Colapso
Capítulo 15
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
conferían a sus dueños en Melanesia; y los líderes de China, que decretaron la planificación familiar mucho antes de que la superpoblación del país alcanzara los niveles de Ruanda. Algunos otros líderes admirables son también el canciller alemán Konrad Adenauer y otros líderes de Europa occidental que decidieron, tras la Segunda Guerra Mundial, sacrificar los intereses nacionales y poner en marcha la integración de Europa en la Comunidad Económica Europea, una de cuyas principales razones de ser era minimizar el riesgo de que se produjera otra guerra en el continente.
Deberíamos admirar no solo a aquellos líderes valientes, sino también a aquellos pueblos valientes -los finlandeses, los húngaros, los británicos, los franceses, los japoneses, los rusos, los estadounidenses, los australianos y muchos otros- que decidieron cuáles eran los valores que conformaban el núcleo esencial de creencias por las que valía la pena luchar y cuáles habían dejado de tener sentido.
Estos ejemplos de líderes y pueblos valientes aportan alguna esperanza.
Me hacen pensar que este libro sobre un tema en apariencia pesimista es en realidad un libro optimista. Si también nosotros reflexionamos en profundidad sobre las causas de los fracasos del pasado, como hizo el presidente Kennedy en 1961 y 1962, quizá seamos capaces de enmendar nuestra forma de actuar e incrementar las oportunidades de alcanzar nuevos éxitos en el futuro.
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Las grandes empresas y el medio
ambiente: diferentes condiciones,
diferentes resultados
OceanofPDF.com
Extracción de recursos • Dos campos petrolíferos • Las razones de las
compañías petroleras • El sector de la
minería del metal • Las razones
de las compañías mineras •
Diferencias entre compañías mineras •
La industria maderera • El Consejo de
Administración Forestal •
La industria pesquera • Las empresas
y el público
Todas las sociedades modernas dependen de la extracción de recursos naturales, ya sean no renovables (como el petróleo y los metales) o renovables (como la madera y el pescado). La mayor parte de la energía que consumimos procede del petróleo, el gas y el carbón. La práctica totalidad de nuestras herramientas, envases, máquinas, vehículos y edificios están hechos de metal, madera o plásticos y otros compuestos sintéticos procedentes de la industria petroquímica. Escribimos e imprimimos sobre papel elaborado a base de madera. Nuestra principal fuente de alimentos silvestres son el pescado y otros alimentos marinos. La economía de docenas de países se basa en gran medida en las industrias extractivas: por ejemplo, en los tres países en los que he realizado la mayor parte de mi trabajo de campo, los principales pilares de la economía son la industria maderera seguida de la minería (Indonesia), la industria maderera y la pesca (Islas Salomón) y el petróleo, la minería y, sorprendentemente, la industria maderera (Papua Nueva Guinea). Así pues, nuestras sociedades están comprometidas con la extracción de esos recursos: las únicas preguntas tienen que ver con dónde, en qué cantidades y por qué medios elegimos hacerlo.
Dado que un proyecto de extracción de recursos exige por regla general grandes inversiones de capital inicial, la mayor parte de las extracciones las realizan grandes empresas. Existen famosas controversias entre los ecologistas y las grandes empresas, los cuales suelen considerarse mutuamente enemigos. Los ecologistas acusan a las empresas de perjudicar a las personas deteriorando el medio ambiente y anteponiendo a menudo
sus intereses económicos a los del bien publico. Sí esas acusaciones son con frecuencia ciertas. A la inversa, las empresas acusan a los ecologistas de que, por regla general, desconocen la realidad empresarial y no están interesados en ella, desoyen la necesidad de puestos de trabajo y desarrollo que tienen las poblaciones y los gobiernos anfitriones, sitúan el bienestar de las aves por encima del de las personas y no son capaces de elogiar a una empresa cuando esta lleva a cabo prácticas medioambientales adecuadas. Y
sí, también esas acusaciones son con frecuencia ciertas.
En este capítulo sostendré que los intereses de las grandes empresas, los ecologistas y la sociedad en su conjunto coinciden más a menudo de lo que hacen pensar todas estas acusaciones mutuas. En muchos otros casos, no obstante, existe verdaderamente un conflicto de intereses: lo que proporciona dinero a una empresa, al menos a corto plazo, puede ser perjudicial para la sociedad en su conjunto. Bajo estas circunstancias, la conducta de las empresas se ha convertido en un ejemplo a gran escala de cómo la conducta racional de un grupo (en este caso una empresa) se traduce en que una sociedad toma decisiones catastróficas, tal como expuse en el capítulo precedente. En este me serviré de ejemplos de cuatro industrias extractivas, acerca de las cuales tengo experiencia de primera mano, para explorar algunas de las razones por las que diferentes empresas consideran más favorable adoptar unas u otras prácticas, ya sean perjudiciales o beneficiosas para el medio ambiente. La mía es una motivación práctica para identificar qué cambios surtirían mejores efectos para inducir a las empresas que actualmente deterioran el medio ambiente a que, por el contrario, lo respeten. Las industrias que analizaré son la del petróleo, la de la minería del metal y del carbón, la maderera y la pesquera.
Mi experiencia con la industria petrolera en la zona de Nueva Guinea procede de dos campos petrolíferos situados en extremos opuestos del espectro de impactos perjudiciales o beneficiosos. Ambas experiencias me parecieron instructivas porque anteriormente pensaba que los impactos de la industria petrolera representaban unos perjuicios atroces. Al igual que gran parte de la opinión pública, me encantaba odiar a la industria petrolera y albergaba profundas sospechas acerca de la credibilidad de cualquiera que se atreviera a informar de algo positivo acerca de la actuación de este sector o de sus contribuciones a la sociedad. El examen que realicé me obligó a reflexionar sobre los factores que podrían contribuir a animar a más
empresas a brindar ejemplos positivos. Mi primer contacto con un campo petrolífero se produjo en la isla de Salawati, frente a la costa de Nueva Guinea. El propósito de mi visita allí no tenía nada que ver con el petróleo, sino que formaba parte de una investigación sobre las aves de las islas de la zona de Nueva Guinea; solo que gran parte de la isla de Salawati había sido cedida bajo licencia para realizar prospecciones a la empresa petrolera nacional de Indonesia, Pertamina. Visité Salawati en 1986 con autorización y como invitado de Pertamina, cuyos vicepresidente y encargado de relaciones públicas me proporcionaron con toda amabilidad un vehículo en el que desplazarme a través de las carreteras de la empresa.
