Bahía de Chesapeake
Contempla cómo se derrama el esplendoroso mar por...
Contempla cómo se derrama el
esplendoroso mar por los intrincados
canales que fluyen
acá y allá
por doquier,
hasta que sus aguas inundan los esteros
más recónditos
y los caminos bajos, y un millón de
rielantes venas llena la marisma.
En este período de doce meses, cuatro hombres -dos viejos, otros dos jóvenes- regresaron al Choptank impulsados por motivos completamente distintos. Pusey Paxmore había vuelto a casa para morir al final de una vida destrozada. Owen Steed había huido prudentemente de Oklahoma con fondos suficientes para adquirir de nuevo la plantación de su familia. Y Chris Pflaum se había retirado del Ejército, lleno de condecoraciones y con el grado de mayor, con un puesto en el Centro Chesapeake para el Estudio de los Estuarios y un hogar que le esperaba en el corazón de las marismas del Choptank.
Hiram Cater resultaba un poco difícil de clasificar; el alcaide de la prisión le había concedido compasivamente permiso para asistir al funeral de sus padres. Jeb y Julia habían nacido el mismo año, habían luchado durante décadas de pobreza impuesta por su sociedad y habían sobrevivido para ver a dos de sus hijos recluidos en penitenciarías federales. A menudo, en sus últimos años, mientras permanecían en su antiséptico y nuevo cubículo de ladrillo, se fustigaban a sí mismos por fracasos que no podían explicar, sin comprender que era Patamoke quien había fracasado, no ellos. En 1977 murieron, con tres días de diferencia uno del otro, y a su hijo Hiram se le permitió ir a casa para darles sepultura. Permaneció en silencio ante la tumba, y, tan pronto como finalizó la breve ceremonia, regresó a la prisión, sabiendo que nunca podría volver a vivir en Patamoke.
El mayor Pflaum era diferente de los otros tres, pues regresó con honor y con un creciente deseo de conseguir algo; durante su servicio
militar había sido destinado a muchos destacamentos de cuatro continentes distintos, y sabía que pocos lugares de la Tierra podían compararse en belleza física y sosiego espiritual con la bahía de Chesapeake.
Pero al comenzar su investigación en el centro científico, se encontró enzarzado en constante debate con su padre, Hugo Pflaum, que se había pasado 51 años defendiendo los ríos y la bahía. Se sintió ofendido cuando su hijo proclamó:
–A nadie parece importarle un bledo el futuro de esta región.
–¿Te has preocupado, en tu omnisciencia -gruñó Hugo-, de echar un vistazo para ver lo que hemos realizado? ¿Las leyes que impiden que hombres como tío Ruthven cerquen marismas y las cubran de cemento? ¿Nuestros reglamentos protegiendo los marjales para que los patos encuentren algo que comer? ¿Y la forma en que hemos confiscado esas escopetas largas?
–¿También la de tío Amos?
–La cogeremos uno de estos días.
–Pero la tierra, papá. Se está yendo al diablo.
–Hablas como un idiota -replicó Hugo-. Nuestra Orilla Oriental es uno de los mejores lugares que quedan en la Tierra.
–¡Papá! ¿Quieres venir a echar un vistazo conmigo en el coche?
–Claro que sí.
El viejo guardabosques estaba enojado, y subió con su hijo a un automóvil para examinar las carreteras que salían de Patamoke.
–Y ahora -dijo Chris-, lo que quiero es que mires las lomas de hierba… y las cunetas.
Y, al hacerlo, Hugo comprendió las quejas de su hijo, pues las carreteras estaban plagadas de latas de cerveza y botella? de soda vacías. Parecía como si la ley exigiese que todo habitante de Maryland bebiese tres latas de algo todos los días y dejara el rastro a lo largo de la carretera.
–Esto es terrible, Chris -reconoció el viejo.
Su hijo detuvo el coche y dijo:
–Voy a hacerte una propuesta, papá. Caminemos un cuarto de milla y contemos las latas y las botellas.
Mientras andaban lentamente por la carretera, contaron 87.
Cruzando al otro lado y regresando al coche, encontraron otras 72.
–O sea, que en un cuarto de milla de carretera rural tenemos ciento cincuenta y nueve…, más de seiscientas por milla. «Schlitz», «Miller»,
«Budweiser», «Michelob». Los heraldos de la moderna América.
–Creo que exageras -objetó Hugo-. Éste es un camino frecuentado por parejas, y ya sabes lo que les gusta a los jóvenes dejarlo todo patas arriba.
Pero cuando encontraron una agradable carretera secundaria, también ella tenía su cupo de desechos, las latas de aluminio y las botellas que durarían mil años.
A regañadientes, Hugo dijo:
–Realmente es bastante malo, Chris.
Y cuando su hijo lanzó una campaña en el Bugle para limpiar las orillas de las carreteras, él escribió un mordaz artículo afirmando que los hombres y mujeres que tan buena labor habían realizado salvando patos y gansos deberían también de dejar de profanar su paisaje. Su carta suscitó desdén, pero las presiones ejercidas por Chris indujeron a las autoridades a nombrar una comisión que estudiase el asunto. A las pocas semanas, esa comisión emitió el siguiente informe: Se han presentado dos propuestas: que el Gobierno añada cinco centavos al precio de toda botella o lata para costear los servicios de limpieza, o que se prohíban los envases no recuperables. Rechazamos la primera porque sería exigir demasiado a los comerciantes que se encargasen del cobro y de la devolución de los cascos vacíos, y rechazamos la segunda porque Norman Turlock ha gastado mucho dinero en construir su fábrica de latas de cerveza y bebidas suaves, y sería injusto modificar ahora las normas. Este problema, que no es tan grave como ciertos agitadores quisieran hacernos creer, puede resolverse haciendo que los padres enseñen a sus hijos que las latas y las botellas no deben ser tiradas en lugares públicos. Con un poco de cuidado, esta pequeña inconveniencia puede resolverse sin ninguna acción gubernamental.
Personas jóvenes, y también algunas mayores, expresaron su desagrado por la intromisión de Pflaum iniciando un incesante ritual: acumulaban latas de cerveza vacías en los maleteros de sus coches y las
arrojaban en grandes cantidades en las cunetas de Pflaum. Algunas mañanas, al ir a trabajar, Chris encontraba dos docenas de latas de cerveza junto al camino de acceso a su finca, pero sabía que al cabo de unas semanas se disiparía la animosidad. Lo que sí le preocupaba era que adonde quiera que volviese la vista en la maravillosa región de la bahía, la profanación era la misma. Era esta indolente expoliación del paisaje lo que le enfurecía, esta negligente aceptación del despojo. El Gobierno se hallaba impotente para proteger el medio ambiente, porque los ciudadanos se habían acostumbrado a tomar brebajes en latas y botellas no recuperables; Norman Turlock, como había invertido dinero en un proceso que desfiguraba el paisaje, debía ser protegido hasta el infinito, y cualquier sistema de recoger los desperdicios o impedir su vertido quedaba prohibido porque le producía molestias a alguien.
–¡Diablos! – exclamó un día, mientras circulaba por una carretera al sur del Choptank-. Una buena mañana vamos a encontrarnos al despertar con que la tierra está cubierta de latas de cerveza.
Pero cuando intentó suscitar de nuevo la cuestión en las columnas del Bugle, el director le dijo:
–A nadie le interesa ya esa tontería.
Fue Hugo quien trató de mitigar su amargura.
–Tienes que contemplar las cosas con perspectiva, Chris. Las latas de cerveza pueden ser una desgracia, pero hay aquí todo un paraíso que permanece impoluto.
Y puso en marcha la canoa que usaba para patrullar los bancos de ostras. – Quiero que veas por ti mismo cuánto nos queda.
Los pequeños ríos mostraban milla tras milla de orillas esmeradamente cuidadas y amplios céspedes libres de contaminación; pero, aun así, Hugo dijo:
–No puedes apreciar lo bien que hemos protegido la Orilla Oriental hasta que veas la occidental.
Y cruzaron la bahía de Chesapeake en dirección a los ríos situados al sur de Annapolis, y allí el joven Chris tuvo oportunidad de ver cómo la falta de vigilancia y de organización había estimulado la conversión de la costa de un suburbio marinero. Era espantoso: una casita tras otra casi materialmente pegadas entre sí, un muelle tras otro cayéndose
por falta de cuidados. El litoral estaba siendo erosionado, y no se le prestaba ninguna atención; la mayor parte de las construcciones habían sido improvisadas y estaban decrépitas desde el principio.
–Esto sí que es para preocuparse -observó Pflaum padre, al iniciar el viaje de regreso-. Es mucho más grave que las latas de cerveza.
Cuando llegaron a la amplia desembocadura del Choptank, Hugo viró hacia el más bello de los ríos orientales, el Tred Avon: un anchuroso y sereno estuario, un grupo de exquisitos afluentes e innumerables ensenadas, cada una con su propia y soberbia panorámica. La canoa redujo su marcha mientras los Pflaum observaban la ribera, una serie de casas bien conservadas, nada ostentosas, pero sumamente atractivas, ocultas entre altos árboles.
–¿Sabes qué les dice Turlock el Pirata a sus clientes del Norte? «Si no vive usted a orillas del Tred Avon, lo que hace es estar de acampada.
Y si vive al sur del Choptank, nunca será invitado a las buenas fiestas.»
Chris, que prefería el carácter agreste del Pequeño Choptank, quiso defender su elección, pero Hugo levantó las manos:
–Por favor, tu madre y yo estamos tratando de ocultar tu vergüenza ante nuestros vecinos.
La reunión de tripulaciones de skipjacks previa a la carrera se celebró en el Club de Patamoke, y el talante fue establecido por el capitán Boggs, un corpulento negro de la isla Deal, conocido por sus hombres como el Bastardo Negro:
–El Nelly Benson solamente observa una regla: «Quedaos atrás, hijos de perra.»
Otro participante de la isla Deal dijo:
–Ésta será una regata de embarcaciones de trabajo. Cada skipjack debe llevar dos dragas, un chinchorro en el pescante de popa, dos anclas y equipo completo.
Uno de los hombres de Patamoke sugirió un trayecto triangular, pero los de la isla Devon protestaron:
–Vamos a regatear en vuestras aguas, y somos nosotros quienes establecemos las reglas. Si se mantiene el viento del Sur, un largo río arriba, y vuelta.
Así sería, una regata de ida y vuelta, sin fiorituras ni imaginativos diagramas. Cuando se llegó a un acuerdo sobre ello, comenzaron todos
a beber, y algunos de los tripulantes no se fueron a la cama hasta el amanecer. Owen Steed, que para entonces se hallaba plenamente inmerso en la carrera, hizo a sus hombres retirarse razonablemente temprano, y pensó que el Edén tenía buenas probabilidades, a menos que el capitán Boggs consiguiera adelantarse desde el principio, caso en el cual sería difícil de vencer.
Los premios de la regata distaban mucho de ser exorbitantes: 75
dólares a cada embarcación que tomase la salida, y 50 dólares más a cada uno que terminase. El Bugle concedía una copa de plata, más un primer premio de 100 dólares, un segundo de cincuenta y un tercero de 25, pero la mayoría de los tripulantes reunieron dinero para efectuar apuestas contra otros barcos de su clase. Los hombres de la isla Deal estaban especialmente deseosos de jugar, y el Nelly Benson del capitán Boggs se situaría en la línea de partida con unos cuatrocientos dólares apostados contra otras embarcaciones.
El comodoro nombrado para la regata constituyó una sorpresa, y una sorpresa agradable. Por aclamación, los ribereños decidieron que fuera Pusey Paxmore quien diese la señal de salida; en los viejos tiempos había sido un hombre distante, que trabajaba en la Casa Blanca y se mantenía un tanto apartado de la vida del río, pero ahora que había estado en la cárcel era más parecido a ellos, e insistieron en que, como su familia había construido los barcos más antiguos de cuantos participaban en la competición, el Edén y otros dos, su presencia era obligatoria. Él había querido declinar el honor, pero los Steed no se lo permitieron.
