Carolina entre líneas

Tatiana M. Alonzo · Capítulo 33 de 53

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Carolina entre líneas

Capítulo 30

Daniel

Lo primero que necesito agendar, ahora que estoy de vuelta en el bufete, es el leerle yo mismo la cartilla a Aníbal Cardona. Pensar en eso me anima a bajar de mi camioneta e ir del estacionamiento a la entrada principal de S&T.

Estoy de vuelta.

Al principio, Maggie, la recepcionista, porque me ve por el rabillo del ojo, no me reconoce inmediatamente; pero cuando se da cuenta de quién soy, ella y el agente de seguridad que custodia el vestíbulo, me permiten entrar.

Cojo un poco de aire y evado el elevador para en su lugar utilizar las escaleras. Prefiero no toparme con nadie hasta hablar con papá.

Aunque… por lo visto, será imposible.

—¡Daniel! —me abraza Gonzalo, un viejo colega—. Primera vez que te veo en años.

Él se planta delante de mí con la intención de platicar.

—Sí, eso creo —titubeo, saludándolo con un apretón de manos.

No me molesta Gonzalo, es sólo que tratar a viejos conocidos me saca de mi zona de confort. Me aterra que me pregunten cómo estoy o, peor aún, sobre el juicio que enfrenté hace algunos años. Él parece percatarse de ello y se muestra condescendiente.

—Me da gusto tenerte aquí de nuevo.

Asiento con la cabeza, me despido y continúo subiendo.

No seas asocial.

—¡Otro día almorzamos! —lo llamo de lejos, recordando que debo ser accesible si decido que esta será mi rutina a partir de hoy.

—¡Claro! —sonríe él. Sin embargo, de momento sólo quiero hablar con papá.

—Señor Saviñon —escucho otra voz. Una tierna voz de anciana.

—Gladys... —me detengo, cuando la reconozco y sonrío de oreja a oreja. Ahí está ella. Cuerpo regordete, manos arrugadas y una cabellera repleta de canas—. Que gusto verte todavía aquí.

Gladys sirve el café en S&T desde que papá fundó el bufete. Cuando niños, ella nos entretenía a mí y a mis hermanos mientras papá estaba en reunión.

—Dani —me abraza ella, llorando—. Es a mí a la que le da gusto verte aquí.

Al instante siento un nudo en la garganta. —Sé que no me extrañaste —

digo, a manera de broma para evitar ponernos tristes—. Yo era el único que te ponía en apuros al pedirte té en lugar de café.

Ella niega con la cabeza. —Dime que te quedarás —cuchichea, apretujando con ternura mis mejillas—. Prometo mantener té para ti.

—Eso suena magnifico.

Realmente magnifico.

Me despido de Gladys besando sus manos y continúo mi camino. Mi plan para hoy es visitar a papá y preguntarle si me puedo incorporar al bufete. Todavía soy socio, pero pretendo volver a ser un miembro para volver a dar batalla y recuperar mi prestigio.

En la recepción del piso principal observo en redondo esta parte del bufete. Paredes tapizadas con color verde musgo. Sofás de cuero negro.

Retratos en óleo. También hay flores y plantas de sombra. Toda la decoración a gusto de Mónica. Sonrío nostálgico. Este lugar me trae muchos recuerdos y la mayoría buenos. Claudia es médico, pero papá nos unió al bufete a Ricardo, a Mónica y a mí desde que uno por uno nos titulamos como abogados. Algunas veces mamá tenía que venir a sacarnos a todos para así evitar que saliéramos tarde de la oficina o no llegáramos a alguna actividad familiar.

La secretaria me atiende amable y me pide esperar unos minutos a papá, que está atendiendo a un cliente. No he terminado de acomodarme en un sofá cuando veo venir por uno de los pasillos a Mónica de la mano con Fredi, otro buen amigo mío. Ella se detiene en seco cuando me ve.

—Hola, Mon —saludo.

Ella suelta la mano de Fredi. —Eh...

No esperaba que sí viniera. Me río y pongo de pie para saludarlos. —Ya no estamos en secundaria para que te esté celando —aclaro.

Fredi estrecha mi mano para saludarme.

—Cierto. Cierto —dice Mónica, aunque un poco colorada de la cara—.

Tú-tú aquí... —titubea.

—Me pediste venir.

—Sí que fui convincente —sonríe, enjaguando sus ojos. Tanto ella como mamá son bastante sentimentales.

—Que gusto tenerte de vuelta, Dani—dice Fredi.

Fred y Mónica, sí que la vida da sorpresas.

