Colapso

Jared Diamond · Capítulo 27 de 33

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Colapso

Cuarta parte

El último ejemplo se refiere a los gases de efecto invernadero que produce Australia con su sector agrícola: el dióxido de carbono y el metano.

Se trata de un problema particularmente grave para Australia, ya que el calentamiento global del planeta (que se considera consecuencia en gran medida de los gases de efecto invernadero) está alterando la pauta de lluvias invernales fiables que convirtieron las cosechas del cinturón de trigo de Australia en la exportación agraria más valiosa. Las emisiones de dióxido de carbono producidas por la agricultura australiana superan a las que producen los vehículos de motor y todo el resto de la industria de transporte. Aún peores son las vacas, cuya digestión produce metano, un gas veinte veces más potente que el dióxido de carbono a la hora de producir calentamiento global. Pues bien, el modo más sencillo para que Australia cumpla con el compromiso declarado de reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero… ¡sería eliminar el ganado vacuno!

Aunque ya se han propuesto esta y otras medidas radicales, en la actualidad no hay indicios de que vayan a adoptarse pronto. Constituiría una “primicia” para el mundo moderno que un gobierno decidiera de forma voluntaria eliminar gran parte de su sector agrario para anticiparse a futuros problemas antes de verse obligado a hacerlo a la desesperada. Sin embargo, incluso la mera existencia de estas ideas plantea una cuestión más amplia.

Australia constituye un ejemplo extremo de aquello en lo que el mundo en su conjunto se ve envuelto hoy día: una carrera de caballos que va aumentando su velocidad de forma exponencial. (“Aumentar la velocidad”

significa ir cada vez más deprisa; “aumentar la velocidad de forma exponencial” significa acelerar como se aceleran las reacciones en cadena: primero dos veces más rápido, luego cuatro, ocho, dieciséis, treinta y dos…

veces más rápido, a intervalos de tiempo iguales.) Por una parte, al igual que sucede en todo el mundo, el desarrollo de problemas medioambientales en Australia está acelerándose de forma exponencial. Por otra, el aumento de la conciencia ecológica pública y de las contramedidas privadas y gubernamentales también está acelerándose de forma exponencial. ¿Qué caballo ganará la carrera? Muchos lectores de este libro son suficientemente jóvenes y vivirán lo bastante para ver el resultado.

Cuarta parte

ENSEÑANZAS PRÁCTICAS

14

¿Por qué algunas sociedades toman

decisiones catastróficas?

Mapa de carreteras hacia el éxito •

Incapacidad para anticiparse

Incapacidad para prever • Conducta

racional inadecuada • Valores

desastrosos • Otras incapacidades

irracionales • Soluciones infructuosas

• Señales esperanzadoras

La educación es un proceso en el que intervienen dos tipos de participantes que supuestamente desempeñan papeles diferentes: los profesores, que imparten conocimiento a los alumnos, y los alumnos, que asimilan el conocimiento de los profesores. En realidad, como cualquier profesor sin prejuicios puede descubrir, la educación también conlleva que los alumnos impartan conocimiento a sus profesores interpelando las suposiciones de los profesores y planteando preguntas en las que los profesores no habían reparado con anterioridad. Hace poco volví a descubrirlo cuando impartí un curso de doctorado a estudiantes muy motivados de la institución en que trabajo, la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), acerca de cómo las sociedades abordaban los problemas ambientales. De hecho, el curso fue un ensayo práctico del material que compone este libro, en un momento en el que había esbozado algunos capítulos, estaba planificando otros y todavía podía realizar cambios importantes.

Mi primera conferencia tras la reunión de presentación del grupo versó sobre el ocaso de la sociedad de la isla de Pascua, objeto del capítulo 2 de este libro. En el debate que entablamos tras mi intervención, la cuestión en apariencia sencilla que más desconcertó a los alumnos era una cuya verdadera complejidad no había calado todavía en mí: ¿cómo demonios podía una sociedad tomar una decisión tan evidentemente desastrosa como la de talar todos los árboles de los que dependía? Uno de los alumnos me preguntó qué pensaba yo que decía el isleño que taló la última palmera mientras lo estaba haciendo. En el caso de todas las demás sociedades que

abordé en las posteriores conferencias, mis alumnos plantearon en esencia la misma pregunta. También planteaban otra cuestión relacionada con ella:

¿con qué frecuencia las personas ocasionaban daños ecológicos de forma intencionada, o al menos siendo conscientes de las consecuencias más probables? Mis alumnos se preguntaban si las personas que vivieran en el siglo próximo -en caso de que todavía queden personas vivas dentro de cien años- se asombrarían también de nuestra actual ceguera, como nos asombra a nosotros la ceguera de los isleños de Pascua.

