Colapso

Jared Diamond · Capítulo 26 de 33 · parte 1/3

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Colapso

Capítulo 13

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

completo los impactos del presidente Balaguer en la República Dominicana. Mi mejor escenario posible para el futuro es que el gobierno de China reconozca que sus problemas medioambientales plantean una amenaza aún más grave que sus problemas de crecimiento demográfico. De ser así, quizá el gobierno chino pueda llegar a la conclusión de que los intereses de China exigen políticas medioambientales tan audaces y llevadas a la práctica con tanta eficacia como sus políticas de planificación familiar.

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La Australia “minera”

La importancia de Australia • Los

suelos • El agua • Las distancias

Historia antigua • Valores importados

• Comercio e inmigración Degradación

de la tierra • Otros problemas

medioambientales • Señales de cambio

y de esperanza

La industria propiamente extractiva -es decir, la de extracción de carbón, hierro, etcétera- es un pilar de la economía actual de Australia y su exportación aporta al país los beneficios económicos más importantes del comercio exterior. Sin embargo, en sentido metafórico la extracción representa también una de las claves de la historia medioambiental de Australia y de los apuros que en la actualidad atraviesa. Ello se debe a que la esencia de la minería consiste en explotar recursos que no se renuevan con el tiempo y, por tanto, en agotarlos. Dado que el oro del subsuelo no produce más oro y por tanto no es necesario respetar ningún ritmo de renovación del mismo, los mineros extraen oro de una veta con la mayor rapidez posible y económicamente viable hasta que la veta se agota. La extracción de minerales contrasta, por tanto, con la explotación de recursos renovables -los bosques, el pescado o la capa superficial del suelo- que sí se regeneran mediante reproducción biológica o formación de suelo. Los recursos renovables pueden explotarse de forma indefinida siempre que se extraigan a una tasa inferior a aquella con la que se regeneran. Cuando, por el contrario, los bosques, los caladeros o la capa superficial del suelo se

explotan a un ritmo que exceda su tasa de renovación, también acabarán en última instancia por agotarse hasta quedar extintos, como el oro de una mina.

Australia ha estado y todavía está “extrayendo” sus recursos renovables como si se tratara de minerales. Es decir, se están explotando de forma excesiva a ritmos más rápidos que los de renovación, consecuencia de lo cual es que están disminuyendo. Al ritmo actual de explotación, los bosques y las pesquerías de Australia desaparecerán mucho antes que sus reservas de carbón y hierro, lo cual resulta irónico si tenemos en cuenta el hecho de que aquellos son renovables pero estos no.

Aunque en la actualidad hay muchos otros países además de Australia que están explotando sus recursos como si de minas se tratara, Australia representa por diversas razones una opción particularmente adecuada para que le dediquemos este último estudio de casos de sociedades del pasado y del presente. A diferencia de Ruanda, Haití, la República Dominicana y China, Australia es un país del Primer Mundo similar a los demás países en los que viven la mayoría de los probables lectores de este libro. De entre los países del Primer Mundo, su población y economía son de mucho menor envergadura y complejidad que las de Estados Unidos, Europa o Japón; de modo que es más fácil comprender la situación global de Australia que la de aquellos otros países. Desde el punto de vista ecológico, el medio ambiente australiano es excepcionalmente frágil: el más frágil de los países del Primer Mundo, a excepción quizá del de Islandia. Como consecuencia de ello, muchos problemas que podrían resultar catastróficos en otros países del Primer Mundo y que ya lo son en algunos del Tercer Mundo -como el abuso del pastoreo, la salinización, la erosión del suelo, la introducción de especies foráneas, la escasez de agua o las sequías producidas por el ser humano- en Australia han adquirido ya cotas de gravedad. Es decir, aunque Australia no presenta indicios de sufrir un colapso como el de Ruanda o Haití, sí que nos ofrece un anticipo de los problemas que aflorarán de hecho en todos los lugares del Primer Mundo si se mantienen las tendencias actuales. Sin embargo, las posibilidades que tiene Australia de resolver estos problemas ofrecen alguna esperanza y no resultan descorazonadoras.

Además, Australia cuenta por otra parte con una población que ostenta niveles de vida y educativos muy elevados, así como unas instituciones políticas y económicas relativamente honestas para la media mundial. Así

pues, los problemas medioambientales de Australia no pueden dejarse de lado porque sean producto de la mala gestión ecológica por parte de una población sin educación y en situación de pobreza desesperada o de un gobierno y unas empresas escandalosamente corruptas, como quizá tendríamos tendencia a pensar en el caso de algunos otros países a la hora de buscar una explicación a sus problemas medioambientales.

