Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 9 de 13

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Bahía de Chesapeake

Gran Romería

TERRENOS DE LA IGLESIA E.M.A.

SÁBADO POR LA NOCHE

En la comunidad negra no hacían falta carteles, pues todo el mundo sabía que del éxito de la romería dependía la cantidad de buenas obras que la iglesia podría hacer en la temporada siguiente. Los carteles iban dirigidos a la comunidad blanca, especialmente a los Turlock y los Caveny, pues si éstos acudían en gran número, el éxito estaba garantizado; los Steed y los Paxmore efectuarían su aportación económica asistiesen o no, pero todo resultaba más alegre si el Cuello se llenaba de Turlock, pues, como decía Cater, «ésos saben divertirse».

El sábado, 20 de julio de 1940, se iba a celebrar la gran romería del verano; el jueves y el viernes, todas las familias relacionadas con la Iglesia E. M. A. atendieron a sus acostumbradas tareas. Jeb Cater tenía a su cargo el acotado de una amplia extensión del Cuello, en la que sólo podía entrar mediante el pago del boleto que daba derecho a ello. La banda de Will Nesbitt ensayaba nuevos números, porque había circulado el rumor de que el padre Caveny, recién ordenado, tal vez asistiera a la fiesta. Otros hombres reunían sillas, barrían los terrenos e instalaban luces.

Las mujeres de la comunidad negra, después de haber pasado horas en las conserverías, estaban atareadas cortando pollos para freír, y desmenuzando quingombó para hervir con tomates y cebollas, y preparando las golosinas que tanto gustaban a los niños. Los pescadores negros llevaban a casa de Julia Cater cestos de cangrejos, apio, cebollas y sacos de harina, pues por tradición era ella la encargada de preparar el manjar principal de toda romería: los pastelillos de cangrejo.

El congresista Steed decía de su arte culinario:

–He asistido a romerías y mítines políticos a todo lo largo de la Orilla Oriental, y calculo que habré comido por lo menos doscientos pastelillos de cangrejo al año durante cuarenta años. Eso supone ocho mil pastelillos, y al cabo de los años lo he ido clasificando conforme a una escala de cero a diez. La mayor parte de los restaurantes públicos sirven una porquería que no rebasa la puntuación de 2. Una tira de

carne de cangrejo, un bollo de pan, frito en manteca rancia y bañado en salsa de tomate. ¡Qué parodia! Ahora bien, mi tía Betsy hacía un pastel de cangrejo que alcanzaba ocho coma siete de puntuación.

Bocados exquisitos, delicadamente salteados. Nunca me cansaba de comerlos.

»Pero para comer el auténtico pastelillo de cangrejo de la Orilla Oriental hay que ir a casa de Julia Cater, en Cuello de Rana. Cuando vea un cartel anunciando una romería en que ella va a preparar los pastelillos de cangrejo, debe usted ir, aunque sólo sea para probar sus obras maestras. ¿Puntuación? Nueve coma siete, la más alta concedida jamás.

Cuando alguien le preguntaba por qué, si los pastelillos de Julia eran tan exquisitos, sólo le concedía una puntuación de nueve coma siete, explicaba:

–El pastelillo perfecto de cangrejo debe tener un toquecito de cebolla. Julia se niega a ello.

Una vez, un periódico de Baltimore había publicado en primera plana una fotografía del congresista Steed inclinado sobre un horno mientras Julia Cater le hacía una demostración de su especialidad. «Lo que ella hace -se decía en el artículo que acompañaba a la fotografía- es emplear la más selecta carne de cangrejo, una pizca de apio troceado, huevos bien batidos para mantener unida la carne y migas de pan secadas al sol para dar cuerpo al pastel. Una pizca de pimienta, un pellizco de sal y algo de una bolsita marrón que se niega a decir lo que es, y voilà! Este cronista nunca ha comido mejores pastelillos de cangrejo en toda la Orilla Oriental.»

El jueves y el viernes las tres mujeres Cater trabajaron picando cangrejos hasta que se les entumecieron los dedos. Otras mujeres se ofrecieron a ayudarles, pero Julia consideraba que aquélla era su oportunidad de servir al Señor con lo que mejor sabía hacer, y ella y sus hijas se pasaron toda la noche picando cangrejos y cantando El trabajo era tedioso y difícil a la vez, un constante entresacar los esquivos trocitos de carne que distinguían a los mejores pastelillos. «Yo he visto pastelillos de cangrejo que eran un desastre -decía Julia-. Todo carne oscura en pequeñas hilachas que yo no echaría en una sartén, y mucho menos me comería.»

Para el sábado por la mañana, las mujeres Cater tenían vatios cubos llenos de blanquecina carne de cangrejo, colocados en la parte más fresca de la casa y tapados con estopillas. Se echaron a dormir durante las horas calurosas del día, y a las cinco de la tarde empezaron su tarea, y se sintieron complacidas al ver cómo iban saliendo del horno los pardodorados pastelillos, redondos como pequeños tomates y con una pequeña protuberancia donde la carne de cangrejo traslucía bajo la corteza.