Esta pregunta sobre por qué las sociedades acaban destruyéndose a sí mismas al tomar decisiones catastróficas no solo asombra a mis alumnos de doctorado de UCLA, sino también a los historiadores y arqueólogos profesionales. Por ejemplo, el libro quizá más citado sobre la desaparición de sociedades sea The Collapse of Complex Societies, obra del arqueólogo Joseph Tainter. Al valorar las explicaciones alternativas sobre los colapsos de la Antigüedad, Tainter continuaba viendo con escepticismo incluso la posibilidad de que pudieran haberse debido al agotamiento de los recursos ambientales, ya que ese desenlace le parecía a priori muy improbable. He aquí su argumentación: “Uno de los supuestos de esta perspectiva debe ser que esas sociedades se tumbaron a descansar y a contemplar cómo se cernía sobre ellos la inestabilidad sin adoptar medidas correctoras. Este es un problema de primer orden. Las sociedades complejas se caracterizan por disponer de un elevado flujo de información para tomar decisiones de forma centralizada, así como una enorme coordinación entre sus diferentes sectores, canales de mando formales y una gran acumulación de recursos.

Gran parte de esta estructura parece estar capacitada para contrarrestar las fluctuaciones y deficiencias de la productividad, si es que no era el fin para el que había sido concebida de forma expresa. Con su estructura administrativa y su gran capacidad para la asignación de trabajo y recursos, quizá una de las cosas que mejor hagan las sociedades complejas sea enfrentarse a condiciones ambientales adversas (véase, por ejemplo, Isbell (1978)). Resulta curioso que se vinieran abajo cuando se enfrentaban precisamente a las condiciones que estaban preparados para sortear… Tan pronto como los integrantes o los administradores de una sociedad compleja perciben que una fuente esencial de recursos se está deteriorando, parece de todo punto razonable suponer que se adoptarían medidas encaminadas a resolver la situación. La suposición alternativa -la de la despreocupación

ante el desastre- exige grandes dosis de fe ante las que con toda razón podemos dudar.

Es decir, el razonamiento de Tainter le llevaba a concluir que no era probable que las sociedades complejas se permitieran a sí mismas venirse abajo como consecuencia de un error en la gestión de sus recursos ambientales. Y, sin embargo, en todos los casos expuestos en este libro queda claro precisamente que este tipo de error se ha producido de forma reiterada. ¿Cómo es posible que tantas sociedades cometieran errores tan garrafales?

Mis alumnos de doctorado de UCLA, y también Joseph Tainter, han detectado un fenómeno desconcertante: los errores que cometen sociedades enteras o parte de ellas a la hora de tomar decisiones colectivas. Este problema, por supuesto, guarda relación con el problema de los errores en la toma de decisiones individuales. Las personas también toman decisiones equivocadas: contraen matrimonios inadecuados, realizan malas inversiones y pésimas elecciones profesionales, sus negocios van a la quiebra, etcétera.

Pero en los errores de la toma de decisiones colectiva intervienen algunos factores adicionales, como, por ejemplo, los conflictos de intereses entre los integrantes del grupo y la dinámica del mismo. Como es lógico, este es un asunto más complejo para el que no habría una única respuesta que encajara en todas las situaciones.

Lo que por el contrario voy a proponer es un mapa de carreteras de los factores que contribuyen a errar en la toma de decisiones colectivas.

Clasificaré los factores en una secuencia de cuatro categorías establecidas sin una delimitación muy nítida entre sí. En primer lugar, un grupo puede no conseguir prever un problema antes de que se plantee. En segundo lugar, cuando el problema se manifiesta, el grupo puede no conseguir percibirlo.

Después, una vez que lo han percibido, pueden no conseguir siquiera tratar de resolverlo. Por último, pueden tratar de resolverlo pero no conseguirlo.

