Balvanera
Parte 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
Catalina, que empezaba a impacientarse, se encogió de hombros.
—Pues está bien claro: si no a los ojos de Dios, al menos a ojos de la congregación, conviene un poco de discreción, ¿entiendes? La mujer del César no solo ha de ser honrada, también ha de parecerlo.
Catalina, con tal de continuar caminando y resguardarse de la lluvia, estuvo a punto de decir que sí, pero prefirió ser sincera.
—La verdad es que no.
—¡Hija! Pues que no puedo meterte en el convento sin más. Ya mis pobres ansias pecadoras y mi cuerpo corruptible —puntualizó— me han llevado a más de un exceso, pero hay que poner un límite. Así que diremos que estás enferma, y así serás atendidas en las camas que reservamos como hospital.
—Pero yo no padezco de fiebres —adujo Catalina. Y, tras una breve pausa, añadió con sorna—: Puedo rezar a san Alberto.
El franciscano se agitó, balbuceó y manoteó el aire.
—¡Pues dices que se te ha engorronado un orzuelo! ¡O que andas suelta de tripas! Pero disimula, carajo, disimula. Que no será la primera vez que finges, digo yo…
Aquello arrancó una sonrisa en la joven, que, con buen humor pese a la mojadura, escondió una mano a la espalda y soltó un largo suspiro.
—Padre —dijo—, mientras me den un techo hasta que encuentre cómo apañármelas, yo si quiere me hago pasar por manca. Pero vamos, que podía dejarse las homilías para los domingos e ir al grano, que tarda una eternidad en decir cualquier cosa… ¡Por las torturas de la santa Cristina!, ¡se hace una vieja escuchándolo!
Se miraron bajo la lluvia y, sonriendo ambos, asintieron.
—Está bien, está bien —concedió el franciscano—, lo intentaré. Anda, ¡vamos! Que me va a coger el frío y el que va a acabar enfermo de verdad voy a ser yo. Además, tengo un hambre de lobo…
Y enfatizó la coda palmeándose el barrigón como si felicitase a un perro obediente.
—Pues camine, que no he sido yo la que ha decidido ponerse a dar sermones bajo la lluvia…
Y siguieron hacia el recio convento de los franciscanos donde, además de iglesia para consolar el alma, los desamparados encontraban atención y los hambrientos sopa boba a cambio de quedarse a la misa de ángelus.
Lo que ninguno de los dos esperaba, entrada la noche y bajo aquel aguacero, era encontrarse con otra pareja cuando ya estaban a punto de alcanzar el portalón de entrada.
Un indio roñoso y cojo pasaba las de Caín para ayudar a caminar a un pobre desgraciado con la cara hecha un guiñapo. El herido no era capaz de dar dos pasos sin amenazar con caerse de bruces.
Catalina, bienintencionada y más ágil que el franciscano, se adelantó para echar una mano. Sin embargo, en cuanto estuvo más cerca, se detuvo en seco.
—¿Tú?
El indio, resollando por el esfuerzo, se detuvo, y en su rostro quedó reflejada la incomprensión. Catalina lo ignoró; la mirada fija en la cara amoratada y la nariz rota de Camacho.
—Tanto has querido subir que al final te has caído desde bien alto, ¿verdad?
Y pareció que iba a callar, pero añadió algo de inmediato:
—Pues lo tienes bien merecido, y que me perdone el Señor por desearte mal, pero lo tienes bien merecido.
Camacho, apenas consciente, no fue capaz de responder. Tan solo logró incorporarse levemente, y la joven, igual de airada, se dirigió al indio.
—¿Qué ha pasado?
El maya permaneció en silencio.
—¿Me entiendes?, ¿hablas cristiano?
No hubo respuesta, solo unos ojos pardos y sumisos que la miraban como un cachorrillo receloso de llevar otra bofetada en el hocico si orinaba donde no debía.
Y Catalina, como si fuera a ayudar, repitió la pregunta, alzando la voz y hablando más despacio.
—¡Por la Santa Cruz! ¿Qué le ha pasado a este mentecato engreído?
La respuesta se la dio el fraile, que había logrado alcanzarlos.
—Es mudo —farfulló entre jadeos, intentando sujetarse la tripa para que no se le desparramase con el respirar que traía.
—¡Qué va a ser mudo este cantamañanas! Cuando quiere habla mejor que el mismísimo san Ambrosio. Por los codos, se lo digo yo, aunque todo lo que dice son tonterías —declaró llena de razón—. Es un loco que sueña despierto.
—Ese cantamañanas —repuso el religioso—, como dices, no creo que pudiera responder ni aunque bajase san Antonio de los cielos para inspirarlo. No sé quién ha pintado el cuadro, pero es un buen artista. No —negó sacudiendo todas sus papadas—, yo me refiero al indiecito —lo señaló—. Es mudo, lo conozco, viene a menudo a servirse de la caridad del convento.
Aquella revelación dejó fuera de lugar a Catalina, que no supo qué más decir; tan solo miró alternativamente a cada uno de los tres hombres con perplejidad.
Entonces, el franciscano se hizo cargo.
—Ya veo que este pobrecillo no es plato de tu gusto, aunque es evidente que a él no le hace falta fingir. —Y en un arrebato de descaro añadió algo más con una enorme sonrisa—. Este está jodido de verdad.
Y asumió el mando de la nao.
Tras llamar al portalón, convenció al fraile a quien le había tocado guardia en la portería de que dos ovejas descarriadas necesitaban cuidados, tanto para sus maltrechos cuerpos como para sus almas descuidadas. Porque, al fin y al cabo, todos, buenos y malos, pertenecían al rebaño, y el buen Señor estaba siempre dispuesto a ofrecer cobijo al hijo pródigo.
Solo se vio obligado a presionar un poco para que dejasen quedarse al indiecito del poncho, quien se negó en rotundo a marchar y parecía decidido a acompañar a Camacho hasta el mismísimo infierno.
