Bahía de Chesapeake
La Isla
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
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Para comprender cómo fue que Edmund Steed, caballero, acompañó al capitán John Smith en su exploración de la bahía de Chesapeake de 1608, es necesario retroceder más de cien años.
A fines del siglo xv, todo el mundo era católico en Inglaterra, lo cual era comprensible, ya que no existían en aquel tiempo otras religiones cristianas y se discutía si los pocos judíos que había en el reino tenían alma. El rey Enrique VII, habiendo arrebatado el trono al infame Ricardo III, gobernaba con la bendición del Papa, a quien gustosamente prestaba fidelidad espiritual y temporal. Tras muchos años de disturbios, el país estaba en paz, los grandes monasterios albergaban poderosos clérigos y los buenos ingleses estaban contentos de ser buenos católicos. Martín Lutero, que se alzaría más tarde contra esta feliz somnolencia, tenía entonces quince años y estudiaba con entusiasmo para ser sacerdote católico.
Los ingleses quedaron encantados, pues, cuando, en 1489, el rey Enrique anunció el compromiso formal de su hijo de tres años, Arturo, con Catalina de España, de cuatro años, hija de Fernando e Isabel, los más católicos de los monarcas. Esta prometida unión de la insignificante Inglaterra con la poderosa España constituía una jubilosa ocasión que presagiaba muchos beneficios para el reino de la pequeña isla.
Doce años más tarde, cuando Catalina desembarcó en Inglaterra, se vio en ella una princesa afable, discreta y bien educada, que prometía llevar amor y lealtad al trono. El joven Arturo se sintió fascinado al verla y se casó de buen grado con ella, mientras los representantes del Papa daban su aprobación oficial a esta feliz unión de dos reinos católicos. El nuevo siglo comenzaba con buenos auspicios.
Desgraciadamente, Arturo, heredero del trono de Inglaterra, era débil y enfermizo y, en marzo de 1502 murió. Su viuda, para decepción general, no estaba embarazada.
Esto le deparaba al rey Enrique VII un difícil problema dinástico: si permitía que la princesa Catalina huyera de Inglaterra y regresase a España, perdería las ventajas que hubieran podido derivarse de una boda española; pero no había ninguna excusa práctica para retenerla en Londres como una especie de rehén que garantizase el buen comportamiento de los monarcas españoles.
Astutos consejeros, de los que Inglaterra pareció siempre tener abundante provisión, indicaron que el rey tenía una forma justificable de impedir que Catalina regresase a España: «Casadla con el hermano del difunto Arturo.» Era una idea excelente, salvo que Enrique, el hermano, tenía solamente once años, seis menos que su propuesta novia.
Y, además, no bien se hubo sugerido este matrimonio diplomático, cuando reflexivos clérigos lo rechazaron, pues era contrario a la ley de la Iglesia. Un teólogo tronó:
–El Levítico, capítulo 20, versículo 21, deja zanjada la cuestión.
Y citó el admonitorio versículo en su propia y tosca traducción al inglés:
«Ningún hombre se casará con la viuda de su hermano. Está prohibido. Hacerlo deshonra el buen nombre de su hermano, y la pareja no tendrá hijos.»
Por triste experiencia, las naciones habían descubierto que la vida familiar no podía gozar de seguridad si los hermanos se sentían en libertad de robarse mutuamente las mujeres. La realeza, en especial, había aprendido que los hermanos menores debían comprender desde el principio que no obtendrían ningún beneficio de la muerte de sus hermanos mayores. Para la viuda Catalina, casarse con el hermano de su difunto marido sería inmoral, ilegal y contrario a la costumbre de la Iglesia.
Pero las presiones dinásticas continuaban. El rey Enrique era ya un hombre viejo, cuarenta y cinco años, y no gozaba de buena salud. Debía adoptar las medidas necesarias para asegurar el futuro de su duramente ganada corona, y la mejor forma de lograrlo sería preservar y reforzar la alianza con España. Catalina debía permanecer en Inglaterra.
Así, pues, buscó teólogos que no se hubieran comprometido apresuradamente cuando se sugirió aquel matrimonio, y, naturalmente, cuando estos eruditos escudriñaron la Biblia encontraron el afortunado pasaje del Deuteronomio, 25:5, que contradecía al Levítico y no sólo permitía que un hombre se casara con la viuda de su hermano, sino que ordenaba realmente hacerlo.
«Cuando dos hermanos habitan uno junto al otro y uno de los dos muere sin dejar hijos, la mujer del muerto no se casará fuera con un extraño; su cuñado irá a ella y la tomará por mujer, y cumplirá todas las obligaciones de un marido.»
Difícilmente podía haber una instrucción más concisa que ésa, ni que mejor incluyera el problema dinástico de Inglaterra, y cuando el rey Enrique oyó leer en voz alta este mandato, batió palmas jubilosamente y ordenó que se concertaran unos esponsales para su hijo de once años.
El rey no vivió lo suficiente para ver felizmente casado a su heredero; murió el 21 de abril de 1509, y por respeto a su memoria pues había sido un rey de gran firmeza-, el joven Enrique, aun contra su voluntad, asintió a su matrimonio con una mujer seis años mayor que él. La boda se celebró pocas semanas después del entierro del viejo rey y tuvo felices consecuencias, salvo en lo referente a dar un heredero al trono. Catalina era suficientemente fértil y parecía estar constantemente embarazada: daba a luz un hijo tras otro -chicos entre ellos-, pero todos morían. Sobrevivió una hija enfermiza, María, pero no era una hija lo que Enrique buscaba.
En 1533, el rey Enrique se convenció tardíamente de que su matrimonio con aquel prototipo español había sido ilegal e inmoral desde el principio. Al final, volvió al Levítico, abandonando el Deuteronomio. Con creciente furor irrumpió entre el clero católico, exigiendo se encontraran eruditos que apoyasen su postura de que Catalina nunca había estado debidamente casada con él y que, por tanto, estaba técnicamente divorciada. Encontró tales eruditos, naturalmente, pero no de una elevada posición, y el Papa de Roma rehusó ratificar sus conclusiones basándose en varias y juiciosas razones: que, si bien el matrimonio podría haber sido inicialmente sospechoso, había sido celebrado; había sido consumado, como lo demostraba la niña María; y había durado casi un cuarto de siglo. El divorcio fue denegado.
Ahora bien, el rey Enrique era tan fiel católico como solían serlo los reyes de Europa; once años antes había escrito personalmente y hecho circular ampliamente un folleto en el que refutaba al renegado Martín Lutero y reafirmaba la autoridad del Papa. En agradecimiento a esta
defensa, el Papa había proclamado oficialmente a Enrique «Defensor de la Fe», apreciado título que ostentarían todos los futuros soberanos de Inglaterra. Como Enrique había demostrado ser un firme puntal del Papa, no podía rechazar fácilmente al Pontífice por causa de una decisión que le molestaba; además, Enrique aceptaba sinceramente las doctrinas de la Iglesia y le habría horrorizado que alguien le acusara de falta de entusiasmo por el catolicismo. La consecuencia era que Enrique no podía divorciarse de Catalina, lo cual significaba que no podía casarse con la apetitosa y joven doncella de la Corte de quien se había enamorado: Ana Bolena.
