Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 13 de 13

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Bahía de Chesapeake

La sombra de una poderosa roca

sobre una tierra fatigada.

Ninguna descripción podía resumir más perfectamente el carácter de su mujer; ella le había prevenido contra Washington, le había avisado de los peligros a que se enfrentaba en una Casa Blanca carente de fibra moral, y nunca había dicho: «Ya te lo advertí.» Si le hubiese escuchado, nunca habría sucedido.

Pero este mismo reconocimiento de su fuerza le excusaba de basar su decisión en los efectos que pudiera producir sobre ella: ella sobrevivirá. Ella no es la sombra de una roca. Es la roca. Y la apartó de sus cálculos.

Era el final del día, el final de noviembre, ese sutil y peligroso mes.

Era el final de una vida pasada en direcciones equivocadas, y no podía hallar justificación alguna para su continuación.

Bajando la escopeta del borde del puesto, sobre el que los gansos volaban con absoluta impunidad, apoyó la culata en el suelo, entre sus botas. Colocándose el cañón bajo la barbilla, tanteó con el dedo índice derecho, encontró el gatillo… y, sin pesadumbre ni vacilación, lo oprimió.

DECIMOCUARTO VIAJE: 1978

Las peores tormentas que se abaten sobre Chesapeake son los huracanes que nacen en el Caribe y parecen alcanzar la bahía cada veinte años, aproximadamente. Pero hay también tormentas menores que llegan rugientes desde el Atlántico, transportando grandes cantidades de agua y acompañadas por vientos de fuerza demoledora.

Estas tormentas aparecen anualmente, barriendo la costa en Norfolk con olas enormes que engullen a los pescadores descuidados.

En cuestión de cinco minutos se levanta un viento de más de 130

kilómetros por hora, capaz de hacer zozobrar aun al barco más grande.

En 1977, una de estas tormentas destruyó un skipjack…, seis hombres ahogados; un cangrejero…, cuatro desaparecidos; un bote de remos frente a Patamoke…, dos muertos.

En noviembre de 1977, una de estas tormentas recorrió el Atlántico durante varios días, permaneciendo justamente al sur de Norfolk, y los aprensivos pescadores aventuraban predicciones sobre si subiría hasta

Pensilvania, inundando de nuevo los valles, o se quedaría abajo para que la bahía recibiese todo su impacto.

–Parece que se mantiene alta -dijo Martin Caveny, el hermano del sacerdote.

–En ese caso -predijo su amigo Amos Turlock-, la' bahía se inundará otra vez.

–La bahía se recobra. Los cangrejos y las ostras saben protegerse.

–¿No quería Mrs. Paxmore que supervisásemos todo? Me refiero a la barcaza y todo eso.

–Sí -respondió Caveny.

–¿Crees que la tormenta esperará a que lleguemos a Patamoke y volvamos?

Antes de dar una respuesta que más tarde pudiera ser utilizada contra él, Caveny observó el encapotado firmamento. Cambiando de posición para poder ver los dentados restos de la isla Devon, se fijó en la forma en que las avanzadillas de la inminente tormenta atacaban las ruinas de Venganza de Rosalind.

–No llegará aquí antes del anochecer.

–Nos arriesgaremos -dijo Turlock-. Los barcos eran el negocio de la familia de Pusey, y no estaríamos enterrándole hoy si se hubiera quedado con ellos.

–Ella insistirá en ir en barco -dijo Caveny-, a menos que se desate un huracán.

–Y un huracán es lo que va a llegar -añadió Turlock-. Hacía medianoche.

Oyó un ruido y, al volverse, vio a la viuda que salía de la casa telescópica.

–Ahí viene, tan seria como siempre.

–¿Cómo va a estar? ¿Con la televisión recordando todo, fotos de Scanderville y todo eso?

–A ella no le importan un bledo esas cosas.

–A todo el mundo le importan. ¿No te importaría a ti?

–Yo no habría estado en la cárcel. Nosotros, los Turlock, nunca nos salimos de nuestro puesto.

–¿Crees que Pusey lo hizo?

–Si se hubiera quedado en casa -respondió Turlock-, no habría aterrizado en la cárcel.

Mrs. Paxmore llegó junto a los dos hombres y observó el horizonte.

–¿Vamos a tener un huracán?

–Sí -convino Turlock.

–¿Cuándo?

–No antes de anochecer -dijo Amos-. Es decir, en opinión de éste.