Cuando el portalón se cerró, la calle quedó vacía, a no ser por los charcos, que seguían creciendo bajo aquella lluvia inagotable.
Ni siquiera los gatos se atrevían a salir.
Aquella misma lluvia veía gotear desde el alero de una de las habitaciones de El lagarto el maese de la Balvanera. Fruncía el ceño. Y los que sufrían eran sus bigotes; como no podía estarse quieto, los atusaba de continuo.
Salustio Fragoso se encontraba incómodo desde su arribada. La condenada broma lo había llevado a hospedarse en tierra mientras los calafates se encargaban de la nao y ahora, para más inri, se preguntaba si sería demasiado tarde para zarpar.
La temporada seca había terminado y, con las compuertas de los cielos abiertas, también llegaban los traicioneros vientos de norte, que convertían las costas yucatecas en una trampa con alma de judas.
Antes de darse la vuelta para apagar el candil y echarse en la cama, chistó con resignación. No tenía muchas opciones.
El candil se extinguió con un siseo y quedó humeando sobre la sencilla mesa, donde también había recado de escribir y una buena montonera de papeles. Amén del cuaderno de bitácora, tenía allí los manifiestos de carga y los detalles del inventario, abundantes y enrevesados, pero sin una sola mención a los sobornos, las marcas rehechas en las pipas o el cálculo por lo bajo del quinto del rey. Y en ninguna parte aparecía que, como a la venida, la codicia de Salustio Fragoso había optado por sobrecargar la nao.
Y no aparecía porque el mismo Fragoso se mentía a sí mismo al respecto, intentando convencerse de que, cuanto hacía en el comercio de ultramar, era para mayor gloria de Castilla y de su majestad don Felipe.
Antes de acostarse, refunfuñando, con el entrecejo aún fruncido, rezó un paternóster, se santiguó y dijo a la habitación:
—Habrá que hacerlo, por Dios y por España.
Le costó conciliar el sueño. Y, cuando por fin logró asentarse, tuvo pesadillas con terribles vientos y peores tormentas que amenazaban con rasgar las velas de su barco.
Unas esquinas más allá, la misma lluvia golpeaba los caros cristales de las ventanas en barrotillo del salón principal de la fastuosa mansión de la familia Mora.
El dueño acababa de llegar con un humor de perros. Y a todos en la casa les había quedado claro.
Tras sacudirse la capa empapada y dejarla sin más en el suelo del zaguán, había pedido a gritos que le sirviesen el mejor espiritoso de las bodegas antes de encaminarse al salón principal, donde se exponían piezas de bronce de algunos de los barcos de los que su familia había sido armadora. La colección incluía también algunas extravagancias, como una campana en la que aún podía leerse «Marigalante», pese al robín verdoso; el padre de Mora la había comprado años atrás, y la familia presumía desde entonces de tener el auténtico bronce de la nao de Juan de la Cosa que encallara en las costas de La Española, la Santa María, aquella que había terminado convertida, por orden del mismísimo almirante Colón, en el Fuerte de la Natividad, de infausto recuerdo.
Se acomodó en una lujosa silla de madera de castaño y respaldo de cuero fino que parecía la cátedra de un obispo en el coro recién hecho en la catedral de Alcalá de Henares, pues tenía más animales labrados en las patas que el arca de Noé en sus bodegas. Tan escaso de talla era que apenas le llegaban al suelo las puntas de sus borceguíes.
La silla estaba dispuesta frente a una enorme chimenea con un frontal tallado en mármol lunense de las canteras italianas de Carrara. Y Mora, en cuanto acomodó las posaderas, extendió las manos hacia el calor de las llamas.
Cuando su lacayo llegó con la bebida, le preguntó en mal tono:
—¿Qué sabemos del superior de los franciscanos?
Y bebió al instante con ansia. El sirviente meditó la respuesta, sabedor de que se esperaba de él eficiencia y de que el precio por lo contrario sería alto.
—Fray Humberto. De Ávila, creo. En tiempos hicimos alguna donación —dijo, sin recalcar que hacía meses que no sobraban dineros como para hacer sobornos—. Sin embargo, lo más notable es que vuestro santo padre le echó una mano a su hermano mayor.
Mora enarcó la ceja y vació la primera copa de auténtico orujo traído desde las riberas orensanas del Miño.
—Cuando Quiroga gobernaba en Nueva Extremadura hubo altercados con el obispo de San Miguel por los nombramientos, y al hermano de fray Humberto lo salvó de la horca la intervención de vuestro señor padre ante los oidores.
—¿Y por qué se entrometió el viejo en esos asuntos?
El lacayo se encogió de hombros, ignorando el poco aprecio que se advertía en la voz de su señor por su antecesor.
—Ya sabéis cómo era vuestro padre —adujo en tono cómplice—. Le gustaba que la gente le debiera favores.
Mora asintió, haciéndose cargo.
—¿Y hemos tenido algún tropiezo con ese tal Humberto?
—No, no que yo recuerde —contestó el lacayo.
—Pues mañana al alba manda recado de que quiero verlo lo antes posible.
El sirviente dudó un momento.
—¿Me has oído?
—Sí, sí, señor —logró decir—, pero me temo que no podrá ser… — carraspeó antes de continuar—: En el convento no tenemos tantos oídos como en las cofradías —explicó con marcada intención—, pero hay un fraile que sí nos debe ciertos favores. Lo hemos ayudado con algunas deudas en las que se metió con los Acevedo. —Observó que su señor se impacientaba, sin ánimo para detalles superfluos, así que acortó su relato—: Lo último que sabemos es que fray Humberto está en Mérida, lidiando con asuntos de la orden y zarandajas semejantes. Por lo que cuentan, hay algunos tiras y aflojas sobre la sucesión del comisario general en Nueva España. Como estoy seguro de que sabéis, el actual, fray Sinesio Ponce, está arreglando los bártulos para reunirse con el Creador. Y eso, por cierto, me recuerda que aún tenemos pendiente confirmar la postura de la casa…; no sé si el señor ya ha decidido a quién desea que apoyemos o si prefiere sembrar en varios campos. Dicen que el propio Humberto de Ávila aspira al cargo.