A pesar de toda aquella amabilidad, lamento informar sobre las condiciones que encontré allí. Desde la lejanía podía reconocerse la ubicación del campo por una llamarada que salía despedida de una torre muy alta, donde se quemaba el gas natural obtenido como subproducto de la extracción de petróleo, puesto que allí no se podía hacer otra cosa con él.
(Carecían de instalaciones para licuarlo y transportarlo con el fin de venderlo después.) Para construir las carreteras de acceso a través de los bosques de Salawati se habían eliminado los árboles de franjas de terreno de noventa metros de anchura, demasiados metros para que muchas especies de mamíferos, aves, ranas y reptiles del bosque tropical de Nueva Guinea pudieran cruzarlas. En el suelo había innumerables vertidos de petróleo. Solo encontré tres especies de grandes palomas que se alimentaban de fruta. En épocas anteriores se habían registrado en muchas zonas de Salawati catorce especies de estas palomas, constituyen uno de los principales blancos de los cazadores de la zona de Nueva Guinea porque son grandes, tienen mucha carne y son muy sabrosas. Un empleado de Pertamina me indicó el lugar en que había dos colonias de cría de palomas, donde decía que las cazaba con su escopeta. Supongo que su número en el interior del campo había disminuido también debido a la caza.
Mi segunda experiencia fue la del campo petrolífero de Kutubu, que una empresa subcontratada por la multinacional del petróleo Chevron Corporation explotaba en la cuenca del río Kikori, en Papua, Nueva Guinea.
(Para abreviar, me referiré a esta empresa subcontratada como “Chevron” y en presente, pero la verdadera empresa era Chevron Niugini Pty. Ltd., una filial que es propiedad exclusiva de Chevron Corporation; el campo petrolífero era una empresa conjunta propiedad de seis compañías
petroleras, una de ellas Chevron Niugini Pty. Ltd.; la empresa matriz, Chevron Corporation, se fusionó en 2001 con Texaco para convertirse en Chevron Texaco; y en 2003 Chevron Texaco vendió sus acciones de la empresa participada, cuyo principal operador pasó a ser entonces otra de las empresas socias, Oil Search Limited.) El entorno de la cuenca del río Kikori es muy vulnerable y resulta difícil trabajar en él por tres razones: los deslizamientos de tierras son frecuentes, hay una gran extensión de terreno cárstico calizo y cuenta con una de las cifras de pluviosidad más elevadas de las que se registran en el mundo (una media de 109.200 milímetros anuales, y hasta 3.600 milímetros diarios). En 1993 Chevron se comprometió con el World Wildlife Fund (WWF) a preparar un proyecto de conservación y desarrollo integral a gran escala para la cuenca fluvial en su conjunto. La expectativa de Chevron era que el WWF consiguiera minimizar el deterioro medioambiental, presionara al gobierno de Papua Nueva Guinea para que protegiera el medio ambiente, ejerciera como socio que le confiriera credibilidad ante los grupos ecologistas, beneficiara económicamente a las comunidades locales y atrajera financiación del Banco Mundial para proyectos de desarrollo comunitario. En el período comprendido entre 1998 y 2003 hice, en calidad de asesor del WWF, cuatro visitas de un mes de duración cada una a los campos petrolíferos y a la cuenca del río. Me dieron plena libertad para desplazarme por toda la zona en un vehículo del WWF y para entrevistar en privado a los empleados de Chevron.
Cuando el avión en que volaba desde la capital de Papua Nueva Guinea, Port Moresby, descendía para aproximarse a la pista de aterrizaje principal de Moro y se acercaba la hora en que estaba prevista la llegada, me asomé a las ventanillas del avión esperando ver aparecer alguna señal de la infraestructura del campo petrolífero. Me estaba sorprendiendo cada vez más ver solo una gran superficie de bosque tropical ininterrumpida extendiéndose por el horizonte en todas direcciones. Finalmente, divisé una carretera, pero se trataba solo de una delgada línea sin árboles de unos diez metros de anchura que atravesaba el bosque, en cuyos arcenes sobresalían en muchos lugares los árboles: aquel era el sueño de todo observador de aves. La principal dificultad práctica de los estudios de aves del bosque tropical es que desde su interior resulta difícil ver los pájaros, y las mejores oportunidades para observarlos las ofrecen las angostas sendas, desde cuyo
costado se puede contemplar el bosque. Aquí había un único sendero de unos 160 kilómetros de longitud que iba desde el campo petrolífero más elevado, a una altitud de casi mil ochocientos metros, en el monte Moran, hasta la costa. Al día siguiente, cuando empecé a caminar a lo largo de esa estrecha línea de carretera para realizar mis observaciones, vi que los pájaros la atravesaban sin preocupaciones y que los mamíferos, lagartos, serpientes y ranas la cruzaban corriendo, reptando o saltando. Resultó que la carretera había sido diseñada para que fuera solo lo bastante ancha para permitir que se cruzaran con seguridad dos vehículos que fueran en dirección contraria. En un principio, se instalaron las plataformas de exploración sísmica y los pozos de prospección petrolífera sin construir ningún tipo de carretera de acceso, y se abastecía a aquellas instalaciones únicamente a pie o en helicóptero.
