Balvanera
Parte 2
Este capítulo es largo, así que está dividido en 6 partes.
Y, por supuesto, las muchachas que daban sentido al negocio.
Unos ansiaban no ser reconocidos, pero estaban deseando conocer a alguien. Las otras necesitaban que las conociesen, pero hubieran preferido ser desconocidas.
Y, como una gallina clueca, atenta al corral, estaba la Brava, que, por primera vez en años, rompió su costumbre de ir al encuentro de un cliente importante en cuanto traspasaba el umbral. En esta ocasión, lo primero que hizo fue echar un vistazo recio a Catalina y negar, sacudiendo su cabeza.
Una clara advertencia a la que respondió con un suave asentimiento.
Pese al gesto, la expresión rebelde no convenció a la madame, que insistió con vehemencia, alzando una mano y sacudiendo el índice.
Y la respuesta fue la de unos ojos verdes revolviéndose en las cuencas.
No resultó convincente. Pero el recién llegado ya se encaminaba a las mesas más cercanas a la puerta, buscando donde sentarse, esperando que la Brava lo atendiese como él creía que correspondía a su evidente categoría.
Y a trompicones, esquivando codos, cabezas que se echaban atrás entre risas y un brindis que dejó más vino fuera que dentro de los vasos, la madame se acercó.
—Mi excelentísimo señor de Mora —anunció servilmente—, qué honor tenerlo de nuevo entre nosotras. ¿Qué puedo ofrecerle?
El mercader no se molestó en fingir aprecio por el trato.
—Una mesa apartada, una jarra del mejor vino que haya en la casa y, cuando me haya bebido un par de vasos, me envías a esa pajarilla…
Durante una avemaría, consideró la posibilidad de mentir; en el fondo, en algún trastero escondido tras los afeites, los potingues, la propia vida, el caro vestido de limistes y la simple codicia, existía un resquicio de bondad en el corazón de la Brava. Un pedazo adherido al recuerdo de una muñeca hecha con panoja de mijo y la mirada triste de una hermana mayor que se despedía desde el borde del camino mientras el carro avanzaba en manos de un arriero, que, al ver aquella muñequita, la tiró a la cuneta y, de inmediato, aseguró severo que los juegos se habían terminado, que ya era lo bastante mayor para trabajar y ganarse el pan.
No pensaba en ello a menudo. Había aprendido a espantarlo con facilidad. Pero empezó a buscarlo, apartando otros recuerdos. Los hilos, las agujas, varas y varas de telas y paños, la abadesa riñendo a todas las niñas porque iban retrasadas con el encargo del obispado.
Habían pasado muchos años. Aun así, Leocadia Manzanal, que así se llamaba la Brava, había empezado a escarbar en su memoria para encontrar aquellos distantes destellos antes del taller de encaje del convento. La muñeca, el calor del fuego en el hogar, una mano cariñosa que le revolvía el pelo y le deseaba buenas noches.
Quizás hubiera encontrado aquellas migajas de compasión, pero su cliente no le dio tiempo de rematar una tarea en la que tenía poca práctica.
—Y si está con otro, que se desocupe —exigió Mora—. Te pagaré el doble de la tarifa habitual —añadió, antes de pasarse la lengua por los labios.
No se percató la madame de que Catalina, sin dedicar atenciones al boyero que le sobaba los muslos, miraba la escena sin perder detalle.
—Como deseéis, por supuesto. Ahora mismo me encargo de todo — aseguró, solícita.
Y se hizo a un lado abriendo los brazos, para que el mercader pasara.
El salón principal era uno de esos lugares a medio camino en el que nadie se sentía a gusto pero todo el mundo encontraba algo familiar. Como único lupanar de Campeche, y casi de todo el Yucatán, había que cobijar al escribano, al concejal, al panadero y al jornalero, a todos, porque las monedas no encogían dependiendo de la calidad de la bolsa en que estuvieran, y a la Brava le daba igual si eran de buen ante fabricado con la huevera de un toro bravo o si salían de un mal pañuelo de bayeta anudado; solo importaba que acabaran en la suya.
El suelo de tablazón se limpiaba cada mañana con vinagre, pero los esquineros de las vigas no habían visto jamás un trapo, aunque cerca colgaban dos lámparas de forja más que decentes, con diez brazos para velones de cera, nunca de sebo, que la grasa, según la Brava, daba al local humos de taberna poco respetable. Además, tanto las sillas como las mesas eran trabajo de ebanista, sencillas, sin molduras o taraceas, pero de buena factura. Y, como colofón, sabiendo su dueña que había quienes pagaban por el lujo, al fondo, en la pared por la que subían las escaleras, de donde colgaba un tapete que mostraba una montería de ciervo, en un rincón discreto se acomodaban dos mesas de caoba con patas labradas. Eran las mejores del negocio y, además de sillones con asiento de buen cuero, no tenían lamparones o iniciales grabadas a punta de cuchillo. Incluso había un aparador empotrado entre el encuentro de las escaleras y el suelo, donde se guardaban dos copas de plata y una jarra a juego.
Aquel era el rincón que la Brava siempre dejaba libre, por si se presentaban clientes de alcurnia, o sin ella, pero que pagasen bien y largo.
De camino hacia donde los perros acosaban al venado bajo unos robles, avisó a la mulata para que se apurase en llenar aquella jarra de plata repujada con una ración generosa de la pipa de vino escondida al fondo de la bodega, donde guardaba lo mejor de la casa.
Aquella noche, la mulata estaba en sus días de sangrado y, aun así, la madame le sacaba partido, como a todas sus muchachas todos los días del mes; si no podían encamarse, bien podían hacer de mozas de taberna.
La mulata asintió servicial, pero, en cuanto reconoció al comerciante, echó un vistazo más allá, hacia Catalina.
Se desembarazaba esta del boyero apartándolo con las dos manos y, aunque una enorme sonrisa enseñaba dientes bien formados y labios generosos, su amiga la conocía lo suficiente para reconocer que se avecinaban problemas.
