando a todas las demás canoas que tenían remos y los cogió también. Sólo entonces se volvió hacia su objetivo.
Con un grito que reverberó por todo el poblado, echó la brazada de remos en la canoa amarilla, le dio un vigoroso empujón en la popa, la impulsó sobre las fangosas aguas del río, subió a bordo y empezó a remar briosamente río abajo. Pese a que su vida dependía de la rapidez de su huida, no pudo por menos de volver la vista hacia el poblado. Allí estaban los wigwams, de achatada estructura; allí estaba el hogar en que sus padres se hallarían en aquellos momentos dándose cuenta de su descabellada acción; y allí estaba el alargado wigwam del que los jefes salían ya para tripular la canoa de guerra en que debían apoderarse del criminal. No podía apartar los ojos de los ancianos cuando llegaban al río y se veían impotentes para perseguirle. Lo último que vio de su comunidad mostraba un poblado lleno de agitación, con majestuosos jefes corriendo de un lado a otro, agitando los brazos y -sospechaba-gritando a sus subordinados. Soltó una carcajada.
Pero ahora se encontraba solo en el río, y para sobrevivir debía poner en práctica toda la destreza y habilidad que había adquirido en sus veinticinco años. Tendría que pasar ante dos poblados susquehannock situados al Sur, y, como éstos se hallaban subordinados al suyo, debía suponer que le interceptarían y le retendrían para interrogarle. Además, los hombres de su tribu no tardarían en encontrar otros remos con los que impulsar sus canoas, y la persecución sería inevitable. De hecho, sospechaba que ya habían sido enviados mensajeros con la misión de dirigirse por tierra a alertar a sus aliados meridionales, por lo que eran escasas sus probabilidades de conseguir escapar.
Pero él no carecía de recursos y, cuando sus vigorosas paladas le llevaron a las proximidades del primer poblado, decidió recurrir a una
audaz estratagema. «Los mensajeros no pueden haber llegado aún aquí
-razonó-, así que tengo una posibilidad.» Remó resueltamente hacia la orilla, gritando, con voz fuerte y agitada:
–¡Amigos! ¿Habéis visto pasar a un hombre y una mujer en una canoa? Se acercaron a la orilla occidental para responder: -No hemos visto a nadie.
–¡Mi mujer! – grito Pentaquod, y los otros se echaron a reír, porque nada hay tan divertido en todo el mundo como un marido burlado tratando de recuperar a su fugitiva esposa.
–¿Por dónde han ido? – vociferó.
–A los maizales -se burlaron, y hasta que se perdió de vista, remando desesperadamente río abajo, permanecieron en la orilla, riéndose de la grotesca figura que componía, un marido remando para alcanzar a su mujer y su amante.
Anochecía ya cuando llegó a las cercanías del segundo poblado, en la orilla oriental esta vez, y dudó que pudiera utilizar de nuevo la misma estratagema, pues los mensajeros habrían ofrecido recompensas por su captura. Esta vez se deslizó entre los árboles de la orilla occidental y esperó a que hubiera cerrado la noche. Sabía que la media luna no iluminaría el río hasta pasada la medianoche, pero sabía también que una vez que la luna se elevara en el firmamento, sería imposible cruzar el río.
Así, pues, cuando disminuyó el fulgor de las hogueras del poblado y los centinelas se hubieron situado en sus puestos, dejó que su canoa se deslizara a impulsos de la corriente a lo largo de la orilla occidental, lenta y silenciosamente, moviéndose bajo la protección de los árboles que flanqueaban la ribera. Cuando la canoa llegó al punto en que más peligro corría de ser detectada, justo enfrente del dormido poblado, contuvo la respiración, y, con gran alivio por su parte, su paso no produjo ningún ruido ni alertó a ningún centinela. Al amanecer, estaba remando furiosamente por el centro del río, aprovechando cuantas corrientes favorables encontraba.
Cuando el sol estival se elevó sobre el horizonte y empezó a sentir su opresivo calor, enfiló hacia la salida de un afluente que desembocaba en el Oeste, y allí, bajo la protección de los árboles que alargaban sus ramas sobre las aguas, se pasó dormido la mayor parte del día. Al
anochecer, estaba de nuevo en el río, hambriento y con los músculos doloridos, pero remaba incesantemente, con profundas y rítmicas paladas, que mantenían el firme avance de la canoa.