La siguiente sorpresa me la llevé cuando el avión aterrizó en la pista de aterrizaje de Chevron en Moro y desembarqué. Pese a que cuando Llegué al país el servicio de aduanas de Papua Nueva Guinea ya inspeccionó mi equipaje, tanto a mi llegada como cuando me marché de la pista de aterrizaje de Chevron tuve que abrir de nuevo todas mis bolsas para ser sometidas a una inspección. Fue la revisión de equipaje más concienzuda de las que haya sido objeto jamás, a excepción de la del aeropuerto de Tel Aviv, en Israel. ¿Qué estaban buscando aquellos inspectores? Al llegar, los artículos absolutamente prohibidos eran las armas de fuego o cualquier equipamiento de caza, las drogas y el alcohol; al salir se buscan animales, plantas, plumas de ave o cualquier fragmento de todo lo anterior que pudiera pasarse de contrabando. Violar estas normas supone la expulsión inmediata y automática de las instalaciones de la empresa, como, para su desgracia, descubrió un secretario de WWF que, inocente pero tontamente, llevaba un paquete de alguna otra persona (ya que el paquete resultó contener drogas).
A la mañana siguiente me llevé otra sorpresa más cuando volví de dar un paseo antes del amanecer para observar aves y regresé unas pocas horas después. El encargado de seguridad del campamento me pidió que fuera a su despacho y me dijo que ya se había dado parte de que había violado dos normas de Chevron, lo cual no debía volver a repetirse. En primer lugar, se me había visto correr unos cuantos metros por la carretera para observar un pájaro. Eso acarreaba el riesgo de que un vehículo pudiera atropellarme, o
que al virar para evitar hacerlo pudiera chocar con algún oleoducto de los que discurren a un lado de la carretera y producir un vertido de crudo.
Desde ese momento, debería evitar invadir la carretera mientras contemplaba los pájaros. En segundo lugar, se me había visto contemplar las aves sin llevar casco de protección, y en toda esa zona era obligatorio llevarlo; acto seguido el encargado me hizo entrega de un casco, que a partir de ese momento debería hacer el favor de llevar puesto por mi propia seguridad mientras observaba las aves, por si, por ejemplo, se caía un árbol.
Aquello supuso la tarjeta de presentación de la extrema preocupación que Chevron tenía, e infundía continuamente entre sus empleados, por la seguridad y la protección del medio ambiente. Jamás he visto un solo vertido de petróleo en ninguna de mis cuatro visitas al lugar, pero sí leí los informes que aparecen todos los meses en los tablones de anuncios de Chevron sobre los incidentes e incidencias. Estos asuntos son competencia del jefe de seguridad, que se desplaza en avioneta o en camión para investigarlos uno a uno. Por curiosidad, recogí la lista completa de los catorce incidentes producidos desde marzo de 2003. Ese mes, las incidencias más graves que exigieron un examen detallado y obligaron a revisar los protocolos de seguridad fueron las siguientes: un camión chocó al dar marcha atrás contra una señal de “stop”, de otro camión se dijo que no tenía el freno de emergencia bien puesto, una caja de productos químicos no iba acompañada de la documentación correcta y se encontró una fuga de gas en la válvula de un compresor.
La sorpresa que me quedaba por experimentar se produjo en el curso de la observación de las aves. Nueva Guinea alberga muchas especies de aves y mamíferos cuya presencia y abundancia son indicadores muy sensibles de las perturbaciones producidas por los seres humanos, porque, o bien son grandes y se cazan por su carne, o bien se cazan por su espectacular plumaje, o bien quedan confinados en el interior de bosques tranquilos y huyen de otros posibles hábitats ya modificados. Algunos de estos animales son los canguros arborícolas (los mamíferos autóctonos más grandes de Nueva Guinea), los casuarios, las cucaburras, las grandes palomas (las aves más grandes de Nueva Guinea), las aves del paraíso, el loro de Pesquet y otras cacatúas muy vistosas (y muy apreciadas por su hermoso plumaje), y cientos de especies del interior de los bosques. Cuando empecé a observar aves en la zona de Kutubu suponía que mi principal objetivo sería
determinar cuánto menos numerosas que en el exterior eran estas especies en el interior de la zona de campos petrolíferos, instalaciones y oleoductos de Chevron.
Por el contrario, descubrí con asombro que estas especies son mucho más numerosas en el territorio gestionado por Chevron que en cualquier otro lugar que yo haya visitado en la isla de Nueva Guinea, a excepción de unas pocas y remotas tierras deshabitadas. El único lugar en el que he visto canguros arborícolas en la selva de Papua Nueva Guinea, en los cuarenta años que he pasado allí, es en los pocos kilómetros cuadrados de los campos petrolíferos de Chevron; en todos los demás lugares constituyen el primer mamífero al que le disparan los cazadores, y los pocos ejemplares supervivientes han aprendido a mostrarse activos solo de noche. Sin embargo, yo los vi activos durante el día en la zona de Kutubu. El loro de Pesquet, el harpía papua, las aves del paraíso, las cucaburras y las grandes palomas son habituales en los territorios contiguos a los campos petrolíferos, pero yo vi loros de Pesquet posados en las torres de comunicación del campo. Ello se debe a que está absolutamente prohibido que los empleados de Chevron y de las empresas que subcontrata cacen cualquier animal o pesquen con cualquier método en la zona donde se desarrolla el proyecto; de manera que el bosque está intacto. Las aves y los animales lo perciben y se vuelven mansos. En la práctica, el campo petrolífero de Kutubu funciona en realidad como el parque nacional con diferencia más grande y más rigurosamente controlado de Papua Nueva Guinea.
Durante meses, quedé extraordinariamente sorprendido por las condiciones de aquel campo petrolífero de Kutubu. Chevron no es ninguna organización ecologista sin ánimo de lucro ni un organismo de gestión de parques nacionales. Por el contrario, es una compañía petrolera lucrativa propiedad de sus accionistas. Si Chevron tuviera que gastar dinero en medidas de protección del medio ambiente que en última instancia menguaran sus beneficios por sus actividades petroleras, sus accionistas podrían perfectamente demandarla y sin duda lo harían. Como es lógico, la empresa estimó que aquellas medidas contribuirían en última instancia a proporcionarle más beneficios por sus actividades petroleras. ¿Cómo contribuyen?
