Balvanera

Francisco Narla · Capítulo 3 de 7 · parte 3/6

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Balvanera

Parte 2

Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.

Al contrario que el hijo de la Camacha, los hombres de Roa engulleron el cebo. Antes de que se apagasen las palabras de su capitán, ya se habían unido a la conversación y se lanzaban pullas unos a otros, con palabras broncas y recio humor de soldado. En un abrir y cerrar de ojos, empezaron las fanfarronadas, e incluso Nuno abandonó los reniegos, los porvidas y las maldiciones sobre los indios y se unió alegre a la jarana.

Las anécdotas y sus inevitables mentiras crecieron, como para abochornar al marinero más curtido.

Camacho no les prestaba atención. Mientras el sol se cernía sobre la espesura, echaba cuentas y se preguntaba si lo lograrían. Y, como las dudas lo atosigaban, palmeaba con discreción el anca de la montura del soldado para que no se quedase atrás.

No advirtió que Roa lo observaba.

Lo miraba fijamente, como un ganadero en una subasta. Y se volvió en la grupa para echar un vistazo a sus hombres, hasta convencerse de que habían recogido el envite. Ocupados con sus bravuconerías, no se fijaban en ellos.

—¿Inglés? —llamó, bajando la voz.

No se molestó en protestar por el apelativo.

—¿Cuándo ha quedado esa sanguijuela de Pedrarias en pasarse por el almacén?

Camacho estaba demasiado cansado para que el reciente interés de Roa por el negocio llamase su atención.

—Su secretario respondió que en cuanto le sea posible. Está muy ocupado, todo el puerto espera a que selle los cargamentos…

—Ese cabrón avaricioso —interrumpió el veterano, negando con la barbilla—. Quiere más, ¿no es así? Se ha enterado de que el envío será mayor y se ha puesto en celo.

Camacho miró a poniente antes de contestar:

—Nada nuevo. —Encogió los hombros—. Mora se ocupará, le ofrecerá razones más convincentes —añadió con segundas—. Aunque no le sobra el tiempo. Tiene muchos almacenes que visitar y mucho lacre que gastar. Todo el mundo quiere los sellos listos a tiempo de cargar las bodegas.

Roa, meditabundo, calló durante un trecho. Por detrás, los hombres seguían presumiendo de noches de ronda y faldas levantadas.

—Y una vez ese caradura selle las corachas ya no pueden volver a abrirse, ¿verdad?

Al hablar de su trabajo y responsabilidades, dejando atrás asuntos más espinosos, Camacho no supo alimentar la suspicacia. Además, le despistó uno de los gaditanos, que se había retrasado dando gritos. Una mula se negaba a seguir avanzando y estaba provocando un colapso.

—No, claro que no, lacradas hasta Sevilla —aseguró con vehemencia—. Eso es algo que corresponde a los oficiales de la Casa de Contratación. Ellos hacen recuento y comparan el inventario con el manifiesto de carga, que se firma aquí antes de la partida.

—¿Pedrarias?

Entre maldiciones, el gaditano ya volvía a la cabeza de las reatas.

—Sí, es Pedrarias el que firma, cierra la cuenta y establece el quinto real. En Sevilla se compara el manifiesto con lo que se descarga de la flota. Y lo que va sin sello no se paga: pasa a engrosar el quinto real, y quien lo haya enviado no tiene derecho a cobro.

—¿Siempre?

—Bueno —reconoció el hijo del inglés—, cuando aquí llegan las pipas de vino, o las de aceite, la cantidad no siempre coincide con las marcas. No debería ser así —negó convencido—. Los contratos deben respetarse. Pero, ya se sabe, siempre hay ajetreo en los puertos…

—Y mucho Pedrarias suelto también —apuntilló con mala baba el soldado.

Aquello hizo sonreír al hijo del inglés y se reflejó rápido en Roa. Tras ellos, los gaditanos contaban alguna anécdota pícara al alimón, e incluso Nuno se reía con ganas.

Entonces el veterano llamó al guipuzcoano.

—¡Urdaneta!

El otro, desentendiéndose de la jarana, obedeció de inmediato y taconeó para animar el trote de su montura. Cuando se puso a su altura, Roa tendió la mano, y el guipuzcoano se sacó algo de la talega y se lo lanzó a su jefe, que lo atrapó en el aire.

—La encontramos cuando recogíamos el palo. Supe que era tuya en cuanto vi las llaves. —Roa se la lanzó a su vez a Camacho.

Este no estuvo tan rápido de reflejos como el veterano, y rebotó un par de veces antes de que fuera capaz de atraparla. Allí estaba su vieja bolsa, y le bastó apretar el sobado cuero para palpar las tres llaves del almacén. La cinta estaba rota y deshilachada.

—Será mejor que te apures si quieres que lleguemos a tiempo —anunció Roa sonriente.

Ni se dio cuenta de que se había detenido y se quedaba atrás.

Incluso se sintió arropado por la camaradería.

 

Incansables, los hombres seguían hablando de borracheras, cornudos y hembras ligeras de cascos.

Por un trecho, un desconocido y dicharachero Roa le contó sobre los Tercios. Camacho quedó absorto por el desparpajo con el que el soldado había capeado la presencia de la muerte. Le impresionó escuchar el relato de los que se habían dejado la vida en el foso de Alkmaar, durante un asedio que se torció de mala manera y se llevó por delante a más de los que Roa quería recordar.

—Aquello fue una cagada indecente… —quedó en silencio por un instante y luego cambió de tema—. ¿Qué tal la calidad del palo?

—Muy buena —reconoció—. Excepcional, podría decirse. Mora está contento…, no se ha quejado ni una sola vez. Conseguirá un buen precio.

Roa asintió con complicidad.

—¿Cuánto?

Camacho se volvió hacia el soldado.

—¿La comisión?

Ensanchando su sonrisa, Roa contestó:

—Sabes que no me refiero a eso.

Inseguro, eludió una respuesta directa.

