Bahía de Chesapeake

James A Michener · Capítulo 5 de 13 · parte 1/11

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Bahía de Chesapeake

El Duelo

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

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En la guerra de 1812, las fuerzas americanas lograron estimulantes victorias en el océano, en Canadá, en el lago Erie y en Nueva Orleáns, pero en la bahía de Chesapeake estuvieron a punto de ser aniquiladas.

Un grupo de valerosos y astutos capitanes británicos recorrían la bahía, convirtiéndola en un lago inglés poblado a veces hasta por mil navíos, grandes y pequeños, ansiosos de «castigar a los americanos y enseñarle modales a Jonathan».

Entre los más impetuosos dirigentes del esfuerzo británico en 1813

figuraba un joven de veintiocho años que sentía un desprecio absoluto hacia los antiguos coloniales y estaba resuelto a vengar la victoria de éstos sobre su padre en la batalla de Chesapeake en 1781. Era Sir Trevor Gatch, hijo, nieto y biznieto de almirantes.

Sus ascensos habían sido meteóricos, como cabía esperar en un joven de semejante ascendencia. A los once años se había hecho a la mar en el buque insignia de su padre. A los quince era teniente al mando de una lancha patrullera, y a los diecinueve obtuvo el grado de capitán, de gran importancia en la Marina británica. Era un hombre menudo, de un metro sesenta de estatura y menos de 55 kilos de peso.

Tenía pelo rubio claro, facciones un tanto femeninas y voz aguda, pero, pese a su aspecto insignificante, había adquirido un formidable porte militar gracias a su erguida apostura y su amor al mando. Sentía verdadera pasión por la disciplina, y era notoria su inclinación a aplicar castigos corporales a sus subordinados, pero los hombres se hallaban orgullosos de estar a sus órdenes, porque se le conocía como afortunado capitán cuyos inagotables recursos salvaban buques que, en otro caso, se habrían perdido. Sus hombres decían de él: «Navegaría hasta el mismísimo infierno con el Listo Trevor», y su ascenso a almirante estaba asegurado.

La tradición familiar explicaba su fogoso temperamento. Los Gatch eran oriundos de Cornualles, «la península que desearía haber sido mar», y generaciones enteras de ellos habían zarpado de Plymouth, atrayendo la favorable atención de los reyes. A finales del XVI, la reina Isabel había querido establecer en Irlanda del Norte una congregación de familias leales a la causa protestante, y los combativos Gatch eran los primeros en los que se había fijado. Instalados en un castillo irlandés, distinguidos por el rey Jaime I con un título de baronet que

posteriormente engendraría dos lores, los Gatch habían continuado en el mar, luchando en apoyo de Marlborough frente a las costas de Flandes, en la captura de Jamaica y contra el almirante De Grasse en la batalla de Chesapeake.

En 1805 se había esperado que Sir Trevor luchara junto a Nelson en Trafalgar, y así lo hizo, capitán de veinte años al mando de un navío de alto bordo dotado con 72 cañones. Cuando su palo mayor fue derribado reaccionó lanzándose contra un barco francés y haciéndolo saltar en pedazos. Ahora se encontraba en la bahía de Chesapeake, ansioso de divisar cualquier navío americano y decidido a ser almirante y Lord.

A finales de agosto de 1813 se hallaba fondeado cerca de lo que en otro tiempo había sido Jamestown, en Virginia, cuando un espía cruzó la bahía con una información que le hizo dar un salto de excitación:

–La Whisper ha resultado con graves daños en su última batalla y está ahora en el astillero de Paxmore, en Patamoke, para ser reparada.

–¡La Whisper! -exclamó Gatch, cuando logró dominar su entusiasmo-. La encontraremos y la destruiremos.

Azuzando a sus remeros, se dirigió en su falúa hasta el buque insignia del almirante y pidió permiso para realizar una incursión por el Choptank, destruir la Whisper y ahorcar a su capitán. El mando británico, que durante dos generaciones había estado al acecho de aquella veloz goleta, prestó su entusiasta consentimiento, y el almirante, recién llegado de incendiar plantaciones a lo largo de la orilla, añadió su bendición:

–Que Dios te acompañe, Gatch, y haz que la banda toque mientras ese diablo dance en el aire.

Y el capitán Gatch, a bordo del Dartmoor, ocho cañones y acompañado por siete pequeñas embarcaciones, se puso en marcha para castigar a los americanos y hundir la Whisper.

El espía que había informado a los británicos de la situación en que se encontraba la Whisper, había dejado huellas al disponerse a cruzar la bahía, y un avispado barquero del río Wicomico, al sur de Patamoke, dedujo cuáles eran sus intenciones y se dirigió al Norte para alertar a los americanos establecidos a lo largo del Choptank.

–La escuadra británica está informada de que la Whisper se encuentra en el astillero.

Esta preocupante información era de vital importancia para dos hombres completamente diferentes. El capitán Matthew Turlock, dueño de la Whisper, era un hombre pelirrojo y barbitaheño, de cuarenta y cinco años de edad y que llevaba desde los siete luchando en el mar. Con el transcurso de los años había adquirido la convicción de que la responsabilidad principal de un capitán era salvar su barco; cargamento, beneficios, documentos, incluso las vidas de sus hombres, todo estaba subordinado a la gran orden: «Salva tu barco.» Y así lo había hecho él en difíciles circunstancias y en muy distintas condiciones meteorológicas. Había visto perderse muchos barcos, pero nunca uno que estuviese bajo su mando. Ahora, atrapada en tierra para revisión, la Whisper se encontraba en peligro, y él se proponía salvarla.

El otro americano turbado por la noticia era George Paxmore, el joven cuáquero que se hallaba ahora al frente del astillero de la familia, pues comprendía que si los ingleses se internaban por el Choptank y encontraban la Whisper en su cobertizo, quemarían tanto la nave como el astillero; de niño, había oído muchas veces la historia de cómo en 1781, dos años antes de nacer él, un destacamento británico había penetrado en el río e incendiado los astilleros de Paxmore, y no quería que aquello se repitiese.

Así, pues, tan pronto como el leal espía comunicó su noticia, los dos hombres se pusieron inmediatamente en acción.

–Primero debemos sacarla de las anguilas -dijo Paxmore.

Era un joven delgado, resuelto y sumamente enérgico. Con un enorme martillo se deslizó por entre los travesaños, soltando los soportes, y luego trepó por los costados de la grada, dirigiendo la retirada de los puntales principales.

Mientras tanto, el capitán Turlock había reunido a sus hombres y les había hecho improvisar un aparejo de modo que haría moverse la

Whisper por el agua, aunque sus palos y perchas no se hallaban aún colocados. Cuando los hombres quedaron instruidos de lo que debían hacer, se unió a Paxmore en la tarea de liberar la goleta y contempló con satisfacción cómo se deslizaba hacia el puerto. Tan pronto como tocó agua, ordenó a veintiocho de sus hombres, instalados en dos

falúas, que empezasen a remar, y, lentamente, remolcaron la bella nave hasta el Choptank, donde fueron levantados cortos e improvisados mástiles que permitieron a la pesada goleta avanzar hacia las marismas.