Las publicaciones de la compañía Chevron señalan que su preocupación por el medio ambiente es un factor inspirador de su labor. Sin duda es cierto. Sin embargo, en conversaciones mantenidas durante los últimos seis años con docenas de empleados, desde las categorías inferiores hasta los cargos de responsabilidad, con los empleados de otras compañías petroleras y con personas ajenas a la industria del petróleo, he acabado por darme cuenta de que hay muchos otros factores que también han contribuido a desarrollar esas medidas de protección medioambiental.
Uno de estos factores es la importancia de evitar desastres ecológicos muy caros. Cuando le pregunté a un responsable de seguridad de Chevron, que resultó ser también observador de aves, qué los había impulsado a poner en práctica esas medidas, su lacónica respuesta fue: “EXXon Valdez, Piper Alpha y Bhopal”. Se estaba refiriendo respectivamente al inmenso vertido de petróleo producido cuando el petrolero EXXon Valdez encalló frente a las costas de Alaska en 1989, al incendio de la plataforma petrolífera Piper Alpha, propiedad de Occidental Petroleum, en el mar del Norte en 1988, que acabó con la vida de 167 personas, y al escape de productos tóxicos de la planta química propiedad de Union Carbide en Bhopal, la India, en 1984, que mató a cuatro mil personas y causó lesiones a otras doscientas mil. Estos fueron tres de los más famosos, publicitados y caros accidentes industriales de los últimos tiempos. Cada uno de ellos le costó a la empresa responsable miles de millones de dólares, y el accidente de Bhopal le costó en última instancia a Union Carbide su existencia como empresa independiente. Mi informante también podría haber mencionado el estallido y catastrófico vertido posterior de la plataforma A de Union Oil en el canal de Santa Bárbara, frente a Los Angeles, en 1969, que ya fue un aviso para la industria petrolera. Chevron y algunas otras grandes compañías petroleras internacionales se dieron cuenta con ello de que si se gastaban todos los años unos cuantos millones de dólares adicionales en un proyecto, o incluso unas cuantas decenas de millones de dólares, ahorrarían dinero a largo plazo porque minimizaban los riesgos de perder miles de millones de dólares en uno de estos accidentes, o de tener que clausurar todo un proyecto y perder toda la inversión realizada. Un directivo de Chevron me explicó que había aprendido cuál era el valor económico de desarrollar políticas respetuosas con el medio ambiente cuando fue responsable de limpiar pozos petrolíferos en un campo de Texas y descubrió
que los costes de limpieza incluso para un pozo pequeño eran por término medio de unos cien mil dólares. Es decir, que limpiar la contaminación es por regla general mucho más caro que evitarla, del mismo modo que, por regla general, a los médicos les parece mucho más caro y menos eficaz tratar de curar a pacientes ya enfermos en lugar de evitar en primera instancia las enfermedades tomando medidas de salud pública baratas y sencillas.
En las prospecciones petroleras y en la posterior construcción del campo una empresa realiza una enorme inversión inicial en unas instalaciones que constituyen un activo de producción durante un período de entre veinte y cincuenta años. No bastaría con que las políticas medioambientales y de seguridad redujeran el riesgo de que se produjera un gran vertido de petróleo a “solo” una media de una vez cada diez años, ya que entonces habría que esperar que se produjeran entre dos y cinco grandes vertidos en el período de entre veinte y cincuenta años de funcionamiento. Es esencial ejercer un control más riguroso. La primera vez que le vi adoptar esta perspectiva a largo plazo a una compañía petrolera fue cuando se puso en contacto conmigo el director de una oficina londinense de la Royal Dutch Shell Oil Company. La labor de aquella oficina consistía en tratar de predecir los posibles escenarios alternativos de la situación mundial a treinta años vista. El director me explicó que Shell mantenía aquella oficina porque esperaba que un campo petrolífero corriente se explotara durante varios decenios, y por tanto necesitaban conocer con varios decenios de antelación la forma probable que adoptaría el mundo con el fin de invertir de forma más inteligente.
Un factor relacionado con todo ello son las expectativas de la opinión pública. A diferencia de los vertidos tóxicos de las minas, que analizaremos más abajo, los vertidos petrolíferos suelen ser mucho más visibles y a menudo se producen de súbito y de forma obvia (como cuando un oleoducto, una plataforma o un petrolero se rompen o explotan). El impacto del vertido también suele ser evidente: por ejemplo, en forma de aves muertas cubiertas de crudo, cuyas imágenes inundan las pantallas de televisión y los periódicos. De ahí que se pueda esperar que la opinión pública proteste a voz en grito si la probabilidad de que una compañía petrolera cometa un error medioambiental grave es alta.
Estas consideraciones sobre las expectativas de la opinión pública y la reducción del deterioro ambiental adquirieron particular importancia en Papua Nueva Guinea, una democracia descentralizada con un gobierno central relativamente frágil, una fuerza policial y un ejército débiles y unas comunidades locales cuya voz tiene mucha fuerza. Como la subsistencia de los propietarios de tierras de los campos petrolíferos de Kutubu dependía de los huertos, los bosques y los ríos, un vertido de crudo en aquel lugar causaría un impacto sobre sus vidas mucho más grave que el que producen en las vidas de los televidentes estadounidenses las aves cubiertas de crudo.
Tal como me explicaba un empleado de Chevron: “En Papua Nueva Guinea nos dimos cuenta de que no se podía llevar a cabo con éxito ningún proyecto de extracción de recursos naturales a largo plazo sin el apoyo de los aldeanos y propietarios de tierras de la zona. Si percibían que los daños medioambientales afectaban a sus tierras y sus fuentes de alimento, desbaratarían el proyecto y lo cerrarían, como hicieron en Bougainville (véase más abajo la exposición de este caso). El gobierno central carecía de capacidad para impedir los disturbios ocasionados por los propietarios, de modo que teníamos que adoptar medidas muy rigurosas para minimizar los perjuicios y mantener una buena relación con la población local”. Otro empleado de Chevron manifestó una idea similar con otras palabras:
“Desde un principio teníamos la firme convicción de que el éxito del proyecto de Kutubu dependería de nuestra capacidad para trabajar con las comunidades de propietarios de tierras de la zona; hasta el punto de que pudieran comprobar que gozarían de mejor situación económica si nosotros estábamos allí en lugar de marcharnos”.
