Balvanera
Parte 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
Camacho se cuidó de apuntillar que la decisión final había sido del propio mercader. En la carta enviada desde Mérida se leía la codicia con la que había hincado la pluma. Pero, muy al contrario, intentó tranquilizar a su atribulado patrón.
—Por lo que me ha llegado de las atarazanas, por mucho que pretenda Bacheli, la Balvanera no estará lista hasta dentro de un par de semanas — replicó en tono conciliador—, como pronto. Deberíamos tener tiempo de sobra para finiquitar el cargamento.
Hablaba del retraso habitual en la salida de la flota. La Santa María de la Balvanera era la nao que llevaría a La Habana el comercio de Campeche para que, desde allí, se partiera hacia Sevilla con toda la flota de Indias agrupada y defendida por naos de guerra. Así, en conserva, las cargueras quedaban protegidas por cañones suficientes para evitar las tentaciones de quienes los más bienintencionados llamaban «mendigos del mar».
La Balvanera había entrado en Campeche sufriendo vientos del norte que la desaparejaron y que, para colmo, le costaron un susto con los bajíos que rodeaban Yucatán. Pero ese no había sido el mayor problema. En las atarazanas del puerto se comentaba que el maestro carpintero maldijo el santoral al encarrilar la nao en el dique seco. La Balvanera había sido asaltada por una brutal plaga de broma.
—Un caracol mal parido y alargado que taladra los maderos como un topo hambriento, haciendo galerías y dejando tras de sí mierda y serrín —le había explicado a Camacho un calafate sobornado por orden de Mora para saber cuándo se estimaba la partida.
Según se contaba en los mentideros, había sido especialmente virulento. Por culpa de los estragos de la peste, una vez más, como era usual, la flota iba con retraso para su regreso a Sevilla, y algunos empezaban a ponerse nerviosos, no fuera a ser que la temporada de lluvias se adelantase.
—¿Un par de semanas? Eso no es lo que yo he oído —insistió el patrón, cambiando de coracha.
—No creo que Bacheli…
No lo dejó terminar. Mora se volvió hacia él como un perro rabioso.
—¡Me importa una higa lo que creas! —espetó, furioso—. Ese italiano cabrón es una sabandija —se sulfuró—. No me fío de él —recalcó con vehemencia—. Está lleno de artimañas y tiene oídos hasta en casa de la Brava. Si andas cerca de él, acabas pisando boñiga fresca. —Tomó aire e intentó calmarse—. Lo quiero todo picado, y lo quiero para ayer.
Camacho, arredrado, asintió obediente.
—Me ocuparé de que se termine hoy mismo, aunque haya que trabajar hasta noche prima —aseguró, tratando de sonar complaciente.
Aquello pareció satisfacer al mercader, que, espantando la rabia, pasó a la siguiente coracha.
Aunque le preocupó el arrebato, Camacho sabía que no había motivo de queja. El trabajo se había hecho bien y a tiempo.
Pero, poco convencido, Mora continuaba cuestionando la labor de su encargado.
—¿Se ha recibido ya la autorización del cabildo?, ¿y de la gobernación, desde México?
Camacho señaló hacia el final del almacén, donde había una mesa, la escribanía y un pequeño aparador donde se guardaban los archivos.
—Todo en orden.
—Las palabras, palabras son, y eso no basta. Ya veremos si el cambio de flete resulta.
Camacho estuvo a punto de callar, pero el ansia lo venció al fin. Era cierto que aún no se había cobrado, aun así estaba convencido de que su idea resultaría.
—De no ser así, el mismo Bacheli no se habría subido al carro también. Pudo haber aprovechado el espacio libre en la bodega del Santo Tomé. — Inspiró tras la impulsiva retahíla, reconviniéndose para continuar en un tono menos airado—. Se ahorran los cuatro reales por quintal de mandarlo a San Juan de Ulúa…
—Y se suma uno más por quintal —lo interrumpió Mora, ceñudo—. El mismo que me ha pedido el maese de la Balvanera como pago por aceptar las corachas como lastre.
Camacho, haciendo un esfuerzo por no resultar levantisco, decidió obviar que, aun tras el soborno, la ganancia de enviar el palo a Sevilla, en lugar de a Veracruz, suponía sacar en limpio tres reales más por quintal. Y había sido todo gracias a sus esfuerzos; había conseguido, a base de empeño, que un comisionario de Triana aceptase el envío para distribuirlo a través de los oficiales de la Casa de Contratación. Y cumpliendo todas las leyes, aunque estirándolas un poco, porque en los últimos años la Corona había decidido que solo los oficiales reales podían gestionar algo tan valioso como el palo de tinte.
Mora se atusaba la barba. Cuando habló, su aliento fétido golpeó de lleno el rostro de Camacho:
—Pareces muy seguro de que todo está atado y bien atado.
—Lo estoy, saldrá bien —aseveró, sin querer considerar las tormentas, los piratas y las mil circunstancias que podían acabar con la Balvanera y su cargamento—. No os preocupéis.
Por primera vez, el patrón le prestó toda su atención. Una sonrisa lobuna enseñó los dientes bajo el mostacho, y la mano del mercader sacudió las migas de la pechera negra del jubón de Camacho.
—Así me gusta, que se sepa que en casa de Mora las cosas van bien… ¡El dinero entra a raudales! —miró significativamente a su pupilo—. No lo olvides: las apariencias, las apariencias lo son todo en este negocio…
Camacho percibió el cambio en la actitud del comerciante y se obligó a contener un suspiro de alivio.
Mora pasó a la siguiente coracha, pero se notaba por sus movimientos que estaba más relajado.
—¿Y tienes las cartas firmadas?
—Sí, las tenemos. Todo en orden, como se habló. Solo hay que restar los… —dudó un momento— gastos excepcionales —dijo finalmente—. Como poco, se ganarán tres reales más por quintal.
Casi pudo ver los ojillos de Melchor echando las cuentas, brillando de pura avaricia.