Otra virtud más de Australia como candidata a ser objeto de este capítulo es que ilustra a la perfección los cinco factores cuya interacción he sostenido a lo largo de este libro que son útiles para comprender los posibles declives ecológicos o el colapso de las sociedades. Los seres humanos han ocasionado un impacto masivo evidente en el entorno australiano. En la actualidad, el cambio climático está acentuando dichos impactos. Las relaciones amistosas de Australia con Gran Bretaña, que es su socio comercial y modelo de sociedad, han dado forma a las políticas medioambientales y demográficas australianas. Aunque la moderna Australia no ha sido invadida por enemigos exteriores -sí fue bombardeada, pero no invadida-, la percepción que tiene el país de cuáles son sus enemigos exteriores reales y potenciales también ha contribuido a dar forma a las políticas medioambientales y demográficas que ha llevado a cabo. El caso de Australia también atestigua la importancia que adquieren los valores culturales para comprender los impactos medioambientales, incluidos algunos valores importados que podrían considerarse inadecuados para el entorno australiano. Quizá en mayor medida que cualesquiera otros ciudadanos del Primer Mundo que conozca, los australianos están empezando a reflexionar de forma radical sobre la pregunta fundamental:

¿cuáles de los valores que constituyen nuestro núcleo tradicional de valores podemos conservar y cuáles, por el contrario, no nos resultan ya de utilidad en el mundo actual?

Una última razón para dedicar este capítulo a Australia es que se trata de un país que me encanta, en el que he vivido mucho tiempo y que puedo describir muy bien tanto porque tengo conocimiento directo del mismo como porque comprendo la situación en que se encuentra. Visité Australia por primera vez en 1964, cuando iba camino de Nueva Guinea. Desde entonces he vuelto docenas de veces, una de ellas para pasar un año sabático en la Universidad Nacional Australiana de la capital de Australia, Canberra. Durante aquel año sabático desarrollé un apego especial hacia

ella, y sus hermosos bosques de eucaliptos me dejaron una huella imborrable. Todavía me maravillan y me inundan de una sensación de paz como solo consiguen hacerlo otros dos hábitats del mundo: el bosque de coniferas de Montana y el bosque tropical de Nueva Guinea. Australia y Gran Bretaña son los únicos países a los que en algún momento de mi vida he pensado seriamente en emigrar. Así pues, tras haber comenzado la serie de estudios de este libro con el entorno de Montana, al que aprendí a amar cuando era un adolescente, quería cerrar la serie con otro al que posteriormente en mí vida también he acabado por amar.

Hay tres rasgos del entorno australiano que resultan particularmente importantes para comprender mejor los impactos humanos actuales que sufre: los suelos, sobre todo en lo que respecta a sus niveles de nutrientes y de sal; la disponibilidad de agua dulce; y las distancias, tanto en el interior de Australia como entre Australia y sus socios comerciales y potenciales enemigos exteriores.

Cuando comenzamos a pensar en los problemas medioambientales de Australia lo primero que nos viene a la mente es la escasez de agua y los desiertos. Pero en realidad los suelos de Australia han desencadenado problemas aún mayores que la escasez de agua. Australia es el continente más improductivo del mundo: el único cuyos suelos ostentan los niveles medios de nutrientes más bajos, las tasas de crecimiento vegetal más lentas y la productividad también menor. Esto se debe a que los suelos australianos son en su mayoría tan antiguos que han filtrado sus nutrientes con la lluvia en el transcurso de miles de millones de años. Las rocas más antiguas de la corteza terrestre, de casi cuatro mil millones de años, se encuentran en la cordillera de Murchison, al oeste de Australia.

Los suelos que han perdido sus nutrientes renuevan sus niveles de los mismos mediante tres procesos fundamentales, todos los cuales han sido deficientes en Australia en comparación con otros continentes. En primer lugar, los nutrientes pueden renovarse mediante las erupciones volcánicas que arrojan sobre la superficie de la Tierra nuevos materiales procedentes del interior de esta. Aunque este ha sido un factor esencial en la creación de suelos fértiles en muchos países, como Java, Japón o Hawai, solo unas pocas y reducidas extensiones del este de Australia han experimentado actividad volcánica en los últimos cientos de millones de años. En segundo lugar, el avance y retroceso de los glaciares deshace, arranca, pulveriza y

vuelve a depositar la corteza terrestre, y los suelos procedentes de esos nuevos depósitos producidos por los glaciares (o arrastrados por el viento desde los depósitos glaciares) suelen ser fértiles. Casi la mitad de la extensión de América del Norte, más de once millones de kilómetros cuadrados, se ha visto sometida a la acción de los glaciares en el último millón de años, cosa que solo ha ocurrido en el 1 por ciento de la masa terrestre australiana: solo unos 32 kilómetros cuadrados en el sudeste de los Alpes australianos y unos 1.600 kilómetros cuadrados de la isla australiana de Tasmania. Por último, la lenta elevación de la corteza terrestre también hace emerger nuevos suelos y ha contribuido a aumentar la fertilidad de amplias zonas de América del Norte, la India y Europa. Sin embargo, una vez más, solo unas pocas zonas de Australia han sufrido elevaciones en el curso del último centenar de millones de años, sobre todo en la Gran Cordillera Divisoria, al sudeste de Australia, y en la zona sur de Australia, en torno a Adelaida…

La actual Australia 1

Como veremos, esas pequeñas parcelas de paisaje australiano que han renovado sus suelos gracias al efecto del vulcanismo, los glaciares o la elevación de terrenos constituyen excepciones a la que, por otra parte, es la pauta dominante de suelos improductivos en Australia, y en la actualidad contribuyen de forma desproporcionada a la productividad agrícola de la Australia moderna.

