Colapso

Jared Diamond · Capítulo 3 de 33

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Colapso

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mantenemos estos atractivos que nos trajeron a Montana al tiempo que abordamos un cambio inevitable”.

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Para finalizar este capítulo sobre Montana, relatado profusamente con mis palabras, dejaré ahora que cuatro de mis amigos de Montana refieran con sus propias palabras cómo llegaron a ser de Montana y cuáles son sus inquietudes sobre el futuro de esta. Rick Laible es un recién llegado, en la actualidad senador del estado; Chip Pigman es un antiguo habitante y promotor de terrenos; Tim Huls es un veterano y tiene una granja de vacas de leche; y John Cook es un recién llegado y es guía de pesca.

He aquí el relato de Rick Laible: “Nací y me crié en los alrededores de Berkeley, California, donde tengo una empresa de manufacturas de madera para la construcción. Mi esposa Frankie y yo trabajábamos mucho. Un día Frankie me miró y dijo: "Trabajas entre diez y doce horas diarias, siete días a la semana". Decidimos jubilarnos parcialmente, recorrimos en coche casi 7.500 kilómetros por todo el oeste de Estados Unidos hasta encontrar un lugar en el que instalarnos, compramos nuestra primera casa en 1993 en una zona apartada de Bitterroot y nos mudamos en 1994 a un rancho que compramos cerca de la ciudad de Víctor. Mi esposa cría caballos árabes egipcios en el rancho y yo vuelvo a California una vez al mes por el negocio que todavía tengo allí. Tenemos cinco hijos. Nuestro hijo mayor siempre quiso mudarse a Montana y administra nuestro rancho. Nuestros otros cuatro hijos no entienden la calidad de vida de Montana, no entienden que los habitantes de Montana son gente más agradable y no entienden por qué sus padres se mudaron aquí.

“Ahora, cada vez que voy a California en mi visita mensual de cuatro días deseo salir de allí. ¡Me parece que son como ratas enjauladas! Frankie va a California solo dos veces al año para ver a sus nietos, y con eso tiene California de sobra. Como ejemplo de lo que no me gusta de California, diré que fui allí hace poco a una reunión y tuve algo de tiempo libre, de modo que di un paseo por las calles de la ciudad. Me di cuenta de que la gente que venía en dirección contraria bajaba la vista y evitaba el contacto visual conmigo. Cuando en California doy los buenos días a personas que no conozco se quedan desconcertadas. Aquí, en Bitterroot, la norma es que cuando te cruzas con alguien que no conoces estableces contacto visual.

“En lo que se refiere a por qué me metí en política, siempre he tenido muchas opiniones políticas. El representante de mi distrito de Bitterroot en la asamblea legislativa del estado decidió no presentarse y me sugirió que lo hiciera yo en su lugar. Trató de convencerme, y también lo hizo Frankie.

¿Por qué decidí presentarme? Se trataba de "devolver algo"; me parecía que la vida me había tratado bien y quería mejorar la de los habitantes de la zona.

“El asunto legislativo en el que estoy particularmente interesado es la gestión forestal, porque mi distrito tiene muchos bosques y muchos de mis electores son trabajadores de la madera. La ciudad de Darby, que pertenece a mi distrito, era una rica ciudad maderera y la gestión forestal proporcionaba puestos de trabajo al valle. Inicialmente había en el valle unos siete aserraderos, pero ahora no queda ninguno, de manera que el valle ha perdido esos puestos de trabajo y esas infraestructuras. Aquí las decisiones sobre gestión forestal las toman en la actualidad los grupos ecologistas y el gobierno federal, con lo que resultan excluidos el condado y el estado. Estoy trabajando en una ley sobre gestión forestal que implicaría la colaboración entre los tres niveles principales de la administración: las agencias federales, el estado y el condado.