¿Qué hacer? Un cínico de Londres susurró: «La bula del Papa le ha atado las bolas al rey», y más tarde, cuando se resolvió el asunto, se recordaría esta agudeza. La acusación contra el gracioso sería primero de lesa majestad, después de blasfemia y, finalmente, de traición, por lo que sería estrangulado en la Torre. Murió por una frase ingeniosa.
Empezó a circular entonces el rumor de que Ana Bolena estaba embarazada de lo que todo el mundo esperaba que fuese un hijo, por lo que se hacía precisa una rápida resolución del conflicto con el Papa para que el futuro rey no naciera como bastardo. El punto muerto a que se había llegado fue resuelto de forma inteligente: el rey Enrique declaró que, si bien Inglaterra y todos los ingleses continuaban siendo tan católicos como siempre, reconociendo como antes la supremacía espiritual del Papa, rechazaban su jefatura temporal. En lo sucesivo habría una Iglesia católica en diversas partes de Europa, presidida por el Papa, y habría otra en Inglaterra, igualmente católica, pero gobernada en todos los asuntos administrativos por el rey Enrique.
En un acceso de fervor religioso, se divorció de Catalina de España y se casó con Ana, la lozana muchacha inglesa. Esto provocó tal agitación en toda Europa, que se vio obligado a demostrar que era realmente el jefe de la Iglesia local, y lo hizo mediante una eficaz maniobra. Una noche, estando acostado con Ana Bolena, se le ocurrió que el Papa controlaba más de la tercera parte de la tierra de Inglaterra: catedrales, monasterios, iglesias, conventos, todos poseían extensas fincas y a los campesinos que trabajaban en ellas. Con un simple edicto, Enrique expropió todas aquellas posesiones, cerró los monasterios, despojó de sus tierras a las catedrales y, como él dijo:
«Mandé a la calle a los monjes, frailes y monjas, obligándoles a ganarse honradamente la vida.» Luego, con su característica astucia, ideó la estratagema más brillante de todas: no se quedó con las nuevas posesiones, ni las entregó a poderosos duques y condes que más tarde podrían aliarse contra él, sino que las dio a los leales hombres de la clase media que le habían apoyado en su lucha contra el Papa. De esta manera, convirtió a la tercera parte de Inglaterra en obligatoria defensora suya, y fue durante esta transferencia cuando entraron en escena los antepasados de Edmund Steed.
En el condado de Devon, al sudeste de Londres, la pequeña ciudad de Bishop Nympton, a mitad de distancia entre Dartmoor y Exmoor, vivía desde.hacía varios siglos una distinguida y tenaz familia local llamada Steed. Habían sido granjeros acomodados; los padres habían servido como justicias de paz, y los hijos habían asistido a Oxford.
Tanto los hijos como las hijas habían contraído matrimonios conservadores, y ningún escándalo había afectado jamás a la familia, que, si no había producido barones ni condes, sí producía una constante provisión de hombres en quienes los reyes podían confiar.
Uno de esos hombres era Devon Steed, de cuarenta y nueve años cuando su rey, Enrique, trataba de divorciarse de la reina española.
Cuando más ásperos eran los debates, el rey buscó apoyo en los caballeros rurales de buena reputación, y el propio cardenal Wolsey, el que constantemente conspiraba para llegar a ser Papa, pidió a Steed que reuniera ayuda en su distrito.
Tal petición planteaba un grave problema moral a Steed: era devoto católico, amaba al Papa, pagaba los diezmos, todos los miércoles y domingos llevaba a su familia a la capilla local, y subvenía personalmente a las necesidades materiales del sacerdote. Ponerse de parte de un rey contra el Papa en una discusión sobre los dos contrapuestos versículos de la Biblia constituía una tremenda responsabilidad, y durante algunas semanas se abstuvo, enfrentado con su conciencia a aquel pasaje del Levítico que prohibía específicamente la clase de matrimonio a que Enrique había sido obligado a contraer con Catalina.
¿Era posible que el Papa ignorase la Biblia? Devon Steed nunca admitiría tal cosa. Pero, ¿no era posible que el rey Enrique tuviese
razón al afirmar que no había tenido ningún hijo legítimo varón porque había caído sobre él la maldición de Dios a causa de su incestuoso matrimonio? ¿No advertía el Levítico que semejante matrimonio no tendría hijos?
Permaneció durante varios días en esta precaria situación, inclinándose ora hacia el Papa, ora hacia Enrique. El dilema fue resuelto ingeniosamente: el cardenal Wolsey envió a Bishop Nympton un emisario personal, el joven Hugh Latimer, emparentado con los Steed y padrino del hijo de Devon, Latimer, con un argumento que no podía ser refutado:
–Primo Steed, no te das cuenta de que nuestro rey ha engendrado ya no menos de seis hijos, ilegítimamente, por supuesto, pero hijos no obstante. La esterilidad no puede ser culpa suya. Conoces a Henry Fitzroy, el que fue nombrado duque de Richmond a la edad de seis años. Es hijo de Enrique y también lo son otros cinco de menos importancia. Si puede librarse del petoste español y casarse con la joven Ana, tendremos un futuro rey, e Inglaterra se hallará protegida.
Latimer, hombre austero, guiñó un ojo y añadió:
–Supongo que sabrás que Ana está ya embarazada, un varón, según aseguran las comadronas, por lo que debemos actuar rápidamente.
Convencido en cuanto a los hechos, Devon Steed encabezó el apoyo de los condados occidentales al divorcio; apoyó al rey contra el Papa.
No solicitaba ni esperaba nada a cambio de haber obedecido a su conciencia, pero cuando tuvo lugar la disolución de los monasterios y fueron distribuidas grandes fincas entre los defensores del rey, especialmente los de la clase media como los de Steed, Hugh Latimer se encargó de que su primor Devon figurara en la lista de elegibles.
Cuando llegaron los agentes a preguntar cuál de los ochocientos monasterios prefería, respondió con cierta inocencia:
–Glastonbury. Está cerca, y siempre he admirado las edificaciones que Richard Bere erigió allí cuando era abad.
El agente carraspeó y dijo:
–Glastonbury es tan grande que ha sido reservado.
–Lo siento -se excusó Steed-. ¿Qué es lo que el rey piensa para mí?
–Prefiere que los nuevos beneficiarios salgan de sus localidades.
Lealtades en conflicto, ya saben. Hay un monasterio espléndido en
Queen's Wenlock, en Berks.