Mr. Paxmore se volvió hacia Caveny.

–¿Podemos llegar a Patamoke? El regreso no me preocupa.

–Le prometo que llegaremos -dijo Caveny-. Después del funeral hablaremos sobre la vuelta.

–Parece razonable. Bajaremos el ataúd a las diez.

Se disponía a marcharse, cuando Caveny le detuvo.

–¿Le gustaría a usted que fuésemos de luto?

Pensando que les ahorraba una situación embarazosa por si no tenían trajes negros, respondió:

–Creo que no. Un entierro es un incidente en la vida…

–Tenemos trajes negros.

–¡Oh! Sí que me gustaría que fueseis de luto. Sería… -No encontró ningún adjetivo satisfactorio, y concluyó-: apropiado.

A las nueve y media llamó a los dos hombres, vestidos ahora con sus mejores galas, y les dijo:

–Vamos a traer el ataúd.

Y se reunieron con los dos hijos de Paxmore, que habían llegado para el funeral. Mientras llevaban el féretro hasta la barcaza, los jóvenes preguntaron, con tono casual:

–¿Qué, buenas capturas este año?

–Nunca suficientes -respondió Turlock.

–¿Está arruinando la bahía el Kepone de Virginia?

–Toda Virginia arruina la bahía -dijo Turlock, reviviendo atávicas animosidades.

–¿Todos vuestros parientes están enterrados en Patamoke? –

preguntó Caveny.

–Si.

–Una pena lo de vuestro padre.

–Sí, y nada hubiera podido impedirlo.

–¿Crees que Nixon le arrojó a los lobos?

–No, siempre somos nosotros mismos los que nos arrojamos. Pero los lobos están esperando.

Cuando el ataúd quedó instalado en el fondo de la barcaza, se sacaron sillas plegables de lona para Mrs. Paxmore y las esposas de los dos hijos. Turlock puso en marcha el motor, y comenzó el último y largo viaje hasta el cementerio cuáquero, pero cuando la carcasa se separó del muelle, otras tres embarcaciones se situaron detrás de ella, y en la última Amanda vio a cuatro miembros de la familia Cater: el capitán Absalom, su mujer, una hija y, para sorpresa general, su primo Hiram, grave y silencioso después de los años pasados en prisión. Los negros no dijeron nada, no hicieron ninguna señal de reconocimiento; simplemente, se unieron al cortejo. Era tradición oral en su familia, venerada como un pasaje de la Biblia, que en tiempos difíciles podía confiarse en los Paxmore, y ni siquiera el hecho de que el difunto Pusey Paxmore hubiese lanzado al FBI en persecución de Hiram era suficiente para impedir que el joven asistiese al funeral. Cuando la barcaza llegó a Patamoke, él y Absalom se adelantaron para ayudar a transportar el ataúd hasta el cementerio; no permitieron que ningún taxi ni furgón hiciera ese trabajo.

Las intervenciones orales ante la tumba habrían sido breves, al estilo cuáquero, si no hubiera aparecido inesperadamente el padre Frederick, un anciano ya, para pronunciar una corta oración, que acabó siendo larga:

–Nunca fue católico, pero se mostró amigo de todos los que lo eran.

Uno de sus antepasados construyó esta capilla, pero Pusey nos dio el dinero necesario para reconstruir nuestra iglesia. Encontré muchas veces ayuda en esta casa, cuando sólo muy escasa la recibía de mis propios fieles.

Continuó hablando, pasando revista a la vida de Pusey y expresando aquellas importantes verdades que otros habían temido exponer a causa del trágico carácter de su suicidio.

–No sólo fue un hombre generoso -concluyó el padre Caveny-, sino también valiente. Cuando la nación le necesitó, acudió sin vacilar.

Cuando su jefe precisó protección, se la dispensó. De poco le sirvió, poca ayuda obtuvo de aquellos a quienes apoyó. Damos sepultura a

nuestro amigo Pusey con amor y con un recuerdo. Ningún hombre ni mujer de cuantos se encuentran ante esta tumba fue jamás más pobre por nada de lo que él hiciera. Que quienes le amaron sean quienes le depositen en el lugar de su descanso final.