Como parecía haber capeado el temporal, Camacho se decidió a preguntar lo que llevaba mordiendo semanas.
Desde que Mora había aceptado su idea, en cada carta había dudado con la pluma en la mano. En más de una ocasión había raspado tantas veces la tinta que había tenido que usar una resma nueva para volver a redactar el informe. Nunca le parecía encontrar el momento, pero pensó que había llegado al fin.
—¿Habéis pensado en lo que os comenté? —preguntó, apocado.
El semblante mudó de inmediato. Se volvió severo.
—Se te ha subido la ambición a las barbas. Me pides mucho… El flete de la Balvanera es el más grande desde que se fundó este condenado puerto — aseguró, alzando el tono—. Es la primera vez que una nao de más de cien toneladas logra sortear los bajíos… Y la broma —puntualizó—. Nunca se ha visto algo así, ¡nunca! Y todo el mundo quiere arrimar la sardina.
Y eso era lo que el propio Camacho había propuesto. Pero aún seguía esperando respuesta.
Hubo que hacer una parada a mitad de camino. A Gundemaro y a sus abundantes carnes, aun de bajada, se les atragantó la escalera. Más aún cuando no había recuperado resuello tras el tempranero trajín. Además, su glotonería reclamaba atención.
—Tengo más hambre que la calavera de un eremita —se quejó.
—Apúrate —fue la respuesta sin pizca de misericordia que le ofreció la mulata—. Ya habrá tiempo para eso —añadió, abandonando el último peldaño para, con una seguidilla de pasos, unirse al resto de las pupilas.
Leocadia, de la que nadie sabía nombre de familia o lugar de procedencia, pero a la que todos conocían por «la Brava», esperaba impaciente. Con evidente mala leche, taconeaba en los tablones de la planta baja, en el salón principal de la casa, donde las mesas delataban los vicios de la noche y todavía podían verse jarros volcados y vasos desperdigados.
—Ya era hora —dijo en cuanto los vio—. ¡Date prisa! Hay mucho que hacer —añadió, dirigiéndose al franciscano.
Consumida, de pelambrera indómita, tenía el aspecto de una escoba vieja abandonada en una esquina, y peor humor que el dragón de san Jorge después de recibir el lanzazo. Y ambos asuntos, su aspecto y su humor, lucían su versión más desagradable por las mañanas, cuando, al contrario que en las noches, no se esforzaba por disimularlos a fin de agradar a los clientes que le permitían pagar las abundantes joyas con las que se emplumaba como un gallo presumido. Porque, si algo quedaba claro nada más echarle un vistazo, era que a la Brava le gustaba el oro, y en abundancia.
Tras ella esperaban «sus niñas», como ella les decía para no usar palabras gruesas entre la grana más florida de Campeche.
Ninguna estaba allí por vocación. Conformaban una colección resignada que, al otro lado de la mar océana, había encontrado de todo menos fortuna.
Había una sevillana que decía estar casada; contaba Luisa, así la había bautizado el ermitaño Rodrigo en la ermita de la Virgen de los Remedios de Triana, que se había hartado de esperar la carta en la que su esposo la tendría que haber advertido de que podía embarcar para Nueva España. Había esperado tres años hasta convencerse de que o su hombre se había partido la crisma en las montañas del Perú o había hecho fortuna y preferido olvidarse de la palabra dada a orillas del Guadalquivir. Aunque no parecía dolerle el cambio de vida, porque Luisa era de esas almas llenas de sonrisas que bromean hasta con el mismísimo diablo, incapaz de tomarse en serio sus propias desgracias.
Otra era una pamplonesa de nombre Guillermina que había venido con toda su familia para encontrarse el horror de cara. Su padre, jabonero, había arrastrado a los suyos hasta Santo Domingo. Tras acomodarse en una casucha en las playas de la desembocadura del Ozama, apenas un año después de su llegada, la desdichada se había quedado huérfana por mor de uno de los últimos ataques de los terribles caribes; unas bestias que patrullaban las Antillas en busca de carne humana para saciar bárbaras costumbres, capaces no solo de matar y comer a sus semejantes, sino incluso de hacerlos presos, encerrarlos en jaulas y cebarlos como capones. Hasta que fueron exterminados en el nombre de Dios por hombres de Castilla, aquellos bárbaros, que se deformaban las pantorrillas con horribles ataduras para reconocerse unos a otros, se habían acostumbrado al cambio en la dieta con facilidad y habían pasado de comer nativos a comer cristianos. Su sola mención aún arrancaba escalofríos.
Otras dos, muy amigas, habían salido de Cartagena sabiendo muy bien a qué se dedicarían, porque la suya era la única profesión que habían aprendido en su tierra natal, de la que huían a causa de un padrastro de manos largas y virtud escasa.
La más alta, de largas piernas y fina cintura, con aires de gata, era Tomasa, una mulata de piel apenas tinta hija de esclavo y dueña de encomienda caída en desgracia. La muchacha tenía una impresionante melena riza de azabache brillante, y era la favorita de Gundemaro.
Y alguna más había, pero a la que se dirigió Gundemaro en cuanto dejó atrás el último peldaño fue a la más jovencita, Isabel. Al fraile se le partía el alma cada vez que la veía allí, con su frágil aspecto de pajarillo asustado, y más desde que aquel ojo amoratado le decorara el rostro. Había llegado allí como tantas otras, escapando del hambre, pero no lograba acomodarse. Menos aún después de haberse convertido en el capricho de un cliente con la mano larga.
A ella se acercó con rostro preocupado.
—¿Cómo estás? —preguntó cariñoso, rozándole apenas la mejilla con los dedos regordetes.
Ella fue consciente de la mirada severa de la Brava e intentó disimular, pero fracasó.
—Ya casi no duele…
—¿Y las costillas? —se interesó el franciscano.
—Mejor todavía…
—Ya han pasado dos días. Está perfectamente —zanjó la Brava con rotundidad—, son gajes del oficio. Más en estos tiempos, con la ciudad a rebosar, pendiente de la flota. El que más y el que menos tiene algo metido en el asunto y los nervios a flor de piel. Está mejor que una lechuga fresca — recalcó, mirando al fraile con desafío.