En tanto se servía otro vaso, Mora hizo un gesto impaciente con la mano. Aquel asunto no le interesaba en ese momento.
—Fray Humberto no está —resumió el lacayo—. Tendrá vuestra merced que esperar unos días a que regrese o mandar mensaje a Mérida con alguien de confianza.
Tras vaciar el vaso recién servido, Mora contestó con brusquedad.
—Me importa un carajo, como si le enviamos una paloma mensajera. Encárgate de que sea cuanto antes… Mejor para ayer que para mañana.
Y el criado, sabedor de que no merecía la pena dar explicaciones, decidió asentir con humildad.
—Buscaré el modo más conveniente.
En cara y costillas acarreaba tonos del añil, y también pintas de rubia, como el trabajo de un mal tintorero. Además, dolía horrores, pero no tanto como saberse sin nada.
Lo había perdido todo.
Ya en pie, renqueante, por primera vez en días daba un paseo e intentaba aclarar sus ideas.
Comenzaba la mañana. En el exterior del convento, los menesterosos hacían cola para asistir a misa y ganarse el derecho a sopa de balde. Pero los preparativos aún no habían comenzado en la iglesia, y el templo estaba tranquilo. Era un buen lugar para buscar respuestas.
Los muros recios se elevaban para formar una nave principal modesta, brusca, sin el lujo de ventanales suntuosos. Era testigo de su tiempo. Funcional y sencilla, una iglesia hecha con prisas para convertirse en el primer suelo sagrado en el que se celebrara una misa en las Indias. Si se hacía caso a la leyenda, en el convento anejo había nacido el nieto del mismísimo marqués de Oaxaca, el conquistador Hernán Cortés.
Sus aires eran robustos por necesidad: no solo servía de sagrado para la congregación, también de refugio a las gentes de Campeche cuando los piratas atacaban la villa. Al menos, para los pobres de la barriada de Guadalupe, alejada de las murallas en torno al próspero puerto.
Era un lugar humilde, acomodo para la cacareada pobreza de los franciscanos. Nada comparado con las grandes catedrales al otro lado de la mar océana, en las que, nada más entrar, la fe sacudía con éxtasis místico. Prodigiosos templos que Camacho jamás había visitado y que, por cómo soplaban los vientos, jamás visitaría.
En una esquina del coro, ahora contemplaba el escudo con las cinco llagas de Cristo al que tan devotos eran los franciscanos. Cavilaba para sí cuando una voz a sus espaldas lo sacó de su ensimismamiento.
—¡Eh! A tomar viento al muelle —oyó que gritaban de malos modos—. Fray Gundemaro me ha pedido que viniera a buscarte. No te quiere por aquí, a la vista de todos, cuando empiece la misa.
El tono áspero resultaba conocido. Se había hecho familiar en esos días de convalecencia.
Camacho suspiró con resignación.
—¿Puede saberse qué te he hecho para que me odies así? —preguntó, volviéndose para enfrentarse.
Ella fingió ofenderse.
—Yo no te odio. Solo quiero evitar más problemas a fray Gundemaro. Me huelo que ya le han tirado de las orejas, y no quiero que la cosa vaya a más — zanjó, tajante.
El flequillo bailaba, y los ojos verdes brillaban con intensidad. Camacho se dio cuenta de que la muchacha tenía una pequeña cicatriz junto a la ceja derecha. No se había fijado antes.
—No podía seguir correteando por el puerto sin más, esperando a que las cosas salieran bien por pura Providencia —habló, como solicitando venia a un oidor—. Tenía que hacer algo por mí mismo —se excusó—. Labrarme un camino.
Ella se apartó el cabello del rostro con un manotazo.
—Y dejar atrás a todo y a todos —recriminó, escupiendo con rabia cada sílaba.
Dio un paso hacia ella, pero Catalina reculó, como si en las manos del hijo de la Camacha hubiera una antorcha encendida.
—Yo solo pretendía labrarme un nombre. Ganarme mis apellidos.
Había en su voz un titubeo que delataba arrepentimiento. Y quizá sirvió de algo. Por primera vez, tuvo la sensación de que Catalina flaqueaba, de que era capaz de recobrar algo de la divertida inocencia de su niñez.
Fue apenas un espejismo, pues se esfumó bajo un ceño fruncido.
—Vámonos —ordenó con sequedad—. No quiero meter en más líos a Gundemaro.
Le faltaban ánimos para lidiar con tanta aridez. Camacho asintió y se puso en marcha penosamente. A cada paso le dolía una parte distinta de su maltrecho cuerpo.
—Yo tampoco —dijo en tono derrotista—, yo tampoco lo quisiera.
—Pues muévete, ¡por la Virgen! —lo urgió ella, buscando la puerta que había en el transepto.
Antes de abandonar el templo, Camacho se volvió una vez más para echar un vistazo al retablo y al Cristo, pero no halló consuelo ni respuesta. Solo más dudas.
Entretanto, no muy lejos, pese a los esfuerzos de Catalina por evitarlo, Gundemaro se enfrentaba a problemas más graves de los que jamás hubiera imaginado.
Les hubiera bastado, a la airada joven y al renqueante Camacho, con abandonar la iglesia y, en el corredor, tomar la puerta que daba a levante y no la de poniente, como hicieron. De ese modo hubieran encontrado el camino hacia la sala capitular, donde se hallaba el fraile.
—Pero es una locura —aducía, con expresión preocupada.
—¿Una locura? ¿Cómo va a ser una locura extender la palabra de Dios? Refrenaos, o me veré obligado a castigaros.