—Más que nunca —dijo sin desvelar la cifra.

El soldado rumió aquello por un instante.

—Entiendo —dijo con un guiño.

E, imbuido por aquel buen humor, Camacho cedió. No pudo callarse.

—Más de un millón…

—¡La puta de oros! Más de un millón de maravedíes —repitió el veterano con un silbido de asombro—. Eso dicen que le costó a «la católica» la expedición del almirante… ¡Un millón! —Camacho palmeó el aire indicándole que bajase el tono—. Un millón —repitió Roa en voz más baja.

Quedó la impresionante cifra entre ellos y, durante un trecho, lo único notable fue la gigantesca masa oscura de un termitero colgado en la horquilla de las ramas de un caimito.

Llevaban un buen rato descendiendo, y ahora tenían ante ellos un tramo nivelado que incluso Camacho reconoció. Faltaba menos de una legua; el sol sobre poniente les daba el tiempo justo.

—Estaba dándole vueltas… —volvió a hablar el soldado, dudando—. Me he acordado de aquel tabernero al que le arrancamos los bigotes con brea…

Camacho asintió. Todo hijo de vecino había oído la historia.

—Lo de los naipes marcados lo pagó caro —añadió Roa, echando un escupitajo bajo el colmillo—, pero no se trata de eso. —Sacudió la cabeza. Se quedó callado y, levantando el sombrero, se atusó el pelo—. Estaba pensando en que aguaba el vino en exceso —dijo al fin, encasquetándose el chapeo.

Volvió a callar, y aquellos silencios extrañaron a Camacho, que alzó la vista, inquisitivo.

—Se me ha ocurrido que, si la calidad es tan buena esta temporada como dices, quizá Mora podría «aguar» también el palo…

El hijo del inglés enarcó una ceja.

—Le sacaría más partido —añadió Roa.

Sin vislumbrar el trasfondo de sus palabras, Camacho respondió apresurado:

—Oh, no, imposible. Mora puede ser muchas cosas —reconoció sin ambages—, pero jamás permitiría que el cargamento no fuese de la mejor calidad. Lo que más le importa es la reputación —aseguró rotundo—. Así consigue los mejores precios. Nunca haría algo así. Hay muchos que lo hacen, con el palo, el vino, el aceite, con lo que sea… Pero Mora, no. Está como loco porque le concedan la licencia real y quedarse con el negocio para él solo — levantó un dedo para enfatizar sus últimas palabras—, y sabe que no lo conseguirá si estropea la mercancía.

—Podría ganar unos pesos más…

—Podría, pero solo en un envío, para el siguiente no le ofrecerían tan buen trato. Eso es algo propio de Bacheli, él tiene menos reparos en meter las narices en ese tipo de asuntos —reconoció—. Pedrarias lo sabe, y también hasta el último contador de la Casa de Contratación. Pero Mora, no; si lo hiciera, la recomendación del gobernador Céspedes se iría al garete.

Roa asintió conciliador.

—Pues si Mora no lo hace, quizás alguien más podría hacerlo —aventuró.

Carraspeó. Miró de nuevo a sus hombres. Las fanfarronerías ya se habían agotado. Nuno dormitaba. Los dos hermanos gaditanos cuchicheaban como niños compartiendo secretos. El guipuzcoano Urdaneta fumaba con delectación un enorme cigarro que humeaba como una chimenea sin deshollinar; era uno más de los muchos que se habían apropiado de aquella costumbre indígena. Ninguno prestaba atención a la pareja que comandaba la marcha.

—Es una oportunidad que no debería dejarse de lado —continuó Roa—. No hay muchas así en la vida. Llevarse tajada en un millón de maravedíes… —Hizo una pausa marcada—. Solo haría falta dar con alguien que conozca bien las tripas del negocio, que sepa distinguir los maderos y cómo mezclarlos, sin que se note mucho —apuntilló con fingida inocencia—. Alguien que sepa diferenciar bien las calidades. Y también cómo y cuánto deben llenarse las corachas… Bien hecho no creo que en Sevilla noten la diferencia.

Tardó un rato en calar la verdadera intención. Fue como meterse en agua helada. Camacho dudó. Ya no sonreía. Tampoco se sentía parte de aquella camaradería destilada en las risillas de los gaditanos.

—Será mejor que me adelante y avise en el almacén de que llegamos — anunció, acelerando el paso e ignorando su cuerpo magullado.

Roa no insistió. Tampoco profirió amenaza alguna. No hacía falta.

Camacho fue consciente al momento de que no podría hablar jamás de aquel asunto sin jugarse el pescuezo por lenguaraz.

—Pues será por las malas —murmuró el soldado entre dientes, con los ojos clavados en la espalda del inglés.

Por un rato, trotó en silencio. Cuando la distancia entre ambos se agrandó, y llamó de nuevo al guipuzcoano:

—¿Lo tienes?

Urdaneta se palpó el coleto y afirmó.

—Servirán.

Y en el rostro de Roa apareció de nuevo aquella lobuna sonrisa que enseñaba el colmillo.

Cincuenta pasos por delante, cabizbajo, Camacho se apuraba sin atreverse a echar la vista atrás. Solo quería llegar a tiempo al almacén. Necesitaba escuchar que la oferta de participar en el cargamento seguía en pie.

El agua era escasa. O eso había parecido a los primeros castellanos que echaron pie a tierra por aquellos pagos.

Se equivocaron: había agua en Yucatán, pero era tímida. Se escondía en laberintos subterráneos cuajados de cuevas y amplios pozos que los recién llegados aprendieron a nombrar como cenotes.

Escondida en las tripas de la tierra, no dejaba criar a los mosquitos; gracias a ello, apenas había. Y los hombres que habían trasegado tanto mundo, tanto como para ir más allá de todo lo conocido, lo agradecieron, porque todos habían oído las historias de cómo el almirante Colón enloqueciera en la costa de Jamaica por culpa de los condenados mosquitos. Se decía que, aun años después, no mucho antes de morir, el marino seguía palmeando el aire frenéticamente para librarse de la plaga.

