Carolina entre líneas
Capítulo 26
La hora de recorrido que hace el transporte colectivo desde Café y letras hasta la calle en la que vivo, me da tiempo para pensar. ¿Por qué, Aníbal?
Me siento traicionada. Me siento utilizada. Aún me cuesta creer que sus atenciones tenían como único objetivo sacarme información. ¿Cuántas de mis ideas se apropió?
Soy demasiado ingenua. Y es que yo no haría algo así. Por lo mismo, no concibo la idea de que alguien me haga algo así.
Quiero llegar lo antes posible a mi cama para esconderme bajo de mis sábanas. Necesito que los hilos de algodón me protejan. Sin embargo, las luces dentro de la casa están apagadas. Natalia y los niños deben haber salido y Javier todavía no regresa de su trabajo. No me será tan fácil entrar.
¿Dónde dejé mis llaves?
Estoy buscando en mi bolso cuando escucho pasos detrás de mí. Me vuelvo para ver quién es.
Aníbal.
—¿Qué hace usted aquí? —pregunto, molesta. Aunque también me siento asustada. ¿De qué es capaz?
—¿Usted? ¿Ya no nos tuteamos? —pregunta. Él también luce molesto.
Alexander me escribió que Armando iría a visitar hoy mismo a Aníbal...
Y por el humor que en apariencia carga Aníbal, sospecho que ya lo hizo.
—No desde que me traicionó —digo, a la defensiva y continúo buscando mis llaves.
—La palabra adecuada no es traición, Caro.
—¡No quiera hablarme del uso correcto de las palabras ahora! ¡Busque en un diccionario las palabras Traición y Ladrón!
—¿Abogados, Caro? —Él está riendo—. Podíamos haberlo hablado.
Niego con la cabeza. —No tengo por qué confiar en usted.
—Tú me conoces.
¡Ni de broma!
— Creí conocerlo —señalo—. ¿Por qué me mintió? —Estoy temblando debido a mi enojo. Confiaba en ti, Aníbal—. ¿Por qué me utilizó?
¿Por qué no me di cuenta a tiempo? ¿Acaso fui más fácil de manipular debido a mis sentimientos por él?
Estúpida, Carolina. Estúpida.
—Vamos a tomar un café y hablemos —propone, intentando tomar mi mano.
—¡No! —lo repelo—. Lo discutiremos en un juicio.
Escuchar la palabra juicio hace que Aníbal retroceda un poco. Yo estoy temblando.
—¿Quién te aconsejó llamar a un abogado, Carolina? —No tarda en volver a acercarse peligrosamente—. ¿Quién? Un abogado que hurgó en mi pasado y ahora cuestiona cosas que no le conciernen ni a ti ni a él.
Encuentro mis llaves, no obstante me debato si me dará tiempo o no correr y abrir rápido. ¿Si grito saldrán rápido nuestros vecinos?
—No es de su incumbencia.
Quiero que Aníbal se vaya.
—Estaba platicando con Helen cuando escuché a alguien tocar el timbre de mi puerta. Cuál fue mi sorpresa cuando vi a los mejores abogados de esta ciudad preguntando por mí... No me enviaste a cualquier abogado de oficio, Carolina. Esos hombres pertenecen a la firma S&T.
—No sé de qué me está hablando —musito, caminando hacia atrás, alejándome. Aníbal sigue aproximándose.
¿Qué pretende?
—Tú no tienes los recursos para costear esos abogados, Carolina —Los ojos de Aníbal se encienden con odio. Tengo miedo—. Ni el roce social para conocer a alguno de ellos. ¿ Quién te está ayudando?
—¡No tengo por qué explicarle nada!
—Caro...
—¡Váyase!
—Hablemos.
—¡AYUDA! —empiezo a gritar, al mismo tiempo que intento correr hacia mi puerta.
Pero ya es tarde, Aníbal me cogió del brazo. —Sé que estás enamorada de mí... —continúa, apretando con más fuerza mi brazo.
¡Oh, Dios! —¡BASTA!
—Me di cuenta hace mucho tiempo...