Llegó entonces el momento de poner en práctica la estratagema de la que dependería el éxito de aquella aventura. Mientras la Whisper

descendía lentamente por el curso del río, George Paxmore condujo a dos docenas de hombres a los bosques, donde sus hachas se hincaron en los recios troncos de los árboles. Tras comprobar que caían suficientes árboles verdes, Paxmore se apresuró a regresar al astillero, donde reunió a otros doce hombres para que transportasen maderos a un tosco almacén situado a unos doscientos metros río arriba del edificio principal. Tan pronto como llegaron los maderos y se suministraron escalas, Paxmore saltó a una pequeña chalupa y salió al río.

Estuvo yendo de un lado a otro, siguiendo con atención el trabajo de los dos equipos. A última hora de la tarde, comenzó a llegar al astillero el primer grupo de hombres con sus cortados troncos, que clavaron contra la fachada del cobertizo principal, ocultándolo y formando un bosque simulado: «No me parece real. Vamos a necesitar el doble de árboles.»

Se dirigió luego al almacén, cuya fachada estaba siendo modificada para que pareciese un cobertizo de barcos: Aquellos maderos no engañarían a nadie. Demasiado verdes.

Así, pues, regresó al puerto y se pasó toda la noche supervisando la tala de nuevos árboles, y el embadurnamiento con pintura del nuevo astillero, y cuando, al amanecer, volvió al Choptank, vio que había hecho el trabajo lo mejor posible, dadas las condiciones: «Tal vez les engañe. Tal vez no. No puedo hacer más.»

Pero luego se le ocurrió algo absolutamente vital: «¡Vuelta a la orilla! ¡Rápido! ¡Rápido!» Y cuando la chalupa llegó al muelle, saltó a la tierra y corrió al astillero auténtico, gritando a los leñadores:

–¡Volved a buscar ramas secas!

Y a los carpinteros les dijo:

–Ayudadme con la trementina.

Y estaban sudando como cerdos bajo el ardiente sol de agosto, cuando los centinelas gritaron:

–Están remontando el río.

El bombardeo británico de Patamoke, efectuado el 24 de agosto de 1813, fue una acción salvaje. El capitán Gatch había tenido intención de desembarcar junto a la ciudad y asediarla a pie para poder destruir a placer el infame lugar, pero un escuadrón de barqueros que no habían hecho otra cosa en toda su vida más que cazar conejos -y entre los que se hallaban unos treinta Turlocks de las marismas- opusieron un fuego tan intenso, que Sir Trevor se vio obligado a reconocer:

–¡Maldita sea, no tienen nada que envidiar a Napoleón!

Y, con gran disgusto por su parte, hubo de permanecer en el río, alejado de la orilla, y bombardear la zona con cañones de largo alcance, porque los fusileros de tierra estaban empezando a acertar a sus marineros.

–¡Prended fuego a toda la ciudad! – ordenó con su aguda voz, y fueron dirigidas balas incendiarias contra los edificios principales. Esto no provocó espectaculares incendios, así que ordenó a sus hombres que dirigiesen todos sus esfuerzos contra el astillero, donde pensaban que se encontraba la Whisper, y cuando las candentes balas de cañón cayeron sobre la desparramada estructura, estalló un incendio de gran intensidad, y los marineros británicos prorrumpieron en aclamaciones, y el capitán Gatch exclamó:

–Esta vez les hemos dado.

En su opinión, las balas incendiarias habían caído sobre la trementina y los depósitos de aceite utilizados para reparar la Whisper.

Mientras las ondulantes llamas se elevaban y retorcían en el aire, destruyendo el cobertizo y cuanto había en su interior, Sir Trevor se mantenía erguido, sonriendo torvamente. Volviéndose hacia su ayudante, dijo:

–Mi padre fue humillado en la batalla de Chesapeake. Y toda una generación de compatriotas nuestros ha intentado cazar a la Whisper,

pero ahora, ¡por Dios que ya está lista!

Ya mediodía ordenó a su flotilla que regresara aguas abajo del Choptank, manteniéndose alejada de las orillas, desde las cuales la milicia local continuaba hostigándoles.

–¿Lanzamos unos cuantos disparos de despedida contra la ciudad?

– preguntó el ayudante.

–¡Claro que sí! – respondió Sir Trevor, y fueron lanzados diecinueve disparos más, que sembraron la destrucción en la ciudad, mientras los marineros británicos saludaban con aclamaciones su victoria.

Pero cuando se retiraban, el espía que les había llevado allí, conocedor de las argucias de las gentes del Choptank, y especialmente de los Turlock, escrutó con atención la marisma y, mientras el capitán Gatch compartía una botella de ron con sus artilleros, gritó:

–¡Capitán, ahí está la Whisper!

Y Gatch se atragantó.

Era la Whisper, oculta entre las hierbas de la marisma, donde ningún inglés la habría descubierto. Pero ahora, a las dos de la tarde, Sir Trevor se hallaba frente a frente con el fantasma de la goleta que él había hundido unas horas antes.

–¡A los cañones! – ordenó.

Y la flotilla entera se aproximó a la marisma, pues no había allí ningún promontorio desde el que la milicia local pudiera operar, y, lentamente, fue colocado en posición de tiro el pesado cañón.

La primera andanada dio en el blanco, y saltaron las planchas de cubierta. La siguiente alcanzó el costado de babor de la fondeada goleta en la zona conocida como «entre mar y cielo», y los daños fueron tremendos.

A la quinta andanada, un vigía gritó:

–Está haciendo agua. Fuerte escora a babor.

Y luego, mientras los otros cañones ingleses, más pequeños, destrozaban la maltrecha goleta, el vigía gritó:

–Hay un hombre a bordo. Pelo rojo, barba roja.

Y el cañoneo se concentró en aquella grande y esquiva figura, y, finalmente, una bala de cañón le dio en el brazo izquierdo, estrellándolo contra un mamparo, y el vigía vio brotar la sangre y gritó:

–Ha sido alcanzado, señor. Ha caído.

Y cuando cogió el catalejo, el capitán Gatch vio la goleta escorada a babor, la destrozada madera, la mancha de sangre y, sobre la cubierta, una mano cortada.

–Ha muerto -anunció a la tripulación.

Y ordenó que fueran arriados los botes y varios hombres fueran a tierra remando y prendieron fuego a la Whisper para que nunca más volviese a asolar los mares. Y brotaron las llamas, y se consumieron el destrozado mástil y la mano cortada, y quedó consumada la venganza de todas las fechorías cometidas por aquella airosa goleta.