Aunque todo este análisis de las razones del fracaso y el colapso de las sociedades puede resultar descorazonador, la otra cara del mismo es un rasgo alentador: el éxito en la toma de decisiones. Quizá si comprendemos las razones por las que los grupos toman a menudo decisiones erróneas podamos utilizar ese conocimiento como una lista de control que sirva para orientar a los grupos a tomar decisiones acertadas.

La primera estación de mi mapa de carreteras indica que los grupos pueden hacer cosas desastrosas porque no consigan prever un problema antes de que se produzca. Ello puede deberse a varias razones. Una es que pueden no disponer de ninguna experiencia anterior con un problema semejante y, por tanto, no estar sensibilizados ante esa posibilidad.

Un ejemplo excelente de ello es el desbarajuste que los colonos británicos produjeron por iniciativa propia cuando en el siglo XIX

introdujeron en Australia los zorros y los conejos procedentes de Gran Bretaña. Estos casos constituyen en la actualidad dos de los ejemplos más desastrosos del impacto de especies foráneas en un entorno del que no eran originarias (para más detalles, véase el capítulo 13). La introducción de estas especies resulta aún más dramática debido a que se llevó a cabo de forma intencionada y con mucho esfuerzo, en lugar de ser consecuencia de que, inadvertidamente, se hubieran entremezclado con el heno unas semillas diminutas, como en el caso de la propagación de muchas malas hierbas muy perjudiciales. Los zorros pasaron a comer y exterminar muchas especies de mamíferos autóctonos australianos que no tenían experiencia evolutiva de los zorros, mientras que los conejos empezaron a consumir gran parte del forraje destinado a las ovejas y las vacas, a rivalizar con los mamíferos herbívoros autóctonos y a debilitar el terreno con sus madrigueras.

Gracias a las ventajas que nos brinda poder analizar esta cuestión de forma retrospectiva, en la actualidad nos parece absurdo e increíble que los colonos liberaran intencionadamente en Australia dos mamíferos extraños cuyas poblaciones han acarreado miles de millones de dólares en daños y en gastos para controlarlas. Gracias a muchos otros ejemplos de esta naturaleza, hoy día podemos reconocer que la introducción de especies a menudo resulta desastrosa de formas insospechadas. Esa es la razón por la que, cuando vamos de visita a Australia y Estados Unidos o regresamos desde allí a nuestro país, una de las primeras preguntas que nos hacen los funcionarios de inmigración es si llevamos algún tipo de planta, semilla o animal: para reducir el riesgo de que se escape y se establezca en el país.

Gracias a otras muchas experiencias anteriores, ahora hemos aprendido (por regla general, pero no siempre) a prever al menos los riesgos potenciales que desencadena introducir en un lugar especies nuevas. Pero todavía es difícil incluso para los ecólogos profesionales predecir qué especies introducidas se establecerán en realidad, qué especies introducidas y

establecidas con éxito resultarán desastrosas y por qué una misma especie introducida en varios lugares consigue establecerse en determinadas zonas y no en otras. De ahí que en realidad no debiera sorprendernos que los australianos del siglo XIX, sin las desastrosas experiencias de introducción de especies llevadas a cabo en el siglo XX, no consiguieran prever las consecuencias provocadas por los conejos y los zorros.

En este libro hemos visto otros ejemplos de sociedades que, como era de esperar, no consiguieron prever un problema sobre el que carecían de experiencia anterior. Cuando los noruegos de Groenlandia invertían tanto en la caza de morsas con el fin de exportar su marfil a Europa, difícilmente podían haber previsto que las cruzadas acabarían con el mercado de marfil de morsa al restablecerse el acceso al marfil de elefante asiático y africano, o que los hielos marinos interrumpirían la navegación hacia Europa. O

también, dado que los mayas de Copán no eran científicos del suelo, no podían prever que la deforestación de las laderas de las colinas provocaría la erosión del suelo de las mismas y lo arrastraría al lecho de los valles.

