Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 4 de 13 · parte 1/15

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Bahía de Chesapeake

La Marisma

Este capítulo es largo, así que está dividido en 15 partes.

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Para Timothy Turlock, adentrarse solo en las marismas del Choptank era un acto de locura. En Inglaterra no había sido campesino, y en Virginia había estado tan ocupado peleando con los Janney, que no había adquirido los conocimientos prácticos de la vida rural. Sólo una cosa le permitía sobrevivir: había desarrollado un apasionado amor a la tierra y a los ríos, y percibía intuitivamente los pasos que debía dar para vivir con ellos.

En consecuencia, cuando los guerreros le encontraron al borde de la marisma, comprendió que debía echarse en sus manos, mostrarse lo más dócil posible y aprender de ellos las técnicas que necesitaría. No existía ningún poblado indio de Patamoke con el que pudiera contar.

Los guerreros que habían descubierto a Turlock estaban realizando una expedición de caza; permanecieron varios días con el desmedrado inglés, un tanto complacidos de que no fuese más corpulento que ellos.

Aprendió de ellos a tejer hierbas de la marisma para reforzar las paredes de su choza y a coger los pocos cangrejos de otoño que quedaban. Aún no habían llegado del Norte los gansos, así que no podía atraparlos, pero aprendió los rudimentos del arte de rastrear el ciervo.

No podían conversar con él, naturalmente, pero su costumbre de hablar con palabras aisladas, acompañadas de muecas y gestos, le capacitaba admirablemente para hablar con los indios, que con frecuencia hacían lo mismo, de tal modo que para el final del segundo día había acumulado un vocabulario de unas cuantas palabras con las que en lo sucesivo sostendría la mayor parte de sus relaciones con los choptanks: kawshek, ostra; tabquab, cangrejo; attque, ciervo; nataque, castor; y la palabra que resultaría en extremo aterradora: poopponu, invierno.

Cuando se marcharon, los guerreros le habían dado un cursillo intensivo de supervivencia, que fue suficiente durante los meses de setiembre y octubre, en que el tiempo fue benigno. De hecho, cuando llegaron los grandes gansos, asegurándole alimento, sintió tal confianza que empezó a preparar pequeños campos para destinarlos a huertos, aunque no tenía ninguna semilla ni la menor idea de lo que debía hacer si alguna caía en sus manos.

Pero a finales de noviembre, cuando el tiempo se tornó realmente frío sobre el Choptank, quedó espantado de su crudeza, y entonces

empezó su terrible prueba, tan cruel, a su manera, como la época de hambre que había puesto a prueba a los primeros virginianos. No tenía mantas, pero había ramas de pino, y, entrelazándolas adecuadamente, podía arrastrarse bajo ellas y, al menos, protegerse del temporal.

También averiguó que las plumas de ganso, si se comprimían en alguna especie de recipiente, podían proporcionar calor, y, después de muchos e irritantes fracasos, descubrió la forma de hacer una pequeña manta con una de las camisas que había robado a Janney. Atada ingeniosamente y rellena de plumas, resultaba confortante. Al cabo de una semana pensó que debía sacar las plumas grandes, de duros cañones, y utilizar sólo el plumón; éste conservaba el calor, hasta el punto de que algunas noches llegó incluso a sudar.

Luego llegó la nieve. El Choptank se hallaba lo bastante al Norte como para que el río se helara una o dos veces todos los inviernos, y por su situación eran frecuentes las nevadas. Se quedaba dormido al atardecer, cubierto por su camisa-manta, y percibía durante la noche un opresivo silencio: ningún sonido de ninguna clase, ni pájaros, ni ramas doblándose, ni el ruido de ningún pie. Y, luego, oía el más leve de todos los sonidos, el casi imperceptible roce de la nieve al caer, chocando con las agujas de los pinos y acumulándose lentamente sobre la tierra, donde cubría sus desguarnecidos huertos y ocultaba su choza.

Por la mañana se asomaba a la puerta y veía un paisaje enteramente blanco; hasta el hielo del río estaba cubierto, y comprendía que ese día lo pasaría hambriento y amargamente solo.

El invierno de 1638-1639 fue desacostumbradamente riguroso, y Turlock soportó cinco nevadas, que agotaron su pemmicán y le imposibilitaron de capturar gansos ni peces. Cuando la sexta borrasca se abatió sobre el Choptank estaba medio muerto, y cuando el río se desheló, abandonó. Navegaría hasta la isla Devon y se sometería a las acusaciones que las autoridades de Virginia quisieran formular contra él.

Tristemente, montó el mástil, desplegó su robada vela y salió de su refugio. Una vez en el Choptank y con la isla ya a la vista, experimentó una sensación de resignación; al menos, en Devon encontraría comida y calor, y podrían pasar meses antes de que los Steed le pudieran entregar en Jamestown. No se sentía muy alentado, pero centró su

atención en el hecho de que, durante un aplazamiento que podría durar varios meses, un tipo listo como él podría pensar algo.

Resultaba extraordinario que Turlock hubiera permanecido escondido en las marismas durante casi medio año sin que los habitantes de Devon tuvieran conocimiento de su existencia; después de todo, sólo había diez millas de distancia entre los dos puntos; pero debe recordarse que los indios habían abandonado el servicio de Steed, y los sirvientes que habían ocupado su puesto no tenían permitido internarse tierra adentro. Por eso, cuando uno de ellos advirtió la presencia de una lancha desconocida que enfilaba el río Devon, una gran agitación se extendió por la colonia.

–¡Amo Steed! – gritó uno, mientras corría hacia la casa-. ¡Lancha!

¡Lancha!

El amo se encontraba en uno de los campos, pero en la puerta de la casa apareció una mujer alta, con un pañolón negro sobre los hombros que paseó la vista por los nevados campos y, luego, vio la lancha.

Tendría cuarenta y tantos años, pelo entrecano y una piel todavía pálida. Se movía como si la isla le perteneciese, como en efecto era. Y, después de cerciorarse de que solamente había un pasajero en la embarcación, envió mensajeros por toda la plantación.

Cuando la balandra atracó en el muelle, vio saltar a tierra a un demacrado hombre blanco. Con pasos inseguros, echó a andar por el sendero que conducía a la casa, pero, tras recorrer solamente un corto trecho, se desplomó.

–Socórrele -ordenó al criado que tenía a su lado.

Turlock fue introducido en la casa, donde Mrs. Steed pudo casi ver cómo el calor penetraba en sus helados huesos.

–¿Quién eres? – preguntó, cuando el hombre hubo tomado un poco de caldo.

–Turlock.

–¡Oh! ¿Eres el que trabajaba aquí con Simón Janney?

–Sí.

Delicadamente, ella ocultó el hecho de que también sabía que era el que había golpeado a Janney en la cabeza con una azada y le había robado su lancha.

–¿Janney… vivo? – preguntó Turlock.

–Sí -respondió ella-, pero no gracias a ti.

–Él… era… malo.