“Hace varias décadas Montana se encontraba entre los diez primeros estados por su renta per cápita; en la actualidad ocupa el lugar 49 de 50

debido al declive de las industrias extractivas (madera, carbón, minería, petróleo y gas). Esos puestos de trabajo perdidos eran empleos sindicados y con salarios altos. Por supuesto que no deberíamos volver a las extracciones abusivas, de las que en los viejos tiempos hubo algunas. Aquí, en Bitterroot, tanto el marido como la mujer tienen que trabajar, y con frecuencia deben tener dos empleos cada uno para poder llegar a fin de mes, aunque estemos rodeados por este bosque sobrecargado de masa combustible. Todo el mundo aquí, sea o no ecologista, coincide en que tenemos que reducir un poco la masa combustible de nuestros bosques. La recuperación del bosque supondría eliminar masa forestal, particularmente la de los árboles bajos y pequeños. Ahora esa sobrecarga se elimina simplemente quemándola. El Plan Nacional contra Incendios del gobierno federal lo haría mediante la extracción mecánica de los troncos, cuya finalidad es reducir la biomasa combustible. ¡La mayor parte de nuestra madera estadounidense procede de Canadá! Sin embargo, el destino original de nuestros bosques nacionales

era proporcionar un flujo constante de madera y ofrecer protección a las cuencas de los ríos. El 25 por ciento de los ingresos procedentes de los bosques nacionales solía ir a parar a las escuelas, pero esos ingresos procedentes de los bosques han disminuido enormemente en los últimos tiempos. Talar más supondría más dinero para nuestras escuelas.

“¡En la actualidad no hay ninguna política de desarrollo para todo el condado de Ravalli! En el último decenio la población del valle ha aumentado en un 40 por ciento, y en el próximo puede aumentar otro 40 por ciento: ¿adonde va a ir el siguiente 40 por ciento? ¿Podemos cerrar la puerta a las personas que se están mudando aquí? ¿Tenemos derecho a cerrarles la puerta? ¿Debería prohibírsele a un granjero que parcelara y urbanizara sus terrenos y quedar condenado a una vida dedicada a la explotación agraria?

Todo el dinero de un granjero para su jubilación está en su tierra. Si se prohíbe al granjero vender su tierra para urbanizarla o construir una casa,

¿qué se le está haciendo?

“En lo que se refiere a las consecuencias a largo plazo del crecimiento, en el futuro aquí habrá ciclos, como los ha habido en el pasado; y en uno de esos ciclos quienes ahora son recién llegados regresarán a casa. Montana nunca estará excesivamente urbanizada, pero el condado de Ravalli seguirá urbanizándose. Aquí, en el condado, hay inmensas extensiones de suelo público. Aquí el precio del suelo subirá hasta que sea demasiado alto, momento en el cual los potenciales compradores iniciarán un boom de terreno en algún otro lugar en el que la tierra sea más barata. A la larga, todos los terrenos agrícolas del valle quedarán urbanizados”.

Veamos ahora el relato de Chip Pigman: “El abuelo de mi madre se mudó aquí desde Oklahoma alrededor de 1925 y plantó un huerto de manzanos. Mi madre creció aquí, en una granja de leche y de ovejas, y ahora posee una agencia inmobiliaria en la ciudad. Mi padre se mudó aquí siendo niño, trabajó en la mina y en la remolacha azucarera y tuvo un segundo empleo en la construcción; así es como yo me metí en la construcción. Nací y fui al colegio aquí, y obtuve mi licenciatura en contabilidad en la Universidad de Montana, cerca de Missoula.

“Durante tres años me mudé a Denver, pero me disgustaba la vida en la ciudad y estaba decidido a regresar aquí, en parte debido a que Bitterroot es un lugar fantástico para criar a los hijos. En Denver me robaron la bicicleta antes de que pasaran dos semanas. No me gustaba el tráfico de la ciudad ni

las aglomeraciones de gente. Aquí mis necesidades están satisfechas. Me educaron sin “cultura” y no la necesito. Simplemente esperé a que mis acciones de la empresa que me había contratado me fueran reintegradas, y entonces me mudé de nuevo aquí. Eso suponía dejar un empleo en Denver por el que me pagaban al año 35.000 dólares más beneficios y regresar aquí para ganar 17.000 dólares al año sin ninguna otra paga adicional. Estaba deseando abandonar el empleo seguro de Denver con el fin de poder vivir en el valle, donde puedo dar largas caminatas. Mi esposa nunca había experimentado la inseguridad, pero en Bitterroot yo siempre había vivido con esa inseguridad. Para poder sobrevivir aquí, en Bitterroot, tienes que tener una familia con dos fuentes de ingresos, y mis padres siempre tuvieron que compaginar varios empleos distintos. Si era necesario yo estaba dispuesto a aceptar un empleo en turno de noche almacenando comestibles para llevar más dinero a casa. Después de regresar aquí tardé cinco años en alcanzar unos ingresos similares a los de Denver, y otro año o dos años más hasta tener un seguro médico.