Ni siquiera la experiencia anterior representa una garantía de que una sociedad vaya a prever un problema si dicha experiencia tuvo lugar hace tanto tiempo que se ha olvidado. Esto constituye un problema sobre todo para las sociedades que no disponen de escritura, las cuales tienen menos capacidad que las sociedades con escritura para conservar recuerdos detallados de acontecimientos sucedidos hace mucho tiempo, ya que la transmisión oral de la información impone muchas limitaciones en relación con la escritura. Por ejemplo, en el capítulo 4 se vio que la sociedad anasazi del cañón del Chaco sobrevivió a varios episodios de escasez de agua antes de sucumbir bajo una gran sequía en el siglo xii. Pero las sequías anteriores se habían producido mucho antes de que naciera cualquier anasazi afectado por esta última gran sequía, la cual, por tanto, habría tenido carácter de imprevista porque los anasazi carecían de escritura. De manera similar, los mayas clásicos de las tierras bajas sucumbieron a una sequía en el siglo IX

a pesar de que su territorio se había visto afectado por sequías desde hacía siglos (véase el capítulo 5). Aunque en este caso los mayas sí disponían de escritura, solo recogían mediante ella hazañas de reyes y acontecimientos astronómicos en lugar de informes meteorológicos, de modo que la sequía del siglo m no contribuyó a que los mayas previeran la sequía del siglo IX.

En las sociedades actuales, que disponen de escritura y cuyos escritos se ocupan de otros temas además de los reyes y los planetas, esto no significa que recurramos a la experiencia anterior consignada en los escritos.

Nosotros también tenemos tendencia a olvidar las cosas. Tras la escasez de combustible derivada de la crisis petrolífera de 1973, los estadounidenses rehuimos durante uno o dos años los coches que consumían mucha gasolina; pero después olvidamos esa experiencia y ahora aceptamos los coches deportivos, a pesar de los ríos de tinta vertidos tras los acontecimientos de 1973. Cuando la ciudad de Tucson, en Arizona, atravesó una grave sequía en la década de 1950, sus ciudadanos, alarmados, juraron que gestionarían mejor sus aguas; pero pronto volvieron a adoptar las despilfarradoras costumbres de construir campos de golf y regar los jardines.

Otra de las razones por las que una sociedad puede no conseguir prever un problema se debe al razonamiento mediante falsa analogía. Cuando nos encontramos ante una situación desconocida recurrimos a establecer analogías con otras situaciones conocidas. Este es un buen modo de proceder si la antigua y la nueva situación son verdaderamente análogas, pero puede resultar peligroso si son similares únicamente en apariencia. Por ejemplo, los vikingos que llegaron a Islandia a partir del año 870

aproximadamente procedían de Noruega y Gran Bretaña, que cuentan con firmes suelos arcillosos molidos por glaciares. Aun cuando se eliminara la vegetación que cubría aquellos suelos, estos seguían siendo demasiado pesados para que el viento los arrastrara. Cuando los colonos vikingos encontraron en Islandia muchas de las especies de árboles que ya les eran conocidas en Noruega y Gran Bretaña, les confundió la aparente similitud del paisaje (véase el capítulo 6). Por desgracia, los suelos de Islandia no emergieron como consecuencia de la erosión de los glaciares, sino porque los vientos transportaron cenizas muy ligeras originadas en erupciones volcánicas. Cuando los vikingos eliminaron los bosques de Islandia para crear pastos para el ganado, aquel suelo ligero quedó expuesto a que el viento lo arrastrara de nuevo, y gran parte de la capa superficial del suelo de Islandia desapareció con la erosión.

Un ejemplo famoso y trágico de razonamiento mediante falsa analogía es el de los preparativos militares franceses para la Segunda Guerra Mundial. Tras el terrible baño de sangre de la Primera Guerra Mundial,

Francia reconoció que tenía una necesidad vital de protegerse frente a la posibilidad de una nueva invasión alemana. Por desgracia, los mandos del ejército francés supusieron que la siguiente guerra se libraría de forma similar a la Primera Guerra Mundial, en la que el frente occidental que separaba Francia de Alemania se había estancado en una guerra de trincheras estática durante cuatro años. Por regla general, las fuerzas defensivas de infantería a cargo de las intrincadas trincheras fortificadas habían conseguido repeler los ataques de la infantería enemiga, mientras que las fuerzas de ataque solo habían desplegado los recién inventados tanques de forma aislada y para apoyar el ataque de su infantería. Por lo tanto, Francia construyó un carísimo y más intrincado aún sistema de fortificaciones, la línea Magimot, para defender su frontera oriental ante Alemania. Pero los mandos del ejército alemán, que habían sido derrotados en la Primera Guerra Mundial, detectaron la necesidad de adoptar una estrategia diferente. En lugar de la infantería, utilizaron los tanques como punta de lanza de sus ataques: agruparon los tanques en divisiones acorazadas independientes, rodearon la línea Maginot atravesando terrenos forestales que hasta entonces se consideraban impracticables para los tanques y así derrotaron a Francia en solo seis semanas. Como razonaron mediante una falsa analogía con la Primera Guerra Mundial, los generales franceses cometieron un error de bulto: los mandos a menudo planifican una guerra como si fuera a ser parecida a la anterior, sobre todo si su bando salió victorioso en aquella guerra anterior.