El ladrido de la madame arredró a las chicas, que encogieron los hombros, incluso las dos vivarachas cartageneras, que eran siempre las primeras en echarse a bailar y cantar. A todas, menos a Catalina.
Se había quedado retrasada, pero se abrió paso entre sus compañeras y no tuvo reparos en descerrajarle una mirada furibunda a la Brava antes de acercarse a Isabel y recogerla en sus brazos con aires protectores.
—No es cierto —dijo enfadada—, no le hagáis caso, fray Gundemaro. Le hemos puesto la cataplasma que nos trajo ayer, pero aún le duele al respirar y esta noche ha tenido que trabajar —protestó con descaro, sin amilanarse por el mal gesto de la madame—. Tiene que hacer algo… Ha habido suerte y ese malnacido no ha regresado, pero, para la siguiente, ¿quién sabe?
La pena desfiló por los ojos de Gundemaro. De pronto, se sentía aplastado por la culpa. Él mismo caía en la tentación sin remedio. Casi todas las noches la gula o la lascivia encaminaban sus pasos desde el convento de San Francisco hasta el barrio del puerto. Y muchas veladas luchaba con sus propios demonios, pero casi siempre perdía; cruzaba la lonja de pescado para atajar y meterse en la trasera de la cofradía de pilotos, donde la Brava mantenía la amplia casa de dos plantas que utilizaba para su negocio. Se le escapó un suspiro culpable.
—Me temo que, aun investido Papa, no habría mucho que pudiera hacer. Hay perros que llevan collares de oro…
A la madame se le escapó el cinismo del fraile; a Catalina no, y entrecerró los ojos, descontenta.
Catalina era una muchacha rotunda, de caderas amplias y pecho a tenor. Le sacaba una cabeza a la pequeña Isabel y tenía una rabiosa melena del color del trigo a punto de ser trillado. Nacida y criada en Campeche, la joven era para el franciscano una de esas ovejas siempre dispuesta a meter la pata en la topera y desgraciarse.
Su expresión bastaba, y no le hizo falta abrir la boca. A Gundemaro le sacudió la desazón. La conocía lo suficiente como para saber que aquel brillo en sus ojos esmeraldeños no podía traer nada bueno.
—Ya sabes que, en cuanto zarpe la Balvanera, se marchará —repuso en tono conciliador el franciscano.
Ella frunció los labios con un mohín de disgusto. Se persignó y miró al cielo, como pidiendo disculpas por lo que estaba a punto de hacer.
—Pues me da igual si Papa, si obispo o si oblato —riñó severa—. Tenéis que pensar en algo —exigió—. Quién sabe cuándo estará lista la Balvanera. El maese de carpinteros pasa más tiempo aquí que en la atarazana. Va a ser la Ascensión, la flota va con retraso. Más que nunca. Por el amor del cielo, ¿quién sabe cuándo zarpará? Y si a ese cabrón se le ocurre volver…
No acabó la frase, se limitó a arropar más fuerte a la menuda Isabel, y la Brava aprovechó el silencio para imponer su autoridad.
—¡Basta de cháchara! —exclamó—. Nada nuevo bajo el sol, y tú deberías saberlo —añadió, señalando a Catalina con un dedo que era poco más que hueso y pellejo—. Ya está bien. Esto no es una casa de caridad, y todo el que quiera quedarse tiene que pagar o trabajar —gritó tajante, volviéndose ahora hacia el franciscano—. Y ahora, dales confesión, salda la cuenta y vete con viento fresco.
No había mucho más que decir. Todos conocían allí su papel.
Gundemaro, haciendo de tripas corazón, se acercó a la mesa que ocupaba el rincón bajo las escaleras. De camino rebuscó bajo el hábito y, antes de sentarse, dejó unas cuantas monedas de a ocho en la esquina, junto al cerco de una copa de vino que estaba en el suelo, rota. Se sentó pese a los crujidos de protesta de sus rodillas y, cuando logró acomodar sus portentosas posaderas en la magra silla, sacudió los dedos, invitando a la primera a acercarse.
Las monedas duraron sobre la mesa lo que un parpadeo. La Brava se las metió en los entresijos de la falda antes de que una de las cartageneras se llegara a sentar al lado del fraile y se persignase, sin que en su pícaro rostro asomase el menor resquicio de contrición.
Con paciencia, Gundemaro escuchó pecados que ya conocía y dispensó absoluciones que valdrían de poco.
Aquella incongruencia le servía para mantener la conciencia tranquila. Además, contentaba a todos, incluyendo a la rabiosa Brava. Con aquel acuerdo se evitaba el escándalo sin privar a las ocupantes de la casa de los sacramentos, que no tenían necesidad de acudir a la misa de domingo y toparse con las cejas alzadas de las señoronas de la villa.
En realidad, el tejemaneje era un secreto a voces, pero, como se hacía con discreción y Gundemaro se cuidaba bien de entrar y salir del lugar de tapadillo, a todo el mundo le acomodaba barrer las migas bajo el felpudo.
Una a una, fue confesando a las muchachas.
Menos la que se sentaba con él, las demás adecentaban el lugar. Se trajo agua, se puso a hervir, se hicieron bailar las escobas, se prepararon cepillos, se fregó. La casa empezó a oler a jabón limpio.
La última en acercarse fue Catalina. Traía entre las manos un paño doblado que despertó la curiosidad del franciscano.
Ella se sentó, se dejó el bulto en el regazo y, tras los protocolos y bendiciones debidos, fue al grano:
—Ya me lo sé —dijo descarada—. Una docena de padrenuestros y un par de avemarías.
Gundemaro iba a decir algo.
—No os molestéis —lo cortó—. Le echaré tres más de propina a la virgen de Guadalupe; siempre se ha dicho que se apiada de las putas.
El franciscano fue a protestar por aquella desfachatez. Pero no pudo.