Fray Humberto era un avilés esquelético de recias costumbres que encajaba como un guante en el austero monasterio de San Francisco. Sus modos y maneras, casi de eremita, no parecían apropiados para los lujos de conventos de más relumbrón; sí cuadraban en aquella sala desprovista de adornos y glorias. De hecho, en los inevitables cuchicheos de los hermanos en laudes, se corría la voz de que su superior padecía una alergia galopante a los dominicos, que le bastaba ver uno de aquellos hábitos blanquinegros para echar espumarajos por la boca.
Tenía el rostro alargado y fino como el pico de una rapaz. Sus brazos y piernas parecían ramillas a punto de quebrarse. Todo en él daba la sensación de ser de fragilidad extrema; todo excepto su voz, portentosa como la de un profeta apocalíptico en un sermón inspirado.
Y ante esa voz incluso Gundemaro adelgazaba.
—Mi lugar está aquí —protestó sin convencimiento—. Ayudo al despensero, ofrezco consuelo y confesión a las descarriadas… —pensó deprisa en algo más para defender su causa— y ayudo con la filosofía a los novicios —arguyó, intentando exponer sus méritos y, al tiempo, ocultar su desesperación.
Pese al prodigioso tamaño del franciscano, su superior era bastante más alto, aunque no pesase más que una fracción de lo que contenía una manga del hábito de Gundemaro, ceñido incluso en las axilas. Y, aun tan alto como era, dio la sensación de que, al contestar, crecía hasta ser capaz de tocar las campanas sin más que ponerse de puntillas.
—Vuestro lugar —rugió—, fray Gundemaro, está donde se os diga. ¿Acaso no es la obediencia uno de los votos de la orden? Además, es bien sabido que es tradición —se corrigió—, obligación, sembrar el Evangelio incluso en los yermos olvidados. Como ya han hecho tantos antes que nosotros y como seguirán haciendo después.
Amilanado, solo logró asentir, haciendo que sus papadas retemblasen.
—Bien —asintió su superior—. Pues entonces ya sabéis lo que se espera de vos.
Gundemaro quiso replicar, pero no se le ocurrió qué decir, y tampoco tuvo oportunidad, pues fray Humberto se dio la vuelta y se dispuso a marchar. Para sus últimas palabras ni siquiera se dignó a torcer el rostro hacia el fraile, como si el camino a la salida requiriese toda su atención.
—Preparad equipaje ligero. Hablad con el cillerero para que os dé un zurrón de provisiones. Y no dejéis de visitar al hermano Lull para que os proporcione un par de bolsas: una con cuentas y abalorios, otra con breviarios.
Sí se volvió justo antes de abandonar la sala para añadir una última orden:
—Y encargaos de que el indio, la prostituta y el… y el ayudante de Mora se vayan lo antes posible.
Gundemaro encontró fuerzas para protestar, pero los dedos extrañamente largos y afilados de su superior le advirtieron de que se lo pensase mejor.
—El indio solo necesita un par de monedas, pero nada pueden hacer por él hierbas ni cataplasmas —adujo, levantando el índice—. Si ella tiene el mal del sudor inglés, yo soy monaguillo —continuó, alzando el dedo medio—; lo único que necesita es limpiar su conciencia y encontrar un modo honrado de ganarse la vida. ¿O acaso os pensabais que no había caído en la cuenta de que es una de las descarriadas de ese lugar de perdición que dirige Leocadia? Y, en cuanto al otro —añadió, levantando el anular y apresando el meñique con el pulgar—, ese ya está curado. Viniendo hacia aquí lo he visto renquear hacia la iglesia. No necesita robarle más tiempo a Malaquías. Hay gentes en Campeche con más necesidad de nuestra hospitalidad. Los quiero en la calle antes de vísperas.
En el modesto convento de San Francisco, además de la iglesia, la sala capitular y las celdas de los frailes, había despensa, establos, habitaciones reservadas para visitas ilustres y una escasa pieza donde se acomodaban unos catres y el hermano herbolario, Malaquías. Este atendía a quien se acercaba a pedir ayuda con las calenturas, las mordeduras de sierpes o las consecuencias de una mala caída.
Y allí se había dirigido Gundemaro, tembloroso, para dar a sus amigos la noticia de que debían irse cuanto antes.
Tras explicarse, el rostro del franciscano era un canto desesperado en el que los colorados mofletes se habían vuelto cerúleos, y, pese a la enormidad de las grasas, daba la sensación de que el fraile padecía escrófula.
El único que nada dijo para animarlo tras escuchar las noticias fue el indio.
—¿Qué va a ser de mí? —se lamentaba el franciscano—. Yo no estoy hecho para danzar selva adelante bautizando indios por docenas. Carezco del ánimo de Sócrates para enfrentarme a una condena así.
El fraile se frotaba la tonsura como si intentase sacarle brillo. Sus ojos parecían al borde de las lágrimas. Desesperado como estaba, se sentó en uno de los camastros. Las cinchas de cuero chirriaron lastimeramente, y el bastidor se combó de tal manera que quedó a pulgadas de apoyarse en las piedras del suelo.
Camacho, con ánimo conciliador, intentó insuflarle esperanzas:
—Estoy seguro de que si habláis de nuevo con fray Humberto se mostrará más comprensivo. Basta con que expliquéis vuestras razones.
Al oír aquello, Catalina dejó escapar un reniego.
—Tú no aprendes, ¿eh? Siempre has sido igual de iluso —le dijo con deprecio, para luego dirigirse al franciscano—. Lo siento, es culpa mía — reconoció contrita—. Seguro que es por haberos entrometido en lo de Isabelita. Ese enano avaricioso tiene muchas agarraderas…
—Yo creo que todo puede negociarse —intervino Camacho—. Si conseguís hablar con…
—Además de iluso, imbécil. —Catalina no lo dejó terminar—. Que me dé el cielo paciencia. ¡No tienes remedio! —espetó, cansada—. Te lo voy a aclarar. Ese cabrón reconcentrado en dos palmos de Mora nos ha jodido la vida a todos y cada uno de nosotros. A ti, además de arruinarte, ha intentado que te apiolen. A mí me ha dejado en la calle, y ahora, aquí, al gordo, ha conseguido que lo manden de misiones a predicar en la jungla y —se volvió un momento hacia el fraile—, disculpe padre, pero no lo veo yo corriendo delante de los caribes para intentar no acabar en un espetón arrimado al fuego. De los caribes o de cualquiera…
Tomó aire un instante para continuar con prisa, soltando con cada palabra una rabia que llevaba años alimentando.