Como la regata tenía lugar en octubre, justo antes del comienzo de la temporada de la ostra, los 23 skipjacks se encontraban en excelente estado: todos habían sido llevados a dique seco para pintar sus fondos, y todos habían sido limpiados hasta la cubierta y tenían las dragas pulcramente dispuestas y los cables enrollados. Mr. Steed había comprado aparejos nuevos para el Edén: drizas de dacrón, por su inflexible fortaleza; cable de nilón para los cabos de amarre y del ancla, por su flexibilidad. Había ido al establecimiento de Henry Brown, en la punta de la isla Deal, para comprar velas nuevas, y había preferido la lona al dacrón porque las puntadas de éste se desgastaban con
demasiada facilidad. Rara vez había ofrecido mejor aspecto el Edén en sus ochenta y seis años de vida.
La regata debía comenzar junto a los bajíos de fango existentes al Oeste de la isla Devon, llegar hasta el faro de Patamoke y regresar luego hasta una línea trazada entre Devon y el continente. Una regata de skipjacks comenzaba de un modo peculiar: las embarcaciones iban navegando hasta situarse en una línea recta; luego echaban el ancla y arriaban velas, esperando a que sonase el disparo que les haría lanzarse hacia delante.
Fueron unos momentos de tensión, pues se hallaba en juego el honor de cada poblado de la orilla…, los rudos pescadores de la isla Deal contra los petimetres del Choptank. Cada barco llevaba una tripulación de seis expertos, más siete u ocho hombres adicionales para manejar las cuerdas. El Edén tenía cinco Turlock y dos Cater más, cada uno de ellos con su tarea que realizar. El pequeño Sam Cater, de nueve años, se encaramaría lo más a popa posible y escrutaría el agua, preparado para lanzar su grito de alarma: «¡Fango! ¡Fango!»
–Puedes disparar, Pusey -dijo uno de los jueces, y lo que siguió hizo estremecerse a los aficionados a las regatas regulares.
En cada uno de los skipjacks anclados, cuatro hombres empezaron a levar el ancla, mientras otros dos estiraban con fuerza de las drizas que izaban la vela mayor. Como las distintas tripulaciones no trabajaban a la misma velocidad, unos barcos tomaban la salida antes que otros, lo cual significaba que se encontraban en condiciones de interceptar a los rezagados, impidiéndoles adelantarse. Pero a veces los que primero salían calculaban mal, y los otros adquirían velocidad suficiente para embestir a sus oponentes y retrasarlos. Cuando esto sucedía, las tripulaciones de ambos barcos maldecían, se tiraban cosas y trataban de cortar los aparejos.
Uno de los jueces, un caballero de un club náutico de Long Island, dijo al ver lanzarse las grandes embarcaciones una contra otra:
–Esto no es una regata. Es un suicidio marítimo.
Y entonces Pusey Paxmore dijo, con cierto alivio:
–Han hecho una buena salida.
–¿Salida? – exclamó el visitante-. ¡Santo Dios, están todos descalificados!
El primer largo recorría un trecho en dirección Este, con el viento directamente de popa, y el capitán Boggs confiaba en que esto le permitiera adelantarse en seguida; de hecho, así pareció al principio, pero el Edén y el viejo H. M. Willing le seguían a muy corta distancia.
Este último era un barco memorable; había sido hundido dos veces y reparado en tres ocasiones: «No puede tener más del siete por ciento del maderamen original. Completamente reconstruido, pero sigue siendo el H. M. Willing, porque no es la madera lo que hace a un barco, sino el espíritu.»
–Vamos bien -aseguró el capitán Cater a su tripulación-, porque dentro de diez minutos pondremos rumbo a estribor, y entonces volaremos.
Tenía razón. A mitad de camino hacia Patamoke, los skipjacks
teman que virar al Sudeste, lo cual significaba que el fuerte viento soplaría por la banda de estribor, exactamente la ventaja que el Edén
necesitaba. ¡Cómo saltó hacia delante! Su gran botalón giró a babor, su proa hendió las aguas, y avanzó poderosamente.
–¡Atrás, Bastardo Negro! -gritó el capitán Absalom, mientras su barco rebasaba al Nelly Benson y se dirigía hacia Patamoke, para dar allí la vuelta.
Un verdadero balandrista que había participado dos veces en la regata a Bermuda vio el giro descrito por el barco y quedó estupefacto; cuando el Edén lo hubo terminado, este caballero dijo a los que estaban junto a él:
–¡Pero ese hombre ha infringido seis reglas! ¿Nadie dice nada?
Un pescador que oyó la pregunta respondió:
–Será mejor que no.
Era tradicional que, al iniciar el segundo largo, el cocinero sacara comida y el primer oficial abriese los frigoríficos portátiles para repartir cerveza. A partir de ese momento la regata se tornó un tanto relajada, pues latas de cerveza vaciadas y vueltas a llenar con agua empezaron a volar por el aire, y hombres provistos de largas pértigas trataban de estorbar a sus competidores.
La comida a bordo del Edén era excelente: tacos de jamón y habichuelas, ensalada de berros, galletas con miel y grandes lonchas de queso amarillento. Pero a medida que iban siendo terminados los
platos, los comensales volvían la vista hacia la cocina, y a su debido tiempo apareció Amos Turlock con una amplia sonrisa, para anunciar:
–¡Caballeros, tenemos pastel de alacate! – y los tripulantes aplaudieron.
Cuando llevó a cubierta los primeros pasteles, dijo:
–Hay limón o vainilla, a gusto de cada uno, y Sam elige el primero.
Llevó a popa -adonde se encontraba el chiquillo, atento para detectar la presencia de fango- dos grandes pasteles, dorados y suculentos, y el chico dijo:
–Yo tomo limón.
Y se le cortó un gran pedazo.
Un alacate era una especie de calabaza que crecía en las lindes de los maizales, y cuando era adecuadamente pelada y asada, producía uno de los grandes pasteles del mundo, suculento, sabroso, fácil de masticar cuando se tostaba un poco e insólitamente receptivo a otros sabores; la proporción solía ser de tres partes de limón por dos de vainilla, y la tradición se mantenía en esta ocasión, pero mientras los hombres comían Sam gritó:
–¡Fango! ¡Fango!
Y esto significaba que la orza había tocado fondo. El barco no corría peligro por ello, pero si el roce continuaba disminuiría la velocidad, así que dos hombres saltaron al brazalote de la orza y lo levantaron hasta que el chico gritó:
–¡Ya no hay fango!
Y esto significaba que el Edén estaba navegando a máxima velocidad, y que su orza se hallaba a la profundidad suficiente para asegurar una adecuada protección contra la deriva lateral.
Estaba claro ahora que la regata se decidiría en las dos últimas bordadas, y aunque el Nelly Benson había adquirido una ligera ventaja en la bordada de babor, los barcos no tardarían en virar a estribor, y allí la ventaja sería para el Edén.
–¡Estamos en buena posición! – gritó el capitán Absalom, dando ánimos a sus hombres; pero cuando se disponía a cambiar la escota, el capitán Boggs ordenó a siete de sus tripulantes que se encontraban a popa que lanzasen una andanada de latas de cerveza llenas de agua contra la rueda del timón del Edén, y el capitán Cater tuvo que
retroceder para evitar ser herido. En ese momento el Edén perdió ímpetu; gualdrapearon las velas, y se esfumó toda ventaja que hubiera podido adquirir la embarcación de Patamoke.
Pero el Edén no se encontraba impotente. Tan pronto como regresó junto a la rueda del timón, Absalom situó su barco en un rumbo que permitiría a su bauprés barrer la popa del enemigo, y cuando quedó de manifiesto cuál era su táctica, los de la isla Deal maldijeron y arrojaron más latas de cerveza, pero Absalom se agachó, hizo girar el timón y observó con satisfacción cómo su largo bauprés barría la cubierta del
Nelly Benson, cortando una driza y obligando a sus tripulantes a abandonar su bombardeo y tratar de improvisar un aparejo que les permitiese terminar la regata. Lo hicieron con tal rapidez, que iniciaron la bordada final sólo unos metros por detrás del Edén y muy por delante de los demás.
El capitán Boggs demostró entonces por qué sus hombres le llamaban el Bastardo Negro. Izando sus velas a la máxima altura y ciñendo lo más posible su quilla al viento, empezó a adelantar al Edén,
y cuando pareció que lo iba a conseguir, hizo girar bruscamente la proa para que su bauprés pudiera barrer la popa del barco de Patamoke.
–¡Cuidado ahí! – gritó el capitán Absalom, pero era demasiado tarde. El Nelly Benson barrió con su bauprés la cubierta del Edén, y, por una endiablada casualidad, golpeó un bidón de gasolina que éste llevaba de acuerdo con la regla de que cada barco debía llevar todo su equipo de trabajo. El bidón rebotó por la cubierta, derramando parte de su contenido antes de caer al agua. El volátil líquido se extendió rápidamente y llegó hasta la cocina en que Amos Turlock se encontraba fregando.
Una gran llamarada llenó la cocina y se propagó por cubierta.
Amos, sintiéndose prendido por el fuego, tuvo la presencia de ánimo de salir y tirarse al río. Hugo Pflaum, sospechando que su antiguo enemigo no sabía nadar, como les pasaba a la mayoría de los ribereños, agarró una cuerda y saltó tras él, y fue tan espontánea la acción de Pflaum, que pudo alcanzar al forcejeante cocinero y sostenerle, mientras desde cubierta otros hombres izaban a la pesada pareja a bordo del Edén.
Se aplicaron todos a la tarea de apagar el fuego, excepto el capitán Absalom, que continuó al timón con la esperanza de que la bordada de estribor permitiera a su barco tomar la delantera, pero cuando mayor era la confusión Sam empezó a gritar desde la popa: «¡Fango!», y Absalom rugió: «¡Levantad la orza!», pero nadie le oyó, así que indicó al chiquillo que abandonase su puesto e intentase alzar la orza.
Una orza es un objeto muy grande, hecho con frecuencia de madera de roble, y requiere ser manejada por dos hombres adultos, así que el chico no consiguió nada. – ¡Ponte al timón! – gritó Absalom.
Y el chico corrió a gobernar el skipjack, mientras su padre se dirigía a la cuerda sujeta al extremo posterior de la orza y estiraba de ella con fuerza. La orza se elevó unos centímetros, y cesó el roce contra el fondo.
Dominado ya el fuego, la tripulación de Patamoke se dedicó a la tarea de llevar su averiado barco hasta la línea de meta. Habían perdido el primer puesto, pero tenían presente que se encontraban en una bordada de estribor. Con las manos quemadas y tiznados los rostros, empezaron a cobrar ánimos, a lanzar latas de cerveza y a templar las velas, pero se encontraban en una situación que nunca se había producido en una regata de skipjacks: el intenso calor de la gasolina incendiada había fundido parte de las cuerdas de dacrón. No obstante, los hombres de Patamoke eran ingeniosos y se las arreglaron para improvisar sustitutivos, pasar por las roldanas sus acortadas cuerdas y mantener así el barco en movimiento.
Iba a ser una llegada muy reñida, con el Nelly Benson ligeramente por delante y el Edén acortando rápidamente distancias. Las tripulaciones de los otros skipjacks empezaron a aplaudir, y el corpulento Hugo Pflaum se situó a proa con dos de los tripulantes negros para repeler cualquier nuevo ataque.
–¡Podemos lograrlo! – rugió Amos Turlock, lanzando como un loco latas de cerveza contra el capitán Boggs.
Pero los hombres de la isla Deal sabían gobernar su barco, y los hombres del Edén oyeron el cañonazo mientras se afanaban aún con sus velas. La regata había terminado, y ellos estaban a cuarenta segundos de la meta. La copa, el dinero, el honor…, todo se había perdido. La cubierta estaba chamuscada por el fuego, y tenían los dedos quemados por la gasolina.
–¡Maldita sea! – gruñó Absalom, mientras el Edén cruzaba la línea de llegada.
–Casi lo logramos -dijo su hijo.
–Con un «casi» no se va a ninguna parte.