—Vamos, fray, no me vengáis con pamplinas, aquí todos sabemos cómo va el cuento. Unos pagan y otros cobran, todos pecan, y la Brava se hace rica. Y el buen Dios… —suspiró con aires decepcionados—. Y supongo que el buen Dios tiene asuntos más urgentes que tratar que los de este putiferio — dijo al fin, con un nuevo suspiro—. Ya se sabe, a Dios rogando, pero con el mazo dando.
Dudo un instante y alzó una mano para contener al franciscano.
—Mire, padre, si el buen Señor tiene a bien socorrernos, pues será bienvenido, pero no creo que ni al mismo san Agustín le pareciese mal que soplemos un poco las brasas para que prendan, porque no hay por aquí ni zarzas ni Moisés que las atienda…
Gundemaro levantó un dedo con gesto admonitorio, y ella, al verlo, sonrió con picardía.
—¿En serio? Si ya voy a ir al infierno por el fornicio —dijo descarada—. Tengo demasiado por lo que arrepentirme —continuó persignándose—, y todos los días le pido a la santísima Virgen que me eche una mano, pero, a estas alturas, ¿por qué iba a preocuparme por una blasfemia más o menos…? ¿Qué os parece si tratamos asuntos más importantes? Que de mi fe, y de mis arreglos con el buen Dios y su hijo Jesucristo, ya me ocupo yo.
Como si fueran una jungla espesa, Gundemaro se perdió en aquellos ojos verdes y terminó por claudicar. Poco podía hacer contra aquel vendaval. Además, conocedora de sus debilidades, pues era buena amiga de la mulata, Catalina se había agenciado un soborno adecuado.
Se echó atrás y mostró el bulto que traía. Desenvolvió el paño, tirando por los picos, y dejó ver un currusco de pan tostado al amor de la lumbre de las cocinas donde hervían el agua de la colada. Encima de la miga había un trozo de queso, fundido hasta tejer una puntilla en los agujeros de la masa, y, como remate, dos lonchas de tocino frito.
—Así que decidme cómo vamos a evitar que le vuelvan a poner un ojo a la funerala a la pobre Isabel —dijo Catalina, ofreciendo las viandas por encima de la mesa—. Y apuraos engullendo eso, que la Brava puede volver en cualquier momento.
Al franciscano se le saltaron las lágrimas. El pan aún estaba tibio. Y los aromas le encharcaron la boca. Percibió el dejo agrio del queso, la salazón del tocino, el contundente rastro del fermento en el pan.
Lo miró durante más rato del que tardó en comérselo. Y todo ese tiempo Catalina guardó silencio, sabedora de la peculiar relación entre el fraile y la comida. Solo cuando el franciscano terminó, ella volvió a hablar:
—¿Y bien?
Se relamió los labios, encontró una miga en la comisura y atrapó unas pocas en la mesa con las gruesas yemas de sus dedos. Luego, cuando tuvo que rendirse a la evidencia de que no quedaban más tesoros que encontrar, se rascó la tonsura.
—Podría fingirse enferma… O en esos días.
—No funcionará —negó Catalina—; con lo que paga ese malnacido, la Brava la obligaría a trabajar aunque se pusiera de parto, y a él tampoco iba a importarle: es un cerdo y no se le levanta… Solo la mira desnudarse, se manosea, bebe, se manosea más, la mira, bebe, se vuelve a manosear…, y, cuando se cansa de que aquello siga como una ciruela, entonces estalla…
Compartieron silencio. Pasó a su lado Tomasa, barriendo. Tarareaba un ritmo extraño de su cuna africana, y el bamboleo al compás amagó con despertar de nuevo los bajos instintos del fraile.
—Tenéis que hablar con él —exigió Catalina, sacudiendo la mano delante de la mirada perdida del franciscano—. Por la mismísima Magdalena, tenéis que hablar con él.
Las cejas le bailaron sin llegar a fruncirse. En los labios se formó una protesta que no logró formular.
—No seáis bruto —repuso ella anticipándose—. No se trata de que le digáis que no pegue a la pobre Isabel —caviló un instante—. Tenéis que contarle alguna milonga. Que la reputación, que la honra, que el buen cristiano…
—Pero esto es una casa pública —adujo Gundemaro.
Ella lo obvió con un manotazo al aire.
—No habréis pensado que se me ha olvidado —dijo con agrio cinismo—. Las putas estamos para salvaguardar el honor de doncellas y casadas — admitió con desgana, repitiendo la cantinela con retintín, sin creer en lo que decía—, para que los hombres no tengan malas ideas con las que desfogarse… Cómo iba aquello… Santa Nefija y doña Urraca daban limosna de su cuerpo, a los moros por dinero y a los cristianos de balde. —Se sopló el flequillo con un gesto de hastío y prosiguió enfadada—: ¡Pero eso no es excusa para que nos sacudan como a esteras! —refunfuñó para sí—. Decidle que un hombre en su posición… Un respetado comerciante…
Titubeó. Hizo una pausa, sabedora de que le faltaban argumentos.
—Le digáis lo que le digáis, no le habléis de Isabel. Habladle de conciencia, purgatorio, infierno… ¿Qué sé yo? Vos sois quien entendéis de esas zarandajas… Pero, por lo que más queráis, no le habléis de Isabel.
—Porque entonces él podría hablar con la Brava —concluyó el fraile.
Ella asintió con una sacudida de la barbilla, recelosa de admitir que no podía permitirse perder su trabajo. Entonces el franciscano añadió algo más:
—Te gusta abarcar más de lo que puedes apretar —dijo en tono admonitorio.
Ella lo atravesó con la mirada.
—Dejad los sermones para el púlpito. Si pudiera hacerlo yo misma, lo haría. ¿Creéis que os lo pediría si pudiera solventarlo por mi cuenta?
Gundemaro se hizo cargo.
—Aunque no mencione a Isabel, no harán falta sabuesos para seguir el rastro…
Le ofrecía una oportunidad de considerarlo nuevamente. Y antes de que ella abriera la boca, era evidente lo que iba a decir; aquellos ojos verdes ardían como una fragua.