Al anochecer, dos negros se situaron en la improvisada puerta que conducía al lugar en que iba a celebrarse la romería, y a medida que iba llegando la gente de la ciudad, estos dos hombres iban cobrando la entrada, cuarenta centavos los adultos, veinte centavos los niños, y ocasionalmente, cuando aparecía algún blanco que había favorecido las romerías de aquel tipo a lo largo de los años, el mayor de los dos cobradores se lo llevaba aparte, hacia unos matorrales, y allí le ofrecía una botella de whisky y le invitaba a tomar un trago.

–Agradecemos que haya venido -susurraba el portero, y a menudo bebía con el blanco, compartiendo la misma botella.

Un hombre que nunca se perdía una romería era Amos Turlock.

«La mejor cocina de todo el condado, y esos negros saben cantar.» Por su modesta entrada, Amos recibía una opípara provisión de alimentos: pollo frito, melón, ensalada de tomate y cebolla, numerosas empanadas, bandejas de bocadillos y, naturalmente, los pastelillos de cangrejo.

Los visitantes se atiborraron desde las cinco hasta la puesta del sol; luego, Will Nesbitt y su banda interpretaron animadas piezas. Durante esta parte los hombres de Nesbitt se ajustaron a la clase de música que llevaban décadas tocando en esas ocasiones, esperando que apareciese el padre Caveny para interpretar sus números especiales.

En los intervalos actuó el coro, dirigido por el reverendo Douglass, que tenía una buena voz. Estos hombres y mujeres ofrecían principalmente música religiosa, interpretando un ritual de himnos a menudo desconocidos para los invitados blancos, pero tarde o temprano, voces como la de Julia Cater pasaban a los populares espirituales, y a veces la multitud se unía a los cánticos, y en esos momentos de fusión se desvanecía toda idea de blanco o negro.

Eran aproximadamente las nueve cuando corrió entre la multitud la noticia de que llegaba el padre Caveny, y él sabía lo que se esperaba que hiciera, pues llevaba consigo una pequeña caja negra que desconcertó a los blancos, pero que llenó de alegría a los negros allí presentes. Cruzó con desenvoltura por entre la multitud, un joven de veintiséis años, de pelo rubio y vestido con atuendo clerical, el muchacho que había sacado notas excelentes en el colegio y mejores aún en el seminario. Patamoke estaba orgullosa del joven Patrick Caveny, pero le invadía ahora el desconcierto ante su imprevisible comportamiento.

Saludando con una inclinación de cabeza a los Steed y a sus otros feligreses blancos como si estuviera caminando por su iglesia, paseó unos momentos por entre los negros y se dirigió luego hacia el estrado en que se encontraba la banda. La gente empezó a aplaudir, y Will Nesbitt bajó para invitarle a unirse a la banda. Esto provocó más aplausos, y, después de sonreír a la multitud y de pedir un poco más de pastel de cangrejo, abrió la caja negra.

En su interior había un clarinete desmontado en cuatro piezas, y lentamente, con teatralismo irlandés, las sacó y las fue montando: pabellón, cuerpo, boquilla, lengüeta. Tras comprobar el conjunto, pidió a uno de los hombres de Nesbitt que hiciera sonar una nota, que trató de repetir. Satisfecho del estado de su instrumento, hizo una señal a Nesbitt, y la banda eligió las siete bellas notas de una canción que entusiasmaba a los negros, Adiós, adiós, mirlo, y cuando sonaron, el público prorrumpió en aplausos.

El padre Caveny no tocó durante la primera parte de esta admirable canción, pero cuando la música llegó a lo que se denominaba el puente, o, como algunos lo llamaban, la laguna, la banda se detuvo, y él interpretó con su clarinete el desolado lamento de un negro atrapado en el Norte y anhelante de regresar a su hogar.

Luego volvió a sonar la banda, y diez minutos después la romería en la E. M. A. se había convertido en una fiesta llena de tumultuoso bullicio.

Los Steed y otros católicos se sentían turbados por el comportamiento de su sacerdote, y la tía del congresista dijo:

–En mi opinión, se está acercando demasiado a los negros en todos los aspectos.

Y otra persona de su generación dijo:

–Es vergonzoso que un miembro del clero toque un clarinete como hacía en la escuela superior.

Pero cuando finalizó la romería, y el reverendo Douglass hubo contado las monedas con las que su iglesia debía subsistir durante los próximos meses, y hubieron sido limpiados los pucheros y retiradas las cuerdas, fue Jeb Cater quien resumió la velada:

–Los cuáqueros como Woolman Paxmore, el mejor hombre de la ciudad, aman a los negros en grandes dosis…, los negros de Alabama, los negros de Georgia… pero el padre Caveny nos ama uno a uno…, tal como somos…, aquí, en Cuello de Rana.

El 22 de febrero de 1941, la fotografía de Amos Turlock apareció en la primera plana del Patamoke Bugle, pero no en la forma en que Hugo Pflaum había planeado. Él habría querido ver a Amos a un lado, La

Twombly en medio, y al otro lado él, el astuto guardabosques que, por fin, había logrado confiscar la ultima y más famosa de las escopetas largas.

No, era una fotografía completamente distinta. Aparecía en ella Amos, sin afeitar, con una escopeta corriente en una mano y un ganso muerto en la otra; al pie decía:

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