Tras decir esto, cogió desafiantemente una pala, aunque sabía que su propia iglesia miraba severamente el suicidio, y arrojó una paletada de tierra sobre el ataúd. Con meticulosos gestos, fue pasando la pala a Hiram Cater, Martin Caveny, Amos Turlock y, finalmente, a los hijos de Paxmore. Y Pusey fue enterrado entre capitanes de mar que habían navegado a Londres y Barbados, entre aquellos modestos héroes que habían resistido al rey Jorge, y con los olvidados granjeros y comerciantes que habían hecho de la Orilla Oriental un lugar de dignidad.

Después del funeral se celebró una pequeña recepción en la casa de una familia cuáquera. Allí, los Paxmore y los pescadores discutieron si era factible regresar por agua a Acantilado de la Paz, y quedó claro que Mrs. Paxmore esperaba volver en lancha, aun cuando existiese peligro…

–Pusey amaba este río.

Sus hijos se mostraron dubitativos.

–Va a haber una auténtica tempestad, madre. No deberías correr el riesgo.

–Quizá tengáis razón. Llevad a las chicas en el coche. En cuanto a mí, si Amos y Martin están dispuestos…

–Él dijo que la tormenta no caerá hasta el anochecer -apuntó Turlock-. Yo estoy dispuesto.

Cuando Caveny dijo lo mismo, los tres se apresuraron a dirigirse a la barcaza, pusieron en marcha el motor y comenzaron el viaje de regreso.

Fue un retorno triste y solemne. Había grandes olas, y necesitaron varios minutos para salir del puerto y entrar en el río propiamente dicho. Pero fue también un viaje memorable, pues el firmamento estaba encapotado y oscuro, como si la Naturaleza lamentase la muerte de un hijo. Las marismas de Turlock habían desaparecido, por supuesto, sepultadas bajo un manto de cemento, pero en los bosques situados tras ellas, altos árboles oponían sus copas al viento; pequeñas

embarcaciones regresaban apresuradamente a la orilla; los gansos evolucionaban con cuidados movimientos.

Durante el tramo final hasta Acantilado de la Paz, las olas aumentaron en intensidad, empapando a los pasajeros, pero cuando Mrs. Paxmore se volvió para secarse la cara, descubrió que la barcaza no estaba sola; tras ella iba la pequeña embarcación de la familia Cater, dispuesta a cerciorarse de que los Paxmore llegaban sanos y salvos, antes de realizar el largo viaje de vuelta a Patamoke.

Caía la tarde cuando Amos Turlock atracó la barcaza en el muelle de Paxmore, y cuando Amanda Paxmore hubo desembarcado, Amos dijo algo que delató la inquietud que había sentido durante los quince últimos minutos del viaje:

–Caveny, vamos a llevar esta embarcación lo más lejos que podamos tierra adentro. Esta tormenta no tardará en llegar.

–¿Va a ser un huracán? – preguntó Amanda, mientras golpeaba el suelo con los pies para sacudirse el agua.

–Quizá -respondió brevemente Turlock.

–Entonces, tienen que venir los Cater también.

Y fue hasta la punta del muelle, gritando y agitando la mano en dirección a los negros que se alejaban en su pequeña embarcación, pero éstos se hallaban decididos a regresar a Patamoke; sin embargo, cuando intentaron entrar en el Choptank, grandes olas se abalanzaron sobre ellos, y resolvieron que era inútil insistir. Dando rápidamente media vuelta, consiguieron llegar al muelle, donde Mrs. Paxmore les ayudó a desembarcar.

–Va a ser un huracán -dijo el capitán Absalom, y tenía razón.

Sin descargar un solo trueno ni relámpago, las nubes descendieron tanto que parecían tocar las olas que ellas habían creado, y la noche cayó una hora antes de lo normal, mientras grandes sábanas de lluvia se tendían oblicuamente sobre el paisaje.

Los cinco Paxmore, los dos pescadores y los cuatro negros se reunieron en el salón delantero de Acantilado de la Paz, pero éste se hallaba tan expuesto a la furia de la tempestad, que las amplias ventanas empezaron a rezumar agua, y todos se vieron obligados a refugiarse en la cocina; esto no proporcionó mucho alivio, pues las luces se apagaron, y las acurrucadas figuras pudieron oír en la

oscuridad cómo el viento arrancaba las persianas y las hacía restallar a través de la noche.

–En los viejos tiempos -dijo Amanda- habríamos interpretado esto como la ira de Dios por la muerte de un gran hombre. Esta noche, todo lo que podemos decir es lo que Mr. Caveny ha dicho hace unos instantes: «Es una tormenta endiablada.»