—Lo que está bien, está bien, y hay que actuar en consecuencia.
—Algo parecido decía Platón…
Ella bufó como un gato salvaje.
—¿Vais a ayudarme o no? —espetó al borde del grito.
El franciscano supo que no tenía escapatoria. Además, en su fuero interno, deseaba echar una mano.
—Hay muchos zarzales en ese campo…
Ella iba a interrumpirlo para mandarlo a freír espárragos, pero el franciscano aventó las manos en gesto conciliador.
—Solo quiero que seas consciente de que puedes estar metiéndote en un jardín muy embarrado —le advirtió—. A mí poco puede pasarme. Pero a ti… —No hizo falta que ella dijese nada—. Está bien, ya pensaré algo —aceptó Gundemaro, sin saber si alegrarse o apenarse.
Y la sonrisa que floreció en sus labios fue toda una recompensa.
—La virgen de Guadalupe os lo pagará —dijo ella, satisfecha—. Y no os olvidéis traer un poco más de esa cataplasma vuestra. Parece que le hace bien y, si no lo hace, al menos ella lo cree.
—De acuerdo, le diré al hermano Malaquías que prepare otro tarro.
La miró durante un instante y, después de dudar si merecía la pena decir más, el franciscano terminó por hacerlo, incapaz de contenerse.
—¿Sabes? Eres demasiado buena para estar aquí.
Se mezcló una risa con un reniego. Y su melena trigueña cayó como un cortinón sobre el rostro ovalado.
—Ya, claro, en realidad me esperan en la corte… ¿Dónde iba a estar, si no?
La mulata seguía tarareando. Al fondo, se oían los quejidos de la Brava por los precios de un comerciante de vinos que hacía una entrega. Apocado, el pobre hombre no se atrevía a responder.
—Traeré la cataplasma.
Y se levantó, dando por zanjado el asunto.
—¿No os olvidáis de algo?
Él enarcó una ceja. Ella hizo un gesto con la mano. Y el fraile cayó en la cuenta.
—Ego te absolvo…
Los dos sonrieron con complicidad.
Catalina lo acompañó hasta la puerta, esquivando a una de las cartageneras, que cepillaba el suelo. Cuando el fraile ya se marchaba, sorteando el carro del vinatero, ella añadió algo más que lo obligó a volverse:
—Tú también eres demasiado bueno para estar aquí —le dijo, apeándole el tratamiento.
No esperó respuesta y cerró la puerta.
Pensativo, Gundemaro se quedó en la calle, mirando los herrajes y el cartel en forma de escoba que colgaba del dintel.
Camacho asintió. Sabía bien de qué hablaba Mora. Quien más, quien menos enviaba algo a Sevilla, aunque fuera una libra de zarzaparrilla o unos paños de algodón. Y para él suponía la ocasión que llevaba esperando toda una vida.
Se miró los pies. En el suelo había serrín y trozos de palo de tinte.
Había llegado el momento de jugársela.
—Me basta con cinco sextos —propuso con un hilo de voz, tragando ruidosamente.
Mudó de nuevo la expresión del mercader, que contraatacó de inmediato, con el espíritu de un berberisco regateando en el zoco.
—¡Vuelta la burra al trigo! —exclamó con disgusto—. Me arruinas…
Y no dejó a su empleado argüir que el trabajo hecho permitía mayores ganancias. La sola triquiñuela del envío directo a Sevilla era una mina de oro. Y él había sido quien consiguiera un mediador en Triana.
—Es imposible. Además, ¿de dónde ibas a sacar los fondos para cubrirlo?
Todo dependía de la cantidad que viniera en el último cargamento. Pero Camacho se lanzó de cabeza.
—Ya los tengo —afirmó, esperando que no lo pillaran en un renuncio.
Los dientes de Mora mordisquearon los labios por un instante.
—No, no, es imposible —negó—. Estará en juego la honra de la casa — protestó—. No, ¡olvídalo! Además, no tienes nombre ni familia, te faltan avales y linaje. ¡No puede ser!
E hizo ademán de apartarse para seguir inspeccionando la mercancía. Camacho no se atrevió a estirar el brazo y retenerlo. Pero rodeó a Mora y se puso frente a él.
—Cuatro quintos —dijo sin más.
Una sonrisilla extraña bailó bajo el bigote. Dando tiempo al suspense, sacó de su bolsa el palillo de plata que siempre llevaba encima y se hurgó los dientes. Algo logró encontrar entre las ruinas de su dentado y sorbió ruidosamente. Al cabo, sosteniendo el palillo en sus manos angelicales, negó sacudiendo la perilla.
—Tres cuartos —propuso con el aire pesaroso de un penitente con sambenito—. Es todo a lo que estoy dispuesto. Tres cuartos, ¡ojo!, de los beneficios —advirtió el mercader, alzando un dedo—; de los beneficios, no del costo… Eso lo cubres de tu bolsa, siempre y cuando, como prometes —lo señaló como acusándolo de un crimen—, tengas fondos.
Era un abuso. Camacho tendría que comprar el palo al propio Melchor y luego, del beneficio obtenido en Sevilla, solo sacaría tres cuartos. El mercader ganaba en todos los casos.
Y quizá por eso parecía dispuesto a aceptar.
Aun así, sería la ocasión de meterse tímidamente en el negocio. De labrarse un futuro respetable.
Si la Balvanera llegaba a La Habana sin toparse con corsarios. Si la flota partía a tiempo de evitar los huracanes. Si la barra de Sanlúcar no se tragaba la nao. Si su contacto en Triana firmaba como veedor real. Si todo aquello sucedía, por primera vez en su vida, ya no sería el hijo de la Camacha, ya no sería el hijo del inglés. Sus tripas vacías echaron de menos un desayuno más contundente.
—Si tienes para cubrir el costo del palo —insistió Mora ante la falta de respuesta.
Camacho respiró.
—Lo tengo —afirmó al ver un quiebro suspicaz del mostacho.