—Estoy esperando a que papá me atienda —digo.

—No tienes que esperarlo aquí —dice Mónica, cogiendo mi brazo y encaminándome por uno de los corredores—. Tú todavía tienes una oficina aquí.

—¿No la han ocupado? —pregunto, confuso.

Mónica pone cara de espanto. —No, papá no lo permitió.

Al llegar al final del corredor, mi hermana abre para mí la puerta de madera de la que fue mi oficina.

—Vuelvo al rato —se despide, teniendo la consideración de dejarme un momento a solas. Aunque sé que también lo hace porque quiere avisar a todos que estoy aquí.

Una vez más, observo en redondo este lugar. Mi oficina continua casi igual a como la dejé hace algunos años. Lo único que ha cambiado es que ya no hay tantos papeles dentro de mi escritorio y sobre este ahora hay un portaretrato vacío. El portaretrato que tenía la fotografía de Ximena, recuerdo. Aquí están las fotos de mamá, papá, mis hermanos, incluido Ricardo... También Tini y Mariana. Sólo falta Ximena.

—No, no falta —me digo, cogiendo el portaretrato para sacudir el polvo que ha acumulado.

Al final Ximena no significó nada. Lo que me dolió de aquella mala experiencia fue la deslealtad de mi hermano.

Alguien toca la puerta.

—Adelante —digo.

Es un joven de apariencia amigable. —Soy Carlos, el encargado de cómputo —explica y entra, trayendo con él un ordenador y una impresora

—. La señora Saviñon me pidió ponerme a su disposición y venir a instalar esto.

Sonrío agradecido. Mónica definitivamente quiere que me quede.

Dejo trabajar a Carlos mientras observo los demás portarretratos y decido que quiero actualizarlos.

—¿Puedo utilizar la impresora hoy mismo? —pregunto a Carlos cuando le veo sacudir su pantalón en plan “Ya está todo listo”.

—Sí, señor, ya está conectada al ordenador y a la red corporativa.

Me acomodo en mi silla y, de cara a mi ordenador, abro la Bandeja de entrada de mi correo electrónico. En mi historial busco la fotografía que Carolina me envió para mi cumpleaños. No es la foto en topless que prometió pero ésta también me gusta. Carlos y yo la imprimimos y después yo la coloco en el portaretrato vacío.

—¿Su novia? —me pregunta Carlos, mirando embobado a Carolina.

Siento una curiosa punzada de celos, pero admito que me da más risa que molestia, pues me parece divertido sentirme poseso con Carolina.

—¿No te parece demasiado bonita para mí? —le pregunto.

—Sí —ríe él—, pero supongo que le quiere bien.

Eso espero.

Alguien más toca la puerta. Carlos la abre por mí y se despide. Ahora quien entra es papá. Él está sonriendo de oreja a oreja.

—Mónica pasó por encima de tu autoridad y pidió a Cómputo venir a instalarme un ordenador —digo.

Me pongo de pie para recibirlo. Él me da la mano y después un abrazo.

—No tienes que pedir mi autorización para entrar a tu oficina —aclara.

La voz de papá se quiebra un poco. Cojo un poco de aire y coloco mi mano sobre su hombro para evitar que se ponga nostálgico. Es increíble cuan apoyado me siento hoy. Un miembro de mi familia me falló, pero hoy reconozco que no es el único parte de ella.

—Hazme sentir orgulloso como siempre, ¿de acuerdo? —me pide.

—De acuerdo.

Esta vez la puerta se abre sin que nadie toque. —Vamos a almorzar juntos —ríe Mónica, con su teléfono móvil en la mano—. No voy a aceptar un no como respuesta

—¿Yo también estoy invitado? —pregunta papá, mirando de mi a ella.

—Claro.

—¿Y yo? —escucho que pregunta mamá en el altavoz del teléfono de Mónica.

Oh Dios, otra vez el altavoz.

—No sé, preguntémosle a Daniel —dice Mónica, guiñándome un ojo.

Me río por lo bajo. —Sí, mamá, tú también estás invitada a venir con nosotros.

—¿Yo también puedo ir? —escucho que pregunta tía Gertrudis.

Oh, Dios.

—¿Quiénes más están ahí? —pregunto al teléfono de Mónica.

—Tu tía Gertrudis, tu tío Manolo, el abuelo —empieza mamá. Aquí vamos de nuevo—. Nacho, la novia de Nacho, Tini, Mariana...

—Ya está, vengan todos a almorzar con nosotros —digo.

