Commando. Autobiografía de Johnny Ramone

Johnny Ramone · Capítulo 7 de 21

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Commando. Autobiografía de Johnny Ramone

Capítulo 5

Foto de Jenny Lens [©JRA LLC].

Los testigos dicen que siguió pateándome en la cabeza pero yo no recuerdo nada.

La furgo me dejó en la esquina de mi antigua casa de la calle 10, en Manhattan,

tras un concierto en Queens, en L’Amour’s, a eso de las tres de la madrugada del 14

de agosto del 83, y yo me dispuse a coger un taxi para ir a mi piso de la 22 oeste. Y

cuando pasé frente a mi antigua casa, la que compartí con Cynthia, la vi ahí,

borracha, al otro lado de la calle, sentada en la escalera de entrada. Estaba con ese

muchacho, al que nunca antes había visto, un chico punk rock como cualquier otro, y

no se me ocurrió que pudiera hacerme nada porque pensé que mi aparición lo

intimidaría. Le dije a Cynthia que entrara y él empezó a decirme que me perdiera,

pero lo ignoré y seguí diciéndole que no podía quedarse ahí fuera. A pesar de haberla

dejado, me preocupaba ver que su problema con el alcohol empeoraba.

Lo siguiente que sé ya es cuando me desperté en el hospital St. Vincent, aunque

tuvieron que decirme dónde estaba. Tenía la cabeza vendada y me estaban dando

anticonvulsivos por miedo a que la lesión desencadenara alguna respuesta, me habían

cortado el pelo, se me había derramado sangre en el cerebro y los médicos decían que

iba a morir. Otra vez. Tenía el cráneo fracturado y me habían sometido a cirugía

cerebral; hasta salí en la portada del New York Times. Mi madre, Tommy y Linda me

visitaban y como recibí un montón de flores de fans de todo el mundo, les dije a las

enfermeras que se las dieran a otros pacientes que estuvieran peor que yo. Estuve

ingresado diez días y luego tuve que guardar reposo durante algún tiempo. Estuve

listo para tocar a los tres meses y nuestro disco siguiente se tituló Too Tough to Die.

Daba gracias de haber salido sin daño cerebral y de estar bien, pero había gente

que decía que me veía algo distinto después del ataque, que había cambiado. Yo no

sentía nada distinto pero me volví más cauto y miraba de evitar situaciones de

confrontación, aunque no retrocedía, claro está, pues Nueva York es el sitio de la

confrontación. Pero sí iba con más cuidado, incluso con gente que andaba en torno de

los Ramones y que quería acercarse demasiado. No quería meterme en otra pelea,

pues ya había visto el daño que podían hacerme, y además ahora tenía una cabeza

más vulnerable.

El tío que me atacó fue imputado por asalto en primer grado y al año siguiente lo

condenaron a unos meses de cárcel. Fui al juicio a declarar y no volví a oír hablar de

él, aunque estaba muy cabreado y quería que lo mataran. Soy un convencido

partidario de la pena de muerte. De hecho, creo que las ejecuciones deberían ser

televisadas con el sistema de pago por visión y financiárselo a las familias de las

víctimas.

De manera que fantaseaba con que tenía una pistola y que alguien trataba de

joderme y lo mataba. Por eso Bernhard Goetz era un héroe, porque había hecho lo

que todos quieren hacer, había sido Charles Bronson. Que en la vida real, ¿quién

quiere imitar a Charles Bronson? Nadie, amparados en los Bernhard Goetz del mundo. Tras el ataque, seguí viviendo en Nueva York, que seguía gustándome, pero

más preocupado por sus peligros. Es curioso cómo puede cambiarte algo así; yo creo

que a mí me ablandó, aunque seguí discurriendo sobre cómo manejarme en el sistema

al estilo de Goetz, a quien no le importaron las leyes sobre armas. Él era la ley, en

cambio yo finalmente jamás tuve un arma. No era más que una fantasía: yo no era

Charles Bronson.

