Colapso
Una semana típica en la vida de un obispo de...
heridas en el cráneo causadas por un instrumento cortante, presumiblemente un hacha o una espada. Aunque dos de esos cráneos presentan signos de cicatrización ósea, lo cual hace pensar que las víctimas sobrevivieron al ataque y murieron mucho después, las heridas de otros tres presentan poca o ninguna cicatrización, lo cual da a entender una muerte rápida. Ese resultado no es extraño si vemos fotografías de los cráneos, de uno de los cuales se desprendió un trozo de hueso de siete centímetros de largo por cinco de ancho. Las heridas de los cráneos se encontraban todas ellas o bien en la parte frontal izquierda o bien en la parte trasera derecha, tal como sucedería si un atacante diestro hubiera asestado un golpe desde delante o desde detrás respectivamente. (La mayoría de las heridas de combate se ajustan a esta pauta, ya que la mayor parte de las personas son diestras.)
Una semana típica en la vida de un
obispo de Groenlandia:
La saga de Einar Sokkason
Cuando estaba cazando con catorce amigos, Sigurd Njalsson encontró en la playa un barco varado repleto de un valioso cargamento. En una cabaña cercana halló los cadáveres hediondos de la tripulación de la nave y del capitán Arnbjorn, que habían perecido de hambre. Sigurd llevó los cadáveres de la tripulación a la catedral de Gardar para que recibieran sepultura y donó el barco al obispo Arnald para que las almas de los cadáveres descansaran en paz. Por lo que respecta al cargamento, hizo valer el derecho de quienes lo encuentran o conservan y lo distribuyó entre sus amigos y él mismo.
Cuando el sobrino de Arnbjorn, Ozur, se enteró de la noticia, se dirigió a Gardar junto con los parientes de otros tripulantes muertos. Manifestaron al obispo que creían tener derecho a heredar el cargamento. Pero el obispo respondió que la ley de Groenlandia determinaba que los propietarios pasaban a ser quienes encuentran o conservan un cargamento, y que ahora el barco pertenecía a la parroquia en pago de las misas por las almas de los hombres muertos que habían sido propietarios de todo ello, y que no era correcto que Ozur y sus amigos reclamaran ahora el cargamento. De modo que Ozur presentó un pleito en la Asamblea de Groenlandia, al que concurrieron Ozur y todos sus hombres y también el obispo Ainald y su amigo Einar Sokkason y muchos de sus hombres. El tribuna] dictó
sentencia contra Ozur, a quien disgustó sobremanera el veredicto y se sintió humillado; de modo que destruyó el barco de Sigurd (que ahora pertenecía al obispo Arnald) arrancando tablones de ambos costados a lo largo de toda la eslora. Aquello enfureció tanto al obispo que determinó que Ozur pagara con la vida.
Mientras el obispo celebraba misa festiva en la iglesia, Ozur se acercó a la congregación y se quejó ante el criado del obispo de lo mal que le había tratado. Einar arrancó un hacha de la mano de otro feligrés y asestó un golpe mortal a Ozur. El obispo le preguntó a Einar: “Einar, ¿has matado tú a Ozur?”. Einar dijo: “En efecto, he sido yo”. La respuesta del obispo fue: “Este tipo de actos criminales no son justos. Pero este concretamente no carece de justificación”. El obispo no quiso dar sepultura religiosa a Ozur, pero Einar le advirtió de que se avecinarían graves problemas.
En efecto, un pariente de Ozur, Simón, hombre fuerte, dijo que no era momento de perder tiempo en hablar. Reunió a sus amigos Kolbein Thorljotsson, Keitel Kalfsson y a muchos otros hombres del asentamiento occidental. Un anciano llamado Sokki Thorisson ofreció mediar entre Simón y Einar. Como compensación por haber asesinado a Ozur, Einar ofrecía algunos artículos, entre los que se encontraba una antigua armadura, que Simón despreció por considerarla inútil. Kolbein se deslizó por detrás hasta acercarse a Einar y le golpeó entre los hombros con su hacha justo en el momento en que Einar estaba dejando caer el hacha sobre la cabeza de Simón. Mientras Simón y Einar caían muertos, el propio Einar señaló: “Estaba esperando que sucediera esto”. El hermanastro de Einar, Thord, se abalanzó sobre Kolbein, que consiguió matarlo al instante clavándole el hacha en la garganta.