Hacia la madrugada de la tercera noche, después de haber comido solamente dos pececillos en tres días, llegó a las cataratas que su pueblo conocía con el nombre de Conowingo, y fue allí donde se enfrentó a la prueba que determinaría el éxito de su huida. Al acercarse a las turbulentas y espumosas aguas, pensó llevar su canoa a la orilla y acarrearla durante un largo trecho por tierra, pero cuando remaba para alejarse del centro del río en dirección a la seguridad de la tierra firme, divisó una corriente de agua que se movía rápidamente, retorciéndose y curvándose sobre las rocas, y en cuestión de instantes decidió probar fortuna en el río, antes que hacerlo en tierra.
Tenía para ello una buena razón: «Si transporto por tierra mi canoa, los otros pueden alcanzarme. Pero si sigo este curso de agua, nadie se atreverá a perseguirme, y les sacaré varios días de ventaja.»
Como si realizara un ritual, tiró por la borda todos los remos que llevaba, menos dos, dejándolos caer uno a uno en las rápidas aguas, para seguir su trayectoria por la catarata.
–¡Van por la corriente más tranquila! – gritó.
Ató a los puntales todo el material de caza y uno de los remos que le quedaban, en previsión de que perdiera el que estaba usando, y, con la tranquilizadora certeza de que continuando hacia delante no arriesgaba más que si se volvía, impulsó su canoa a las turbulentas aguas.
–¡Ji-ya! ¡Ji-ya! – gritó al sentir que las aguas tomaban el mando de la canoa y la empujaban con aterradora velocidad.
Fue una travesía procelosa, con rocas visibles a ambos lados y penetrando en la embarcación la espumeante agua. Su remo, aun cuando lo manejaba con desacostumbrada fuerza, apenas si conseguía más que mantenerle ocupado. En varias ocasiones tuvo la seguridad de perder la canoa, y quizá también la vida, pero, al final, la sólida embarcación se abrió paso por entre las peligrosas rocas y las rugientes aguas.
Cuando terminó de pasar estaba exhausto, y aquel día durmió profundamente bajo los árboles. Corría cerca un arroyuelo de agua
fresca, y bebió copiosamente al despertar. Encontró también un campo de fresas, de las que comió hasta hartarse, y con el equipo que había conservado pescó otros dos pececillos. Recuperadas las fuerzas reanudó su navegación nocturna por el gran río, y a la mañana siguiente decidió no dormir durante el día, pues tenía ya delante la gran extensión de agua de la que había oído hablar siendo niño y que ahora constituía su objetivo.
–Está hacia el Sur -había dicho el viejo hechicero de su tribu-, el río de ríos en que abunda el pez de peces. Hasta el propio dios de los ríos necesitaría varios días para recorrerlo a remo, y sus riberas tienen cien sitios en los que ocultarse. En este río de ríos una tormenta dura nueve días, y los peces son tan grandes, que uno solo basta para alimentar a todo un poblado. Pero es hermoso. Es tan hermoso que, si eres bueno y haces rectas las flechas y cuidas los ñames, acaso lo veas algún día. Yo no lo he visto nunca, pero está allí, y quizá tú seas el afortunado.
¡Y allí estaba el Chesapeake! En el lenguaje de Pentaquod, el nombre significaba el gran río en que abunda el pez de duras conchas, y cada pueblo de los que se extendían a lo largo del Susquehanna poseía preciosas piezas de roanoke hechas con esas conchas blancas cogidas en el Chesapeake. Con suficiente roanoke, un hombre podía comprar incluso a la hija de un caudillo.
¡El Chesapeake! El nombre les era familiar a todos los niños, pues en aquellas extensas aguas ocurrían cosas extrañas. Aquél era el mágico lugar en que las aguas se tornaban más anchurosas aún que las del Susquehanna; en el que tormentas de enorme magnitud levantaban olas de aterradora potencia. Aquél era el río de ríos, donde los peces tenían preciosas conchas.
