Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 2 de 13 · parte 1/3

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Bahía de Chesapeake

El Río

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Cuando Pentaquod enfiló hacia el río oriental, se encontró frente a la isla cubierta de árboles que había visto desde lejos, pues dominaba la entrada. Situada entre dos puntas de tierra, una que se extendía desde el Norte y la otra desde el Sur, servía de acogedor centinela y parecía proclamar: Todo el que entra en este río encuentra alegría.

La isla era baja, pero sus majestuosos árboles se alzaban a tal altura y tan desigualmente, que creaban una impresión de elevación.

Robles, arces, ocozoles, castaños, abedules, altos pinos e iridiscentes acebos crecían tan tupidamente, que apenas si se veía la tierra, y fueron estos árboles los que protegieron a Pentaquod una vez que hubo llevado su canoa a tierra y se desplomara a consecuencia del hambre y el sueño.

Al despertar percibió una de las sensaciones más agradables de la Tierra: se hallaba tendido en un lecho de agujas de pino, suaves y aromáticas, y, al levantar la vista, pudo ver el cielo, pues los pinos crecían tan rectos y altos, que sus ramas formaba» un dosel que la luz del sol no podía atravesar. La protección que ella le dispensaba le dio confianza, y, antes de reanudar su sueño, murmuró:

–Es buen sitio este lugar de árboles.

Le despertó un sonido que, al principio, no pudo identificar. Era de resonancias bélicas y aterradoras, y le llegaba desde un punto situado directamente encima de él. Retumbaba ominosamente:

– ¡Kraannk, kraannk, kraannk!

Atemorizado, se puso en pie de un salto, pero, mientras permanecía allí, bajo los altos árboles, dispuesto a defenderse, se echó a reír de su estupidez, pues, al escuchar de nuevo el grito, recordó dónde lo había oído. ¡Kraannk, kraannk!

Era Pescador Patilargo, uno de los pájaros más sociables de los ríos y marismas.

Se hallaba metido en el agua hasta la rodilla, alto, delgado, torpe de movimientos, de muchos palmos de altura, piernas extremadamente largas y arrugada cabeza blanca. Su rasgo más destacado era un largo y amarillento pico, que mantenía dirigido hacia el agua. En ocasiones, cuando Pentaquod era joven, este voraz pescador había visitado el Susquehanna para alimentarse, anadeando de puntillas entre los

cañaverales, y Pentaquod había intentado muchas veces, mientras jugaba, imitar sus movimientos.

Ahora, Pentaquod permanecía en silencio, observando con afecto al ave, que caminaba lenta y torpemente por la fangosa orilla y se introducía en el agua hasta que sus huesudas rodillas quedaron sumergidas. Luego, con veloz movimiento de su cuello, tan rápido que Pentaquod no pudo seguirlo, hundió su agudo pico en el agua y cogió un pez. Levantando la cabeza, lanzó el pez al aire, cogiéndolo mientras caía. Lo engulló de golpe, y pentaquod pudo ver el recorrido del pez al pasar lentamente por el extendido gaznate. Permaneció un rato entre las sombras, observando cómo el ave cogía un pez tras otro. Debió de producir algún ruido, pues el ave se volvió súbitamente hacia él, dio unos cuantos desgarbados pasos por la orilla y, luego, se elevó en lento y grácil vuelo.

– ¡Kraannk, kraannk! -gritó, al pasar sobre él.

Sabiendo que tendría allí comida de sobra, con sólo que pudiera cogerla, Pentaquod llevó tierra adentro su canoa, ocultándola entre los robles y los arces que se alineaban a lo largo de la costa, pues sabía que debía explorar rápidamente aquella isla. Y, al avanzar entre los árboles y llegar a un prado, oyó el reconfortante grito que tan familiar le resultaba de sus tiempos a orillas del gran río: ¡Bo-juit! ¡Bo-juit! Unas veces le llegaba desde la izquierda, otras desde un matorral situado a su derecha, y otras más desde un punto localizado casi bajo sus pies, pero siempre era tan claro y nítido como si tuviera al lado alguien que supiera silbar. ¡Bo-juit! Era la llamada de la codorniz, esa tímida ave de cabeza parda y blanca. De todas las aves, aquélla era la más sabrosa, y, si la isla contenía una multitud de ellas, Pentaquod no sólo podría sobrevivir alimentándose de pescado, sino también comer como un gran jefe con su codorniz.

Con suma precaución, echó a andar tierra adentro, observándolo todo, consciente de que su vida podría depender de lo cuidadosa que fuese su observación. A cada paso que daba, no encontraba sino motivos de tranquilidad y ni una sola señal de peligro: nogales cargados de frutos todavía no maduros; excrementos de conejos y señales de que allí vivían zorros, y el emplazamiento de espinosos

matorrales de bayas, y los leñosos nidos de águilas, y la madreselva enroscándose entre las ramas más bajas de los cedros.

Era una isla rica en señales y promesas. En una isla como aquélla, un hombre con inteligencia podía vivir bien, si trabajaba muchas horas al día; pero, pese a sus favorables presagios, Pentaquod no estaba decidido aún a quedarse, pues aún no sabía si estaba poblada ni cuál sería su comportamiento en una tormenta.

Siguió explorando y comprobó que era más extensa de Este a Oeste que de Norte a Sur. Una profunda bahía que se abría por el Este llegaba casi a unirse con un río del Sur, con lo cual faltaba poco para que la isla quedara cortada en dos; la parte oriental de esta división era acusadamente más rica que la occidental. Caminó bajo majestuosos robles hasta llegar a la punta oriental, y allí se detuvo, atónito, pues doquiera que mirase, y en todo lo qué su vista podía abarcar, veía una gran extensión de agua cuyos contornos se quebraban en bahías, esteros, calas e, incluso, pequeños ríos. Y, a lo largo de las orillas de estas diversas aguas, se alzaban tierras de la más seductora naturaleza: unas veces, amplios prados; otras, suaves altozanos cubiertos de árboles más altos aún que los de la isla; y, por doquier, una impresión de abundancia, sosiego y placidez.