–¡Lo conozco! – exclamó Steed, con entusiasmo.
Había pasado por allí una vez, camino de Oxford, y recordaba con afecto el lugar: torres bajas, un claustro modesto, innumerables chimeneas y cuatro nobles arcos góticos rodeando las puertas ante las que se congregaban los pobres para recibir limosnas.
–Las edificaciones del monasterio van acompañadas de mil quinientos acres -dijo el agente-, y dos aldeas pobladas por robustos labradores. Usted poseerá la totalidad en calidad de Sir Devon Steed.
Adquirió en 1537 el título de caballero como Sir Devon; tenía cinco nombres de pila, y ninguno de ellos era Devon. Ése era un apodo que le habían puesto en Oxford, y le había quedado; ahora se trasladó como Sir Devon a su nueva finca en compañía de su familia. Lo primero que hizo al llegar al viejo monasterio, construido en 1387 por la reina Ana de Bohemia, esposa de Ricardo II, fue orar en la antigua capilla, y, mientras permanecía arrodillado en aquellas viejas y sagradas piedras, reafirmó su permanente fe en el catolicismo y en la supremacía espiritual del Papa.
Nada cambió mucho, en realidad. Inglaterra continuó siendo católica. El rey Enrique, terriblemente decepcionado cuando Ana Bolena le dio otra hija y ningún hijo, mandó cortarle la cabeza al poco tiempo, y de nuevo Sir Devon le apoyó, lo mismo que sus colegas de los otros setecientos noventa y nueve monasterios expropiados: llamaban a Bolena la Ramera de los Howard, y se alegraron de su eliminación.
Circularon desagradables habladurías cuando ciertos círculos cortesanos, planeando siempre proteger la línea de sucesión al trono, propusieron que la pequeña princesa María, hija de la primera esposa de Enrique, Catalina, se casara con el duque de Richmond, su propio medio hermano. Los que expusieron la cuestión a Steed argumentaban:
–¿No comprendes? Esto uniría todas las ramas que pudieran tener una pretensión justa al trono. La posición de la pareja sería inexpugnable, y, cuando engendraran un hijo, sería rey en todos los sentidos de la palabra.
–Si engendrasen un hijo -exclamó Steed-, tendría dos cabezas.
Afortunadamente, el rey Enrique, siempre virtuoso, se rebeló ante la idea de que su hija se casara con su medio hermano ilegítimo, y la
rechazó. Cuando supo que Sir Devon Steed, en Queen's Wenlock, había rechazado la propuesta por los mismos motivos, sintió crecer su afecto hacia el nuevo caballero y aumentó la extensión de sus tierras.
Mientras vivió el rey Enrique, Devon no experimentó remordimientos religiosos. Tanto él como el rey continuaron siendo católicos devotos, y, cuando este último ordenó que dos luteranos herejes ardiesen en la pira, Sir Devon aplaudió.
–No queremos cismáticos aquí -dijo a su hijo Latimer.
Murió tres meses después que su rey escapando así al caos en que cayó Inglaterra cuando reinó brevemente Eduardo VI. Sir Latimer Steed, que heredó el título y la considerable hacienda que lo acompañaba, estaba más devotamente unido al catolicismo y al Papa de lo que lo había estado su padre, y quedó aterrado por la torpe forma en que los asesores del joven rey trataban de convertir a Inglaterra en un país protestante. Sir Latimer lo condenó enérgicamente, y manifestó a todos los que visitaban el antiguo monasterio que «los hombres honrados de Inglaterra nunca abrazarán las herejías de Ginebra».
Experimentó gran alivio cuando Eduardo, siempre enfermizo, como si Dios hubiese maldecido a su padre por haber tenido seis esposas y haber decapitado a dos de ellas, murió.
Entonces, María, de treinta y siete años de edad y forjada en el horno de la resistencia Tudor, asesinato y piedad, subió al trono, resuelta a poner todo en orden. Fue un día glorioso para los buenos católicos como Sir Latimer cuando aceptó la corona, y no pasó mucho tiempo antes de que los dirigentes heréticos que habían tratado de alejar a Inglaterra de Roma pagaran el castigo por su traición. Uno tras otro, fueron a la hoguera, y Sir Latimer, rezando en la capilla que su padre había robado a la Iglesia, daba su bendición a las llamas…
«Es la única forma de mantener pura a Inglaterra.»
La primera señal de que las cosas marchaban de modo extraño se produjo el 19 de octubre de 1555, cuando su hijo Fairleigh llegó precipitadamente de Londres con sorprendentes noticias:
–Hugh Latimer ha sido quemado en la hoguera.
Era increíble. Los Steed conocían a los Latimer desde hacía más de cien años, y habían contemplado con compartido orgullo cómo el joven Hugh ascendía los diversos peldaños de la Iglesia. Cuando el cardenal
Wolsey no logró ser elegido Papa, no había sido demasiado esperar que lo consiguiera Latimer, y ahora había perecido en la hoguera. ¿Qué terrible error había provocado semejante injusticia?
No podía decirse del joven Fairleigh que fuese un católico devoto, era mucho más. Amaba a la Iglesia; de niño, mientras jugaba en las amplias habitaciones del antiguo monasterio, ahora discretamente llamado la Quinta, obtuvo una visión de lo que debía ser una Iglesia soberana, y en Oxford había encabezado al grupo de jóvenes que encendieron hogueras para celebrar la subida al trono de la reina María, pues en su purificadora llegada veían la salvación de la Iglesia.
Comprendía que era necesario adoptar duras medidas antes de que Inglaterra pudiera ser llevada nuevamente a sus debidos cauces, y aplaudía su fuerza de carácter.
–Tenía que destruirle, padre -explicó-. Hugh Latimer predicaba la doctrina más perniciosa, y, de no habérsele atajado, habría atraído a Inglaterra al protestantismo. No era mejor que Calvino.
Y, así, el hijo condujo al padre a través de los agitados pero gloriosos días del reinado de la reina María. Cuando María tomó por marido al rey Felipe de España, el joven Fairleigh lo explicó todo y acalló los temores de su padre de que eso pudiera significar una influencia española.
–¡Jamás! España e Inglaterra se unirán bajo la autoridad del Papa.
Finalizarán las luchas fratricidas, y España e Inglaterra juntas terminarán con la herejía en Alemania y los Países Bajos.
Eran días excitantes aquellos días de reconstrucción, y Queen's Wenlock se llenaba a menudo de estudiantes de Oxford que discutían sobre las características de la Inglaterra futura. Algunos fanáticos habían propuesto que los monasterios robados fuesen devueltos a la Iglesia, pero la reina María, que dependía de las sólidas familias que ahora los ocupaban, se negó en redondo. Sir Latimer aplaudió su decisión, al igual que los estudiantes de Oxford, muchos de los cuales procedían de familias que se habían beneficiado de las expropiaciones.