–Ha sido divertido -dijo el chico.
–¡Divertido! – estalló su padre-. ¡Hemos perdido, maldita sea!
Aquella noche, cuando las tripulaciones se reunieron para celebrar la victoria y recoger sus premios, Absalom tuvo la elegancia de acercarse al capitán Boggs, estrecharle la mano y reconocer:
–Habéis ganado bien y limpiamente.
Los que se encontraban cerca aplaudieron, y el hombre de la isla Deal dijo modestamente:
–Dios ha estado de nuestra parte. Noventa y nueve veces de cien no habríamos alcanzado ese bidón de gasolina.
Y Absalom admitió:
–Es como jugar a los dados.
Mr. Steed, exaltado por la actuación del Edén y complacido por haber sido aceptado tan rápidamente en la vida del Choptank, pronunció el juicio final sobre la regata:
–Bien mirado, hemos obtenido una victoria moral.
Los Steed habían esperado que cuando Pusey Paxmore actuase de comodoro, la excitación le hiciera salir del exilio a que él mismo se había condenado.
–Salió de esta península -dijo Owen a su mujer-, y regresar a ella le curará.
Cuando ella respondió que ésa era una curiosa doctrina, le dijo:
–No fue casualidad que el remedio soberano, la penicilina, fuese encontrado en la tierra. El factor de Anteo. Cuando te veas en dificultades, regresa a la tierra. ¿Por qué crees que me apresuré a venir aquí cuando me despidieron?
Paxmore no permitía que el remedio actuase a su favor. Él creía que su humillación en Washington le excluía de la vida normal, y continuó aislándose, meditando en las desventuras que le habían conducido a aquella situación.
Era una pena, pues tenía a la sazón sesenta y cuatro años y hubiera debido estar entrando en esa agradable fase de la vida en que la
ordenada rutina de las estaciones, actuando como un imán, lleva de una anticipación a otra, con independencia de las inclinaciones intelectuales. En setiembre, en la Orilla Oriental, un hombre debe limpiar sus escopetas y comenzar a entrenar a sus perros. En octubre debe salir a cazar, reuniéndose con otros amigos, también retirados, y comparando su labrador con los chesapeakes de ellos. Antes de noviembre saca del agua su embarcación, retira el combustible, y la cubre con una lona. A mediados de ese mes se dedica a la importante tarea de cazar gansos. A finales de diciembre puede pasar por alto la Navidad, pero no los patos que acuden a su finca. En enero cuida sus plantas, y en marzo pasa mucho tiempo preparando su embarcación para botarla al agua, yendo a Annapolis a comprar efectos navales y remendando sus artes de pesca. En junio, cuando llegan los primeros cangrejos, enfría su cerveza y se sienta en el sombreado porche, partiendo las hervidas patas y esperando a que se fría el resto. En julio maneja su segadora mecánica, pasándola sobre el césped año tras año hasta el día en que dice a su mujer: «Vamos a vender esta maldita finca y trasladarnos a un apartamento. Hay demasiado césped que segar.»
Pero en agosto, cuando el sol arde en el firmamento y sopla de la bahía una brisa del Sudoeste que refresca a los que se encuentran en las riberas orientales de los ríos, pero no a los de las occidentales, le dice:
«Lo mejor que hemos hecho nunca ha sido encontrar esta orientación al Sudoeste. Los Latham se están asando allá enfrente.»
Así, la fuerza de la Tierra, girando en su paso a través del espacio, debería llevar consigo a un hombre, haciendo más deleitables aún los honores que haya podido ganar merced a su reunión con las energías primordiales. Pusey Paxmore se perdía esta experiencia; permanecía ajeno a los cambiantes rostros de la Naturaleza que habían sido la preocupación de su familia desde su llegada al acantilado en 1664: el comportamiento de la bahía de Chesapeake, la variable salinidad del Choptank, la llegada y la partida de los gansos y, especialmente, la constante búsqueda de árboles rectos y curvas de roble. Era bochornoso que aquel hombre, cuya sangre corría con las mareas, se hubiera tornado tan indiferente a su universo.
Los Steed, temerosos de que su rechazo a su tierra natal pudiera destruirle, hacían lo que podían para inducirle a salir de su reclusión,
pero lo más que consiguieron fue una serie de tardes de octubre en Acantilado de la Paz, a las que él asistió con un andrajoso jersey y unas gastadas zapatillas. Mientras hablaban comenzaron a desarrollarse ciertos temas:
Paxmore: Los que luchábamos contra la disolución de esta nación a finales de los años sesenta hicimos lo que debíamos. Nos hallábamos en auténtico peligro, y los enemigos que insultan a Nixon se olvidan de ello.
Steed: El otro día estuve pensando en las canciones de esa época.
Las que mis hijos tocaban continuamente. ¿Escuchaste alguna vez esas canciones, Pusey? ¿La incitación a rebelión? ¿A las drogas? ¿La irreflexiva seguridad de que todos los antiguos valores se habían disuelto en el ácido de la reciente verdad? ¿Especialmente el estímulo de la guerra entre generaciones? Yo hubiera pensado que, al envejecer, los Beatles se pasearían con carteles al cuello por Trafalgar Square como penitencia por haber corrompido a una década de jóvenes.
Paxmore: Yo sigo pensando en la Casa Blanca. Algunas personas inteligentes comprendieron lo que estaba sucediendo e hicieron todo lo posible por detener la podredumbre. Pero sus esfuerzos fueron anulados por los llamados realistas, más preocupados por la elección de 1972. Los motivos más profundos fueron pervertidos por los objetivos más ruines.
Steed: ¿Reconocerías que hubo una conspiración?
Paxmore: ¿Conspiración, para qué?
Steed: Para apoderarse del Gobierno. Quiero decir, para subvertir nuestra forma de gobierno y asegurar no sólo la elección de Nixon, sino también la de Agnew en 1976 y luego la de Haldeman en 1984. ¿Existió tal conspiración?
Paxmore: No. Lo que sucedió fue que un grupo de aventureros californianos carentes de aprendizaje político vieron una oportunidad de amoldar las cosas a su conveniencia. Cuando vieron lo fácil que era manipular el sistema… Mira, Owen, tú me diste doscientos mil dólares sin preguntarme siquiera para qué eran. No se reveló en las audiencias ni en el proceso, pero yo mismo recaudé más de ocho millones de dólares, y ni uno solo de los donantes me preguntó jamás qué me proponía hacer con el dinero. «El honrado Pusey Paxmore, el cuáquero
de Maryland.» Era tan fácil, Owen, que la pandilla de California se dio cuenta de pronto de que tenían una oportunidad asombrosa. ¿Plan?
No. ¿Oportunidad? Sí.
Steed: ¿Cómo explicas la corrupción, la casi traición?
Paxmore: Los hombres sin carácter se deslizan de una posición a la siguiente. Y nunca se dan cuenta de la resbaladiza pendiente en que se encuentran.
Steed: ¿No pudo Nixon haberle detenido?
Paxmore: Woodrow Wilson sí habría podido. O Teddy Roosevelt.
¿Y sabes por qué? Porque habían acumulado durante largos años de aprendizaje una teoría de gobierno. Una teoría de la democracia, si quieres. Y habrían detectado la podredumbre en su mismo comienzo.
Steed: ¿Por qué no la detectaron los californianos?
Paxmore: Por una razón muy sencilla. Su educación era incompleta. Habían ido a esas elegantes escuelas en que se enseñan procedimientos, no principios. Dudo que ninguno de ellos contemplara jamás un verdadero problema moral en el recogimiento en que se forma el carácter.
Steed: ¿Tú, sí?
Paxmore: Sí, y cuando empezaron a desplegarse las revelaciones, mucho antes de John Dean, comprendí que estaba equivocado, y de qué manera.
Steed: ¿Por qué no dimitiste entonces?
Paxmore: Porque estaba muy cerca del poder, del poder más grande del mundo: la presidencia. Eso destruía todo juicio. Yo sabía, pero me encontraba impotente, porque me hallaba envenenado por el poder.
Steed: ¿Qué sabías?
Paxmore: Sabía que hombres como tú, a todo lo largo de este país, habían dado a nuestros recaudadores más de setenta millones de dólares de fondos no justificados para mantener las cosas moviéndose en la dirección que queríais. Sabía que ese dinero estaba siendo trasladado a México a través de los canales utilizados años antes por los tahúres de Las Vegas. Sabía que los jefes de la Casa Blanca estaban utilizando los servicios fiscales y el FBI para castigar a los dirigentes del partido demócrata. Les enseñaremos a esos bastardos a tener
limpias las narices, decían. Sabía que altos funcionarios estaban ordenando la escucha de las llamadas telefónicas privadas de sus ayudantes. Y sabía que todo el mundo estaba mintiendo a todo el mundo para ganar una elección y seguir ganándolas hasta el final del siglo.
Steed: ¿No llamas a eso una conspiración?
Paxmore: No, porque no estaba planeado previamente a partir de una base intelectual. Simplemente, nos íbamos deslizando hacia abajo, desde un resbaladizo escalón hasta el siguiente. Era oportunismo, Owen, un fracaso de la inteligencia moral.
Steed: ¿Lo sabía Nixon?
Paxmore: Te contestaré a eso muy cuidadosamente. Yo nunca vi personalmente a Nixon hacer nada malo. Estaba muy cerca de él en asuntos de dinero, y puedo afirmar que nunca supo cómo se reunieron los setenta millones, ni cómo fueron transportados, ni cómo se gastaron. Ni una sola vez me dijo: «Pusey, pásate por el despacho de Owen Steed. Nos debe algunos favores.» Que yo sepa, era inocente. Por eso, cuando se presentó aquella noche en la televisión, con el montón de documentos, y miró a los ojos a todos los norteamericanos, asegurándoles su inocencia, yo le creí.
Steed: ¿Empezaste a dudar cuando leíste las transcripciones?
Paxmore: Me sorprendió la confusión de pensamiento en el puesto más poderoso del mundo. Eran incapaces de concentrarse en una idea durante tres minutos. En lugar de inteligencia, teníamos vagas asociaciones. ¿El lenguaje obsceno que tanto chocó a muchos? Lo deseché como una pretendida ostentación de virilidad hasta que llegué a aquella terrible descripción que se hacía de mí…
Steed: ¿Cómo reaccionaste ante las revelaciones finales? ¿Cuando él admitió su implicación?
Paxmore: En lo único en que podía pensar era en sus actuaciones anteriores, cuando miró fijamente a las cámaras de televisión y negó la existencia de tales pruebas, y me pregunté cómo podía tener algún hombre la desvergüenza de hacer eso…, presentarse allí, sabiendo que las cintas magnetofónicas estaban en el piso de abajo y que por lo menos otras ocho personas conocían su contenido. Nunca he podido entenderlo.
Steed: ¿Te dabas cuenta entonces de que irías a la cárcel?
Paxmore: Desde luego. Mi mundo se había desmoronado, y ni uno solo de los hombres que me habían dado órdenes extendería una mano para ayudarme. Así que me armé de valor y dije a Amanda: «Aceptaré mi parte de culpa, y no diré nada más sobre el asunto.»
Steed: ¿No sentiste la tentación de arrastrar contigo a hombres como yo? Podías haberlo hecho, tú lo sabes.
Paxmore: La verdad, sí. Un hombre no recauda ocho millones de dólares ilegales sin saber quién se los dio, y cómo.
Steed: ¿Por qué no lo hiciste?
Paxmore: Porque, habiendo hecho todo lo posible por deshonrar a mi familia, decidí que lo menos que podía hacer era aceptar mi castigo y no lloriquear por ello.
Steed: ¿No vacilaste nunca?
Paxmore: Sí. Cuando pusieron las cintas en mi juicio y me vi obligado a escuchar de nuevo lo que las altas esferas pensaban realmente de mí: «Decidle a ese jodido meapilas que encuentre el dinero y cierre el pico.» Ésas eran palabras, Owen, que ningún Paxmore se había atrevido jamás a usar, ni aun a sus obreros más ineptos… Tres siglos de Paxmore no emplearon nunca tales palabras.