Era el lugar más agradable que había visto jamás. Consideraba que en una tormenta aquella dormida extensión de agua podría ser capaz de gran turbulencia, y tenía la certeza de que, antes de lograr poseer ninguna parte de aquella tierra de maravillas, tendría que luchar con sus actuales propietarios, que podrían ser tan pendencieros como los susquehannocks, pero de una cosa estaba absolutamente seguro: deseaba pasar el resto de su vida a orillas de aquel espléndido río.

No bien hubo llegado a esta decisión, cuando una especie de resoplido atrajo su atención, y se volvió para mirar tras de sí, entre los árboles, y vio allí una cierva de grandes ojos y dos cervatillos de moteada piel. Los tres animales se detuvieron, súbitamente rígidos, mirando a aquel intruso. Luego, la inquisitiva cierva irguió la cabeza, y este casi imperceptible movimiento liberó a los cervatillos, que empezaron a moverse cautelosamente en dirección a Pentaquod, débiles criaturas de inseguras patas explorando su nuevo mundo.

Cuando estaban ya bastante cerca de Pentaquod, su recelosa madre emitió una seca tos, y los pequeños saltaron de lado, corrieron en aturdidos círculos y, luego, se detuvieron. Viendo que no había ocurrido nada malo, volvieron a dirigirse hacia Pentaquod, levantando con deliciosa torpeza sus finas patas, escrutando con sus grandes ojos.

–¡Eh! – susurró Pentaquod.

Los cervatillos le miraron fijamente, y uno de ellos se acercó más.

–¡Eh!

El cervatillo que marchaba delante irguió la cabeza, esperó y, luego, reanudó su avance. Cuando llegó tan cerca que Pentaquod hubiera podido tocarle con la mano, la cierva, lanzó un resoplido de alarma, saltó a un lado, levantó su blanca cola y desapareció entre los árboles.

Los cervatillos la imitaron, a excepción del que se encontraba más próximo a Pentaquod, que, bien por aturdimiento, bien por obstinación, no siguió a los demás. Simplemente, permaneció allí, mirando a aquel desconocido, y a los pocos momentos la madre regresó con una serie de estilizados saltos, pasó ante el inquisitivo cervatillo y le hizo seguir entre los árboles. ¡Peces, codornices y ciervos!, pensó Pentaquod. Y, si encuentro semillas, maíz, y probablemente, calabazas.

Pavos también, si no me equivoco. Y, por lo visto hasta ahora, no mucha gente. Éste es el lugar indicado.

Regresó a su canoa, cogió varios peces para cenar, hizo una pequeña hoguera y, con un gran puñado de moras para aderezar el pescado ahumado, comió hasta hartarse. Durmió profundamente, pero poco antes de amanecer, oyó en lo alto el grito que asociaría siempre con su primera exploración del río:

– ¡Kraannk! ¡Kraannk!

Era Pescador Patilargo que volvía para patrullar la orilla.

En los días siguientes, Pentaquod exploró todos los rincones de la isla y llegó a la conclusión de que, aunque tal vez otros la conocieran, ciertamente no la consideraban lo bastante buena como para instalar allí sus hogares, pues no pudo encontrar el menor indicio de que estuviera habitada. Y, por lo que pudo averiguar, ni siquiera los prados que aparecían a curiosos intervalos entre los árboles habían dado jamás maíz ni calabazas, y en ninguna de las puntas de tierra que se

veían frente a la isla pudo advertir el menor indicio de casas ni de campos cultivados.

Esto no le inquietaba. Si existían río arriba tierras tan agradables como ésta, no habría razón para que la gente se estableciera cerca de la desembocadura; se estaría mucho más seguro tierra adentro. Las tormentas procedentes de la bahía llegarían con intensidad disminuida y se acortarían las distancias a través del agua. Quizá la tierra fuese más rica también, y podría haber otras ventajas que a él no se le ocurrían. Pero en un punto estaba satisfecho: la vida allí sería buena.

Abandonó por el momento sus especulaciones, aceptando el regalo que le había sido concedido. Se construyó un pequeño y bien oculto

wigwam a cierta distancia de la costa Norte, utilizando ramas encorvadas para la estructura y abundantes hierbas para el techo. Le resultaba tan fácil coger peces, que no necesitaba ir tras ellos en su canoa; los grandes, moteados y de chatos hocicos, nadaban hacia él decididos a ser capturados, y, mientras que le había sido todavía imposible atrapar ninguna de las numerosas codornices, había matado un ciervo, que le proporcionaría alimento durante algún tiempo. Una tarde pasó un zorro cerca de él, y una mofeta tornó una noche olorosas todas las cosas.

A él le resultaba más bien agradable el olor de la mofeta, si no se acercaba demasiado. Le recordaba los bosques que había explorado de niño, las frescas noches de otoño y el calor del hogar en los días de invierno. Era el olor de la Naturaleza, intenso y penetrante; le daba constancia de que continuaba floreciendo la vida en toda su complejidad. Raras veces había visto una mofeta, y no vio ninguna ahora, pero le agradaba que compartieran la isla con él.

Fue su amigo Pescador Patilargo quien le introdujo a una de las más extrañas experiencias de la orilla oriental. El ave de azuladas plumas había llegado una tarde con su acostumbrado graznido y estaba ahora explorando las poco profundas aguas de la costa, indiferente al hombre a quien había acabado acostumbrándose. De pronto, hundió profundamente su pico en el agua y volvió a sacarlo con una cosa forcejeante que Pentaquod no había visto jamás.