“Mi trabajo consiste principalmente en construir casas, además de la urbanización de parcelas de terreno sin atender; no puedo permitirme comprar y urbanizar parcelas de primera categoría. En un principio, los terrenos que promovía solían ser ranchos, pero la mayor parte de ellos habían dejado ya de serlo cuando yo los adquirí; habían sido vendidos, revendidos y seguramente parcelados en varias ocasiones desde que dejaron de ser explotados. Ya no producen y tienen más centaurea que pasto.

“Una excepción a esto es mi actual proyecto de Hamilton Heights, un antiguo rancho de veinte hectáreas que adquirí y que ahora estoy tratando de parcelar por primera vez. Remití al condado un plan de urbanización detallado que exigía tres tipos de autorizaciones, de las cuales conseguí obtener las dos primeras. Pero el tercer y último paso era una vista pública en la que se presentaron ochenta personas que vivían en las cercanías y se quejaron alegando que esa parcelación supondría una pérdida de tierras de cultivo. Sí, el suelo de la parcela es bueno y solía ser buena tierra de cultivo, pero cuando yo lo compré ya había dejado la producción agrícola.

Pagué 225.000 dólares por esas veinte hectáreas; sería imposible soportar ese elevado coste mediante la agricultura. Pero la opinión pública no tiene en cuenta la economía. En lugar de eso, los vecinos dicen: "Nos gusta ver a nuestro alrededor el espacio abierto de las tierras de cultivo o de un

bosque". Pero ¿cómo va uno a mantener ese espacio abierto si el vendedor de la parcela es alguien que tiene más de sesenta años y necesita el dinero para jubilarse? Si los vecinos querían preservar esa parcela como espacio abierto, deberían haberla comprado. Podrían haberla comprado, pero no lo hicieron. No obstante, quieren controlarla aun cuando no sea de su propiedad.

“Fui desautorizado en la audiencia pública porque los urbanistas del condado no querían oponerse a ochenta votantes poco antes de unas elecciones. Yo no había negociado con los vecinos antes de remitir el plan porque soy muy obstinado, quiero hacer lo que creo que tengo derecho a hacer y no me gusta que me digan qué tengo que hacer. Además, la gente no se da cuenta de que en un proyecto pequeño como este las negociaciones suponen mucho tiempo y dinero. Con un proyecto similar, la próxima vez hablaría primero con los vecinos, pero también llevaría a cincuenta de mis trabajadores a la reunión para que los funcionarios del condado vieran que también existe demanda pública en favor del proyecto. Durante este conflicto he seguido cargando con los costes de la tierra. ¡A los vecinos les gustaría la tierra para poder sentarse allí sin que hubiera nada en ella!

“La gente dice que aquí hay demasiado terreno urbanizado y que el valle acabará superpoblado, y tratan de culparme a mí. Mi respuesta es: hay demanda de mi producto, la demanda no es algo que yo invente. Cada año hay más edificios y más tráfico en el valle. Pero a mí me gusta pasear, y cuando paseas o sobrevuelas el valle, ves montones de espacios abiertos.

Los medios de comunicación dicen que en el valle el crecimiento fue del 44

por ciento en los últimos diez años, pero eso solo supuso un aumento de población desde 25.000 a 35.000 personas. La gente joven está abandonando el valle. Tengo treinta empleados a los que mi empresa ofrece empleo y proporciona un plan de pensiones, un seguro médico y vacaciones pagadas, así como un plan de reparto de los beneficios. Ningún competidor ofrece un paquete semejante, de modo que la renovación de mi fuerza de trabajo es baja. Los ecologistas me consideran con frecuencia una causa de los problemas del valle, pero yo no puedo crear la demanda; si yo no levanto los edificios, lo hará otro.