Lo que había en Yucatán era selva, y la selva todo lo cubría.

Crecía exuberante, preñada de verde y vida; incluso se comía los caminos de los indios entres sus pirámides y sus templos.

La jungla era dueña y señora. Y si la jungla podía acongojar al más pintado, más poderosa era aún la impresión cuando caía la noche.

Bajo el cielo despejado, con las estrellas huérfanas de luna, parecía crecer. El rumor de las hojas, los pasos de las pezuñas, el batir de alas, los cantos de los bichos. La selva se henchía de vida.

Y Campeche, privada del ajetreo diurno, se encogía, temerosa de que aquel infierno verde la engullese de un bocado.

Los puestos ambulantes estaban recogidos; las obras de las murallas, detenidas; los niños no se perseguían a la carrera. Esperaban madrugones y trabajo duro. La villa se arropaba. La gente se resguardaba.

Aunque había excepciones.

Algunas habituales. Una contraventana se abría para que algún insomne vaciase el orinal; un puñado de pescadores se preparaba para salir a faenar con fachos encendidos, y algún niño no lograba conciliar el sueño porque era la víspera del regreso de su padre desde Mérida. En la casa de la Brava, se daba rienda suelta a la lascivia, y las borracheras se ofrecían en la posada El lagarto, que, como el río de poniente, llevaba el nombre por los caimanes y, a su entrada, había un enorme cartelón de madera de balché que uno de los carpinteros de ribera había tallado a cambio de beber gratis durante un mes.

Y otras extraordinarias. En la barriada más rica de la villa, a dos pasos de la parroquia de San Román, en una de las pocas calles adoquinadas, estaban las casas de los miembros del cabildo, de los comerciantes más poderosos y de quien podía presumir de apellido.

Entre ellas, había una cercada por verja de forja y robustas columnas rematadas con hojas de acanto. La fachada ofrecía escudo familiar en el frontón, y los ventanales daban fe de que había dineros para pagar vidrio de calidad en los confines del mundo.

En la planta baja las candelas estaban prendidas, y la luz enseñaba los colores del inmenso zaguán de entrada. Dentro había un enorme tapiz que conmemoraba la llegada del almirante a San Salvador, donde se decía que había echado pie a tierra por primera vez tras cruzar el océano, mucho antes de acabar enloquecido por los mosquitos. Y al otro lado, sobre una mesa taraceada de patas labradas como garras de león, colgaba un cordobán repujado traído desde Huelva. El suelo era de amplias losas, y en lo alto, señoreaba una enorme lámpara que sostenía una docena de velas de auténtica cera, nada de sebo o pábilos embadurnados. Además, en el aire limpio y fresco, gracias a los gruesos muros y a la buena ventilación, se percibía quemándose en los braseros el aroma del clavo para espantar a las moscas y del nopal para disuadir a los jejenes, pero, aún más importante, se advertía el delicioso aroma de la gallina de tierra asada con hierbas y batatas que había sido la cena. Todo eso había. Y también un franciscano gordo y un lacayo de impoluta librea, que lo invitaba a irse con gestos urgentes.

—La casa agradece la visita —el sirviente pastoreaba al fraile como si condujese un buey fuera del establo—, pero se me ha pedido que os diga que no sois bienvenido y que no regreséis más para este tipo de asuntos. —El tono era neutro, pero solo un imbécil dudaría de la amenaza velada tras aquellas palabras.

Resignado, Gundemaro no sabía si alegrarse porque el asunto quedase en un rapapolvo o si disgustarse por no conseguir su propósito.

Cuando le cerraron la puerta en las narices, se le escapó un suspiro. No merecía la pena mentirse; sabía que, con la excusa de contarle a Catalina lo sucedido, esa noche acabaría sucumbiendo a las tentaciones que la mulata escondía bajo la ropa. Absorto, cometió el error de obviar las represalias.

Al otro lado de la ciudad, en el cuartel más pobre de la villa, un candil de sebo barato y mecha de cendal, más barata aún, iluminaba apenas la más pequeña y desastrada de todas las casas: la del hijo de la Camacha.

A la escasa luz, envuelto en inconfundible peste a grasa quemada, se oía el tintineo de las monedas. Ante sus narices tenía toda una vida de ahorros, aunque para él solo eran un medio para conseguir un nombre.

Apartados, apilados en dos columnas parejas, los cincuenta reales de a ocho. Incluso se había molestado en escogerlos, los más nuevos y enteros, de plata limpia y brillante.

Además de los duros reservados para el soborno, tenía un tazón lleno de cuartillos y medios cortados. Y más y más pilas en las que había repartido toda su fortuna, incluyendo algunos escudos de oro y más de diez mil maravedíes en ducados. También había apartado unas monedas por si le hacían falta a Julián.

En las losas del suelo, sin gastar en papel o tinta, usando un carboncillo del hogar, las sumas. Y, aunque ya las había repasado tres veces, seguía contando.

No podía dormir. Soñaba despierto con abrir su propio negocio. Soñaba despierto con que algún día lo llamasen don Bernal.

Cometió el mismo error que el fraile.

 

Viajando al otro cantón de la villa, a la zona del puerto, junto a la cofradía de los pilotos de marear que se jugaban la vida y la nao sorteando los bajíos de la costa, estaba la casa de la Brava.

En la planta baja, unos candiles de hierro labrado iluminaban el lugar. En los lados, para dejar escapar la luz de las velas, tenían unos agujeros especialmente encargados al herrero. No eran tréboles, cruces o flores de lis, sino insinuantes siluetas de mujeres. Y bajo esa luz pícara se dejaban ver las mesas ocupadas por quienes podían gastarse los cuartos, los medios y los enteros en el vicio y las faldas.

