Carolina entre líneas
8.La llave de mi vida
8.
La llave de mi vida
Carolina
Semanas después...
Aunque suene tonto, llega el día en el que agradeces las cosas malas que viviste. Aníbal fue un error en mi vida, porque de no ser por Daniel él hubiera arruinado mi autoestima profesional. No obstante, por recomendación de él leí los libros de Alexander Donoso. Lo que me hace creer que Dios tiene formas extrañas de hacernos llegar una bendición, y que quizá primero necesita que aprendamos a recibir lo que nos tiene preparado.
De igual forma, ¿qué hubiera pasado si Daniel se casa con Ximena? No habría una historia nuestra. Con esto no quiero decir que agradezco que Daniel haya sufrido, no. Me refiero a que a pesar de que en su momento él vio su mundo caer, tras reponerse y liberar con el perdón su corazón, pude llegar yo a su vida y él a la mía.
Y somos el uno para el otro. Claramente nos complementamos bien.
Bienvenida a mi vida
Eso suscribe el remitente del paquete que Víctor trajo hace un momento a Café y letras. Lo abro y con suma felicidad descubro muchas rosas rojas dentro.
Las envió Daniel.
En Café y letras se armó una pequeña algarabía al ver entrar mi paquete.
—Es detallista —escucho decir a tía Inés y le doy la razón sintiéndome dichosa. El resto de mis compañeras de trabajo también elogia a Daniel.
Entre tanta rosa encuentro una llave que me permite atar cabos: Daniel me invitó a visitar hoy por la noche a su apartamento. He ido otras veces, pero hoy es especial, aseguró.
Él ya me presentó con su familia y sus amigos, sin embargo dijo que me faltaba “la llave de su vida”. Me pregunto a qué se referirá.
Como es ya costumbre, saco fotografías a todo y se las envío a Vanesa.
Vanesa: Que linda forma de decirte que quiere tener sexo :3
Carolina: Tenías que arruinar el momento, ¿verdad?
Vanesa: Me siento tensa.
Carolina: ¿Cómo vas con el embrollo de tu novela?
Vanesa: No preguntes.
Carolina: ¿Qué te dije sobre publicar algo imprudente? >:/
Vanesa: Ay sí, ahora todo mundo me dijo que no publicara nada ¬¬
Carolina: De hecho.. .
Vanesa: Que no preguntes más :'/ Entonces qué, ¿sexo? ;) Otra vez cambiando de tema para que no la regañe.
Carolina: ¿En serio será eso lo que quiere? :O
Vanesa: El conejito entra a su cuevita...
Carolina: Vane...
Vanesa: A buscar una florecita :3
Carolina:...
Vanesa: Jajajaja Todo saldrá bien, sólo relájate.
Carolina: Tú y tus consejos.
Vanesa: ¿Cuándo te he dado un consejo que haga que todo termine mal?
Carolina: Sabía que iba a llegar el día en el que preguntaras eso, por eso guardé esos consejos en archivos y los ordené en orden alfabético.
Vanesa: :'(
Salgo puntual de Café y letras y Michelle me da un aventón en su coche hasta dejarme lo más cerca posible del edificio en el que vive Daniel.
Por cierto, ya me había acostumbrado a que Daniel fuera por mí a Café letras. Pero dijo que hoy no podía. Sospechoso.
Al llegar al edificio entro al vestíbulo, busco el elevador y dentro de este presiono el número once. Nada de qué preocuparme hasta que me encuentro de pie sobre el corredor del onceavo piso y me percato de que frente a mí hay un camino de rosas. Un camino hecho solo de rosas. Daniel. Voy recogiendo cada una a medida que avanzo hacia la puerta. No obstante, ahí no termina todo, en la puerta hay un papel sobre el que se lee la frase:
Querías otro final, ¿no?
Sospechoso.
Y es todavía más sospechoso que la puerta principal esté abierta. Entro.
Música invade mis oídos a medida que recorro el apartamento. Un tango. Pero eso no es todo, el lugar está oscuro... oscuro de manera casual, pues la luz de muchas velas iluminan todo de forma romántica. Más que nada iluminan lugares estratégicos que hoy están adornados con más rosas.
Observo con ilusión todo. Daniel siempre encuentra la forma de que cada día me enamoré más de él.
