Commando. Autobiografía de Johnny Ramone
Capítulo 7
Foto de Stephanie Chernikowski [©JRA LLC].
Habíamos conseguido lo que necesitábamos y Joey estaba cada vez más cansado.
Pero a pesar de todo, nunca en los noventa vi a un grupo del que pensara «Esos tíos
son mejores que nosotros», y tocábamos con buenas bandas. Sabía que algún día
teníamos que acabar. Qué magnífico trabajo y qué maravillosos fans. Es decir, que
había gente que sí tenía que trabajar de verdad para vivir, en las minas de carbón,
barriendo calles o recogiendo basura. Pertenecer a una banda podía agotarte
mentalmente por los viajes y había ciertas presiones pero no era ni de lejos un
auténtico trabajo como el que hace la gente. Incluso el béisbol es más exigente. Fui
afortunado.
En una banda están locos si creen que siguen siendo tan buenos después de tocar
juntos durante quince años como cuando llevaban sólo tres o cuatro, porque no es
cierto, y nosotros no éramos la excepción. Tal vez debería haber una edad de
jubilación forzosa en el rock, y seguramente yo ya la había superado a los cuarenta y
siete cuando me retiré. ¡Pero, ey, mentí con mi edad cuando empezamos y me quité
tres años! En realidad yo era el más viejo del grupo.
En el Whisky a Go Go de Los Ángeles, 21 de octubre de 1977 [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].
Con la última actuación llegó el final y lo sabía, pero no tenía inconveniente en
acabar las cosas porque tenía toda una vida por delante. Así, el 6 de agosto de 1996
fue la última actuación de los Ramones, aunque impedí que entonces se supiera. Lo
que sí sabía, y me encantaba, era que el Palace había sido donde Dean Martin se
había burlado de los Stones al presentarlos en el espectáculo de variedades The Hollywood Palace en 1964, pues siempre me gustó actuar en escenarios donde habían
tocado mis bandas favoritas. Y esta vez, eso sí, era la Última Vez.
En cuanto a la actuación, fue la número 2.263, la última que hicimos. Estaba feliz
de retirarme y de haber conseguido lo que hacía tantos años me había propuesto:
tenía dinero suficiente para vivir sin trabajar. Y lo más gracioso es que pude vivir de
los derechos de autor prácticamente sin tocar mis ahorros. Llegamos a ser más
famosos tras nuestro retiro de lo que jamás pude imaginar.
El concierto se filmó, lo que ya fue un problema por la presión que imponía para
que subieran al escenario a tocar con nosotros algunos de nuestros invitados. Así que
tenía que preocuparme y ocuparme de invitados como Eddie Vedder y de la gente de
Rancid. Terminó, así pues, como había sido siempre, conmigo haciendo un montón
de cosas.
Tras el último acorde de la versión de «Any Way You Want It» de los Dave Clark
Five, y de marcharme del Palace aquella noche, no acababa de creerme que se había
acabado. No estaba seguro de que no volveríamos a tocar de nuevo pero no les dije
nada a los muchachos y me fui, como había sido siempre mi vida. Trataba de no
sentir nada, y la ira que siempre llevaba conmigo se había vuelto un afinado tono de
diapasón muy próximo a la calma. Estaba listo para el resto de mi vida, lo que fuera
que resultara, aunque lógicamente sí tenía cierto sentimiento de pérdida, aunque
entonces no quisiera admitirlo.
Tras nuestra última actuación nos hicieron una gran oferta para volver a
Sudamérica a dar algunos conciertos de despedida, y sólo una o dos semanas después
de lo del Palace. Acabábamos de tocar para Lollapalooza durante mes y medio y
ahora nos ofrecían la oportunidad de hacer más dinero en tres conciertos en
Sudamérica, que en toda aquella gira. Joey dijo que estaba cansado pero le contesté:
«Pues yo hice lo de Lollapalooza por ti». Los demás querían hacerlo, pero Joey
prefería esperar, así que le dije: «Mira, si no tocamos ahora, no vuelvo a tocar nunca
más». Y debería haber sabido que no iba a ceder en algo así, porque sólo podíamos
hacerlo cuando nos lo pedían, así que si no lo hacíamos, se había acabado.
Estaba cansado de oírle a todo el mundo lo frágil que era Joey, siempre «bueno,
hay que ser amable con él, que está muy cansado», pero era para excusarlo. Sin
embargo cuando teníamos tiempo libre, en lugar de descansar, andaba por ahí con sus
otros proyectos. Y en cuanto volvíamos a la carretera, él empezaba a quejarse de lo
cansado que estaba. «¡Pero si hemos tenido un mes libre!, ¿por qué no habrá
descansado?», me preguntaba yo. Y no era el único de la banda que lo veía, todos se
daban cuenta.
Ni dormía ni se ponía en forma, todo el día sentado en lugar de hacer algo de
ejercicio. Cuando volvíamos de viaje podíamos descansar tres o cuatro días: ya no
trabajábamos como en aquellos períodos de los setenta en que estábamos siempre tocando. Trabajábamos menos pero él seguía torturándome todos los días con que
«Tengo que pensar en mí mismo», y mientras, yo tenía que pensar en la banda.
Perdí casi todo contacto con Joey tras nuestra ruptura: dos o tres veces a lo sumo.
Hablábamos cuando había algún asunto de trabajo y yo quería su opinión o cuando
tenía que informarle sobre algo de los Ramones que yo estaba haciendo, pero eso era
todo. Cuando presentamos Anthology en la tienda de Broadway, en Nueva York, en el
98, le pregunté cómo estaba, pues ya sabía que tenía un linfoma, que fue lo que
finalmente lo mató. «Voy bien», me contestó, «¿por qué?». No insistí.