Era más grande que la mano de un hombre, parecía tener numerosas patas que se retorcían a la débil luz del sol poniente, y su

color era pardo verdoso. El ave se hallaba evidentemente complacida con su captura, pues la lanzó al aire, la partió en dos de un picotazo y engulló una mitad, dejando que la otra cayese al agua. La parte tragada era tan grande y con tantas patas salientes, que el ave necesitó tiempo y esfuerzo para hacerla pasar por el largo gaznate, pero, una vez conseguido, recuperó y comió la otra mitad. Después de semejante festín, no se molestó en coger más peces. Tras una corta carrera, se elevó en el aire, lanzó su plañidero graznido y desapareció.

Pentaquod se dirigió al lugar en que el ave se había dado su banquete, en busca de restos. No había ninguno. El ave se lo había comido todo. Al día siguiente fue allí con su caña de pescar, pero no cogió nada. Sin embargo, unos días después vio cómo Pescador Patilargo cogía otro de aquellos bocados, disfrutando más aún que la otra vez, y Pentaquod se aproximó cautelosamente para ver si lograba determinar qué era lo que el ave estaba comiendo, No descubrió nada que no hubiese visto antes: mayor que la mano de un hombre, muchas patas, color pardo verdoso, tan suave que podía ser partido fácilmente en dos.

Estaba decidido a resolver aquel misterio, y la primera pista se le presentó mientras caminaba un día a lo largo del litoral meridional de su isla: arrojada sobre la playa y evidentemente muerta, yacía una criatura muy semejante a las que había cogido el ave. Tenía el mismo tamaño y muchas patas, o lo que parecían patas; y era pardoverdosa, con tonalidades azules por debajo. Pero ahí cesaba la similitud, pues este animal muerto se hallaba encerrado en un caparazón tan duro, que ningún ave podría comerlo. Además, sus dos patas delanteras tenían unas formidables mandíbulas, con fuertes y mellados dientes que, si el animal estuviese vivo, podrían causar mucho daño.

¿Cómo podía el ave partir por la mitad aquel caparazón?, se preguntó Pentaquod, y, luego, se hizo una pregunta aún más desconcertante: ¿Y cómo podría tragarlo si lo hiciese? Dio unos golpecitos sobre la dura sustancia y comprendió que era imposible que el ave tragara aquello.

Durante diez días trató de pescar con su caña una de aquellas extrañas criaturas, sin conseguirlo, y, sin embargo, en dos ocasiones a lo largo de ese período vio a Pescador Patilargo coger una, cortarla,

por la mitad y engullirla por su largo cuello. Lleno de frustración, comprendió que era aquél un misterio que no podía resolver.

Sin embargo, descubrió dos circunstancias acerca de la isla, que le inquietaron. Cuando más exploraba las profundas hendiduras que casi dividían la isla en dos, más comprendía que los dos brazos tenían que encontrarse algún día, cortando la isla por la mitad, y, si esto podía ocurrir, ¿por qué no podían surgir otras hendiduras que la fragmentasen más?

Su segundo descubrimiento fue consecuencia de una súbita y devastadora tormenta. Comenzaba ya a declinar el verano, y la vida en la isla había sido cada vez más feliz; realmente, aquél era un lugar casi ideal en el que vivir, y suponía que más tarde, cuando hubiera viajado río arriba para establecer contacto con las tribus que ocupasen la zona, pasaría a convertirse en miembro de su unidad. Pero, por el momento, se hallaba contento con su paraíso solitario.

Había sido un día caluroso, con aire pesado y húmedo, y, al caer la tarde, se formó una masa de densas nubes hacia el Sudoeste, en el lado opuesto de la bahía. Con una rapidez que nunca había visto en el Norte, esta masa de negrura empezó a precipitarse hacia el Este, y, aunque el sol continuaba brillando sobre la cabeza de Pentaquod, era evidente que no tardaría en estallar una tormenta.

El sol brillaba todavía; aún permanecía despejado el cielo. Los ciervos se adentraron en el bosque, y los pájaros de la costa se retiraron a sus nidos, aunque la única señal de peligro era el galopante banco de nubes que se aproximaba a la bahía.

Pentaquod contempló su llegada. Cayó con enorme furia sobre la distante costa occidental, convirtiendo lo que habían sido plácidas aguas en turbulentas y encrespadas olas que lanzaban al aire su blanca espuma. Las nubes se movían con tanta rapidez, que sólo necesitaron unos momentos para cruzar la bahía, en un avance marcado por las violentas olas.

Con la tormenta llegó un enorme aguacero, que caía en oblicuas sábanas con dirección Este. Bastaron unos instantes para que cubriera la última parte de la bahía, y entonces, la tormenta cayó sobre Pentaquod, con una furia que nunca había conocido. Zigzagueantes relámpagos surcaban el cielo, seguidos casi al instante por retumbantes

truenos; no había eco, pues el mundo estaba ahogado en lluvia. Vientos de extraordinaria fuerza barrían la superficie de la bahía, levantando violentas e impresionantes olas.

Pero Pentaquod no tenía miedo a la tormenta, y a la mañana siguiente, cuando hubo pasado y contempló su isla, no le parecieron excesivos los daños causados. Ya antes había visto tormentas bastante violentas que se desplomaban sobre el valle en que estaba su hogar, y, aunque ésta había sido más rápida y más estruendosa, se trataba, simplemente, de una exageración de lo ya conocido. Los árboles derribados eran mayores que ninguno de los que había visto caer en el Norte, y eso era todo. Si las tormentas de la isla no eran peores que aquélla, podría resistirlas. ¿Qué fue entonces lo que le inquietó, haciéndole dudar de la conveniencia de quedarse allí? Después de su rápida inspección de la isla, y después de haber comprobado que su canoa amarilla había sobrevivido, se comportó como cualquier prudente padre de familia y empezó a pasar revista a la situación general, deseando ver si algún animal había resultado muerto, o se habían desviado los cursos de los arroyos, y, al llegar a un punto situado en la extremidad noroccidental de la isla, advirtió que la tormenta, y, más especialmente, las violentas olas, se habían llevado una sustancial parte de la costa. Altos pinos y robles que habían señalado aquel punto, habían sido arrancados y yacían ahora sobre las aguas, unos junto a otros, como los cadáveres de los guerreros después de una batalla.