La Brava ofrecía un impecable aspecto que le disimulaba la mala leche. Llevaba el pelo bien arreglado, recogido en un moño. Vestía falda amplia de ruan teñida de añil, rematada con pasamanerías, y un corsé anudado que sujetaba la holgada blusa de algodón y también unos pechos que habían conocido tiempos mejores. Se paseaba entre sus clientes, atenta a que no faltase vino, a que las muchachas se ofreciesen, a que se recogieran los vasos vacíos; atenta, en fin, a que el negocio marchase.

En la planta superior, por el contrario, no se veía un alma. Allí todo el protagonismo lo tenía un largo y estrecho pasillo pegado a la fachada posterior. Por él se accedía a la ristra de puertas que acomodaban las habitaciones donde la casa prestaba sus servicios. Una detrás de otra, desfilaban, encogiéndose desde la escalera hasta la trasera, todas cerradas. Como no eran más que sencillos tablazones, a través de las rendijas se colaba la luz mortecina de los interiores y en alguna de ellas se oía a los más fogosos dando rienda libre a sus ímpetus. Hacia la mitad del corredor, sin embargo, de una no salían gemidos, sino ronquidos. La melancólica Guillermina aprovechaba la embriaguez de su cliente. El pobre iluso, pese a haberse tragado en una sentada dos jarras de vino berciano, había insistido en subir las escaleras y ahora, con el culo al aire y las calzas por los tobillos, con medio cuerpo en la cama y el otro colgando, dormía como solo duermen los borrachos. Ella, cansada, disfrutaba de esos instantes de paz, rechazando la idea de bajar de nuevo.

Al fondo, disimulada por un cortinón, había otra puerta diferente. Daba al dormitorio común que las muchachas compartían.

Aun ocupando todo el lateral de la casa, la pieza no resultaba amplia; estaba abarrotada e, inevitablemente, mostraba que su docena de inquilinas tenían demasiados ímpetus para regirse en tan poco espacio.

Casi no había donde pisar sin tropezar. Sin orden ni concierto, aparecían por allí blusas a remendar, cepillos para el pelo, varillas de salvia para los dientes, aguamaniles, cacharradas varias, potingues y afeites.

Colgando entre las soleras de las dos únicas ventanas, la mulata había puesto a secar en un cordel de sisal hierbas surtidas. Convencida de que su abuelo había sido brujo en uno de los desiertos al sur de Luanda, de donde los portugueses, a quienes no podía soportar, habían arrancado a su padre para venderlo como carnaza, creía ciegamente que conservaba los poderes mágicos de sus antepasados, aunque hasta el presente ninguno de sus muchos conjuros había logrado que a la Brava le diese siquiera un ataque de diarrea galopante. Sin embargo, Tomasa sí sabía qué aceites recomendar a sus vecinas cuando llevaban más de un mes sin usar los trapos.

Y la mulata no era la única que tenía fe en asuntos poco terrenales; las dos cartageneras guardaban una hermosa colección de estampas. Eran muy devotas de la Virgen Santa Madre de Dios en todas sus advocaciones.

Además, cada una tenía su propio catre, aunque no fueran las primeras en usarlo y ni mucho menos las últimas, y un cofre de buen tamaño, porque la Brava las obligaba a comprar vestidos y ropas variadas con las ganancias que conseguían. Las quería presentables y, al tiempo, las atrapaba en su tela.

Las obligaba a pagar por la comida, el alojamiento y todo lo preciso. De algún modo que nadie a excepción de la propia Brava comprendía, en lugar de saldarlas, las muchachas acababan acrecentando sus deudas.

Al ser noche cerrada, todas deberían estar ocupadas y la habitación, vacía; sin embargo, dos muchachas se sentaban al borde de uno de los catres.

Isabel y Catalina.

Entre ambas tenían una de las cestas para las coladas, una vieja con buena parte de los carrizos sueltos.

Con la esquina retorcida de un trapo, Isabelita absorbía leche de un cuenco apoyado en el suelo y se inclinaba sobre la cesta con infinita ternura.

—Son preciosos, ¿verdad? —preguntó a Catalina sin esperar respuesta.

En el interior, en un revoltijo de pelambre, patas, colas y orejas, tres gatitos se perseguían, mordisqueaban, caían y hacían cabriolas sin que la chiquilla consiguiera que prestasen atención a la que se suponía su cena.

—Sí, lo son —reconoció Catalina, haciendo rodar los ojos para reunir paciencia—. Anda, no te despistes, ¿cuál es esta? —Le enseñaba unas letras garabateadas en los enveses de naipes viejos.

Pero Isabel estaba embelesada con los animalillos. Dos eran atigrados, y el otro casi negro por completo. Y cogió a este último en el regazo para acercarle la punta del trapo a la boca.

El gatito la miró con profundos ojos amarillos, maulló y se revolvió, pero terminó por dejarse domeñar cuando los dedos finos de la muchachita le acariciaron el vientre.

—Este debe de ser como el padre, y los otros dos como la madre — aventuró con aires soñadores.

—Por santa Úrsula y su retahíla de vírgenes, ¿qué letra es?

Le echó una mirada de reojo.

—¿Catalina?

Los ojos verdes volvieron a hacer un requiebro.

—Sabes que no tenemos tiempo, antes o después la Brava…

El gatito pegó unos cuantos manotazos al trapo, se cansó, intentó liberarse de la presa y, al cabo, se rindió. Mamó con fuerza, hasta que Isabel tuvo que volver a mojar el trapo en la leche. Los otros dos se habían acurrucado en la cesta y ronroneaban con una paz que Catalina envidió.

—Santo Jesucristo, dame paciencia —dijo para sí—. Vamos, ¿qué letra es? Esfuérzate, debes aprender. Si aprendes, podrás conseguir otro trabajo y salir de aquí.

El gatito negro empezaba a dormirse también.

—Ya veo de lo que te ha servido a ti —repuso la otra, rebelde.

Catalina escondió el dolor tras un mohín y miró el ojo todavía amoratado de la chiquilla. Sabía que si libraba esa batalla la perdería, y prefirió no pelear.