Ajena a sus pupilas, en cuanto Mora se acomodó, la Brava se encaminó hacia las escaleras para ir a buscar a Isabelita, ocupada desde hacía un buen rato con un gaviero mallorquín de pelo rubio y ojos azules con el que no parecía molestarla cumplir el oficio.
—Por su bien —murmuró para sí entre labios apretados—, espero que no esté dándole coba a ese niñato.
Isabelita era de las que, si estaba a gusto, perdía el tiempo con los clientes. Se entretenía con fruslerías varias y, además, adolecía del peor defecto que podía tener quien se ganaba el pan en la casa de la Brava: era enamoradiza.
Si recapacitaba, la madame se arrepentía de haberla acogido.
—Me puede el buen corazón —se dijo en voz alta, a medio camino de la planta superior.
Y mientras refunfuñaba en las escaleras, la mulata dejó el vino en la mesa de Mora e incluso hizo una reverencia acercando la mano al ruedo de la falda. No tuvo el descaro de mirarlo con fijeza, como había hecho poco antes con su amiga, pero se sirvió del disimulo que tan bien se aprendía en su oficio para captar la rabia que afilaba el rostro al mercader. Mascullaba entre dientes y se mesaba la perilla. Y no había en su expresión asomo de dolor. Solo una malévola sonrisa.
Tomasa llevaba en su sangre africana el ánimo por las hierbas, los remedios y los misterios del cuerpo. Pero también, aunque se guardaba bien de decirlo, sabedora de cuanto se opinaba sobre las brujas en las Indias y Castilla, se preocupaba por los rincones del alma y los velos del futuro. Recordaba las ceremonias que su padre le había enseñado. Padre e hija habían mantenido con vida las tradiciones fon de las que él había sido arrancado en su niñez.
Y Tomasa había sido una buena alumna. Sabía destilar ponzoñas, domeñar a las sierpes, cuajar la sangre, escoger tisanas, elegir las maldiciones, espantar a los malos espíritus con humo de tabaco y, lo que era mucho más importante, conocía a los loas.
Había visto la cara del mal.
Y en el rostro del mercader, tan bello como la pintura por la que un artista hubiera vendido su alma al diablo, encontró motivos para sentir escalofríos. Había algo en aquel hombre extirpado de las peores pesadillas que su padre le enseñara.
Se preocupó. Miró de nuevo hacia Catalina, que ya se había levantado y daba largas al boyero.
Y, aun a riesgo de jugarse ella misma su propio futuro, no necesitó más que espantar una breve duda antes de abandonar el trapo que llevaba en la cinta de la saya y salir corriendo.
Catalina ni siquiera la vio marcharse. Sorteaba las mesas y los pellizcos que le buscaban las posaderas; tan rápido como podía, se encaminaba a las escaleras.
Mora, en su mesa, la vio cruzar a unos pasos de distancia y miró con descaro el abultado escote y el sensual vaivén de lo que contenía. Por un momento, se olvidó de la rabia que sentía por la traición.
Bebió un largo trago de vino; lo encontró agrio y frunció los labios.
Negó entonces, lamentando lo sucedido aquella tarde. Se revolvió en la silla, se estiró las mangas. Cambió de postura y volvió a negar. Cogió el vaso, a punto de beber de nuevo, pero lo apartó.
Empezó a taconear con sus finos borceguíes cordobeses y, al cabo, pese al regusto, vació dos vasos en largos tragos. Apretaba la copa con tanta fuerza que la plata cedió y se abolló.
Acabó el vino pronto y, cuando comprobó que la jarra estaba vacía, la lanzó por los aires con todas sus fuerzas. Se estampó entre los ojos desorbitados del ciervo que reculaba ante fieros sabuesos.
Un escarabajo apareció de quién sabía dónde y se detuvo junto a la pata de la mesa. Cuando Mora lo vio, le puso el pie encima.
Algo tiró entonces de la comisura de sus labios, y una sonrisa le ensombreció el gesto.
Bajó el pie lentamente, hasta sentir el duro caparazón. Luego aumentó la presión, poco a poco, hasta que crujió. Apretó con toda la fuerza de la que fue capaz, y giró el pie para pulverizar lo que quedase.
Ansioso, buscó en su bolsa el mondadientes de plata. Y comenzó a pincharse con él las yemas de los dedos. Acercaba la punta a la piel, presionaba el extremo aguzado, y no cejaba hasta que salía una gota de sangre que, entonces, lamía con ansia.
Ajeno a que, en los escalones, sobre su cabeza, se hablaba de él.
—No voy a consentirlo —aseguró Catalina con las mejillas arreboladas.
Ella subía; la madame e Isabelita bajaban.
Se detuvieron las mujeres, y el gaviero, acomodándose la camisa y atándose los calzones, las rodeó para reunirse con sus amigos. La Brava esperó hasta que el hombre llegó al piso inferior.
—Te lo advertí —dijo, cansada, sin alzar la voz, por aquello de la reputación del negocio—. Te quedarás en la calle.
No hubo titubeos.
—¡Por los clavos de Cristo! Ese enano presuntuoso volverá a pegarle.
El miedo tintaba el rostro de Isabelita, pero la muchacha era demasiado niña, demasiado inocente y demasiado incauta para defenderse por sí misma. Se limitó a quedarse donde estaba y a cerrar la boca.
—Puede que sí o puede que no —reconoció la madame con indiferencia —. Pero paga pronto y es generoso. Además, tú ya deberías saber que cada cliente tiene sus manías, son gajes del oficio. ¿No te lo explicó tu madre? Ella tenía más paciencia que tú y sabía bien cuál era su lugar.
Sin esperar respuesta, la Brava bajó un peldaño más y tiró de Isabel. Era un pastor llevando a su cordero, y el animal no entendía que iban a ver al matarife.
Catalina, perdida en sus recuerdos, no reaccionó.
—Apártate y olvidemos esto, no te conviene.
Bajaron otro peldaño. Y otro. Quedaron separadas por uno más.
Catalina se hizo a un lado, pero, cuando pasaron junto a ella, sujetó el otro brazo de Isabelita.
—No —susurró.
Como un pez atrapado en la red, Isabelita quedó en medio de ambas mujeres con los brazos abiertos. Ambas tiraban de ella, y la pobre estaba por echarse a llorar.