“Tengo la intención de quedarme aquí, en el valle, durante el resto de mi vida. Pertenezco a esta comunidad y apoyo muchos proyectos comunitarios: por ejemplo, apoyo a los equipos locales de baloncesto, natación y fútbol.

Como soy de aquí y quiero quedarme aquí, no tengo mentalidad de enriquecerme y marcharme. Espero estar todavía aquí dentro de veinte años dirigiendo mis viejos proyectos. En ese momento no quisiera asomarme y tener que reconocer ante mí mismo: "Ese que hice fue un mal proyecto"“.

Tim Huls es propietario de una granja lechera de una familia de Montana de toda la vida: “Mis bisabuelos fueron los primeros de nuestra familia que vinieron aquí, en 1912. Compraron veinte hectáreas cuando la tierra todavía era muy barata y tenían una docena de vacas lecheras a las que tardaban en ordeñar a mano dos horas todas las mañanas y luego otras dos todas las noches. Mis abuelos compraron 55 hectáreas más por unos pocos centavos por hectárea, vendían la nata de la leche de sus vacas para hacer queso y cultivaban manzanas y heno. Sin embargo, vivieron una batalla. Llegaron tiempos difíciles y se aferraron a lo que tenían con uñas y dientes, mientras que otros granjeros no pudieron hacerlo. Mi padre pensó ir a la universidad, pero en lugar de ello decidió quedarse en la granja. Era un visionario innovador que tomó la crucial decisión empresarial de comprometerse con una explotación lechera especializada y construir un establo para ordeñar 150 vacas, de forma que pudiera incrementar el valor obtenido por la tierra.

“Mis hermanos y yo compramos la granja de nuestros padres. No nos la dieron. Al contrario; nos la vendieron porque querían que fuéramos nosotros quienes decidiéramos quiénes queríamos dedicarnos a la granja, hasta el punto de estar dispuestos a pagar por ella. Cada hermano y su esposa somos propietarios de nuestra propia parcela y la arrendamos a la empresa familiar. La mayor parte del trabajo de administrar la granja lo hacemos los hermanos, nuestras esposas y nuestros hijos; solo contamos con un pequeño número de empleados que no pertenecen a la familia. Hay muy pocas explotaciones agrícolas familiares como la nuestra. Una cosa que nos permitió tener éxito es que todos compartimos un credo religioso común; la mayoría de nosotros vamos a la misma parroquia de Corvallis.

Por supuesto que tenemos conflictos familiares, pero podemos tener una buena disputa y, aun así, ser los mejores amigos esa misma noche; nuestros padres también se pelearon, pero siempre se reconciliaban antes de que se pusiera el sol. Hemos entendido por qué puntos de vista vale la pena morir y por cuáles no.

“De algún modo, mis dos hijos heredaron ese espíritu familiar. Los dos aprendieron a cooperar desde niños: cuando el más pequeño tenía todavía siete años empezaron a colocar secciones de tubos de aluminio de doce metros, dieciséis por línea, llevándolos cada uno desde un extremo de cada tubo. Cuando se fueron de casa fueron compañeros de habitación y ahora son los mejores amigos y vecinos. Otras familias tratan de educar a sus hijos para que mantengan los lazos familiares come hicieron nuestros hijos, pero los hijos de esas otras familias no permanecieron juntos, aun cuando parecían hacer las mismas cosas que hizo nuestra familia.

“La economía de la granja es exigente porque el valor más alto a que se puede dedicar la tierra aquí, en Bitterroot, es a viviendas y urbanización.

Los granjeros de nuestra zona se enfrentan al siguiente dilema: ¿deberíamos continuar explotando la tierra o deberíamos venderla; para que construyan viviendas y retirarnos? No hay cultivo legal que nos permita competir con el valor del desarrollo urbanístico de nuestra; tierra, de modo que no podemos permitirnos comprar más terreno. Por el contrario, lo que determina nuestra supervivencia es si podemos ser eficientes al máximo con las trescientas hectáreas que ya tenemos en propiedad o en alquiler.

Nuestros gastos, al igual que el precio de las camionetas, han aumentado, pero todavía recibimos el mismo dinero por cincuenta litros de leche hoy día que hace veinte años. ¿Cómo podemos obtener beneficios con un margen de beneficios tan estrecho? Tenemos que adoptar nuevas tecnologías, lo cual supone capital, y tenemos que seguir formándonos en la aplicación de la tecnología a nuestras circunstancias concretas. Tenemos que estar dispuestos a abandonar los viejos métodos.