Ella no lo creía así. Tanto Janney como su esposa habían declarado que jamás habían pegado a su pendenciero sirviente y que ambos habían procurado que comiese tan bien como ellos. Turlock había sido presentado ante el tribunal como un ingrato que…

–¡Viene amo Steed! – gritó uno de los hombres.

Turlock se puso en pie, esperando encontrarse con Edmund Steed, con el que había trabajado. En lugar de ello, entró un joven de veintidós años, con las mejillas rojas por el frío y el pelo revuelto.

–Éste es mi hijo Henry -dijo Mrs. Steed-. Interrumpió sus estudios de Derecho en Londres cuando murió mi marido.

Turlock sabía que debía decir algo acerca de la muerte, pero ser afable no era su especialidad.

–Malo -gruñó.

–¿Trabajaste tú con mi padre cuando yo estaba fuera? – preguntó el joven Steed.

–¡Uh-huh!

Se produjo una embarazosa pausa, durante la cual Turlock permaneció con la vista insolentemente fija en la ventana de cristal, la primera que veía en el Nuevo Mundo. Finalizó cuando Mrs. Steed explicó:

–Hemos hablado de su agresión a Janney.

–Un milagro que no le matases -dijo acusadoramente Steed.

–No… bueno.

–Él era tu amo legal.

–Gustaba… esclavos… más.

Era notable lo rápidamente que se acostumbraba uno a la truncada conversación de Turlock; cuando proporcionaba breves pistas verbales, la mente adiestrada se apresuraba a llenar los intersticios, como si fuese un ser primitivo y limitado a los pensamientos más esenciales. Los Steed no tardaron en comprenderle.

Se disponía Henry a sermonearle cuando Mrs. Steed intercedió; dijo suavemente que lo que aquel repugnante individuo necesitaba no eran discursos moralizadores, sino comida caliente, y le llevó a la cocina, donde humeaban varios pucheros y le dio de comer. Luego le

condujo a una cama vacía, y el hombre se quedó dormido bajo sábanas de verdad.

Al regresar junto a su hijo, que le miraba con aire de reproche, le impuso silencio con una máxima que había oído a su abuela en Wycombe:

–Ocúpate del estómago del prójimo y de tu propia conciencia -y añadió-: Si llega a tu puerta un hombre medio muerto de hambre, no le sermonees, Henry, dale de comer.

–Tenemos que entregarle a las autoridades.

–¿Sí?

La insinuación era tan sorprendente para el joven Henry, instruido en leyes, que empezó a argumentar, pero su madre, pensando en el hombre dormido, le advirtió:

–Baja la voz, hijo.

Y luego examinó con él la antigua teoría del asilo, conforme a la cual un hombre que huyera de la justicia podía comportarse tan hábilmente que acabara entrando en el lugar de refugio del que no podía ser extraído.

–No en balde crearon los hombres ese concepto -dijo.

–No se puede huir de la justicia -replicó Henry.

–Sí…, si se llega al lugar de asilo.

Esta idea era repulsiva, y Henry empezó a rebatirla enérgicamente, pero su madre le hizo dos observaciones:

–Henry, tu padre y yo fuimos con frecuencia objeto de persecución por parte de la ley, pero, gracias a Dios, encontramos refugio.

Y luego:

–El que hayas estudiado Leyes no te da derecho a erigirte en un pequeño tirano.

Su hijo estaba dispuesto a aceptar este reproche debido a la extraordinaria fuerza moral que su madre había demostrado en los últimos meses de vida de su marido. Mientras él se encontraba ausente luchando por la libertad en la Asamblea, ella había cuidado de la plantación y hecho trabajar a los esclavos. Sus hijos no podían ayudarle, pues estaban en Europa, y allí seguían cuando Edmund murió.

Fue entonces cuando tuvo que enfrentarse con auténticos problemas: Simón Janney reclamó todos los campos situados al norte de la isla, diciendo que podía demostrar que los había trabajado y que había enviado su tabaco a Bristol bajo su propio nombre. Ella conocía la historia de los campos y sabía que sus pretensiones eran fraudulentas, pero fueron necesarios grandes y solitarios esfuerzos para rechazarle. Cuando los chicos regresaron de Europa, pudieron ocupar nuevamente la plantación sólo por la decisión de que había hecho gala su madre.

–Simón Janney es un hombre despreciable -dijo a su hijo.

–¿Crees que azotó a… cómo se llama?

–¿Turlock? Lo dudo. A Janney nunca le ha interesado la venganza, sólo el dinero.

–¿Debo entregar a Turlock a las autoridades de Jamestown?

–Yo creo que no -dijo ella, pero por deferencia a la posición de su hijo como heredero de la isla, añadió-: ¿Qué crees tú que debemos hacer?

Durante cinco días, Mrs. Steed y su hijo discutieron los problemas morales que representaba la presencia de Timothy Turlock en su casa, y aquel astuto individuo sabía cuál era el tema que les ocupaba. Por consiguiente, cuando mejoró el tiempo y pareció que la primavera no tardaría en llegar al río, huyó de la isla, no sin antes registrar la habitación de Mrs. Steed para encontrar varios carretes de hilo que necesitaba. Cogió también sus alfileres, varios clavos, un pequeño martillo y una manta, objetos todos que escondió bajo el banco de su robada balandra.

Se hallaba ya a bastante distancia río abajo cuando los criados advirtieron su marcha, y el clamor que alzaron no sorprendió a ninguno de los Steed.

–Dejadle ir -dijo Martha-. Lleva consigo su propio castigo.

–Pero él lo inflige a otros -dijo su hijo-, nunca a sí mismo.

Turlock pasó aquel espléndido otoño de 1639 fortificándose contra todos los inviernos que pudiera traer el futuro. Utilizando todos los pedazos de tela que pudo reunir, confeccionó una especie de forro para su robada manta; cuando la bolsa resultante quedó rellena de plumón de ganso, tuvo un edredón tan bueno como cualquiera que pudiese

haber en Maryland. Elevó su cama, rellenando el espacio existente bajo ella con gruesas plumas de ganso, y construyó una doble pared dentro de la casa, introduciendo más plumas en los espacios huecos. Añadió un nuevo tejado, formado con ramas de pino, y cavó hoyos en los que almacenar alimentos y canales para alejar de su choza el agua de lluvia y la del deshielo. Construyó un muelle, siguiendo el modelo que había aprendido cuando realizó este trabajo para los Janney, y, aunque no tenía nadie que le ayudase a clavar los pilotes de madera de cedro, los fue golpeando con una maza, hasta que sus extremos quedaron firmemente hundidos en el fango.

Pero, sobre todo, aquel hombrecillo que apenas pesaba 45 kilos y se hallaba lastimosamente inadaptado a la vida al aire libre, señoreó la selva, observando todas las cosas que ocurrían en ella. Construyó caminos y estableció a lo largo de ellos trampas tan ingeniosas, que nunca le faltaba alimento; despejó un espacio bajo los corpulentos pinos y trasladó allí su choza, a fin de que los árboles le proporcionaran frescor en verano y protección contra las nieves del invierno.

