Colapso
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¿Por qué los asentamientos de la periferia habrían consentido mantener al centro del Chaco enviando diligentemente madera, cerámica, piedra, turquesa y alimentos sin recibir nada material a cambio? La respuesta probablemente es la misma que la razón por la que las zonas periféricas de Italia y Gran Bretaña mantienen en la actualidad a ciudades de nuestros días como Roma y Londres, que tampoco producen madera ni aumentos sino que ejercen de centros políticos y religiosos. Al igual que los actuales italianos y británicos, los habitantes del Chaco estaban comprometidos de modo irreversible con la vida de una sociedad compleja e interdependiente.
Ya no podían regresar a su condición original de pequeños grupos nómadas y autosuficientes porque los árboles del cañón habían desaparecido, el lecho de los arroyos se había erosionado hasta quedar por debajo de las cotas de los campos y la creciente población había abarrotado la región y no había dejado desocupadas zonas idóneas a las que mudarse. Cuando los pinos piñoneros y los enebros fueron talados, los nutrientes del lecho de tierra que había bajo ellos fueron arrastrados. Hoy día, más de ochocientos años después, no hay ningún bosque de pino piñonero ni de enebro que crezca en ningún lugar próximo a las paleomadrigueras de roedores que contienen ramitas de los bosques que habían crecido allí hasta el año 1000. Los restos de desperdicios de los yacimientos arqueológicos atestiguan los crecientes problemas de los habitantes del cañón para alimentarse: los venados se redujeron en su dieta hasta quedar reemplazados por la caza menor, sobre todo conejos y ratones. La aparición de restos de ratones enteros sin cabeza en los coprolitos humanos (heces secas conservadas) indican que las personas atrapaban ratones en el campo, les quitaban la cabeza y se los comían enteros.
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La última edificación identificada en Pueblo Bonito, que data de la década posterior a 1110, fue la de un muro de estancias que cerraba la cara sur de la plaza, la cual anteriormente había permanecido abierta al exterior.
Esto hace pensar en disturbios: al parecer, entonces la gente visitaba Pueblo Bonito no solo para participar en sus ceremonias religiosas y recibir pedidos, sino también para crear problemas. La última fecha que arroja la datación realizada mediante el método de los anillos de una viga de un tejado de Pueblo Bonito y de otra en la cercana Gran Casa de Chetro Ketl
indica que la cortaron en el año 1117, y la última viga de cualquier otro lugar del cañón del Chaco fue cortada en el año 1170. Otros emplazamientos anasazi ofrecen pruebas más abundantes de conflictos.
Algunas de esas evidencias son indicios de canibalismo, un mayor número de asentamientos anasazi Kayenta en las cimas de acantilados abruptos, alejados de los campos de cultivo y el agua, que solo pueden entenderse como localizaciones fáciles de defender. En esos emplazamientos del sudoeste, que perduraron más que Chaco y sobrevivieron hasta después del año 1250, la guerra fue aparentemente intensa, como se refleja en la proliferación de muros defensivos, fosos y torres, en la concentración de pequeñas aldeas dispersas, en la existencia de fortalezas más grandes en lo alto de una colina, en los restos de aldeas aparentemente quemadas de forma intencionada que albergan cuerpos desenterrados, en los cráneos con marcas de corte originados al arrancar el cuero cabelludo y en los esqueletos con puntas de flecha en el interior de su cavidad torácica. Esa explosión de problemas medioambientales y de población bajo la forma de disturbios civiles y guerra es un tema frecuente de este libro, tanto en las sociedades del pasado (los isleños de Pascua, los habitantes de Mangareva, los mayas y los habitantes de Tikopia) como en las modernas (Ruanda, Haití y otras).