A la mañana siguiente, mientras la victoriosa escuadra británica navegaba por el canal existente al norte de la isla Devon, el espía dijo:

–Ahí es donde viven los Steed. Eran los dueños de la Whisper.

–Es mucha distancia -exclamó el capitán Gatch-, pero otro premio para el que dé en el blanco.

Fueron disparados los cañones, y grandes balas volaron hacia la casa, pero sólo dos de ellas las alcanzaron. Al término de una larga parábola se alojaron entre los ladrillos de la parte superior del segundo piso, cerca del tejado, donde quedaron empotradas, sin haber conseguido nada.

El bombardeo británico de Patamoke afectó de encontradas formas a tres ciudadanos locales. Paul Steed, nieto de Isham y sobrino nieto de Simon, dirigía ahora el vasto sistema de la plantación, ayudado por varios primos mayores de los Steed del Refugio, y a sus veintidós años era lo bastante joven como para haber disfrutado con el cañoneo de

Venganza de Rosalind. De hecho, durante las salvas de disparos había danzado alegremente mientras las balas pasaban por encima, fallando el blanco, y cuando, finalmente, lo alcanzaron, sin causar daños, gritó triunfalmente:

–¡Son impotentes! Miradlos cómo se largan.

Y cogió un mosquete y corrió a la orilla septentrional, disparando infructuosamente contra la flotilla. Los perdigones de su arma cayeron a más de una milla de los barcos ingleses, pero más tarde se jactaría ante la comunidad:

–Los rechazamos, y tuvieron que irse.

Paul era el primer varón Steed que no había realizado al menos parte de sus estudios en Europa, generalmente en el gran centro católico de St. Omer, pero había sido educado más o menos eficientemente en el nuevo colegio de Princeton, en Nueva Jersey, donde ahora estaban recibiendo instrucción gran número de caballeros meridionales. La acusada tendencia presbiteriana del colegio había

ejercido un deletéreo efecto sobre la pura vena de catolicismo que los Steed habían cultivado hasta entonces, y el carácter del joven Paul se había visto afectado por ello. No estaba seguro de sus creencias; carecía de convicción acerca de las cuestiones básicas, y sus vacilaciones se manifestaban en su renuencia a casarte o a asumir verdaderas responsabilidades en la dirección de la plantación.

De hecho, los Steed de Devon se hallaban en peligro de convertirse en otra familia ribereña en decadencia, y Paul no denotaba capacidad para alterar esa tendencia. El problema era intelectual; Paul y su generación eran los primeros en no disponer de cómodo transporte de ida y vuelta a Europa; no había ya barcos familiares que zarpasen de muelles familiares para realizar travesías regulares y relativamente rápidas a Inglaterra y Francia; los niños no podían ya bajar, simplemente, hasta la orilla para hacer una visita a Londres, y esta falta de impacto civilizador estaba perjudicando a la fibra del joven.

No era que Europa ofreciese una cultura superior o una educación más refinada que la que un muchacho inteligente podía adquirir en Yale o en William y Mary; lo que Europa proporcionaba era el desafío de ideas diferentes expresadas en diferentes idiomas por hombres educados en tradiciones diferentes, y Paul Steed era un ejemplo típico del daño causado cuando estas nuevas ideas no formaban ya parte de la educación de un joven. En lo sucesivo, las grandes familias de la bahía de Chesapeake se tornarían provincianas.

Pero el joven amo tenía ingenio. Cuando los ingleses se hubieron perdido de vista, aplicó unas escalas para inspeccionar las dos balas de cañón alojadas en la pared norte de su casa, y cuando vio que estaban profundamente empotradas entre los ladrillos, ordenó a los esclavos que rellenaran de yeso los espacios rotos, de modo que las balas pudieran quedar permanentemente alojadas allí, y siempre que llegaban invitados a Venganza se convirtió en un ritual que Paul les llevase hasta su dormitorio para mostrarles los proyectiles de la incursión británica, que emergían a medias de la pared.

–Ese maldito Gatch quería matarme en la cama -decía riendo-, pero el Listo Trevor calculó mal y disparó demasiado alto. Un metro más abajo, y las balas de cañón habrían entrado por esa ventana y me habrían matado mientras dormía.

Nunca reveló que sólo después del ataque había instalado allí su dormitorio.

George Paxmore se sentía lleno de júbilo por el hecho de que los ingleses hubieran dirigido sus cañones contra su falso almacén, que ardió sin graves pérdidas, y no hubieran disparado sobre su camuflado astillero, que resultó intacto. Se sentía tan agradecido, que a cada uno de los hombres que habían cortado árboles o construido el almacén pagó una prima de una semana de salario.

–Habéis hecho posible un milagro -les dijo-. Sin vuestro esfuerzo, el astillero de Paxmore ya no existiría.

Pero también sufrió una derrota psicológica, porque el Dartmoor,

que había causado aquella destrucción a Patamoke e incendiado la

Whisper, era un producto Paxmore. Su abuelo, Levin Paxmore, el famoso constructor, lo había creado en la década de 1770, y había volcado en él sus más exquisitas atenciones; era el último navío de la estimada serie Whisper que tan perfectamente había llevado a cabo.

Había sido bautizado con el nombre de Victory y había caído en una trampa tendida por el almirante Rodney en St. Eustatius. El capitán Norman Steed había resultado muerto por disparos de mosquete, y la

Victory había sido capturada. Rebautizada con el nombre de Dartmoor

y dotada de seis poderosos cañones, había disfrutado de años de gloria como miembro de la escuadra británica y había ayudado a derrotar a los franceses en Trafalgar.

Hacía ya varios años que era el navío preferido del capitán Gatch, pues en él podía moverse con sorprendente rapidez, lanzándose contra buques mayores y reduciéndolos antes de que tuvieran tiempo de maniobrar sus cañones para rechazarle. El Dartmoor poseía gran potencia de fuego; el capitán Gatch había montado recientemente dos cañones pesados más en la parte de proa, lo que hacía un total de ocho, y había pasado semanas enseñando a sus artilleros a sacar el máximo partido de sus armas.

Así, pues, durante las horas en que la flotilla había permanecido ante Patamoke, sembrando la devastación, Paxmore se había sentido confuso: le irritaba ver al capitán Gatch tratando de incendiar su astillero, pero, al mismo tiempo, apreciaba la oportunidad de observar profesionalmente al Dartmoor, y hubo de admitir que muchas de las

alteraciones introducidas por Gatch habían fortalecido al buque: ha elevado los costados de madera para proporcionar mayor protección a sus artilleros. Y ha desplazado los cañones para poner más peso delante. Eso mantiene baja la proa. Da a los artilleros una plataforma más estable. Pero sus expertos ojos detectaron inmediatamente el peligro: «Creo que lo hace navegar con la proa demasiado baja. Debe tener cuidado.» Finalmente, hizo una curiosa concesión: «En combate debe de ser formidable. – Vacilación-. Pero, por supuesto, no fue construido para el combate.»