Un aspecto secundario de aquel escrutinio constante de las actividades de Chevron por parte de los habitantes de Nueva Guinea es que saben el dinero que puede obtenerse presionando a organismos que disponen de grandes sumas, como las compañías petroleras. Cuentan el número de árboles talados durante la construcción de una carretera, otorgando un valor especial a los árboles en los que se exhiben las aves del paraíso, y después presentan una factura por los daños. Me refirieron un caso según el cual cuando los propietarios de tierras de Nueva Guinea se enteraron de que Chevron pensaba construir una carretera que llevara a un emplazamiento petrolífero, se apresuraron a plantar un cafetal a lo largo del trazado propuesto, de forma que pudieran reclamar daños por cada planta de café
que se arrancara. Esa es una de las razones por las que se reduce al mínimo la tala de bosques construyendo las carreteras más estrechas posibles y accediendo a las zonas de perforación en helicóptero siempre que se pueda.
Pero un riesgo mucho mayor era que los propietarios de tierras, furiosos por los daños causados en sus parcelas, pudieran poner fin al proyecto petrolero en su totalidad. Cuando mi informante mencionó Bougainville se refería a lo que había constituido el proyecto de inversión y desarrollo más importante de Papua Nueva Guinea: su mina de cobre de Bougainville. Los propietarios de tierras, furiosos por los daños medioambientales, consiguieron cerrar la mina en 1989 y nunca se reabrió, a pesar de los esfuerzos de las minúsculas fuerzas policiales y militares de que dispone el país, las cuales desencadenaron una guerra civil. El destino de la mina de Bougainville advirtió a Chevron de la suerte que correría el campo petrolífero de Kutubu si también ocasionaba perjuicios medioambientales.
Otra señal de aviso para Chevron fue la del campo petrolífero de Point Arguello, descubierto por la propia empresa frente a la costa de California en 1981, del que se estimaba que era el hallazgo petrolífero más importante de Estados Unidos desde el descubrimiento del campo de la bahía de Prudhoe. Como consecuencia del desengaño de la opinión pública con las compañías petroleras, de la oposición local y de la sucesión de onerosos retrasos normativos por parte del gobierno, la producción de petróleo no pudo comenzar hasta diez años después, de modo que Chevron acabó sufriendo una enorme depreciación de su inversión. El campo petrolífero de Kutubu brindó a Chevron la ocasión de rebatir ese desengaño mostrando que tendría un cuidado exquisito del medio ambiente sin necesidad de que se lo recordaran unas regulaciones gubernamentales excesivamente restrictivas.
En este sentido, el proyecto de Kutubu ilustra el valor que tiene anticiparse a las cada vez más rigurosas regulaciones medioambientales de los gobiernos. A medida que pasan los años, la tendencia en todo el mundo (con las obvias excepciones) es a que los gobiernos exijan tomar más precauciones medioambientales en lugar de menos. Incluso los países en vías de desarrollo de los que uno en principio no habría esperado que tuvieran inquietudes medioambientales, están volviéndose cada vez más exigentes. Por ejemplo, un empleado de Chevron que trabajaba en Bahrein me dijo que cuando poco antes perforó allí otro pozo submarino, el
gobierno de Bahrein exigió por primera vez que se realizara un costosísimo y detallado estudio del impacto medioambiental que incluyera el seguimiento del entorno durante la perforación, la evaluación de los impactos tras la misma y la reducción de los efectos sobre los dugones y sobre una colonia de cría de cormoranes. Las compañías petroleras han aprendido que es mucho más barato construir desde un principio instalaciones limpias que incorporen medidas de precaución medioambientales que reformar esa instalación a posteriori, cuando los criterios gubernamentales se vuelvan más estrictos. Las empresas han acabado por esperar que, aunque un país en el que están desarrollando sus actividades no tenga conciencia medioambiental en ese momento, es muy probable que acabe por adquirirla en el transcurso de la vida de la instalación.
Una ventaja más de las prácticas medioambientalmente limpias de Chevron es que la reputación que ha adquirido con ellas le proporciona en ocasiones una ventaja competitiva para obtener nuevos contratos. Sin ir más lejos, hace poco que el gobierno de Noruega, un país cuya población y cuyo gobierno actuales están muy preocupados por las cuestiones ecológicas, solicitó varios presupuestos para la construcción de un campo de extracción de petróleo y gas en el mar del Norte. Chevron fue una de lis compañías licitadoras, y quizá obtuvo el contrato debido en parte a su buena fama medioambiental. Si aquello fue realmente así, entonces, según me indicaron algunos amigos de Chevron, el contrato noruego podría haber sido el beneficio económico más importante de la empresa obtenido mediante sus rígidas salvaguardas medioambientales en los campos petrolíferos de Kutubu.
Quienes contemplan la labor de una empresa no son solo la opinión pública, los gobiernos y los propietarios de tierras locales, sino también sus propios empleados. Un campo petrolífero plantea problemas tecnológicos, de construcción y de gestión particularmente complejos, y gran parte de los empleados de la compañía petrolera tienen formación superior y titulaciones muy especializadas. Suelen tener conciencia medioambiental.
Es muy caro formarlos y sus salarios son muy elevados. Aunque la mayor parte de los empleados del proyecto de Kutubu son ciudadanos de Papua Nueva Guinea que residen allí, otros son estadounidenses o australianos a los que se traslada a Papua Nueva Guinea en avión para que trabajen allí
cinco semanas, y a los que después se devuelve a sus casas en avión para que pasen cinco semanas con sus familias; esos billetes de avión también son muy caros. Todos esos empleados pueden percibir directamente el estado en que se encuentra el entorno de los campos petrolíferos y el compromiso de la compañía para desarrollar políticas medioambientales limpias. Muchos empleados de Chevron me dijeron que la ética de los empleados y los puntos de vista ecológicos eran al mismo tiempo resultado de una política medioambiental ostensiblemente limpia de la empresa y una fuerza motriz responsable en primera instancia de la adopción de dichas políticas.