Las señales de canibalismo vinculado a la guerra entre los anasazi constituyen una historia curiosa por sí misma. Aunque todo el mundo reconoce que las personas desesperadas pueden practicar canibalismo en situaciones de emergencia, como en el caso de la expedición Donner atrapada en la nieve en el puerto de Donner camino de California en el invierno de 1846-1847, o por los rusos cuando morían de hambre durante el sitio de Leningrado durante la Segunda Guerra Mundial, la existencia de canibalismo en situaciones de no emergencia resulta controvertida. De hecho, en cientos de sociedades no europeas se informa de él en los momentos en que entraron en contacto con los europeos en siglos recientes.
La práctica adoptaba dos modalidades: o bien comerse los cuerpos de los enemigos muertos en la guerra o bien, además, comerse a los propios parientes que habían muerto por causas naturales. Los habitantes de Nueva Guinea, con quienes he trabajado durante los últimos cuarenta años, han descrito con toda naturalidad sus prácticas caníbales, han manifestado disgusto por nuestra tradición occidental de enterramiento, según la cual
sepultamos a nuestros parientes sin hacerles el honor de comérnoslos, y uno de mis mejores colaboradores de Nueva Guinea abandonó su trabajo conmigo en 1965 para tomar parte en el consumo de su futuro hijo político, recientemente fallecido. También ha habido muchos hallazgos arqueológicos de huesos humanos antiguos en contextos que hacen pensar en canibalismo.
Sin embargo, muchos o la mayoría de los antropólogos europeos y norteamericanos, que han aprendido en sus sociedades de origen a contemplar el canibalismo con horror, también quedan aterrados ante la idea de que lo practiquen pueblos a los que admiran y estudian; por tanto, niegan su existencia y consideran que las afirmaciones sobre el mismo constituyen calumnias racistas. Rechazan todas las descripciones de canibalismo realizadas por pueblos no europeos o por los primeros exploradores europeos, ya que las consideran habladurías poco fiables; al parecer solo se convencerían de la evidencia con una cinta de vídeo grabada por un funcionario oficial o, lo que resultaría aún más convincente, por un antropólogo. Sin embargo, no existe ninguna cinta así, por la tazón obvia de que los primeros europeos que encontraron a gente de la que se decía que era caníbal manifestaron rutinariamente su disgusto ante esa práctica y amenazaron a sus practicantes con detenerlos.
Este tipo de objeciones ha suscitado mucha controversia en torno a los numerosos hallazgos de restos humanos con evidencias compatibles con el canibalismo hallados en los emplazamientos anasazi. La evidencia más poderosa procede de un emplazamiento anasazi en el que una casa y todo lo que contenía había sido destrozado, y en cuyo interior quedaron los huesos dispersos de siete personas. Esto es compatible con el hecho de que hubieran muerto en un ataque violento, ya que en caso contrario habrían sido enterrados como es debido. Algunos de los huesos aparecieron rotos del mismo modo que se rompían los huesos de los animales que se consumían con el fin de extraer la médula para comerla. Otros huesos tenían los extremos redondeados, una marca distintiva que en los huesos de animales indica que han sido cocidos en pucheros, ya. que no aparece en los que no se han cocido. En el interior de los propios pucheros rotos de ese emplazamiento anasazi había residuos de la proteína del músculo humano mioglobina; un dato compatible con el hecho de que la carne humana hubiera sido cocinada en los pucheros. Pero los escépticos todavía podrían
objetar que cocer carne humana en pucheros y romper los huesos humanos no demuestra que otros seres humanos hayan consumido realmente la carne de los antiguos propietarios de esos huesos (aunque, ¿por qué otra razón se iban a tomar la molestia de cocer y romper huesos para dejarlos tirados por el suelo?). La señal más clara de canibalismo en ese emplazamiento es que las heces humanas secas encontradas en la chimenea de la casa, y todavía bien conservadas en ese clima seco tras casi mil años, demostraron contener proteínas de músculo humano, las cuales están ausentes en las heces humanas normales, incluso en las de personas que tienen úlceras intestinales sangrantes. Esto hace probable que quienquiera que atacara el emplazamiento, matara a sus habitantes, rompiera sus huesos, cociera su carne en pucheros, esparciera los huesos y se aliviara el vientre depositando heces en aquella chimenea había consumido efectivamente la carne de sus víctimas.