Se había conducido a sí mismo a la situación que atormenta a todo el que debe diseñar un navío o tomar una decisión: cada mejora lleva en sí el germen de su propia destrucción; se ha alterado un equilibrio vital, y las consecuencias son imprevisibles. Sin embargo, el cambio es esencial, ineludible; la tarea del hombre reflexivo es sopesar el bien probable frente al mal posible y decidir si el cambio hará que merezca la pena correr el riesgo. El capitán Gatch había optado por un mayor peso a proa que le deparase mejor artillería, y la precisión de su reciente cañoneo confirmaba esa decisión.

En los momentos culminantes de los gritos y los estampidos, George Paxmore concluyó: Tengo en proyecto un navío que triplicará las ventajas de la Whisper y sólo levemente aumentará sus riesgos. Y

empezó a rezar audiblemente en súplica de que los vigías del capitán Gatch no reparasen en el camuflado astillero, pues ardía en deseos de comenzar la construcción, y cuando la flotilla se retiró, no le avergonzó en absoluto dejarse caer de rodillas y dar gracias por su salvación.

Luego empezaron a llegar rumores a Patamoke: «La Whisper ha sido detectada.» «El espía la descubrió oculta entre los cañaverales.»

«Quedó destruida por cañonazos disparados a corta distancia.» «Al final, fue incendiada.»

Cuando Paxmore oyó esto, quedó tan agitado que su mujer preguntó:

–¿Qué ocurre, George? Hemos salvado el astillero.

Y él respondió:

–Han hundido la Whisper.

–¡No! – gritó ella, y salió corriendo a examinar el río, como si en él pudiera haber alguna prueba de lo contrario, pero no había ningún

indicio de nada en las grises e indiferentes aguas.

Llegaron luego varios trabajadores, que confirmaron la noticia.

–El capitán Turlock ha muerto y ha ardido con su barco.

Y se generalizaron los lamentos, pues todos los hombres que han trabajado en un barco y conocen sus cualidades, llegan a amarlo y deploran su muerte final. Empezaron a recordar sus hazañas, y Elizabeth Paxmore sirvió la primera sidra de aquel año, y George Paxmore se sonó, se mordió el labio y dijo:

–Matthew Turlock era el mejor navegante que este río ha producido jamás.

Y empezaron a recordar episodios de su vida.

Pero Matthew Turlock no murió en el incendio de su barco. Cuando perdió la mano izquierda, se sintió mareado por el dolor y por la vista de su propia sangre, y estuvo a punto de desmayarse. Quizás esto fue su salvación, pues al tenderse sobre la cubierta, tratando de contener la hemorragia, quedó oculto a la vista de los tiradores británicos.

Cuando vio que la Whisper no podía salvarse, se arrastró hasta el costado que daba hacia tierra y se dejó caer a la marisma, tratando todavía de envolverse la herida con el faldón de su camisa, y cuando el grupo de desembarco llegó para quemar el navío, él estaba escondido entre las hierbas. Más tarde, se dirigió tambaleándose a tierra firme, donde dos muchachos Turlock que estaban contemplando el incendio le descubrieron. Fueron llamados otros más para llevarle a lugar seguro, pero él se negó a separarse de la orilla y permaneció allí hasta que su espléndida goleta hubo ardido hasta la línea de flotación.

¡La Whisper! El navío más altivo de la resistencia de América contra el rey, el errante buque mandado por su padre, su propio hogar desde los siete años, el azote del corsario, insolente burlador de almirantes ingleses, el rápido y reluciente progenitor. ¡Qué pena verla morir en las aguas poco profundas de una marisma, cañoneada sin poder responder! Salobres lágrimas humedecieron su barba y cayó al suelo inconsciente, lo que permitió a sus parientes llevarle a lugar seguro.

Rachel Turlock, de setenta y siete años y jefa del clan, echó un vistazo al ensangrentado muñón y dijo:

–Pala caliente.

No había cerca ningún médico al que se pudiera llamar, y la herida estaba sangrando demasiado copiosamente como para detener la hemorragia por medios corrientes.

–Pala caliente -repitió Rachel, y fue encendida una hoguera y colocada sobre ella una pala, hasta que el hierro estuvo al rojo vivo.

Luego, cinco Turlocks sujetaron a Matthew contra el suelo de tierra de la cabaña, mientras Rachel supervisaba los movimientos de uno de sus nietos. Éste retiró la pala de las brasas, escupió en ella para comprobar su incandescencia y la aplicó con fuerza contra el irregular muñón. Matthew, al sentir cómo el dolor le recorría el cuerpo, se desmayó otra vez, y al recuperar el conocimiento vio que su muñón había sido embadurnado con grasa de oso y envuelto en trapos sucios.

Y mientras sentía el sordo dolor recorrerle el brazo, un Turlock de Patamoke llegó con la peor noticia de todas:

–Al disparar la última andanada, dieron a tu casa.

–¿Fue herida Merry?

–Muerta.

Y en el furor de saber que también su esposa había desaparecido, al igual que su barco y su mano izquierda, Matt Turlock juró vengarse, y comenzó el duelo.

Cuando el muñón cicatrizó, Matt se lo envolvió en lona y se dedicó a golpearlo de vez en cuando contra mesas y sillas para endurecerlo, y al cabo de algún tiempo la cicatriz se volvió como hueso, y juzgó que había llegado el momento.

Se acercó a la caja en que guardaba su tesoro: la escritura de su tierra, la renuncia firmada por el rector de Wrentham y el presidente Washington, la bolsa de monedas europeas, todas de plata. Fue esta plata lo que llevó a un artesano de Patamoke, con la orden:

«Fúndelas», y cuando hubo plata suficiente en el crisol, explicó el artilugio que quería.

–Hazme una taza pesada, tiene que ser pesada, que encaje sobre este muñón. Deja dos agujeros para unas correas de cuero… atadas al codo.

Cuando quedó moldeada la taza, encontró que era exactamente lo que quería, pero aún necesitaba más detalles:

–En cada uno de los puntos cardinales, una estrella; en el lado liso, un águila.

Ycon pesados martillos, el artesano grabó cuatro estrellas en el puño y, luego, añadió un águila en el lado liso que cubría el extremo del muñón. Cuando las correas de cuero fueron pasadas por los agujeros y sujetadas por encima del codo, se encontró equipado con una pesada copa de metal que podría resultar mortal en una pelea.

Puño de Plata, le llamaban los marineros de Patamoke, pero no hacían nada por desafiarle a que utilizara su pesado brazo izquierdo.