¡Y se aprovechó!
—¡DEJEME EN PAZ!
—¡DIME QUIÉN TE ESTÁ AYUDANDO!
—Este video ya tiene tres minutos, señor Cardona —escucho decir a una voz ronca.
Aníbal me suelta al instante.
Buscando de dónde viene la voz, mis ojos encuentran a un hombre vestido con traje y corbata, que además está sosteniendo entre sus manos un teléfono móvil como si este fuera una cámara de video. Nos está grabando.
—Usted... —dice Aníbal, molesto.
—Debió suponer que después de visitarlo usted visitaría a mi cliente —
dice el hombre, mirándome con un aire divertido.
—¡Ya bajé ese teléfono!—pelea Aníbal, intentando coger el aparato—.
¡Yo no voy a reconocer nada!
—Eso ya lo veremos —dice el otro, apartando a Aníbal y extendiendo hacia mí su mano—. Mucho gusto, Caro, mi nombre es Armando.
Tímida y todavía un poco asustada, estrecho la mano de Armando. Él es un hombre joven de buen ver. Más que abogado, a simple vista parece actor de cine. Me siento un poco intimidada, aunque también aliviada que haya venido a tiempo. Con saber que él es amigo de Alexander me siento a salvo.
—¿Ni siquiera lo conoces? —me pregunta Aníbal, luciendo indignado.
¡Descarado!
—No tienes por qué responder sus preguntas —me dice Armando, con actitud cómplice y volviéndose un poco sobre sus pies—. ¡Eric —llama a otro hombre, de pie al lado de una camioneta— empieza a coordinar el trámite de una orden de restricción y avísale a Daniel que este tipo vino a visitar a la chica!
—¿Daniel? —pregunta Aníbal.
—Sí. Daniel —dice Armando, mirando con altanería a Aníbal—. Yo que tú no lo enojaría más, ya te quiere ver en un calabozo de por vida.
Ahora vete, antes de que empieces a acumular más cargos.
—Esto sólo está empezando...
—¡Lárgate —lo echa Armando—, que tengo un listado con los nombres de todos los autores a los que has plagiado!
Aníbal, amedrentado, no se lo piensa dos veces. Cobarde. Finalmente acepto que Vanesa tiene razón al decir que se ve como un intento de hipster barato.
—Oye, no llores —me pide Armando, ofreciéndome un pañuelo—. Con una orden de restricción no volverá a acercarse. Lo prometo.
Acepto su pañuelo. —Daniel... —empiezo.
Aunque a veces no sé por cuál nombre llamarle. Daniel. Alexander. De todas formar no sé quién es.
Armando luce preocupado. — Sí. Ahora temo que él mismo quiera venir a verte.
—Por favor —digo, porque de verdad me gustaría verlo.
Percibo miedo en el semblante de Armando, y, hasta cierto punto, también rechazo. ¿Por qué no confían en mí? ¿Quién está detrás de Alexander Donoso?
Pronto, este silencio incómodo entre nosotros se ve invadido por la música del soundtrack de La Guerra de las Galaxias.
—Espera, es mi teléfono —dice Armando y se apresura a hacerse con el aparato—. Sí, todo bien —responde, un poco más relajado al escuchar a la persona que está al otro lado—. Lo que te dijo Eric. Sí.... Cardona la tenía del brazo. ¿Puedes creerlo? Sí... Sí... Pero lo grabé todo en vídeo. Tal vez tu papá nos pueda ayudar a agilizar la orden de restricción... De acuerdo... de acuerdo... Sí, ya... ¡No me hables como si fuera un principiante! Sí... Sí, ya... ¿Estás seguro? De acuerdo... —A continuación, Armando aleja de él su teléfono, acercándolo a mí esta vez—. Quiere hablar contigo —dice.
—¿Quién? —pregunto, sintiendo miedo y todavía tensa por lo sucedido con Aníbal.
—¿Quién? Bueno... Tú lo conoces como Alexander Donoso.
Daniel.
Miro de lejos el teléfono de Armando, aún sorprendida por su respuesta.