El golpe de gracia para los habitantes del Chaco fue una sequía que, según muestran los anillos de los árboles, comenzó alrededor del año 1130.
Anteriormente ya había habido sequías similares en torno a los años 1090 y 1040, pero en esta ocasión la diferencia residía en que el cañón del Chaco albergaba ahora más gente, era más dependiente de los asentamientos periféricos y no disponía de tierras desocupadas. Una sequía habría sido la causante de que el nivel de las aguas subterráneas cayera por debajo del nivel del cual las raíces de las plantas pudieran aprovecharla y mantener la agricultura; una sequía también haría imposible la agricultura de secano y la de regadío. Una sequía que durara más de tres años habría sido fatal, ya que los actuales indios pueblo pueden almacenar maíz solo durante dos o tres años, tras los cuales está demasiado podrido o infestado para comerlo.
Probablemente los asentamientos de la periferia que con anterioridad habían abastecido de alimentos a los centros políticos y religiosos del Chaco perdieron la fe en sus sacerdotes, cuyas oraciones para pedir lluvia no recibían respuesta, y se negaron a realizar más entregas de alimentos. Un ejemplo de cómo pudo ser el fin del asentamiento anasazi en el cañón del Chaco, cuyo ocaso no presenciaron los europeos, es lo que sucedió en la revuelta de los indios pueblo contra los españoles en 1680, revuelta que los europeos sí contemplaron. Al igual que en los centros anasazi del Chaco, los españoles habían estado obteniendo alimentos de los agricultores locales mediante los impuestos, y esos impuestos en especie se toleraron hasta que
una sequía dejó a los propios agricultores en la escasez, lo cual provocó que se rebelaran.
En algún momento comprendido entre los años 1150 y 1200, el cañón del Chaco quedó prácticamente abandonado y en gran medida vacío, hasta que los pastores navajo volvieron a ocuparlo seiscientos años más tarde.
Como los navajo no sabían quién había construido las magníficas ruinas que encontraron allí, se referían a esos antiguos habitantes desaparecidos como los “anasazi”, que significa “los antiguos”. ¿Qué les sucedió realmente a los miles de habitantes del Chaco? Por analogía con los abandonos de otros pueblos durante una sequía en la década de 1670, de los que sí hemos sido testigos, seguramente muchas personas murieron de hambre, otras se mataron entre sí y los supervivientes huyeron a otras zonas colonizadas en el sudoeste de Estados Unidos. Debió de ser una evacuación planificada, puesto que la mayor parte de las estancias de los emplazamientos anasazi carecen de cerámica y de otros objetos útiles que es de prever que las personas se lleven consigo en una evacuación planificada. A diferencia de ello, todavía puede verse cerámica en las estancias del emplazamiento mencionado más arriba, cuyos desafortunados ocupantes fueron muertos e ingeridos. Entre los asentamientos a los que los supervivientes del Chaco consiguieron huir se encuentran algunos pueblos de la zona de los actuales pueblos zuñí, donde se han encontrado estancias construidas de un modo similar a las viviendas del cañón del Chaco, las cuales contienen cerámica de un estilo similar a la del Chaco en las fechas próximas a la que fue abandonado.