—Y no hay nada que podamos hacer para evitarlo —declaró con rotundidad—. El sol se alza por el este y se pone por el oeste. Mandan los dineros o los títulos. Los desgraciados como nosotros poco podemos hacer por cambiarlo. ¡Nada! El mundo es como es. Arriba es arriba y abajo es abajo. Las cosas tienen su manera de hacerse, y el único beneficiado, salgan como salgan estas —puntualizó con hastío—, es el rey, que se lleva su condenado quinto de todo lo que hay bajo el cielo del buen Señor. No podemos cambiar lo que somos…
Pareció que se le había terminado el fuelle y calló unos instantes, pero aún tenía algo más que añadir:
—Y a ese indio —dijo señalando—, y a ese indio no sé qué le habrá hecho Mora, pero seguro que también tiene la culpa; y si no él, algún otro de esos ricos comerciantes codiciosos hasta la médula. ¿No es cierto? — preguntó, mirándolo.
Pero el indio o no entendió o creyó que no merecía la pena explicarse. Se limitó a masticar su chicle.
—¿Estabas en una encomienda? ¿Trabajabas para Mora? ¿Bacheli? ¿Para alguna de esas ratas?
El indio miró a Camacho como un cachorro esperando órdenes. Y ella, con poca paciencia que malgastar, continuó su discurso, dando por sentado lo que tenía por cierto.
—Lo que sea —bufó—. Fue culpa de alguno de esos desgraciados, seguro. Se atiborran y nos ofrecen migajas. Y si protestamos, nos pisan. Son peores que los fariseos del templo. Sierpes dispuestas a morder el calcañal.
Terminó jadeando, y puso punto final soplándose el flequillo. Camacho, sin perder el temple, esperó un nuevo arrebato. Al fin, como no se produjo, se decidió a hablar.
—Comprendo que estés furiosa —comenzó en tono pausado—, conmigo y con cualquiera que se te ponga delante. Pero eso no es cierto. Uno puede abrirse camino en la vida y medrar…
No pudo terminar.
—Ah, ¿sí? Dime un solo nombre. ¡Por la sangre que derramó el buen Jesús en la cruz! Dime un nombre, uno solo. ¿Acaso Mora no heredó?, ¿no lo hizo también Bacheli? No recuerdo el nombre de un solo oidor, capitán, alguacil, gobernador, que no venga de una familia donde había ya sanguijuelas semejantes ocupando los mismos cargos. Todos son hijos, nietos, primos, sobrinos… Y, por si no te ha quedado claro ya, tu familia no tiene los apellidos que corresponden para no ser un muerto de hambre. Y lo sé bien. Aunque parezcas haberlo olvidado, yo conocía a tu madre, y también a ti… O eso creía.
Camacho aceptó su derrota ante aquel huracán incontenible y se acomodó junto al fraile. Se sentó, y a punto estuvo de volcar por culpa de las honduras que provocaba el corpachón de Gundemaro en el catre.
Fue el franciscano quien se levantó entonces, y el bastidor del camastro quedó liberado de su sufrimiento y rebotó. El hijo de la Camacha no se cayó porque anduvo ágil de manos y se sujetó al travesaño.
—Hija, el mismísimo san Pedro me libre de quitarte la razón. Basta medio dedo de frente para saber que la llevas en buena parte, pero eso no ayuda mucho… ¿Qué voy a hacer yo?
No le hizo falta a Catalina pensarlo para contestar:
—Pues mandar a freír espárragos a fray Humberto y al mismísimo san Francisco de Asís. Huid y buscaos el pan en otro sitio.
El rostro de Gundemaro se contorsionó por la sorpresa, pero no se dejó escandalizar y meditó un instante.
—Eso le sugería Critón al pobre Sócrates, que escapase aprovechando la ayuda de sus amigos.
—Buen consejo —ratificó de inmediato Catalina—. Fuera quien fuese ese Critón, sabía de lo que hablaba.
—Puede, pero Sócrates no lo hizo, aceptó su condena…
—Pues porque era otro imbécil, como este —declaró, señalando a Camacho.
Aquello obligó a encogerse de hombros al franciscano, como si le hubieran dado una patada en la espinilla.
—Eso no es cierto, era un hombre sabio. Un maestro griego, y los que se ofrecieron a ayudarlo fueron ricos comerciantes, por aprecio a su sabiduría.
Aquello enfureció a Catalina, que se quedaba sin argumentos.
—Bueno —bufó airada—, eso sería en Grecia. Aquí las cosas son distintas.
Camacho miró al indio cojo, y como única respuesta recibió hombros encogidos. Ni siquiera sabían su nombre real y, por sugerencia del franciscano, habían empezado a dirigirse a él como Pedro, porque el apóstol Pedro había curado a un renco de nacimiento en la Puerta Hermosa del templo de Jerusalén.
—Yo no sé de revoluciones y menos aún de sabios griegos —reconoció sin pudor el hijo dela Camacha, atreviéndose a intervenir—. Pero sí sé que no estaría aquí… —Tragó ruidosamente y los miró de uno en uno—. No estaría aquí de no ser porque Pedro me sacó del cenote —reconoció, señalando al cojo—. Vos, fray Gundemaro, conseguisteis que curasen mis heridas — inclinó el rostro hacia el franciscano—. Y tú, pese a cuanto dices, tú cambiabas los vendajes cuando te lo pedía el hermano herbolario. Preparaste tisanas y cataplasmas…
Airada, como si hubiera recibido un disparo, Catalina reaccionó de inmediato para quitarse méritos.