“Por ejemplo, este año hemos dedicado un capital importante a construir una nueva sala de ordeño informatizada para doscientas vacas. Tendrá una máquina de recogida de estiércol y una valla móvil para llevar las vacas a una ordeñadora automática a través de la cual pasarán de forma automática.

El ordenador reconoce cada vaca, la ordeña en su puesto, mide de inmediato la conductividad de su leche para detectar enseguida alguna infección, pesa la leche ordeñada para controlar sus necesidades sanitarias y nutritivas, y los criterios de tratamiento de datos del ordenador nos permiten agrupar las vacas en diferentes establos. Nuestra explotación está sirviendo hoy día como modelo para el estado de Montana en su conjunto. Otros ganaderos nos observan con atención para ver si funciona.

“Nosotros mismos tenemos algunas dudas sobre si funcionará debido a dos riesgos que escapan a nuestro control. Pero si queremos albergar alguna esperanza de seguir dedicándonos a las labores agrarias, tenemos que llevar a cabo esta modernización, o de lo contrario no tendremos más alternativa que volvernos promotores de viviendas: aquí, en la tierra de que uno dispone, se tienen que criar vacas o criar casas. Uno de los dos riesgos que escapan a nuestro control es la fluctuación de los precios de la maquinaria, de los servicios agrícolas que tenemos que contratar y del precio al que nos pagan la leche. Los ganaderos de leche no tenemos ningún control sobre el precio de la leche. Nuestra leche es perecedera; una vez que la vaca está ordeñada, solo tenemos dos días para llevar la leche desde el rancho hasta el mercado, de modo que no tenemos ninguna fuerza negociadora. Vendemos la leche y los compradores nos dicen qué precio alcanzará.

“El otro riesgo que escapa a nuestro control son las preocupaciones medioambientales de la opinión pública, entre las que se encuentran la forma en que tratamos a los animales, sus desechos y el olor asociado a ellos. Tratamos de controlar estos impactos lo mejor que sabemos, pero nuestros esfuerzos probablemente no satisfagan a todo el mundo. Los recién llegados a Bitterroot vienen por el paisaje. Al principio les gusta ver las vacas y los campos de heno desde la distancia, pero a veces no comprenden todo lo que va unido a las labores agrícolas, especialmente en las granjas lecheras. En otras zonas en las que coexisten explotaciones lecheras y urbanización, las objeciones a las granjas están relacionadas con el olor, el ruido de los equipos que funcionan hasta altas horas de la noche, el tráfico de camiones en "nuestro tranquilo camino rural" y algunas otras cosas. En una ocasión tuvimos incluso una queja cuando un vecino se manchó de estiércol sus zapatillas de deporte blancas. Una de nuestras preocupaciones es que las personas a las que no les gusta la explotación agraria de animales puedan proponer una iniciativa para restringir o prohibir las granjas lecheras en nuestra zona. Por ejemplo, hace dos años una iniciativa para prohibir la caza en las explotaciones cinegéticas eliminó del negocio a un rancho de alces de Bitterroot. Nunca pensábamos que eso pudiera llegar a ocurrir, y no podemos evitar pensar que hay una posibilidad de que, si no estamos atentos, pudiera ocurrimos a nosotros. En una sociedad que propugna la tolerancia resulta asombroso lo intolerantes que son algunas

personas con las explotaciones agrarias de animales y con lo que va unido a la producción de alimentos”.

El último de los cuatro relatos que citaré es el de John Cook, el guía de pesca que con infinita paciencia enseñó a mis hijos de entonces diez años a pescar con mosca y ha estado llevándolos al río Bitterroot durante los últimos siete veranos: “Me crié en un huerto de manzanos del valle de Wenatchee, en Washington. Cuando acabé el instituto atravesé una etapa hippy salvaje y me dispuse a viajar hasta la India en moto. Solo llegué hasta la costa este de Estados Unidos, pero para entonces había recorrido todo el país. Después conocí a mi esposa Pat, nos mudamos a la península Olympic de Washington y luego a Kodiak Island, en Alaska, donde trabajé durante dieciséis años como guardabosques. Luego nos mudamos a Portland para que Pat pudiera cuidar de sus abuelos enfermos. La abuela murió pronto, y luego, una semana después de que muriera su abuelo, abandonamos Portland y vinimos a Montana.