Pero los dirigentes del país se sentían con derecho a utilizarlas contra mí. ¿Y por qué? Porque yo me atrevía a suscitar cuestiones de decencia.
Steed: ¿Lo hiciste?
Paxmore: ¡Naturalmente! Una docena de veces les previne contra la infracción de la ley.
Steed: Entonces, ¿por qué no dimitiste? ¿Por qué no les tiraste a la cara tu cargo?
Paxmore: Porque me resistía a creer que el comportamiento delictivo emanase de la Casa Blanca. Y por vanidad. Disfrutaba estando cerca de las fuentes del poder, y quería permanecer allí.
(Al llegar a este punto, una fría tarde, quedó en silencio; evidentemente, estaba reconstruyendo los penosos pasos de su descenso al averno, y Steed no hizo más preguntas. En lugar de/ello, se lanzó a su propio y reflexivo monólogo.)
Steed: Lo mismo podría decirse de mí. Me sentí halagado aquel día en que un alto funcionario vino a Tulsa y susurró: «Steed, si quiere ser alguien en la próxima administración…, quiero decir, si desea nuestra protección contra los competidores de su negocio, será mejor que dé pruebas de su apoyo. Y será mejor que las dé pronto y grandes.» Me cogió del brazo, exactamente igual que había hecho el capitán de rugby durante mi primer año en la Universidad, cuando había querido que ingresase en su fraternidad, y me dijo: «Steed, el comité…, y son personas que van a gobernar esta nación durante lo que queda de siglo, le hemos asignado a usted trescientos mil dólares. Yo le dije que no tenía tanto, y él respondió, bajando más aún la voz: "Pero puede echarle mano", y cuando yo repuse que eso sería dinero social, me puso la mano sobre la boca y susurró: "Haré como si usted nunca hubiera dicho eso." Cómo obtenga el dinero es cosa suya, pero le voy a decir una cosa. Quienquiera que sea el que elijamos para Fiscal General, lo tendremos en el bolsillo, y usted nunca tropezará en dificultades con él.» Así, pues, como sabes, ideé una forma de canalizar no la totalidad de los trescientos mil dólares, pero sí doscientos mil, ¿y sabes por qué?
Porque quería ser una figura, hacerme valer cuando los sindicatos se pusieran duros, decirle a mi secretaria: «Llame ahora mismo a Washington.» Pero, aparte eso…
(Steed hizo una pausa para contemplar el regreso de los gansos de una expedición en busca de alimento, y mientras las aves sobrevolaban el Choptank dijo a Paxmore: «Tú y yo vamos a tener nuestra parte de esos gansos.» Se sintió decepcionado cuando su retraído amigo no manifestó ninguna excitación, y al cabo de unos momentos continuó.) Steed: Cuando estalló el escándalo Watergate, yo lo acepté como algo de importancia secundaria, y supuse que nadie se habría molestado en vigilar las oficinas de los demócratas si esos tipos no estuviesen tramando algo ilegal, como suelen hacer. Cuando el presidente negó tener ningún conocimiento del asunto, yo me desentendí de ello. Nunca se me ocurrió que pudieran estar implicados mis doscientos mil dólares, porque nunca había pensado que eso constituyese nada ilegal. Yo me esforzaba, simplemente, por salvar la buena vida de mi nación y mantener su dirección en las manos adecuadas. Escuché parte del testimonio de Dean, y cuando ni siquiera
pudo recordar en qué hotel había estado, le clasifiqué como un farsante y consideré pura invención toda su historia. Y cuando el presidente apareció en la televisión para proclamar su inocencia, pensé que eso daba por terminado el asunto. Así hubiera debido ser, pero la Prensa norteamericana odia a todo el que triunfa. Reporteros que no pertenecieron a fraternidades universitarias ni jugaron al rugby no pueden comprender cómo un hombre inteligente y con arrestos puede ganar treinta millones de dólares. Son anarquistas natos, y eso está tan claro como un relámpago en agosto. Se proponían destruir a Nixon, y lo hicieron. Pero yo era como tú.
Paxmore: ¿Cómo?
Steed: No podía dar crédito a mis oídos cuando las cintas demostraron que Nixon había estado mintiendo. Era inconcebible que un hombre pudiese permanecer ante aquellas cámaras, sabiendo que tenía una bomba de relojería junto al corazón, y proferir semejantes mentiras.
Paxmore: Lo que a mí me hizo creer fue un estúpido artículo que leí. Escrito por su hija mayor, en el que se le exculpaba de todo. Parecía sano y honrado. Tan sincero…
Steed: Mis sospechas comenzaron cuando oí las primeras cintas, las inofensivas, y escuché las revelaciones de cómo dirigían aquellos hombres los asuntos de la nación. La escasa calidad intelectual. La incapacidad para ir tratando ordenadamente de cada tema. El grosero lenguaje. La gran enchilada. Te aseguro, Pusey, que si una reunión presidida por mí en la «Western Oil» se hubiese desarrollado de manera tan confusa, sin poder mis hombres centrarse en el tema, los habría despedido a todos.
Paxmore: Estás incurriendo en un error muy frecuente, Owen.
Esperas que un presidente sea presidencial las veinticuatro horas del día. Debes permitirle que sea un ser humano, que hable de vez en cuando como los hombres corrientes, con todas sus vulgaridades.
Steed: Pero en una crisis presidencial, yo espero que sea presidencial. Y dime una cosa, Pusey. ¿No teníais nunca abogados en esas reuniones?
Paxmore: ¿Qué quieres decir?
Steed: Cuando nosotros discutíamos algo importante, o incluso algo que entrañase de alguna manera un problema moral, siempre se hallaba presente, por lo menos, un abogado. Y al cabo de un rato, él intervenía a veces y decía: «Pero no pueden ustedes hacer eso. Es ilegal.»
Paxmore: No se le puede decir no a un presidente. (Al llegar aquí, perdió interés por el detenido análisis de lo ocurrido, pero después de contemplar los gansos durante un rato, continuó hablando.) Ayer estuve leyendo la Historia de Patamoke, y se dice en ella que en los viejos tiempos hombres como Clay, Calhoun y Webster visitaron la mansión de tu familia. ¿Cómo habrían reaccionado ellos ante Watergate?
Steed: Mi bisabuelo Paul, que escribió el librito sobre la esclavitud, la defendió, como recordarás. Dejó un conjunto de notas sobre esos hombres, y deduzco de ellas que si Daniel Webster hubiese sido elegido presidente, con toda probabilidad se habría comportado exactamente igual que Nixon, no porque fuese un hombre corrompido, sino por lo mucho que respetaba el dinero y por su vanidad personal. ¿Henri Clay? Ni hablar. Tenía un extraordinario y refinado sentido del honor, que le habría mantenido honrado en una cueva de ladrones. ¿Calhoun?
(Aquí se manifestó la reverencia que los Steed habían profesado siempre hacia este gran hombre.) Habría sido inimaginable que se comportase mezquinamente. Él podría haber arrasado la nación, pero nunca le habría robado.
Paxmore: Ésa viene a ser también mi conclusión, Owen. Cualquier hombre de carácter no absolutamente íntegro habría caído en los errores de Nixon.
Steed: Pero puedo asegurarte una cosa. Ni uno solo de esos hombres, si hubiera ocupado la presidencia, habría tolerado los vergonzosos procesos de pensamientos que muestran las cintas. Habría llamado al orden a los reunidos y habría recordado a sus asociados:
«Sigamos con la cuestión central.» Pusey, ¿crees que la cuestión central de tu banda era instaurar una dictadura?
Paxmore: Debes recordar, Owen, cómo me describieron. «Ese jodido meapilas.» Nunca se me permitió conocer sus secretos propósitos. Mi trabajo consistía en recaudar dinero y hacerlo llegar a
manos desconocidas. Mi trabajo era acumular deshonor personal.
(Calló de pronto, y Steed supuso que las lágrimas sofocaban sus palabras, pero no era así. Estaba mirando al Choptank, a lo largo de cuyas orillas los Paxmore habían ganado tanto honor enfrentándose a las rutinarias tareas que surgen en cualquier río…, la construcción de barcos, hablar en las reuniones, enseñar a otro, defender las leyes. Se encontraba seco y consumido por su falta de fidelidad a esos principios.)
Steed: El mes que viene iremos a cazar.
No hubo respuesta.
El hecho de que Hugo Pflaum le hubiera salvado la vida a Amos Turlock durante el incendio a bordo del Edén no significaba que el obstinado y viejo guardabosques hubiese renunciado a su decisión de capturar La Twombly. Casi retirado de sus actividades profesionales, el corpulento alemán iba a su despacho sólo tres días a la semana, siempre por la mañana, y cuando veía el espacio vacío en su galería de fotografías, reafirmaba su decisión de encontrar aquella escopeta.
Sus superiores de Annapolis no se sentían ni regocijados ni pacientes.
–Durante treinta y nueve años nos ha estado diciendo: «Cualquier día de éstos encontraré esa escopeta.» ¿Dónde diablos está?
–Creemos que la tiene escondida donde antes estaba la marisma. Y
sabemos que la está utilizando porque algunas mañanas, cuando viene a la ciudad, su ropa huele a pólvora.
–Firme un mandamiento y registre su caravana.
–He registrado esa caravana cuatro veces cuando él estaba fuera.
No encontré nada.
Se decidió que, puesto que Amos usaba la escopeta hasta nueve o diez veces cada temporada, debía de tenerla escondida en algún lugar próximo a la caravana, y se ordenó a Pflaum que mantuviera vigilada la zona, pero esto provocaba más dificultades de las que resolvía, pues la finca Turlock tenía ciertas características extraordinarias. Desde las entusiastas obras de alfarería de Carolina del Norte, Amos había ampliado su colección de estatuas hasta veinticuatro, y siempre había por allí paseantes casuales que se detenían a admirar la colección de arte. A los mayores les gustaba la reproducción en cemento blanco de
un mármol italiano; mostraba una muchacha desnuda con las manos colocadas de forma que ocultasen las partes consideradas más vulnerables. Pero los niños preferían Santa Claus y sus ocho renos.
Cuando Pflaum inició su vigilancia regular, las cosas se complicaron por el hecho de que Amos había importado un conjunto de ocho figuras bastante grandes que alegraban su corazón: Blanca Nieves, acompañada de los siete enanitos, bellamente esculpidas las ocho.
Situadas sobre el césped, las esculturas cautivaban al público, y el policía local comentó aprobadoramente:
–Eso está bien. Más hierba para cortar a mano, pero también más diversión para todo el mundo.
Cuando vio por primera vez las ocho adiciones, Hugo dijo:
–Esto tiene peor aspecto que cuando era una cabaña.
Y tenía razón, pues en los viejos tiempos, la cabaña, aunque maltrecha y destartalada, había compartido la dignidad de los bosques circundantes. Pero esta llamativa caravana, con su pequeña cerca de estacas y sus esculturas sobre el césped, había sido ofensiva desde el principio y no hacía sino empeorar con el tiempo.
Lo que desagradaba particularmente a Pflaum era la rígida manera en que Amos había colocado a los tres enanos: Risueño, Tímido y Gruñón. «Los ha alineado como si fuesen soldados. A los otros, por lo menos, los ha puesto más dispersos.» Se sentía tan molesto por la horrible estética de aquel césped, y tan irritado por su fracaso en encontrar la escopeta, que una mañana abrió el portillo que protegía el sendero que daba acceso a la caravana y, al instante, dio un salto hacia atrás, cuando un muelle oculto accionó un conjunto de claxons de automóvil que tocaban: ¿Conoces a John Peel?
Alertado, Amos Turlock salió a la puerta y abrió el montante superior.
–¿Te gusta la melodía, Hugo? ¿Que yo sea un cazador y todo eso?
El saludo del claxon había sido la clásica gota que desborda el vaso, por lo cual, sin andarse con rodeos, Hugo dijo:
–Amos, quiero que entregues la escopeta.
–¿Qué escopeta?