En aquellos primeros días veía la marisma simplemente como una superficie, un misterioso escondite en el que competían la tierra y el agua. Encontró en ella esporádicas islas lo bastante firmes como para ser cultivadas, y, junto a ellas, pantanos que se tragarían al caminante poco cuidadoso. A veces se encaramaba a algún montículo para ver pescar a la garza azul, y se regocijaba cuando el alto pájaro atrapaba un pez y se lo echaba al gaznate. Con frecuencia veía zorros que se deslizaban por entre las hierbas, acechando a codornices o conejos, y, a veces, grandes águilas descendían en picado para apoderarse de alguna presa que no podía identificar.

Pero el secreto de la marisma, el aspecto que cautivaba su imaginación, consistía en el hecho de que podía adentrarse en ella con su balandra, desmontar el mástil y ocultarla tan eficazmente, que nadie podía divisarla desde el río. Y también podía correr a lo largo de sus camuflados senderos y ocultarse con la misma eficacia. Esto quedó demostrado una vez que los indios llegaron allí para comerciar con él.

Corriendo hábilmente entre los cañaverales, exclamó: «¡Buscadme!», y no lo pudieron encontrar. Cuando regresó, mostrando sus negros

dientes en una amplia sonrisa, quisieron saber cómo había escapado, y, al verlo, quedaron maravillados.

Los indios presentaban un problema. Cuando aprendió más palabras de su idioma, le advirtieron que ellos eran los propietarios de la marisma y de la tierra que ocupaba, y que, si la quería, debía comprarla como había hecho Steed. Como él se resistiera, le llevaron hacia el Este, donde vivía el werowance, y Matapank confirmó la reivindicación de los choptanks. Turlock discutió con ellos varios días y, al final, hubo que reconocer que la tierra les pertenecía; para protegerse, dijo que la compraría. En una curtida piel de ciervo trazó un plano de su propiedad, mostrando la oblonga marisma y el triángulo de tierra firme, y pidió a los principales choptanks que estamparan sus signos; Matapank puso el suyo, y el hombrecillo de la barbilla partida y luego el débil gigante de pelo blanco y su hija, Tciblento, espléndida madre de dos hijos. Cuando todos hubieron firmado, puso su signo Turlock.

Pero cuando quedó terminado el mapa, se dio cuenta de que no constituía título adecuado, ya que sólo contenía signos no identificados y era imposible determinar a quién correspondía cada uno. Se le ocurrió entonces que lo que debía hacer era llevar a todo el grupo de negociadores a la isla Devon, donde los Steed podían escribir los nombres y verificarlos. Matapank comprendió y accedió a ir; el hombre de la barbilla partida estaba ansioso por dirigirse allá, canoso y rápido como un hurón; el gigante se negó a abandonar su tierra, pero Tciblento manifestó un sorprendente deseo de visitar Devon. Así, pues, fueron aprestadas las canoas, pero, antes de que emprendieran la marcha, el anciano de pelo blanco preguntó:

–¿Y qué nos da este extranjero por firmar su documento?

Se entabló una discusión, durante la cual los indios propusieron objetos diversos que necesitaban. Turlock escuchaba atentamente, aceptando unos y rechazando otros:

–Yo… tendré… eso. Yo… creo… tendré… eso.

Y así sucesivamente. Al fin se llegó a un acuerdo, y el convoy emprendió la marcha.

Fue un agradable viaje por el río, en cuyas orillas no se veía ni rastro de ocupación humana; sólo las águilas blancas y las garzas, y, de

vez en cuando, una familia de patos que se habían quedado allí en vez de volar hacia el Norte. Cuando las canoas pasaron delante de la marisma de Turlock, todos hicieron comentarios aprobadores, y, al final, apareció al frente la isla Devon. Tciblento empezó a ponerse nerviosa, y, cuando las canoas entraron en el río Devon, se inclinó hacia delante para divisar la casa y no apartó de ella los ojos mientras las canoas se aproximaban al muelle. Finalmente, los criados vieron la procesión que se acercaba y avisaron a gritos a su amo. Al poco rato, el joven Henry Steed bajó por el adoquinado sendero, y Tciblento se echó hacia atrás, sin decir nada, pero llevándose los dedos a la boca.

El acto de la firma se realizó en la mesa de la cocina de los Steed.

Henry escribió los cinco nombres, añadió una fecha y pidió a su madre que testificara su exactitud, y luego a su hermano, después de lo cual firmó él también. Con el tiempo, la piel de ciervo sería registrada en St.

Mary's City, pero sólo después de que Turlock hubiese alterado astutamente la línea que señalaba la frontera septentrional, argucia que le valió otros doscientos acres.

Vino luego la cuestión del pago. Llevándose a un lado a los indios, Turlock les aseguró que, después de la segunda luna llena, podían ir a su marisma, y les entregaría el número especificado de hachas, escopetas y otras herramientas. Matapank y el hombrecillo de la barbilla partida se mostraron de acuerdo, pero Tciblento preguntó:

–¿Por qué no nos lo das ahora?

A lo cual él respondió:

–Ahora… no… tengo.

Así, pues, los indios regresaron con las manos vacías, pero cuando hubo pasado la primera luna llena, Turlock puso manos a la obra. Una noche navegó con su balandra hasta una ensenada situada en el extremo más lejano de Devon, la ocultó entre los árboles y, durante tres noches seguidas, se internó tierra adentro para reconocer la plantación de los Steed. Luego, en una ajetreada noche, cogió hachas de lugares en los que tardarían en ser echadas en falta; las escopetas las robó directamente de los alojamientos de los dormidos criados que tenían a su cargo las tareas de caza; hurtó tres ruedas, un martillo, una palanca, dos azadas, y cuando hubo cogido varios objetos para uso personal,

regresó cautelosamente a su balandra y navegó en silencio río arriba hasta su marisma.

Cuando se disponía a descargar su botín y llevarlo a su choza, se le ocurrió que tal vez fuera más prudente ocultarlo en la marisma. Así, pues, con sumo cuidado para no dejar huellas, se abrió paso hasta el corazón de la zona más pantanosa, donde depositó sus mercancías sobre una plataforma de palos. Luego regresó de puntillas por otro camino distinto, y se hallaba sentado inocentemente en su choza, cuando un iracundo Henry Steed y tres hombres llegaron por el río para registrar su casa.

–¡Mr. Steed! – exclamó, sonriendo al propietario de la plantación-.

¿Qué… yo… robado… hachas? Tengo… mías.

Los criados comprobaron que las hachas de Turlock nunca habían sido propiedad de Steed, y tampoco las escopetas ni la azada.

–Ha escondido las mías en alguna parte -insistió Steed, y sus hombres registraron los bosques, pero no encontraron el menor rastro de tierra removida.

Steed les ordenó que penetraran en la marisma, pero cuando intentaron hacerlo se hundieron hasta la cintura y tuvo que mandarles volver.

–Creo… indios… llevaron -sugirió Turlock, pero los choptanks vivían demasiado lejos como para investigarlo, por lo que Steed se vio obligado a regresar a la isla.