En concreto, la conciencia ecológica ha sido uno de los criterios utilizados para seleccionar a los directivos de la empresa. Los dos últimos consejeros delegados de Chevron, primero Ken Derr y después David O'ReüTy, están ambos personalmente implicados en las cuestiones medioambientales. Varios empleados de Chevron de países diferentes me dijeron por separado que, todos los meses, ellos y otros empleados de Chevron de todo el mundo reciben un correo electrónico remitido por el consejero delegado acerca de la situación de la empresa. Esos correos electrónicos a menudo hablan de cuestiones medioambientales y de seguridad, a las que se refieren como prioridades esenciales y con sentido económico pleno para la empresa. Así pues, los empleados ven que las cuestiones medioambientales se toman en serio y que no son solo un escaparate del que la propia empresa haga caso omiso. Este comentario se corresponde con una conclusión a la que Thomas Peters y Robert Waterman hijo llegaron en un libro sobre gestión empresarial que fue un gran éxito de ventas: En busca de la excelencia: lecciones de las empresas mejor gestionadas de Estados Unidos. Los autores descubrieron que si los directivos querían que sus empleados se comportaran de un modo determinado, la forma más eficaz de motivarlos era que vieran que los propios directivos se comportaban así.
Por último, las nuevas tecnologías han facilitado que las compañías petroleras desarrollen hoy día su actividad de forma más limpia que en el pasado. Ahora, por ejemplo, se pueden perforar varios pozos horizontal o diagonalmente desde una única localización en la superficie, mientras que antes había que perforar cada pozo en vertical desde una localización de superficie distinta, cada una de las cuales ocasionaba impactos ambientales.
Los residuos de roca que afloran a medida que se va perforando el pozo (los denominados cuttings o “detritos”) pueden ahora arrojarse al interior de una bolsa de petróleo aislada que no contenga petróleo útil, en lugar de, como se hacía antes, enterrarlos en una fosa o verterlos al océano. En la actualidad, en lugar de quemar el gas natural obtenido como subproducto de la extracción de petróleo (“llamearlo”), o bien se vuelve a inyectar en un yacimiento subterráneo (el procedimiento utilizado en el proyecto de Kutubu, o bien (como en otros campos petrolíferos) se envía a través de un gasoducto, o bien se licúa para almacenarlo y transportarlo por barco con el fin de venderlo. En muchos campos petrolíferos, como sucede en muchos de Kutubu, lo habitual es gestionar los emplazamientos de las perforaciones prospectivas mediante helicópteros en lugar de construyendo carreteras; utilizar un helicóptero resulta sin duda caro, pero la construcción de una carretera y los impactos que produce resultan a menudo mucho más caros.
Estas, por tanto, son las razones por las que Chevron y algunas otras grandes compañías petroleras multinacionales han estado tomándose en serio las cuestiones medioambientales. En lo que todo esto se resume es en que las prácticas medioambientales limpias les ayudan a ganar más dinero y a tener acceso a largo plazo a nuevos campos petrolíferos y de gas. Pero debería reiterar que no estoy afirmando con ello que la industria petrolera sea ahora uniformemente limpia, responsable y admirable por su conducta.
Algunos de los problemas más públicamente notorios, persistentes y graves son los enormes vertidos marinos recientes ocasionados por el naufragio de petroleros monocasco con un mantenimiento pésimo y una gestión desastrosa (como el hundimiento del petrolero Prestige, de 26 años de antigüedad, frente a las costas de España en 2002). Este barco era propiedad de armadores que no pertenecían a las grandes compañías petroleras, las cuales en su mayoría han pasado a utilizar petroleros de doble casco. Otros dos problemas importantes son la herencia de unas instalaciones antiguas y sucias desde el punto de vista ecológico (por ejemplo, en Nigeria y Ecuador) que fueron construidas antes de que existieran tecnologías más limpias y que ahora resultan muy difíciles o muy caras de reformar, y el desarrollo de estas actividades bajo los auspicios de gobiernos corruptos o tiránicos, como los de Nigeria e Indonesia. Por el contrario, el caso de Chevron Niugini ejemplifica cómo una compañía petrolera puede reportar beneficios medioambientales para la zona en que desarrolla su actividad y
su población; sobre todo si lo comparamos con las prácticas habituales de tala o incluso con la caza y la agricultura de subsistencia que se proponen pira esa misma zona. Este caso también ilustra los factores que se dan cita para producir ese resultado en los campos petrolíferos de Kutubu y no en muchos otros grandes proyectos industriales, así como el papel potencial que puede desempeñar la opinión pública para influir en los resultados.
La pregunta sigue siendo por qué observé indiferencia ante los problemas medioambientales en el campo petrolífero de Salawati de la compañía petrolera indonesia Pertamina en 1986 y, sin embargo, prácticas limpias en el campo de Kutubu de Chevron cuando empecé a visitar aquel lugar en 1998. Hay algunas diferencias entre la posición que ocupaba Pertamina en 1986 como compañía petrolera nacional de Indonesia y la que ocupaba Chevron en 1998 como compañía multinacional que operaba en Papua Nueva Guinea. Estas diferencias pueden explicar desenlaces tan dispares. La opinión pública, el gobierno y el poder judicial indonesios están menos interesados en la conducta de las compañías petroleras y esperan menos de ellas que sus homólogos europeos y estadounidenses, donde se encuentran los principales clientes de Chevron. Los empleados indonesios de Pertamina están menos expuestos a la preocupación por el medio ambiente que los empleados estadounidenses y australianos de Chevron. Papua Nueva Guinea es una democracia cuyos ciudadanos gozan de libertad para bloquear proyectos de desarrollo, pero en 1986 Indonesia era una dictadura militar cuyos ciudadanos no gozaban de este tipo de libertades. Además de eso, el gobierno indonesio estaba presidido por personas procedentes de su isla más poblada (Java), que consideraban que su provincia en la isla de Nueva Guinea era una fuente de ingresos y un lugar en el que reubicar el excedente de población de Java, y estaban menos interesadas por las opiniones de sus habitantes de lo que lo está el gobierno de Papua Nueva Guinea, que administra la mitad oriental de esa misma isla.