Camino hasta el punto que divide el despacho de Daniel y la sala de estar. A un costado hay una ventana y frente a esta una mesa de igual forma adornada con un mantel blanco y un florero repleto de rosas.
Daniel quiere llenar mi vida de rosas rojas.
Y de pie frente a la mesa está él, Daniel, sosteniendo en su mano una hoja. Está vestido de traje completo y zapatos bien lustrados. Yo, por el contrario, aún llevo puesto el uniforme de Café y letras.
Agito mis manos a manera de decirle “Debí prepararme para esto”.
—Me encanta ese uniforme color amarillo huevo —dice él, sonriente.
—Yo... —niego con la cabeza, sintiéndome ligeramente abochornada—.
Debí prever que harías algo así —farfullo, mirando con decepción mi uniforme—. No visto adecuadamente, am...
Arrugo mi frente y cierro con vergüenza mi boca al darme cuenta que iba a decir “Amor”. “No visto adecuadamente, amor.”
Daniel acorta la distancia entre nosotros y se acerca a mí con decisión.
Mi piel se enchina. —No, así estás perfecta —dice—. Así estás perfecta, amor —recalca, para que no me sienta avergonzada—. Ese uniforme es parte de la Carolina de la que me enamoré.
¿Cómo no amarlo? Nos miramos a los ojos y nos sonreímos mutuamente.
Estas últimas semanas han sido de ensueño. No llevamos una vida opulenta. Nada de eso. Me refiero a que nos concentramos en hacer de lo sencillo algo inolvidable: caminar por la calle, tomar nuestras manos, escribirnos, llamarnos... Con excepción de hoy que él me preparó un camino de rosas.
—A veces creo que aún sueño contigo —musito.
—¿Por qué? —pregunta él, curioso.
Doy otro vistazo a lo que preparó. —Nunca creí merecer a un héroe de novela.
—No soy un héroe de novela —ríe Daniel en voz baja, acariciando mis labios con su pulgar—. Los dos sabemos que esta historia no empezó conmigo rescatándote de un dragón.
Yo acaricio su mejilla y él aprovecha ese momento para rodear mi cintura. —Hiciste algo mejor que eso —digo.
—¿Qué? —Él está sonriendo.
—Me rescataste de la monotonía.
Mi vida continúa siendo sencilla, pero todo es mejor desde que él está.
Daniel se acerca un poco más y nuestras narices se rozan. —Y yo no podría terminar de enumerar hoy las razones por las que me hace feliz tenerte en mi vida, Carolina.
Nos perdemos en un beso apasionado.
Vanesa no lo sabe, pero ya me entregué a Daniel. Sucedió la segunda vez que lo visité. El plan era acomodarnos en su sofá para ver películas, y sí vimos varias películas, aunque ahorita no recuerdo cuáles... o de qué iban...
o cómo terminan... o si en realidad eran series o eran películas.
Oh, Dios, será mejor que tenga una buena excusa en caso de que Vanesa pregunte sobre las tardes de cine que disfrutamos Daniel y yo. Porque a Daniel le encanta el cine. Sin embargo, últimamente dice que le apasiono mucho más yo.
¿Cómo no amarlo?
Me hizo el amor de forma tierna al decirle que era mi primera vez.
Tierna, pero vehemente a medida que dejamos claro que nos deseamos.
Ternura y vehemencia. Un contraste difícil de comprender si no estás en las manos de un hombre que pasó mucho tiempo sin demostrar de forma física su amor, pero que a la vez teme lastimarte.
En cualquier caso, esta noche no empezará de esa manera. Daniel hoy demuestra querer algo más que películas.
—¿Por qué pusiste un tango? —le pregunto, al darnos un respiro y detener un momento nuestro beso.
—Déjame acordarme —dice, mirando de forma graciosa mi boca—. Ya no importa —exclama, queriendo retomar el beso.
Suelto una risa y no se lo permito. —Quiero saber —insisto, besando su nariz.
Él coge un poco de aire para calmar así las ansías y extiende hacia mi su mano. La tomo preguntándome qué hará.
—Te he prometido muchas tardes de “cine” que no terminan con esa particularidad —dice, haciéndome reír.
—No me molesta —digo, a pesar de que a veces me pregunte si él únicamente necesitaba la compañía de una mujer, fuese quien fuese la afortunada.
No es momento para dudar, Carolina.
Nos detenemos en medio de la sala de estar. El paisaje a nuestro alrededor es mágico.