Matthew tenía cuarenta y cinco años cuando perdió su barco y era un hombre alto y corpulento, de barba roja y ojos hundidos bajo hirsutas cejas rojas. Había navegado desde su nacimiento por la bahía de Chesapeake; de hecho, la había recorrido solo a los cuatro años, y se proponía continuar. Lo que necesitaba ahora era un barco.

Cuando entró en la oficina de George Paxmore encontró al cuáquero deseoso de remplazar a la Whisper. El joven se hallaba tan turbado por el incendio de la obra maestra de su familia, que parecía dispuesto a trabajar sin un encargo concreto. Pero no del todo. Tras dominar su entusiasmo, preguntó:

–¿Tienes dinero para pagarlo?

Y se sintió aliviado cuando Turlock respondió: -Suficiente.

Paxmore no quería detalles del capitán; su único deseo era construir un navío superior a todos, pero mientras exponía de mala gana sus planes, se detenía de vez en cuando para preguntar:

–¿Comprendes lo que quiero conseguir?

Sorprendentemente, Turlock estaba dispuesto a dejarle hacer a su antojo, pues había aprendido de su padre que los éxitos de la Whisper

se debían en una tercera parte a lo que Turlock hizo con ella, y en dos terceras partes a lo que Levin Paxmore había puesto en ella.

–Lo que quiero -dijo al joven Paxmore- es lo mejor que tu familia haya construido jamás.

–Lo tendrás, pero el coste no será pequeño.

Y sacó un papel en el que había calculado hasta el coste de la última clavija. – El total asciende a 2.863,47 dólares.

–¿Qué dimensiones? – preguntó Turlock.

–Veinticinco metros de largo y siete de ancho. Tres metros de calado a proa y cuatro y medio a popa.

–Bien. No lo quiero pesado de proa.

–Ni yo tampoco.

Esperó una confirmación, pero, en lugar de hablar, Matt Turlock se sacó de la cintura una bolsa de lona llena de monedas de plata y empezó a contar, agrupándolas en montones con el extremo de plata de su brazo izquierdo. Cuando el importe llegó a mil dólares americanos, dijo:

–Constrúyelo. Tengo el resto.

Y desapareció.

A principios de 1814, cuando el barco estuvo terminado, Paxmore dijo: -Navegará con cualquier brisa, pero con viento largo volará materialmente. Y, por eso, sus hombres le llamaron volador, y ése fue el nombre que Paxmore pintó en el yugo. Pero, cuando lo vio, Turlock dijo con firmeza: -A mi buque le pongo el nombre yo.

Y fue repintado como el Ariel: «El espíritu del mar. Vive junto al corazón de los océanos.»

Reunió una tripulación de treinta y cuatro competentes marineros, y un frío día de enero les dijo:

–Vamos a probarlo en el Choptank.

Pero después de zarpar, enfiló la bahía de Chesapeake y, luego, hizo deslizarse el barco por la margen oriental de la bahía, lejos de los amodorrados barcos de guerra británicos, y cuando llegó al cabo Henry sorprendió a los hombres adentrándose en el ancho Atlántico, gritando:

–¡Mirad cómo toma las olas!

Pasaron antes de que regresara a la bahía, llevando consigo una tripulación endurecida para la guerra. Llegaba sin botín; el Ariel había capturado dos pequeños mercantes ingleses, pero había obtenido poca cosa de ellos, justo lo suficiente para alimentar a la tripulación. En Patamoke pidió a Paxmore que introdujera unos cuantos cambios, recogió un encargo de Paul Steed y se hizo de nuevo a la mar.

Navegaba rápidamente por la bahía, cuando el vigía exclamó:

–Dos barcos ingleses tres cuartas a estribor.

Y cuando cogió el catalejo, Matt se quedó sin aliento, pues vio que el primero de los barcos era el Dartmoor, el buque insignia de su mortal enemigo el capitán Gatch.

–Tiene ocho cañones por dos nosotros -gritó a sus hombres-. Y

quizá dos o tres más en el otro barco que le sigue. Pero podemos hacerlo.

Sin dar tiempo a que sus marineros calculasen la enorme ventaja que esto podría significar para Gatch, Matt echó un rápido vistazo a su mapa y vio que la batalla podía quedar limitada a la ancha franja de bahía comprendida entre el río York, al Oeste, y el cabo Charles, al Este, y le satisfizo el hecho de que no tendría que preocuparse por la posibilidad de que acudieran más buques británicos desde el río James, pues la desembocadura de éste quedaba muy al Sur. El destino le había dado espacio en que desenvolverse, un viento vivo que soplaba de la orilla occidental y una buena tripulación. No pedía más.

Con voz tensa, dijo a sus hombres:

–Interceptaremos a ése y lo hundiremos.

Y señaló la balandra armada con cuatro cañones. Tras dar esta breve orden, hizo virar el Ariel a estribor en un rumbo que le llevaría entre los dos barcos británicos, y a bastante distancia de la popa del más peligroso, que marchaba en primer lugar. Calculaba que podría deshacerse de la balandra antes de que el capitán Gatch tuviera tiempo de virar con el Dartmoor y sacar a relucir sus cañones.

El Ariel surcaba ahora las olas, con la cubierta inferior a flor de agua y los altos mástiles doblegados bajo el peso del velamen, y tan expertamente pilotó el navío, que Turlock culminó conforme a sus deseos la primera parte de su plan: sus dos cañones dispararon contra la balandra, obligándola a detenerse, y luego viró y se acercó a ella.

Nueve hombres del Choptank la tomaron al abordaje, lucharon contra sus tripulantes y la incendiaron.

Era imposible recuperarlos sin detenerse y permitir que el

Dartmoor disparase a placer, así que Turlock hizo a sus hombres un gesto de despedida con la mano y vio con aprobación que arriaban unos botes. Ellos quedarían fuera de la batalla.

Al hacer virar el Dartmoor, con la intención de echar a pique a aquel insolente barco americano, el capitán Gatch vio con

estupefacción que se hallaba capitaneado por un hombre al que creía haber matado hacía tiempo.

–¡Santo Dios! ¡Es Turlock!

Dándose cuenta inmediatamente de que Turlock sólo tenía dos cañones, mientras el Dartmoor llevaba cinco, gritó:

–Ése es el nuevo barco al que llaman clíper. ¡Lo hundiremos ahora!

Todas las ventajas estaban de parte de Gatch. Al virar hacia el Norte se había situado a barlovento del Ariel; tenía ocho artilleros bien adiestrados y una tripulación convencida de su invencibilidad. Y, lo que era más importante, en el bombardeo de Patamoke había demostrado mayor astucia que Turlock y confiaba volver a hacerlo. No podía perder, y así se lo dijo a sus hombres.