Pertamina no tuvo que hacer frente a criterios medioambientales rigurosos del gobierno indonesio como aquellos otros a los que sí tiene que responder la compañía multinacional. Pertamina es en gran medida una empresa petrolera nacional que opera en el interior de Indonesia y compite por menos contratos en el exterior que las grandes multinacionales, de modo que no obtiene ninguna ventaja competitiva internacional con las políticas medioambientales limpias. Pertamina no tiene un consejero delegado que
envíe cartas mensuales en las que subraye que el medio ambiente es una prioridad esencial. Por último, mi visita al campo petrolífero de Pertamina en Salawati se produjo en 1986; desconozco si las políticas de Pertamina han cambiado desde entonces.
Pasemos ahora de la industria del petróleo y el gas a la industria de la minería del metal. (Con esto nos referimos a las minas que excavan vetas de las que extraer metales, en contraposición a las que extraen carbón.) En la actualidad esta industria es la fuente principal de contaminantes tóxicos de Estados Unidos, responsable de casi la mitad de la contaminación industrial conocida. De todos los ríos del oeste de Estados Unidos, casi la mitad cuentan con algunas zonas de su cabecera contaminadas por la minería. En la mayor parte de Estados Unidos la industria minera de los metales está decayendo en la actualidad hasta extinguirse debido en gran medida a sus propias fechorías. En la mayor parte de los casos, los grupos ecologistas no se han tomado la molestia de aprender cuestiones esenciales de la industria minera del metal y se han negado a participar en una iniciativa internacional en un principio prometedora que dicho sector emprendió en 1998 para modificar su actuación.
Estas y otras características de la situación actual de la industria minera del metal resultan desconcertantes debido a sus aparentes similitudes con la industria petrolera y del gas, que ya hemos analizado, así como también con la industria del carbón. ¿Acaso los tres sectores no se ocupan de extraer del subsuelo recursos no renovables? Sí, lo hacen, pero, sin embargo, han evolucionado de forma diferente por tres razones: por la tecnología y la economía, por las actitudes en el seno de la propia industria y por las actitudes de la opinión pública y el gobierno hacia el sector.
Los problemas medioambientales ocasionados por la minería del metal son de varios tipos. Uno de ellos tiene que ver con la alteración de la superficie terrestre producida por las excavaciones. Este problema afecta sobre todo a las minas a cielo abierto, en las que la veta se encuentra próxima a la superficie y se accede a ella levantando la capa de tierra que la recubre. A diferencia de ello, nadie extrae petróleo en la actualidad excavando la superficie de toda una bolsa petrolífera; por el contrario, las compañías petroleras por regla general alteran solo una pequeña extensión de la superficie, suficiente para perforar un pozo y poner una espita en la bolsa de petróleo. De manera similar, hay algunas minas en las que el
cuerpo principal de la veta no se encuentra cerca de la superficie, sino a cierta profundidad en el subsuelo, donde los túneles y los descombros solo alteran una pequeña extensión de la superficie y se extraen desde el cuerpo principal de la veta.
Otros problemas medioambientales ocasionados por la minería del metal afectan a la contaminación del agua con los propios metales, los productos químicos empleados para procesarlos, los drenajes de aguas acidas y los sedimentos. Los metales y los elementos metalíferos de la propia veta -sobre todo el cobre, el cadmio, el plomo, el mercurio, el cinc, el arsénico, el antimonio y el selenio- son tóxicos y suelen producir problemas porque acaban en los arroyos cercanos y llegan a las aguas subterráneas como consecuencia de la actividad minera. Un famoso ejemplo fue el de una oleada de casos de patologías óseas originadas por el cadmio vertido en el río Jinzu, en Japón, procedente de una mina de plomo y cinc. Unos cuantos productos químicos utilizados en la minería -como el cianuro, el mercurio, el ácido sulfúrico y los nitratos procedentes de la dinamita- son también tóxicos. Más recientemente se ha comprobado que, en el proceso de extracción, cuando los vertidos de aguas acidas procedentes de vetas que contienen sulfuro entran en contacto con el agua y el aire, ocasionan una grave contaminación del agua y dejan escapar metales. El sedimento que los vertidos de agua transportan desde las minas puede ser perjudicial para la vida acuática, ya que, por ejemplo, puede cubrirlos lechos en los que desovan los peces. Además de todos estos tipos de contaminación, solo el consumo de agua de muchas minas es lo bastante elevado para ser relevante por sí mismo.
El resto de los problemas medioambientales afectan a dónde deshacerse de todas las inmundicias y residuos extraídos en el curso de la actividad minera, los cuales se componen de cuatro elementos: los “escombros” (la cobertura de roca retirada para llegar a la veta); los desechos de roca que contienen una cantidad de mineral demasiado pequeña para ser económicamente valiosos; la escoria, los residuos de la mena molidos una vez que se han extraído de ella los minerales; y los residuos de las plataformas de apilado y filtrado una vez que se ha extraído el mineral. Por regla general, los dos últimos tipos de residuos se dejan, respectivamente, en los depósitos o plataformas de escoria, mientras que los escombros y los desechos de roca se depositan en vertederos. En función de la legislación
del país concreto en que se encuentre la mina, los métodos para deshacerse de la escoria (un compuesto acuoso que contiene elementos sólidos) pueden ser, o bien verterlos en un río o en el océano, apilarlos en tierra o (lo más frecuente) amontonarlos tras una presa. Por desgracia, las presas construidas con escoria fallan en un porcentaje asombrosamente alto de los casos: a menudo están diseñadas para soportar una fuerza menor que la que deben aguantar (para ahorrar dinero), con frecuencia se construyen a bajo coste solo con los propios desechos en lugar de con hormigón, y se mantienen en actividad durante períodos muy prolongados, de modo que es necesario hacer un seguimiento continuo de su situación y no basta con someterlas a una inspección definitiva que pueda certificar que están perfectamente acabadas y son seguras. En promedio, todos los años hay un accidente en algún lugar del mundo que afecta a una presa construida con escorias. El más grave de ellos sucedió en Estados Unidos: el desastre de Buffalo Creek, en Virginia Occidental, que en 1972 acabó con la vida de 125 personas.