Alexander está al otro lado de ese teléfono. Daniel. Alexander. Daniel.
Alexander. No sé quién es.
—Por favor —me anima Armando.
Finalmente acepto el aparato y, cautelosa, lo acerco mi oído. ¿Cómo debería llamarlo? —Alexander... —digo, sintiendo un nudo en la garganta.
Armando se aleja un poco para darme privacidad.
—Daniel —aclara una voz, que me hace llorar. Es su voz—. Carolina, no llores —me pide—. Él no volverá a hacerte daño.
—Es que no estoy llorando por él.
—¿Entonces por qué?
—Tu voz... —digo, a borbotones—. No sabes cuántas veces la imaginé.
Cuántas veces la soñé.
Oh, mi Dios. Estoy hablando con él.
Daniel se toma su tiempo para decir algo más. —Si quieres a partir de hoy puedo llamarte por teléfono.
Pensé que yo era la única invadida por una infinidad de emociones, pero él también se escucha afectado.
Sonrío. —Ya progresamos —Intento calmarme para no escucharme rara
—. De correos electrónicos a teléfono.
Busco los escalones frente a la entrada de mi casa para sentarme. Necesito sentarme. De reojo miro las luces de un coche, que de inmediato reconozco como la camioneta de la mamá de Vanesa.
—Puedo llamarte antes de dormir y cuando despiertes —propone Daniel, con voz gentil—. Me encantaría quedarme dormido escuchándote y después despertar con tu risa.
—Siempre despierto de mal humor —digo, tímida. Para mi hablar con él es algo nuevo—. Me odiarías.
—Carolina... —dice, con el mismo tono gentil y caballeroso— tal vez despiertes de mal humor porque no hay un buen incentivo a tu lado.
Me sonrojo. —Tu voz —vuelvo a decir aunque me escuche tonta.
—¿Qué tiene? ¿Es espantosa? —lo escucho reír.
Oh, Dios, también amo su risa.
—No —escurro de mis ojos un par de lágrimas—. La amo. Suena como... tú. Sé que suena tonto pero, tu voz no me defraudó.
—Tampoco quiero defraudarte yo.
Por supuesto que no. —Ven, por favor —le pido. Prácticamente le ruego.
Vanesa se apresura a hacer su camino hasta donde estoy yo. Trae con ella una torre de periódicos. ¿Qué rayos? Se sorprende al verme afuera... y llorando.
—No quiero que me tengas miedo —dice Daniel.
—No. No. Prometo que no… Yo sólo quiero abrazarte —respondo, dejando salir todo lo que estoy sintiendo—. Te amo —confieso—. Ya amaba al escritor, pero también amo con mi alma lo poco que conozco de ti.
Y ahora también amo tu voz. Y también tu risa. Ven, por favor.
Escucho a Daniel a jadear un poco. —Carolina...
—Todo va a estar bien. Lo prometo.
—¿Con quién estás hablando? —me pregunta Vanesa, preocupada. Pero sé, por lo que estoy diciendo, que ya lo sospecha.
—Alexander —respondo, mordiendo mi labio inferior.
—Cuelga ya —empieza mi amiga—. ¡Cuélgale!
—¿Por qué? —pregunto, alejando un poco de mi el teléfono de Armando. ¿Qué diablos pasa con Vanesa?—. Él no me hizo llorar, fue...
Ella deja caer en el suelo la torre de periódicos. —¿Querías pruebas?
Aquí están ¡Cuélgale a ese tipo, Carolina!
Miro la infinidad de periódicos despilfarrados frente a los pies de Vanesa, y aunque sigo sin comprender qué pasa, sé que es algo serio porque Vanesa Salcedo toma pocas cosas en serio.
—¡Cuelga ya, Carolina! —insiste, cruzando sus brazos sobre su pecho.
—¿Por qué?
Antes quiero que me diga por qué.
—Porque la verdadera identidad de Alexander Donoso es Daniel Saviñon —explica ella, exaltada—. Carolina, ¿recuerdas el escándalo público del caso Saviñon? A ese tipo, Daniel, lo acusaron de intento de asesinato.
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