Y entonces murió María. El trono pasó a su media hermana, Isabel
la Protestante, la hija bastarda de Ana Bolena, aquella ramera de los
Howard. Sir Latimer, reflexionando sobre el desastre, dijo a Fairleigh:
–Esa línea es completamente perversa. No es casualidad que las dos reinas que Enrique tuvo que decapitar fuesen Howard. Primas carnales, y rameras las dos.
Hizo una pausa para mirar las viejas vigas de su noble salón y dijo:
–Así que ahora tenemos como reina a la hija ilegítima de una ramera. Vienen malos tiempos, Fairleigh, y todos tendremos que decidir nuestra postura.
Para los buenos católicos, los tiempos fueron peores de lo que él había previsto: el santo Papa Pío V promulgó una bula que excomulgaba a Isabel como hereje y advertía a los católicos de Inglaterra que ya no le debía fidelidad. Ella reaccionó condenando a muerte a todo el que hiciera circular la bula en territorio inglés.
La batalla estaba empeñada; paso a paso, se fueron dictando duras medidas contra las personas devotas que, como el joven Fairleigh Steed, amaban a la Iglesia de Roma y, al mismo tiempo, a la tierra de Inglaterra. Todo católico sorprendido asistiendo a misa: multa de setenta libras esterlinas, suma enorme en aquellos tiempos. Todo católico que rehusara asistir a la iglesia protestante, multa de veinte libras al año por cada miembro de la familia, joven o viejo. Todo inglés, hombre o mujer, que tratara de convertir a buenos protestantes al catolicismo: muerte en la horca. Y todo creyente, como los Steed, que intentara mantenerse fiel a la religión que siempre había practicado, acoso continuo, persecución y riesgo de muerte si daba albergue a un sacerdote clandestino.
La reina Isabel nunca pudo comprender el obstinado comportamiento de gentes como los Steed. Su nueva religión conservaba casi todas las características de la antigua: la misa, la transustanciación, el altar mayor, bautismo, rigurosa atención a la confesión, prohibición de comer otra cosa que no fuera pescado los miércoles y un clero célibe ataviado con las vestiduras tradicionales.
Isabel estaba convencida de que cualquier persona podía asistir a los cultos del nuevo ritual sin darse cuenta nunca de que no era católico.
Además, prohibió con extrema severidad todas las manifestaciones de protestantismo calvinista y ejecutó jubilosamente a los luteranos que intentaban divulgar las perniciosas enseñanzas de Ginebra.
Todo lo que Isabel pedía a sus súbditos era que abjurasen de Roma y le reconocieran a ella como jefe de la Iglesia que funcionaba en Inglaterra. La severa ley de 1581 lo explicaba todo en su título: Para
mantener en debida conciencia a los súbditos de Su Majestad la reina.
Los Steed se negaron a prestar obediencia a una soberana humana. Se convirtieron en católicos clandestinos, seguidores secretos de la antigua fe, audaces protectores de sacerdotes itinerantes que ejercían la peligrosa labor de mantener viva esa fe.
Queen's Wenlock, en otro tiempo uno de los notables monasterios menores de Inglaterra, se convirtió, en la década de 1570, en un centro del espíritu misionero católico. El viejo Sir Latimer dijo que se dejaría matar antes que permitir que una ramera de los Howard le aconsejara en asuntos espirituales. Lady Steed le previno que refrenara su lengua para no ser ahorcado, y le recordó que no era una de las rameras de los Howard quien le estaba haciendo aquello a Inglaterra, sino la hija ilegítima de una de las rameras.
Era el joven Fairleigh, a la sazón de veinticinco años y graduado en Oxford, quien sentía con más intensidad la presión de la época. Él respetaba las antiguas costumbres y creía poder seguirlas sin ser traidor a la nueva reina, aunque la despreciaba. Era católico e inglés a la vez, y debería ser posible mantenerse ciudadano fiel y leal de ambos mundos. En cuanto a la absurda acusación de los protestantes de que ser católico significaba automáticamente que uno ardía en deseos de tomar las armas en favor del Papa y en contra de Inglaterra, nunca había oído estupidez mayor. Había en Inglaterra más de 160.000
católicos practicantes, y sólo un puñado de traidores entre ellos.
Pero seguían sucediendo cosas que debilitaban su posición.
Fanáticos que desconocían por completo las realidades de Inglaterra fueron capturados cuando trataban de montar una invasión española para instalar de nuevo el rey Felipe en el trono que en otro tiempo compartiera con María. Otros necios que intentaban promover un levantamiento en favor de la otra María, la católica reina de los escoceses, fueron sorprendidos portando cartas en que se especificaban todos los detalles. Individuos enloquecidos, desgarrados por conflictos religiosos que no podían comprender, intentaron asesinar a la reina,
como los locos que en todos los países tratan de dar muerte a sus dirigentes.
Todo esto conducía a la sospecha y al odio; buenos ingleses que hubieran debido tener un mejor criterio llegaron a creer como algo evidente que el Papa se proponía invadir su país con la ayuda de España para convertirlos de nuevo al catolicismo del viejo estilo. Era contra este prejuicio contra el que los Steed tenían ahora que actuar.
Todos los miembros de la familia daban firme testimonio de que ser católico no entrañaba herejía. No sólo rechazaban la más mínima invitación que pudiera parecer sospecha, sino que se expresaban abiertamente en contra. La única cosa prohibida a la que no renunciaban era a relacionarse con los valerosos sacerdotes.
–Estos sacerdotes, ordenados por Dios, son nuestros guías espirituales -proclamaba Sir Latimer a todo el que quería oírle.
El antiguo muñidor se estaba convirtiendo en un hombre poderoso; en el orden normal de las cosas que había prevalecido en Inglaterra durante siglos, habría sido el juez de paz del pueblo, administrando una aproximativa especie de justicia, rehusando condenar a muerte ni aun al peor criminal y administrando sus fincas de modo que cada generación tuviera unos acres más que la anterior. Se debía al azar del divorcio del rey Enrique el que hubiese heredado un título de caballero, y, aunque le agradaban los edificios y las tierras que le acompañaban, no se encontraba realmente a gusto en su pequeño castillo. Se habría sentido mucho mejor cuidando los cerdos allá en Devon. Ciertamente, no estaba en manera alguna dispuesto a entrar en un debate religioso.
Lo único que sabía era que los Steed siempre habían obedecido al Papa y se proponían seguir haciéndolo.
Por tanto, era comprensible que, cuando devotos sacerdotes ingleses, ordenados en el seminario inglés establecido en Douai, en los Países Bajos españoles, al otro lado del Canal, se introdujeron subrepticiamente en Inglaterra para proteger la fe, llevaran consigo instrucciones no escritas de ponerse en contacto con los Steed, en Queen's Wenlock, y así lo hicieron. Por definición de Isabel, tales sacerdotes eran traidores -no buscaban la salvación de las almas, sino promover la revolución-, y quien les diera cobijo lo hacía con riesgo de su vida. Los Steed asumieron ese riesgo.