—No puedes impedirlo —repuso la madame con hastío. Luego negó, y sus cabellos canos se escaparon del recogido que peinaba—. Se acabó… Recoge tus cosas y vete. Búscate algún sitio donde dormir.
Catalina la miró. Destilaba desprecio.
—¡El mal francés! ¡Tiene el mal francés! —gritó a todo pulmón.
El escándalo desbarató la expresión de la Brava.
—¿Qué dices? ¡Calla! ¡Loca!
Catalina bajó unos peldaños y volvió a gritar:
—¡Tiene el mal francés! ¡La Brava lo sabe!
—¡Desgraciada! ¡Cállate!, ¡cállate!
El barullo de la planta baja aún parecía habitual, y eso alimentó las esperanzas de la madame de estar a tiempo para evitar que la mentira infectase la casa, como lo haría la terrible enfermedad.
Ella misma examinaba a sus muchachas todas las semanas para descubrir si mostraban las pequeñas bubas carmesí que caracterizaban los primeros estadios de aquella peste, antes de que apareciesen los dolores en las articulaciones, la saliva incontrolada o la locura. La Brava sabía más que bien que, si se corría el rumor de que sus muchachas contagiaban el mal francés, se arruinaría. Y ponía su buen cuidado en que no fuese así.
—¡Calla antes de que te escuchen! —exigió.
Catalina descendió los peldaños. Con calma, dueña de la situación, sin apartar los ojos de la madame.
—¡El mal francés!
Era mentar la soga en casa del ahorcado.
—¡El mal francés! —aulló a voz en cuello.
Isabelita no abría la boca, y a la Brava le dio un ataque de misericordia.
—Está bien, puedes quedarte esta noche e irte mañana a primera hora…
Catalina sonrió.
—¡El mal francés! Todas tenemos el mal francés…
—Mentirosa desagradecida, mala perra, ¡cállate de una vez! ¡Cállate! ¡No vuelvas a decir eso!
Ya era tarde, al menos para Mora, que, desde su mesa bajo las escaleras, fue el primero de los clientes que escuchó los gritos. Apareció al pie de los escalones.
—¿Qué demonios sucede?
La sorpresa hizo que los dedos de la madame se relajasen, y Catalina se apresuró a tirar de Isabelita para ponerse delante de ella.
La Brava se alisó la falda y ensayó la mejor de sus sonrisas; gesto que acentuó sus arrugas y le echó diez años encima.
—Oh, no os preocupéis. Aquí, Catalina, que… intenta renegociar los términos de nuestro acuerdo comercial.
—¿Catalina? —preguntó el mercader mirándola de arriba abajo.
Ella le sacaba una cabeza y al menos dos arrobas de peso.
Él se dio cuenta de que era la muchacha a quien había visto pasar por el salón.
—La joven tiene el mal francés, caballero —declaró, dirigiéndose al mercader solícita—; no creo que le convenga la cabalgada de esta noche. Puede acercarse a San Román a rezar unos responsos.
Mora la observó con atención. Los brazos de Catalina se echaban hacia atrás, protegiendo a Isabelita.
—Miente —aseguró rotunda la Brava—. Está despechada y busca hacerme daño, a mí y a esta casa. Aquí no hay mal francés, incluso me hago traer guayaco de La Española, por si acaso. Podéis comprobarlo: desnudadla y veréis que no tiene una sola buba. Ni ella ni ninguna de las muchachas. Este es un negocio respetable.
El mercader inclinó la cabeza a un lado y al otro, paladeando el asunto.
—Podéis correr el riesgo —tentó Catalina al comerciante.
—Es suficiente, se acabó este teatro…
Mora alzó la mano, y Catalina se pensó ganadora.
—No importa si está enferma o no —declaró Mora—. He cambiado de opinión —anunció—. Esta noche me apetecen más otras compañías.
Catalina no quiso saber cómo acababa la conversación. Tiró de Isabel y la obligó a pasar entre los dos mercaderes.
—La quiero a ella…
Cuando se volvió, Catalina vio el índice de Mora apuntando hacia su pecho.
—Y me voy a asegurar de que lo pasaremos muy bien —anunció, apretando las yemas de los dedos contra la palma, sintiendo que el dolor de los pinchazos se agudizaba.
El derecho se negó a trabajar, pero el ojo izquierdo se abrió cuando sacudieron a su dueño con fuerza, y los retales teñidos, las tinas, los barreños, lo que vio entre borrones le resultó familiar.
Tardó en reconocer su propio hogar. No había otra luz que un par de hachones.
Todo en desorden. La silla, rota; la mesa, vuelta; el catre, volcado, y el aparador, abierto. Lo que no estaba roto aparecía desperdigado, y el sinfín de colores de sus tinturas resultaba un mosaico indescifrable.
Notaba el sabor metálico de la sangre en la boca, también un dolor palpitante en la nariz. Y al fondo, muy al fondo, la agonía amarga de saber que había perdido la oportunidad de toda una vida.
Una voz que le sonó familiar dijo algo:
—Ya no hace falta. Esta losa está suelta, hay algo aquí…
Le pareció que era Urdaneta.
—… Sí, un cofre.
Quiso volverse. No tuvo fuerzas. Le pareció oír golpes. Tintineo de monedas. Más golpes. Un juramento. Golpes de nuevo y, por último, un chasquido lastimero.
—¡Santa María madre de Dios! Este petimetre tiene el riñón bien cubierto.
Captó el asombro en el tono de voz.
—No me extraña. Has visto cómo vive, ¡ni una jarra de vino! Esto es como una ermita, solo faltan las estampas, el azadón y la calavera. Este no ha gastado un duro en toda su vida. Me extraña que no duerma en el suelo.
Aquella parecía la voz de uno de los hermanos gaditanos, no supo si Juan o Antón. La respuesta llegó por la rasposa voz de Roa; esa sí la reconoció.
—¿Y a ti qué demonios te importa? Como si se la deja picar por un pollo. ¡Vamos! ¡Recoged todo eso y acabemos de una vez!