La tempestad continuó a lo largo de la fría noche de noviembre, y hacia las cuatro de la madrugada, cuando alcanzaba su aullante climax, una de las jóvenes esposas, una baptista de Alabama, preguntó quejumbrosamente:

–¿No estaría bien que rezásemos?

Y Amanda contestó:

–Yo llevo ya un rato haciéndolo.

Esto recordó a la baptista que los cuáqueros rezaban en silencio, y dijo:

–Quiero decir…, una oración de verdad…, en voz alta.

–Betsy -dijo Amanda-, rezaremos todos contigo.

Y había previsto alguna tremenda declaración religiosa, pero la muchacha se arrodilló, simplemente, junto a su silla y, a la parpadeante luz de las velas, dijo:

–Dios mío, protege a los hombres sorprendidos por la tormenta en la bahía.

–Yo digo amén a eso -exclamó Martin Caveny, santiguándose.

–Y yo -añadió uno de los jóvenes Paxmore.

Al amanecer amainó la tormenta, y, a la luz del día, salieron todos a ver los destrozos y encontrar el mayor consuelo posible: la barcaza arrojada nueve metros en un campo (pero no aplastada); el muelle completamente destruido (pero los pilotes de sustentación continuaban firmemente en su sitio); dos de los grandes ventanales, hechos pedazos (pero estaban asegurados); un considerable trozo de orilla, arrancado (pero podía reconstruirse tras empalizadas); y muchos y majestuosos árboles, derribados, sin posibilidad alguna de salvarlos.

–Veamos qué ha ocurrido en otros lugares -sugirió uno de los jóvenes.

Y Amos Turlock cargó un camión con cuerdas, palancas, palas y prismáticos de campaña y encabezó una expedición a la casa de

Caveny, que había sufrido grandes daños, pero sin quedar destruida.

Al llegar a la caravana, Turlock quedó horrorizado ante los destrozos; de sus veinticuatro estatuas grandes, siete habían sido rotas por ramas desgajadas de los árboles, pero se sintió aliviado al ver que continuaban en sus puestos los tres enanos que custodiaban la enterrada escopeta.

El camión no podía entrar en Patamoke, ya que varios árboles caídos bloqueaban el paso, así que retrocedieron hacia Acantilado de la Paz, donde, desde una eminencia, pudieron examinar la desembocadura del Choptank y ver las diversas embarcaciones arrastradas tierra adentro por la tormenta. Estaban empezando a inspeccionar la orilla opuesta cuando Amos Turlock, que observaba el contorno con sus prismáticos, lanzó de pronto un grito:

–¡Mirad a Devon!

Todos se volvieron hacia la isla que protegía el río, y Caveny dijo:

–No veo nada de particular.

Cogió los prismáticos, miró hacia el Oeste y exclamó, en voz baja:

–¡Je…sús!

Una de las esposas Paxmore miró hacia las ruinas que había dibujado en rápido apunte hacía sólo unos días. Sin decir nada, le pasó los prismáticos a su marido.

Éste miró unos momentos, bajó los prismáticos para comprobar a simple vista y dijo:

–Ha desaparecido. Ha desaparecido por completo.

–¿Qué ha desaparecido? – preguntó su hermano.

Y luego, sin necesidad de ayuda, observó las turbulentas aguas, y quedó petrificado ante lo que la tormenta había hecho.

La isla se había desvanecido. Sobre las fragorosas olas, donde antaño habían prosperado espléndidos campos, no había nada. En el lugar en que la más exquisita mansión de la Orilla Oriental había mostrado su majestuosa silueta, no se veía nada. Se había abatido sobre ella la tempestad final que acaba alcanzando a toda existencia; la incansable erosión que incluso consigue allanar montañas había completado su obra. La isla Devon, y todo cuanto pertenecía a ella, había desaparecido para siempre.

Olas incesantes que once mil años antes habían arrojado detritos en aquel lugar, dando origen al nacimiento de una isla, habían vuelto para

recuperar lo que habían prestado. La tierra que tomaron sería trasladada a algún otro lugar a lo largo de la bahía de Chesapeake para ser utilizada allí de alguna nueva manera durante quizás otros mil años, después de lo cual las olas volverían a tomarla de nuevo, usándola y volviéndola a usar hasta el previsible día en que el inmenso océano del mundo se lanzara impetuosamente para reclamar toda aquella península en la que, durante unos cuantos siglos, la vida había sido tan agradable.

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