Hacia el anochecer, los sacerdotes convergían en algún punto convenido de la comarca del oeste de Londres. Actuaban con sigilo para evitar que les detectasen los espías pagados de Walsingham y Burleigh que merodeaban por la región. Al caer la noche se dirigían presurosamente a las cuatro abovedadas puertas del viejo monasterio y llamaban rápidamente. Se encendía una luz. Una puerta crujiente se entreabría unos centímetros. Los sacerdotes se daban a conocer, pronunciaban la contraseña que les habían dado los católicos de Londres y entraban, mientras la puerta volvía a cerrarse tras ellos.
Dentro, Sir Latimer servía las bebidas y preguntaba qué sucedía en Douai. Iba progresando la traducción de la Biblia al inglés de modo que fuera aceptable para los católicos. Nuevos sacerdotes eran ordenados con regularidad, y los de más fortaleza de ánimo eran enviados a Inglaterra. Cuatro de los más recientemente llegados habían sido ahorcados, pero otros mártires en potencia se hallaban ya en camino.
¿Y el nuevo Papa? Los jóvenes sacerdotes dijeron que se disponía a dar un paso que les ayudaría mucho en su trabajo. Anunciaría que la bula de su predecesor ordenando a todos los buenos católicos oponerse a la reina Isabel debía quedar en suspenso, a fin de que los católicos pudiesen obedecer a la reina en todas las cosas temporales.
–¡Muy inteligente por parte del Papa! – exclamó Sir Latimer-. Eso nos absuelve de la acusación de herejía.
–En efecto -asintieron los sacerdotes.
Pero los tribunales dependientes de la reina consideraron el gesto papal como un subterfugio, y continuó el ahorcamiento de sacerdotes.
En el verano de 1580 llegó a la hacienda un sacerdote fugitivo tan luminoso que parecía llevar consigo la prueba visible de su santidad y de su futuro martirio. Era Edmund Campion, de cuarenta años a la sazón, uno de los estudiantes más brillantes que había tenido Oxford, alumno distinguido del seminario católico de Douai y uno de los más hábiles polemistas entre los jesuitas de Roma. Era filósofo, historiador, autor de folletos y excelente teólogo. Entre sus amigos, protestantes y católicos por igual, era conocido como la maravilla de su tiempo, y catorce años antes la propia reina Isabel, fascinada por el discurso que pronunció ante ella durante su visita a Oxford, había dicho: «Este joven tiene ante sí posibilidades ilimitadas.»
Pero había elegido el espinoso camino del sacerdote misionero, y el día en que desembarcó en Dover comprendió que su fama era tal que sería descubierto por los espías de Walsingham y quemado como mártir. Seguro de ello, y conforme con su destino, avanzó valerosamente por la comarca, celebrando reuniones de oración y haciendo caso omiso de la probabilidad de que informadores protestantes le estuviesen siguiendo los pasos.
Llegó a Queen's Wenlock un viernes y dijo a Sir Latimer -de cuyo valeroso comportamiento tenía muchas referencias- que deseaba celebrar misa para los católicos de la región, y éstos fueron apresuradamente congregados, conscientes cada hombre y cada mujer de que la muerte sería la consecuencia de la traición. Cuando llegaron a la hacienda, encontraron esperándoles al viejo Sir Latimer, hosco el gesto bajo las pobladas cejas, y el sereno rostro de Edmund Campion.
Éste eligió como texto un pasaje de los viajes de san Pablo y comparó la obra que Pablo había realizado con la que estaban haciendo los sacerdotes fugitivos.
–La Roma pagana no buscó a Pablo menos ávidamente de lo que el protestante Walsingham me busca a mí. Al final, Pablo triunfó, y nosotros también triunfaremos.
Su predicación se limitó a una serie de sencillos, pero convincentes, ejemplos de lo que los furtivos graduados de Douai habían logrado en la tarea de mantener vivas en Inglaterra las llamas sagradas del catolicismo.
–La gloria de nuestra Iglesia está en sus mártires. Las llamas de sus abrasados cuerpos inflaman nuestro santo espíritu.
Hablaba como un poseso, pero no desvariaba, ni tampoco se puso a sí mismo como ejemplo. Simplemente, informó de lo que los católicos estaban consiguiendo en aquellos decisivos tiempos. Cuando terminó, ofició la ceremonia de la misa, bendiciendo el vino y consagrando las hostias que habían sido preparadas para el sagrado festín. Al depositar en cada lengua el cuerpo de Cristo, decía: «La paz sea con vosotros.»
Quizá fueron los trágicos acontecimientos que sobrevinieron más tarde lo que indujo a las personas que asistieron a aquella misa a declarar en años posteriores que se había tratado de una ocasión sagrada, pero todos testificaron:
–Quedó revelado el futuro, y en torno a la santa cabeza de Edmund Campion vimos el hilo del martirio.
En cualquier caso, el padre Campion abandonó Queen's Wenlock en un estado de exaltación, como si sus días de prueba se hallaran ya próximos.
Sir Latimer y su hijo Fairleigh acompañaron a Campion hasta su siguiente predicación, en una quinta próxima a Faringdon, en Bucks, y desde allí hasta el mismo Oxford, donde el joven Steed presentó al arriesgado sacerdote a numerosos estudiantes entregados al catolicismo. Discutió con ellos el futuro de la Iglesia en Inglaterra y la naturaleza de la vocación individual. Después de su última misa se proponía dirigirse a Norfolk, donde el gran número de católicos le haría estar relativamente seguro, pero en el último momento se le convenció de que regresara a Faringdon para predicar de nuevo a los muchos fieles que no habían tenido el privilegio de oírle en su anterior visita a Queen's Wenlock.
Accediendo a las súplicas que tan insistentemente se le hacían en ese sentido, volvió sobte sus pasos y se dirigió a la casa de Latimer, donde le esperaban espías protestantes. Eran ellos quienes habían organizado la invitación, y fueron ellos quienes le llevaron prisionero a Londres y le encerraron en una celda de la Torre.
Fue introducido en Little Ease, la famosa celda demasiado baja para estar de pie, demasiado angosta para dormir, y allí fue mantenido en absoluto aislamiento, sin alimentación adecuada, durante cuatro días. Luego fue torturado tres veces distintas en el potro, hasta que se le descoyuntaron las articulaciones, y acabó confirmando lo que Burleigh y Walsingham ya sabían, que había sido protegido por Sir Latimer Steed, de la finca de Queen's Wenlock.