La baja productividad media de los suelos australianos ha obrado consecuencias económicas fundamentales para la agricultura, la silvicultura y las pesquerías australianas. Los nutrientes de los suelos roturables existentes en los comienzos de la agricultura europea se agotaron con rapidez. De hecho, los primeros agricultores de Australia extraían los nutrientes del suelo sin darse cuenta, como si de una explotación minera se tratara. Desde entonces, siempre ha habido que incorporar nutrientes de forma artificial mediante fertilizantes, con lo cual se han incrementado los costes de producción agrícola en comparación con los de los suelos más fértiles del exterior de Australia. La baja productividad del suelo se traduce en unas tasas muy bajas de crecimiento vegetal y rendimiento medio de los cultivos. De ahí que en Australia haya que cultivar una extensión de tierra

mayor que en otros lugares para obtener de la cosecha un rendimiento equivalente, y que los costes de combustible para maquinaria agrícola como tractores, sembradoras o cosechadoras (aproximadamente proporcionales a la extensión de tierra que deben trabajar esas máquinas) también sean por regla general más elevados en términos relativos. Un caso extremo de suelos infértiles es el que se da en el sudoeste de Australia, en el denominado “cinturón de trigo de Australia”, que constituye una de sus zonas agrícolas más valiosas. Allí el trigo se cultiva en suelos arenosos de los que han desaparecido los nutrientes y a los que es necesario añadírselos prácticamente todos de forma artificial mediante fertilizantes. En realidad, el cinturón de trigo australiano es una gigantesca maceta en la que, al igual que sucede en una maceta real, la arena no aporta nada más que el sustrato físico al que deben incorporarse todos los nutrientes.

Una consecuencia de los costes adicionales de la agricultura australiana debidos a unos gastos en fertilizante y combustible desproporcionadamente altos es que los agricultores australianos que venden sus productos en el mercado interior australiano no pueden competir en ocasiones con los agricultores extranjeros, que envían en barco esos mismos cultivos a Australia a través del océano a pesar de los costes añadidos del transporte marítimo. Por ejemplo, con la actual globalización resulta más barato cultivar naranjas en Brasil y transportar el concentrado de zumo de naranja resultante casi 13.000 kilómetros en barco hasta Australia que comprar zumo de naranja elaborado a base de cítricos australianos. A la inversa, solo en algunos “nichos de mercado” especializados -por ejemplo, el de los productos agrícolas y ganaderos con un alto valor añadido que supera los costes de cultivo corrientes, como el vino- pueden los agricultores australianos competir con éxito en los mercados exteriores.

La segunda consecuencia económica de la baja productividad del suelo australiano afecta a la silvicultura de plantación, o cultivo de árboles, tal como expusimos en el capítulo 9 que la practica Japón. En los bosques australianos la mayor parte de los nutrientes se encuentran en fealdad en los propios árboles, no en los suelos. Por tanto, una vez que desaparecieron los bosques autóctonos originales que talaron los primeros colonizadores europeos, cuando los modernos australianos volvieron a talar los bosques autóctonos regenerados o invirtieron en silvicultura de plantación creando plantaciones de árboles, las tasas de crecimiento de los mismos en Australia

eran bajas en comparación con las de otros países productores de madera.

Curiosamente, la principal madera autóctona de Australia (el eucalipto azul de Tasmania) se está cultivando en la actualidad en muchos otros países con costes muy inferiores a los de la propia Australia.

La tercera consecuencia me sorprendió y puede sorprender también a muchos lectores. No es fácil imaginar de forma inmediata que las pesquerías dependan de la productividad del suelo: al fin y al cabo, los peces viven en los ríos y en el océano, no en el suelo. Sin embargo, todos los nutrientes de los ríos, y al menos parte de los de los océanos próximos al litoral, proceden del drenaje de sedimentos que realizan los. ríos y que después transportan hasta el océano. Por tanto, los ríos y las aguas litorales de Australia también son relativamente improductivos, con lo cual las pesquerías se han explotado de forma abusiva, del mismo modo que las tierras de cultivo y los bosques, extrayendo sus recursos como si se tratara de minerales. Una tras otra, las pesquerías marinas han sido sobreexplotadas, hasta el punto de que a menudo se han vuelto antieconómicas al cabo de solo unos años del hallazgo de la misma. En la actualidad, de los casi doscientos países del mundo, Australia es el tercero por la cantidad de zona marina de uso exclusivo que la rodea, pero solo ocupa el puesto 55 por el valor de sus caladeros marinos, al tiempo que el valor de sus poblaciones piscícolas fluviales es en la actualidad despreciable.