—Deber de cristiana. Hay que cuidar del prójimo, por muy imbécil que sea. Pero ni se te ocurra pensar que he olvidado lo que hiciste…
Camacho asintió.
—Aunque lo hubiese olvidado, ya te encargas tú de recordármelo, y ya te he dicho que lo lamento…
—Y bien que haces en lamentarlo —replicó ella, dándose la vuelta.
—Era solo un crío al que le ofrecieron un sueño —adujo Camacho, esperando que ella cediese, que abandonase aquel escudo erizado de púas con el que se protegía.
Como ella continuó dándole la espalda, retomó el hilo de su discurso.
—Yo tenía poco —suspiró—, y ahora no tengo nada —volvió a suspirar y forzó una sonrisa agridulce—, pero estoy en deuda con todos y cada uno… — hizo un esfuerzo por ampliar su sonrisa—. Las puertas de mi casa están abiertas para el que quiera venirse. No hay mucho que ofrecer, pero estaré encantado de compartir cuanto tengo. Y mañana mismo iré a ver a Bacheli para ofrecerle mis servicios; con un poco de suerte, pronto tendré de nuevo un trabajo honrado con el que ganarme el pan.
Los otros dos hombres sonrieron. Catalina volvió a bufar.
Ninguno de ellos imaginaba que Camacho se equivocaba.
Durante aquellos días grises, al comienzo de la temporada de lluvias, el que más y el que menos corría de un lado a otro. Todos en Campeche se afanaban por rematar los preparativos para la Balvanera o por sacar tajada del asunto. Y durante aquellos días grises, por primera vez en mucho tiempo, Catalina había disfrutado del lujo de no tener obligaciones. Tan solo fingir calores, toses y malestar.
Pese a los esfuerzos del pobre hermano Malaquías, que había probado con ella todos los remedios que guardaba en su memoria, la enfermedad no remitía.
Y el sufrido fraile no dejaba de asombrarse de que, desde que tenía conocimiento, la enfermedad hubiera atacado a un cristiano. Para el franciscano, el mal del sudor inglés era un castigo divino hacia los condenados herejes, y no debería haber prendido en una cristiana bautizada píamente. En más de una ocasión había dicho a Catalina que se mantuviera alejada del camastro donde convalecía el hijo de la Camacha, no fuera que las influencias del bastardo empeorasen su enfermedad.
Ella llegó a sentirse enjaulada.
Hubo días en los que temió que, de tanto rezar, se le desmontase el rosario que Malaquías le había regalado al darse cuenta de que era devota.
Pero las avemarías no le regalaron solaz.
Y, lo que era peor, también se sentía sin ánimos para librarse de su encierro.
Por puro aburrimiento, quizá por mantenerse ocupada o quizá por echar una mano al boticario, ya que se sentía culpable por traerlo por la calle de la amargura, había ayudado a cambiar los vendajes de Camacho y a limpiar con agua de rosas sus magulladuras.
Echaba alguna tos carrasposa, se movía lánguidamente, para continuar con la farsa, pero lo hacía y, en tanto, aprovechaba para refunfuñar.
No se arrepentía de lo hecho. Pero sabía que, a partir de ese momento, tendría que hacer algo muy distinto con su vida.
No supo el qué hasta que algo sucedió en su tercer día en el hospital.
Entrando por el portalón que había a un costado del convento, por donde se daba el servicio de enfermería, aparecieron tres estibadores del puerto. Dos, sanos, y otro, con la cara descompuesta y la mano hecha un cisco. La traía sujeta contra el pecho, como un bebé de teta, y el rostro lívido enfatizaba su mirada asustada.
El hermano Malaquías reaccionó de inmediato y se acercó a ellos frotándose las manos en el delantal con el que protegía el hábito. La sangre empapaba la camisola y ya empezaba a gotear sobre el suelo.
Malaquías era un borgoñés bajito y enclenque enfundado en un hábito que le quedaba grande. Había aprendido a cuidar del alma en las aulas de la Sorbona y a templar los males del cuerpo en la escuela de Salerno. Presumía a menudo de haber leído de cabo a rabo la obra de Galeno, las cartas de Plinio el Joven y todo el Canon de Avicena.
Con aires de ratoncillo inquieto, bastaba con tenerlo a tres varas de distancia para oler lo que escondían sus sobacos, y tan exagerado resultaba el tufo que daba la sensación de que las ropas le quedaban holgadas para tener donde acumular la mugre y dar vivienda amplia a la multitud de piojos que campaban por sus ropas.
Pero él y todos los linajes de bichos que acarreaba habían corrido a auxiliar el herido, y la aburrida Catalina, no lejos, se había acercado también. Por espantar los fantasmas que acosaban su ocio.
—Le quedó atrapada en el guindaste cuando cargábamos las corachas del italiano —aclaró uno de los compañeros del herido con un acento que lo delataba como sevillano.
El aludido, con la cara contraída por el dolor y la tez cenicienta, se atrevió a separar la mano del pecho y a dejar ver el magro vendaje que algún alma caritativa le había hecho con un pañuelo sucio.
Traía los dos dedos menores tan espachurrados que eran casi irreconocibles, y los otros, con la rozadura de una soga que prácticamente llegaba al hueso. Solo el pulgar se había librado de la escabechina.
El desdichado, que se presentó con voz temblorosa como Diego de Toro, habló temiendo la respuesta:
—¿Creéis que podrá recomponerlos, padre? Para cobrar tengo que seguir trabajando. Si no cargo, no hay paga.
Al oírlo, a Catalina le costó contenerse para no maldecir a los comerciantes, al rey y a todo hijo de vecino.
—Si te has herido trabajando para Bacheli, entonces Bacheli debería hacerse cargo.
Todos la miraron como si hubiera hablado en otro idioma, y Catalina, incómoda por el escrutinio, carraspeó y se pasó la mano por la frente.