Luego, tras un silencio, añadió algo más:
—Pena que no haya un hormiguero cerca.
Camacho no entendió. Ya no oyó nada más. Recibió un culatazo y volvió a perder el sentido.
Roa conocía el oficio, y había esperado a que se hiciera de noche antes de sacar al prisionero del almacén. Mora se había marchado mascullando maldiciones, terciando al hombro un humor de perros.
—No me gustaría estar en las botas del que se le cruce delante —había dicho Urdaneta en tanto lo veían salir—. Raro me ha parecido que no nos haya pedido que despellejemos a este con una cuchara…
Julián, con rostro preocupado, había aceptado que nada podía hacerse, a no ser echar un responso. Humillado y triste, se había llevado a los esclavos y a los indios.
Y Roa había sugerido matar el tiempo echando unas manos de naipes.
No habían salido hasta que una esquirla de luna creciente se atrevió a asomar entre las nubes plomizas. Era el mejor modo de evitar ojos curiosos. Roa no quería arriesgarse a que la tarifa del alguacil subiese y Mora le echase la culpa.
Y aquella misma luna era ahora el único testigo de que el veterano volviera a sacudir al hijo de la Camacha para que recobrase el sentido. Y, acobardada, se arrebujó rápidamente en el manto de nubes.
—¡Despierta, inglés! ¡Espabila, saco de mierda!
Cuando logró abrir el único ojo que respondía, todo en derredor apareció envuelto en bruma espesa. No supo si era real o producto de su imaginación. Intentaba decidirlo cuando sintió las gotas.
La temporada de lluvias había comenzado.
Y, como solía por aquellos pagos, lo hacía torrencialmente. El cielo se deshilachaba en gruesos goterones que abanicaban las hojas de los árboles, que empezaban a agruparse en escorrentías que bramaban haciendo retumbar los oídos.
Llovía como si las nubes temiesen no tener tiempo a terminar su tarea.
—¡Despierta, condenado hijo de puta!
No supo dónde estaba.
A su alrededor, todo era selva. Alta, amenazante, llena de sombras infinitas que ocultaban al jaguar y a las cuatro narices.
Arbustos, árboles altos y bajos, gruesos y finos, lianas, plantas de todas las tallas y con hojas de todas las formas imaginables. El olor profundo a tierra empapada y el redoble pesado de la lluvia.
—¡Espabila!
Tenía las manos atadas a la espalda, una soga basta de sisal le roía las muñecas. Cada vez que hacía un esfuerzo por liberarse, las llagas crecían. Le palpitaba el rostro, hinchado y doloroso. No había un solo pedazo de su cuerpo que no hubiera sido pateado, golpeado, arrastrado o pisoteado.
De pronto, antes de comprender lo que sucedía, recibió un brusco empujón. Fuerte, seco. Dos manos recias sacudieron su espalda.
Luego escuchó una risa. Como la de Urdaneta cuando los gaditanos tenían un rato inspirado.
Perdió el equilibrio, se precipitó, y sus muñecas pasaron por una ordalía cuando intentó echar las manos adelante para evitar darse de bruces.
Temeroso, cerró los ojos, giró el rostro. Esperó el golpe.
Pero el golpe no llegó.
Y entonces se dio cuenta.
Caía. Se precipitaba a un abismo. Una sima lo engullía.
—¡Gracias por las llaves, inglés!
Caía.
Fue lo último que oyó y, desde algún rincón lejano, recordó la ceiba y la crisma de aquel indio reventando. Tuvo un fogonazo de ingenio, supuso que Roa había hecho un molde de cera.
No le dio tiempo a más.
Caía. Y el terror se apropiaba de él.
Se imaginó precipitándose desde el campanario de San Francisco.
Pero no fue así.
Agua, fría, helada. Eso fue. No los adoquines, no el suelo pisoteado de una calle donde se volcaban orinales. El agua lo abrazó.
Se despabiló de golpe, chapoteó, se revolvió. Buscó aire.
Se hundía.
Solo pudo percatarse de que era agua dulce. No lo habían lanzado desde un cantil al mar.
Le faltaba el resuello. Sin acordarse de sus muñecas en carne viva, luchó para liberarse. Y no lo consiguió.
Se hundía.
Daba vueltas. No sabía dónde estaba la superficie. No sabía dónde el fondo.
Quería respirar. Le ardía el pecho. Le dolía el cuerpo entero.
Intentó calmarse. Tampoco lo consiguió.
Fruto de la desesperación, comenzó a patalear con todas sus fuerzas, sin saber si se encaminaba a su salvación o a su condena. Movía las piernas frenéticamente. Se esforzaba como jamás lo había hecho por no dar una bocanada. Por no tragar. Por no respirar.
Iba a ahogarse.
Se hundía.
Siguió pataleando.
Y, súbitamente, llegó a la superficie. Su cabeza emergió durante un abrir y cerrar de ojos. Apenas tuvo tiempo de forzar un trago de aire en sus pulmones. Y volvió a hundirse.
Se revolvía. Se agitaba. Y a veces, solo a veces, encontraba aire del que alimentarse y no agua en la que desfallecer.
Con las manos inútiles casi no lograba mantener el equilibrio. Le dolían los golpes recibidos. El pecho le ardía. Las piernas le flaqueaban.
Pero no cejó en sus empeños y, tras una eternidad, su salvación se presentó de puntillas, cuando, sin previo aviso, consiguió hacer pie en piedra resbaladiza.
Acabó bajo el agua varias veces. Trastabilló. Se debatió. Se dio por perdido. Se topó cara a cara con la esperanza y la llamó puta. Se le escapó un padrenuestro. Pero, tras cruzar el purgatorio de cabo a rabo, se las arregló para ponerse en pie en una rocalla en medio de aquel enorme pozo.
Jadeaba. El frío, empapado, se le colaba en los huesos. Hipaba. Su agonía era tal que temía que el aire no fuese suficiente.
Miró hacia arriba, buscando la claridad. La lluvia le lavó el rostro.
En la escasa luz distinguió una silueta. Un óvalo diluido sobre el que colgaban ramas y hojas, sobre el que se derramaba la selva.