Adondequiera que iba a lo largo de la costa occidental, veía esta misma pérdida de tierra. La tragedia de la tormenta no era que hubiese derribado unos cuantos árboles, pues volverían a crecer más; ni que hubiera matado a varios peces, pues otros nacerían más tarde, sino el que se había llevado una parte importante de la isla, y esto era una pérdida permanente. Contemplando la destrucción, Pentaquod decidió abandonar aquella isla, no obstante su atractivo, e internarse tierra adentro.

En consecuencia, cruzó el ahora tranquilo río, remando hasta llegar hasta la base de un alto acantilado que le había atraído desde el primer día que vio el río. Se hallaba situado al este de la isla y formaba un promontorio rodeado de profundas aguas al Oeste y al Norte. Protegía

la entrada a un pequeño riachuelo, pero era la escarpada cara meridional lo que le daba su dignidad al acantilado; más alto que cinco hombres y coronado de robles y algarrobos, su arenosa composición era tan luminosa que brillaba a gran distancia, formando un faro al borde del río. Al verlo, Pentaquod sospechó que también podría desplomarse por la acción de las olas; pero cuando acercó la canoa hasta su base, se sintió complacido al ver que no había sido afectado por la reciente tormenta; juzgó que no se hallaba nunca en peligro debido a que su situación le mantenía al margen de las erosivas corrientes.

No había forma de desembarcar en la base del acantilado: ¿adónde iba uno a amarrar una canoa o a ocultarla? ¿Cómo iba uno a subir a la plataforma superior? Junto al extremo oriental del acantilado había tierra baja, y parecía sumamente acogedora, pero estaba descubierta, sin protección, y Pentaquod la rehuyó. Remando por el pequeño estero, inspeccionó la impresionante ladera de la cara Norte y la rechazó también, pero a cierta distancia estero arriba encontró tierra baja, segura y boscosa, con una docena de buenos fondeaderos. Eligiendo uno, empujó la canoa tierra adentro, la ocultó en un bosquecillo de arces y empezó la difícil ascensión a la cumbre del promontorio.

Descubrió un lugar memorable: una pequeña extensión de tierra lisa despejada junto al borde del acantilado, que rodeaban altos y majestuosos robles y pinos. La vista se tendía anchurosamente en todas direcciones, salvo hacia el Este, y sus ojos saltaban de una espectacular panorámica a otra: al Norte, un desconcertante laberinto de promontorios y bahías, cada uno de los cuales constituía su propia ejemplificarían de la belleza; al Sur, una nueva definición de vasta soledad, pues allí se encontraban las marismas, refugio de innumerables aves y peces y pequeños animales terrestres; la vista más majestuosa se extendía hacía el Oeste, donde la isla relumbraba al sol sobre el fondo de las azules aguas de la bahía. Desde aquel promontorio, Pentaquod podía divisar al otro lado de la bahía las misteriosas tierras en que gobernaban los potomacs, pero si miraba hacia abajo veía por todos lados su río, pacífico y tranquilizador.

En aquel promontorio, reflexionando sobre qué pasos le aconsejaba dar la prudencia, pasó Pentaquod algunas de las semanas más

tranquilas de su vida. Había desaparecido la soledad de los primeros días de su huida, y se sentía satisfecho de su decisión de separarse de los susquehannocks. La amplitud de los espacios que le rodeaban acabó contagiándole, y empezó a pensar más despacio, menos frenéticamente.

Se desvaneció el temor natural a no poder sobrevivir en un mundo extraño, y descubrió en sí mismo un valor mucho más profundo que el que se necesitaba para huir río abajo y pasando ante poblados desconocidos; éste era un valor maduro, capaz de sostenerle en una confrontación con el mundo entero. A veces se sentaba al pie del roble bajo cuya protección había construido su pequeño wigwam, y contemplaba su universo: los fascinantes brazos de agua al Norte, las vastas marismas al Sur, la costa occidental de la bahía, por donde se paseaban las tribus guerreras, y pensaba: Ésta es la tierra favorecida.

Esto es la riqueza.

Una mañana, mientras trabajaba en su canoa junto al estero, oyó un sonido que le hizo contener el aliento de pura alegría.

– ¡Kraannk, kraannk!

Era uno de los sonidos más feos de la Naturaleza, tan torpe y desmañado como la criatura que lo profería, mas para Pentaquod significaba el regreso de un amigo, y se precipitó hacia el borde del agua para dar la bienvenida a Pescador Patilargo, mientras el desgalichado pájaro se posaba ruidosamente en tierra, levantando un surtidor de barro y agua al hincar las patas para detenerse.

–¡Pájaro! ¡Pájaro! – llamó alegremente cuando el pescador tomó tierra.

Su grito sobresaltó al ave, que corrió unos pasos más y remontó de nuevo el vuelo, batiendo sus enormes alas azules y elevándose lenta y majestuosamente en el cielo.

–¡Vuelve! – rogó Pentaquod, pero ya se había ido.

Permaneció junto al estero todo el día, irritado consigo mismo por haber asustado al pájaro, y, al anochecer, se vio recompensado por una nueva emisión de aquel agradable y ronco grito.

– ¡Kraannk, kraannk! -gritaba la patilarga criatura al descender nuevamente sobre su coto de pesca.

Esta vez, Pentaquod no habló, y se mantuvo completamente inmóvil para que el ave no reparase en su presencia. Al cabo de un rato, el

pájaro llegó, explorando, hasta las proximidades de donde él se encontraba.

De pronto, el ave levantó la vista, le vio y, al mismo tiempo, vio en las aguas el bocado más exquisito de la bahía. Con rápido movimiento de su piso, zambulló la cabeza, la lanzó al aire y, luego, la partió en dos.