—De acuerdo entonces…
Quedaron las palabras en el aire e, inevitablemente, Camacho soñaba despierto cuando Melchor lo sobresaltó al cambiar de asunto con brusquedad.
—¿Y dónde diablos estará ese malcarado de Roa? Ya tendría que haber llegado… He asegurado a Pedrarias que contase con mil quintales, ¡mil! Y no podemos fallar…, ¿imaginas lo que escribiría en la licencia?
Señaló a los esclavos y a los indios. Bajo la supervisión de Julián, iban a buen ritmo, apenas quedaban unas brazadas por preparar. Se quedarían pronto sin nada que hacer.
—Coge una mula y ve a su encuentro —ordenó Mora—. Llégate hasta la condenada Laguna de Términos si hace falta, pero no te detengas hasta encontrarlo, y, cuando lo hagas, ocúpate de que se apure en venir —exigió—. Si alguna de las mulas revienta, da lo mismo. Que llegue cuanto antes.
Camacho iba a responder cuando la efímera amabilidad de Mora se desvaneció de un plumazo.
—Y más te vale apurar —amenazó en mal tono—. Si quieres costear parte del envío, quiero ese cargamento aquí hoy mismo… ¡Hoy mismo!
—Tendrían que estar en camino. Si aún están en los cortaderos va a ser imposible…
—¿Y te piensas que me importa? Hoy antes del anochecer, o no participarás.
Camacho se guardó de volver a quejarse.
—¿Está claro? —preguntó el mercader.
Asintió.
—Pues no sé qué haces aún aquí —sentenció. Y se dio la vuelta.
Julián, que había escuchado más de lo que debía, se acercó en cuanto Mora dejó hueco para animar a Camacho.
—Corre, idiota. Es probable que estén de camino.
Se miraron por un momento y, sin decir nada, el medio inglés se puso en marcha.
De las caballerizas que había calle abajo, las que vivían del trasiego del puerto, salía un boyero conduciendo un carro lleno de estiércol. A punto estuvo de atropellar al atolondrado Camacho.
Con apenas un saludo, arregló con el dueño. Se quedó con una mula pinta de largas orejas que parecía la más animosa.
No era un buen jinete, pero salió por la Puerta de Tierra hincando los tobillos en los ijares del animal.
Las campanas de la villa lo despidieron anunciando el ángelus de mediodía.
Menos de ocho horas para estar de vuelta.
La mula era voluntariosa, pero no más valiente que su jinete.
Entre rebuznos escandalosos ya trotaba a toda prisa, de regreso a Campeche, sin necesidad de manos en las riendas. Espantada, huía con tanto o más miedo que el hijo del inglés. Y lo mismo hubieran hecho las que llevaban la carga de palo de no haber estado atadas unas a otras.
Los micos, con sus aullidos escandalosos, le daban ánimos. No eran más que unos bichos de unos palmos de largo, más cola que otra cosa, pero armaban un barullo inconcebible, y, con el jaleo, sin advertir siquiera que su montura se perdía en el horizonte, él se apretaba contra el tronco de aquella ceiba a la vera del camino.
No se dio cuenta de que las gruesas espinas del árbol se quedaban prendidas en su jubón.
Movía la cabeza de un lado a otro.
No se enteró de que también se enganchaba la cinta de su faltriquera.
Estaba demasiado ocupado.
Desesperado, buscaba sin saber el qué. Cualquier cosa que pudiera servir como arma. Debía luchar.
El trozo de pellejo del jerezano seguía allí, tirado sobre la tierra.
Y el maya se acercaba. Gritó algo incomprensible en su lengua hecha de arañazos. Tenía el rostro contraído en una expresión fiera, transfigurada por el odio. Parecía a punto de descargar su maza.
Camacho vio cómo la piel cobriza de su brazo se tensaba. En el hombro traía restos de tierra y un pedazo de hoja seca. El indio, famélico, estaba tan delgado que era fácil contarle el costillar con un reojo.
Quiso morir con dignidad, con la barbilla alta, con una defensa en la mano.
Por puro instinto, o quizá porque el miedo le anquilosó las piernas, se agachó para coger un pedrusco, y la negra obsidiana le pasó tan cerca de la sesera como la flecha de poco antes.
Logró alzar el rostro para ver que su enemigo no se dejaba vencer por el impulso del golpe fallido. Percibió el olor agrio del sudor; hedía a rencor.
El maya asentó el talón contrario y se dispuso para una nueva embestida de revés.
A Camacho incluso le dio tiempo a lamentar su maldita suerte. Iba a quedarse tan cerca de cumplir sus sueños…
Fue entonces cuando la cabeza explotó.
Se desgajó, como una naranja bajo la rueda de un carro. Se abrió y esparció su contenido.
Sintió en el rostro salpicaduras calientes. Vio caer mechones de pelo negro. Las piernas se combaron. Desmadejado, el cuerpo empezó a caer como una cucharada de manteca caliente.
Y entonces comprendió.
Todo estaba envuelto en una niebla acre que escocía en los ojos y escarbaba las narices.
Primero fue el cañón pulido de boca ancha, la madera aceitada de las cachas, el brillo incandescente de la cuerda presa en el serpentín. Y, más allá, la expresión chusca de Roa.
Solo entonces se dio cuenta de que le retumbaban los oídos, sacudidos por la detonación.
—Me debes una, pisaverdes —anunció con sorna.
Sostuvo la mirada. Camacho intentó dar las gracias, pero solo fue capaz de farfullar un sinsentido.
Roa recalcó lo dicho sacudiendo la mano, como si advirtiese a un chicuelo travieso, y se dio la vuelta para atender a los usos de un soldado. Gritó a sus hombres, maldijo a las mulas y salió en pos de más indios.
Camacho se derrumbó entre las enormes raíces de la ceiba. Y sintió que se desinflaba sin redaños. Sin fuerzas siquiera para rezar una salve.
Apenas a un palmo tenía el cuerpo desbaratado del indio. Y el horror quedaba patente. Los moscardones ya zumbaban a su alrededor. El bochorno de la selva exprimía del cadáver el hedor de la muerte.