Escucho aplausos. Niego con la cabeza, aunque estoy sonriendo. Y

aunque no lo digo en voz alta, mi familia sabe lo agradecido estoy con todos. Ayer, mañana, hoy y siempre lo estaré.

—Iré a despachar al cliente que me está esperando y nos vamos. ¿Está bien? —pregunta papá.

Asiento gustoso.

—¿También puede ir Fredi? —me pregunta con una sonrisita pícara Mónica.

—¿Te trata bien? —le pregunto. Es lo único que me interesa saber.

—Sí —afirma ella—. Pero te prometo que iré despacio.

—Eso es más que suficiente.

Al regresar papá a su oficina y Mónica ir a invitar a Fredi a venir con nosotros, otra vez me encuentro solo en mi oficina. Aprovecho para revisar otra vez mi historial de correos electrónicos y con tristeza releo el último que me envió Carolina. ¿Por qué, Caro? Ella me pide que ya no le escriba.

Sin embargo, no dijo nada de no ir a buscarla. ¿Será prudente buscarla?

Tras meditarlo un poco decido que lo haré. Iré a buscarla. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Qué me cierre la puerta en la cara? ¿Qué me diga que me odia? Porque puedo lidiar con eso y más, siempre y cuando tenga claro que al menos intenté hablar con ella.

Te extraño, Carolina Navarro.

Continuando con la inspección de mi historial de correos recibidos, encuentro un último correo que recibí de mi hermano. En su momento no lo abrí, pero hoy me siento preparado para enfrentar esto y más.

De: Ricardo Saviñon

Asunto: Hola.

Fecha: 3 de junio de 2015 16:34

Para: Alexander Donoso

Hola,

Me dijo Mónica que ahora utilizas esta dirección de correo.

No quisiera molestarte más, Daniel, pero francamente mi consciencia no me permite estar en paz.

Perdóname.

Sé que no hay excusas. Sé que no existe una “mejor manera” de pedir disculpas o decirte que me equivoqué, pero lo estoy intentando. Necesito intentarlo.

Sigo vivo y soy feliz, aunque ya no con ella. Al final tomamos caminos distintos y ahora busco alguno (aunque sea estrecho y doloroso) que me lleve de vuelta a ti.

Veo imposible que todo vuelva ser como antes, pero al menos permíteme vivir procurando ganarme tu perdón.

Con cariño y admiración,

Richi

He releído el correo de Ricardo cinco veces cuando Mónica entra otra vez a mi oficina.

—¿Qué pasa? —me pregunta.

Mi semblante no debe ser bueno. —Ricardo —digo, pidiéndole que se acerque.

Ella también lee el correo.

—Él y Ximena se separaron —explica—. Ella lo dejo solo con el hijo de ambos.

Suena triste.

—¿Ricardo está criando solo a ese niño?

No me puedo imaginar a mi hermano como padre responsable, aunque realmente espero que esté siendo un padre responsable.

—Lo hace bien hasta donde sé —dice Mónica, un poco tímida. Creo que teme que le reclame estar en comunicación con nuestro hermano—. A veces le envía fotografías a mamá.

—¿Y por qué no ha venido a visitarles? —quiero saber.

—Por ti —dice ella, cabizbaja.

Por mí.

—Mónica, no tienen porque elegir un equipo —digo, un poco apenado

—. Yo nunca les he prohibido seguir en contacto con Ricardo o con Ximena.

—Pero te hicieron daño, Daniel.

Sí y mucho, pero sé que mi madre extraña a su hijo y mi hermana a su hermano.

—Dile que estaré bien —reconozco—. Además, me preocupa que un niño esté solo en sus manos.

—Creo que ya rehízo su vida con una madre soltera —cuenta Mónica.

Pongo los ojos en blanco. Al parecer soy el único que se enclaustra y se aísla del mundo tras una decepción.

De: Alexander Donoso

Asunto: Hola.

Fecha: 25 de enero de 2016 13:12

Para: Ricardo Saviñon

Cuando puedas ven de visita, mamá y Mónica te extrañan.

En cuanto a mi... Sí. Tal vez todo no vuelva a ser como antes, pero...

vale la pena intentarlo.

P.D. Escríbeme a mi correo electrónico personal. Lo volveré a reactivar.

Sé que muchos en mi lugar jamás hubieran perdonado a mi hermano, pero el tiempo que estuve encerrado y aislado me enseñó que si hay alguien que debe vivir con las consecuencias de haber hecho daño, es quien hizo ese daño. Yo, por mi parte, sólo quiero volver a vivir.

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