–¿Qué está comiendo el pájaro? – exclamó malhumoradamente Pentaquod, mientras veía desaparecer por su gaznate una de las mitades, con sus múltiples patas.

Sin hacer caso del hombre, el ave hundió la cabeza en el agua para recuperar la segunda mitad y se la echó también por la larga garganta.

Pentaquod pudo ver el avance de la misteriosa comida, engullida con tal fruición, y decidió coger también él uno de aquellos peces.

Desgraciadamente, no tenía ni idea de lo que intentaba capturar, así que no consiguió nada. Sin embargo, encontró, decenas de árboles con nueces maduras y nuevas clases de bayas, y distintos suculentos peces, y guaridas de ciervos, que parecían abundar tanto que ningún hombre pasaría jamás hambre.

Pero ahora, a medida que se aproximaba el otoño y surgía de vez en cuando un día fresco en presagio de lo que sería el invierno, empezó a considerar seriamente la cuestión de establecer contacto con las tribus que habitasen aquella región. Lo único que sabía de ellas eran las leyendas de su juventud: Más abajo, al final de nuestro río, hay un río más grande, mucho más grande. Al Oeste están los potomacs, poderosos en la batalla, pero al Este no hay nadie importante.

Si viven en ríos como éste, pensó Pentaquod, son importantes.

Luego reflexionó sobre lo que esto significaba; ciertamente, no tenían ninguna importancia para los susquehannocks, pues no poseían ni objetos que codiciar ni canoas de guerra que temer. Sin duda, los potomacs, que poseían ambas cosas, abrigaban la misma opinión sobre los habitantes de la parte oriental. Pero, ¿qué pensaban éstos de sí mismos? ¿Qué pensaba de sí mismo Pentaquod, viviendo plácidamente como uno de ellos? «Se está mucho mejor aquí.»

Tenía ya la convicción de que otras tribus vivían en algún lugar a lo largo de aquel pródigo río, y parecía obligado encontrarlas antes de que llegase el invierno, así que, no de muy buena gana, decidió abandonar su satisfactorio hogar del acantilado y dirigirse hacia el

lugar en que debían de ocultarse sus futuros compañeros. En consecuencia, remendó los desperfectos que presentaba su canoa, la arrastró hasta el estero, subió a ella y empezó a remar hacia el Este, hasta llegar a una gran marisma, cuyas altas hierbas se elevaban uniformemente unos quince palmos por encima del agua.

Al ruido de su remo, elevaron el vuelo centenares de pájaros y estimó que también los peces debían de ser abundantes. Mientras avanzaba por ella, vio que la marisma era un lugar cálido, húmedo, suavemente oscilante, que se extendía ilimitadamente y en el que bullían nuevas formas de vida. Cuando hubo atravesado una larga sección, descubrió, para su satisfacción, que un pequeño y bien escondido estero conducía al centro de los cañaverales: un excelente lugar para encontrar protección. Y, cuando hubo penetrado en la errática ensenada, invisible desde el cuerpo principal del río, descubrió que su orilla Norte se componía de tierra firme de excelente calidad cubierta de bosque.

Un wigwam estaría allí protegido por la marisma, y cuando lo construyó experimentó una sensación de seguridad que no había conocido antes: «Aunque no encuentre ningún otro, puedo vivir aquí.»

Pero la tercera noche, cuando se estaba felicitando por su buena suerte mientras la hoguera ardía ante él con pequeñas llamas, oyó un zumbido, y, recordando su niñez, comprendió que los mosquitos se habían instalado sobre él. Pero jamás había experimentado nada parecido: llegaban en prietas falanges y atacaban con el vigor de perros de caza. Uno de ellos solamente podría causar más estragos que veinte de los que frecuentaban el Susquehanna, y le hacían casi enloquecer con sus incesantes embestidas. De hecho, picaban tan furiosamente que tuvo que sumergirse en el estero para ahogarlos; pero cuando salió, sus hermanos le estaban esperando.

Al amanecer, cuando contempló sus acribillados brazos y sintió las picaduras en la cara, se preguntó si podría quedarse en semejante sitio; pero, en noches posteriores, descubrió que, sí mantenía encendida una humeante hoguera y cerraba todas las aberturas de su wigwam, y se untaba la cara con grasa rancia de pez, y ocultaba cada centímetro de su cuerpo bajo tela o hierbas, podía sobrevivir. No era agradable, y sudaba como un animal, pero sobrevivía, y se le ocurrió que, cuando el

Gran Poder, Manitú, terminó de disponer aquel río, perfecto en todos sus detalles, había añadido el mosquito para recordar al hombre que ningún paraíso es gratuito: están siempre los mosquitos. Y mayores que aquéllos no podían existir.

Pescaba y cazaba durante el día, fijándose en dónde estaban el castor y el oso; exploró también algún trecho tierra adentro, buscando alguna señal de ocupación humana, pero no encontró ninguna.

Pescadores Patilargos venían a visitarle casi diariamente, y pequeñas garzas verdes, y brillantes cardenales, y martines pescadores desde sus fangosos nidos, y centenares de codornices que hacían resonar las tardes otoñales con sus silbantes gritos. Éste era un mundo mucho más compacto que el de la isla o el del acantilado; su horizonte se limitaba a la distancia de un tiro de piedra, pero era acogedor y seguro, y una tarde Pentaquod decidió: «Si debo vivir solo, esto no será tan malo…, especialmente cuando el frío ahuyente a los mosquitos.»

Y una mañana, mientras se hallaba todavía tendido en su lecho de agujas de pino, oyó una alborotada cacofonía, un sordo rumor que parecía sacudir la tierra, aunque procedía del cielo, y se precipitó afuera para ver, descendiendo hacia su marisma, una verdadera nube de enormes pájaros, todos ellos gritando con sonoras voces: ¡Onk-or,

onk-or! Y, en el mismo instante en que vio a los gansos, los abarcó en su totalidad: cabeza y cuello negrísimos, sotabarba blanca, bello cuerpo amarillento con la parte superior parda, cola negra, roncos, amables, gordos y gritándose constantemente unos a otros: ¡Onk-or!