El viejo caballero fue inmediatamente detenido y arrojado, como su sacerdote, en Little Ease, de donde salió convertido en un hombre destrozado que mascullaba frases incoherentes. Pero, al deteriorarse su cuerpo, aumentó su fuerza espiritual, y, pese a cuanto le hicieron los monstruosos carceleros y manipuladores del potro, su testimonio fue siempre el mismo: que era leal a Inglaterra y fiel a su Iglesia. Los interrogadores le gritaban, le acusaban de ingratitud, le recordaban que debía cuanto era al rey o reina que en cada momento poseyera el
trono y que, por consiguiente, se hallaba obligado a jurar fidelidad a cualquier forma de religión que profesase el monarca.
Semejante idea resultaba repugnante, y la rechazó con desprecio, por lo que a finales de noviembre de 1581 él y el padre Campion fueron conducidos a Westminster Hall, en cuyos elegantes y majestuosos salones se reunían las figuras del foro y el clero para juzgar a los heréticos traidores. A Fairleigh Steed le fue permitido asistir al juicio, juntamente con muchos protestantes que aplaudían las acusaciones formuladas contra los encartados.
El juicio fue una farsa. No se encontró ningún testigo que demostrase que el padre Campion hubiese predicado jamás la traición, mientras que fueron once los testigos que comparecieron para declarar que expresamente había manifestado que era obligación cívica respetar a Isabel y a sus leyes. En cuanto a Sir Latimer, todo el testimonio de su vida era de lealtad a la corona. Fairleigh, que escuchaba cuanto se decía con toda la atención que le era posible, no podía imaginar otro veredicto que el de inocencia, y quedó paralizado de horror cuando los jueces, hombres responsables y honrados del reino, leyeron su sentencia:
«Debéis ir al lugar de donde habéis venido, para permanecer allí hasta que seáis llevados sobre parrillas a través de la ciudad de Londres hasta el lugar de ejecución para ser allí ahorcados. Pero se os descenderá mientras estéis aún con vida, y se os cortarán vuestras partes privadas, y se os arrancarán las entrañas, que serán quemadas ante vuestros ojos, y luego vuestros cuerpos serán divididos en cuatro partes, de las que se dispondrá como ordene Su Graciosa Majestad. Y
Dios tenga piedad de vuestras almas.»
Diez días después, la sentencia fue ejecutada con meticuloso detalle, y Fairleigh Steed se obligó a sí mismo a mirar mientras su padre y aquel santo sacerdote eran sacudidos horriblemente, cortados, rajados y obligados a contemplar cómo eran descuartizados sus cuerpos. Ni el viejo ni el joven lanzaron un solo grito, y Fairleigh quedó convencido de que, al abandonar su envoltura carnal, sus espíritus entraron en el cielo para ocupar su puesto en el seno de Abrahán.
Una semana después, la esposa de Sir Fairleigh dio a luz un hijo, al que un nuevo sacerdote de Douai bautizó con el nombre de Edmund.
La cabeza de Sir Latimer Steed fue clavada en una lanza y exhibida en Tyburn a lo largo de nueve semanas, tiempo durante el cual su familia trató en Queen's Wenlock de formular un plan para continuar viviendo. Curiosamente, habida cuenta de la cruel muerte infligida al viejo caballero, las tierras de la familia no fueron confiscadas; los descendientes de Sir Latimer no fueron sometidos a muerte civil, porque los monarcas de Inglaterra permitían generalmente que la traición de un padre terminase allí, con la esperanza de que los hijos aprendieran de los errores de sus mayores y se reformasen.
Los Steed tomaron dos decisiones: serían leales a Inglaterra en todas las cosas, y continuarían oyendo misa. El joven Edmund pasó los seis primeros años de su vida siendo adoctrinado en estos dos principios; cuando pensaba en su padre, imaginaba un sosegado caballero que atendía los asuntos de sus grandes posesiones y, luego, oraba decididamente con cualquier sacerdote que acertara a pasar por allí, pues estaba resuelto a mantenerse fiel a su herencia católica.
Edmund siguió las huellas de su padre, y este tipo de juiciosa tregua prevaleció por toda Inglaterra durante aquellos tranquilos años de 1581 a 1587.
Pero en 1588 el rey Felipe de España, tratando de recuperar el trono inglés que en otro tiempo ocupara como marido de María, destruyó todas las razonables esperanzas albergadas por familias como los Steed. Envió su victoriosa Armada para invadir Inglaterra, destruir el protestantismo y obligar al capturado país a retornar a Roma.
Estúpidos ingleses, especialmente los que habían vivido en el exilio, hicieron estúpidas declaraciones sobre la restauración del Papa, y dentro de la isla otros descarriados idiotas creyeron que, tan pronto como las tropas españolas pusieran pie en suelo inglés, los católicos del reino se alzarían para recibirlos y contribuir al sometimiento de su patria.
Desde aquel día de verano en que Drake, Hawkins y Howard pusieron en fuga a los galeones españoles ante las costas de Plymouth y los enviaron a sus tumbas en las tormentas desatadas ante las Hébridas, quedó sellado el destino de católicos corrientes como los Steed. El populacho los consideraba traidores a todos, a todos ellos, y se creía además que sólo un milagro había permitido a los ingleses
defenderse contra la invasión papal y la restauración de las hogueras que la reina María había patrocinado durante su breve y sangriento reinado.
El ostracismo cayó pesadamente sobre el joven Edmund. En la escuela era un niño al que había que mantener apartado, y en Oxford todos se alejaban de él. Nunca pudo ostentar un cargo público, ni, al igual que sus antepasados, actuar como juez de paz, ni prestar testimonio en ciertas clases de juicios, ni ingresar, mediante matrimonio, en las buenas familias, ni servir como oficial en la Marina o en el Ejército. Tenía que pagar impuestos especiales y, lo peor de todo, era generalmente despreciado en la comarca. Se hizo más difícil oír misa, pues, tras el frustrado ataque de la Armada, los sacerdotes eran perseguidos con mayor severidad. Al finalizar el siglo XVI, un joven católico podía existir en Inglaterra, pero eso era todo.
Mas en 1602, al alcanzar Edmund su mayoría de edad, la reina Isabel enfermó, y en 1603 murió…, calva, con peluca y más fea que un pecado. Mientras se rezaban oraciones por la salvación de su augusta y asesina alma, Sir Fairleigh Steed reunió a su familia en el gran salón de Queen's Wenlock, donde un sacerdote fugitivo oficiaba una misa en sufragio de la fallecida reina, pidiendo a la familia Steed que le perdonara todos los males que le había causado. Cuando todos los presentes hubieron prometido fidelidad a su nuevo rey, Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, Sir Fairleigh elevó una fervorosa oración pidiendo que Dios hiciera al nuevo monarca más inteligente que el antiguo.
Nada cambió. Los católicos continuaron siendo excluidos del Gobierno, y uno de los profesores de Edmund le dijo:
–De no haber sido católico, serías ya profesor en Oxford.