Un rasgo más de la baja productividad del suelo de Australia es que los primeros colonos europeos no pudieron percibir este problema. Por su parte, cuando encontraron espléndidos y vastos bosques en los que crecían los que eran quizá los árboles más altos del mundo actual (el eucalipto azul de Gippsland, en el estado de Victoria, de hasta 120 metros de altura), se dejaron llevar por las apariencias y pensaron que la tierra era enormemente productiva. Pero una vez que los leñadores eliminaron la primera remesa de árboles y después las ovejas pastaron en el manto de hierba existente, los colonos se sorprendieron al descubrir que los árboles y la hierba volvían a crecer a un ritmo muy lento, que la tierra era poco rentable desde el punto de vista agrícola y que en muchas zonas había que abandonarla después de que los pastores y los agricultores hubieran hecho grandes inversiones de capital para construir casas, levantar cercados y edificaciones e introducir otras mejoras agrícolas. Desde los primeros tiempos de la colonización

hasta la actualidad, el aprovechamiento de la tierra australiana ha atravesado muchos de estos ciclos de eliminación de árboles, inversión de recursos, quiebra económica y abandono.

Todos estos problemas económicos de la agricultura, la silvicultura, las pesquerías y el desarrollo rural fallido australianos son consecuencia de la baja productividad de sus suelos. El otro gran problema de los suelos de Australia es que en muchas zonas no solo son bajos en nutrientes, sino que también albergan un alto contenido de sal como consecuencia de tres factores. Uno se da sobre todo en el cinturón de trigo del sudoeste de Australia, donde las brisas marinas del océano índico han transportado la sal al suelo en el curso de millones de años. Otro se produce en el sudeste de Australia, donde se encuentra el sistema fluvial más importante del país, el de los ríos Murray y Darling; esta zona, que rivaliza en productividad agraria con el cinturón de trigo, se encuentra a muy poca altitud y, en reiteradas ocasiones, ha quedado inundada por el mar y después desecada de nuevo, lo cual ha dejado allí mucha sal. El tercer factor se da en otra cuenca natural de poca altitud más hacia el interior de Australia, la cual se rellenó inicialmente con un lago de agua dulce que no desembocaba en el mar; el lago se volvió salado poco a poco por la evaporación (como el Gran Lago Salado de Utah o el Mar Muerto de Israel y Jordania) y acabó por secarse, dejando depósitos de sal que fueron transportados por el viento a otras zonas del este del país. Algunos suelos de Australia contienen casi cien kilos de sal por cada cien metros cuadrados de superficie. Más adelante analizaremos las consecuencias de toda esa sal del suelo: en pocas palabras, suponen el problema de que la sal aflora a la superficie con facilidad cuando se eliminan los árboles y se practica la agricultura de regadío, lo cual da lugar a que las capas superficiales del suelo absorban mucha sal y no se pueda cultivar nada en ellas. Del mismo modo que los primeros agricultores de Australia no podían saber nada de la pobreza de nutrientes de aquellos suelos, puesto que carecían de los modernos análisis de la química del suelo, tampoco podían saber que el suelo contenía toda esa sal.

No pudieron prever el problema de la salinización mejor que el del agotamiento de nutrientes ocasionado por la propia agricultura.

Mientras que la infertilidad y la salinidad de los suelos de Australia eran imperceptibles para los primeros agricultores y en la actualidad no son muy conocidas fuera de Australia entre el público no especializado, los

problemas de agua de Australia sí son obvios y familiares; hasta tal punto que lo primero que le viene a la imaginación a la mayor parte de la gente de fuera de Australia cuando se le pregunta por su entorno es el “desierto”. Esa fama está justificada: una parte exageradamente grande de la extensión de Australia tiene una pluviosidad muy baja o constituye un desierto de condiciones extremas donde sería imposible practicar la agricultura sin regadío. Gran parte de la extensión de Australia continúa siendo inútil en la actualidad para toda forma de agricultura o pastoreo. En aquellas zonas en las que la producción de alimento es no obstante viable, la pauta habitual es que la pluviosidad sea más alta cerca de la costa que en el interior. Así, a medida que nos adentramos en el país encontramos, en primer lugar, tierras de cultivo y alrededor de la mitad; del ganado vacuno de Australia, con unas tasas de acumulación elevadas; más hacia el interior, explotaciones de ganado ovino; aún más al! interior, explotaciones de ganado vacuno (la otra mitad del ganado vacuno de Australia, con tasas de acumulación bajas), ya que en zonas de menor pluviosidad sigue siendo más rentable criar ganado vacuno que 1 ganado ovino; y por último, aún más hacia el interior está el desierto, en el que no se produce ningún tipo de alimentos.