Había esperado que aquellos poderosos pájaros se posaran en sus aguas, pero pasaron de largo, discutiendo ruidosamente, luego llegaron más, y más; eran tantos, que no tenía ningún sistema numérico para contarlos. Pero, al fin, un grupo especialmente ruidoso de unos setenta describió un círculo en el aire, voló a baja altura sobre su cabeza y aterrizó con estruendoso chapoteo en su marisma o con rechinantes patas en su tierra. De cerca parecían demasiado grandes para llamarlos pájaros; semejaban más bien oseznos voladores cargados de carne comestible.

La llegada de aquel abundante alimento era tan misteriosa que le daba miedo. De niño había visto cómo los patos se detenían junto al Susquehannock; permanecían sólo unos días antes de reanudar el

vuelo, y él suponía que aquellas enormes criaturas harían lo mismo.

Cada mañana esperaba que se marchasen, y cada noche permanecían allí, forrajeando en los campos y marismas a lo largo del río, gritando siempre: ¡Onk-or! Cada ocho o nueve días atrapaba uno y se atiborraba de la sabrosa carne, temiendo que aquél fuera su último festín, pero los grandes pájaros siempre se quedaban.

Estuvieron con él durante todo el otoño; algunos días, cuando emprendían el vuelo al amanecer para alimentarse en nuevos campos, sus alas oscurecían el cielo y sus graznidos resultaban ensordecedores.

Una vez, al borde de la marisma, Pentaquod trató de calcular el espesor de la nube cuando los pájaros volaban sobre él, y supuso que en cada punto volaban hasta trescientos de ellos juntos…, uno sobre otro hasta ocultar el Sol.

Y por la tarde, a su regreso, los pájaros se congregaban en la orilla Norte del río, para que el Sol, moviéndose por el cielo meridional, pudiera calentarles, y las fangosas orillas se tornaban negras de pájaros desde la costa hasta el lugar en que comenzaban los árboles. Pentaquod trató otra vez de contar cuántas filas de pájaros se alineaban en la playa en un punto dado: empezando en el borde del agua, habría más de cincuenta, uno tras otro, hasta los primeros árboles.

Era una riqueza que no podía comprender. Aquellos grandes y ruidosos pájaros eran infinitos. Al principio pensó que debía matar varios, ahumar su carne y alimentarse con ellos durante el invierno.

Pero, ¿y si los pájaros permanecían allí, en la playa, en filas interminables, esperando ser capturados? No habría necesidad de conservar su carne. Bastaría simplemente capturarlos uno a uno, según los fuera necesitando.

Y los pájaros se quedaban, constituyendo uno de los excelentes recursos alimenticios que la gran bahía proporcionaba, pues, juntamente con los pájaros mayores, llegaba una desconcertante variedad de patos más pequeños, de la clase que Pentaquod había visto una o dos veces, en pequeñas cantidades, a orillas de su río natal. Aquí llegaban en oleadas, tímidas y pequeñas criaturas increíblemente sabrosas cuando eran capturadas y guisadas.

Una vez, cuando muchos pájaros grandes y pequeños se posaron en los bordes de su marisma, Pentaquod se sentó cubriéndose la cara con

las manos en oración. Los pájaros, disponiéndose a dormir, parloteaban ruidosamente, y él escuchaba los sonidos como si fueran una dulce música: «Gran Poder, gracias por enviarlos para alimentarnos durante el invierno…»

Y no bien hubo pronunciado el plural alimentarnos comprendió lo solo y desposeído que se encontraba. Y a la mañana siguiente decidió abandonar aquel refugio entre las marismas y encontrar a las gentes que tenían que vivir en algún lugar a lo largo de aquel afortunado río.

Había recorrido sólo una pequeña distancia hacia el Este, cuando divisó una pequeña bahía que se abría en la playa septentrional.

Parecía como si pudiera ocultar un poblado, aunque resultaba desconcertante pensar cómo podría haber existido uno tan cerca sin que él se diera cuenta; cuando exploró la bahía, vio que se abría en varios brazos más pequeños, y al fondo de uno de ellos encontró lo que había estado buscando: los restos de un poblado.

Había varias estacas clavadas verticalmente en la playa, a las que en otro tiempo se habían amarrado canoas; se veían también plataformas que habían sustentado en otro tiempo wigwams de bastante tamaño. La parte próxima al agua había sido explanada, así como dos campos del fondo, y mientras exploraba cautelosamente la zona, sin salir de la canoa, vio que a lo largo de los bordes de la bahía se veían otras señales de ocupación. Volviendo al primer lugar, embarrancó la canoa, la ató a una de las estacas y saltó a tierra.

Permaneció allí muchos días, contento de ver que los grandes y ruidosos gansos acudían por la noche a la bahía, y en ese tiempo pudo explorar una parte suficiente de la comarca que se extendía al este del abandonado poblado como para comprender que, por fin, había llegado a la porción habitada del río. Ignoraba dónde se encontraba ahora la gente, pero según todos los indicios debían de haber estado allí hacía muy poco y haberse marchado por su propia voluntad. No había señales de batalla, y, habida cuenta de las posibilidades alimenticias que la región ofrecía, no era imaginable que se hubieran ido impulsados por el hambre. En realidad, no podía saber, mientras permanecía en el abandonado poblado, que aunque ya había descubierto el ciervo y la abundante pesca, y ahora las grandes aves,

aún no había encontrado las dos fuentes de abastecimiento por las que aquella región se haría famosa.