“Había estado en Montana por primera vez en la década de 1970, cuando el padre de Pat era guarda en el Selway-Bitterroot Wilderness de Idaho, justo al otro lado de la frontera de Montana. Pat y yo solíamos trabajar para él a tiempo parcial: Pat haciendo la comida y yo, de guía. Ya entonces a Pat le encantaba el río Bitterroot y quería vivir junto a él, pero el terreno ya estaba a dos mil dólares la hectárea, demasiado caro para que aguantara el coste de una hipoteca sobre una granja. Entonces, en 1994, cuando estábamos tratando de dejar Portland, surgió la oportunidad de comprar a un precio asequible una granja de cinco hectáreas cerca del río Bitterroot. Había que hacer algunas reformas en la casa, de modo que dedicamos unos cuantos años a arreglarla, y yo me saqué la licencia de guarda forestal y guía de pesca.

“Solo hay dos lugares en el mundo con los que siento un vínculo espiritual profundo: uno de ellos es la costa de Oregón y el otro está aquí, en el valle de Bitterroot. Cuando compramos esta granja pensamos en ella como "la propiedad en la que morir": es decir, una casa en la que queríamos vivir durante el resto de nuestras vidas. Justo aquí, en nuestro terreno, tenemos tecolotes, faisanes, codornices, patos carolinos y un prado suficientemente grande para nuestros dos caballos.

“La gente puede haber nacido en una época en la que le parece que pueden vivir a gusto, y pueden no querer vivir en otra época. A nosotros

nos encanta este valle tal como era hace treinta años. Desde ese momento no ha hecho más que llenarse de gente. No quisiera estar viviendo aquí si el valle se convirtiera en una avenida de centros comerciales entre Missoula y Darby en cuyo suelo viviera un millón de personas. Para mí es importante ver espacio abierto. El terreno que hay al otro lado de la carretera de mi casa es una vieja tierra de cultivo de poco más de tres kilómetros de longitud y casi uno de anchura compuesta enteramente por pastos, en el que las únicas edificaciones son un par de establos. Es propiedad de un actor y cantante de rock de fuera del estado llamado Huey Lewis, que viene aquí simplemente a pasar más o menos un mes cada año para cazar y pescar, y durante el resto del año tiene un guarda que se ocupa de las vacas, cultiva heno y alquila parte del terreno a los granjeros. Si el terreno de Huey Lewis del otro lado de la carretera se parcelara para edificar viviendas, no podría soportar ver esa imagen a diario y me mudaría.

“A menudo pienso en cómo me gustaría morir. Mi padre sufrió recientemente una muerte lenta a causa de una enfermedad pulmonar.

Perdió toda la autonomía y el último año fue muy doloroso. No quiero morir así. Podría parecer que tengo mucha sangre fría, pero he aquí mi fantasía sobre cómo me gustaría morir si pudiera elegir. En mi fantasía Pat se muere antes que yo. Eso es porque cuando nos casamos prometí amarla, respetarla y cuidarla, y si ella muriera primero sabría que he cumplido mi promesa. Además, no tengo seguro de vida que le ayude, de modo que ella lo pasaría mal si me sobreviviera. Tras la muerte de Pat -continúa mi fantasía- cedería los derechos sobre la casa a mi hijo Cody, y después iría a pescar truchas todos los días mientras estuviera físicamente en condiciones de hacerlo. Cuando ya no fuera capaz de pescar, me agenciaría una gran cantidad de morfina y me adentraría mucho en el bosque. Escogería algún lugar remoto donde nadie encontrara nunca mi cuerpo y desde el que pudiera disfrutar de una vista especialmente hermosa. Me tumbaría ante esa vista y… me tomaría la morfina. Ese sería el mejor modo de morir: morir de la forma que yo eligiera, y que lo último que contemplara fuera una vista de Montana tal como quiero recordarla”.