Un problema más sutil de la pluviosidad de Australia es que no pueden predecirse los bajos valores de la misma. En muchas zonas del mundo que admiten la práctica de la agricultura puede predecirse de un año para otro la estación en la que lloverá: por ejemplo, en el sur de California, donde vivo, se puede tener casi la certeza de que la lluvia que caiga se concentrará en el invierno, y que en verano lloverá poco o nada. En muchas de esas zonas agrícolas productivas fuera de Australia no solo el carácter estacional de las lluvias, sino también su incidencia, es relativamente fiable de un año para otro: las sequías importantes son poco frecuentes y un agricultor puede permitirse el esfuerzo y el gasto de arar y sembrar todos los años esperando que llueva lo suficiente para que su cosecha madure.

Sin embargo, en la mayor parte de Australia la lluvia depende de la denominada OMEN (Oscilación Meridional de El Niño), lo cual significa que la lluvia es impredecible de un año para otro. Los primeros agricultores y pastores europeos que se instalaron en Australia no tenían modo alguno de saber que el clima de Australia se ve afectado por la OMEN, ya que el fenómeno es difícil de detectar en Europa y los climatólogos profesionales solo han conseguido identificarlo hace pocas décadas. En muchas zonas de

Australia los primeros agricultores y pastores tuvieron la desgracia de llegar durante un período de años húmedos. Por ello, erraron al valorar el clima australiano y comenzaron a cultivar y criar ovejas con la expectativa de que las condiciones favorables que veían constituían la norma. En realidad, en la mayoría de las explotaciones agrarias de Australia la pluviosidad solo es suficiente para hacer madurar los cultivos algunos años: en la mayor parte del país, no más de la mitad de todos los años; y en algunas zonas agrícolas, solo dos de cada diez años. Esto contribuye a encarecer la agricultura australiana y hacerla poco rentable: el agricultor corre con el gasto de arar y sembrar, y, después, la mitad o más de los años no obtiene cosecha alguna.

Una lamentable consecuencia adicional es que, cuando el agricultor ara la tierra y levanta la cubierta de malas hierbas que haya crecido allí desde la última cosecha, queda al descubierto el suelo desnudo. Si los cultivos que el agricultor siembra no maduran, el suelo continúa desnudo, ni siquiera cubierto por las malas hierbas, y por tanto más expuesto a la erosión. Por consiguiente, a corto plazo, el carácter impredecible de las lluvias en Australia encarece aún más la agricultura, y a largo plazo incrementa la erosión.

La principal excepción a la impredecible pauta de lluvias de Australia derivada de la OMEN es el cinturón de trigo del sudoeste, donde (al menos hasta hace poco) llovía en invierno un año tras otro de forma fiable, y casi todos los años un agricultor podía confiar en obtener una cosecha de trigo.

En las últimas décadas, esa garantía de lluvias se tradujo en que el trigo desplazó a la lana y a la carne del primer puesto de las exportaciones agrarias de Australia. Como ya hemos mencionado, ese cinturón de trigo también resulta encontrarse en la zona en que los problemas de baja fertilidad y alta salinidad del suelo son más acusados. Pero el cambio climático global de los últimos años ha venido socavando incluso esa ventaja comparativa de poder pronosticar lluvias en invierno: en el cinturón de trigo, la lluvia ha descendido de forma espectacular desde 1973, mientras que las cada vez más frecuentes tormentas veraniegas caen sobre la tierra desnuda ya cosechada e incrementan la salinización. Así pues, como ya señalé en el caso de Montana en el capítulo 1, el cambio climático global está produciendo tanto ganadores como perdedores, y Australia perderá aún más que Montana.

Gran parte de Australia está situada en zona templada, pero se encuentra a miles de kilómetros de distancia de otros países de zonas templadas que constituyen mercados para la exportación comercial de sus productos. De ahí que los historiadores australianos se refieran a la “tiranía de la distancia” como un factor relevante para el desarrollo de Australia. Esa expresión hace referencia a las largas travesías transoceánicas en barco, que elevaban los costes de transporte por kilo o unidad de las exportaciones australianas por encima de los de las exportaciones del Nuevo Mundo a Europa, de manera que solo los productos de pequeño volumen y gran valor podían exportarse de forma rentable desde Australia. Originalmente, las principales exportaciones de este tipo en el siglo XIX eran los minerales y la lana. Alrededor de 1900, cuando se volvió rentable refrigerar los cargamentos de los barcos, Australia también empezó a exportar carne, sobre todo a Inglaterra. (Recuerdo a un amigo australiano al que no le gustaban los ingleses y que trabajaba en una planta de procesamiento de carne; me decía que sus compañeros y él dejaban caer de vez en cuando una o dos vesículas biliares en las cajas de hígado congelado marcadas para exportar a Gran Bretaña; o que la fabrica en la que trabajaba calificaba como “cordero” a las ovejas de menos de seis meses si estaban destinadas al consumo interior, y a las de hasta dieciocho meses si estaban destinadas a la exportación a Gran Bretaña.) En la actualidad, las principales exportaciones de Australia siguen siendo artículos de pequeño volumen o gran valor, como el acero, los minerales, la lana y el trigo; en las últimas décadas, cada vez con mayor frecuencia, el vino y las nueces de macadamia; y también algunos cultivos especializados que son voluminosos pero que tienen un gran valor debido a que Australia los produce de forma exclusiva para destinarlos a nichos de mercado muy concretos, como el trigo duro u otras variedades especiales de trigo y la ternera, que se cultivan o se crían sin pesticidas ni aditivos químicos y por los que los consumidores están dispuestos a pagar un recargo.