—En el fondo de mi corazón supe que eres para mí desde el momento en el que me solté a hablar de cine contigo —empieza, llenándome de afecto— o, mejor aún, te envié con Víctor parte de mi colección de películas —Los dos nos miramos de forma dulce—. A partir de ese momento empecé a mostrarte al verdadero Daniel.
Y es que, en mi opinión, la mayoría de personas cometen el error de no compartir con el otro experiencias de su vida cotidiana. Por ello Daniel y yo elegimos hacer especial lo sencillo.
—Yo te amo, Carolina Navarro —continúa —, y quiero hacer de ti mi mejor novela de amor. Por eso te pregunté al llegar “¿Querías otro final para aquella novela?” —Asiento y Daniel coloca en medio de nosotros la hoja que aún sostiene en su mano—. “Con los años, la esperanza de Esteban de algún día encontrar un nuevo amor se apagó —empieza a leer, emocionándome—. Se volvió un hombre amargado y, por qué no decirlo, un tanto ruin. Sin embargo, todo cambió el día que recibió un correo electrónico”.
—¿Así empieza ? —pregunto, emocionada. Daniel se había mostrado cauteloso con los detalles de su nueva novela.
Él asiente. —Y como dije el día de la presentación, quiero que tú, Carolina, me ayudes a terminar de escribir esto.
Me abraza ligeramente y me vuelve a besar.
—Aunque eso no explica el tango —digo, al alejarnos un poco de nuevo.
—Por supuesto que no —Él hace a un lado la hoja y saca de su bolsillo un control remoto que apunta por encima de mi hombro.
Al instante la música se detiene.
—En esta novela Esteban y Carolina no se ven por primera vez frente a la casa de ella —explica. ¡AH, nombrará Carolina al nuevo amor de Esteban! —. Después de compartir su interés en el cine de calidad, él la invita a venir a su apartamento y le pide rememorar con él una de las mejores escenas que vieron.
—¿Qué escena? —pregunto, ilusionada. Aunque estoy sospechando.
—Primero —dice él, haciendo una pequeña reverencia—. ¿Aceptas la llave de mi vida?
Se refiere a la llave que me envió hoy más temprano. —¿Quieres que pase más tiempo aquí? —pregunto.
—Todo el que quieras.
Asiento, feliz. —Sí, acepto.
A continuación, Daniel apunta de vuelta el control por encima de mi hombro y después lo guarda de nuevo dentro de su bolsillo. No dejamos de mirarnos.
Él extiende una vez más hacia mí su mano cuando una nueva melodía empieza a apoderarse del conjuroso silencio.
—Por una cabeza —dice Daniel, para recordarme cuál es el nombre de esta canción de tango.
Quiere que rememoremos una escena de Perfume de mujer, una de las películas que me envió de su colección.
Tiemblo por la anticipación en lo que Daniel coloca su mano izquierda en mi espalda y con la derecha coge mi mano derecha para a continuación sujetarla a la altura de nuestros hombros.
—Coloca tu mano izquierda sobre mi hombro —pide, riendo un poco.
Los dos estamos risueños.
Oh, Dios. —No sé bailar tango —digo, sonrojada.
—No esperabas que te hiciera ver Perfume de mujer, o cualquier otra película, sin tener la intención de recordar juntos alguna escena —objeta con humor, en lo que empezamos a movernos dando vueltas ligeras.
—Aun no entiendo por qué o para qué hacemos esto —río, desplazándome de un lado al otro al ritmo de Carlos Gardel.
Él me sonríe de forma pícara y, manteniendo su cabeza cerca de la mía, apresura el paso. —Tómalo como un aporte a mi experiencia a la hora de escribir esta nueva novela. ¿No querrás que escriba sobre tango sin haberlo bailado? Además, existen pocas cosas más sensuales que bailar tango.
En eso estoy de acuerdo.
Y aunque a diferencia de Al Pacino los dos hacemos bastante mal, al final la idea, comprendo, es divertirnos y pasar un rato agradable juntos.
En lo que Daniel y yo reímos y bailamos, viene a mi memoria una frase que él me escribió en uno de los primeros correos que me envió:
“La vida está compuesta de finales grandes y pequeños, y, siempre y cuando ese final no sea la muerte, la mayoría de nosotros tiene la capacidad para salir adelante”.
Lo que no sabíamos en ese momento es que saldríamos adelante juntos.
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