—Vamos, ¿qué letra es?

Isabel dejó escurrir por el hombro un reojo desdeñoso.

—¿Y qué bien va a hacerme aprender a leer y a escribir?

—Ya te lo he dicho —logró decir Catalina reuniendo paciencia—: puedes tener un futuro distinto, lejos de aquí. Un futuro mejor.

El único que respondió fue el animal. Ronroneaba encantado bajo los dedos cariñosos de Isabel. Y Catalina se rindió. Comprendió que poco más podrían hacer esa noche y, tras cuadrar los naipes, los guardó bajo la almohada, que era la suya.

—¿A ti qué te hubiera gustado ser en lugar de puta?

Sabía que no podía negarse a responder. La muchacha era cabezota. Y también que se daría cuenta si no era sincera. Porque Isabel, aunque no lo pareciese, era espabilada. Lo malo era que, como tantas otras en el negocio, también era una ilusa: creía que un gallardo piloto de las naos de la flota se enamoraría de ella y le ofrecería una salida de aquella ratonera. Si no contestaba, volvería a preguntar.

—Por un tiempo… —Calló un instante—. Por un tiempo, creí que… Me hubiera gustado ser monja, dedicar mi vida a Dios —reveló al fin con un hilo de voz en un sorprendente momento de sinceridad.

Isabelita se rio con desparpajo.

—¿Tú?, ¿monja?

En lugar de enfadarse, Catalina resopló con resignación y observó a su compañera con el severo rostro de un admonitor en el convento.

—¿Y la Magdalena? Si el buen Jesús encontró el modo de perdonarle su vida licenciosa, si la tuvo a su lado, ¿por qué no habría de tener yo una oportunidad?

La jovencita hizo un esfuerzo por tomárselo en serio.

—¿Monja? Pero si eso es un aburrimiento. Todo el día rezando. ¡Y encerrada en un convento! ¿Quién querría ser monja?

Aun segura de que no serviría de mucho, Catalina respondió igualmente:

—Alguien que pensase que sirviendo al buen Señor también sirve al prójimo.

Isabelita resopló con tanta fuerza que el gatito despertó, asustado, y escapó de entre sus brazos para acurrucarse con sus hermanos.

Catalina decidió que más le valía salirse por peteneras.

—Maestra —adujo con rapidez—. Me hubiera gustado ser maestra. Y enseñar a las cabezas huecas como tú a pensar por sí mismas, a labrarse un porvenir.

Por unos instantes, ambas guardaron silencios íntimos. La más joven, perdida en las carantoñas de los gatitos. La mayor, pensativa.

Y, sin venir a cuento, Isabel preguntó:

—¿Crees que vendrá hoy? —Aunque consiguió no echarse a llorar, su pecho se sacudió.

Catalina no comentó lo hablado con Gundemaro. Se limitó a engullir en un abrazo a la chiquilla.

—Si ese malnacido viene, yo me ocuparé, no te preocupes. —Y recogió el rostro de la mujercita en su hombro.

 

No lejos de la casa de la Brava, lo suficiente como para que los parroquianos no se confundieran de local, pero tan cerca como para que una borrachera no impidiese cambiar de aires, lucía bajo un fanal aquel caimán de madera que anunciaba la taberna y posada de El lagarto.

Bastaba acercarse para imaginar que los parroquianos debían de estar pasando un buen rato, pues hasta la calle llegaba el soniquete de canciones marineras. Y, fuera, en una placita contrahecha que había quedado descuadrada por las continuas reformas, se veían algunas curiosidades.

Pese a haberse construido cincuenta años antes, con el nacimiento de la villa, la taberna estaba a la sombra de un enorme árbol de jacarandá repleto de flores violetas, sediento por una temporada de lluvias que se retrasaba. Alto y desgarbado, más de un conquistador se había echado una siesta a sus pies y allí, entre las sombras, estaba sentado un indio cojo que no tenía otra cosa para vestirse que un poncho de henequén cubierto de lamparones, a la expectativa de que algún parroquiano de buen humor le dejase caer una limosna.

Por las mañanas, las mejores zonas eran junto a la parroquia de San Román o cerca del convento de San Francisco. Al mediodía, en la lonja o en los corredores del puerto, cerca de la Puerta de Mar, las murallas y la gran torre. Por la noche, solo había dos opciones: o el lupanar de la Brava o la taberna.

Pero la viejuca arrugada no admitía pordioseros que afearan la entrada del negocio. Él lo sabía bien, y mejor aún sus costillas. Le habían dolido por dos semanas la primera vez que se había acercado por allí. Además, junto a la casa de alterne no había un jacaranda ni el aroma de sus flores.

En cuanto oyó pasos, alzó la mano y estiró el brazo, saliéndose de las sombras que el fanal de la taberna arrancaba al árbol.

Sin embargo, aun con las penurias que sobrellevaba, en cuanto reconoció al que se acercaba, se agazapó y dejó que las sombras lo escondieran.

Los tacones de las botas estampaban su sello en los adoquines.

Traía capa terciada al hombro, y los gavilanes del cazo del sable brillaron a la luz del farol.

Bajo la cabezota de madera, en la que el ebanista había tallado la crueldad de interminables filas de colmillos, se detuvieron un sombrero y su dueño.

El hombre no advirtió que el indio lo observaba y se entretenía con el tintineo de sus monedas. Estaba demasiado ocupado; sopesaba el contenido de la faltriquera al cinto. Se le advertían los nervios por templar.

Por el lateral de la posada corría una escalera que llevaba a las habitaciones sin tener que entrar al negocio, y, cuando la puerta al final de los escalones se abrió, el hombre llevó de inmediato la mano al pomo de la toledana.

Era una de las muchachas de la Brava. Finiquitado un trabajo a domicilio, volvía a sus obligaciones en el lupanar.

—Buenas noches —saludó risueña.

El indio vio que la muñeca del hombre se relajaba. No le devolvió el saludo.