Al marcharse en su queche, advirtió a Turlock:

–Sé que tú eres el ladrón. Te cogeremos.

Nunca lo hizo, pero, una vez que hubo entregado el precio de su compra a los indios, Turlock se mantuvo apartado de la plantación, adivinando que Steed apostaría centinelas para apresarle si intentaba nuevas incursiones. La marisma y la tierra firme eran legalmente suyas, cuatrocientos acres de la primera y casi ochocientos de la segunda, y estaba resuelto a que nada, ni borrascas invernales ni mosquitos estivales, le desposeyeran jamás de ellas.

Cuando Turlock llevaba ya más de un año ocupando su marisma, se dio cuenta de que algún que otro cazador o vagabundo de la orilla oriental habían empezado a acampar en el abandonado poblado Patamoke, y de que se había construido un tosco embarcadero en el

interior del puerto de refugio. Los Steed, situados en la boca del río, no parecían oponerse; de hecho, se beneficiaban del ocasional comercio que afluía a su casa de suministros de Devon, y no había en la zona ningún choptank para protestar.

Pero los hombres que se establecían en las ruinas del viejo poblado eran tan violentos que no podían por menos de surgir problemas; de sus sangrientas experiencias con los indios que habitaban a lo largo del James habían aprendido a odiar a los pieles rojas, y eran incapaces de distinguir a los inofensivos choptanks de los salvajes que habían entrado a sangre y fuego en Jamestown. Fue inmediatamente declarada la guerra contra todos los indios, y cuando un grupo casual de cinco guerreros choptanks acertaron a pasar por los antiguos terrenos de caza situados al norte de Patamoke, fueron tiroteados, y dos de ellos resultaron muertos; uno era el marido de Tciblento.

Un grito de aflicción brotó del asentamiento choptank cuando los tres supervivientes regresaron a trompicones e informaron de lo que había sucedido. Matapank, el werowance, quedó confuso ante la tragedia; comprendió que era inminente la inevitable confrontación, pero no tenía ni idea de lo que debía hacer.

Sin un plan preconcebido, reunió a tres consejeros para que le acompañasen en una visita destinada a tratar con los blancos acerca de la injusticia que habían cometido, pero cuando esta misión de paz se aproximaba al campamento, los pistoleros blancos dispararon sobre ellos, y Matapank cayó muerto.

La carga de la que había tratado de escapar descendió ahora pesadamente sobre Pentaquod. El cadáver del marido de Tciblento no había sido recuperado, así que no podían celebrarse los ritos fúnebres, y la hermosa mujer quedó sin el consuelo que le habría deparado un entierro adecuado y la certeza de una vida segura para su marido en el otro mundo. Lloró a su marido con sus hijos, y nada de lo que su anciano padre pudiese hacer calmaba su dolor; su marido había sido la primera víctima de la guerra que ella había presentido inevitable.

Pentaquod se sentía además desorientado por la absurda muerte de Matapank, a quien casi un cuarto de siglo antes le había sido conferido el manto del caudillaje: nunca había sido un werowance fuerte, pero había mantenido unida a la tribu y hubiera debido llegar a la vejez

como su respetado jefe. Ahora había desaparecido, y el único que podía dar a aquel pueblo pequeño y vagabundo el ánimo que necesitaba era Pentaquod, que tenía ya ochenta y un años y deseaba le llegara el momento de morir. Cuando los choptanks acudieron a él pidiéndole consejo, no sólo conservó sus tres plumas de pavo, sino que, para dar valor a su pueblo, accedió también a llevar, por primera vez, el disco de cobre distintivo del werowance. Ayudado siempre por Tciblento, tomó las decisiones necesarias para infundir valor a su pueblo de adopción.

A bordo de cinco canoas, él y sus guerreros más sensatos bajaron por el Choptank para explorar la situación. Se mantuvieron alejados del campamento en que se habían establecido los cazadores y entraron en la marisma, donde vivía solo Turlock, hombre en el que habían aprendido a confiar. Pentaquod, sentado junto a Tciblento en la tosca choza del fugitivo, preguntó:

–Turlock, ¿qué quieren los hombres blancos?,

–El río.

–¿Por qué nos matan?

–Sois indios.

–¿Debemos abandonar este río y vivir como esclavos bajo el dominio de los nanticokes?

–A ellos los matarán también.

–¿Tiene que haber guerra? ¿La guerra que siempre hemos tratado de evitar?

Hablaron durante dos días, y luego se dirigieron todos río abajo hasta la isla Devon, donde consultaron con los Steed. El joven Henry opinaba que el Choptank estaba permanentemente perdido y que los indios debían irse hacia el Este para evitar problemas, pero Turlock dijo que él había ido dos veces en esa dirección hasta llegar al océano y había visto que también allí se estaban estableciendo firmemente los blancos. Al oír estas tristes noticias, Pentaquod preguntó qué podía hacer su pequeña tribu, y Henry sugirió que fueran hacia el Sur e hiciesen causa común con los nanticokes.

–¿Y perder nuestra libertad? – preguntó el anciano.

–Los indios de la orilla occidental han aprendido… -empezó Henry, pero no terminó la frase, pues lo que habían aprendido resultaba

demasiado doloroso: que allá donde llegaban los colonos blancos, los indios debían marcharse.

Llegados a este punto, Mrs. Steed consideró deseable suscitar un tema menos lúgubre, y recordó cómo Tciblento había estado en otro tiempo enamorada de Edmund Steed y había acabado casándose con uno de los guerreros choptanks.

–¿Cómo está tu marido? – preguntó animadamente.

–Le mataron los cazadores.

–¡Oh, Dios mío! – exclamó Mrs. Steed, como si Tciblento hubiese presentado una prueba demostrativa de lo que los hombres habían estado diciendo, y sintió una compasión tal, hacia la india que la abrazó, permaneciendo unos instantes apoyada en su hombro.

–Te quedarás a pasar el invierno con nosotros -dijo dulcemente.

–Debo ayudar a mi padre.

–Él también se quedará en una de nuestras casas.

–Éstos son días en que todos somos necesarios -dijo Pentaquod.

Y cuando le fueron traducidas estas palabras, Mrs. Steed extendió los brazos y besó al anciano.

–Deja, al menos, que se quede tu hija -dijo.

Pero Pentaquod cogió de la mano a Tciblento y dijo quejumbrosamente:

–Hubo un tiempo, hace mucho, en que quise dejarla, pero ahora la necesitamos.

Y, silenciosamente, los indios fueron a sus canoas, como si se dispusieran a emprender un viaje fúnebre.

Durante los tres meses del invierno de 1641, Timothy Turlock viajó entre Devon y el campamento del Choptank portando mensajes y tratando de hallar alguna especie de acuerdo amistoso, conforme al cual los indios pudieran sobrevivir en su pequeño rincón de la selva, pero los cazadores se mostraron inflexibles; se proponían expulsar a todos los choptanks, y ya habían iniciado las primeras acciones de guerra con los nanticokes, en el Sur.