Los hombres de Einar y Kolbein entablaron entonces batalla. Un hombre llamado Steingrim les dijo a todos que por favor dejaran de luchar, pero ambas partes estaban tan enloquecidas que le clavaron sendas espadas. Por parte de Kolbein, fueron muertos Krak, Thorir y Vighvat, además de Simón. Por parte de Einar, fueron muertos Bjorn, Thorarin, Thord y Thorfinn, además de Einar y Steingrim, que se contaba como integrante del bando de Einar. Muchos hombres quedaron mal heridos. En una reunión pacífica organizada por un ganadero prudente llamado Hall, se ordenó al bando de Kolbein que compensara al bando de Einar porque
este había perdido más hombres. Aun así, el bando de Einar quedó muy insatisfecho con el veredicto. Kolbein se hizo a la mar camino de Noruega con un oso polar que ofreció como presente al rey Harald Gilli, y todavía se quejaba de la crueldad con la que había sido tratado. El rey Harald consideró que el relato de Kolbein estaba repleto de mentiras y se negó a aceptar el oso polar. De modo que Kolbein atacó e hirió al rey y se hizo a la mar camino de Dinamarca, pero murió ahogado en el camino. Y así termina esta saga.
Otro esqueleto masculino del mismo camposanto alberga una hoja de cuchillo entre las costillas. Dos esqueletos femeninos del cementerio de Sandnes que presentan cortes similares en el cráneo atestiguan que, al igual que los hombres, las mujeres también podían morir en combate. De una época posterior de la colonia de Groenlandia, en un período en que las hachas y las espadas habían llegado a ser raras debido a la escasez de hierro, datan los cráneos de cuatro mujeres adultas y un niño de ocho años, cada uno de los cuales presenta uno o dos agujeros con los bordes cortantes de entre dos y tres centímetros de diámetro producidos, claro está, por la saeta de una ballesta o por una flecha. También hay indicios de violencia doméstica en el esqueleto hallado en la catedral de Gardar de una mujer de cincuenta años que tiene fracturado un hueso del cuello denominado hioides; los forenses han aprendido a interpretar que el hioides fracturado es una evidencia de que la víctima fue estrangulada por la presión manual ejercida en el estrangulamiento.
Junto con esa veta violenta que coexistía en tensión con un fuerte énfasis en la cooperación comunitaria, los noruegos de Groenlandia también llevaron allí desde Islandia y Noruega una organización social con una estructura jerárquica muy marcada y estratificada, según la cual un reducido número de jefes dominaba a los propietarios de las granjas pequeñas, a los arrendatarios que ni siquiera eran propietarios de sus propias granjas y (al principio) a los esclavos. De nuevo al igual que Islandia, Groenlandia no estaba estructurada políticamente como Estado, sino como una federación flexible de jefaturas que operaban bajo condiciones feudales, en la que no existía el dinero ni la economía de mercado. Durante el primer o los dos primeros siglos de existencia de la colonia de Groenlandia la esclavitud desapareció y los esclavos se convirtieron en hombres libres. Sin embargo, el número de ganaderos
independientes fue disminuyendo con el paso del tiempo, a medida que estos se vieron obligados a convertirse en arrendatarios de los jefes, proceso que está bien documentado en Islandia. No disponemos de los registros equivalentes de aquel proceso en Groenlandia, pero parece probable que se produjera también allí, ya que las fuerzas que lo impulsaban eran aún más acusadas en Groenlandia que en Islandia. Una de esas fuerzas consistía en las fluctuaciones del clima, que hacían que en los años malos las granjas más pobres se endeudaran con las granjas más ricas que les prestaban heno y ganado, las cuales finalmente conseguían hacer valer sus derechos sobre ellas. En la actualidad, entre las ruinas de las granjas de Groenlandia todavía quedan evidencias visibles de esta jerarquía: comparadas con las granjas pobres, las granjas mejor situadas cuentan con una extensión mayor de buenos pastizales, establos y corrales mayores con pesebres para más animales, cobertizos para heno mayores, viviendas más grandes e iglesias y herrerías mayores. La jerarquía también queda patente hoy día en la aparición