La segunda estación que figura en mi mapa de carreteras, una vez que una sociedad ha previsto o no un problema antes de que se produzca, se refiere a la percepción o la imposibilidad de percibir un problema que ya se ha producido. Al menos hay cuatro razones para cometer este tipo de error, todas las cuales son habituales en el mundo empresarial y académico.

En primer lugar, los orígenes de algunos problemas son literalmente imperceptibles. Por ejemplo, los nutrientes responsables de la fertilidad del suelo son invisibles a simple vista, y solo en épocas recientes pudieron determinarse mediante análisis químicos. En Australia, Mangareva, algunas zonas del sudoeste de Estados Unidos y muchos otros lugares, la mayor parte de los nutrientes ya se habían filtrado a través del suelo con la lluvia antes de que fueran colonizados por seres humanos. Cuando llegó la población y empezó a cultivar, sus cosechas agotaron enseguida los

nutrientes que quedaban, como consecuencia de lo cual la agricultura no prosperó. Sin embargo, este tipo de suelos pobres en nutrientes a menudo sustentan una vegetación de aspecto exuberante; se trata simplemente de que la mayor parte de los nutrientes del ecosistema se encuentran en la vegetación en lugar de en el suelo, y desaparecen cuando se arranca la vegetación. No había ningún modo de que los primeros colonos de Australia y Mangareva percibieran ese problema de agotamiento de los nutrientes del suelo; ni tampoco de que los agricultores de zonas con abundancia de sal en las profundidades del suelo (como el este de Montana, algunas zonas de Australia o Mesopotamia) percibieran la incipiente salinización; ni de que los mineros de los yacimientos de azufre detectaran el cobre y los ácidos tóxicos disueltos en los vertidos de agua de la mina.

Otra razón habitual del fracaso a la hora de percibir un problema, una vez que ya se ha manifestado, es la lejanía de los responsables, lo cual es un problema potencial de cualquier sociedad o empresa grande. Por ejemplo, el propietario de los terrenos forestales y de la empresa maderera más grandes de Montana no se encuentra en la actualidad en el interior de ese estado, sino a 650 kilómetros de allí, en Seattle, Washington. Como no están en el escenario de los acontecimientos, los ejecutivos de la empresa pueden no darse cuenta de que tienen un grave problema de malas hierbas en sus propiedades forestales. Las empresas bien administradas evitan llevarse este tipo de sorpresas enviando periódicamente a algún especialista para que evalúe “sobre el terreno” lo que está pasando en realidad; con ese mismo espíritu un amigo mío muy alto que era rector de una universidad practicaba de vez en cuando en las pistas de baloncesto con los universitarios de su escuela con el fin de mantenerse al corriente de las opiniones de los alumnos. Lo contrario del fracaso debido a la lejanía de los directivos es el éxito debido a la presencia inmediata de los encargados. Parte de la razón por la que los habitantes de Tikopia en su diminuta isla y los de las tierras altas de Nueva Guinea en sus valles han gestionado con éxito sus recursos durante más de un millar de años es que todos los habitantes de la isla o del valle están familiarizados con la totalidad del territorio del que dependen sus sociedades.

Quizá la circunstancia más habitual bajo la cual las sociedades no consiguen percibir un problema se produce cuando este adopta la forma de una tendencia muy lenta oculta entre amplias fluctuaciones al alza y a la

baja. Ahora sabemos que las temperaturas de todo el mundo han estado aumentando de forma muy paulatina en las últimas décadas, debido en gran parte a los cambios producidos por los seres humanos en la atmósfera. Sin embargo, no es que el clima haya sido todos los años exactamente 0,01 °C