Antes de que Turlock pudiera desprenderse del combate entablado con el primer barco británico, el capitán Gatch se dirigía ya sobre él desde el Norte, con las velas firmemente controladas y los cuatro cañones de babor apuntados con toda precisión contra su navío. La maniobra fue una obra maestra de pericia náutica, y los artilleros de Gatch, instalados en su sólida plataforma, devastaron las cubiertas del

Ariel; pero no dañaron ninguno de sus dos mástiles, por lo que Turlock tuvo la oportunidad de navegar hacia el Este y aprestarse para el próximo ataque. Con cierto desaliento observó que ninguno de sus astilleros había disparado siquiera contra el barco británico durante la primera acometida. No quería que eso volviese a suceder; sería él quien eligiese el momento y las condiciones del próximo contacto.

Así, se mantuvo moviéndose ágilmente por la sección oriental de la bahía sin dejar de vigilar atentamente al Dartmoor, pero observando también con satisfacción cómo la balandra británica ardía hasta su línea de flotación: «Has perdido la mitad de tu escuadra, Gatch. Ahora, la otra mitad.»

Mientras esperaba la oportunidad que le permitiera tener el

Dartmoor a babor, ordenó a sus artilleros que girasen los cañones a ese lado y advirtió:

–Esta vez, tenemos que alcanzarle.

Y a sus marineros les dijo:

–Haced fuego graneado con los mosquetes.

Obediente a su plan, el Ariel viró rápidamente a estribor, interceptando casi el rumbo que seguía la goleta de Gatch, y, al pasar, disparó todas sus armas. Una bala de cañón rozó el trinquete, agujereando algunas de las velas de proa; los mosquetes acribillaron la cubierta. Había sido una acción notable, y no se había producido ninguna baja entre los americanos.

Lo prudente para Turlock habría sido retirarse en ese momento; había causado daños a su enemigo, y no había esperanzas razonables de que en una batalla prolongada su clíper pudiese seguir barriendo con sus disparos al Dartmoor, provisto de armamento más nutrido y pesado. Pero Turlock no estaba pensando con prudencia; estaba tan decidido a tomarse venganza, que el escapar no formaba parte de su plan.

–¿Acabamos con ellos? – preguntó a sus hombres, y éstos le gritaron su asentimiento.

Así, pues, modificó el rumbo y costeó el lado occidental de la bahía, con la intención de aproximarse por babor al Dartmoor.

Pero Gatch se dio cuenta del plan y reconoció que por el momento, con el trinquete tocado, su barco era más lento, así que se dispuso a situarse estribor con estribor y obsequiar al insolente americano con una rociada de balas que no olvidaría con facilidad. Los hombres de Turlock comprendieron en seguida cuál era su táctica y se dieron cuenta de que todo dependía de. que lograran salvar aquel diluvio de fuego. Situaron sus dos cañones en posición de máxima y flanquearon la amurada de estribor con mosquetes de todas clases. Aquélla sería una prueba de voluntades.

Era también una prueba de capitanes. Gatch tenía la ventaja de su superioridad de fuego; Turlock tenía el viento, la velocidad, el sabor de la victoria parcial. Y ambos tenían el apoyo de su tripulación, conscientes los ingleses de que Trevor era un jefe afortunado y confiados los americanos, como siempre, en el valor de Puño de Plata.

Las dos goletas de Paxmore presentaban una estampa de impresionante belleza mientras maniobraban a través de la bahía de Chesapeake: el viejo Dartmoor, gallardo como ninguno de los barcos que había producido la bahía; el Ariel, presagiando un futuro en que los clipers dominarían los mares desde China hasta Murmansk.

Surcaban la bahía como esos insectos de verano que danzan sobre el agua sin que sus milagrosas patas rompan jamás la superficie. Sus mástiles estaban acribillados; sus cuerdas, tensas; surcaban las aguas como ansiosos de trabarse en una prueba de fuerza, y por unos momentos Gatch pensó: «Dios mío, ¿intenta embestirme?»

Consideraba al americano capaz de cualquier locura.

Pero en el último instante, Matt Turlock viró para presentar su flanco de estribor ante el Dartmoor, y empezó el cañoneo. Los artilleros americanos eran buenos y decididos y dieron muerte a dos marineros ingleses; pero los cañones pesados del Dartmoor eran de una eficacia aterradora y barrieron al Ariel.

Se astilló la madera. Los hombres fueron arrojados confusamente unos contra otros. El clíper pareció estremecerse, y se desplomó una verga. Esta vez el fuego inglés había sido irresistible, y el frágil Ariel

estaba perdido.

Es decir, habría estado perdido si Turlock hubiera sido lo bastante estúpido como para esperar a una tercera confrontación. No lo fue. Un rápido vistazo le convenció de que había sufrido graves daños y de que un nuevo ataque perdería ventajas de maniobrabilidad y rapidez. Sin vacilar, huyó.

–¡Ya lo tenemos! – gritó Gatch, mientras sus hombres prorrumpían en aclamaciones.

Y se dispuso a perseguir al maltrecho Ariel hasta su refugio del Choptank y destruirlo, como había hecho con su predecesor.

Pero el capitán Turlock no tenía intención de refugiarse en ninguna parte. Sin reflexionar en dónde ni cómo procedería a las reparaciones necesarias, renqueó hacia la boca de la bahía, confiando, como habría hecho su padre cuarenta años antes, en que el Ariel encontraría albergue en algún lugar de aquel gran océano. Maltrecho, desordenados sus aparejos y con las cubiertas llenas de escombros, el buque salió al océano, donde ni siquiera un rápido Dartmoor podía alcanzarle y donde podría recuperarse.

–Se hundirá allí -profetizó Sir Trevor mientras lo veía alejarse, pero no creía su propia predicción; sospechaba que, de alguna manera, Matt Turlock repararía el esbelto clíper y que en algún punto de los océanos del mundo los dos navíos volverían a encontrarse.

Sin embargo, al informar de la batalla al Almirantazgo, aseguró haber obtenido una victoria. «Cierto que perdimos una balandra de poca importancia, pero el Ariel recibió un severo castigo, y esto es esencial, pues los americanos habían empezado a poner gran confianza en su nuevo barco. Lo hemos expulsado de los mares.» Tenía ya en su haber dos victorias sobre el capitán Turlock y ninguna derrota, y cuando sus hombres se reincorporaron a la escuadra del almirante Cockburn para el ataque a Washington, alardearon:

–El astuto Trevor sabe cómo manejar a los americanos. Los aplasta.

De todos los lugares del Atlántico adonde Matt Turlock habría podido ir para reparar su barco, eligió el menos adecuado. Se dirigió a St. Eustatius, la insignificante isla holandesa del Caribe Septentrional.