En mi opinión, el sistema del jurado es una basura y nunca en mi vida he formado

parte de uno. Me mandaban requerimientos pero los rechazaba; cuando iban a casa

con una citación, les decía que allí no había ningún John Cummings. Hasta me

ofendía que me molestaran cuando había estado ignorándolos toda la vida. El sistema

de jurados debería constar de tres personas bien pagadas dedicadas a ello de forma

permanente: ¿pueden doce individuos ponerse de acuerdo en algo? Es ridículo que un

jurado se componga de doce personas que han sido incapaces de librarse de esa

obligación, gente que en realidad detesta su trabajo y lo que quiere es que le paguen

veinte dólares diarios por estar allí sentados tratando de ponerse de acuerdo sobre

algo. Me alucina que alguna vez encuentren a alguien culpable de algo.

Pero yo siempre he sido así, de algún modo tengo que oponerme al sistema: me

hace sentir mejor. No puedo obedecer órdenes y, sin embargo, soy un entusiasta

cuando se trata de mis propias iniciativas, como los Ramones.

Un buen ejemplo es el de cuando vivía en Nueva York en los ochenta y descubrí

que las fichas para pagar en los peajes de Connecticut funcionaban en el metro y sólo

costaban quince centavos. Se podía ahorrar un dinero, así que fui y compré una buena

cantidad de fichas: ahí estaba, con casi un millón de dólares en el banco y colándome

en el metro, pero se trataba de oponerse al sistema. La poli entonces aún vigilaba los

tornos del metro, así que siempre entraba llevando también una ficha auténtica por si

acaso. Pero al mismo tiempo, detestaba a los que saltaban el torno, que era un método

de perdedores: tienes que ser capaz de pensar el modo de esquivar el sistema. En eso

no creía porque basta coger un atajo para conseguir las cosas. ¿Y además, quiénes

eran ellos para decirme lo que tenía que hacer?

Cuando salí del hospital tras aquella pelea en Nueva York, empecé a preocuparme

por cómo manejarme en las calles sin que volvieran a agredirme. Algo más tarde me

hice con un espray de gas lacrimógeno, el mismo chisme policíaco que se empleó en

nuestro concierto de Washington a principios de los noventa y que hizo huir

despavorido a todo el mundo. Lo llevaba en Nueva York en mi bolsa y una vez tuve

que usarlo en defensa propia.

Acababa de bajarme de un taxi junto a mi casa, en la calle 22, después de un

concierto, al lado del Rawhide, un bar gay que estaba en la esquina, y llamé desde la

cabina a Linda para preguntarle si necesitaba algo porque iba a pasar por la tienda

antes de subir. Y salió una maricona del bar y empezó a insultarme, «¡cabrón, gilipollas…!», cuando yo no hacía más que hablar por teléfono. Estaba borracho, era

alto, con muy mala pinta y se vino hacia mí, así que como no sabía qué iba a hacer,

saqué el cacharro de la bolsa y empecé a rociarlo, pero sin ningún efecto. Estaba

como a un metro, yo seguía rociándolo y él seguía acercándose sin caerse. Me puse

nervioso y estaba muy asustado porque él seguía gritando como un loco, así que hui,

pero me siguió sin parar de chillar. En realidad yo sabía que podría con él pero estaba

muy nervioso y pensaba: «Si se me viene encima, ¿tengo que matarlo o qué?». Así

que me alivió sacármelo de encima y volver a casa. Me gustaba ese espray, me daba

la seguridad de un arma cuando estaba en la calle.

Y a pesar de tanta palabrería, Nueva York era una ciudad magnífica para vivir y

en los ochenta y parte de los noventa salí menos de ella. A la banda le iba bien y yo

empecé a ahorrar algo de dinero y a invertirlo comprando bonos. Metí una pequeña

cantidad en el mercado financiero, el 25 por ciento en fondos de inversión y acciones,

y el otro 75 por ciento, en bonos, de manera que mis inversiones se mantuvieran

estables y a bajo riesgo. El dinero aumentaba y alcancé la suma simbólica del millón

que me había propuesto y con ello la jubilación iba haciéndose realidad. Me gasté un

poco de dinero por primera vez a principios de los noventa.