—¡No seas desaborío! Lo cortés no lo da la cuna, sino el entendimiento —refunfuñó ella, sonriente, no tanto para quejarse por el silencio, sino más bien para congraciarse y, quizá, ganarse la oportunidad de un servicio más—. He acabado con tiempo, si te apetece entretenerte…

Quedó el ofrecimiento en el aire, con un contoneo coqueto y una mirada gacha que hacía promesas para cumplir bajo las sábanas.

—Me llamo Luisa —se presentó sin perder la sonrisa, acercando una mano pizpireta al hombro que cargaba la capa—. La bruja no anda por aquí —añadió con marcada intención—. Podríamos acordar una tarifa conveniente… —hizo un alto y frunció los labios—, si sabes guardar el secreto —añadió, acercándose al hombre—. Yo no se lo diré si tú no lo haces… —aseguró, tentadora.

—Otra noche mejor.

—Tú te lo pierdes —repuso inmediatamente con resignación.

Sus mañas se desvanecieron. Ya no había rastro de provocación.

—Ya sabes dónde encontrarme —finiquitó la conversación.

Y pasó de largo. En tanto, el hombre volvió a su bolsa.

Solo cuando pareció convencido de que tenía lo suficiente, asintió para sí con una sacudida del mentón y, quitándose el chape, se dispuso a entrar en el negocio, murmurando para sí mismo: «No se puede perder siempre…».

A la luz del fanal, mientras el hombre miraba a ambos lados antes de franquear el umbral, el pordiosero vio las afiladas sombras en un rostro que todos conocían.

Era el cazador de hombres: Damián de Roa.

Cuando Roa entró en El lagarto, volvieron la cabeza todos los que no estaban demasiado borrachos como para hacerlo sin echar hasta las papillas de infancia.

Y, como centellas, al reconocerlo, la giraron de nuevo para ocuparse de sus propios asuntos con hombros encogidos.

El que mejor disimuló el susto fue un espartero que tocaba la chirimía para dar melodía a las canciones que entonaba uno de sus aprendices, un muchacho de aires frágiles conocido en todo Campeche por cantar como los ángeles. Había escapado de Madrid porque lo querían hacer capón para los coros de la corte.

—Me decían que, si alguien preguntaba, contase que había sido un accidente en el taller de mi padre —contaba a quien quería escucharlo, consiguiendo que al interlocutor se le espantase la cara mientras echaba manos abajo para protegerse la entrepierna.

También el tabernero se acomodó pronto. Tras tantos años en el negocio, conocía bien el percal.

El coruñés había abandonado su ciudad natal cuando los ataques del bellaco inglés, decidiendo que, si había que luchar, mejor hacerlo a cambio de oro y fortuna que por salvar el pellejo ante el perro enloquecido de Draque. Sin embargo, pese a todo el ímpetu, le había bastado poner el pie en La Habana y ver el lamentable estado de los que pululaban por la isla para darse cuenta de que había mucho más que ganar sirviendo a esos desesperados que uniéndose a ellos.

Se llamaba Rodrigo Toral, y había comprendido casi al instante que, reunir los fondos, conseguir armas, lidiar con la burocracia hasta obtener una patente, salir a lo desconocido y jugarse el pellejo a cambio de un oro que podía aparecer como no, era, a ojos de cualquiera con dos dedos de frente, una locura; más aún cuando, de lo que se consiguiera, si se conseguía algo, había que dar un quinto al rey Felipe sin que este hubiera movido un dedo.

En La Habana y en cualquier otro rincón de aquel «nuevo mundo», lo que la mayoría de los aventureros llevaban en la bolsa eran agujeros. Y a Toral, respetuoso como era con la Corona, le pareció que, para ceder a la Real Hacienda un quinto de nada, mejor era dedicarse a otros asuntos y mantener la cabeza pegada al cuerpo. Así que, en cuanto tuvo noticias, recién llegado a Cotoche, de que al dueño de El lagarto le habían metido un atizador por la oreja, decidió aprovechar la oportunidad.

Hasta ahí se oía si se preguntaba en lo buenos ambientes; incluso había quien recomendaba la posada por limpia. Sin embargo, si uno se atrevía con entornos más sórdidos, el cuento era distinto. En rumores bajo manos que cubrían bocas, algunos decían que, al poco de empezar su aventura, a Toral se lo había comido la ruina y que, para seguir adelante, no le había quedado otro remedio que aceptar la coacción de los garduños, de los que, si se contaba algo, se hacía bajando aún más la voz y escondiendo las intenciones. Porque se chismorreaba que los miembros de la Garduña, a ambos lados del océano, eran quienes metían mano en las aguas más turbias.

Pero, tanto si era honrado como si había terminado en las redes de un crimen organizado desde Nápoles a la misma ciudad de México, a Toral le iba bien. Entre otras cosas, porque sabía mantener la boca cerrada y porque evitaba los líos en el negocio.

De ahí que, al ver al viejo soldado en el umbral, Toral ensayase la mejor de sus sonrisas.

—Buenos los ojos —saludó afable, animando con un gesto a los clientes para que no abandonasen sus quehaceres.

Mientras la chirimía seguía sonando y aquel que iba para castrato engolaba la voz, Roa se acercó a la fila de barriles desde la que se atendía a los parroquianos.

—Una jarra de cualquier cosa que tengas que no esté aguada.

—Aquí no se agua el vino —repuso Toral, enseñando hasta el último de sus dientes picados en una amplia sonrisa—. Pero para un hombre de tanta categoría, para alguien que se ha jugado el pellejo bajo el pendón de san Andrés, tengo yo un orujo de mi tierra que llegó en el último envío. Algo muy especial, ¡auténtica ambrosía! Reservada, por supuesto, para mis mejores clientes.

—Serán meos de burra —soltó con desprecio el veterano en tanto se descubría y abandonaba el sombrero en los barriles.

Aunque parecía imposible, la sonrisa de Toral creció. Se dio la vuelta para servir lo prometido.