Fue el boticario del convento el que rompió el estrambótico silencio.
—Veamos —dijo Malaquías, rompiendo el incómodo silencio e inclinándose hacia el herido.
Arrugó la nariz, lo que enfatizó sus aires de ratón, al tiempo que movía la mano herida entre las suyas, sin molestarse por la sangre. El fraile inspeccionó el desaguisado asintiendo para sí. Cuando se la devolvió a su dueño, antes de emitir un juicio, se rascó tras la oreja hasta encontrar una liendre que aplastó entre las uñas con un chasquido. Contestó al fin con proverbial elección de palabras.
—El Señor dirá, hijo, el Señor dirá —musitó—. Ahora ven a la luz para que podamos verlo bien.
Con la ayuda de sus compañeros, el herido logró acercarse a donde el fraile tenía una mesa repleta de trastos y cachivaches.
Allí volvió a examinar los maltrechos dedos y luego se decidió a emitir su diagnóstico. Y Catalina se admiró de que el franciscano mantuviese la cabeza fría cuando anunció al estibador que tendría que amputar el meñique y rogar con fervor para que el anular no tuviera que seguir el mismo camino.
—Tendrás que aprender a hurgarte las narices con el pulgar —dijo el sevillano con sorna a su compañero.
El tercer estibador, con aires taciturnos, no había abierto la boca. Parecía que no le agradaba ver en mano ajena lo que podía sucederle a él mismo.
En tanto, Malaquías correteaba de un lado a otro intentando preparar lo necesario para la intervención, y Catalina decidió ofrecer su ayuda, que bien aceptó el fraile.
—Lo primero que tenemos que hacer es ayudarlo con el dolor.
Y, después de echar un trago generoso, ofreció al herido una jarra desportillada que sacó de una puerta en el costado de la mesa. El fuerte alcohol despedía un pestazo capaz de envalentonar a un piquero de Flandes.
—Haced que se la beba entera —ordenó severo mientras buscaba trapos y utensilios.
—No será problema —bromeó el sevillano—. Y si nos permite vuestra merced, echaremos nosotros también un trago a su salud. Para asentar el espíritu.
Camacho, desde su camastro, se había incorporado y observaba con curiosidad. El boticario ya despejaba la mesa.
Poco después, sin más desayuno que una cebolla antes de ir a los muelles y habiendo trasegado buena parte del contenido de la jarra, el tal Diego de Toro tenía los ojos vueltos. Le costaba hilar dos palabras sin que se le trabase la lengua. Sentado a la mesa, cabeceaba, intentando mantenerse despierto, así que el fraile se dirigió a sus compañeros:
—Sujetadlo con fuerza, que no se mueva, y, por lo que más queráis, aguantad firme la mano —ordenó.
Con rostros preocupados, los otros dos se repartieron lo que quedaba como buenos cristianos y se dispusieron a ayudar.
El fraile chafó otra liendre entre las uñas y, con evidente práctica, se puso a la faena con pocas dudas. Empezó por el meñique. Cortó limpiamente junto al nudillo y dejó un buen colgajo con el que coser un muñón pulcro.
En un abrir y cerrar de ojos, cambió el afilado cuchillo por una pequeña sierra, y el sonido de los diminutos dientes de hierro royendo el hueso se le metió a Catalina en las muelas.
El paciente quedó inconsciente a mitad del proceso, y sus compañeros ya no tuvieron que esforzarse.
Del anular seccionó la primera falange y, en breve, con la única interrupción que supuso otro escarceo con las chinches, Malaquías estaba vertiendo las últimas gotas de la jarra sobre los dos muñones.
Terminada la labor, y siguiendo las órdenes del fraile, sus dos compañeros tumbaron al herido en uno de los camastros. Murmuraba incoherencias y sacudía la cabeza de lado a lado.
Malaquías se limpió. Frotó y refregó las manos en un trapo arruinado de sangre. Aun así, los cercos de sus uñas siguieron tintos. Luego empleó el mismo trapajo para recuperar los despojos que habían quedado en su mesa y envolverlos cuidadosamente. Hizo sobre ellos una señal de la cruz y se los acercó al sevillano.
—Cuando despierte —habló señalando hacia el inconsciente—, que se ocupe de enterrarlos en sagrado. Es su deber de buen cristiano a fin de que, el día del Juicio Final, pueda aparecer entero ante el Señor —ordenó severo.
Al tiempo, Catalina, bien dispuesta, enjugaba con agua fría el rostro del herido, y vio en los ojos del sevillano el disgusto al aceptar el macabro paquete. Pero el hombre lo recogió, procurando tocarlo lo menos posible.
—¿Cómo van los preparativos? ¿Se zarpará a tiempo?
Acostumbrada a hacer hablar a los hombres, Catalina trató de distraerlos mientras su compañero volvía en sí. Si bien el otro siguió tan mudo como el indio renco, que no se había movido de su sitio junto al camastro de Camacho, el sevillano se mostró lenguaraz.
—Va justa la cosa —aseguró—. El piloto se pasa el día lanzando maldiciones y blasfemias. Ya corre el rumor de que un gaviero mallorquín está alentando a los marinos a que se nieguen a embarcar, no sea que los pillen vientos de través. ¡Motín en tierra! A quien se lo cuente…
Su compañero asintió para refrendarlo, y Catalina les dio coba sin pensar en ello.
—En lo que yo recuerdo, pocas veces se ha zarpado tan tarde — reconoció, pasando un paño húmedo por la frente sudorosa de Diego de Toro.
El sevillano revolcó los ojos.
—¡Nunca! —aseguró—. Ya todos hablan de que cualquier día aparece el primer huracán y se volverá a ir todo al traste, como cuando lo de la flota de Ovando en Santo Domingo de Guzmán.
Mestizo, indio, burgalés o jerezano, cualquiera con oídos en las Indias lo había oído contar más de una vez. Catalina conocía la historia y no le costó seguir el hilo.