Entonces comprendió.
Roa lo había lanzado a un cenote en el corazón de la selva. En uno de aquellos aljibes naturales que, formando un auténtico laberinto, se unían en enrevesadas galerías que cruzaban de punta a punta el Yucatán.
Lo había arrojado allí como hacían los mayas en sus sacrificios. Para que muriese. Lentamente.
Y tenía la prueba en los restos borrosos que podía distinguir entre las sombras de las nubes y la lluvia. A su lado había huesos, espinazos, costillares y más de una calavera. Tétricos testimonios de para qué había sido utilizado aquel lugar.
Había también cerámicas rotas y, en un colmo que a su mente de mercader le costó comprender, objetos brillantes que, pese al tiempo bajo el agua, no habían perdido su lustre. Oro, joyas y presentes arrojados para calmar la ira de los dioses y que ahora solo servían para hacer compañía a aquella montonera de huesos descalabrados. Incluso le pareció distinguir entre el limo una ristra de cascabeles.
Más le hubiera valido romperse la crisma al caer. Mejor hubiera sido ahogarse. Ahora sabía que, más tarde que pronto, moriría de hambre y frío.
El agua le daba por el cuello, y se mantenía así gracias a un esfuerzo que sus piernas empezaban a acusar. La piedra era resbaladiza, cubierta de un limo que hacía difícil afirmarse.
Iba a morir.
Iba a ahogarse en el corazón de la selva en cuanto desfalleciese.
Fue entonces cuando comprendió que ni siquiera tendría tiempo de albergar esperanzas.
Al principio, dudó de su mala cabeza.
Quiso negarse a admitirlo, pero la cruda realidad era testaruda.
Seguía lloviendo con ese ansia propia de la lluvia en las Indias. Grandes y gruesos goterones tibios que la selva se bebía con avidez. Se escurrían por los jacarandas, balchés, nogales, anonas, capulines, tamarillos. Arrastraban los pétalos de franchipanes, buganvillas, begonias, orquídeas, miramelindos, vicarias y coronas de Cristo. Caían a la oscura tierra cubierta de musgos, los grillos buscaban refugio, los escarabajos abandonaban el estiércol, un tapir corría y, a lo lejos, un jaguar maulló con disgusto.
La selva engullía las lluvias. La drenaba hasta sus entrañas, donde fluía de una cueva a la siguiente, alborotando los fondos en los que pequeños bagres nadaban tanteando con sus bigotes en pos de lombrices.
La selva bebía con ansia, y aquellas corrientes subterráneas desembocaban en los cenotes, donde se acumulaba desde tiempos inmemoriales.
Y el nivel subía, lentamente.
Poco a poco.
Condenando a un hombre.
Isabelita se tapó la boca, cruzó las manos, y un quejido ahogado culebreó entre sus dedos. Un instante antes estaba en brazos del gallardo mallorquín. Y ahora no sabía qué hacer o qué decir. Todo sucedía demasiado rápido. Todo era confuso.
Catalina, abatida por el asombro, tardó en hacerse con la situación.
La única que reaccionó con soltura fue la Brava. En tanto tiempo lidiando con las bajas pasiones de los hombres había tenido ocasión de ver los vicios más incomprensibles. Más aún, había visto cómo se repetían.
—Los cambios de menú en el último momento pueden resultar indigestos. Soy consciente de que sois un caballero de gustos refinados, pero estoy segura de que Isabelita sabrá hacerse cargo de cualquier petición especial que se os pueda antojar —dijo melosa—. Como ya sabéis, es aún joven, pero también habilidosa —puntualizó—, y bien dispuesta.
La muchachita intentó decir que no, pero el miedo atenazó sus labios. Temía más a la Brava que a los golpes del mercader.
Mora se recolocó los rizos del flequillo y negó con la cabeza.
—No, la quiero a ella —insistió, señalando a Catalina.
La madame, curtida en tales lides, no se arredró:
—Me temo que ya no trabaja para la casa —adujo con una pena que no sentía—. Se marchará esta misma noche. Es demasiado revoltosa. De hecho, ya estaba camino de la puerta…
—¿Sin equipaje?
—Nada puede llevarse quien nada tiene. —Se hizo un silencio, y la madame se reafirmó, corrosiva—: Ya no trabaja en la casa.
Pero no surtió el efecto deseado, y la Brava comprendió enseguida que había metido la pata. Lo veía en el rostro del mercader. Al acudir a la rebeldía de su discípula, había avivado el deseo. No otra era la verdad en los bellos ojos azules de Mora. Era de esa clase de hombres que necesitan mentirse. Creerse dueños.
—Comprendo —concedió él, conciliador—, sin embargo, aún está aquí, en la casa, como decís. Y estoy seguro de que habrá algún modo de arreglarlo —planteó, haciendo de su bolsa un sonajero—. Siempre hay un precio adecuado —remató con intención.
La Brava sabía que había cometido un error. Y también que ahora era el mercader quien lo cometía. Por eso volvió el rostro para mirar a su discípula.
—Ni todo el oro de Zacatecas sería suficiente. —La voz de Catalina destiló hiel—. No todo puede comprarse, aunque haya imbéciles que piensen lo contrario.
La muchacha parecía capaz de arreglarle los maltrechos dientes de una bofetada. Pero el mercader siguió en sus trece.
—Estoy convencido de que habrá alguna manera de llegar a un entendimiento —insistió con soberbia.
Los ojos azules no se apartaron de Catalina, pero las palabras eran para la Brava.
Y la madame consideró sus opciones. Incluso echó un descarado vistazo a la abultada bolsa. Sin embargo, con un suspiro de resignación, decidió volver las tornas. Conocía demasiado bien a su discípula.
—Trabajan en la casa dos cartageneras bellísimas, Amalia y Adosinda, que aceptan encamarse juntas —dijo con picardía—. Puedo aseguraros que ofrecen un espectáculo incomparable. Saben muy bien qué hacer y cuándo hacerlo —añadió, recalcando intenciones.
Solo le respondió el silencio.
Se oía el respirar nervioso de Isabelita. Se mordisqueaba las uñas.