de una mayor proporción de huesos de caribú y vaca con respecto a los de oveja y foca en los basureros de las granjas más ricas que en los de las granjas pobres. Asimismo, al igual que Islandia, la Groenlandia de los vikingos era una sociedad conservadora que ofrecía resistencia a los cambios y se aferraba con más fuerza a los viejos métodos que la propia sociedad vikinga que dejaron atrás en Noruega. Con el transcurso de los siglos, hubo pocos cambios en el diseño de los utensilios y el tallado. La pesca fue abandonada en los primeros años de la colonia, y los groenlandeses no volvieron a reconsiderar esa decisión durante los cuatro siglos y medio de existencia de su sociedad. No aprendieron de los inuit a cazar focas oceladas o ballenas, aun cuando ello significara no comer los alimentos habituales en la zona y, como consecuencia de ello, pasar hambre.
La razón última que subyace a esa actitud conservadora de los groenlandeses puede haber sido la misma que la razón a la que mis amigos islandeses atribuyen el conservadurismo de su propia sociedad. Es decir, en grado aún mayor que los islandeses, los groenlandeses se vieron en un entorno muy difícil. Si bien consiguieron desarrollar una economía que les permitiera sobrevivir durante muchas generaciones, descubrieron que era mucho más probable que las variaciones introducidas en esa economía se revelaran catastróficas antes que ventajosas. Había poderosas razones para ser conservador.
El adjetivo que nos queda de los aplicados para caracterizar a la sociedad noruega de Groenlandia es “eurocéntrica”. Los groenlandeses recibían de Europa bienes comerciales materiales, pero eran aún más importantes las importaciones inmateriales: su identidad como cristianos y europeos. Analicemos en primer lugar el comercio material. ¿Qué bienes comerciales se importaban a Groenlandia y con qué exportaciones pagaban los groenlandeses dichas importaciones?
Para los barcos de vela medievales, la travesía hasta Groenlandia desde Noruega resultaba peligrosa y suponía al menos una semana de viaje; los anales mencionan con frecuencia naufragios o embarcaciones que se hicieron a la mar de las que nunca se volvió a saber. De ahí que los groenlandeses recibieran como mucho la visita anual de un par de barcos europeos, y algunas veces de solo uno cada varios años. Además, la capacidad de los barcos de carga europeos en aquella época era reducida.
Las estimaciones de la frecuencia de visitas de barcos, de la capacidad de los mismos y de la población de Groenlandia nos permiten concluir que las importaciones se traducían en una media de unos tres kilos y medio de cargamento por persona y año. La mayor parte de los groenlandeses recibían una cantidad muy inferior a esa media, ya que gran parte del volumen del cargamento que llegaba estaba destinado a las iglesias o eran artículos de lujo para la elite. Por tanto solo podían importarse artículos valiosos que ocuparan poco espacio. En concreto, Groenlandia tenía que ser autosuficiente para los alimentos y no podía depender de la importación al por mayor de cereales y otros alimentos básicos de la dieta.
Las dos fuentes de información de que disponemos sobre las importaciones de Groenlandia son las relaciones incluidas en documentos noruegos y los artículos de origen europeo hallados en los yacimientos arqueológicos de Groenlandia. Estos contenían en su mayoría tres artículos imprescindibles: el hierro que los groenlandeses se veían en apuros para producir; buena madera para edificaciones y muebles, la cual también escaseaba; y brea, que se empleaba como lubricante y para conservar la madera. En cuanto a las importaciones no económicas, muchas estaban destinadas a la iglesia e incluían campanas para los templos, vidrieras, candelabros de bronce, vino para la comunión, lino, seda, plata y joyas y hábitos para los clérigos. Entre los artículos de lujo seculares hallados en los yacimientos arqueológicos de las viviendas de las granjas había peltre,
cerámica y cuentas y botones de vidrio. Probablemente, entre las importaciones de artículos de lujo de pequeño volumen destinados a la alimentación se encontraban miel para hacer aguamiel y sal para utilizar como conservante.