A mediados de los noventa empecé a conocer a más gente en Nueva York porque

me la pasaba en la calle todo el tiempo. Iba andando a todos lados, me paraba por ahí

y me comía un trozo de pizza y luego seguía. Si algún poli me veía y me preguntaba

si quería que me llevara, lo apuntaba a la lista de invitados de un concierto y le decía

que se pasara luego por los bastidores a vernos, pero nunca iban, supongo que por

miedo de lo que pudieran ver. Y eso que yo les decía que no pasaba nada, pero no me

creían.

Una de las cosas de las que me siento más orgulloso de haber hecho fue el

concierto en el CBGB a beneficio del Departamento de Policía de Nueva York para

que pudieran tener chalecos antibalas. Se celebró el 10 de abril del 79, y hasta

tuvimos protestas de los comunistas esos, y luego me dijeron que incluso repartieron

octavillas que decían lo malos que éramos los Ramones por haber destinado los

beneficios de ese concierto a ayudar a la policía. Al parecer, el reglamento policial

obligaba a que cada policía se comprara su propio chaleco, de manera que

conseguimos dinero suficiente para ayudar a unos cuantos polis, porque, además, eso

fue cuando Nueva York era peligrosa, antes de que Giuliani la arreglara. Me hice

amigo de la policía en cuanto dejé de ser un delincuente, y ya no volvieron a

inquietarme.

 

«HICIMOS UN CONCIERTO A BENEFICIO DE

 

LA POLICÍA DE NUEVA YORK PARA QUE

TUVIERAN CHALECOS ANTIBALAS,

 

Y HASTA TUVIMOS PROTESTAS DE LOS

 

COMUNISTAS.»

 

El jefe de Balducci’s, la tienda de comestibles de Nueva York, decía que yo era el

famoso más encantador, así que me cobraba las gambas a precio de pescado azul y a

veces hasta me las regalaba o me cobraba a cuatro dólares el kilo de solomillo. Sería

fan de los Ramones.

El sitio más inverosímil en el que me han reconocido fue el edificio de la Bolsa

de Wall Street. Fui invitado por un amigo que trabajaba en Fidelity para que viera

cómo trabajaban los agentes de bolsa, y conforme avanzaba por la planta, todo el

mundo sabía quién era y me pasaban sus teléfonos para que saludara a sus amigos, así

que hablé con todos. Eso fue en los noventa, y me preguntaba «¿tantos fans de los

Ramones trabajan en Wall Street?», pues la verdad es que no esperaba que nadie de

allí me conociera. Me parece que el único sitio de Nueva York al que he ido sin que

me reconocieran fue el programa de televisión de Rush Limbaugh, en 1993. Nos

sentamos Linda y yo entre el público y no nos dijeron ni una palabra.

También supe aprovechar algunas buenas ofertas: tuve un precioso Ford Fairlane

del 58 de capota dura retráctil para descapotarlo, neumáticos de bandas blancas y

llantas de acero inoxidable, de color blanco y turquesa. Por entonces Linda y yo nos

habíamos mudado del estudio e ido a un piso de una habitación en la calle 22, y en

verano nos íbamos en el Fairlane a comer al Time Cafe, en la calle Lafayette, lo

aparcábamos delante y comíamos fuera para poder vigilarlo. La verdad es que no lo

necesitaba, pero era un lujo que me podía permitir: pagué quince mil dólares por él y

me costaba trescientos al mes aparcarlo en nuestro edificio. Pero finalmente lo vendí,

no sin antes restaurarlo por otros quince mil dólares. Desde el 96 en adelante ya sólo

tuve coches nuevos: primero un Camaro, luego cadillacs, siempre coches americanos

buenos.