—Os aseguro que será inolvidable —perseveró, con el afán regateador de un bereber vendiendo bagatelas.
La joven y el comerciante la ignoraron. Se miraban como duelistas con los hierros desenvainados, listos para dejarse las tripas al aire.
—Por supuesto —la Brava continuaba pensando qué decir—, para compensar las molestias, bastaría con abonar la tarifa habitual por solo una de ellas…
Nada cambió.
—… Y podréis pasar la noche entera con las dos. Os aseguro que hacen virtud del pecado.
El comerciante dejó de mirar a Catalina y se encaró con la dueña del negocio.
—La quiero a ella. —Volvió a señalarla—. ¿Cuánto?
No tuvo ocasión la madame de responder.
—Mequetrefe engreído… Como te acerques te capo como a un gorrino, aunque tenga que hacerlo con los dientes —amenazó Catalina, batiendo las manos.
La Brava tenía muchos defectos, pero la audacia no era uno de ellos. Bajo las sábanas o ante las mesas, llevaba más de treinta años en el comercio de la carne. La actitud airada de la joven no era buena idea. El desafío con el que se enfrentaba al mercader solo echaba leña al fuego. Pero al comerciante le divirtió la amenaza.
—¿Cuánto? —repitió sin más, con frialdad.
Catalina reaccionó del peor modo posible: acercándose al mercader para mirarlo desde toda su altura.
La tensión se espesaba, y la Brava se encontró en un callejón sin salida.
Ninguno al pie de la escalera se dio cuenta de que ya no estaban solos.
Tomasa había corrido como jamás en su vida. Y había tenido que escurrirse por las esquinas para evitar ojos indiscretos. Por no mencionar que la lluvia torrencial la había empapado y que, al regresar, había tenido que esperar hasta que, no sin meterse con ella por parecer una gallina caída al mar, la sevillana Luisa le había traído un trapo con el que secarse y una de las mudas que, para imprevistos, se guardaban en la planta de abajo.
—Que no te vea la Brava —le había rogado con ojos asustados.
Y por una vez la de Sevilla se había tomado algo en serio y había obedecido sin armar algarabía. Algo en el rostro de la mulata le había sugerido que aquel no era el momento de contar habas.
Aquel a quien Tomasa había ido a buscar se había quedado bajo el alero de la cofradía de los pilotos, resguardado de las lluvias con un barragán encerado, cavilando cómo enfrentarse al dilema que Tomasa había planteado.
Fue él quien dio la cara al pie de la escalera tras haber concedido tiempo a la mulata para disimular.
—¿Se le ofrece confesión a algún pecador?
La voz de fray Gundemaro sorprendió a todos al pie de la escalera. Las cuatro cabezas se volvieron con preguntas en los labios. Tras ellos, más allá del enyesado de la pared, la mulata ya sonreía con una jarra de vino en la mano, y los compañeros del mallorquín se burlaban de sus mejillas arreboladas.
La Brava estaba a punto de decir al del hábito que Tomasa no podría atenderlo hasta dentro de unos días. Al instante se percató de que no estaba allí para atender a sus urgencias habituales, y calló.
Mora no lo hizo.
—Mete los hocicos en tus sahumerios y breviarios —espetó con desprecio.
El fraile cató la situación y caviló por un momento.
—Estos mismos son mis asuntos —dijo al fin conciliador—. Lo que puede descarriar al rebaño es siempre motivo de preocupación para el pastor.
La única que lo entendió fue Catalina. Y, aunque no pensaba reconocerlo en voz alta, se sintió aliviada. Era demasiado testaruda para admitir que se había puesto una camisa de once varas. Pero también demasiado orgullosa para pedir ayuda.
—Lárgate con viento fresco —insistió el comerciante con desprecio.
Gundemaro se rascó su enorme tripa y mudó de expresión hasta parecer un chicuelo bajo el chaparrón de una regañina.
Isabelita, demasiado inocente, sonrió encantada ante aquel gesto pícaro del monje. Tuvo suerte de que Catalina no la viese. Le hubiera gritado. Seguía mordisqueándose las uñas.
Cuando el frufrú del rascarse quedó en el aire, el fraile habló de nuevo:
—Bendita Providencia que me ha traído hasta aquí de la mano. A vos os buscaba yo, y con denuedo, mi señor de Mora —dijo el franciscano, como si se hubieran encontrado por azar en la Puerta de Tierra—. Estaba convencido de que necesitarías sosiego para vuestra alma atormentada.
El comerciante dejó que sus dedos bailasen con desdén en el aire.
—¿Me equivoco? —preguntó humildemente Gundemaro—. Qué contrariedad —añadió con amarga ironía—, estaba convencido de que querríais consuelo.
El instinto de Mora le advirtió de que algo andaba mal.
—¿De qué hablas, pordiosero?
Gundemaro fingió sentirse ofendido.
—Claro, claro, un hombre de vuestra categoría —mostró consternación—, con vuestros ditados y dineros, preferiríais un afamado carmelita, o quizás a un elevado teólogo dominico. Estos humildes hábitos —continuó, levantándose el modesto sayal gris, como a punto de hacer una reverencia—, desgraciadamente, no están a la altura de vuestra categoría. Lo lamento de todo corazón, pero también dicen que, a falta de pan, buenas son tortas…
El mercader torció el gesto. Le hubiera gustado tener a Roa a su lado para ordenarle que se encargase de aquel impertinente.
—… Además, el camino no es de la razón a la fe, sino de la fe a la razón. No soy más que un humilde franciscano, pero, si tenéis fe, entonces…
—Azuzas la impertinente costumbre de meter las narices donde no te conviene —tascó Mora secamente—. Deja los trabalenguas y habla de una vez, o márchate y deja de incordiar. Aquí los hay que estamos ocupados.
El mentón del fraile se hundió en la primera de sus papadas y, como si estuviese en las tablas de una corrala, actuando para una comedia, se pretendió afligido.