A cambio de estas importaciones, la misma limitación de la capacidad de carga de los barcos habría impedido que los groenlandeses exportaran pescado en grandes cantidades, como hicieron los islandeses de la Edad Media y hacen los actuales groenlandeses, aun cuando estos últimos hubieran estado dispuestos a pescar. Por el contrario, las exportaciones de Groenlandia también tenían que ser de artículos de pequeño volumen y gran valor. Entre ellos había pieles de cabra, vaca y foca que los europeos también podían obtener de otros países, pero de los que la Europa medieval requería grandes cantidades para elaborar ropa, zapatos y cinturones de cuero. Al igual que Islandia, Groenlandia exportaba tejido de lana muy apreciado porque era impermeable. Pero las exportaciones más preciadas de Groenlandia, de todas las que se mencionan en los registros noruegos, eran cinco productos obtenidos de la fauna ártica, poco frecuente o ausente por completo en la mayor parte de Europa: el marfil de las morsas extraído de sus colmillos, la piel de morsa (valorada porque con ella se elaboraba la soga más resistente para barcos), los osos polares vivos o sus pieles como símbolo de elevada posición social, el cuerno del narval (una pequeña ballena) conocido en aquel momento en Europa como “cuerno de unicornio”, y los halcones gerifaltes vivos (los halcones más grandes del mundo). Los colmillos de morsa acabaron siendo el único marfil disponible para tallar en la Europa medieval una vez que los musulmanes pasaron a controlar el Mediterráneo e interrumpieron con ello el abastecimiento de marfil de elefante para la Europa cristiana. Como ejemplo del valor atribuido a los halcones gerifaltes de Groenlandia, valga decir que en 1396
bastaron doce ejemplares de esa ave para pagar el rescate del hijo del duque de Borgoña cuando fue apresado por los sarracenos.
Las morsas y los osos polares estaban prácticamente confinados a latitudes mucho más septentrionales que las de los asentamientos noruegos, en una zona denominada Nordrseta (el territorio de caza septentrional) que se encontraba varios cientos de kilómetros al norte del asentamiento occidental y abarcaba la zona más septentrional de la costa occidental de Groenlandia. Por tanto, todos los veranos los groenlandeses enviaban
expediciones de caza en pequeñas embarcaciones descubiertas de seis remos y con velas que podían recorrer unos treinta kilómetros al día y podían llevar hasta una tonelada y media de carga. Los cazadores partían en el mes de junio, tras el período de mayor actividad de caza de focas pías, empleaban dos semanas para llegar a Nordrseta desde el asentamiento occidental o cuatro semanas desde el asentamiento oriental, y regresaban de nuevo a finales del mes de agosto. Como es lógico, en unas embarcaciones tan pequeñas no podían cargar con los cuerpos de cientos de morsas y osos polares, cada uno de los cuales pesa aproximadamente una tonelada y media tonelada respectivamente. Por el contrario, los animales se despedazaban en la zona de captura y solo se transportaban a casa las mandíbulas de la morsa con los colmillos y las pieles de los osos con las garras (más el oso cautivo vivo, de vez en cuando), con el fin de que en los asentamientos se extrajeran los colmillos y se limpiara la piel en los momentos de ocio del largo invierno. A casa también se llevaban el baculum o hueso peneal de las morsas macho, un hueso largo de aproximadamente treinta centímetros de longitud que conforma el núcleo del pene de la morsa, ya que resultaba tener el tamaño y la forma adecuados (y, sospechamos, valor de exhibición en las conversaciones) para hacer de él el mango de un hacha o un gancho.