Pero dentro de la propia Australia opera una tiranía de la distancia suplementaria. Las zonas productivas o habitadas de Australia son pocas y están dispersas: el país cuenta con una población que representa solo una catorceava parte de la de Estados Unidos y está diseminada en una extensión igual a la de sus 48 estados continentales. Los elevados costes de transporte en el interior de Australia encarecen los costes de mantenimiento

de una población del Primer Mundo. Por ejemplo, el gobierno australiano paga la conexión telefónica a la red telefónica nacional de cualquier hogar o empresa australianos en cualquier lugar del país, incluso en las zonas despobladas del interior situadas a cientos de kilómetros de la centralita más próxima. En la actualidad, Australia es el país más urbanizado del mundo, pues el 58 por ciento de su población se concentra únicamente en cinco grandes ciudades (Sidney, con 4 millones de habitantes; Melbourne, con 3,4

millones; Brisbane, con 1,6 millones; Perth, con 1,4 millones; y Adelaida, con 1,1 millones; todas ellas según datos de 1999). De esas cinco ciudades, Perth es la urbe más aislada del mundo, ya que es la que más lejos se encuentra de la gran ciudad más próxima (Adelaida, situada casi 2.100

kilómetros al este). No por casualidad, dos de las empresas más grandes de Australia son las que se dedican a salvar estas distancias: la compañía aérea nacional australiana Qantas y la empresa de telecomunicaciones Telstra.

La tiranía de la distancia interior en Australia, unida a las sequías, es responsable también del hecho de que los bancos y otras empresas estén cerrando sus sucursales en las ciudades más aisladas del país, ya que dichas sucursales se han vuelto poco rentables. Los médicos están abandonando esas ciudades por la misma razón. Como consecuencia de ello, mientras que en Estados Unidos y Europa el tamaño de los asentamientos se distribuye de forma continua -grandes urbes, ciudades de tamaño medio y pueblos pequeños-, Australia carece cada vez más de ciudades medianas. Por su parte, la mayoría de los australianos viven hoy día, o bien en unas pocas grandes urbes que disponen de todos los servicios del Primer Mundo moderno, o bien en pequeños pueblos y asentamientos del interior que carecen de bancos, médicos y otros servicios. Los pueblos pequeños de Australia que cuentan con unos pocos cientos de habitantes pueden sobrevivir a una sequía de cinco años como las que se producen a menudo bajo el impredecible clima de Australia, ya que, en cualquier caso, el pueblo despliega muy poca actividad económica. Las grandes urbes también pueden sobrevivir a una sequía de cinco años, puesto que su economía está integrada en grandes cuencas de captación de aguas. Pero una sequía de cinco años suele acabar con las ciudades de tamaño medio, cuya existencia depende de su capacidad para abastecer a sucursales de empresas y servicios que sean competitivos con los de las ciudades más lejanas, pero no llegan a ser lo bastante grandes para abarcar una gran cuenca de captación.

Cada vez en mayor medida, la mayoría de los australianos no dependen del campo ni viven de él, sino que, por el contrario, viven en esas cinco grandes urbes, que mantienen más vínculos con el mundo exterior que con el entorno australiano.

Europa conquistó la mayor parte de sus colonias en ultramar con la esperanza de obtener beneficios económicos o una supuesta ventaja estratégica. La ubicación de los asentamientos en cada una de las colonias a las que emigraron muchos europeos -es decir, excluyendo los enclaves comerciales en los que se establecieron relativamente pocos de ellos con el fin de comerciar con la población local- se escogió en función de la idoneidad que percibían en el territorio para fundar con éxito en él una sociedad económicamente próspera, o al menos autosuficiente. La única excepción fue Australia, cuyos inmigrantes llegaron durante muchas décadas no en busca de fortuna, sino porque se les obligaba a ir allí.

El principal motivo de Gran Bretaña para establecerse en Australia fue aliviar el acuciante problema del gran número de habitantes pobres encarcelados y prevenir así una rebelión que, de lo contrario, podría estallar si no conseguía deshacerse de ellos de algún modo. En el siglo XVIII la ley británica establecía la pena de muerte por robar cuarenta o más chelines, de modo que los jueces solían optar por declarar a los ladrones culpables de robar 39 chelines, ya que así evitaban imponerles la pena de muerte.