El aparente abandono resultaba tanto más desconcertante cuanto que, al inspeccionar atentamente el lugar, Pentaquod quedó convencido de su habitabilidad. Tenía agua dulce, protección, una adecuada relación con el río, abundancia de altos árboles y unas tierras circundantes apropiadas para la práctica de la caza o el cultivo de maíz. Sin embargo, había un algo ominoso que no sabía explicar, y al final razonó que quizás aquello representara la siniestra fuerza que había causado la evacuación.

Pero, ¿qué era? Un montón, grande en su base y casi tan alto como un hombre, de una clase de conchas que no había visto nunca: algo más pequeñas que una mano y mucho más delgadas, compuestas de una dura sustancia gris por fuera y deslumbrantemente blancas por dentro.

Carecían de olor y poseían una solidez que le desconcertaba y un afilado borde. Esto le indujo a pensar que quizás el montón estaba destinado a ser utilizado en la guerra; las conchas podrían tirarse contra el enemigo; pero cuando intentó tirarlas contra un árbol, los bordes resultaron tan afilados, que se cortó el dedo índice, y concluyó que aquel montón de conchas era un misterio más del nuevo río.

Y entonces, una tarde, mientras permanecía sentado ociosamente en el abandonado poblado, oyó un apagado pero persistente ruido procedente del Este, y pensó al principio que se trataría de algún animal; pero era tan variado y decidido, que comprendió que debía de estar relacionado con personas: un grupo de guerreros victoriosos y negligentes.

Pero luego el ruido aumentó en intensidad, con sonidos que sólo podían ser producidos por niños, y murmuró con incredulidad:

–No puede ser un poblado entero… haciendo semejante ruido mientras se acerca a un sitio peligroso.

Una banda de susquehannocks cruzando el bosque habría producido tan poco ruido que ni los más atentos vigías enemigos les habrían oído. Era inimaginable un comportamiento tan ruidoso como aquél.

Estaba tan desconcertado, que se adelantó para interceptar a los desconocidos, corriendo de un árbol a otro, como se le había enseñado

a hacer. Cuando llegó a un lugar desde el que podía vigilar sin peligro y a un mismo tiempo el bosque y el río, se detuvo a esperar, mientras aumentaban los ruidos.

Y entonces vio algo que era más extraño aún que el sonido. Por el sendero, indiferentes al posible peligro, llegaban los despreocupados y alegres habitantes del desierto poblado. Las mujeres caminaban rezagadas, los niños gritaban roncamente, y todos eran conducidos por un anciano de blancos cabellos que llevaba sobre el pecho un disco de cobre bruñido que significaba que él era el werowance. Nunca había visto Pentaquod una tribu tan mezquinamente dirigida, tan patéticamente disciplinada. Ni tampoco había visto nunca personas tan pequeñas.

–¡Son todos niños! – murmuró-. ¡No pueden ser personas mayores!

Pero lo eran, y este descubrimiento determinó lo que iba a hacer, si bien la audacia de su propia decisión le alarmó. Cuando la retozona tribu estuvo casi encima de él, saltó atrevidamente al sendero, levantando la mano derecha. El viejo werowance se detuvo; los que venían detrás continuaron avanzando; varios niños gritaron; y los guerreros no sabían qué hacer. En la confusión, Pentaquod exclamó con voz fuerte:

–¡Soy Pentaquod, el susquehannock!

El werowance no oía bien, y lo poco que llegó hasta él no lo entendió. Volviéndose hacia los que iban tras él, preguntó qué había dicho el impresionante desconocido, pero tampoco ellos le habían entendido.

–¿Dónde está Barbacortada? – preguntó el tembloroso werowance.

Cuando fue localizado el demacrado guerrero, cuya barbilla había sido hendida años antes por el tomahawk de un susquehannock, los demás le empujaron hacia delante, y preguntó, en la lengua que había usado Pentaquod:

–¿Eres un susquehannock?

Pentaquod asintió, y el intérprete se lo comunicó al werowance,

quien dijo:

–Pregúntale si viene en son de guerra.

–¿Vienes buscando guerra?

–No.

Un audible suspiro de alivio brotó de todo el grupo, pero el

werowance frunció el ceño y dijo:

–Dile que no tenemos nada que vender.

Cuando le fueron traducidas estas palabras, Pentaquod respondió:

–Yo tampoco.

Brotó de nuevo el suspiro de alivio, tras lo cual el werowance

preguntó, con cierta perplejidad:

–Entonces, ¿por qué está aquí?

Y cuando esto fue traducido a la lengua susquehannock, Pentaquod respondió, simplemente:

–Soy un fugitivo. Vengo buscando refugio.

Cuando esta sorprendente información fue hecha circular entre los presentes, todos prorrumpieron en murmullos de compasión y dijeron que quizá quisiera quedarse con ellos, pues necesitaban hombres, y él era más corpulento que ninguno que hubieran conocido. Explicaron volublemente que una o dos veces en cada generación bandas de susquehannocks, altos como él, se habían dirigido hacia aquel río, siempre para saquear o tomar esclavos. Barbacortada había sido capturado durante una de esas incursiones y había permanecido siete años viviendo con las tribus del Norte, aventura de la que continuamente estaba hablando, y ahora se le encomendó la misión de acompañar al recién llegado, mientras la tribu regresaba a su poblado a orillas del río para pasar el invierno.

–Sí, es nuestro -afirmó-. Lo llamamos Patamoke. Estoy seguro de que el nombre significa algo, pero he olvidado de qué se trata. Sí, todos los veranos nos vamos a vivir en los bosques, junto a la gran agua.

–La gran agua está por allí -corrigió Pentaquod, señalando hacia la bahía.

–Allí hay otra más grande -explicó Barbacortada, señalando hacia el Este.

Pentaquod no dio crédito a tal información, pero juzgó preferible no discutir con el excitable hombrecillo.