Actuación benéfica en el CBGB el 4 de mayo de 1978 [foto de Stephanie Chernikowski; ©JRA LLC].

 

Tommy, Joey, Dee Dee y Johnny contra los comunistas neoyorquinos [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].

 

La mayoría de mis amigos de Nueva York no era del mundo de la música; con

algunos que tenían trabajos ordinarios compartía gustos como el béisbol o las

películas, y otros se movían en el mundo de la producción cinematográfica. Y un par

eran obreros: siempre me gustó la gente de clase trabajadora. Cuando trabajaba en la

construcción pasaba los descansos con los soldadores negros y luego me iba con Dee

Dee a comer por ahí al final de la jornada, o sea que cuando estaba en Nueva York

prefería andar con gente corriente.

Mientras tuvimos la banda, siempre me molestó tener tratos con gente con quien

no quería tenerlos, y me irritaba cuando pasaba. Ya tenía que estar siempre con los de

la banda, y con Joey, y me cabreaba. Y otro tanto si iba a un club a escuchar a un

grupo, tampoco quería encontrarme gente que no me gustaba, ni quería ver gente del

pasado. Si estábamos en 1982, no me apetecía encontrarme a alguien de 1977, quería

avanzar. Era un sentimiento general a veces bastante rígido.

Aunque había gente que me gustaba, como Johnny Thunders y los de

Heartbreakers, y nunca tenía inconveniente en verlos, tanto individualmente como al

grupo. Dee Dee los conocía mejor porque se metían droga juntos; ellos eran todos

yonkis. Cuando hablas con un yonki, es difícil mantener una conversación porque

siempre tienen parte de la cabeza puesta en meterse droga. Cuando me encontraba a

Thunders en la calle o en un club, hablábamos, y nuestra mejor charla la tuvimos

poco antes de que muriera en aquella pensión de Nueva Orleáns en 1991. Fue en el

Limelight, en Nueva York, pocos meses antes, y hablamos de béisbol. Lo apreciaba y

pensaba que era uno de los guitarristas más influyentes del rock y me habría gustado

grabar algo con él, que versionáramos alguna canción por ejemplo, porque siempre

pensé que era chapucero y que a su banda le faltaba tensión. Hubiese tocado mejor

conmigo, que le habría mejorado el sonido.

Pero era una excepción porque la verdad es que me gustaba hablar con él, en

cambio no quería ver gente de la televisión, como Tom Verlaine o Richard Lloyd, que

me irritaban. Odiaba a Mink DeVille y en cambio me gustaban mucho los de

Dictators aunque no quería encontrármelos. También me parecía simpático Richard

Hell, que era beatnik, y me caían bien los chicos de los Dead Boys. Conocí a Stiv

Bators en nuestro primer viaje a Youngstown, Ohio y enseguida congeniamos, era

simpático. En una ocasión en que íbamos en coches paralelos, él, desde el otro coche,

nos enseñaba el culo pegándolo a la ventana.

Fui amigo de muchos miembros de Blondie y de los Talking Heads, o eso creo. Y

en cuanto a los demás, nunca supe a qué banda pertenecían; no podía seguirlos.

También me hice amigo de Lux y de Ivy de los Cramps, que siempre fueron

auténticos con lo que hacían. Y seguimos siendo amigos: hacia 1997, fuimos con

Linda a visitarlos a su casa de Los Ángeles y también fue Vincent Gallo, que dijo que

era como si la familia Addams visitara a los Munsters. Yo lo acepté como un

cumplido porque la familia Addams éramos nosotros, y a mí me entusiasmaba

Gomez Addams.

Cuando entraba en el Limelight con Linda, todos se quedaban helados. Le daba

miedo a la gente: era la agresividad que desprendía, que parece que incomodaba a

todo el mundo aunque a mí me traía sin cuidado.