Aquello se tradujo en que las prisiones y las bodegas de los barcos amarrados en puerto estaban llenas de gente condenada por pequeños delitos como el hurto y la morosidad. Hasta 1783, la presión sobre el espacio penitenciario disponible se aliviaba enviando a los convictos a hacer trabajos forzados como criados en América del Norte, que también estaba siendo colonizada por emigrantes voluntarios que buscaban mejor suerte económica o libertad religiosa.

Pero la Revolución americana cerró esta válvula de escape, lo cual obligó a Gran Bretaña a buscar algún otro sitio en el que deshacerse de sus condenados. En un principio, las dos principales localizaciones candidatas para ese puesto se encontraban, o bien en el África occidental, remontando 640 kilómetros el río Gambia, o bien en el desierto, en la desembocadura del río Orange, junto a la frontera entre las actuales Sudáfrica y Namibia.

La escasa viabilidad de ambas propuestas, evidente tras una reflexión serena, fue lo que obligó a recurrir a la opción de la bahía de Botany en

Australia, cerca del emplazamiento en que se encuentra la actual Sidney, conocida en aquella época solo desde la visita que hiciera el capitán Cook en 1770. Así fue como en 1788 la Primera Flota llevó a Australia a los primeros colonos, compuestos por convictos acompañados de los soldados para custodiarlos. Los envíos de convictos se prolongaron hasta 1868, y en la década de 1840 aquellos presos constituían la mayoría de los colonos europeos de Australia.

Con el paso del tiempo se seleccionaron otras cuatro localizaciones costeras australianas dispersas, además de Sidney, en las inmediaciones de lo que en la actualidad son Melbourne, Brisbane, Perth y Hobart, para utilizarlas como emplazamientos destinados a albergar a los convictos. Esos asentamientos se convirtieron en el núcleo de cinco colonias, gobernadas de forma independiente por Gran Bretaña, que más adelante acabarían conformando cinco de los seis estados de la actual Australia: Nueva Gales del Sur, Victoria, Queensland, Australia Occidental y Tasmania, respectivamente. Todos estos cinco asentamientos iniciales se encontraban en lugares escogidos por las ventajas que ofrecían sus puertos o su localización ribereña, antes que por cualquier otra ventaja agrícola. De hecho, todos revelaron ser malos emplazamientos para la agricultura e incapaces de llegar a ser autosuficientes por su producción de alimentos.

Por el contrario, Gran Bretaña tenía que enviar ayuda alimentaria a las colonias con el fin de sustentar a los convictos, a sus guardianes y a los gobernadores. Esto no fue así, no obstante, para el territorio que circunda a Adelaida, que se convirtió en el núcleo del estado australiano moderno en que se transformó, Australia Meridional. Allí, un suelo de calidad, originado como consecuencia de levantamientos geológicos, y las bastante fiables lluvias invernales atrajeron a los agricultores alemanes como único grupo inicial de emigrantes no procedentes de Gran Bretaña. Melbourne también dispone de buenos suelos al oeste de la ciudad, que se convirtieron en el emplazamiento de un asentamiento agrícola exitoso en 1835, una vez que fracasó un centro de convictos fundado en 1803 en los suelos pobres del este de la ciudad.

La primera recompensa de la colonización británica de Australia provino de la caza de focas y ballenas. La siguiente provino de las ovejas, cuando en 1813 se descubrió por fin una ruta para atravesar los Montes Azules, situados unos cien kilómetros al sur de Sidney, lo cual permitió

acceder a los pastizales productivos que quedaban al otro lado. Sin embargo, Australia no llegó a ser autosuficiente y la ayuda alimentaria de Gran Bretaña no cesó hasta la década de 1840, justo antes de que en 1851 la primera fiebre del oro de Australia proporcionara finalmente cierta prosperidad.

Cuando en 1788 se inició la colonización europea de Australia, aquellas tierras ya habían estado ocupadas durante cuarenta mil años por aborígenes, que habían pergeñado con éxito soluciones sostenibles para los descomunales problemas medioambientales del continente. En los asentamientos de los primeros colonos europeos (los centros de convictos) y en las zonas adecuadas para la agricultura que posteriormente ocuparon los blancos australianos, se utilizaba a los aborígenes incluso menos que los blancos americanos a los indios: los indios del este de Estados Unidos eran al menos agricultores y durante los primeros años abastecían a los colonos europeos, hasta que estos empezaron a cultivar sus propias cosechas. A partir de ese momento, los agricultores indios pasaron a representar únicamente una competencia para los agricultores norteamericanos, y se les mataba o expulsaba. Sin embargo, los aborígenes australianos no eran agricultores, y de ahí que no pudieran proporcionar alimentos a los asentamientos y se les matara o expulsara de las zonas colonizadas por los blancos. Esta fue la política australiana mientras los blancos se expandían hacia zonas adecuadas para la agricultura. Sin embargo, cuando los blancos llegaron a territorios demasiado áridos para practicar la agricultura pero adecuados para el pastoreo, descubrieron que se podía utilizar a los aborígenes como pastores para cuidar de las ovejas: a diferencia de Islandia y Nueva Zelanda, dos países dedicados a la cría de ovejas en los que no hay especies animales autóctonas depredadoras de ovejas, Australia alberga dingos que sí se alimentan de ovejas, de manera que los ganaderos de ovino australianos necesitaban pastores; así que emplearon a los aborígenes debido a la escasez de mano de obra blanca en Australia. Algunos aborígenes trabajaron también con balleneros, cazadores de focas, pescadores o comerciantes del litoral.