La caza en Nordrseta era peligrosa y costosa en muchos aspectos. Para empezar, cazar morsas y osos polares sin un arma de fuego debía de ser muy peligroso. Imagínese el lector a sí mismo equipado únicamente con una lanza, un arpón, un arco y una flecha o una porra (según prefiera) tratando de matar a una morsa o un oso enfurecidos y descomunales antes de que cualquiera de ellos le mate. Imagínese también pasando varias semanas en una pequeña embarcación de remo compartida con un oso polar vivo o con sus cachorros atados. Aun sin la compañía del oso, la travesía en barco a lo largo de la fría y tormentosa costa occidental de Groenlandia exponía a los cazadores al riesgo de morir en un naufragio o de frío por pasar varias semanas a la intemperie. Aparte de esos peligros, el viaje constituía un gasto muy elevado en cuanto a barcos, fuerza humana y clima estival para un pueblo en el que no abundaban ninguna de las tres cosas.
Debido a la escasez de madera en Groenlandia, pocos groenlandeses tenían embarcaciones, y utilizar aquellas valiosas naves para cazar morsas suponía hacerlo a expensas de otros posibles usos que podían darse a las mismas,
como por ejemplo desplazarse a la península de Labrador para obtener más leña. La caza se desarrollaba en verano, cuando hacían falta hombres para cosechar el heno necesario con el que alimentar al ganado durante el invierno. Gran parte de lo que los groenlandeses obtenían materialmente mediante el comercio con Europa a cambio de esos colmillos de morsas y pieles de oso eran solo artículos de lujo para las iglesias y los jefes. Desde nuestro punto de vista actual, no podemos evitar imaginar los usos en apariencia más importantes que los groenlandeses podrían haber dado a aquellas embarcaciones y al tiempo de aquellos hombres. No obstante, desde la perspectiva de los groenlandeses, la caza debe de haber proporcionado mucho prestigio a los cazadores y haber mantenido a la sociedad en su conjunto en un contacto con Europa que resultaba esencial desde el punto de vista psicológico.
El comercio de Groenlandia con Europa se realizaba en su mayoría a través de los puertos noruegos de Bergen y Trondheim. Aunque al principio algunos cargamentos se transportaban en grandes barcos pertenecientes a los islandeses y a los propios groenlandeses, a medida que aquellos barcos fueron envejeciendo no pudieron reemplazarse debido a la falta de madera en las islas, lo cual dejó el monopolio del comercio a los barcos noruegos.
Para mediados del siglo xm, hubo con frecuencia períodos de varios años en los que ningún barco visitaba Groenlandia. En 1257 el rey de Noruega Haakon Haakonsson, en un esfuerzo por afirmar su autoridad sobre todas las sociedades isleñas noruegas del Atlántico Norte, envió tres comisionados a Groenlandia con el fin de persuadir a los hasta el momento independientes groenlandeses de que reconocieran su soberanía y le pagaran tributos. Aunque no se han conservado los detalles del acuerdo resultante, algunos documentos sugieren que la aceptación de la soberanía noruega por parte de Groenlandia en 1261 se produjo a cambio de la promesa del rey de enviar dos barcos cada año, algo similar al acuerdo que simultáneamente estableció con Islandia, y que sabemos que estipulaba el envío de seis barcos anuales. A partir de entonces, el comercio con Groenlandia se convirtió en un monopolio de la Corona noruega. Pero la relación de Groenlandia con Noruega era flexible, y resultaba muy difícil imponer la autoridad noruega debido a la lejanía de Groenlandia. Sabemos con toda seguridad que un agente de la realeza residió en Groenlandia en diferentes momentos durante el siglo XIV.
Al menos tan importantes como las exportaciones materiales de Europa hacia Groenlandia lo eran también las exportaciones psicológicas de la identidad cristiana y europea. Estos dos rasgos de identidad pueden explicar por qué los groenlandeses actuaron de forma que -diríamos hoy con la ventaja de la mirada retrospectiva- se revelaron poco adaptativas y en última instancia les costaron la vida, pero que durante muchos siglos les permitieron mantenerse como una sociedad viva bajo unas condiciones más difíciles que cualesquiera de las afrontadas por cualquier otra sociedad europea medieval.