más cálido que el año anterior. Por el contrario, como todos sabemos, el clima oscila de forma errática de un año para otro: un verano es tres grados más cálido que el anterior, después el siguiente es dos grados más cálido, luego el siguiente la temperatura baja cuatro grados, después baja otro grado más, después sube cinco grados, etcétera. Dadas las amplias e impredecibles fluctuaciones del clima, se ha tardado mucho tiempo en discriminar la tendencia media ascendente de 0,01 °C anuales en medio de una señal con tanto ruido. Esa es la razón de que haga solo unos pocos años que se convencieran de ella los climatólogos más experimentados y hasta entonces escépticos de que el planeta se estuviera calentando realmente. En el momento en que escribo estas líneas, el presidente Bush de Estados Unidos todavía no está convencido de su realidad y cree que es necesario investigar más. Los groenlandeses de la Edad Media atravesaron dificultades similares para reconocer que el clima en el que vivían estaba volviéndose cada vez más frío, y los mayas y los anasazi tuvieron problemas para discernir que el suyo era cada vez más árido.

Los políticos emplean el concepto “normalidad progresiva” para referirse a este tipo de tendencias ocultas en unas fluctuaciones en las que abunda el ruido. Si la economía, la educación, la congestión del tráfico o cualquier otra cosa se deteriora de forma gradual, resulta difícil reconocer que cada año que transcurre es por término medio ligeramente peor que el anterior, de modo que el criterio de referencia para lo que constituye la

“normalidad” varía paulatina e imperceptiblemente. Pueden ser necesarios varios decenios de una larga secuencia de variaciones anuales leves antes de que la gente se dé cuenta, sobresaltada, de que las condiciones eran mucho mejores varios decenios atrás y de que lo que se tenía por normal ha variado a la baja.

Otro concepto relacionado con la normalidad progresiva es el de

“amnesia del paisaje”: olvidar el aspecto tan diferente que tenía el entorno circundante hace cincuenta años debido a que las transformaciones sufridas de un año para otro han sido muy graduales. Un ejemplo es el de la fusión de los glaciares y campos nevados de Montana producida por el

calentamiento global del planeta (véase el capítulo 1). Desde que siendo un adolescente pasé los veranos de 1953 y 1956 en la cuenca Big Hole de Montana no había vuelto a regresar hasta 42 años después, en 1998, momento en que empecé a acudir todos los años. Uno de los recuerdos adolescentes más vividos que tenía de la cuenca Big Hole es que la nieve cubría las lejanas cimas de las montañas incluso a mediados del verano, así como la sensación de que había una franja blanca del cielo que rodeaba toda la cuenca y el recuerdo de una excursión durante un fin de semana en la que dos amigos y yo ascendimos hasta aquella mágica franja de nieve. Como no he atravesado por las oscilaciones y la paulatina disminución de la nieve veraniega a lo largo de los 42 años transcurridos, cuando regresé en 1998 a la cuenca me sorprendió y entristeció descubrir que esa franja había desaparecido casi en su totalidad, y en los años 2001 y 2003 se fundió toda.

Cuando les pregunté por este cambio a mis amigos que vivían en Montana resultó que eran menos conscientes de él: de manera inconsciente comparaban la franja de cada año (o su ausencia) con la de los años inmediatamente anteriores. La normalidad progresiva o la amnesia del paisaje les dificultaba a ellos más que a mí recordar cómo eran las condiciones en la década de 1950. Este tipo de experiencias constituyen una razón importante para que las personas no consigan percibir un problema en curso hasta que es demasiado tarde.

Sospecho que la amnesia del paisaje constituía parte de la respuesta a la pregunta de mis alumnos de UCLA, aquella de “qué decía el último habitante de la isla de Pascua que taló la última palmera mientras lo estaba haciendo”. Sin pensarlo con detenimiento, solemos imaginar que hubo un cambio repentino: como si un año la isla estuviera todavía cubierta por un bosque de altas palmeras que se utilizaban para producir vino, obtener fruta y extraer madera para transportar y erigir estatuas, y al año siguiente solo quedara un árbol que un isleño procedió a talar en un acto de una estupidez increíblemente autodestructiva. Es mucho más probable, no obstante, que los cambios de la cubierta forestal de un año a otro hubieran sido casi indetectables: sí, este año cortamos unos cuantos árboles allí, pero aquí, en este huerto abandonado, están empezando a rebrotar de nuevo los plantones. Solo los habitantes más ancianos de la isla, retrotrayéndose a su infancia varios decenios atrás, podrían haber percibido la diferencia. Sus hijos ya no podrían comprender los relatos de sus padres, en los que