—He venido para ofreceros confesión —declaró—. Porque en confesión he recibido noticias que he imaginado que os tendrían más que preocupado. —Gundemaro hablaba con voz sumisa, pero era un pésimo actor y nadie en su sano juicio se hubiera creído ni media palabra—. Ya sabéis que el secreto obliga en el sacramento, pero, dada la gravedad de lo que ha llegado a mis oídos, pensé que era mi deber de cristiano acudir en vuestra ayuda.
El precioso rostro del mercader se inclinó en un escorzo de suspicacia.
—Como no vayas al grano, me encargaré de que tengas que predicar en medio de los caribes; con tu talla les resultarás más que apetecible…
La amenaza no hizo temblar las carnes del fraile.
—He oído que ha habido, ¿cómo decirlo…? —Un dedo regordete tamborileó sobre aquel mentón enterrado en lardos—. He oído que ha habido ciertos inconvenientes con el último cargamento de palo de tinte.
Mora reaccionó como una sierpe acorralada y, en un abrir y cerrar de ojos, se encontró encarado con el fraile.
—Nada que no haya podido arreglarse, pero preocupante, sin duda. Más para una casa con la reputación de la casa de Mora, donde hasta ahora — prosiguió el franciscano recalcando cada sílaba, sin dejarse intimidar—, donde hasta ahora solo se ha proporcionado mercancía de la mejor calidad.
El ceño fruncido del mercader no lograba estropear la armonía de su rostro.
—Estoy convencido de que es un incidente aislado, pero me temo que podría dañar irremediablemente vuestra reputación. Ya sabéis como son estas cosas: si se hiciera de dominio público… Una vez se corre la voz…
Otros hombres de negocios se hubieran molestado en negar lo evidente o en proponer excusas. De Mora, no. Sabía que valdría de poco. Imaginó que el alguacil o los corchetes se habían ido de la lengua. Quizá, arrebatados por un deseo de contrición, era cierto que se habían confesado, o quizás el fraile había entrometido los hocicos. En cualquier caso, era necesario cortarlo de raíz, antes de que siguiera brotando.
—¿Cuánto queréis por mantener cerrada esa bocaza?
El franciscano encogió los hombros.
—Oh, en realidad yo soy un hombre de Dios. He hecho voto de pobreza, las riquezas de este mundo no me interesan.
Los dedos del mercader se revolvieron en el aire exigiendo una respuesta franca.
—De hecho, a mí me bastaría saber que en la casa de Mora se siguen los preceptos de una vida piadosa…
—Vuelta la burra al trigo… —lo interrumpió el mercader—. Pensé que la otra noche había quedado claro que no eres quién para dictarme cómo vivir mi vida. ¿No fue mi lacayo lo suficientemente claro?
—¡Dios me libre! —soltó el fraile, escandalizado—. No osaría yo algo semejante. No, ya lo he dicho, solo soy un pastor preocupado por su rebaño. En cualquier caso, la otra noche carecía de argumentos tan convincentes.
—Como los que tienes ahora sobre la calidad de los envíos de la casa de Mora…
El fraile asintió, compungido, como si lamentase una desgracia irremediable.
El comerciante sopesó la situación con frialdad. Con todo el ajetreo de la noche, la golilla se le había descolocado, y reparó entonces en ello. Repasó cada pliegue y también retiró uno de los largos y blancos cabellos de la Brava que, de algún modo, había terminado en su jubón.
Comprendió que había perdido una batalla, pero deseaba librar la guerra hasta sus últimas consecuencias. Finalmente, asintió con más convencimiento que el fraile.
—Acabas de contraer una deuda que jamás podrás pagar.
Gundemaro encajó el golpe sin que sus dotes de actor mejorasen. Ninguno de los presentes creyó la seguridad que pretendía aparentar.
—El Señor proveerá —logró decir.
Melchor de Mora e Hijuelo abandonó el local de la Brava. No tuvo que preocuparse por la lluvia, su litera aguardaba fuera. No volvió el rostro y no dijo nada más.
Al pie de la escalera, la madame reaccionó al fin:
—No tengo idea de que os traéis entre manos, pero esa bolsa pagaba buena parte de la comida que se sirve en esta casa. En tus noches más locas, condenado fraile gordinflón, no gastas ni la mitad de lo que él deja en propinas. A partir de ahora, olvídate de la Tomasa —advirtió severa—. No volverás a pisar este negocio.
El fraile refunfuñó, aunque no se creyó las amenazas. En un par de semanas, sus dineros serían tan buenos como los de cualquiera; además, tenía la certeza de que Tomasa y el resto de las muchachas exigirían que volviese a confesarlas. No se preocupó.
—En cuanto a ti —prosiguió la Brava, volviéndose a Catalina—. ¡Fuera! Los dos podéis iros juntos al purgatorio.
El dedo envejecido señalaba en dirección a la puerta, inexorable.
La pupila alzó el mentón. Tenía mejores dotes de actriz que el franciscano; podía creerse que no le iba un bledo.
La lluvia deshacía las nubes. Y parecía no tener fin.
El agua subía.
Sus pies, de puntillas, hacían equilibrios en aquella roca. Tenía que estirar el pescuezo para mantener la cabeza en seco.
Viéndose así, sabiéndose perdido, lamentó no haber conseguido que nadie, jamás, lo llamase Bernal. De todos sus nombres era el que más le gustaba. El que se le antojaba más digno. Y ya no podría seguir porfiando para cambiar su sino.
No sabía cuánto le quedaba, pero no mucho. Su barbilla, bajo el agua, era prueba de ello.
—Bernal —dijo lentamente, por el mero placer de oírlo.
Iba a repetirlo, pero le pareció oír algo más allá del rumor incesante de la lluvia. Prestó atención.
Tras un instante, se dijo a sí mismo que habría sido algún animal. O imaginaciones suyas.
Pero volvió a repetirse. Y no le cupo duda de que, además del ruido, al contraluz, en el cerco que formaba la boca del cenote, había visto la inconfundible hoja de una palma de guano.
Se mantuvo atento.
Y volvió a suceder.
—¿Quién va?
Gritó con todas sus fuerzas. No llegó respuesta.
—¿Quién va? —repitió.
El agua le llegaba a los labios.
Trasteó con los pies hasta encontrar acomodo. Esvaró. Se sumergió.