Del mismo modo que los colonos noruegos de Islandia y Groenlandia llevaron consigo los valores culturales de su tierra natal noruega (véanse los capítulos 68), los colonos británicos de Australia llevaron también consigo los valores culturales británicos. Tal como sucedió en Islandia y

Groenlandia, también en Australia algunos de esos valores culturales importados se revelaron inadecuados para el entorno australiano; y algunos de esos valores inadecuados continúan siendo en la actualidad parte de aquel legado. Cinco conjuntos de valores culturales resultaron particularmente relevantes: los relacionados con el ganado ovino, los conejos y los zorros, la vegetación autóctona australiana, los valores de la tierra y la identidad británica.

En el siglo XVIII Gran Bretaña producía poca lana, y la importaba de España y Sajonia. Esas fuentes de lana continentales quedaron interrumpidas durante las guerras napoleónicas, que fueron encarnizadas durante los primeros decenios de la colonización británica de Australia. El rey de Gran Bretaña, Jorge III, estaba muy preocupado por este problema, y con su apoyo los británicos consiguieron introducir de contrabando en Gran Bretaña ovejas merinas españolas y después enviar algunas de ellas a Australia para que se convirtieran en las fundadoras de la borra australiana.

Australia pasó a convertirse en la principal fuente de lana para Gran Bretaña. O dicho al contrario: la lana fue la principal exportación de Australia desde alrededor de 1820 hasta 1950, puesto que su poco peso y su alto valor minimizaron el problema de la tiranía de la distancia, que impedía a otras potenciales exportaciones australianas más pesadas ser competitivas en los mercados exteriores.

En la actualidad, una parte significativa de toda la tierra destinada a la producción de alimentos en Australia se dedica todavía a las ovejas. La cría de ganado ovino está muy arraigada en la identidad cultural de Australia, y los votantes rurales, cuyo medio de vida depende de las ovejas, ejercen una influencia desproporcionada en la política australiana. Pero la idoneidad de la tierra australiana para las ovejas resulta engañosa: aunque en un principio disponía de una hierba exuberante o se podía desbrozar para que la albergara, la productividad del suelo era muy baja (ya lo hemos dicho), de modo que los ganaderos de ovino estaban explotando la fertilidad de la tierra como si fuera en realidad una mina. Muchas explotaciones ovinas hubieron de ser abandonadas enseguida; la industria derivada del ganado ovino de Australia es un sector que arroja pérdidas (que se analizarán más adelante); y su legado consiste en una ruinosa degradación de la tierra como consecuencia del pastoreo.

En los últimos años se ha sugerido que, en lugar de criar ovejas, Australia debería criar canguros, los cuales, a diferencia de las ovejas, son una especie autóctona australiana que está bien adaptada al clima y la vegetación australiana. Se dice que las garras almohadilladas de los canguros son menos dañinas para el suelo que las pezuñas duras de las ovejas. La carne de canguro es magra, saludable y, para mi gusto, absolutamente deliciosa. Además de su carne, los canguros proporcionan valiosas pieles. Todos estos aspectos se aducen como argumento para defender la sustitución del pastoreo de ovejas por la cría de canguros.

Sin embargo, esta propuesta se enfrenta a obstáculos reales, tanto biológicos como culturales. A diferencia de las ovejas, los canguros no son animales gregarios que obedezcan dócilmente a un pastor o a un perro, ni a los que se pueda rodear y conducir sumisos por las rampas de los camiones para llevarlos al matadero. Por el contrario, los potenciales ganaderos de canguros tienen que contratar a cazadores que persigan y disparen a los canguros uno a uno. Otro inconveniente de los canguros es su movilidad y su habilidad para saltar cercados: si uno invierte en fomentar la reproducción de una población de canguros en su propiedad, y si los canguros que uno tiene perciben algún tipo de aliciente para marcharse (como, por ejemplo, que esté lloviendo en algún otro lugar), la valiosa cabaña de canguros que uno tuviera podría acabar a cincuenta kilómetros, en la propiedad de alguna otra persona. La carne de canguro es bien recibida en Alemania, adonde se exporta, pero las ventas de carne de canguro chocan con barreras culturales en otros lugares. Los australianos piensan que los canguros son bichos poco atractivos para desplazar del plato de la cena a la carne de cordero y de ternera británicas de toda la vida.

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