Ya no era un rico centro comercial; uno de los tratados de paz que periódicamente se firmaban en Europa había devuelto la isla a los holandeses, y volvía a ser lo que había sido a lo largo de los siglos: un soñoliento e insignificante puertecito con dos o tres tiendas que arrastraban una lánguida existencia. Naturalmente, seguían alzándose junto al mar los inmensos almacenes que durante unos pocos y excitantes años de la década de 1770 habían albergado la riqueza del mundo, pero ahora se encontraban vacíos, y los ratones roían su maderamen.

Los pocos artesanos disponibles se sintieron encantados de encontrar trabajo, y repararon el Ariel, con lo que al cabo de tres semanas volvía a ser tan recio como siempre, pero él problema era entonces qué se podía hacer con él. No podía regresar a la bahía de Chesapeake, pues a mediados de 1814 se hallaba tan infestada de barcos de guerra británicos, que ningún buque americano podía moverse por ella, y esa situación se mantendría durante más de un año.

Otros puertos estaban bloqueados, por lo que comenzó la tediosa tarea de recorrer el océano de un lado a otro, esperando la oportunidad de transportar algún cargamento.

El capitán Turlock hizo una travesía desde la isla francesa de Martinica hasta el puerto español de Veracruz, en México, y allí cargó madera destinada a Halifax, pero una cañonera inglesa le había identificado como americano y le había impedido acercarse a la costa.

Descargó los troncos al otro lado del mar, en Portugal, pero no pudo

encontrar allí mercancía alguna consignada para alguno de los puertos en que le era posible entrar. Con un veloz clíper y una tripulación de 34

hombres a los que alimentar, estaba siendo expulsado de los mares.

Y un día, mientras vagaba al azar por el Atlántico, recordó su viaje final en la Whisper; había depositado un cargamento de carne en La Habana y se disponía a abandonar el puerto cuando un comerciante de efectos navales se dirigió a él en un bote de remos para informarle de que tres esclavos estaban esperando para ser transportados a Virginia y que recibiría una cantidad importante si los llevaba. Así lo hizo, y el dinero había incrementado sustancialmente sus beneficios, por lo que empezó a interesarse por el tráfico de esclavos y aprendió los principios básicos: «Llena tu barco con cualquier clase de mercancías, vete a África, saca a los esclavos de los barracones, llévalos a Brasil, carga ron y azúcar en cualquier puerto comercial… y repite el proceso.»

En la imposibilidad de dedicarse a un comercio honrado a causa del bloqueo británico, le tentaba la oportunidad de ganar dinero fácilmente en África, pero le contenía el conocimiento de que estaba vedado por la ley. Desde 1792 se había prohibido a los capitanes americanos importar esclavos a la nueva nación y se les juzgaba por piratería si lo intentaban. En 1808 quedó proscrita toda importación, con independencia de cuál fuese la nación propietaria del barco, y Maryland, con su excedente de esclavos, incluso prohibió su compra a Estados vecinos, como Virginia.

Y, sin embargo, el tráfico continuó. Audaces capitanes obtenían enormes beneficios dirigiéndose a África y desembarcando sus cargamentos en Cuba o Brasil, e incluso transportando clandestinamente buenos operarios a lugares secretos de desembarco situados en los pantanos de Georgia. Y Matt Turlock decidió entrar en este nefando comercio.

–No permanentemente -aseguró a su primer oficial, Mr. Goodbarn, mientras navegaban rumbo a África-. Sólo un viaje de vez en cuando hasta que vuelva la paz.

Y cuando llegaron al puerto portugués de Luanda, en Angola, explicó a los comisionistas locales:

–Yo no soy un negrero. Sólo este viaje a Brasil.

Y un tal senhor Gonçalves dijo:

–¡Estupendo! Tenemos 216 esperando pasaje.

Pero cuando inspeccionó la desnuda estructura de las bodegas del

Artel, Gonçalves se echó a reír.

–Si quiere llevar esclavos, tiene que disponer de corrales adecuados.

Contrató un equipo de carpinteros portugueses conocedores del procedimiento, los cuales se internaron en las entrañas del barco, instalando sólidas barreras, y una tarde, mientras el ruido de los martillazos reverberaba por todo el barco, Turlock tuvo una premonición: «Están clavando mi destino.» Comprendió que una vez que su barco quedara acondicionado para el tráfico de esclavos, se haría irresistible el impulso para continuar: Uno no reforma la bodega entera para un solo viaje. Pero sin parar mientes en el dinero que había por medio, juró: «Cuando termine esta guerra, desaparecerán esos tabiques. Volveremos al comercio honrado.»

Una vez finalizado el trabajo, el senhor Gonçalves le invitó a bajar para que diera su visto bueno a la obra de los carpinteros, y quedó espantado ante la siniestra solidez de los mamparos y el poco espacio asignado a los esclavos. En el punto en que el trinquete atravesaba la cubierta para ir a encajar en la sobrequilla, había sido construida una recia pared. A la altura del palo mayor se había erigido un enjaretado vertical, y a poca distancia a popa otra pared delimitaba la zona de la bodega. Pero lo que sorprendió a Turlock fue que entre el fondo de la bodega y la cubierta se había construido todo un nuevo piso y las alturas de los techos eran increíbles. «En la bodega inferior no puede haber más de un metro veinte.» («No llega por muy poco», respondió Gonçalves.) «Y aquí, en la superior, no puede pasar de uno cuarenta.»

(«Uno cuarenta y cinco», dijo orgullosamente Gonçalves, demostrando a Matt que un hombre podía mantenerse más o menos erecto si doblaba el vientre.)

–Así tiene usted -continuó- cuatro compartimientos. Dos arriba y dos abajo. Hay sitio para 460 esclavos en total. A los más fuertes, a los revoltosos, los echa abajo. A los otros, los pone aquí arriba.

Turlock se sentía asfixiado, como si hubiese construido una cárcel para él mismo; le horrorizaba lo que aquellos carpinteros habían hecho con su barco. Sintió deseos de abandonar en aquel mismo instante el

tráfico de esclavos, pero el senhor Gonçalves le dijo tranquilizadoramente:

–Capitán, tenían que hacer dos superficies para que pueda usted cargar más esclavos. Ahí es donde se obtiene el beneficio. Y tenían que hacerlas sólidas. Debe recordar que durante 115 días, fuertes y corpulentos negros permanecerán detrás de esos barrotes maldiciendo, tratando por todos los medios de romperlos y adueñarse de su barco.

En este oficio hemos aprendido una cosa. Si logran liberarse… y tarde o temprano romperán hasta esos barrotes, lo único que cabe hacer es disparar contra ellos… y rápidamente.

Cuando los esclavos fueron conducidos a su barco y hacinados en los cuatro compartimientos, Turlock experimentó una nueva revulsión, pensando que ningún orgulloso habitante del Choptank aceptaría semejante indignidad; al cabo de unos minutos se produciría un motín.