Pataleó, luchó por volver a hacer pie. Resbaló de nuevo. Tragó agua. Intentó escupir. No desfalleció. Frenético, intentó asentarse firmemente una vez más.
Lo consiguió. Tenía que echar la cabeza atrás para mantener el rostro fuera del agua, y su equilibrio era precario. Pero aquel resquicio de esperanza le era suficiente.
Puso toda su atención. Pero no obtuvo respuesta. No oyó nada.
Sin embargo, de improviso, algo cayó a su lado. Se asustó, se acordó de la cuatro narices. Pensó que alguno de sus parientes lo visitaba ahora. Y entonces sus ojos discernieron algo en el chapoteo, a unos palmos. Era el cabo de una soga.
—¿Quién va? —preguntó, sintiéndose ridículo.
No importaba de quién se tratase, solo que le ofrecía una salvación.
E iba a dejar libre su alegría cuando comprendió que aún quedaba pescado por vender. Poco podía hacer con las manos a la espalda. Mientras, el nivel del agua seguía subiendo.
Tras cavilar unos instantes, tomó aire, tanto como pudo, y se sumergió.
El costillar pateado se convirtió en una agonía, pero cerró los dientes con fuerza y, tras dos intentos infructuosos, logró sentarse en sus propias manos.
Bajo el agua, escaso de fuerzas, con el cuerpo lleno de cardenales, temió que no lo conseguiría.
No se rindió.
Siguió tirando con los hombros, ignorando el tormento.
Para cuando logró pasar las manos, atadas hasta las corvas, le ardían las muñecas y el dolor en el pecho era un martirio.
Sintió que se le nublaba la vista. Necesitaba respirar.
Se revolvió. Tiró, forcejeó. Ignoró las cuchilladas y, tras lo que le pareció una eternidad, las manos pasaron por los tobillos. Se vio tan cerca de conseguirlo que continuó forcejeando, frenéticamente.
Hasta que se atascó con uno de los talones.
Perdió un zapato. No era gran pérdida; cuero sencillo que ni siquiera se había trabajado a medida.
Y al fin lo consiguió.
Apoyándose entonces en la roca, como un pez remontando el río, se impulsó a la superficie.
Jadeante, se giró en todas direcciones y, por un terrible instante de pánico, la escasa luz escondió la soga.
Sin embargo, allí seguía, al alcance de sus manos.
Un último esfuerzo bastó. Pudo sentir el áspero tacto, deshilachado y viejo, como uno de los desechos que se compraban en el puerto por calderilla.
En cuanto la tensó entre sus dedos, alguien, al otro extremo, empezó a jalar.
De pronto, sus maltrechos brazos tuvieron que soportar todo su peso. Le dolió hasta el apellido que su madre había elegido.
No se soltó.
Quedó suspendido en el aire. Entre dos mundos.
Al otro lado, su particular samaritano seguía tirando.
Ya cerca del borde, intentó agarrarse a las palmas de guarno, pero se quedó con varias hojas en la mano. Se balanceaba adelante y atrás. En el siguiente intento, se hizo con un puñado de tierra. Al tercero, logró aferrarse a una gruesa raíz.
Tiró. Y por fin salió gateando. Se derrumbó sobre el suelo empapado, intentando recobrar el aliento.
Cuando logró incorporarse alguien se detuvo frente a él. Incluso bajo aquella luz escasa, le bastó con distinguir apenas un detalle: su salvador se cubría con un viejo y raído poncho de henequén.
El trayecto era largo, y el franciscano se preguntó cómo Tomasa había tenido fuerzas para correr tan rápido de un extremo a otro de la ciudad; pero también daba tiempo a pensar y, cuando estaban a punto de llegar al convento de los franciscanos, Gundemaro apartó de su frente el barragán encerado y habló a la muchacha bajo la lluvia.
—Escúchame bien —dijo serio—, a partir de este momento estás aquejada de unas fiebres tercianas galopantes.
—¿Qué? —Catalina lo miró con extrañeza.
El fraile se detuvo, o más bien sus pies se detuvieron y su barrigón hizo ademán de desplomarse. Se balanceó como un tentetieso antes de ser capaz de poner a resguardo su equilibrio. Y, con un crujido, sus gastadas rodillas protestaron.
—¿Qué pensabas, criatura? ¿Te has quedado en la cueva viendo las sombras de la hoguera y te has olvidado de la realidad?
Su expresión de genuino desconcierto obligó a Gundemaro a dejar escapar un lento suspiro antes de insistir.
—¿Acaso creías que te podías venir conmigo al convento sin más?
Catalina, que había salido de casa de la Brava con lo puesto y una pañoleta que le había dado Luisa, no creyó que, después del favor, fuera momento de increpar al fraile, aun a pesar de que se estaba empapando.
Como ella no logró encontrar una respuesta, el franciscano se rascó la coronilla por debajo del barragán.
—Hay que admitir que entre los hombres de Dios —dijo con aire contrito — ha habido algunos excesos… —mostró una sonrisa franca; fue como ver un rechoncho cojín de plumas ahuecándose—. Y no soy yo quién para señalar —reconoció sin pudor—, pero bien sabido es que el papa Alejandro, el Borja —aclaró con una floritura de la mano—, se encamaba con la Farnesio en sus aposentos del Vaticano sin importarle lo que podían chismorrear su camarlengo o la curia al completo… Hay quien dice que en más de una ocasión metió bajo las sábanas a alguno de sus secretarios y a un puñado de fula…, y a unas cuantas mujeres de reputación, digamos, dudosa. Es un tema espinoso.
Se rascó la coronilla con más fruición y, cuando volvió a hablar, se percibía que citaba rescatando algo de su memoria.
—La razón del mal consiste precisamente en que alguna cosa decaiga del bien —recitó—. Luego es evidente que existe el mal en los seres, como también existe la corrupción, pues la misma corrupción es un determinado mal. —Sacó la mano del barragán y alzó un dedo, con el mismo gesto que empleaba en las homilías—. Y la perfección del universo requiere que haya no solamente seres incorruptibles, sino también corruptibles —se amplió su sonrisa—, como este pobre pecador.