Groenlandia se convirtió al cristianismo en torno al año 1000, en el mismo momento en que se convirtieron Islandia, las demás colonias vikingas del Atlántico y la propia Noruega. Durante más de un siglo las iglesias de Groenlandia continuaron siendo pequeñas estructuras de turba construidas en el terreno de algún ganadero, fundamentalmente en los de las granjas más grandes. Al igual que en Islandia, lo más probable es que se tratara, por así decirlo, de iglesias privadas, que habían sido construidas y eran propiedad del ganadero terrateniente, el cual recibía parte de los diezmos que los miembros de la comunidad pagaban a esa iglesia.
Pero Groenlandia no contaba todavía con ningún obispo residente, cuya presencia era necesaria para celebrar confirmaciones y para consagrar las iglesias. Por tanto, alrededor de 1118, aquel mismo Einar Sokkason al que conocimos como héroe de una saga muerto de un hachazo asestado por la espalda fue enviado a Noruega por los groenlandeses con el fin de persuadir a su rey de que dotara a Groenlandia de un obispo. Para incentivar al rey, Einar llevó consigo un gran cargamento de marfil, pieles de morsa y -lo mejor de todo- un oso polar vivo para hacer entrega de ellos al rey. Aquello obró el milagro. El rey, por su parte, persuadió a aquel Arnald que ya conocimos en la saga de Einar Sokkason de que se convirtiera en el primer obispo residente de Groenlandia, el cual fue seguido por otros nueve a lo largo de los siglos posteriores. Todos los obispos sin excepción nacieron y se formaron en Europa y se desplazaron a Groenlandia tras ser nombrados para el cargo. No es de extrañar, por tanto, que volvieran la vista a Europa en busca de modelos, prefirieran la carne de ternera antes que la de foca y orientaran los recursos de la sociedad de Groenlandia hacia la caza en Nordrseta, lo cual les permitía comprar vino y hábitos para sí y vidrieras para sus iglesias.
Al nombramiento de Arnald siguió un gran programa de construcción de iglesias inspiradas en templos europeos, el cual se prolongó hasta alrededor del año 1300, y en el marco del cual la encantadora iglesia de Hvalsey fue una de las últimas que se erigieron. La cúpula eclesiástica de Groenlandia acabó compuesta por una catedral, unas trece iglesias grandes, muchas iglesias más pequeñas y hasta un monasterio y un convento.
Aunque la mayor parte de las iglesias estaban hechas a base de muros de piedra más bajos y muros de turba más altos, la iglesia de Hvalsey y al menos otras tres más contaban con muros hechos enteramente de piedra.
Estas grandes iglesias eran de todo punto desproporcionadas para el tamaño de la diminuta sociedad que las erigió y las mantenía.
Por ejemplo, la catedral de San Nicolás, en Gardar, medía treinta metros de largo y dieciséis de ancho, lo cual la convertía en una catedral tan grande como cualquiera de las dos de Islandia, cuya población era diez veces mayor que la de Groenlandia. Calculo que los bloques de piedra más grandes de las zonas bajas de los muros, labrados cuidadosamente para que encajaran a la perfección, y transportados desde las canteras de arenisca que se encontraban al menos a un kilómetro y medio de distancia, pesaban unas tres toneladas. Había una losa aún mayor, de unas diez toneladas, frente a la casa del obispo. Entre las edificaciones adyacentes se encontraban la torre de un campanario de unos veinticinco metros de altura y una sala de ceremonias con una superficie de unos 425 metros cuadrados, el salón más grande de Groenlandia, con una superficie que alcanzaba casi las tres cuartas partes de la del salón del arzobispo de Trondheim en Noruega. A similar y generosa escala se construyeron los dos establos de la catedral, uno de los cuales medía sesenta metros de largo (el establo más grande de Groenlandia) y estaba rematado por un dintel de piedra que pesaba unas cuatro toneladas. Para acoger a los visitantes con el esplendor que merecían, los terrenos de la catedral estaban decorados con unos veinticinco cráneos completos de morsa y cinco cráneos de narval, los cuales son quizá los únicos que se conservan en cualquier emplazamiento de los noruegos de Groenlandia. Por lo demás, los arqueólogos solo han encontrado esquirlas de marfil, ya que era tan preciado que casi todo él se exportaba a Europa.