Algunos de estos problemas medioambientales quedan bien ilustrados por la situación en la que se encuentran las cuatro minas más valiosas de Nueva Guinea y sus islas vecinas, donde realizo mis trabajos de campo. En la isla de Bougainville, en Papua Nueva Guinea, la mina de cobre de Panguna era antes la empresa más grande del país, la que más beneficios procedentes del comercio exterior obtenía y una de las minas de cobre más grandes del mundo. Vertía su escoria directamente a un afluente del río Jaba, con lo cual produjo unos impactos medioambientales monumentales.
Como el gobierno no consiguió reparar esa situación ni los problemas políticos y sociales asociados a ella, los habitantes de Bougainville se rebelaron y desencadenaron una guerra civil que costó la vida a millares de personas y devastó casi la totalidad de Papua Nueva Guinea. Quince años después del estallido de la guerra, todavía no se ha restablecido por completo la paz en Bougainville. La mina de Panguna quedó por supuesto clausurada, no hay ninguna perspectiva de reabrirla y los propietarios y organismos crediticios (entre los que se encuentran el Bank of America, el U.S. Export-Import Bank y algunos otros accionistas y prestamistas australianos y japoneses) perdieron sus inversiones. Esta historia constituía una de las razones por las que Chevron trabajaba tan estrechamente con los
propietarios de tierras del campo petrolífero de Kutubu para ganar su aprobación.
La mina de oro de la isla de Lihir vierte su escoria en el océano a través de una canalización que desagua en las profundidades (un método que los ecologistas consideran enormemente nocivo), pero sus propietarios afirman que no es perjudicial. Cualesquiera que sean los efectos de esa sola mina en la vida marina de la zona que rodea a la isla de Lihir, el mundo tendría un problema muy grave si otras minas vertieran su escoria de forma análoga en el océano. La mina de cobre de Ok Tedi, en la isla principal de Nueva Guinea, construyó una balsa para almacenar la escoria, pero los expertos que revisaron los planos antes de que se construyera advirtieron de que se rompería enseguida. Al cabo de unos pocos meses en efecto se rompió, de modo que en la actualidad se vierten a diario en el río Ok Tedi doscientas mil toneladas de escoria y residuos de la mina que han devastado su población piscícola. El agua del río Ok Tedi desemboca directamente en el río Fly, el más largo de Nueva Guinea, que alberga las poblaciones piscícolas más valiosas del país. En la actualidad la concentración de sedimentos en suspensión del río Fly se ha multiplicado por cinco. Todo ello se ha traducido hasta el momento en inundaciones, la acumulación de residuos de la mina en las llanuras de inundación del río y la muerte de la vegetación de estas llanuras en una extensión de más de 320 kilómetros cuadrados. Además, una barcaza que transportaba barriles de cianuro para la mina se hundió cuando remontaba el río Fly y los barriles han estado corroyéndose paulatinamente y liberando cianuro en el río. En 2001, BHP, la cuarta compañía minera más grande del mundo y responsable de la explotación de la mina de Ok Tedi, trató de cerrarla aduciendo que “Ok Tedi no es compatible con nuestros criterios medioambientales y la empresa no debería haberse involucrado jamás en ella”. Sin embargo, como la mina representa el 20 por ciento de la cifra total de exportaciones de Papua Nueva Guinea, el gobierno dispuso que la mina permaneciera abierta pero que se permitiera a BHP retirarse de ella. Por último, la mina de cobre y de oro de Grasberg-Ertsberg, en territorio indonesio de la isla de Nueva Guinea, es una inmensa explotación a cielo abierto que constituye la mina más valiosa de Indonesia. Vierte su escoria directamente en el río Mimika, a través del cual llega al poco profundo mar de Arafura, que separa a Nueva Guinea de Australia. Junto con la mina de Ok Tedi y otra mina de oro de
Nueva Guinea, la mina de Grasberg-Ertsberg es una de las tres grandes minas del mundo que está siendo explotada en la actualidad por una empresa multinacional que vierte los residuos en un río.
Entre las compañías mineras, la política predominante respecto a la degradación del medio ambiente es limpiar y recuperar la zona de extracción solo cuando la mina ha cerrado, en lugar de adoptar la práctica seguida por la industria del carbón, que recupera la zona al mismo tiempo que se desarrolla la extracción. Pero la industria de la minería del metal es contraria a esta estrategia. Las empresas presuponen que bastará con la recuperación denominada “instantánea”: es decir, que la limpieza y restauración acarrearán unos costes mínimos y que se prolongará solo entre dos y doce años desde el cierre de la mina (tras los cuales la empresa puede desvincularse del lugar sin ninguna obligación). Según ellas, la recuperación no supondrá nada más que volver a suavizar la pendiente de las zonas alteradas para impedir la erosión, incorporar al terreno un elemento favorecedor del crecimiento vegetal, como capas superficiales de suelo destinadas a estimular de nuevo el crecimiento, y tratar las aguas procedentes de la mina durante unos cuantos años. En realidad, esta barata estrategia instantánea nunca ha sido suficiente en ninguna mina moderna importante, y por regla general no impide que los niveles de calidad del agua continúen alterándose. Por el contrario, es necesario cubrir y repoblar de vegetación todas las zonas que pudieran ser origen de vertidos ácidos, así como recoger y tratar las aguas superficiales y subterráneas procedentes de la zona mientras aquellas continúen contaminadas, lo cual a menudo significa a perpetuidad. Los costes directos e indirectos reales de la limpieza y recuperación han revelado ser habitualmente entre 1,5 y 2 veces superiores a la cifra de limpieza instantánea estimada por la industria minera para aquellas minas que carecen de vertidos ácidos, y de 10 veces las estimaciones de la industria para las minas con vertidos ácidos. La mayor incertidumbre en relación con estos costes es si la mina producirá vertidos ácidos, algo que casi nunca puede predecirse con precisión de antemano y que solo recientemente se ha comprobado en las minas de cobre, si bien ya se sospechaba antes también en otras minas.