En sus gestiones, Turlock se entrevistaba cada vez más frecuentemente con Pentaquod, cuyos ojos velados por las lágrimas veían ya la disolución de su pueblo. El anciano era infinitamente más filósofo que Turlock, que apenas podía comprender una idea abstracta;

pero ambos compartían un intenso amor a la tierra, que les permitía comunicarse.

Pentaquod trató de convencer al pequeño inglés de cara de hurón, de que le resultaría tan difícil mantenerse en su tierra como a los choptanks conservar la suya.

–Ningún cazador en mi marisma -se jactó Turlock, moviendo la mano para señalar el mosquete que utilizaría para rechazarlos.

–Ellos no son el enemigo -le corrigió Pentaquod.

–¿Quién?

–Steed.

–No -replicó Turlock, con firmeza-. Steed… paz.

–No hace guerra -dijo Pentaquod-. No usa armas. Pero siempre querrá más tierra. Sus graneros siempre estarán hambrientos. Se apoderará de todo, hasta el océano, y tú. y yo, y todos nosotros, incluso los cazadores, seremos aniquilados.

Durante aquellos terribles días, Pentaquod reflexionó sobre el futuro de su tribu, pero estaba sucediendo algo inmediato, que le causaba profunda preocupación personal. Había observado que Turlock solía quedarse en el campamento del Choptank no tanto para consultar con él, como para estar cerca de Tciblento, y un día le asaltó la terrible idea: «¡Gran Espíritu! ¡Quiere casarse con ella!»

Formaban una pareja lastimosamente desigual: ella le llevaba la cabeza, hermosa cuando él era grotesco, poética por naturaleza, mientras que él apenas si era capaz de expresar una idea completa, y de cuarenta y cuatro años, cuando él sólo tenía treinta y dos. Y, lo que parecía más extraño de todo, carecían prácticamente de vocabulario común. ¿Cómo podían conversar? ¿Cómo podría haber ninguna relación espiritual entre ellos?

Y, sin embargo, Pentaquod comprendía los impulsos que podrían estar llevando a su hija hacia aquel inadecuado pretendiente. Ella se encontraba en la línea divisoria de dos épocas, con su marido muerto, su tribu en desorden, su hogar permanentemente incendiado y un futuro que se presentaba como una negra y amenazadora incógnita. No era ilógico que se volviese a los extranjeros e hiciera con ellos la vida que le fuese posible, pero resultaba trágica la necesidad de semejante decisión.

« ¡Oh, Tciblento! -se dijo una mañana-, que hayas perdido a un susquehannock digno de ti, y al Steed con el que hubieras debido casarte, y los nobles guerreros que habían venido… -Se estremecieron sus hombros, y se le llenaron de lágrimas los ojos-: ¡Cuán terrible es que llegues a pensar en ese hombre despreciable, Tciblento! ¡Tú eres hija de reyes!»

La boda fue algo desconcertante, una parodia de la antigua tradición: una mañana, el pequeño inglés murmuró: «Tiempo… ir…

marisma.» Y Pentaquod comprendió su urgencia, pues ningún hombre debe permanecer mucho tiempo ausente de su tierra. Cuando el Sol comenzó a descender hacia el Oeste, Turlock salió del wigwam y se dirigió con aire indolente a su lancha, indicando que Tciblento era libre de acompañarle si lo deseaba. Sin despedirse de su padre, ella siguió en silencio al trampero y, sin ceremonia de ninguna clase, subió a la balandra. Su marcha pasó inadvertida en el poblado; no se celebraron los festejos propios del matrimonio de una princesa, ni hubo redobles de tambores, ni oraciones recitadas por el chamán. La tribu estaba desorganizada. La presión del Choptank era demasiado intensa.

El viejo Pentaquod, comprendiendo que no volvería a ver más a su hija, llamó a sus dos hijos y, cogiéndoles de la mano, aunque eran ya crecidos, caminó hasta la orilla y gritó en dirección a la balandra que se alejaba:

–¡Tciblento! ¿Qué haremos con tus hijos?

Pero ella se había ido, ido de su tribu para siempre, y los chicos serían absorbidos y vagarían aturdidos con el resto de los choptanks y, al final, serían cazados como ciervos y muertos, y las agujas de los pinos los cubrirían.

¡Oh, Tciblento! El anciano lloró, y cuando los gansos abandonaron el tío, su espíritu les siguió.

Una característica fundamental de la orilla oriental era que los acontecimientos importantes ocurridos en cualquier lugar suscitaban violentas reverberaciones por toda la península, pero nada que sucediese en aquélla influía jamás en la historia exterior. Esto quedó demostrado en enero de 1648, cuando un barco procedente de Bristol llegó a Devon con un pequeño grupo de sirvientes, una gran provisión

de artículos comerciales para el almacén de los Steed y un sacerdote católico recién ordenado en Roma.

Ralph Steed, de treinta y dos años, había finalizado con éxito sus estudios, y hubiera debido sentirse orgulloso de ser el primer ciudadano de Maryland que recibía las sagradas órdenes, pero al bajar por la pasarela resultó evidente que se hallaba preocupado. Con graves modales y agitado por el viento su rubio cabello, besó sosegadamente a su madre, saludó a sus dos hermanos y dijo:

–Vayamos a la capilla.

Allí celebró una breve misa ayudado por dos marineros, después de lo cual cerró las puertas y se reunió solemnemente con su familia.

–Están sucediendo en Londres acontecimientos de suma gravedad -

explicó-. Los protestantes están acosando al rey Carlos, y una odiosa persona llamada Cromwell amenaza con apoderarse del trono y hacerse proclamar rey.

–¿Se han vuelto locos? – preguntó su madre.

–Sí. Y las consecuencias pueden ser terribles. El Parlamento trata de derogar la carta de Maryland. Se habla de enviar aquí los más temibles comisionados con el fin de destruir el catolicismo. Estamos en peligro.

Poseía solamente informaciones fragmentarias; había sido tratado con hostilidad en el barco por los que apoyaban al Parlamento protestante en su lucha contra el rey, y no se había enterado de algunas de las más preocupantes noticias, pero el capitán y los marineros estaban ahora informando a los protestantes que habían bajado del campamento para comerciar.

–Sí, señor -les dijo el capitán-, se está luchando por toda Inglaterra.

Un loco llamado Rupert apoya al rey, pero el general Cromwell está reuniendo ejércitos en los campos para defender a los hombres honrados. Si Cromwell vence, estarán contados los días de los papistas en Maryland.

Varios de los marineros, ardientes partidarios del Parlamento, querían organizar una especie de milicia protestante para el Choptank con el fin de defender las nuevas libertades que se estaban consiguiendo en Inglaterra, pero su capitán lo impidió.

–La batalla se ganará en Inglaterra -predijo-, y eso determinará lo que suceda aquí.