De haberse permitido un desayuno mejor, allí se hubiera quedado, al pie de la ceiba, pero su estómago vacío no fue capaz de echar nada más que espuma biliosa.
Poco a poco la selva se fue aquietando, como el agua de un charco después de una pedrada. Y, poco a poco, Camacho fue recobrándose.
No supo cuánto tiempo pasó, pero cuando volvió el rostro y miró al cielo el sol se escurría hacia poniente. El tiempo apremiaba. Las palabras de Mora resonaron en su cabeza.
Los hombres de Roa, pasado el peligro de la emboscada, se apañaban para ponerse de nuevo en marcha. Ya había una hoguera encendida, se recogía lo caído, se arreglaban cinchas y cordajes.
El cacereño paticorto al que llamaban Lucas «Dos Pasos», el que más maña se daba con los animales, se encargaba de reagrupar a las mulas, tranquilizarlas y descartar a las que no podrían seguir. Entre todos batieron el lugar y, además de quedarse con todo el jade que pudieron arrancar a los muertos, apañaron el palo desmañado en la refriega.
Con unos golpes de sable y unas ramas de balso se preparó un par de parihuelas que enganchar a las mulas. Una para el cadáver del jerezano, y otra para el portugués herido.
Se rebanó el pescuezo a las mulas que o se habían desgraciado alguna pata o se habían llevado un flechazo, y se repartió su carga entre las que aún rebuznaban. Los dos gaditanos se quedaron sin montura para no dejar allí una ola astilla del palo.
Roa iba de un lado a otro, dando órdenes, asegurando enjalmas y albardas, preocupándose de que el guipuzcoano, el único que sabía algo de tales menesteres, ayudase a Nuno con el flechazo en el muslo. Y demostró que tenía experiencia en el asunto. Echó un vistazo a una de las mulas muertas, le pateó el estómago y desechó la idea con un reniego. Eligió entonces el cadáver de uno de los indios y, sin contemplaciones, le abrió las tripas como a un gorrino. Luego cortó un trozo de la grasa amarillenta del costado.
Todo bajo la atenta mirada de los zamuros. Sobre sus cabezas, los funestos pajarracos planeaban en grandes círculos, impacientes por aprovechar la carroña.
Recortó el trozo como si escogiese tocino de la falda tras día de matanza y lo puso junto al fuego, para derretirlo en una patera que sacó de sus alforjas.
Luego, el guipuzcoano arrastró a Nuno hasta la hoguera, desoyendo sus juramentos en portugués, y, mientras el unto del indio empezaba a hervir, desprendiendo un olor demasiado familiar a cocina hogareña, rajó los calzones del lisboeta con su daga y examinó la herida.
—No es gran cosa —anunció antes de soltar un escupitajo—; las puntas de piedra no son tan jodidas como las de hierro.
Si el guipuzcoano tenía cuajo, al portugués no le faltaba veteranía.
Nuno apenas emitió un quejido mientras la misma hoja afilada que había destripado al indio le abría el muslo para sacar la flecha sin desgarros. Aunque sí gritó cuando vertió en la herida la grasa hirviendo.
Roa se detuvo junto a ellos a tiempo de ver cómo el guipuzcoano remataba la faena improvisando un vendaje.
—Faltan cinco leguas hasta Campeche —anunció—. Haremos una, para alejarnos de este mierdero, no sea que nos quiera picotear el culo alguno de esos condenados —dijo, señalando al cielo—. Y acamparemos entonces. Ya ha sido suficiente sindiós por un día.
Fue entonces cuando Camacho logró volver en sí.
—No, no podemos hacer noche en el camino —contradijo—. Mora quiere el palo en los almacenes cuanto antes.
Roa, airado, saltó como un resorte.
—Lo que quiera Mora me lo paso yo por el forro —dijo con una sonrisa lobuna que sus hombres acompañaron al tiempo que asentían con lealtad—. Nos alejaremos y descansaremos.
—Dijo que, si no estábamos allí antes del anochecer, nos dejaba en la calle a todos.
Roa se rio con ganas.
—No se atreverá —aseguró el soldado—. En marcha —ordenó.
El grupo empezó a moverse, y Camacho se sintió desfallecer. No le cabía duda de que Mora cumpliría sus amenazas.
Quiso poner los brazos en jarras y se dio cuenta entonces de que no tenía su bolsa. Se quedó paralizado. Había extraviado las llaves del almacén.
La partida empezó a alejarse.
Camacho dudó. Miró hacia la ceiba. Miró a las mulas, que daban los primeros pasos. Echó a correr hacia el árbol y buscó desesperadamente.
Los zamuros graznaron impacientes. Le pareció que la selva se cernía sobre él. Desesperado, batió con las manos la hojarasca. Al volver el rostro, ya solo podía ver a las dos últimas mulas, las que tiraban de las parihuelas.
No cayó en la cuenta de que cometía una temeridad. Le preocupaban los zamuros; había oído que aquellos enormes pajarracos, cuando se decidían a destripar cadáveres, no ponían objeciones a trasquilar a un vivo que anduviera por medio.
Pero el peligro no estaba sobre su cabeza.
Tuvo la suerte de que, al bracear, movió una rama.
Y fue aquella rama rota la que sacudió a la bicha, no sus dedos. Camuflada entre la hojarasca, con el mejor de los damascos dibujado en el cuerpo, una cuatro narices había estado sesteando hasta que, por mentecato, la molestó.
La oyó bufar y, espantado, cayó de culo.
La nauyaca alzó su cabeza triangular y amenazante. Sacó la lengua y se balanceó.
Camacho se quedó petrificado.
No le hacía falta reconocer a la sierpe para saber que estaba a una mordedura de brindarles postre a los zamuros.
Ni siquiera pestañeó.
Como una señorona airada, la serpiente comprendió que no había allí amenaza alguna y se dio la vuelta para alejarse con parsimonia, sin miedo a darle la espalda a aquel hombre asustado hasta la médula.
