Carolina entre líneas

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 22 de 53

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Carolina entre líneas

Capítulo 20

Estoy sobre mi cama envuelta en al menos tres sábanas. Tengo frío. De igual forma me gusta pensar que los hilos de algodón me protegen del mundo allá afuera.

Hoy le pedí el día a tía Inés y me di a la tarea de revisar los borradores de las novelas que empecé a escribir pero ignoré después de teclear quinientas o mil palabras.

Intenté escribir sobre chicos rebeldes que se enamoran de chicas tímidas.

Intenté escribir sobre profesores que se obsesionan con sus alumnas.

También intenté escribir sobre hombres importantes que aprender a ver la belleza interior de alguna mujer entre el montón. Sin embargo, hoy todo me resulta tan... irreal. Siempre he tenido claro que a alguien como yo no le suceden ese tipo de cosas, pero soñaba... Yo soñaba. Y Dios sabe que escribí esas historias imaginando que algo así me sucedería a mí.

Ilusión. Los escritores de novelas románticas como Alexander Donoso venden ilusiones a mujeres como yo.

¿Ahora dónde encuentro un hombre tan maravilloso como el Señor Darcy? Te odio, Jane Austen.

Pongo pausa a mi monólogo interior al sentir vibrar mi teléfono móvil.

Vanesa me está llamando...

—¿Ya te suicidaste? —pregunta.

—Si me hubiera suicidado no te hubiera contestado.

Intento limpiar mi nariz. Me odio por estar llorando.

—No sé, quizá eres tú desde el más allá, atormentándome con algo tipo Vanesa, haz dieta... haz dieta...

Pongo los ojos en blanco. —Te he dicho que no necesitas contar calorías. Tú no, Vanesa.

—Carolina, Marco prefiere los espárragos en vez de un buen pedazo de carne. A veces pienso que en su vida anterior fue vegetariano —Un nuevo sollozo que no puedo disimular—. Oh, Dios, ¿sigues llorando por Donoso?

—pregunta ella.

—Sé que es estúpido... —empiezo.

—¿Donoso? Sí porque...

—No, llorar por él.

—Ah. Pero te lastimó.

—Aunque no comprendo por qué —Acomodo el teléfono móvil en mi oreja y abrazo mi almohada—. Me siento tan confundida.

—A ver. Dijo que es tu amigo.

—Sí.

—Aunque si un amigo te hace eso... no sé. Al menos yo simplemente me enojaría y le enviaría un mensaje de texto diciéndole que es un pendejo.

Pero creo que lo tuyo va más allá.

—No sé, Vanesa... No sé nada —Quiero asfixiarme con mi almohada.

—A lo mejor te enamoraste.

No, Dios, por favor...

—No.

—¿No estás enamorada o no quieres estar enamorada? —me confronta

—. Ya sabes, ser o no ser.

—Tú sabes que Adrián me lastimó. No físicamente, pero... —Duele decir esto—: jamás me tomó en serio.

Adrián me dejó por una chica más social y divertida que yo. Una amiga coqueta de la universidad que yo tuve la mala idea de presentarle.

—Adrián era un pendejo. Donoso también, pero al menos es escritor.

Piénsalo.

Como si Alexander no tuviera más opciones que Carolina Navarro. Pero Vanesa tiene que decir ese tipo de cosas por ser mi mejor amiga.

Aunque...

—Y también está Aníbal —digo.

—Caro, no.

—Antes de lo que pasó con Anleu, él y yo teníamos buena relación.

—De alumna y profesor —enfatiza Vanesa y que me diga eso me hace llorar más. Y que eso me haga llorar más que me hace llorar todavía más.

Me odio. Eres tan ilusa, Carolina—. Oye, ¿qué dije que no sea verdad?

—Pero duele —admito.

—¿Qué duele?

Saber que no tienes nada.

—No saber hacia dónde dirigir tus sentimientos, que tu corazón sea un barco en mar abierto.

—Maldita sea, que buena frase. ¿Te la puedo robar para mi novela?

Me río. Oh, Dios, ahora estoy llorando y riendo al mismo tiempo.

—Te quiero, Vanesa —le agradezco. Ella siempre encuentra la forma de levantar mi ánimo.

Sé que también está sonriendo. —Ah, ya te pusiste cursi. Pero no te vayas a suicidar, ¿vale? Al menos no antes de que yo publique un libro.

—¿Cómo van las visitas y votos de tu novela? —pregunto.

—Genial —Prácticamente la escucho saltar—. Siete mil visitas y más de mil quinientos votos. Admítelo. Fue buena idea lo de la cadenita.

—Estás loca, Vanesa.

— Da clic a este enlace de Wattpad y vota al menos tres veces esta novela y acto seguido reenvía este mensaje a siete personas más. De lo contrario, el fantasma de la chica del cementerio te maldecirá para que mueras soltera si eres mujer o hará que se te encoja la polla si eres hombre.

—Vanesa...

—Anda circulando en WhatsApp —ríe—. También envié un mensaje a mis ex advirtiéndoles que de no publicar en su Facebook una invitación a leer mi novela, daré a conocer un Top ten de las pollas más pequeñas que he visto en mi vida.

Cubro mis ojos. —Dios, Vanesa...

—¡Muero porque todos piensan que encabezan el Top! —La escucho carcajearse.

—No sé qué hacer contigo, en serio.

Y no sé qué haría sin ti. Abrazo más fuerte mi almohada.

—Sólo quiero que te rías un poco.

—Lo sé.

—Entonces… —suspira— ¿perdonarás a Donoso?