No acertó en su profecía. Los plantadores de Virginia y Maryland eran entonces, y seguirían siéndolo, firmemente realistas; amaban positivamente al rey, a cualquier rey, y cuanto más se aproximaba la victoria del Parlamento en Inglaterra, más enérgicamente defendían a Carlos a lo largo del Chesapeake. Para ellos, la Corona era un símbolo de permanencia de la Inglaterra que recordaban, y la insolencia de Cromwell les enfurecía. «¿Cómo se atreve a alzarse contra el rey?» E

hicieron circular manifiestos en favor de él.

Pero el padre Steed, persona instruida, además de devoto católico, percibía que se estaba gestando una importante revolución, y sabía que acabaría afectando a todos los habitantes de Maryland, no sólo a los plantadores.

–Nosotros somos gentes del rey -dijo a su familia- y católicos, y ambos atributos nos colocan en difícil situación. Debemos estar preparados para defendernos.

Así, pues, la isla Devon se convirtió en un bastión que defendía el Choptank. Los hermanos Steed poseían diecisiete mosquetes, pero vacilaban en armar a los criados, que eran todos protestantes, como los cazadores del campamento. Todos los asentamientos de Virginia eran vigorosamente anticatólicos, y podía esperarse que organizaran alguna especie de invasión. De hecho, la única esperanza de los Steed radicaba en que los ciudadanos estables de Maryland que habitaban al otro lado de la bahía se unieran a la causa del rey y mantuvieron una cierta estabilidad hasta que los ingleses de Londres eliminaran la amenaza protestante y ahorcaran a Cromwell.

Ralph fue el genio organizador. Manteniéndose en un segundo plano y dejando que su hermano Henry asumiera el control visible, cruzó la bahía y alentó a los católicos, asegurándoles que las dificultades surgidas constituían una aberración a la que había que ofrecer resistencia. Dijo además:

–No debemos dejarnos llevar por el pánico. Es inconcebible que Maryland, que permite a todos una absoluta libertad religiosa, vaya a atacar a los católicos, que hicieron posible esa libertad.

Pero una noche, mientras se expresaba así, un ama de casa católica le dijo que unos renegados habían irrumpido en su hogar y quemado su crucifijo, y Ralph se estremeció con la premonición de que los males que él había estado asegurando eran inconcebibles, eran ya reales.

Cuando regresó de cumplir sus deberes sacerdotales, se encontró con que Henry había recibido noticias de Inglaterra, y ninguna era buena.

–Los escoceses han traicionado al rey Carlos. El príncipe Rupert ha sido expulsado del país y se ha hecho pirata en las Azores. Están siendo enviados comisionados de la peor especie para sojuzgar las colonias, y han establecido disturbios contra los católicos.

Los hermanos Steed habrían actuado de modo imprudente de no haber sido por la influencia pacificadora de su madre. Martha tenía cincuenta y cuatro años, sus cabellos eran blancos, su figura delgada, y su presencia de ánimo continuaba siendo la misma de siempre. Había sobrevivido a muchas vicisitudes en aquella remota isla, y no tenía intención de caer en el pánico ni en la desesperación. Su familia católica estaba destinada a sufrir intensas presiones; de hecho, muchas veces se había preguntado por qué no había sucedido antes aquello, y consideraba que había una forma de combatirlo sin dejarse llevar por el histerismo. Dijo a Ralph:

–Hazte invisible. Constituyes un blanco demasiado tentador.

Aconsejó a Henry que disminuyera el volumen de sus relaciones comerciales para no excitar la codicia de los cazadores de Patamoke.

Sugirió también que se le propusiera a Turlock trasladarse a la isla para ayudar a defenderla con las armas si se producían violencias, y fue así cómo Henry Steed, el minucioso administrador de Devon, subió a su falúa y mandó a sus sirvientes que le condujeran a la marisma.

Lo que encontró allí le repugnó. Junto al pequeño estero que separaba la marisma de la tierra firme había una choza de lo más miserable ocupada por Turlock, su mujer india y dos gemelos mestizos que les habían nacido misteriosamente; Henry había supuesto que Tciblento había dejado hacía tiempo de ser fecunda, pero allí estaban los delgados chiquillos, jugando en el suelo de tierra. Turlock, el dueño de aquella choza, se hallaba en lamentable estado, con la cara llena de granos, andrajoso y sin dos de los dientes delanteros. Resultaba

repugnante imaginarle como colega, pero Henry siempre había respetado los consejos de su madre y comenzó las negociaciones.

–Madre opina que lo mejor sería que te vinieses a Devon… con tu mujer… e hijos, naturalmente.

–¿Qué más?

–Trasladaríamos dos de los criados. Podrías tener una cabaña estupenda -miró con desagrado la choza.

–¿Líos? – preguntó Turlock, mascando una hierbita.

Al principio, Henry tenía intención de fingir, pero sospechaba que tal vez Turlock hubiera oído rumores de Jamestown, por lo que habló con sinceridad.

–Han depuesto al rey.

–¿Qué… significa… eso?

–Le han echado.

–Bien.

–Puede que se produzcan disturbios en Maryland.

–¡Uh-huh!

–Si nos ayudases, Turlock, nosotros conseguiríamos que se anulase tu orden de detención.

–Nadie… detenerme.

–Algún día vendrán por ti. Intentaste matar a Janney. Y te ahorcarán.

–Nunca… encontrarán.

–Turlock, te estoy proponiendo un plan sensato para recuperar tu ciudadanía. Ven conmigo.

El fugitivo observó atentamente a Steed, y, con gesto instintivo, atrajo hacia sí a los dos chicos.

–Tcib, ven aquí -y la puso detrás de él-. ¿Protestantes lucha papistas?

–Sí.

–Yo soy protestante.

–Sé que lo eres, Turlock. Pero has visto al padre Ralph, el buen trabajo que hace.

–Ralph es bueno.

–También mi madre.

–Ella era buena.

–Lo sigue siendo.

–Tú eres católico, Steed. No puedo ayudarte.

Steed se sentó en el único mueble, un taburete de tres patas. No había esperado ese rechazo, pero necesitaba que aquel individuo estuviese de su parte, y estaba dispuesto a humillarse con súplicas.

–Turlock, lo que suceda en los próximos meses decidirá lo que ha de suceder en este río. ¿Quieres perder tu tierra? ¿Pasarte el resto de tu vida en la cárcel? ¿O ser ahorcado?

–Protestantes ganan, nunca me tocarán.

–Mi querido amigo -dijo apresuradamente Steed-, ¡tú eres exactamente la clase de criminal que esos puritanos ahorcarán!

Créeme, Turlock, si quieres conservar tu hogar aquí, en las marismas, ven conmigo y ayuda a mi madre.

Por pura casualidad, Henry había acertado con los dos símbolos que significaban algo para el fugitivo: su marisma y la bondad de Mrs.

Steed. A regañadientes, y con fuertes dudas de que actuara bien apoyando a un católico, cargó la balandra que había robado siete años antes y llevó a su familia a Devon, donde, como había prometido a Henry, fueron alojados en una bien construida cabaña. Allí, él y los tres Steed esperaron la conflagración que recorría la orilla occidental.