Camacho no se movió durante un rosario entero y, cuando lo hizo, se volvió. Ya no había rastro de la partida de Roa.
Con resignación, dio las llaves por perdidas y salió corriendo.
—Cinco pesos a cada uno —logró decir entre jadeos.
Roa refrenó su mula.
Con cinco pesos se podía comprar un gorrino entero o pagarse una borrachera gloriosa en El lagarto. Eso lo dejaba el hijo de la Camacha a elección de los mercenarios.
Camacho apoyó las manos en las rodillas e intentó recobrar el aliento. Durante su alocada carrera, había echado cuentas. En un solo día iba a malgastar más dineros que en años. También tendría que pagar al herrero para hacerse un nuevo juego de llaves, amén de sobornarlo para que no se fuese de lengua.
—Cinco duros a cada uno por seguir a Campeche y no hacer noche.
Roa no lo dijo en voz alta. Pero consideraba la jugada del inglés. Lo hubiera mandado al infierno, pero todos sus hombres lo habían oído; si rechazaba el dinero, sembraría discordia.
—Seis para cada uno, incluyendo a Jeremías —añadió, señalando la parihuela del muerto.
—No tenía familia —protestó Camacho entre jadeos.
—Pero sí amigos —repuso enseñando el colmillo—. Y la cuenta queda coja… Mejor lo dejamos en cincuenta, y ya lo tasamos nosotros.
—De acuerdo —accedió—. Cincuenta en total, contando a Jeremías. Pero si llegamos al almacén antes de que anochezca —dijo, incorporándose.
Con tal cantidad se podía uno hartar de tocino o beberse una arroba entera del mejor vino traído de Sevilla.
—Pues habrá que ponerse en marcha cuanto antes —concedió el soldado.
Y los hombres de la partida jalearon.
—Me lo voy a gastar todo… —empezó a decir Juan.
—… en casa de la Brava —remató Antón.
Y todos menos Camacho rieron; incluso Nuno, que solo cejó para sujetarse el muslo vendado.
Pese al agotamiento, el hijo de la Camacha trotó para alcanzar a Roa, al frente de la partida. Miró al sol y, apretando los dientes, apuró el paso. Solo le dedicó una maldición a la mula fugada.
Tenían por delante un largo camino.
El olor a pelambre sudada y estiércol lo llenaba todo. Aguzando el hocico, se aventaba el cuero de los correajes y el hierro de los hombres. El impetuoso aroma de la selva no lograba imponerse. Sin embargo, sí lo hacían sus sonidos. Se oía rebuznar de tanto en tanto, también el resoplar de los animales, castigados por la carga, aun así no era suficiente para aplacar el profundo rumor de la jungla. Los susurros de las copas de los árboles, el murmullo de las huellas en la espesura y, desde la rama de un balché, un pequeño cristofué empezó a cantar las estrambóticas llamadas que le daban nombre, propias de un sentido paso de Semana Santa.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que le hablaban.
—¡Espabila!
Al levantar la mirada, vio al soldado, que sonreía divertido.
—Disculpa…
—Preguntaba si se sabe algo de la Balvanera… Ya me jodería que todo este sindiós salga de balde —dijo con acritud—. Tú fuiste el que convenció a Mora de que teníamos tiempo de recoger una última tala.
Hizo bailar una acusación en su mirada, y el veterano siguió hablando:
—A Jeremías habrá que buscarle parcela en el camposanto. Y Nuno ha salido escaldado. Más te vale que haya tiempo y que todos podamos cobrar nuestra parte.
A esas alturas del día, la amenaza no surtió efecto. Estaba demasiado cansado. Y el penetrante hedor de las reatas se le había atascado en el gaznate.
Camacho respiró hondo, miró al sol, calculó cuánto les faltaba para llegar, sacudió el rostro y exorcizó la terrible estampa de la sesera del indio.
—He dejado caer unos cuantos reales por la atarazana —contestó, tras aclarar la voz con un carraspeo—. Y tenemos tiempo —aseveró, sin mencionar una sola palabra de las noticias que Mora había traído esa mañana.
—¿Seguro? Aún hay que picar todo esto —añadió, abarcando con la mano el cargamento a lomos de las acémilas—. Desechar los trozos podridos, escoger los que no están infestados de barrenadores… Se necesitarán unos días.
—No será un problema —mintió—. Además, si hiciera falta, estoy seguro de que Mora podrá llegar a un acuerdo con maese Fragoso —añadió con intención.
Los dos se miraron, y a Camacho le sorprendió encontrar una sonrisa amable en el rostro sin afeitar de Roa. Quizá le había sentado bien la pelea.
—Sí, sin duda —replicó afable—; ese estirado con pintas puede ser muy persuasivo cuando quiere… Sobre todo, si cierra la boca y abre la bolsa.
Despistado por tanta camaradería, Camacho no supo qué contestar. Que él recordase era la primera vez que cruzaban más de dos frases. Sin embargo, Roa parecía animado, con aires parlanchines. Y, para más sorpresa, se echó a reír con escándalo antes de darse una palmada en la frente y hablar de nuevo:
—¿Te acuerdas de hace un par de temporadas…? Toda una semana a gastos pagados en casa de la Brava. Eso se llevó por la jeta ese pisaverdes de Pedrarias. Debió de salir escocido —comentó en tono pícaro.
A Camacho, por toda respuesta, se le escurrió entre los labios un carraspeo. Lo recordaba bien; él mismo había tenido que ir cada mañana a liquidar las deudas que el funcionario de la Hacienda Real generaba cada noche. Y enfrentarse, cada una de esas mañanas, al mal trago de encarar su pasado.
—Aprovecharías bien los trámites —enfatizó Roa con una nueva carcajada, volviéndose al resto de los hombres del grupo para incluirlos en la broma—. Te conocen bien en la casa, y a buen seguro a ti te fían…
Camacho, notando cómo se le ruborizaban las mejillas, prefirió ser dueño de su silencio. Se limitó a mantener un paso vivo.