—Me da vergüenza escribirle después de que lo bloqueé. Pensará que lo que hizo me afectó mucho.

—Pero si te afectó mucho.

Otra vez me echo a llorar. —¡Pero no quiero que piense que estoy enamorada de él!

—¿No quieres que piense que estás enamorada de él, o no quieres que se dé cuenta de que estás enamorada de él?

—¡Es que no sé! Estoy sufriendo por no saber con exactitud qué estoy sintiendo.

—Dime a mí qué sientes.

—Lo extraño —admito—. Mis días eran aburridos antes de él.

—Ay, gracias.

—Sabes que te quiero —le aclaro—, pero lo que quiero decir es que...

Antes iba por la calle y me ponía triste si veía a parejas felices. Me sentía sola. Y tú sabes que cuando fui novia de Adrián tampoco hizo mucha diferencia. Sin embargo, estos días en los que he tenido contacto con Alexander...

—Ajá...

—He sentido que le importo a alguien —Veo venir otro reproche de Vanesa—. A alguien más, además de ti, quiero decir. Porque quizá pensé que...

—Déjame adivinar: Que podría surgir algo más entre ustedes dos.

Sí.

—Y me siento tan tonta, Vanesa.

—Oye, él tuvo la culpa. Se portó demasiado atento contigo.

—¡Ese es el problema! —Estoy tan molesta conmigo—. Me ilusiono con Aníbal porque se porta atento conmigo. Ahora lo mismo con Alexander. Qué patética soy.

Y lo reconozco en un momento de catarsis.

—No digas eso —Ahora también escucho llorar a Vanesa.

Y me siento cruel por decir algo así cuando sé que ella está pasando por lo mismo. Pero no puedo parar...

—No tengo a nadie que piense en mí antes de dormir.

—Presta una buena suma de dinero y no pagues a tiempo, y ya verás.

—Y leo novelas románticas para llenar vacíos dentro de mí. ¿Porque quién en su sano juicio se enamora de personajes ficticios?

—Oye, no nos juzgues a las demás lectoras de romance solo porque sientas hecha mierda.

—Déjame desahogarme —pido.

—Vale, ya.

—Qué gano imaginándome ser Elizabeth Bennet, Jane Eyre, Allie Hamilton, Julia Mitchell... o Cristina Lubo.

—Cristina —gruñe Vanesa—. No me recuerdas La cama. Maldito Donoso.

Alexander...

—Ya amaba su forma de escribir. Lo admiraba. No obstante, a él como hombre no lo conocía. Peor aún, todavía no lo conozco. No en persona al

menos. Y estoy enojada conmigo misma porque lo que hizo me dolió cuando no debió dolerme.

—Es amor.

—No.

—Sólo acéptalo, Caro… Porque si le pones nombre al sentimiento será más fácil lidiar con él.

Oh, Dios.

—Es que tal vez me enamoré de lo que pensé que era él. Ya sabes, por sus historias. Pero en realidad no sé quién es él. ¡Y eso me frustra!

—¿Qué es lo que te frustra?

—Que me importe tanto —reclamo—. Lo que haga él no debería importarme tanto.

—Oye, qué importa que piense que estás enamorada de él —señala ella

—. Que se avergüence él, que no le da la cara a nadie. Anda, escríbele diciéndole eso.

—No quiero herirlo.

—¿Perdón?

—Lo estuve pensando y... concluí que tal vez se esconde porque tiene alguna enfermedad o un problema físico.

—Sí. ¿Recuerdas que con Sara, Mabel y Ale platicamos eso? En ese momento medio lo perdonamos por no dar la cara.

—Y sí es así no me perdonaré por haberlo tratado mal.

Alexander estará pensando que soy tan perra como Cristina.

—Es su culpa por no explicarlo antes. Además, no creo que quiera dar lástima. Oye, tengo una idea...

—No, Vanesa.

—Déjame terminar. No les voy a escribir una historia en Wattpad. Mi idea es que tal vez yo podría enviarle un correo para averiguar cómo se siente respecto a ti.

Amo a mi mejor amiga. —¿Harías eso por mí?

Limpio mis lágrimas.

—Amiga, tú sabes de qué es capaz Vanesa Salcedo por ti.

—Está bien. Te diré su correo... Dile que lo lamento, que antier estaba sensible.

—Que te vino la regla, sí.

—Vanesa...

—Sensible. Estoy anotando.

—Que quiero borrón y cuenta nueva porque me dolería mucho perder su amistad.

—Anotando.

—Que ante todo lo admiro mucho y que ya le perdoné el final triste de La cama.

—¡¿Qué?! Habla por ti.

—Vanesa...

—Está bien... ya anoté, ya anoté.

—Inicia el correo con la frase: Una amistad verdadera no es ser inseparables, es ser capaz de separarse y no cambiar nada .

—Qué cursi estás.

—Por favor.

—Pero comenta el nuevo capítulo que acabo de publicar en Wattpad,

¿vale? —Ahora ella está haciendo un mohín—. Dale estrellita.

—Está bien. ¿Qué quieres que escriba en los comentarios?

—No sé, algo modesto. Tal vez: ¡ Oh my God, alguien aviéntele un Pulitzer a esa chica!

—Vanesa, los premios Pulitzer son premios por periodismo.

—¿Un Nobel de literatura?

—Pondré un Oscar.

—Ay, te amo.

—Sé buena con Alexander.

La escucho suspirar. —Seré tan cursi que más tarde cuando me suene la nariz saldrán corazones.

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