Pentaquod se inclinó hacia delante, con el remo sobre las rodillas, dejando que su amarilla canoa derivase lentamente por la bahía, y a cada momento veía una nueva revelación: la inmensidad del agua; la forma en que los peces saltaban como si quisieran ser capturados y saboreados; el constante movimiento de aves que volaban de un lado a otro; los majestuosos árboles que flanqueaban la orilla y, sobre todo, el abovedado firmamento, más azul que ninguno que hubiese visto jamás.
Durante todo el día fue dejándose llevar hacia el Sur por la corriente, extasiado, ora acercándose a una orilla, ora aventurándose
en el impresionante pero tranquilizador centro. Era más grande aún de lo que el viejo hechicero había podido dar a entender; era más hermoso de lo que permitía imaginar una vida pasada a orillas de un río del interior. Desde el momento en que vio aquella espléndida extensión de agua, dejó de experimentar el más mínimo arrepentimiento de haber abandonado su poblado, pues había cambiado aquella colección de
wigwams hechos de palos y ramas por algo de mayor majestad.
Pasó dos días en la bahía, extasiado a cada hora que pasaba con un nuevo esplendor: adoraba el movimiento de los peces y el alimentarse de los pájaros, la forma en que el sol se alzaba de las aguas, rojo y enorme, o se ponía entre llamaradas de oro.
–¡Oh, qué Universo! – exclamó en el colmo de su alborozo.
Para expresar este pensamiento utilizó una palabra susquehannock que significaba: todo lo que se ve en la Tierra y no se ve en los cielos, y nunca dudó que aquella palabra había sido inventada para que un hombre como él pudiera describir aquel nuevo mundo en que le había sido dado entrar.
Desde el primer momento en que huyó de su poblado, había tenido la intención de encontrar aquella legendaria bahía y refugiarse en alguna ensenada adecuada de su ribera occidental, pues en su juventud las conchas que su pueblo atesoraba eran traídas por una tribu de fornidos individuos llamados los potomacs, y recordaba que vivían a orillas de algún río del Oeste. Eran una tribu guerrera, y los años que no llegaban en son de paz para comerciar, llegaban en canoas de guerra para dedicarse al pillaje. Se proponía unirse a aquellos potomacs, razonando que, como era más alto y más ancho de hombros que la mayoría de los hombres, sería bien recibido.
Pero ahora, mientras navegaba por aquella plácida extensión de agua, tan diferente del angosto río que él había conocido, tan infinitamente más grandioso, comprendió que no tenía ningún deseo de unirse a los potomacs, entre los que se vería obligado a servir como guerrero. Estaba harto de luchas y de los ancianos que las incitaban.
Quería refugiarse en alguna tribu más plácida que las que había conocido a lo largo del Susquehanna, más pacífica que los potomacs vendedores de conchas. Así, pues, se abstuvo de remar hacia la ribera occidental.
Siendo niño, le habían dicho que en la orilla oriental de la bahía vivían otras tribus de menos casta, que nunca recurrían a las armas; no tenían ni siquiera el valor de aventurarse hacia el Norte para practicar el comercio. En ocasiones, bandas de susquehannocks habían penetrado hacia el Sur para luchar contra ellas y las habían encontrado ridículamente fáciles de someter.
–No se les puede llamar enemigos -había informado al poblado de Pentaquod un guerrero procedente de más allá del recodo-. Tienen pocas flechas, y sus canoas son pequeñas. No tienen muchos excedentes de conchas para hacer roanoke, y tampoco ninguna mujer deseable.
Creedme, no son potomacs. Los potomacs saben pelear.
Cada menosprecio de las tribus orientales que Pentaquod podía ahora recordar, se las hacía más atractivas. Si eran diferentes de los susquehannocks, magnífico; si no se parecían a los potomacs, mejor aún. Y ahora, como para poner de manifiesto este criterio, vio en la ribera oriental la boca de un ancho y atractivo río protegido por una isla de baja altura y cubierta de majestuosos árboles. El río era espacioso, invitador, pacífico, y volaban sobre él grandes bandadas de pájaros.
Y así, en medio de la bahía de Chesapeake, Pentaquod, el susquehannock que estaba harto de guerras, volvió su canoa, no hacia la turbulenta ribera occidental, como había pensado, sino a la más tranquila ribera oriental, y esa simple elección fue la que estableció toda la diferencia.
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