Para soportar los muros y tejados de la catedral de Gardar y las demás iglesias de Groenlandia debió de consumirse una cantidad atroz de la tan escasa madera. Las importaciones de parafernalia eclesiástica, como
campanas de bronce y vino para la comunión, también les salía cara a los groenlandeses, ya que en última instancia se compraban con el sudor y la sangre de los cazadores de Nordrseta y competían con el esencial hierro por el limitado espacio de carga de los barcos que arribaban. Los gastos periódicos que las iglesias ocasionaban a los groenlandeses eran un diezmo anual que se pagaba a Roma y un diezmo adicional para la cruzada recaudado entre todos los cristianos. Estos diezmos se pagaban con las exportaciones que Groenlandia enviaba a Bergen, donde se convertían en plata. Nos ha quedado un recibo de uno de estos cargamentos, el diezmo correspondiente a seis años por la cruzada del período comprendido entre los años 1274 y 1280, que indica que consistía en 667 kilos de marfil procedentes de los colmillos de 191 morsas, los cuales el arzobispo de Noruega consiguió vender por 12 kilos de plata pura. El hecho de que la Iglesia consiguiera obtener semejantes diezmos y llevar a cabo tamaños programas de edificación atestigua la autoridad que inspiraba en Groenlandia.
La tierra vinculada a la Iglesia acabó por comprender en última instancia gran parte de los mejores terrenos de Groenlandia, incluyendo más o menos una tercera parte de la tierra del asentamiento oriental. Los diezmos eclesiásticos de Groenlandia, y quizá también el resto de sus exportaciones a Europa, pasaban por Gardar, donde todavía pueden verse las ruinas de una enorme nave de almacenamiento adyacente a la catedral en su esquina sudeste. Como Gardar presumía de disponer del almacén más grande de Groenlandia, de la cabaña de ganado mayor con diferencia y de la tierra más fecunda, quien controlara Gardar controlaba Groenlandia. Lo que sigue sin estar claro es si Gardar y las demás granjas de la Iglesia en Groenlandia eran propiedad de la propia Iglesia o de los granjeros en cuya tierra se encontraban las iglesias. Pero, tanto si la autoridad y la propiedad descansaban sobre el obispo o sobre los jefes, esta cuestión no modifica la conclusión principal: Groenlandia era una sociedad jerárquica que albergaba grandes diferencias de riqueza que la Iglesia justificaba, y realizaba una inversión desproporcionada en sus templos. Una vez más, tenemos que preguntarnos si no les habría ido mejor a los groenlandeses en caso de haber importado menos campanas de bronce y más hierro con el que fabricar utensilios, armas para defenderse de los inuit o bienes para comerciar con ellos a cambio de comida en épocas de necesidad. Pero
formulamos esta pregunta con las ventajas que proporciona hacerlo de forma retrospectiva, y sin considerar la herencia cultural que impulsó a los groenlandeses a tomar esta decisión.
Además de la identidad específica como cristianos, los groenlandeses mantenían su identidad europea en muchos otros aspectos, lo cual incluía, por ejemplo, importar candelabros de bronce, botones de vidrio y anillos de oro europeos. Con el paso de los siglos de existencia de la colonia, los groenlandeses siguieron con detalle y adoptaron las mudables costumbres europeas. Un conjunto de ejemplos bien documentado tiene que ver con las costumbres funerarias, tal como revelan las excavaciones de cuerpos en los camposantos de Escandinavia y Groenlandia. Los noruegos de la Edad Media enterraban a los niños y los nonatos en torno al hastial oriental de la iglesia; así lo hacían también los groenlandeses. Los noruegos de la Alta Edad Media enterraban a los cuerpos en ataúdes, a las mujeres en la vertiente sur de los camposantos y a los hombres en la vertiente norte; pero en épocas posteriores los noruegos prescindieron de los ataúdes y simplemente envolvían los cuerpos en ropa o en un sudario, y además pasaron a mezclar en el cementerio los cuerpos de hombres y mujeres. Los groenlandeses realizaron esas mismas alteraciones con el paso del tiempo.