– La Twombly. Sé que la tienes escondida y sé que la quieres mucho.
Pero ha llegado el momento, Amos. Dámela.
–No he puesto las manos en esa escopeta…
–La disparaste hace cuatro noches.
–¿Por qué dices eso?
–A todo lo largo del río, los Turlock están comiendo ganso.
–Todos nosotros somos buenos cazadores, Hugo.
–Sí, lo sois, y no necesitáis ya ese viejo cañón.
–¿Dónde podría esconder yo una escopeta de cuatro metros de largo?
Con generoso gesto, invitó al guardabosques a que inspeccionase la caravana, e incluso gritó:
–Midge, ¿tenemos una escopeta ahí dentro?
–Claro que sí -respondió su desdentada manceba, y salió con una escopeta corriente en la mano.
Amos se echó a reír, y Pflaum dijo:
–Hubiera debido dejar que te ahogases.
Luego le dominó la irritación y exclamó:
–Esos siete enanos son horrorosos.
Y, sin añadir una palabra más, abandonó el lugar.
Cinco noches después, con una fuerte escarcha en el aire y sin luna que delatase la presencia del cazador nocturno, Amos llamó a Rafe, el nieto en quien más confiaba.
–No estamos obligados a cazar más gansos, porque aún no hemos terminado los que cogimos la última vez, pero hay que mantenerse en forma. Vamos a salir.
A las once, él y Rafe salieron de la caravana, avanzaron por el césped, se inclinaron y, cautelosamente, estiraron de dos argollas ocultas en la hierba sobre la que se alzaban los tres enanos, Risueño, Tímido y Gruñón. Lentamente, los enanos se elevaron en el aire, cayendo atrás y dejando al descubierto una tumba de cuatro metros de longitud. Era una escena de una película de Drácula -incluso crujieron los goznes-, salvo que, cuando la tumba se abrió, reveló no un vampiro, sino La Twombly.
Amos la levantó con amoroso cuidado, miró el oscuro cielo y dijo a Rafe:
–Trae el perro.
Y cuando el chesapeake salió de la caravana, Amos bajó la tapa, comprobó la posición de los tres enanos y abrió la marcha por entre los árboles hacia el lugar en que estaban escondidos los esquifes.
Era una noche perfecta para cazar gansos, fría pero no en exceso, estrellada pero sin luna. Cuando llegaron al lugar en que el río La Trappe confluía en el Choptank, divisaron grandes cantidades de aves posadas a la distancia adecuada, y, mientras cebaba su enorme escopeta y revisaba el emplazamiento de su culata contra los sacos de agujas de pino, Amos cuchicheó a su nieto:
–Lo mejor que un hombre puede hacer en este mundo es cazar, pescar o coger ostras. Dios puso todas estas cosas aquí abajo para que disfrutásemos de ellas, pero las escondió para que sólo un hombre decidido pudiese cogerlas. Nuestro deber es intentarlo.
Al mirar a lo largo del pulido cañón de La Twombly, vio el destello de Orion y mostró al muchacho cómo esa constelación acechaba por los cielos como un poderoso cazador en busca de piezas sobre las que disparar.
–No es casualidad que aparezca en invierno. Está allí arriba para protegernos…, a nosotros y a la escopeta.
Acarició suavemente el metálico cañón y preguntó:
–¿Cuántos años tienes, Rafe?
–Diez.
–¡Dios Todopoderoso, muchacho, esta escopeta es quince veces más vieja que tú! Piensa en ello, quince chicos distintos de tu misma edad han cuidado esta escopeta, y ahora es tu responsabilidad.
El rojo chesapeake, percibiendo la presencia de los gansos, empezaba a agitarse; Amos no había sacado aún los canaletes, y el perro temía que algo pudiera espantar a aquellos gansos. Emitía suaves ruidos para indicar su desagrado por los chapuceros métodos que se estaban siguiendo aquella noche, pero Amos le ordenó con un gruñido que guardara silencio. Quería hablar con el chico.
–En realidad, el hombre sólo tiene tres obligaciones. Alimentar a su familia. Entrenar a su perro. Cuidar de su escopeta. Si haces eso bien, no tienes que preocuparte de cosas tales como hipotecas, el cáncer y el recaudador de impuestos. Tú cuida de la escopeta, y Dios se ocupará de la hipoteca.
–La ley no…
–La ley nos quita la escopeta, Rafe, cuando es lo bastante lista para encontrarla. Yo llevo cincuenta años guardando esta escopeta. Tú podrás hacerlo otros cincuenta.
–Pero Hugo Pflaum estuvo prácticamente de pie encima de ella la otra mañana.
–Por eso es por lo que los Turlock tendremos siempre esta escopeta.
–¿Por qué?
–Porque todos nosotros somos listos, y todos los guardabosques son estúpidos.
El perro gimió, ansioso de comenzar la caza, pero quedó atónito ante lo que sucedió a continuación. Amos Turlock estaba saliendo del esquife que llevaba La Twombly e invitando a su nieto a ocupar su puesto con los canaletes.
–Es hora de que aprendas -dijo, cuando finalizó el delicado traslado.
–Quieres que yo…
–Tienes que recordar dos cosas. Apunta el esquife, no la escopeta. Y,
¡por amor de Cristo!, mantente apartado de la culata, porque su zambombazo es infernal.
Con suave empujón, lanzó el esquife hacia los gansos posados sobre el agua y, luego, extendió la mano hacia la cabeza de su perro.
Atrayendo hacia sí al chesapeake, le agarró nerviosamente mientras el muchacho desaparecía en la oscuridad. El perro, percibiendo que aquélla era una noche insólita, permaneció junto a su amo y aguardó la gran explosión que le haría saltar al agua en busca de gansos.
Fue una larga espera, pero ni el hombre ni el perro se inquietaron; Amos podía recordar noches en que había necesitado maniobrar con los canaletes durante una hora antes de quedar satisfecho de su posición, y Rafe había sido adiestrado para actuar meticulosamente. En el puesto de tierra recordó admirativamente Amos, Rafe siempre había sabido esperar.
Al fin empezó a temblar, deseando desesperadamente que su nieto manejara de forma adecuada el esquife, y la enorme escopeta, y las tradiciones de aquel río.
–Es un bautismo -susurró al tenso animal, y los dedos de su mano derecha se enroscaron con tal fuerza en el pelo del perro, que el chesapeake gimió y se apartó, yéndose a su lugar habitual en la proa, donde podía permanecer con las patas delanteras apoyadas en la borda y escudriñando la oscuridad.
–¡Santo Dios! – rogó el anciano-, que lo haga bien… para que le coja gusto.
Pasaron cuarenta minutos, y Orion recorría los cielos, como siempre sin lograr capturar su presa. Pero cuando la tensión comenzaba ya a hacerse intolerable en el esquife de Amos, el cielo nocturno estalló, gritaron los gansos, y el perro saltó a la oscuridad.
A la mañana siguiente llamaron al despacho de Hugo Pflaum desde siete casas distintas para informar que alguien había estado cazando ilegalmente en el Choptank.
–Sé que estaban allí, Mr. Pflaum, porque dos gansos muertos han llegado a mi orilla arrastrados por la corriente. Además, me hallaba entonces viendo la televisión, y le dije a mi mujer: «Ese disparo no ha sido en la tele.»
Los informes eran tan detallados, que Pflaum subió a su coche y se dirigió a toda velocidad a la caravana de Turlock, pero, como había previsto, Amos se hallaba ausente. Repartiendo gansos a lo largo del río, supuso. También Midge se había ido para hacer sus compras en la tienda de Steed, en Ciudad del Ocaso. Sólo un chiquillo, de no más de once años, estaba en un ángulo del césped, observando recelosamente cómo el corpulento guardabosques se movía por entre los siete enanos.
–¿Quién eres tú, hijo?
–Rafe.
–¿No serás hijo de Amos?
–Nieto.
–¿Sabes dónde está tu abuelo?
Ninguna respuesta.
–¿Sabes dónde estuvo anoche?
Ni el menor parpadeo en los azules ojos.
Los Turlock desconcertaban a Hugo, aunque su madre y su mujer procedían de ese clan; siempre parecían estúpidos, pero en momentos de crisis, siempre lograban reunir inteligencia suficiente para burlar a
los demás. ¡Mira este chico! Pelo rubio que le llega hasta los ojos, cortado por detrás con la ayuda de un tazón, mirada perdida, gruesos pantalones de lana sujetos por unos tirantes rotos, ni siquiera parecía saber que Pflaum era el guardabosques y pariente lejano suyo. «Quizá
-pensó Hugo en un momento de perfidia- pueda engañar a este crío y sonsacarle.»
–¿Estuvo pescando anoche tu abuelito?
–¿Qué?
El chiquillo se negaba a abandonar su puesto en el ángulo del césped.
–¿Siempre caza con esa escopeta grande?
–¿Qué?
–¿Dónde la guarda, Rafe?
–¿Guardar, qué? – preguntó el muchacho, con una expresión de estupidez en el rostro.
–Dile a tu padre…
–Mi padre está en Baltimore.
–Me refiero a tu abuelo -exclamó secamente Pflaum.
–Decirle ¿qué? – preguntó el chico.
–Que he estado aquí.
–¿Quién es usted?
–Sabes perfectamente quién soy. Soy Hugo Pflaum, tu tío, más o menos. Dile que he estado aquí.
Disgustado, el guardabosques dio una patada a la hierba, volvió sobre sus pasos por entre las esculturas del jardín y regresó a la ciudad.
Cuando se hubo ido y el automóvil se hubo alejado del recodo, Rafe Turlock se apoyó contra la caravana, y habría caído si no se hubiese agarrado a un resalte. Manteniéndose más o menos erguido, empezó a vomitar, no una ni dos veces, sino siete, hasta que su estómago quedó vacío, y su cuerpo, dolorido.
Midge le encontró allí, agitado todavía por las náuseas, y pensó que se habría resfriado, pues el chico no dio ninguna explicación de sus espasmos. Insistió en que se metiera en la cama, y allí quedó tendido, con unas compresas húmedas en la frente, esperando que volviese su abuelo.
Amos permaneció ausente largo tiempo, repartiendo gansos, pero cuando llegó a la cocina y oyó el relato del ataque sufrido por su nieto, adivinó cuál había sido la causa. Entró en el cuarto y preguntó:
–¿Ha estado Hugo Pflaum?
–Sí. Estuvo justo encima de la escopeta, haciendo preguntas.
–¿Sobre anoche?
–Y la escopeta.
–¿Y qué le dijiste?
–Nada, pero cuando le dio una patada a una de las argollas, casi vomité.
–Midge dice que lo has hecho. Por todas partes.
–Eso fue después.
Amos no dio unas palmaditas en la cabeza a su nieto, ni le felicitó de ninguna manera. El chico había hecho solamente lo que debía, pero quería hacer saber a Rafe que estaba complacido, así que llamó con un silbido al chesapeake, y, para sorpresa del perro, la puerta se abrió y fue invitado a entrar en la caravana. Buscó rápidamente a su joven amo y, comprendiendo que el chico estaba enfermo, se quedó junto a su cama, lamiéndole los fláccidos dedos.
Amos cerró la puerta de la habitación y no dio ninguna explicación a Midge. Salió al césped para inspeccionar sus veinticuatro esculturas: los renos se alineaban detrás de Santa Claus, el flamenco púrpura extendía sus alas de cemento hacia Ciudad del Ocaso y los siete enanitos seguían a su ama. Volviéndose hacia el lugar en que se alineaban tres de ellos, Amos podía casi ver la gran escopeta que reposaba a sus pies.
–Segura para otros cincuenta años -dijo.
Una fresca mañana de noviembre, Owen Steed se despertó al oír alboroto de pájaros al otro lado de su ventana, y se sintió tan encantado por su vitalidad que, sin vestirse, salió al jardín, donde podía ver el río del que había emigrado el águila pescadora. Reverentemente erguido en medio de una belleza que no había visto en ningún otro lugar de la Tierra, reflexionó en que nadie había acertado a describir plenamente el sereno esplendor de la Orilla Oriental. Cumplía sesenta y seis años aquella mañana, y sabía que sólo disponía de un limitado número de años para disfrutar de aquellos estuarios, pero se alegraba de que sus
desventuras en Oklahoma le hubiesen forzado a regresar a las adormecidas glorias de su juventud.