Fue en esta confusión cuando Edmund regresó de la Universidad con una inmoral propuesta que horrorizó a su padre.
–Voy a abrazar la nueva fe.
Sir Fairleigh contuvo una exclamación, y Edmund añadió:
–Públicamente. Puesto que esta nación continúa poniendo obstáculos a los católicos, considero permisible engañar a la nación.
Cuando vuelva a Oxford, prestaré el Juramento de Conformidad. A partir de ese día, seré públicamente protestante.
–¿E interiormente?
–Tan buen católico como siempre. Cuando celebres misa, yo asistiré.
–Edmund, emprendes una penosa tarea.
–No tengo el menor deseo de que me arranquen las entrañas.
–Ningún hombre lo tiene, pero a veces ocurre.
–A mí no me ocurrirá. Jugaré su sucio juego.
–Los jóvenes -dijo Sir Fairleigh- suelen pensar que pueden jugar cualquier juego, con sólo mantener puros sus corazones.
–Me propongo intentarlo -respondió Edmund.
Y en el primer aniversario de la subida al trono del rey Jacobo, se dirigió a Oxford y, en ceremonia pública, anunció que abjuraba del catolicismo, afirmando que ya no debía fidelidad espiritual alguna ni al Papa ni a los sacerdotes. Permitió que un capellán administrase el Juramento de Conformidad, y a partir de aquel momento se convirtió en un ostensible protestante, para satisfacción de amigos que siempre le habían querido bien. De hecho, esta conversión satisfizo tanto que se le ofrecieron ascensos y prebendas como medio de inducir a otros católicos a seguir su ejemplo, y sus profesores volvieron a plantear la cuestión de un puesto en la Universidad.
De este modo, Edmund Steed fue de nuevo atraído a la corriente de la vida inglesa. Trabajó para el Gobierno en Londres y fue invitado por sus compañeros a sus casas de campo, donde conoció a viejos caballeros que, en su juventud, habían conocido a Sir Devon, y, en Bucks, uno de estos hombres dijo a Edmund con toda franqueza que esperaba llegase el momento en que Steed ingresase en su familia, ya que tenía una excesiva abundancia de hijas.
Pero cuando regresaba a la elegante finca de Queen's Wenlock, se cerraban las puertas, caía la noche y se materializaban los sacerdotes fugitivos de Douai, reanudaba su identidad católica, temblando cuando el sagrado huésped tocaba su lengua. Fue durante una de estas visitas, en la que la misa había sido especialmente expresiva, cuando llevó a su padre a los antiguos huertos que habían sido plantados personalmente por la buena reina Ana en 1387, y allí, bajo los nudosos árboles le dijo:
–Padre, la carga es demasiado pesada. No puedo fingir. Se me está destrozando el alma.
–Suponía que ocurriría -respondió el anciano-. ¿Qué piensas hacer?
–Se está formando una sociedad pata crear una nueva colonia en América. Me apuntaré.
–Comprendo -dijo Sir Fairleigh.
No le planteó la cuestión de cómo sobreviviría en una tierra lejana sin la consoladora tranquilidad de aquella finca y de aquellos recuerdos, pues estaba seguro de que Edmund había sopesado todos los inconvenientes. Lo importante era que su hijo adquiriese una posición sólida, de la clase que siempre habían preferido los Steed.
–Supongo que abandonarás la mascarada protestante.
–Lo antes posible.
–¿Por qué no ahora?
–Porque primero debo llegar a América. La sociedad no admite católicos.
–No lo retrases demasiado, Edmund. El fingir corroe.
–Me propongo situarme en una posición en la que ya no sea necesario.
El anciano caballero no quería ver a su hijo menor abandonar Inglaterra, y, especialmente, no quería verle poner fin a su relación con la finca, pues la fuerza de los Steed había reposado siempre en su unión con la tierra: los surcos, la caza y la cría de corderos. Sabía lo desesperadamente que añoraría Edmund aquellos pastos y huertos cuando languideciera en una tierra inculta, pero si el marcharse ayudaba a clarificar su espíritu, debía hacerlo.
–No te veré más, padre.
–¿Zarpas tan pronto?
–Dentro de este mes, dicen.
No se abrazaron ni se dieron la mano; los Steed no eran dados a excesivas muestras de afecto, pero, al despedirse en al abovedado zaguán construido hacía tantos años, el anciano se estremeció.
–Estos no han sido buenos años para los católicos -dijo-.
Últimamente estoy viendo la cabeza de Sir Latimer en la punta de aquella lanza. Me temo que ése es el final que nos espeta a todos.
Se miraron y se separaron.
Pocas de las memorables aventuras de la Humanidad comenzaron más desdichadamente que la colonia inglesa de Virginia. Durante los
últimos días de diciembre de 1606, la sociedad en que Edmund Steed se había apuntado reunió 105 valerosos emigrantes en los tres pequeños navíos, que zarparon rumbo al Nuevo Mundo, esperando tocar tierra al cabo de cinco semanas.
En alta mar, pero a la vista todavía de las costas de Inglaterra, sobrevino una calma chicha, que se mantuvo durante seis desesperantes semanas. No soplaba viento, y no había nada que el furioso capitán pudiese hacer; ominosamente, los dirigentes de la expedición veían a los futuros colonos consumir gran parte de los alimentos destinados a su subsistencia durante los primeros meses del experimento. Hasta el 14 de mayo no tuvo lugar la arribada de los navíos a una pantanosa isla del río James, grandilocuentemente llamada Jamestown, como si fuese una ciudad en funcionamiento.
La falta de alimentos, los miasmáticos terrenos, la confusión en el mando, la hostilidad de los indios y las violentas epidemias causaron estragos entre los recién llegados, de tal modo que, cuando finalizó aquel horrible verano, solamente continuaban con vida 38 de los componentes del grupo original. Parecía dudoso que éstos pudieran sobrevivir al invierno.
El comportamiento de los indios que poblaban la orilla occidental de la bahía de Chesapeake desconcertaba a los colonos: durante seis semanas, los pieles rojas se mostraron amistosos, llevando a la empalizada alimentos que salvaron las vidas de los colonos supervivientes; durante las seis semanas siguientes, mataban a todo colono que se aventurase en el exterior. A los ingleses les resultaba difícil aceptar tan irracional conducta, y la mayoría llegaron a temer y odiar al indio.
Edmund Steed no hizo ninguna de ambas cosas. Su contacto con los pieles rojas le inducía a creer que eran muy semejantes a los demás seres humanos, susceptibles de confianza y deseables como vecinos. Se sentía a sus anchas viajando entre ellos, por lo que, cuando el capitán Smith organizó su exploración de la bahía, buscando el oro y la plata que se sabía existían allí, era natural que Steed participase en ella, y sus contactos con los pacíficos indios de la orilla oriental confirmaron su actitud.