—Se perdieron muchas vidas en aquel desastre.
—Y dicen, lo sé de buena tinta —aseguró el estibador—, que el almirante Colón avisó a ese mentecato de Ovando de que se avecinaba huracán, pero el muy imbécil, por orgullo, se negó a escucharlo.
—Sí, yo también lo he oído contar así —confirmó la joven.
El sevillano resopló.
—Pero, con tantos dineros de por medio, gobernadores, oidores, cancilleres y todo leguleyo con un sello se cree que sabe más que los marinos y aprieta para ganar sus cuartos. Para ellos es fácil, no se juegan el pescuezo si las cosas se tuercen. Es siempre la misma historia. Unos se hacen ricos, y otros perdemos los dedos…
Consciente de que Malaquías la observaba, Catalina tosió y se llevó una mano al pecho, fingiendo malestar.
—Así suele pasar —reconoció tras la pantomima.
—Así es. Y lo digo yo —continuó el sevillano—. Aunque vengan tres huracanes, uno detrás de otro, la Balvanera zarpará. Es el envío más grande que se ha hecho jamás desde Campeche —bajó entonces la voz, como si lo que iba a decir fuese un secreto—: Tengo un amigo que conoce al secretario del cabildo, y me ha dicho que, en total, las bodegas de la Balvanera cargan más de diez millones de maravedíes.
La cifra hizo temblar la mano de Catalina.
—¿Diez millones?
—Diez millones —repuso el sevillano, ufano.
—Diez millones —repitió ella con incredulidad.
—A poco que ganen los que han metido mano, hay más de uno que, de esta, se vuelve rico —aseguró el hombre con un suspiro final cargado de envidia.
—Siempre son los mismos los que sacan beneficio —se lamentó Catalina.
El sevillano asintió dándole la razón.
—Sí, a mí me van a pagar por lo que sea capaz de cargar, no más. A tanto la coracha. Ni más, ni menos.
Sus palabras, más bien la enorme cifra, se habían clavado tras el flequillo de la joven. Durante aquella tarde, incluso después de que los estibadores marchasen tras dejar tres duros de limosna y una retahíla de gracias, Catalina no había podido alejar de sí lo escuchado. Ni aquella tarde ni en los días que se siguieron.
Por eso, ahora, al oír el ofrecimiento de Camacho, negó con la cabeza.
—A tu casa —dijo con el rostro contraído—, a tu casa. ¿Para qué?
Gundemaro alzó el rostro.
—Prefiero su casa que la selva —reconoció, paseando una mano por su enorme tripa, imaginando las consecuencias del hambre. Al instante recapacitó, y comprendió que había más riesgos—. Me excomulgarán —dejó en el aire, sin saber si preguntaba o afirmaba.
Y, al oírlo, Catalina fue cruel.
—Para ir a casa de la Brava, hincharse a duelos y quebrantos o leer libracos no hace falta hábito, así que no jodáis más.
Gundemaro recibió el envite con pasmo, pero no protestó, y la joven continuó con lo que en verdad le interesaba.
—¿Y qué será de nosotros? Por la Virgen y san José. ¡Míranos! —Y empezó a señalar—. Un fraile que no quiere predicar y que prefiere las camas de un lupanar a los altares. Un indio cojo y contrahecho, que, además, habla menos que una alpargata. Y un iluso que está arruinado y, para colmo, no tiene más apellido que el de hijo de puta…
Hizo una pausa. El flequillo trigueño bailó sobre las cejas. Negó, suspiró y volvió a negar.
—Y, para colmo, una puta que quiso ser beata… ¿Quién nos va a ayudar?, ¿cómo vamos a vivir?, ¿de qué vamos a comer? Entre todos no tenemos un cuartillo…
Camacho se frotó el costado y acalló el dolor con un mohín.
—Bacheli me dará trabajo. Vendrán tiempos mejores.
Ella se revolvió como una gata.
—¿Y piensas mantenernos a todos para siempre? ¡Qué disparate es ese! Estás más loco que san Simón.
—San Simeón. —Gundemaro no pudo evitarlo—. San Simeón de Edesa, en realidad. Ese es a quien llamaban «el loco». San Simón, el zelote o el cananeo, fue uno de los doce apóstoles.
La mirada seria y rotunda que le dirigió, más temible que el negro agujero del cañón de un falconete, lo obligó a callar con brusquedad.
—Padre, con todo el respeto, ¡a freír espárragos! Que no tengo el coño para farolillos.
El franciscano pareció encogerse. Y Camacho intentó intervenir, pero ella no le dejó.
—Lo que necesitamos es dinero con el que empezar de nuevo, en algún sitio lejos de este condenado lugar, donde nadie tenga idea de que somos un fraile, una puta, un indio y un hideputa. —Se peinó usando los dedos y tomó aire—. Necesitamos fondos.
—Mañana conseguiré trabajo —metió baza Camacho de nuevo.
—¡En cantidad! —repuso Catalina airada—. No el salario mugriento de un asistente. Necesitamos dinero a espuertas. Y yo sé dónde conseguirlo.
Todos la miraron con curiosidad.
—En unos días zarpará la Balvanera, y lleva en sus bodegas más de diez millones de maravedíes. ¡Diez! El mayor cargamento que jamás ha salido de este condenado puerto. Diez millones de maravedíes.
Los hombres se miraron entre ellos, incapaces de adivinar a dónde pretendía llegar la mujer.
—Añil, nopal, palo de tinte, cera, miel, espejos de obsidiana y qué se yo. Todo lo imaginable. Y está delante de nuestras narices, ahora mismo. Están cargando las bodegas. No sé cómo no había pensado antes en ello, Dios bendito. He sido tonta. Solo hay una cosa que tenemos que hacer, solo una.
Los tres la miraron fijamente, expectantes.
Ella se pasó la lengua por los labios secos.
—¡Robarlo!