Cuando volvió al dormitorio, oyó que Ethel se estaba lavando y dijo:
–Llaman a esto la tierra de la vida agradable, pero eso es mero hedonismo.
–¿De qué estás hablando, Owen?
–Los imperecederos valores de este lugar. Mañanas radiantes como ésta. Noches frías.
–Sí que fueron frías el invierno pasado.
–Hablo en serio. Sobre una tierra que vale la pena preservar -
titubeó-. ¿Vas a venir conmigo a la conferencia?
–¿Qué conferencia? – y, antes de que él pudiera contestar, exclamó entusiásticamente -: Ese hombre de Annapolis. El que viene a aconsejarnos sobre cómo poner fin a la plaga de latas de cerveza.
Pensaba asistir, desde luego.
Pero, al entrar en la sala, Chris Pflaum echó un jarro de agua fría sobre su entusiasmo.
–No os va a gustar lo que dice. Es muy deprimente.
Ciertamente lo era, un hombre alto y anguloso que frisaba en los sesenta años, gastado por los forcejeos burocráticos.
«Soy el doctor Paul Adamson, y he venido para advertirles que se engañan si creen que van a restablecer su deteriorado paisaje razonando o citando ejemplos horribles. Siete Estados han llevado a cabo referendums en los tres últimos años, y los votantes han dado una respuesta clara y tajante: "Nos gusta nuestra basura. Insistimos en el derecho a tirar nuestras botellas de cerveza donde nos dé la real gana."
»Es contraproducente argüir que nuestros ciudadanos no deberían exhibir rasgos tan destructivos. Nuestro problema consiste en descubrir por qué se muestran tan leales a la lata de cerveza vacía y por qué insisten en usarla para decorar nuestras carreteras. Actúan aquí tres factores de perturbación. En primer lugar, beber de una lata, ya contenga cerveza o gaseosa, es un símbolo machista, y en una época en que reprimimos una manifestación machista tras otra -galanteos al viejo estilo, el uso de armas, ciertas formas de hablar-, los jóvenes están descubriendo la lata de cerveza como un último refugio. Es socialmente
deseable beber, y el sentido de dominación exige que, cuando la lata queda vacía, sea arrojada con arrogancia allá donde más ostensible resulte su presencia.
»En segundo lugar, en una época en que 'el Gobierno coarta nuestros actos en docenas de nuevas formas, y en que anualmente envía impresos de declaración de impuestos que nadie puede entender, es inevitable que la persona vigorosa trate de encontrar alguna manera de expresar su resentimiento, ¿y cuál mejor que con una botella de cerveza vacía?
»En tercer lugar, y esto es moralmente mucho más repulsivo que las dos primeras razones, y también menos susceptible de control, arrojar desechos sobre un césped constituye una forma de agresión social utilizada especialmente por aquellos grupos que se sienten marginados por la sociedad. ¿Quieren los responsables de la comunidad mantener limpias las cunetas? El joven rebelde se opone a todo lo que los responsables tratan de proteger, y arrojar envases vacíos en los lugares que ellos más aprecian constituye una venganza satisfactoria.
»Tenemos, así, tres poderosas razones que nos impulsan a mancillar la tierra, y casi ninguna que nos induzca a protegerla. Amigos míos, ustedes y yo estamos empeñados en una batalla perdida de antemano.»
Esta doliente letanía levantó fogosos comentarios. «¿No podemos aprobar leyes que impongan el pago de un depósito sobre latas y botellas?» Adamson replicó que la mayoría de los votantes habían rechazado tales planes, basándose en que constituían una limitación a su libertad. «¿No podemos nombrar funcionarios del condado para recoger en camiones todos los desperdicios?» Adamson señaló once casos en que otras tantas comunidades habían rechazado esas propuestas por considerar que entrañaban gastos injustificados, argumentándose que penalizaban a los que no bebían cerveza. «¿No podemos, simplemente, proscribir esas malditas cosas como socialmente destructivas? Una plaga de langosta la proscribiríamos en seguida.» Adamson no tuvo que ir muy lejos para responder a esto; aludió a la decisión de la comisión en el sentido de que, como Norman Turlock había invertido tanto dinero en su planta de envasado, sería injusto para él cambiar ahora las normas.
–¿Qué podemos hacer? – preguntó Ethel Steed, con desesperado tono.
–Nada -respondió Adamson-. Yo soy el presidente del organismo que debe impedir el despojo de la belleza natural de Maryland, y no hay absolutamente nada que yo pueda hacer.
Hizo una pausa, para dejar que esto quedase bien claro, y luego, añadió:
–Pero hay una cosa que podría usted intentar.
Todos se inclinaron hacia delante, pues era grande su deseo de poner fin a aquella inconveniencia.
–Cómprese un cesto y salga conmigo tres días a la semana para recoger las malditas latas.
La reunión finalizó en un ambiente tan desesperanzado que los Steed no tenían ningún deseo de irse a casa, y se sintieron aliviados cuando Chris Pflaum sugirió que esperasen en el vestíbulo y fuesen a comer con el doctor Adamson. Lo encontraron en un estado de ánimo reflexivo, deseoso de hablar sobre los problemas de Chesapeake.
–Me eduqué en Chestertown. Fui allí al Washington College. No aprendí mucho cálculo, pero sí a tripular una goleta. Viví en la bahía en los buenos años, desde 1936 hasta principios de 1942. No había ningún puente sobre la bahía. No había depósitos de petróleo. Cangrejos por todas partes. Las mejores ostras de América. Y, lo que recuerdo con más afecto, podía uno tirarse al agua en cualquier lugar de la bahía y nadar. No había medusas. Fue entonces cuando nació mi intenso amor a la bahía.
Pero no quería hacer hincapié en los viejos tiempos a costa del presente.
–Éstas siguen siendo las aguas interiores más fascinantes del mundo. Un compañero de mi oficina al que le gusta navegar calculó que si un hombre poseyese una embarcación de calado inferior a veinte centímetros, podría navegar por la bahía de Chesapeake durante mil días sucesivos y fondear cada noche en una ensenada distinta.
–Parece improbable -repuso Steed.
–Tomemos el Tred Avon, por ejemplo -sugirió Adamson, y citó de memoria hasta dieciocho afluentes-. Tomemos ahora uno solo de ellos, el Plaindealing, y recordemos las ensenadas que podemos citar. Doce.
Se podrían pasar seis meses en el Tred Avon y fondear cada noche en alguna ensenada de celestial belleza. Y recuerden que tenemos cuarenta ríos tan buenos como el Tred Avon. Mi amigo se quedaba corto. Debe de haber ocho mil ensenadas a lo largo de esta bahía…, todas ellas en peligro.
Habló de la terrible carga que la Humanidad estaba arrojando sobre aquel mar interior: efluvios de los sistemas de alcantarillado, venenos de las fábricas, vertidos industriales de todo el valle del Susquehanna, los desperdicios de la flota pesquera, la terrible presión de los seres humanos, cada año más insistentes, menos disciplinados, más derrochadores, menos atentos.
–Los ecólogos de Alemania, Japón y Rusia están trabajando sobre la teoría de que es el propio hombre el contaminante. No sus fábricas, ni sus sustancias químicas, ni sus vertidos de petróleo. Éstos son los desastres ostensibles, pero el permanente es la acumulación de hombres y mujeres en grandes cantidades y grandes aglomeraciones. Aunque no hagan ni una sola cosa desastrosa, son ellos quienes crean el desastre.
Por su número sólo se les conocerá.
Se extendió sobre esto durante casi media hora, desarrollando el tema enunciado primeramente por estudiosos alemanes que analizaban la India.
–Descubrieron que el número es por sí solo el determinante. En todo el mundo, allá donde se congregan seis mil personas, justifican una ciudad. Seis mil personas merecen tener un zapatero, y un barbero, y un hombre especializado en hacer pasteles, y un ingeniero de alcantarillas, por primitivas que sean. El especialista foráneo no tiene ningún derecho a preguntar: «¿Cuál es la justificación de esta ciudad?»
Ella es su propia justificación.
Bien, la misma clase de límite opera, probablemente, en sentido negativo. Si se concentra a orillas de cualquier extensión de agua una población suficientemente grande, ese agua será destruida. Se está ante el Mediterráneo dentro de doscientos años.
Una mujer sentada también a la mesa formuló la evidente observación de que ella no iba a estar en Chesapeake dentro de doscientos años y de que dudaba mucho que estuviera tampoco ninguno de los demás, a lo que Adamson replicó, sin impaciencia:
–El testigo individual desaparece, sí, pero la inteligencia colectiva persiste. Dentro de doscientos años, el 2177, alguien como yo, con todas mis aprensiones, estará almorzando en Patamoke y pensando en el futuro de Chesapeake. Debemos asegurar que la bahía exista aún para que se preocupe por ella.
–Éramos pesimistas sobre la posibilidad de controlar las latas de cerveza vacías -dijo Steed-. ¿Qué hay de la bahía propiamente dicha?
–Las cifras me aterran, Mr. Steed. Toda la Pensilvania central contamina nuestra bahía. Baltimore, Washington, Roanoke. Millones y millones de personas, todas arrojando sus problemas a la bahía. ¿Cómo puede sobrevivir?
–Eso decíamos de los gansos hace cuarenta años. Y mire ahora.
–¡Sí! – exclamó Adamson, brillando en sus ojos el entusiasmo que había adquirido de niño-. El factor esperanzador es lo que hemos descubierto en varios países. Cualquier masa de agua dotada de fuerte corriente, por contaminada que esté, puede purificarse a sí misma, renovarse por completo en tres años. Si se la protege. Si se le permite regenerarse a su propia y lenta manera.
–¿Hasta el lago Erie? – preguntó una mujer.
–¡Claro que sí! Tres años de cuidados absolutos, sin ninguna contaminación que llegue del Hurón…, la lluvia… Hasta el lago Erie podría purificarse. Quedarían algunos pertinaces sedimentos en el fondo, pero, con el tiempo, aun ellos se degradarían y desaparecerían.
La bahía de Chesapeake es como una mujer hermosa. No hay humillación de la que no pueda recobrarse.
La habitación en la que estaban almorzando los ecólogos daba al Choptank, y desde ella nadie habría podido deducir que el río había cambiado gran cosa en los últimos 370 años de ocupación por el hombre blanco: la anchura era la misma; el color seguía siendo achocolatado; las mareas subían y bajaban sin provocar grandes trastornos; y los gansos habían vuelto. Tierras que habían empezado a perecer bajo el peso de los tomates estaban prosperando al plantarse en ellas maíz -miles y miles de acres-, y más allá de la isla Devon -de lo que quedaba de ella- la bahía reposaba bajo la luz del sol invernal.
–Ahora se encuentra en un estado terrible -observó Adamson-.
Supongo que sabrá que hemos tenido que cerrar tres esteros más.
Todas las ostras contaminadas. Fábricas de hepatitis, las llaman nuestros médicos. Se come usted una ración de seis, y se pasa medio año en la cama. La bahía se ha convertido en una letrina, un vertedero para Baltimore…, y las demás. Pero podría ser restaurada.
Se levantó y caminó nerviosamente por la habitación, mirando alternativamente al Choptank y a los bosques que se extendían en la otra orilla.
–Nuestra finalidad debe ser la de que en algún momento, dentro de los próximos doscientos años, haya un grupo de personas como nosotros capaces de convencer a la sociedad para que conceda tres años de descanso a la bahía. Revivirá. Las ostras volverán a ser comestibles.
Retornarán los peces. Crecerá la hierba en los esteros, y también regresarán los patos. Millones de ellos.