Jeff Dean y sus colegas Rob Axtell, Josh Epstein, George Gumerman, Steve McCarroll, Miles Parker y Alan Swedlund han llevado a cabo una reconstrucción particularmente detallada de lo que le sucedió a un grupo de aproximadamente un millar de anasazi Kayenta en el Long House Valley, al nordeste de Arizona. Basándose en el número de viviendas que contenían cerámica cuyo estilo variaba con el tiempo, la cual les permitía datar las propias viviendas, realizaron estimaciones de la población real del valle en diversos momentos del período comprendido entre el año 800 y 1350. A partir de los anillos anuales de los árboles, que proporcionan información sobre la cantidad de lluvia, y de los estudios del suelo, que ofrecen información sobre los aumentos y descensos de los niveles de aguas subterráneas, estimaron también las cosechas anuales de maíz recogido en
el valle a lo largo del tiempo. Resultó que los incrementos y decrementos de la población real a partir del año 800 reflejaban fielmente los incrementos y decrementos de las estimaciones de las cosechas anuales de maíz, con la salvedad de que en el año 1300 los anasazi abandonaron completamente el valle, en una época en la que se podrían haber obtenido cosechas de maíz un tanto reducidas, pero suficientes no obstante para mantener a un tercio de la población máxima que llegó a albergar (es decir, unos cuatrocientos habitantes délos 1.070 que llegó a alcanzar en el momento culminante).
¿Por qué no se quedaron esos últimos cuatrocientos anasazi Kayenta de Long House Valley cuando la mayoría de sus parientes estaban marchándose? Quizá en el año 1300 el valle se había deteriorado demasiado para poder mantener a seres humanos; es decir, quizá se había deteriorado en otros aspectos además de en el de haber reducido el potencial agrícola que los autores estimaban en el estudio que realizaron. Por ejemplo, quizá la fertilidad del suelo se había agotado, o quizá los antiguos bosques habían sido talados y no quedaba cerca ninguna madera útil para la construcción ni para leña, como sabemos que sucedió en el caso del cañón del Chaco. Por otra parte, quizá la explicación residía en que las sociedades humanas complejas exigen un determinado número de población mínima para mantener instituciones que sus ciudadanos consideran que son esenciales.
¿Cuántos habitantes de Nueva York decidirían quedarse en la ciudad si dos tercios de sus familiares y amigos acabaran de morir de hambre allí o hubieran huido, si el metro y los taxis ya no funcionaran y si las oficinas y las tiendas hubieran cerrado?
Junto con los anasazi del cañón del Chaco y los de Long House Valley cuyos destinos hemos seguido, mencioné al principio de este capítulo que otras sociedades del sudoeste de Estados Unidos -los indios mimbres, los mesa verde, los hohokam, los mogollón y otros- también sufrieron colapsos, reorganizaciones o abandonaron sus tierras en diferentes momentos del período comprendido entre los años 1100 y 1500. Resulta que unos cuantos problemas medioambientales y algunas respuestas culturales diferentes contribuyeron a estos derrumbamientos y transiciones, y que en distintas zonas intervinieron factores diferentes. Por ejemplo, la deforestación fue un problema para los anasazi, que necesitaban árboles para abastecerse de vigas con las que construir los techos de sus viviendas, pero no supuso ningún problema grave para los hohokam, que construían sus viviendas sin
vigas. La salinización producida por la agricultura de regadío perjudicó a los hohokam, que tenían que regar sus campos, pero no a los mesa verde, que no tenían que regar. El frío afectó a los mogollón y a los mesa verde, que vivían en cotas altas y a temperaturas un tanto desfavorables para la agricultura. Otros pueblos del sudoeste de Estados Unidos quedaron arruinados por la disminución de los niveles de agua (por ejemplo, los anasazi) o por el agotamiento de los nutrientes del suelo (posiblemente los mogollón). La erosión del lecho de los arroyos fue un problema para los anasazi del Chaco, pero no para los mesa verde.