Llegó al Choptank de forma curiosa. Un criado de veintiséis años establecido a orillas del York discutió con su amo, que perdió los estribos y le azotó cruelmente. El hombre se sintió tan humillado por aquel castigo inmerecido, que incendió la casa de su amo y huyó; se habían dictado contra él órdenes de detención sobre la base de que cualquier cosa que un amo le hiciera a un criado, éste debía someterse, así que, temiendo ser ahorcado, el criado huyó de Virginia y se refugió en el campamento del Choptank.

Allí enardeció a cuatro renegados con fantásticos informes de la revolución general que estaba teniendo lugar en Virginia, con protestantes quemando casas católicas, hasta que uno de los cazadores exclamó:

–¡Hay una capilla papista en la isla Devon, con cura y todo!

Cinco hombres emprendieron la marcha por el río a bordo de sus canoas. Comenzaba la batalla que el padre Ralph había temido.

Fue una lucha terrible, y durante el tiroteo, Timothy Turlock sospechaba que estaba luchando en bando distinto del que le correspondía. No obstante, con su mosquete mantuvo a los invasores alejados de la casa Steed, pero, como se había situado en las ventanas que daban al Este, por donde tendría lugar el primer asalto del grupo de desembarco, no podía proteger el extremo occidental de la casa, donde se encontraba la capilla. El padre Ralph se había situado en el altar, y, cuando los incendiarios se acercaron con antorchas, disparó su mosquete sin dar a nadie.

Dos fornidos cazadores echaron abajo las puertas y le redujeron: Le habrían dado muerte con toda seguridad, pues les enfureció ver sus vestiduras sacerdotales, de no haber sido porque Mrs. Steed gritó pidiendo auxilio, y Turlock se apresuró a acudir, pero no antes de que hubieran prendido fuego a la capilla. Mientras ardía, los invasores prorrumpieron en vítores y trataron de culminar su victoria intentando también de destruir la casa papista, pero los disparos de Turlock y sus compañeros les hicieron retroceder, y al amanecer, mientras humeaban las ruinas de la capilla, los vencedores se retiraron a sus lanchas.

El padre Ralph, intensamente afectado por el ataque, reunió a su familia, para elevar oraciones de acción de gracias, pero Timothy Turlock y Tciblento no asistieron. El fugitivo había congregado a su familia y estaba en aquel momento introduciendo a los dos niños en su balandra; cuando Henry, tragándose su orgullo, fue a darle las gracias por su ayuda, él se limitó a decir:

–¡Al diablo con los católicos!

Y regresó a su marisma.

Esta batalla produjo en el padre Ralph una reacción de desaliento.

La pérdida de la capilla en que había rezado de niño constituía un duro golpe, pero su madre le recordó que Lord Baltimore había aconsejado a sus católicos que no hiciesen pública ostentación de su religión para no suscitar oposición, y ella consideraba que la capilla había sido ostentosa. Lo que le dolía era el hecho de que Maryland, la colonia en que los propietarios católicos habían ofrecido libertad religiosa a todos, fuera escenario de persecución a los católicos. Pero no se hallaba seguro de su situación; en los momentos culminantes de la pelea en que había estado a punto de perder la vida, había oído gritar a sus enemigos

protestantes: «¡Esto es por los treinta mil que matasteis en el Ulster, malditos papistas!»

En Roma había oído decir que los católicos de Irlanda del Norte, cruelmente perseguidos por la tiranía protestante, se habían rebelado y dado muerte a muchos miles de sus opresores.

–¿Ha de continuar esto eternamente? – preguntó a sus hermanos-.

¿Este fratricidio?

Reflexionó sobre ello durante varias semanas, y luego decidió que debía ir a Jamestown para enfrentarse a los terroristas que habían difundido aquel veneno a través de la bahía.

Su hermano Paul le acompañó para conseguir la anulación de la orden de detención dictada contra Timothy Turlock, y, cuando llegaron a Jamestown, se les dijo que el concejal Matthew Maynard era el más indicado para resolver sus respectivas misiones, de modo que fueron a su casa, donde el grave caballero contuvo el aliento al oír sus nombres.

Le sorprendió que un sacerdote católico se hubiera atrevido a caminar con hábito clerical por las calles de la ciudad.

–Pasen -dijo, sin entusiasmo-. Creo que a mi esposa le interesaría conocerles.

Pronunció estas palabras con tono malicioso y mandó que un esclavo llamara a Mrs. Maynard. Antes de que ninguno de los dos jóvenes pudiera exponer el objeto de su visita, apareció la esposa del concejal, una llamativa rubia de cincuenta y tantos años, ataviada con un notable vestido que debía de proceder de Londres; no era ostentoso ni de un lujo excesivo, pero estaba hecho de tela fina y le sentaba bien.

–Estoy seguro de que te agradará conocer a estos jóvenes -dijo el concejal-. Éste es el padre Ralph Steed de Devon, y éste es su hermano, el doctor Paul Steed.

Mrs. Maynard no manifestó ninguna emoción, aparte hacer una profunda inspiración. Ajustándose el vestido, dijo a Ralph:

–Me alegra mucho verte después de todos estos años. Soy Meg Shipton.

Ralph enrojeció. Se estremeció y se habría sentado de haber tenido a mano una silla. Le fue imposible decir nada, y Paul, a quien jamás se le había hablado de Meg, se quedó asombrado del extraordinario comportamiento de su hermano.

–Yo soy Paul Steed -dijo, extendiendo la mano en dirección a la señora de la casa.

Como ésta no hiciera ademán de estrecharla, añadió, tartamudeando:

–He venido para solicitar de su marido conceda indulto a Timothy Turlock,

–¿Y quién es ése? – preguntó ella, con aire distante.

–Un hombre muy valiente que le salvó la vida a Ralph.

–¿Te salvó la vida? – pronunció las palabras casi sarcásticamente, mientras observaba al sacerdote-. Estoy segura de que te sientes en deuda con él.

Y salió de la habitación.

–Bien, ¿y en qué puedo servirle a usted? – dijo solícitamente Maynard, y con el grado de unción necesario para que la pregunta resultara ofensiva.

–Le pido que anule los cargos que pesan sobre Timothy Turlock -

respondió Paul-. Se ha reformado y lleva una vida honrada.

–¿De qué cargos se trata, si me permite preguntarlo?

–No estoy seguro. ¿No dijo padre que era algo referente a Simón Janney?

Paul miró a su hermano, que no se había repuesto aún de la conmoción.

–No tenemos ningún Simón Janney -replicó fríamente Maynard.

–Había una clase de cargos,

–¿Cuándo?

–¿Cuándo sería, Ralph?

Al no encontrar ninguna ayuda en su hermano, Paul tartamudeó:

–Hace unos nueve o diez años.

–El tiempo los ha anulado -dijo secamente Maynard, y dejó de ocuparse de Paul-. ¿Y qué es lo que desea usted, padre Steed, si es ése el tratamiento correcto?