Se hallaba tan excitado por las infinitas posibilidades de rejuvenecimiento, que continuó:
–Desde luego, cuando vuelvan los patos, tal vez se marchen los gansos. Entonces, cambiaremos otra vez, y regresarán. Podemos hacer revivir a la bahía entera, a todas y cada una de sus ocho mil ensenadas…
Vaciló. Su rostro se ensombreció.
–A menos, naturalmente, que hayamos contaminado tanto los océanos, que ya no puedan enviar peces y aguas puras a la bahía.
Se encogió de hombros.
–La Humanidad fue destinada a vivir al borde del desastre perpetuo. Nosotros somos Humanidad porque sobrevivimos. Lo hacemos de forma muy poco inteligente, pero lo hacemos. Supongo que antes de que el año termine incluso veremos retornar anadeando alguna garza azul. Su lucha ha durado once mil años. La nuestra está sólo empezando.
No sólo fueron deprimentes las titubeantes predicciones del comisionado Adamson, sino que adondequiera que los Steed fueron aquella tarde, vieron el collar de desperdicios ribeteando la carretera para recordarles que se hallaban impotentes de hacer nada sobre aquella relativamente pequeña contaminación. Owen se irritó tanto que no podía dormir, y pensó en dirigirse río arriba hasta Acantilado de la Paz para hablar con Pusey Paxmore acerca de la elevación y caída de
las fortunas humanas, pero consideró que eso constituiría una imposición.
Permaneció hasta bien pasada la medianoche escuchando los últimos cuartetos de Beethoven, y antes de amanecer salió de la casa para ver a los gansos comer en el estero. En cuanto asomó el Sol por el horizonte, telefoneó a Chris Pflaum, a orillas del Pequeño Choptank, para preguntarle si podía pasarse por allí.
–Nada importante. Ayer quedé muy deprimido, y he pensado en que quizá te gustase bajar al viejo transbordador de Whitehaven, para ver cómo vivían en los viejos tiempos.
Se sintió complacido cuando Pflaum dijo:
–Es una gran idea. Me encantaría visitar las marismas.
Salió de la casa sin despertar a Ethel, contó las latas vacías del cuarto de milla de carretera que utilizaba como barómetro, y cruzó a la orilla meridional del Choptank. Condujo lentamente hacia el Oeste, deteniéndose a presentar sus respetos en la casa en que había vivido el gobernador Hicks antes de la guerra civil: Un hombre extraordinario.
Propietario de esclavos. Defensor de la esclavitud hasta la muerte. Va a Annapolis, y solamente con la fuerza de su valor mantiene a Maryland en la Unión. Muere en desgracia. Las gentes del Choptank escupían sobre su tumba. Muy parecido a Pusey. Meneó la cabeza y murmuró:
–Ese pobre hijo de perra…
Pero no habría podido decir si se refería al gobernador que había abandonado el Choptank para encontrar la desgracia en Annapolis, o al cuáquero que había encontrado la suya en la Casa Blanca.
Y tampoco habría reconocido por qué quería visitar la residencia de Chris Pflaum; cierto que los Steed tenían una cierta vaga asociación con la vieja plantación de Herman Cline ocupada ahora por Pflaum, pero nadie se sentía orgulloso de ella. Y se estaban construyendo a lo largo del Pequeño Choptank varias interesantes casas nuevas, pero no ejercían la menor fascinación para un hombre que ya poseía su plantación familiar.
Lo que realmente quería Steed era ver cómo vivía el joven Pflaum; había oído rumores y deseaba cerciorarse de su exactitud. Por ello, se sintió aliviado al encontrar que Chris vivía solo en la vieja casa; su mujer le había abandonado.
–Dijo que podía soportar los mosquitos o la soledad, pero no las dos cosas.
–¿Vas a pedir el divorcio?
–Ella lo va a hacer. Dice que no quiere saber nada de mí. Diez años a orillas del Pequeño Choptank le han dado recuerdos suficientes para toda una vida.
El joven naturalista hablaba sin rencor, y sugirió que Steed dejase su «Cadillac» y viajase en el cochecito de Pflaum.
–Es la forma adecuada de cruzar en el transbordador.
Los dos hombres quedaron encantados de su viaje hacia el Sur; recorrieron las riberas de los pequeños ríos que serpeaban a través de vastas marismas en las que se conservaban los auténticos valores de la Orilla Oriental. Se acercaron a la isla Devon e invitaron a un trago al capitán Boggs. Éste les enseñó un atajo a Whitehaven, donde podían tomar el transbordador sobre el Wicomico.
–Es increíble -dijo Steed, sintiendo relajarse su espíritu al contemplar un paisaje rural que apenas había cambiado en doscientos años-. La única diferencia visible radica en esas nuevas granjas avícolas que producen gallinas para Frank Perdue.
Uno esperaba encontrarse en las increíblemente antiguas carreteras alguna que otra pareja de bueyes transportando madera para los navíos de Su Majestad -Isabel I-, y al final de una carretera, donde ésta descendía hacia un pequeño y fangoso río, aguardaba el transbordador.
Naturalmente, estaba en la otra orilla, pero estiraron de una cuerda para dar la señal, y un malhumorado negro se movió por su destartalada embarcación, las ruedas laterales comenzaron a deslizarse sobre un cable, y el pequeño ferry se dirigió lentamente hacia ellos.
Era como cruzar a otro siglo; corriente arriba se alzaban los herrumbrosos restos de lo que en otro tiempo fuera la más espléndida conservería de tomate de la cadena Steed; ¡cuántos hombres y mujeres negros, esclavos hasta poco antes, habían bregado allí en la década de 1870! ¡Cuántos prometedores jóvenes Steed habían trabajado allí para aprender el negocio! Tardaron sólo unos minutos en cruzar, pero reinaba un sosiego tal, se hallaba aquello tan distante de los problemas de la actualidad, que Steed creyó retroceder a los perdidos siglos en que
gobernaban los Steed, y se sintió tentado a un acto propio de aquellos tiempos.
Cogiendo a Chris del brazo, dijo, con voz casi implorante:
–No te vuelvas a casar hasta que conozcas a mi hija.
–¿Señor?
–Lo digo en serio. ¡Maldita sea, Ethel y yo tenemos esa enorme finca! Los Steed siempre han tenido plantaciones así. Mi hijo es ya un caso perdido. Pero mi hija es digna de salvarse. Chris, no te vuelvas a casar hasta que la traiga a casa.
–Ni siquiera sé cómo se llama, Mr. Steed.
–Estamos hablando de siglos, hijo, no de unos pocos y embarullados años. Se llama Clara. ¿Tienes idea de lo que ha pasado, Pusey Paxmore?
La conversación fue interrumpida por un camión que empezó a tocar la bocina, no en la ribera a la que se dirigía el transbordador, sino en la que acababa de dejar.
–¡Maldita sea! – gruñó el operador negro-. Cualquiera pensaría que podríamos coincidir, aunque sólo fuese una vez.
Miró ominosamente a Steed, como si éste tuviera la culpa, y el viaje sobre el Wicomico terminó en un cierto ambiente de confusión, con Owen Steed mirando las ruinas de la conservería y Chris Pflaum triste y aturdido.
–Te lo voy a exponer sencillamente -dijo Steed, mientras regresaban hacia la plantación de Herman Cline-. Mi hija Clara es un poco más joven que tú. Durante tres años se ha deslizado por un tobogán infernal…
Titubeó unos instantes, y luego dijo:
–No te has rodeado de muchas comodidades. Pero la cuestión es, Chris, que ves la tierra como yo la veo. Eres auténtico. Quiero que te cases con Clara y te hagas cargo de nuestra finca cuando yo muera.
–Mr. Steed, un día, en las junglas de Vietnam, descubrí qué era lo importante en mi vida. Las marismas. Vivir con la Naturaleza. Y, si no renunciaría a las marismas por Vera, a la que amaba mucho, puede tener la absoluta seguridad de que no renunciaré a ellas por un chica a la que nunca he visto… y por sus cincuenta acres de hierba segada.
–¡No tienes por qué hacer tal cosa, maldita sea! Vives en las marismas la mitad del año, y la otra mitad en una casa de verdad.
Chris se recostó en su asiento, un joven rudo y vigoroso que ya había tomado las grandes decisiones de su vida, y, mirando fijamente a Steed, vio en él una persona pulcramente vestida y afeitada y desprovista de todo compromiso básico.
–Usted no comprende, Mr. Steed. El norte del Choptank es para millonarios; el sur es para hombres.
–Eso es condenadamente arrogante.
–Y cierto. Yo necesito la tierra. Me gusta esto. Cuando estoy trabajando en las marismas a lo largo del Pequeño Choptank, mi alma se expande. Si viviese en una mansión cuidada y refinada como la suya, me moriría.
Quedó estupefacto ante la respuesta de Steed.
–Hijo, quiero que hables con Washburn Turlock. Pregúntale sobre la vez que me enseñó el Refugio desde una canoa. Me dijo: «Tendrá unos doscientos acres.» Y antes de que pasaran cinco segundos, respondí: «La compro.» Yo necesitaba esa tierra tanto como tú necesitabas tu marisma. La única diferencia entre nosotros es que tú eres más primitivo. Si tienes un poco de cabe2a, estarás en el aeropuerto de Patamoke cuando Clara regrese de París. Creo que ella está tan ansiosa por volver a la tierra como cualquiera de nosotros dos.
Los Turlock sobrevivían porque se adaptaban a su medio ambiente.
Desde el momento en que Amos descubrió lo que podían hacer aquellos recién inventados magnetófonos, tuvo la seguridad de que estaban resueltos sus problemas con los gansos.
Siempre había destacado por su habilidad con el reclamo para gansos, atrayéndolos cuando otros fracasaban, pero aun en sus expertos labios aquel instrumento era de resultado incierto, y algunos días no conseguía nada. Así, pues, cruzó el puente y se fue a De Soto Road, en Baltimore, donde proliferaban las tiendas de radios, y se compró un par de potentes altavoces y un sólido magnetófono fabricado en Suecia.
Cuando llegó a casa, Midge gritó desde la cocina:
–¿Qué diablos vas a hacer con ese trasto?
Su intención era grabar las llamadas de las gansas en celo y reproducirlas luego en dirección a las hordas de machos que pasaban volando en lo alto.
–Si manejamos bien este aparato, Rafe, tendremos gansos suficientes para abastecer las cocinas de todos los Turlock a lo largo del Choptank.
Aprendió a manejarlo tan bien, que acudieron cazadores de condados lejanos para presenciar el milagro. Como explicó el cronista de caza del Baltimore Sun: «Cuarenta minutos antes de salir el sol, Amos Turlock y sus hombres se dirigen silenciosamente a sus puestos y se ocultan bajo ramas de pino. Al aproximarse el alba y empezar a volar los grandes gansos, Amos pone en funcionamiento su
"Tandberg", y se extiende por el firmamento los sonidos de una gansa llamando a los caballeros que pasan por lo alto. Los machos, complacidos al oír la llamada de apareamiento, giran en el aire y descienden velozmente hacia los cañones de las escopetas de Turlock.»
Amos disfrutó de su monopolio solamente durante una temporada; luego, otros empezaron a copiarle; pero fue el Congreso del Estado quien asestó el golpe mortal. Acudieron a él guardabosques como los Pflaum, quejándose de que los Turlock estaban destruyendo el equilibrio de la Naturaleza: «Si continúan así otros tres años, volveremos a estar como antes. Ni un solo ganso en todo el Choptank.»
Los legisladores, cazadores la mayoría de ellos, respondieron con un severo edicto que puede leerse en los Estatutos de Maryland y al que llaman la Ley Turlock: «No se permite a ningún cazador seducir gansos machos por medio de ingenios electrónicos.» Y los magnetófonos fueron confiscados.
Pero un Turlock nunca abandona, y en setiembre de 1977, poco antes de que comenzara la temporada de caza, Amos dio con la estratagema definitiva: alquiló cinco vacas.
Cuando las situó, rodeadas por una cerca, junto al estero en que se congregaban los gansos, atrajo a su campo más aves de las que jamás había atraído nadie en el Choptank, y Chris Pflaum preguntó a su padre:
–¿Qué se propone el viejo?