Dicho brevemente, las historias vitales de estos cuatro habitantes de Montana, y los comentarios míos que las preceden, ilustran que los habitantes de Montana difieren entre sí en valores y objetivos. Apuestan por un mayor o menor aumento de la población, una mayor o menor

intervención del gobierno, una mayor o menor urbanización y parcelación de las tierras agrícolas, una mayor o menor conservación de los usos agrícolas de la tierra, un mayor o menor volumen de minería o una mayor o menor cantidad de turismo de aire libre. Algunos de estos objetivos son a todas luces incompatibles entre sí.

Anteriormente, en este capítulo hemos visto cómo Montana está experimentando muchos problemas medioambientales que se traducen en problemas económicos. La materialización de estos diferentes valores y objetivos distintos que hemos visto ejemplificados desembocaría en diferentes enfoques de estos problemas medioambientales, presumiblemente asociados con diferentes probabilidades de triunfar o fracasar en su resolución. En la actualidad, hay francas y amplias diferencias de opinión acerca de cuáles son los mejores enfoques. No sabemos qué enfoques elegirán en última instancia los ciudadanos de Montana; y tampoco sabemos si los problemas medioambientales y económicos mejorarán o empeorarán.

En un principio puede haber parecido absurdo escoger Montana como objeto del primer capítulo de un libro sobre el colapso de diferentes sociedades. Ni Montana en particular ni Estados Unidos en general corren un riesgo inminente de derrumbamiento. Pero reflexione, por favor, sobre el hecho de que la mitad de los ingresos de los habitantes de Montana no procede de su trabajo en el estado, sino que más bien está compuesto de dinero que afluye a Montana procedente de otros estados de Estados Unidos: transferencias del gobierno federal (como las de la Seguridad Social, Medicare, Medicaid y programas contra la pobreza) y financiación privada de fuera del estado (pensiones de fuera del estado, ganancias sobre patrimonio inmobiliario e ingresos por negocios). Es decir, que la economía de Montana ya está muy lejos de financiar el estilo de vida de Montana, que, por el contrario, está siendo financiado y depende del resto de Estados Unidos. Si Montana fuera una ínsula aislada, como lo era la isla de Pascua en el océano Pacífico en su época polinesia, antes de la llegada de los europeos, su actual economía de Primer Mundo ya se habría venido abajo; ni siquiera habría podido desarrollar esa economía en primera instancia.

Luego reflexione sobre el hecho de que los problemas medioambientales que hemos estado analizando, aunque graves, son en todo caso mucho más leves que los de la mayor parte del resto de Estados

Unidos, casi todo el cual tiene una densidad de población mucho mayor y sufre impactos humanos mucho más fuertes, y gran parte del cual es mucho más frágil que Montana desde el punto de vista medioambiental. Estados Unidos depende a su vez en recursos esenciales, y está económica, política y militarmente comprometida con otras partes del mundo, algunas de las cuales tienen problemas medioambientales aún más acusados y sufren un declive mucho más marcado que Estados Unidos.

En lo que resta de este libro analizaremos los problemas medioambientales, similares a los de Montana, de diversas sociedades actuales y del pasado. Sobre las sociedades del pasado que analizaré, de las cuales la mitad carecían de escritura, sabemos mucho menos acerca de los valores y objetivos de sus personas individuales de lo que en este aspecto sabemos acerca de Montana. Disponemos de información sobre los valores y objetivos de las sociedades actuales, pero por mi parte tengo más experiencia acerca de estos valores y objetivos en Montana que en ningún otro lugar del mundo moderno. Por tanto, mientras lea usted este libro, y a medida que reflexiona sobre los problemas medioambientales, expuestos en su mayoría en términos impersonales, piense por favor en los problemas de esas otras sociedades tal como los percibirían personas concretas como Stan Falkow, Rick Liable, Chip Pigman, Tim Huls, John Cook o los hermanos y hermanas Hirschy. Cuando en el próximo capítulo analicemos la sociedad aparentemente homogénea de la isla de Pascua, imagine a un jefe, a un agricultor, a un tallador de piedra y a un pescador de marsopa de la isla de Pascua refiriendo su particular trayectoria vital, sus valores y objetivos exactamente igual que mis amigos de Montana lo hicieron para mí.

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