Durante el viaje desde Devon, Ralph había preparado una desapasionada petición de que Virginia dejase de enviar agitadores al Choptank, un ruego de que la libertad que su familia había reconocido a otros les fuera también reconocida a ellos, pero el incidente de Meg

Shipton le había desarmado, y no pudo encontrar palabras para su pomposo y desabrido marido.

–Yo también intercedo en favor de Turlock -murmuró.

–Enterado -dijo Maynard.

Tras una embarazosa pausa dijo, más untuosamente que antes:

–Había pensado que quizá quisieran ustedes presentar una denuncia por el incendio de su capilla; pero, tratándose de un asunto privado y en territorio reivindicado, aunque injustamente, por Maryland, no habría tenido razones para escucharles.

Se puso en pie, indicando que los Steed debían marcharse, y, sin siquiera haber expuesto coherentemente sus pretensiones, los jóvenes se encontraron en la calle.

Ralph estaba tan aturdido por su entrevista con los Maynard, que no le era de ninguna utilidad a su hermano. Caminaba como ofuscado, y, cuando Paul propuso que se fueran a comer, no pudo responder adecuadamente; regresaron al queche, donde los criados estaban preparando pollo, y Paul comió, mientras su hermano permanecía con la vista fija en el río. Finalmente, después de despedir a los hombres, Paul preguntó secamente:

–Ralph, ¿qué ocurre?

–Esa mujer…, Mrs. Maynard.

–Se ha portado desagradablemente, pero, ¿y qué?

–Es mi madre.

Fue Paul quien quedó ahora en silencio. Miró boquiabierto a su hermano, como si Ralph hubiese profanado alguna preciosa imagen, y no encontró palabras para expresar su asombro.

–Sí -continuó el sacerdote-. Meg Shipton. A veces me he preguntado…

Paul no podía comprender las vastas complicaciones humanas puestas al descubierto por aquella casual entrevista, y cuando su hermano trató de explicárselo -la venta de esposas, los abandonos, los años solitarios en Devon, las huidas, el valor de su madre y la firmeza de su padre-, levantó las manos. Era monstruoso, y, cuanto más pensaba en sus complejidades, más furioso se sentía. Como médico, estaba familiarizado con situaciones especiales y había aprendido a

contrarrestarlas del mejor modo posible; un comportamiento como el de Mrs. Maynard era insufrible, y no estaba dispuesto a tolerarlo.

Dejando a Ralph, todavía aturdido, en el queche, volvió a la casa del concejal y exigió ver a los esposos.

–Quiero un acta de exoneración firmada en favor de Timothy Turlock -le gritó a Maynard-. Y quiero que hable usted con mi hermano como una cristiana decente -dijo a Mrs. Maynard.

–Joven…

–Y si se niegan, informaré a todo Jamestown y a toda Virginia.

Los Maynard no sabían con seguridad lo que significaba este ultimátum, la exoneración ni la visita, y el concejal trató de decir alguna ingeniosidad, pero Paul alargó la mano y le cogió de la muñeca.

–Tiene usted un minuto, señor, para mandar llamar a mi hermano.

Un minuto.

Mr. Maynard comprendió entonces que se hallaba ante un individuo peligroso, y envió a un esclavo a buscar al sacerdote.

Mientras éste llegaba, escribió una declaración exonerando a Timothy Turlock de su escritura y liberándole de responsabilidad por su conducta con su amo. Luego apareció Ralph, desgreñado y sin aspecto de ser un sacerdote.

–Mrs. Maynard -dijo Paul-, éste es su hijo Ralph.

–Me alegra ver que has vuelto de Roma -dijo ella, con tono helado.

Fue una escena lastimosa, en la que nadie se hallaba preparado para decir nada adecuado, y, después de varios vanos intentos de reconciliar a madre e hijo. Paul montó en cólera:

–¡Así os trague el infierno a los dos!

–Podrían marcarle a fuego la lengua por lanzar juramentos -

advirtió Maynard.

–¡Así os trague el infierno a los dos! – repitió, y los dos hermanos salieron de la casa.

En los largos días del retorno a Devon, Ralph permaneció derrumbado en el queche, sin decir nada, mirando las oscuras aguas.

Después de varios intentos en vano por consolarle, Paul le dejó solo; pero la noche anterior a su llegada a la isla, creyó oír un chasquido y corrió hacia popa, donde encontró a Ralph que se disponía a saltarse la tapa de los sesos.

–¡Ralph! – gritó, aterrorizado, pues lo que el joven sacerdote se proponía hacer, constituía un pecado horrible contra la Humanidad y contra el Espíritu Santo: un suicidio. Arrancándole la pistola de la mano, Paul le tiró al suelo, le abofeteó y le maldijo.

Ralph no dijo nada. Apenas parecía darse cuenta de lo que había sucedido, pero Paul no le devolvió la pistola. Y, cuando el queche atracó y los hermanos desembarcaron, ambos se movían como ancianos abrumados por la carga de secretos demasiado terribles para compartirlos. No podían contar a su madre la penosa escena con Meg Shipton, pues eso le acongojaría, ni podían compartir el incidente con Henry, pues tampoco él había sido informado jamás de la ascendencia de Ralph. Lo único que podían hacer era enseñar el documento que exculpaba a Turlock, y cuando Henry sugirió que lo llevaran a las marismas como prueba de su voluntad de ayudar al fugitivo, no pudieron manifestar ningún interés ni en Turlock ni en su indulto.

Fue entonces cuando el padre Steed inició los grandes años de su ministerio en la Orilla Oriental, viajando solo a las partes más peligrosas de la península, viviendo sin temor entre indios y renegados, oficiando ceremonias nupciales y bautizos en los lugares más inverosímiles y, a raros intervalos, consagrando como capilla alguna escondida habitación de una casa. Nunca habría muchos católicos en la Orilla Oriental, ésa era la religión de las ciudades del otro lado de la bahía, pero los que desafiaban las inclemencias de la selva, respetaban al padre Steed como su conciencia y su esperanza.

Las arrugas de su rostro se hicieron más profundas. Se tornó descuidado en su forma de vestir. Y, cuando se le propuso, dada su piedad, que se trasladase a St. Mary's City para atender a las familias importantes allí establecidas, pidió que se le dispensara de ello:

–Estoy a gusto en los ríos del interior -dijo, y era a lo largo de estos ríos por donde viajaba.

¿Qué tenía una marisma para fascinar de tal modo a un hombre?

Cuando Timothy Turlock recibió la prueba de que ya no sería conducido a Jamestown para ser ahorcado y que su posesión de la marisma permanecería indiscutida, experimentó un resurgimiento de espíritu que nadie que conociera su historial hubiera sospechado jamás.

–¡Tcib! – gritó, cuando el queche de los Steed emprendió la marcha-. Estamos a salvo.

Danzando una jiga, cogió a sus hijos, uno debajo de cada brazo, y echó a correr hasta el lugar en que comenzaba la marisma. Señalando con su barbilla sin afeitar los cañaverales y los tortuosos canales, gritó:

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