–No lo sé -respondió Pflaum-, pero será mejor que lo averigüemos.
Fueron juntos a la finca de Turlock, y lo que vieron les dejó estupefactos. Allí estaban las cinco vacas. Allí estaban los gansos. Y en el suelo yacía una cantidad de amarillos granos de maíz mayor de lo que cualquier cazador furtivo se atrevería a diseminar en cuatro temporadas. Siempre que Turlock quería un ganso, tenía doscientos esperándole, mientras se alimentaban de su ilegal maíz.
Pero, ¿era ilegal? Como explicó Amos al juez: «Lo único que hago es alimentar generosamente a mis vacas.» Quería decir con eso que las atiborraba de maíz durante dieciséis o dieciocho horas diarias. Sus alquiladas vacas comían tanto, que un gran porcentaje de su alimento pasaba a través de su aparato digestivo sin ser afectado por los ácidos del estómago, y allí yacía en el suelo, convertido en señuelo para los gansos de varias millas a la redonda.
–No puedo declarar culpable a este hombre -dijo el juez-. Él no ha esparcido el maíz. Lo han hecho las vacas.
Y cuando finalizó la temporada, con los frigoríficos de los Turlock abarrotados, el viejo Amos devolvió las vacas alquiladas.
Durante algún tiempo se había dado por supuesto que Owen Steed trataba de hacer salir a Pusey Paxmore de su exilio en la casa telescópica; la táctica sería una cacería matinal de gansos en los maizales del Refugio, así que una fresca mañana de noviembre, antes de que el Sol mostrara siquiera indicios de ir a remontarse sobre el horizonte, se dirigió a Acantilado de la Paz, y encontró a Pusey y su mujer esperando en la oscuridad.
–Insiste en llevarse a Brutus -dijo Amanda, mientras agarraba del collar a un labrador negro.
–No podía por menos -dijo Steed, acariciando la cabeza del perro-.
¡Arriba!
El perro saltó a la trasera del coche, se irguió, mientras el chesapeake, de Steed gruñía, y luego se relajó en la camaradería de una partida de caza.
Los dos hombres bajaron en el coche por el sendero, en medio de la oscuridad, y volvieron al Refugio, donde estacionaron el vehículo y empezaron a caminar por entre la leve bruma del amanecer. Al poco rato se encontraron en medio de un amplio campo, aparentemente
baldío, pero lleno, en realidad, de mazorcas de maíz dispersas, que habían dejado las máquinas cosechadoras.
Se dirigieron hacia una extraña construcción, un gigantesco cajón de madera depositado sobre la tierra de tal modo que una gran tapa, camuflada con ramas, podía cerrarse tan pronto como hubieran entrado ellos y sus perros. Una vez seguros en el interior, y ocultos por las ramas, los hombres podían permanecer en pie y mirar a través de largas y estrechas ranuras dispuestas paralelamente a la tierra. Allí esperarían la salida del sol y la llegada de los gansos.
Fue una larga espera. Había muchos gansos en la zona, más de medio millón si se tenían en cuenta todos los estuarios y ensenadas, pero pocos se hallaban interesados por el maizal del Refugio. Grupos ocasionales de seis o siete se desviaban del río, se mantenían alejados de los cazadores y remontaban luego el vuelo. Llegaron las ocho, con viento y frío, sin que se acercara un solo ganso. Las diez, y los gansos seguían sin acercarse. A las once, un radiante sol disipó la bruma, haciendo lo que los cazadores llamaban «un día de pájaro azul», y desapareció toda esperanza de coger un ganso durante las horas del mediodía; los cazadores salieron de su escondrijo, volvieron a colocar la tapa y regresaron pesadamente hasta el automóvil, con los perros casi tan decepcionados como ellos.
En el Refugio, Ethel Steed tenía esperando dos patos asados, con huesos de buey para los perros, y las horas centrales del día fueron pasando casi soñolientamente. Ethel ardía en deseos de hacer preguntas a Pusey sobre Watergate, pero al ver lo relajado que estaba, se contuvo y la conversación se ciñó a temas triviales, hablando cautelosamente cada interlocutor, como si temiese rozar sensibles terminaciones nerviosas.
–Quisiera añadir una observación a las conversaciones que hemos tenido -dijo Pusey, disponiéndose ya a salir-. ¿No es evidente que Eisenhower o Kennedy habrían arreglado todo aquel desorden en una sola tarde? Presentarse en la televisión, confesar virilmente sus errores, despedir a todos los implicados y prometer no permitir que todo aquello volviera a repetirse. El pueblo americano lo habría aceptado.
Ethel sonrió malévolamente y repuso:
–Cuando hablas del deseo de Kennedy de aclararlo todo y actuar con sinceridad, supongo que te referirás a Teddy en Chappaquiddick.
Al ver que su frivolidad sobresaltaba a Paxmore, le pasó un brazo por el hombro y dijo en tono de broma:
–Ya ves, Pusey, los demócratas pueden sufrir parálisis de voluntad igual que los republicanos.
–Se ha nublado el cielo -interrumpió Owen-, y los gansos empezarán a llegar hacia las tres y media. Volvamos allá otra hora.
Pero Pusey, que había disfrutado durante el día, dijo:
–A mí me gustaría quedarme durante dos o tres horas. Llegarán en bandadas al atardecer.
–Tienes razón -respondió Owen-. Pero recuerda que tengo que estar en el aeropuerto a las cinco para recibir a Clara, que vuelve de París.
–¡Qué suerte tienes! – exclamó Paxmore con evidente entusiasmo-.
¡Reuniendo una familia! Olvídate de los gansos. Llévame a casa y sigue tu camino.
–No. Las horas que hemos pasado en el cajón han sido estupendas, y quiero que pruebes el nuevo puesto que hemos construido en el río.
E insistió tanto en que probasen una hora por lo menos sobre el agua, que Pusey se acercó al teléfono y llamó a su mujer.
–No te preocupes, querida. No hemos cazado nada esta mañana, pero vamos a probar un rato en el río. Brutus no me dejará volver a casa hasta que cacemos1 algo.
Se disponía a colgar, cuando añadió rápidamente:
–Amanda, ¿sabes una cosa? Clara Steed vuelve a casa esta tarde.
De París.
Cuando hubo colgado el aparato, dijo a los Steed:
–Amanda dice que tenéis mucha suerte. Nosotros no hemos visto a nuestros chicos desde hace siglos.
Este comentario sobre sus respectivas familias le indujo a hacer su observación final sobre Watergate:
–En Georgia muchas familias deben de estar esta tarde presumiendo de los hijos que tienen en Washington. Dentro de seis años puede que algunos de ellos estén en la cárcel.
Los dos hombres llevaron sus perros hasta un lugar próximo a la confluencia de los ríos, un lugar en el que Pentaquod había cazado hacía casi cuatrocientos años. Varios pilotes habían sido hincados en el lecho de la corriente, en medio del agua, para sustentar la clase de tosco palafito tan frecuentemente descrito cuando el National Geographic
hablaba de Malasia o Borneo. Se llegaba a él en un pequeño bote, al que los perros saltaron con entusiasmo y desde el que pasaron ágilmente a la casa. Los dos hombres subieron tras ellos, y se reanudó la caza.
Steed había tenido razón; habiéndose nublado el sol, los gansos empezaron a volar en busca de una última comida, y antes de que hubiese transcurrido una hora, una bandada de nueve se dirigió en línea recta hacia el puesto, y cada hombre derribó uno de ellos.
–¡Cogedlos! – gritó Steed a los perros, pero la orden era innecesaria, pues al primer aleteo de un ave al caer, los animales saltaron al agua, nadando con soltura hacia las caídas aves y cada uno cobró perfectamente la suya, y regresaron chapoteando al puesto, con los gansos.
–Será mejor que lo dejemos ya -sugirió Steed.
Pero Paxmore se sentía tan complacido con la caza y con la actuación de su perro, que propuso que se quedaran hasta el anochecer, y Steed tuvo que recordarle que debía ir al aeropuerto.
–¡Tienes razón! – exclamó Paxmore-. Claro que tienes que irte. Pero a mí me gustaría quedarme. Puedes recogerme al volver.
–Voy a hacer algo mejor. Iré andando hasta la casa y te dejaré aquí el coche. Así podrás marcharte cuando quieras.
Por primera vez desde que saliera de la prisión de Scanderville, Pusey Paxmore estaba solo, totalmente solo. Durante los últimos meses, Amanda había ido a veces a Patamoke sin él, pero como sabía lo peligrosos que eran sus recuerdos, siempre había comunicado a alguien que Pusey se quedaba sin compañía. Misteriosamente, siempre había amigos que le visitaban para charlar de los tiempos en que se construían barcos, o Washburn Turlock subía por el sendero en compañía de clientes que deseaban ver una casa telescópica. Nunca le dejaban estar solo.
En muchos aspectos resultaba un alivio estar allí en el puesto, sin preguntas curiosas ni consoladoras seguridades. Aquél era el Choptank, fuente intemporal de la vitalidad de los Paxmore. Era a este río al que habían llegado los primeros constructores de barcos buscando sus robles y las maderas curvas con que construían sus naves.
Una bandada de gansos pasó por lo alto, pero no se molestó en levantar su escopeta. Brutus, viendo a las aves pasar sin ser molestadas, empezó a gemir y a estirarle de la manga a su amo.
Pusey no prestaba atención porque estaba murmurando de nuevo las vulgaridades que recientemente le habían sostenido: En 1969
América estaba en peligro… Los revolucionarios estaban quemando nuestras ciudades… El dinero que recaudé era para una buena causa.
Ni siquiera el ruido de una bandada de gansos al pasar sobre su cabeza rompió este rosario de manoseadas cuentas. Las aves estaban demasiado lejos para poder abatirlas de un disparo, pero Brutus
advirtió la falta de atención de su amo, y se tornó inquieto; cuando cinco gansos volaron en línea recta hacia el puesto en que se encontraban sin suscitar en él ninguna reacción, ladró.
Paxmore no oía, pues había llegado a una crisis en su introspección:
«Quizás era yo tan despreciable como parecía.» Cuando intentó una excusa, se encontró atrapado al final de un largo pasillo del que no era posible escapar, así que, con cruel sinceridad, murmuró la verdad:
–Comencé a trabajar en la Casa Blanca poseyendo las más sólidas virtudes americanas, y las sacrifiqué todas a la conveniencia. Woolman Paxmore y tía Emily me proporcionaron la más fuerte armadura moral. Pieza a pieza, fui despojándome de ella. ¿Y para qué?
La ineludible respuesta llegó áspera y despiadadamente: Para perpetuar en el poder a hombres dispuestos a destruir los cimientos de esta nación.
No podía evitar valorarse a sí mismo: Me consideraban de tan trivial importancia, que no pudieron encontrar ninguna razón para defenderme. ¿Era justa su horrible descripción? ¡Ese jodido meapilas!
;Oh, Jesús! ¿Qué he hecho yo?
Su desintegración era tan completa, que nada podía salvarle…, ni su fe, ni el amor de sus amigos, ni siquiera las frías aguas de la bahía de Chesapeake. Su horrible error había sido abandonar la tierra que le
había criado; los hombres no están obligados a aferrarse para siempre al pedazo de tierra que les ha visto nacer, pero deberían prestar atención a los principios que derivan de ella. Terminar la propia vida como Pusey Paxmore estaba terminando la suya, era acabar en un montón de basura.
¡Terminar la propia vida! ¿Era éste el innoble fin, allí, en un puesto para la caza de gansos, una fría tarde de otoño?
Había razones para pensar que podría ser deseable poner fin a todo: la vergüenza que no se podía borrar; la pena de cárcel, tan justificada en Derecho; el repudio de aquéllos a quienes había servido; sobre todo, la humillación que había acarreado a su familia. Eran éstos castigos tan horribles, que la simple muerte sería una liberación.
Pero había también buenas razones para rechazar la idea: el firme y constante amor de su mujer… No necesitaba enumerar más.
Acudieron a su mente las palabras de un himno que con tanta frecuencia había cantado en Harvard:
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