En realidad, aquel brebaje no era orujo, y tenía lo mismo de gallego que la Giralda, a la que Toral solo había visto de reojo antes de embarcarse en Sevilla. Se trataba de un destilado de agave, que el tabernero había aprendido a fabricar gracias a un franciscano borrachín llegado a Campeche desde el monasterio de la orden en Santiago de Tequila. El fraile había descubierto allí cómo sacar partido a los trozos de pulpa de la planta, que los nativos tomaban como golosinas. Los usaba para sustituir a las endrinas del pacharán que tanto echaba de menos tan lejos de su Navarra natal. El resultado era un potente bebedizo con un trasluz azulado al que el propio Toral se había aficionado.

Con mimo por su producto, de la espita en un tonelete anclado en la pared, el tabernero llenó una jarra y la puso frente al soldado junto a un vaso de barro. Cuando iba a servir, como si acabase de acordarse de algo, se palmeó la frente.

—Dejó recado el Rubio —dijo, apoyando la jarra en la tapa de uno de los barriles, sin llenar el vaso—. Anda buscando algo que extravió, y está convencido de que tú lo encontraste…

No acabó la frase y la sonrisa no bailó un ápice, tan amplia que asomaban las muelas del juicio. Todo él rezumaba afabilidad, excepto el tono de su voz al pronunciar las últimas palabras, gélido.

Roa carraspeó, arrastró la lengua ruidosamente y terminó por escupir en el suelo, cubierto del serrín de las atarazanas, un enorme gargajo.

—Pues que tenga cuidado, no vaya a ser que pierda algo más importante…

A sus espaldas, zumbó un chismorreo, como un moscardón.

Roa fingió no enterarse y señaló la jarra. Pero Toral no se arredró.

—Hombre, yo creo que es natural —dijo el tabernero alzando la jarra, a punto de abocar la bebida pero sin llegar a hacerlo—. Me pareció que se nota ligero… —Miró a Roa a los ojos y volvió a apoyarla en el barril—. Y debe de ser contagioso, porque yo también —remarcó, alzando las cejas—. Me noto especialmente ligero por esta zona de la cintura —añadió, sujetando la faltriquera al cinto.

Levantó una vez más la jarra. De nuevo, la inclinó para servir. Y, una vez más, la volvió a apoyar sin hacerlo.

—Ahora que lo pienso, a lo mejor es una epidemia. O cosa de meigas…

Roa, cachazudo, cogió el vaso vacío. Lo inspeccionó con detenimiento y lo devolvió a su lugar.

Un par de clientes, los que estaban en la mesa más cercana, dejaron unas monedas en los maderos, se colocaron los sombreros y salieron a toda prisa.

El tabernero se acercó al lugar, recogió los trastos y pasó un paño húmedo. Después se metió las monedas en la bolsa y, tras regresar a los barriles, volvió a hablar a Roa:

—Es curioso, empiezo a notar cierta mejoría…

El veterano no se inmutó. Quitó unos pétalos de jacaranda pegados al ala del sombrero y, con tanta delicadeza como si tratase con una mariposa, lo apoyó de nuevo junto a la jarra y el vaso.

Los dos hombres se miraron, y Toral decidió largar cuerda.

—Ya sabes cómo es el Rubio… No conviene que se disguste.

Roa chistó.

—¿Te he hablado alguna vez de cuando me ganaba el pan persiguiendo esclavos?

El tono fue casual, como si hablase con un viejo amigo. Pero el tabernero captó algo diferente y tanteó el espacio entre dos barriles; allí guardaba una garrota quitapenas.

—No recuerdo tal cosa —respondió Toral.

—¿No? Qué contrariedad. Verás, había quien pagaba porque los llevase de vuelta; lo lógico, simplemente querían recuperar su mercancía, y muchos se ocupaban ellos mismos de darles unos latigazos para quitarles las ideas de libertad. Sin embargo —continuó, llevándose la mano a la canana donde colgaba aquella particular docena de apóstoles a rebosar de pólvora—, había casos, digamos, especiales. —Bajó los dedos hasta la empuñadura del hierro —. De todo hay en la viña del Señor —añadió, haciendo rodar los ojos y acabando aquellas florituras de manos para poner la derecha en la pistola—. Algunos de esos condenados negros podían haberse cagado fuera del tiesto. A lo mejor, al fugarse, habían provocado un incendio, se habían llevado por la mano parte de las mercaderías de la casa o habían hurgado las faldas de quien no debían. Lo que fuera —hizo un aspaviento—, a mí y a los míos no nos iba un bledo mientras se pagase la tarifa, ¿comprendes?

Toral sujetó la garrota y, sin dejar que el soldado lo viese, la levantó un par de pulgadas.

En ese momento, al castrato se le acabó el repertorio y decidió que era mejor echarse un trago al coleto. El gesto sirvió de excusa para que otro par de parroquianos cayeran en la cuenta de que se les hacía tarde.

Aunque también dejaron unos reales en la mesa, esta vez Toral no se acercó a recogerlos.

—Lo lógico en asuntos de ese pelaje —respondió por el contrario al veterano, con falsa amabilidad.

—Así es —concedió este—. En esos casos, no se nos pagaba por devolver el esclavo; se nos pagaba por cazarlo… —Algo ominoso brilló en el colmillo bajo la sonrisa de Roa—. Y lo que es más… Si el negro había sido un cafre, o si al dueño le salía de los huevos, que a mí me daba lo mismo, allá cada cual con sus razones, entonces yo ofrecía un servicio acorde. Un servicio, podría decirse, particular —añadió, recolocándose la mecha en la muñeca—, algo más definitivo. ¿Estás seguro de que nunca te lo he contado? A mí me parece recordar que te había hablado yo de estos remedios que uno aprende en la selva…

Toral negó sacudiendo el mentón. Los dedos apretaban la garrota con tanta fuerza que los nudillos blanqueaban.