En los cementerios europeos continentales de toda la Edad Media los cuerpos se depositaban boca arriba, con la cabeza hacia el oeste y los pies hacia el este (de modo que el difunto pudiera “mirar” al este), pero la posición de los brazos fue cambiando con el tiempo: hasta el año 1250 los brazos se disponían de forma que quedaran extendidos paralelamente al cuerpo para después, a partir del año 1250, quedar ligeramente curvados sobre la pelvis y, con posterioridad, más curvados sobre el estómago, hasta que a finales de la Edad Media se plegaban por completo sobre el pecho. En los cementerios de Groenlandia también se observan incluso esos cambios en la disposición de los brazos.
De forma análoga, las pautas de construcción de iglesias en Groenlandia siguieron los modelos europeos de los noruegos y sus modificaciones a lo largo del tiempo. Cualquier turista habituado a una catedral europea, con su amplia nave, su entrada principal orientada hacia el oeste, su coro y sus transeptos norte y sur, reconocerá inmediatamente esos mismos rasgos en las actuales ruinas de piedra de la catedral de Gardar. La iglesia de Hvalsey se parece tanto a la iglesia noruega de Eidfjord que podemos concluir que
los groenlandeses debieron de haber contratado al mismo arquitecto o bien haber copiado los planos. Entre los años 1200 y 1225 los constructores noruegos abandonaron su anterior unidad de medida lineal (el denominado
“pie romano internacional”) y adoptaron el pie griego, un tanto más corto; los constructores de Groenlandia hicieron lo mismo.
La imitación de los modelos europeos llegaba incluso a detalles domésticos como los peines y los vestidos. Los peines noruegos tuvieron una sola cara útil y las púas estuvieron solo a un lado del mango hasta aproximadamente el año 1200, cuando esos peines se pasaron de moda y fueron reemplazados por modelos de dos caras que tenían conjuntos de púas que se proyectaban en direcciones opuestas; los groenlandeses también adoptaron ese cambio en el diseño de los peines. (Eso recuerda el comentario de Henry Thoreau en su libro Walden acerca de las personas que sumisamente adoptan la última moda de los diseñadores de una tierra remota: “El jefe de los monos de París se pone una gorra de paseo y todos los monos de América lo imitan”.) Las prendas de vestir con las que se envolvía a los cadáveres enterrados se han conservado en un estado excelente. Ello se debe a que el suelo del camposanto de Herjolfsnes ha permanecido helado desde los últimos decenios de existencia de la colonia de Groenlandia. Esos restos indican que los trajes de Groenlandia siguieron la moda elegante europea, aun cuando parecía mucho menos apropiada para el clima frío de Groenlandia que el anorak entallado de los inuit, hecho de una pieza, con mangas ajustables y capucha. Entre las ropas de los últimos noruegos de Groenlandia se encontraban: para las mujeres, un vestido largo y escotado con la cintura estrecha; para los hombres, una especie de chaqueta deportiva denominada houpelande, que se componía de una prenda exterior larga y holgada que se sujetaba con un cinturón y con las mangas amplias y cortas por donde podía entrar el viento; chalecos abotonados al frente y gorros cilíndricos altos.
La adopción de todas estas costumbres europeas deja patente que los groenlandeses prestaban mucha atención a la moda europea y la seguían al dedillo. Esta adopción transmite un mensaje inconsciente: “Somos europeos, somos cristianos, Dios no permita que nadie nos confunda con los inuit”. Exactamente igual que Australia era más británica que la propia Gran Bretaña en el momento en que empecé a visitarla en la década de 1960, la avanzadilla europea más remota de Groenlandia continuaba ligada