A veces, en carretera, podíamos pasarnos un mes sin decirnos una palabra. Por lo
demás, era inútil: si yo bajaba del escenario y decía «¡guau, qué concierto!», él decía
algo como «puff, yo lo he encontrado una mierda». Entonces me decía: «¿Para qué
has tenido que hablar? ¿Por qué no te quedas calladito?». Todas estas cosas me
pesaban cuando pensaba en nuestros fans, a los que me imaginaba que no les haría
ninguna gracia saber que los de su banda favorita se despreciaban entre sí. Quieren
creer que somos amigos, pero eso es sólo cara a la galería.
Sin embargo, siempre creí que tal vez nos volveríamos a reunir en estudio, para
grabar una canción para un compilatorio o para añadirla en un nuevo lanzamiento.
Tenía siempre una guitarra a mano por si venía algo, aunque sabía que jamás me
uniría a otro grupo. Era imposible superar a los Ramones.
Para mí no acabó oficialmente hasta que Joey murió, en abril de 2001: ya no
había Ramones sin Joey, era irreemplazable a pesar de lo pelmazo que era. Y aunque
era la persona más difícil que he tratado en mi vida, no quería que muriera y no
quería tocar sin él al margen de cómo estuvieran nuestras relaciones: íbamos juntos
en eso. Y él nunca se marchó. Rompimos y murió. Y ese era el fin de los Ramones
porque yo no iba a tocar sin él. La verdad es que creí que no me afectaría pero sí lo
hizo, por extraño que sea; supongo que empecé a echarlo de menos, pero su vida dejó
huella, así que aún está entre nosotros.
En el Whisky a Go Go de Los Ángeles, 21 de octubre de 1977 [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].
«SI LOS RAMONES NO HUBIERAN EXISTIDO
Y APARECIERAN AHORA, VOLVERÍAN A
ARRASAR.
NADIE LOS SUSTITUYÓ NUNCA.»
La muerte de Dee Dee en junio de 2002 fue un golpe muy duro, mayor tal vez
que el de la muerte de Joey, pues Dee Dee y yo de algún modo seguíamos siendo
amigos. Además no me lo esperaba, ni siquiera sabía que seguía enganchado a la droga. Lo vi en Hollywood Boulevard pocos días antes de su fallecimiento: el más
influyente bajista del punk rock de todos los tiempos y moría de ese modo. Podía ser
un problema pero su muerte me afectó muchísimo.
Era el tipo más loco y lleno de excentricidades que había, no había nadie más
loco; si lo conocieras ahora, sería el mayor pirado que conocerías.
La gente me pregunta: «¿Qué te hace ser punk?». Unos cinco años después de
retirarnos, iba por Los Ángeles y alguien me dijo: «¡Ey, vas en un Cadillac, ¿cómo es
posible?! ¡¿Cómo puedes ser punk y conducir un Cadillac?!». Y le contesté: «¡¿De
qué cojones hablas?! ¡Yo escribí el libro del punk y decido qué es lo punk, y si
conduzco un Cadillac, eso ya es punk!». Y el chaval lo aceptó. Así que ¿qué es ser
punk? Dee Dee era punk. Tenía el look, era un gran letrista y fue el bajista más
influyente del punk rock que haya habido nunca. Nadie se le ha acercado siquiera.
Pero esos últimos coletazos, Lollapalooza o los conciertos que hicimos antes en el
Coney Island High de Nueva York como despedida a la ciudad, fueron muy
satisfactorios. Pudimos ver qué significábamos para el público: me preguntaban
cuánta influencia ejercíamos, «¿Qué se siente siendo una leyenda?», la primera vez
me sentí desconcertado y no sabía qué contestar. Y luego ya se convirtió en chiste:
me llamaban, un periodista me decía que era una leyenda y al colgar le decía a Linda:
«¡Oye, que estás hablando con una leyenda!». O contestaba al teléfono diciendo:
«Leyenda al habla…». Pero sabía que era a Johnny Ramone al que trataban así, no a
mí.
De manera que vine a darme cuenta del impacto que habíamos causado más tarde.
Vivíamos tan encerrados en nuestro pequeño mundo que ni pensé en ello hasta los
noventa, cuando todas esas bandas empezaron a decirme cuánto los habíamos estado
influyendo siempre. Así que cuando caí en la cuenta de que podíamos haber influido
en más bandas que nadie, fue surrealista: pero si hay gente que lleva ahora camisetas
de los Ramones y no sabe ni cómo éramos ni cómo sonábamos. La verdad es que no
me importa, y que lo que me alegra es que nuestro nombre siga sonando por ahí
después de todos estos años.
Nos han dicho que cambiamos la música, que creamos todo un género y
movilizamos jóvenes, y que los empujamos para que cogieran una guitarra e hicieran
su propia música. Y entiendo a los muchachos que hicieron su propia banda después
de vernos, yo habría hecho lo mismo de haber estado entre el público en 1977.
Si los Ramones no hubieran existido y aparecieran ahora, volverían a arrasar.
Nadie los sustituyó nunca. Y ni siquiera cuando bandas como Pearl Jam o
Soundgarden triunfaban, noté que nos faltara apoyo o que nuestro público se apartara.
Visto ahora, ya más alejado porque la enfermedad me debilita, el legado más
importante de los Ramones fue que cuando subíamos al escenario, éramos los
mejores. Y de lejos.