—Pues es una pena. Podría serte útil. De estos indios de mierda hay poco que aprovechar, pero conocen su selva. Para cada mal, hay una cura. Saben de cada maldita planta, arbusto y bicho.

Alguien tras él tosió nervioso, aquejado de pronto de una incontrolable carraspera.

—Hay que encontrar un hormiguero; también valen los termiteros, pero los hormigueros son lo mejor —aclaró con un falso tono de complicidad—. Es necesario tener cuidado con esas negras y cabezonas —advirtió—, que cuando muerden duele como un navajazo. No sé si lo sabías, pero se pueden usar para dar un costurón a un tajo. Las arrimas a la piel y, después de que muerdan, les partes el pescuezo y dejas solo la cabeza —aclaró haciendo una pantomima sobre el antebrazo, como si tuviera allí un corte que sanar—. Queda tal cual como si te hubiera cosido un buen cirujano barbero… Eso también lo aprendí de los indios —puntualizó alzando un dedo—. Pero no, para esto de lo que te hablo son mejor esas pardas y pequeñas, o las que cortan hojas como jardineros de la corte.

Algunos de los parroquianos habían dejado de prestar interés a sus propios asuntos y también escuchaban. Una partida de dados se había quedado a medias.

—El caso es que hay que desterronar el hormiguero y, en un capacete, se majan las hormigas, como haciendo una picada de almendras para guisar un pollo. —Acompañó la explicación sacudiendo en la mano un almirez imaginario—. Y hay que ser generoso —apuntilló—, más vale que sobre…

Igual que los dados, un mazo de naipes se quedó sin barajar.

—… Entonces buscas un claro en la selva, o lo abres a sablazos, lo que cuadre. Además, se necesitan cuatro buenas estacas de madera recia, una soga de calidad y una caña. De hecho —advirtió—, la caña es lo más importante, de la caña no puede uno olvidarse.

El tono se había ido haciendo más grave. Aquella complicidad de las primeras parrafadas se había diluido.

A Toral, el consuelo de la garrota empezaba a escasearle.

—Sí, la caña es muy importante —insistió, antes de hacer una escueta pausa en la que volvió a mirar el vaso vacío y la jarra llena—. En fin — suspiró—, cuando lo tienes todo, has de dejar al negro como Dios lo trajo al mundo. Y luego lo echas al suelo en el claro de la selva para amarrarlo a las estacas como si fueras a desmembrarlo, abriéndole bien los brazos y las piernas.

Enfatizó sus palabras extendiendo las manos, como si fuera a echarse a volar.

—Entonces se embadurnan bien las piernas del negro con el majado de hormigas, siendo generoso, pero sin excederse; la mayor cantidad no va en el pellejo. —Calló para dar tiempo a que calasen sus palabras—. Y entonces, con el negro untado como un pollo listo para el espeto, hay que usar la caña… Hay que abrirle las asentaderas y meterla en el ojete —explicó, moviendo la mano con ímpetu tal que dio una estocada que remató girando la muñeca a un lado y a otro—. Y asegurarse de rellenar los interiores, como si se cebase un capón. —Se acompañó con una mano sobre la otra, apretando con fuerza el puño contra la palma—. Cuanto más, mejor. Y, al acabar, tiras la caña; como comprenderás, esa asquerosidad ya no sirve para nada.

Lo único que se oía en la taberna era la voz del soldado. Hasta las moscas parecían haberse cansado de sus revoloteos.

—La pasta pica como una condenada, te lo puedo asegurar; como te caiga encima de un rasguño, se ven hasta las lenguas de fuego de Pentecostés… No sé qué diantres tienen esas hormigas en las tripas, pero es como arrimarse a la lumbre y, en cuanto las tienen dentro, esos negros patalean como saltamontes en el anzuelo. Hay que sujetarlos bien y asegurarse de que no se deshagan los nudos —aconsejó—. Chillan como cerdos en matanza.

Calló entonces Roa y, con acierto, el tabernero supo que, pese al silencio, aquello no había terminado. Le empezaban a doler los dedos con los que sujetaba la garrota.

El veterano disfrutó del silencio. Todos los que quedaban en la taberna le prestaban atención, incluso podía escucharse la respiración laboriosa de quienes trabajaban en el aserradero.

Roa, como un titiritero en medio de su espectáculo, dejó que creciera el interés e hizo ademán de volver a hablar, pero repentinamente encontró algo que arreglar en la mecha de la muñeca.

—Y entonces viene lo más difícil —empezó de pronto, alzando la voz, lo que provocó más de un respingo—. Lo más difícil: esperar.

Dejó que la imaginación de cada cual se industriase a su modo.

—Son como una mezcla de caballo y puerco, con la cabeza alargada y la cola peluda —explicó, sorprendiendo a todos—. Pardos, con el lomo oscuro. Tienen garras como de oso —adelantó la mano izquierda sobre los dedos de la derecha, señalando uñas de un palmo de largo—, y los pulgares vueltos hacia atrás; cuando los clavan, si intentas liberarte, entran más profundo. Y la lengua es afilada como un estoque, y tan áspera que vale para cepillar madera. Y larga, larga como una vara de medir paños.

A su alrededor, algunos miraban a sus compadres, y estos se encogían de hombros.

—No tengo ni repajolera idea de qué demonios son… Aunque «demonio» les viene al pelo. Los indios los llaman tamandúas… Son bichos que andan por la selva buscando hormigueros, es lo que les gusta comer. Les encantan esos bichos. Es lo único de lo que se alimentan.

Al que iba para castrato se le escapó un gemido al imaginar el final de la historia del veterano.

—Así que tienes al negro boca abajo, aullando de dolor porque le arde el culo, bien atado al suelo, con las piernas abiertas a más no poder y embadurnado como una tostada. Y a esperar. Antes o después, a veces al día siguiente, aparece uno de esos tamandúas. Siempre aparecen. Basta con tener paciencia.

Seguir: parte 4 de 6