Pero éstos no son naturales allá, racionalizó, y cuando quedaron fijados los listones de los encerados de las escotillas y completamente cerradas las bodegas, a excepción de pequeñas aberturas a través de las cuales se pasaría agua y comida, levó anclas y zarpó rumbo al puerto brasileño de Belem, a poca distancia al este del Amazonas. Cuando atracó allí, en enero de 1815, los plantadores portugueses se mostraron encantados de quedarse con los esclavos y le aseguraron que sus ganancias serían prodigiosas, pero, como sucedía frecuentemente en tales casos, el pago fue demorado, y se vio obligado a permanecer allí.

Cuanto más veía de aquella calurosa ciudad tropical y de su relación con el Amazonas, más le gustaba. Empezó a frecuentar una taberna llamada «Infierno» -su puerta estaba flanqueada pot dos demonios tallados en ébano que parecían guiñarle un ojo cuando entraba, como si fuesen una anticipación de lo que los negreros podían esperar en la otra vida-, y allí oyó fantásticos relatos sobre el Amazonas: «El treinta por ciento de toda el agua que vierte en los océanos del mundo sale de aquí. Sesenta millas mar adentro, el agua sigue siendo dulce. Echa tu cubo y bebe. Ningún hombre ha llegado jamás hasta el final del río. Tiene pájaros y animales que te dejarían estupefacto.»

Estaba escuchando uno de estos monólogos, cuando un marinero inglés dijo algo increíble:

–Nuestros hombres han entrado en Washington, incendiado la ciudad y capturado a todo el Gobierno americano. Los Estados Unidos ya no existen.

Cuando Turlock gritó su incredulidad, el marinero dijo:

–Los barcos como el tuyo desaparecerán de los mares. Están colgando a capitanes como tú…, ahora mismo.

Aun después de haber cobrado su dinero, Turlock continuó visitando día tras día el «Infierno» en busca de información. No podía creer que una nación tan prometedora se hubiese derrumbado, pero antes de zarpar en un tercer viaje a África llegó a Belem un oficial francés que confirmó la noticia:

–Vosotros, los americanos, debéis aprender a no desafiar nunca a Inglaterra sin nuestra ayuda. Ahora lo habéis perdido todo.

Por primera vez en su vida, Turlock se hallaba desconcertado.

Necesitaba el fácil dinero que proporcionaba la trata de esclavos, pero también necesitaba información sobre su país. Sentía que si América había sucumbido ante los ingleses, él debería encontrarse allí para ayudar al nuevo sistema, cualquiera que fuese. Sabía que el herido país necesitaría hombres expertos y barcos sólidos para desarrollar sus intereses comerciales.

Así, pues, no obstante las atractivas comisiones de los traficantes de esclavos brasileños, zarpó, no rumbo a África, sino a la bahía de Chesapeake. Llegó allí en abril de 1815 y no encontró ningún barco de guerra inglés patrullando ante la costa, ni obstáculo alguno en los cabos. Se internó cautelosamente en la bahía y llamó al primer barco que vio. Él y el otro capitán hablaron.

–¿Derrotados? ¡Diablos, no! Obligamos a los casacas rojas a volver a Londres.

–Me dijeron que Washington había sido incendiada.

–Sí, y no se perdió nada. La construiremos mejor que antes.

–¿No nos gobierna Inglaterra?

–Ni nos gobernará nunca.

Terminaron de cruzarse los dos barcos. Turlock permaneció junto a la barandilla, golpeando rítmicamente en la madera con su puño de plata.

Cuando llegó a Patamoke se encontró con que le consideraban un héroe, el hombre que había mantenido en alto la bandera americana.

No contó a sus vecinos su segunda derrota ante el capitán Gatch, ni su ignominia como negrero. Se sentía tan aliviado por el hecho de que América continuase siendo libre, que aceptó los aplausos.

Con el triunfo se convirtió en un hombre adusto y sombrío, tan eficaz a los cuarenta y siete años, como jamás llegaría a serlo. Pero no tenía mujer, ni hogar ni, realmente, trabajo; y nunca borraría de su mente aquellos meses de vagar por el Atlántico, cuando no tenía ni siquiera un puerto que pudiera considerar propio. Pensó: Me quedaré algún tiempo en Patamoke… y le daré un buen repaso al Ariel. Luego ya se presentará algo.

Mientras tanto, había considerable excitación en la isla Devon, y se encontró yendo allí cada vez con más frecuencia.

Tan pronto como terminó la guerra, Penelope Steed Grimes había informado a su círculo de Londres que se disponía a llevar a su bella hija Susan a Maryland, en las Américas, para contraer matrimonio.

Llevaba varios años en comunicación con su lejana familia, los Steed de Devon, y se había enterado de la muerte de su padre. Simón Steed había gozado de buena consideración entre los Fithian, su familia de Londres, pues se había mostrado generoso en ayudarla. Cuando se casó con el capitán Grimes, Simón le había mandado cinco mil libras, suma enorme que había ayudado a su marido a comprar una coronelía en un buen regimiento. Había muerto luchando contra Napoleón, pero también Simón había muerto ya para entonces.

Su corresponsal en Devon había sido Isham Steed, hermano de su abuelo, un encantador anciano que había visitado Londres en 1794

para asistir a la boda de Penelope con el capitán Grimes; había fascinado a la comunidad, que había visto en él un ingenioso y bien educado caballero que sabía reírse de las pretensiones americanas.

Penelope le había caído simpática, y a lo largo de los años la había ido informando sobre la mitad Steed de su ascendencia.

Había escrito con la proposición de que la joven Susan fuese a América y se casase con su nieto Paul. Al principio la idea le había parecido absurda a Penelope. «Son primos, en cierto modo. Y Paul habrá ido a alguna estúpida escuela de América, donde no habrá

aprendido nada, estoy segura.» Siguió divagando, como hacía a menudo, pero al final empezó a tomarse en serio la sugerencia de su tío abuelo.

Los Fithian le aseguraron que los Steed eran una de las mejores familias de América y que, si podía darse crédito a los rumores, Simón había duplicado su fortuna durante la rebelión. La familia era estable, como daba testimonio tío Isham, y ahora que la paz se había asentado en aquella región, la vida en Maryland podía ser perfectamente aceptable. Un retratista había enviado a Londres un cuadro del joven Paul, y, habida cuenta de todo, un matrimonio Steed-Grimes parecía algo práctico, no obstante la consanguinidad.

Así, pues, en el verano de 1816 Penelope Grimes, animosa viuda de cuarenta y un años, tomó pasaje en uno de los buques Steed acompañada de su hija Susan, de veintiún años, y, tras una travesía tan plácida como las buenas relaciones a la sazón existentes entre Inglaterra y América, el barco fondeó en Devon. Susan, de pie ante la barandilla, vio con agrado que Venganza de Rosalind era una atractiva residencia de plantación, tal como se le había prometido.

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