A pesar de estas diferentes causas conexas del abandono de tierras, todos esos éxodos se debieron en última instancia al mismo desafío esencial: la población vivía en entornos frágiles y difíciles, y adoptó soluciones que tuvieron un éxito brillante y comprensible “a corto plazo”, pero que fracasaron o produjeron problemas adicionales de fatales consecuencias a largo plazo. A largo plazo la población tuvo que hacer frente a cambios medioambientales, tanto producidos por los propios seres humanos como ajenos a su influencia, que, al no disponer de registros escritos de su historia ni de arqueólogos, no pudieron prever. Escribo “a corto plazo” entre comillas porque los anasazi sobrevivieron en el cañón del Chaco durante aproximadamente seiscientos años, un tiempo considerablemente mayor que la duración de la ocupación europea en cualquier lugar del Nuevo Mundo desde la llegada de Colón en 1492.
Durante su existencia, esos diversos indígenas americanos del sudoeste de Estados Unidos experimentaron con media docena de tipos de economía alternativos. Se tardó muchos siglos en descubrir que, entre esas economías, solo la de los indios pueblo era sostenible “a largo plazo”, es decir, durante al menos mil años. Ello debería hacernos dudar un poco a nosotros, los actuales estadounidenses, cuando confiamos demasiado en la sostenibilidad de nuestra economía de país del Primer Mundo, sobre todo si pensamos en la rapidez con la que la sociedad del Chaco se vino abajo tras haber alcanzado su punto culminante en la década de 1110-1120 y en lo inverosímil que el riesgo de sufrir un colapso les habría parecido a los habitantes del Chaco de aquella década.
En nuestro marco de cinco elementos para comprender el desmoronamiento de sociedades, cuatro de estos factores intervinieron en el ocaso de los anasazi. Hubo ciertamente varios tipos de impactos
medioambientales producidos por seres humanos, en especial la deforestación y la erosión de los arroyos. También hubo un cambio climático que afectó a la pluviosidad y las temperaturas, y sus efectos interactuaron con las consecuencias de los impactos medioambientales humanos. El comercio interno con socios comerciales amistosos desempeñó un papel crucial en su desaparición: diferentes grupos de anasazi se abastecían entre sí de comida, madera, cerámica, piedra y artículos de lujo para sustentarse mutuamente en una sociedad compleja e interdependiente.
Pero esa dependencia hacía correr el riesgo de colapso global al conjunto de la sociedad. Aparentemente, los factores religiosos y políticos desempeñaron un papel esencial en la pervivencia de esa sociedad compleja, por cuanto amparaban los intercambios de materiales y estimulaban a las personas de las zonas periféricas a que abastecieran de comida, madera y cerámica a los centros políticos y religiosos. El único factor de nuestra lista de cinco elementos de cuya intervención no hay evidencias convincentes en el caso de la desaparición de los anasazi es el de los enemigos externos. Aunque los anasazi se atacaron mutuamente a medida que la población fue en aumento y el clima se fue deteriorando, las civilizaciones del sudoeste de Estados Unidos distaban demasiado de otras sociedades populosas como para haberse visto seriamente amenazadas por cualquier enemigo externo.
Desde esa perspectiva, podemos proponer una respuesta sencilla a un dilema que se discute desde hace mucho tiempo: ¿fue abandonado el cañón del Chaco debido al impacto humano sobre el medio ambiente o debido a la sequía? La respuesta es que fue abandonado por ambas razones. En el transcurso de seis siglos la población humana del cañón del Chaco aumentó, sus exigencias sobre el medio ambiente se incrementaron, sus recursos medioambientales disminuyeron y las personas acabaron viviendo cada vez más cerca de los límites de lo que el entorno podía soportar. Esa fue la raíz del abandono. La causa inmediata, la proverbial última gota que colma el vaso, fue la sequía que finalmente llevó al límite a los habitantes del Chaco; una sequía a la que una sociedad con menor densidad de población podría haber sobrevivido. Cuando la sociedad del Chaco se vino abajo, sus habitantes ya no pudieron reconstruirla del modo en que los primeros agricultores de la zona del Chaco la habían erigido en una época anterior. La razón es que las condiciones iniciales de abundancia de árboles