Pero en noviembre de 1608 acompañó a Smith en una expedición aguas arriba del río River, que tuvo resultados horripilantes. Se trataba de una exploración para averiguar qué clase de terreno se extendía más allá de la confluencia del Chickahominy, y, después de que el pequeño grupo dejara sus canoas, Steed se situó al final de la expedición en compañía del carpintero George Landon, y sus plácidas experiencias con los choptanks le hicieron abandonar toda precaución. Poco a poco, se fueron rezagando respecto a los otros, y, cuando estaban totalmente separados, cayó sobre ellos una banda de aullantes salvajes. Siguió una horrible orgía, en la que los guerreros blandían contra sus rostros aguzados palos que detenían a sólo unos centímetros de sus ojos. Luego, como más tarde informaría Steed:
Las mujeres de la tribu cayeron sobre nosotros, alejaron a sus hermanos y nos atacaron a estacas clavadas en el suelo. Con gran abundancia de danzas y cantos, se ocuparon primero de Landon, utilizando afiladas conchas de ostra para cortarle todos los dedos de las manos, un nudillo cada vez. Mientras gritaba con tal fuerza que ahogaba los exultantes gritos de las mujeres, éstas se arrodillaron y le serraron los dedos de los pies con el mismo detenimiento. Hecho esto, se aplicaron a su cuero cabelludo y, estirando lentamente hacia abajo, se lo arrancaron. Mientras estaba aún con vida, apilaron hojas secas y ramas entorno a su estaca y le prendieron fuego Cuando sus danzas finalizaron, se dirigieron hacia mí con sus conchas, pero el capitán Smith y sus hombres habían retrocedido para encontrarnos y llegaron a tiempo para salvarme.
Más tarde, llegó de Londres un grupo de barcos cargados de provisiones bajo el mando del capitán John Ratcliffe, que había actuado como capitán a bordo de la pequeña pinaza Discovery durante el primitivo viaje de 1607 y pasado, después, a ocupar la presidencia del consejo. Como estaba bien informado sobre los asuntos de Virginia, fue enviado con un grupo de soldados a negociar con el jefe Powhatan para que les fueran concedidas más tierras, pero el insidioso indio atrajo a los ingleses con promesas, los atacó perversamente y dio muerte a la mayoría. Conservaron vivos a Ratcliffe, Steed y otro para someterlos a torturas especiales, y una vez más fue rescatado el estudiante de Oxford, que informó así del horrible incidente:
Esparcidos a nuestro alrededor los cadáveres de nuestros compañeros, fuimos atados desnudos a unas estacas, ante las que se encendieron grandes hogueras, y, cuando estábamos a punto de perecer abrasados por el terrible calor, las mujeres atacaron al pobre Ratcliffe y, con unas conchas, le fueron arrancando toda la carne del brazo izquierdo hasta el hombro, tirando al fuego los pedazos. Hicieron lo mismo con su brazo derecho y luego con su pierna derecha, tras lo cual murió.
Al repetirse este tipo de sucesos, Edmund Steed perdió toda confianza en los indios. Acabó viéndolos como seres astutos, crueles, perezosos e incivilizados, y comprendió que la prudencia aconsejaba anticiparse a su perfidia. Ahora, cuando se organizaban expediciones que remontaban el James para comerciar con Powhatan, Steed se mantenía aparte, entre dos soldados, pronto a disparar su mosquete contra el corazón de cualquier salvaje que amagara cualquier leve movimiento.
Al disminuir su fe en los indios, fue aumentando su confianza en el capitán Smith. Le consideraba el único salvador de la colonia, hombre de pequeñas flaquezas y extraordinaria rectitud. Cuando el pequeño capitán anunció que debía salir de la colonia para asegurar un más puntual suministro de provisiones desde Londres, jurando clamorosamente que no abandonaría a los colonos, sino que volvería, Steed previo que, una vez en Inglaterra, quedaría prendido en un centenar de fascinantes proyectos relacionados con duques y princesas extranjeras y guerras en Moscovia.
–Ya no volveré a verle, capitán -dijo tristemente Steed mientras Smith permanecía en el muelle, rodeado de paquetes de flechas que se llevaba a Inglaterra para exhibirlas.
–Sobrevivirá. Recuerde que es usted uno de los hombres de hierro.
–Quería decir…, que usted no regresará.
–¡Yo! Esta bahía es sangre para mí. Corre a través de mis venas.
Dijo muchas más cosas y, al final, se irguió hasta el máximo que su altura le permitía, saludó a la colonia que él había mantenido viva, y no fue visto nunca más en Virginia.
El día en que zarpó río abajo comenzaron los tiempos de prueba, aquellas semanas y meses de hambre del otoño de 1609 y el invierno de
1610. Cuando Smith se marchó, la colonia contenía 507 miembros; seis terribles meses después, sólo quedaban 61. De aquella catástrofe, producida por la falta de alimentos y de calor, Steed informó a Londres:
Todos los que podrían ejercer el mando han muerto. El médico y los carpinteros y todos los que trabajaban para mantener en funcionamiento la ciudad están muertos. Incluso mientras escribo esto, la habitación está abarrotada de cadáveres, pues ya no tenemos a nadie para enterrarlos. No tenemos ni una habichuela ni una galleta, y me estremezco al informar que algunos, doblado ya el cabo de la más extrema desesperación, han empezado a exhumar los cuerpos de los ya fallecidos con el fin de comérselos, y por causa de ello son varios los que han enloquecido y se han arrojado al río y perecido en sus aguas. Y si los que podemos movernos intentamos salir del fuerte para buscar alimento, los indios que acechan en el exterior nos dan muerte.
Fue una época de horror tal, que los pocos que sobrevivieron a ella procuraron siempre borrarla después de su memoria, y, sin embargo, constituyó el auténtico cimiento sobre el que fue erigida la gran colonia de Virginia.
El 23 de mayo de 1610, cuando la brisa primaveral hacía más monstruosa aún el hambre, un hombre que se había arrastrado hasta el río para morir lanzó un aullido, y, al acercarse, Steed vio que el hombre estaba señalando río abajo hacia el lugar en que aparecían dos barcos de rescate, y cuando se aproximaron a tierra, Steed vio que sus nombres eran Patience y Deliverance.
Durante la primavera siguiente, en 1611, cuando la colonia quedó estabilizada, Steed decidió abandonar Jamestown y comenzar una nueva vida en la hospitalaria isla que había explorado con el capitán Smith tres veranos antes. Durante todas las pruebas a que se había visto sometido en Virginia, había mantenido intacta su visión de aquella isla de altos árboles y pescado abundante, y, aun cuando parecía que las mujeres indias le iban a descuartizar o que moriría de inanición antes de que finalizara el día, podía representarse mentalmente aquella isla e imaginarse a sí mismo viviendo sosegadamente allí.