Pentaquod les llevó hasta el tosco wigwam que había construido, y los niños del grupo corrieron hacia él, utilizándolo como parte de un juego y riéndose de la inadecuada forma en que los costados encajaban en el techo. Varias de las mujeres se congregaron también allí,

burlándose de la forma en que estaba construido, sin darse cuenta de la grosería de su comportamiento, y cuando Pentaquod se acercó para proteger sus pertenencias de los posibles desmanes de los niños, las mujeres se pusieron de su parte y ordenaron a los chiquillos que dejaran en paz las cosas del extranjero. Luego dirigieron una sonrisa al hombre mientras les brillaban los ojos.

Los pobladores se entretuvieron brevemente, pues el werowance les habló ahora con tono suave, y a continuación cambió bruscamente el talante de la abigarrada muchedumbre y se dirigieron todos a su poblado. Los guerreros fueron a los bosques y empezaron a cortar árboles, mientras las mujeres y los niños se dedicaban a alisar las plataformas de piedra en que serían construidos los alojamientos de invierno. Cuando esto quedó ultimado, la tribu entera se acercó a la orilla del agua y empezó a recoger las hierbas con que se tejerían los costados de los wigwams. Pentaquod se sintió impresionado por la metódica forma de trabajar que tenía la tribu; parecían mucho mejores constructores que los susquehannocks.

Una vez concluidas las tareas preliminares y depositados en lugares estratégicos los distintos materiales, a fin de que pudiera proseguir la construcción al día siguiente, se dispusieron a descansar, y ello deparó a Pentaquod la oportunidad de charlar más detalladamente con Barbacortada, quien le habló de su larga cautividad entre los susquehannocks, y lo mucho que admiraba a aquella tribu guerrera, y cómo se habían burlado de él las mujeres susquehannocks por ser tan bajo y delgado.

–¿Cómo se llama tu tribu? – preguntó Pentaquod.

–Somos una pequeña parte de los nanticokes. Los grandes

werowances viven al Sur. Nosotros sólo tenemos un werowance de segunda fila, como has visto.

–¿Tienes tú un nombre?

Barbacortada se encogió de hombros, como si el misterio de los nombres estuviese reservado a los chamanes o a los que pronunciaban ensalmos. Sin embargo, ofreció la información de que, con frecuencia, los poderosos nanticokes del Sur invadían el poblado para robar lo que sus habitantes hubiesen adquirido.

–¿Son tan valientes?

–La mayoría de ellos no.

–¿Les hacéis frente? ¿En batalla?

Barbacortada se echó a reír.

–Nosotros no somos susquehannocks. Cuando los nanticokes vienen, huimos a los bosques. Dejamos en el poblado lo suficiente para que no quieran perseguirnos, y cuando se han Llevado lo que quieren, se marchan y nosotros volvemos.

Semejante comportamiento era tan extraordinario, que Pentaquod no supo qué decir. Empezó a tamborilear con los dedos de una mano en los de la otra y, mientras lo hacía, divisó el montón de blancas conchas.

–¿No usáis eso contra los nanticokes?

–¿Qué?

–Esas…, bueno, esas conchas.

–¡Eso!

Barbacortada miró las conchas y, luego, soltó la carcajada. Llamó a un grupo de compañeros y compartió con ellos el regocijo.

–¡Cree que se las tiramos a los nanticokes!

Los que le escuchaban se echaron a reír, y varios de los niños empezaron a lanzar las blancas conchas de modo que rebotaran sobre el agua.

Pentaquod, sin mostrarse ofendido, preguntó:

–¿Qué son?

–¿No lo sabes? – preguntó Barbacortada, estupefacto.

Cogió una concha de manos de uno de los niños, se la llevó a la altura del pecho e imitó los gestos de un hombre comiéndola; luego, una de las mujeres corrió a la orilla, se zambulló en las frías aguas y reapareció al cabo de unos momentos sosteniendo en una mano un goteante objeto formado por dos de aquellas conchas unidas.

Corrió hacia Pentaquod, con el pelo chorreándole sobre los hombros y extendió las dos manos, ofreciéndole el objeto extraído del río. Él lo cogió y quedó impresionado por su aspereza y su peso.

–¿Qué es? – preguntó a Barbacortada.

–¡No sabe lo que es! – exclamó el intérprete, complacido con su recién adquirida importancia al ser el único del poblado que podía hablar con el susquehannock.

–¡No sabe lo que es! – repitieron alegremente los niños, y todos se quedaron mirando cómo forcejeaba el hombre alto del Norte con las unidas conchas.

Finalmente, la joven que le había llevado el presente se lo volvió a coger, tomó un palo afilado y separó hábilmente las conchas. Tiró una de ellas y entregó gravemente la otra a Pentaquod, indicándole que debía comer.

Acostumbrado al venado, el conejo y el pescado, Pentaquod miró el extraño objeto que tenía en la mano. Le era imposible relacionarlo en absoluto con la comida, tal como él la conocía: era acuoso y resbaladizo, no tenía huesos y no había forma de hincarle el diente.

La muchacha resolvió su problema. Cogiendo la concha de su nerviosa mano, la llevó hasta los labios de Pentaquod y, con un delicado movimiento de los dedos, le echó en la boca el contenido de la concha.

Pentaquod percibió por un instante un exquisito sabor salado y una agradable sensación. Luego, el alimento, cualquier cosa que fuese, desapareció, dejando en su rostro una expresión de extremo aturdimiento. Con desenfadado gesto, la muchacha arrojó la vacía concha al montón.

–Lo llamamos kawshek -explicó Barbacortada-. Hay en el río más de las que podrías contar. Durante todo el invierno nos alimentamos de

kawshek.

Pentaquod reflexionó en lo que acababa de oír: además de la abundancia de alimentos que había descubierto por sí mismo, existía aquella provisión adicional, oculta en el río. Era inconcebible, y, mientras permanecía perplejo, tratando de descifrar el misterio de las ostras, pensó en su amigo Pescador Patilargo, y preguntó a Barbacortada:

–¿Qué es lo que coge en el fondo, parte en dos y traga con tanta dificultad?

–Un pez.

Seguir: parte 2 de 3