Hacia mediados de los ochenta la banda pareció encontrar su lugar musical, los

Ramones seguíamos teniendo el mejor directo, y yo empezaba a tener claras mis actividades financieras y cómo podría retirarme. A finales del 84 ya tenía entre

setenta y cinco y cien mil dólares ahorrados, una paga semanal de doscientos

cincuenta más otro tanto que sacábamos de publicidad. Y aunque todavía no lo

habíamos logrado, llenábamos casi siempre donde tocábamos, sobre todo en Europa.

Del 82 al 84 ya no abandonamos el país excepto para tocar en Canadá, que era un

mercado nuevo para nosotros. Y yo volvía a estar satisfecho de mi vida en Nueva

York.

Perdimos a Mark durante cuatro años por causa de sus problemas con la bebida.

En octubre del 81 faltó a un concierto en Virginia Beach, que fue su primer paso

hacia su expulsión de la banda. Habíamos tocado en Columbus, Ohio, la noche

anterior y al día siguiente Mark le dijo a Monte que nos alcanzaría en Virginia Beach,

que se iba de marcha con alguien. Y yo le dije a Monte qué hacía dejándolo que se

fuera por ahí con cualquiera, y que eso no era lo que habíamos acordado, que no era

una buena idea. Pero él insistió en que no pasaba nada. Llegamos al hotel pero nada

de Mark; estuvimos llamándolo y tratando de ponernos en contacto con él. Era una

pesadilla, así que nos fuimos al club y esperamos. Finalmente Monte consiguió

hablar con él por teléfono pero era imposible porque seguía borracho. De haberlo

tenido ahí, podría haber tocado porque era un batería extraordinario. Estábamos listos

para traerlo hasta Virginia en un avión privado pero perdimos el contacto. Había

público fuera y empezaron a alborotarse y quemaron algo. Al día siguiente teníamos

que tocar en Washington, comparecimos allí todos y luego volvimos a casa.

Yo no era consciente aún de que teníamos que sustituirlo, pero estaba muy

preocupado y avergonzado por los Ramones. Le impuse una multa de cinco mil

dólares por haber faltado a la actuación, pues además teníamos que volver a Virginia

Beach el siguiente abril y tocar gratis.

Mark era un problema y se las arreglaba para beber con algún cómplice cuando

yo no lo veía, y luego se pasaba todo el día siguiente de mal humor. Y ya no era

simpático cuando estaba así, y eso me fastidiaba, al contrario que con Joey, que nada

cambiaba cuando estaba malhumorado. Pero Mark era simpático y divertido y

facilitaba las cosas, de manera que todo eso me preocupaba. Era distinto a Dee Dee o

a Joey, podía trabajar en serio y yo no tenía que andar empujándolo, y luego encima

me caía bien. Joey y Dee Dee me tenían miedo así que siempre les parecía que les

estaba echando la bronca, en cambio Mark era tan gracioso, que era imposible con él,

todo se convertía enseguida en un chiste. Y además, ¿cómo haces para que te

obedezca un borracho?

Cuando estábamos grabando Subterranean Jungle en el 82, lo de la bebida ya era

un problema grave, tanto, que tuvimos que sustituirlo para la versión de «Time Has

Come Today» por Billy Rogers, el batería que toca con Johnny Thunders y Walter

Lure. Fue el productor el que me dijo que Mark no podía tocar. Durante aquellas sesiones se iba pronto diciendo que estaba cansado, cosa rara en él, pero luego lo

veían por ahí bebiendo. Así que no nos dejó más alternativa que decirle que se

marchara.

Metimos a Richie, un tío del entorno, así que fue fácil —sólo probamos a otros

dos— y Richie era bueno. Le daba muy bien y además podía cantar de

acompañamiento. Pero nos metió en un buen lío porque nos peleamos por dinero y

perdimos tres actuaciones en Nueva York cuando se negó a tocar. Quería más y a mí

me parecía que todavía estábamos negociando; lo que reclamaba era una parte del

dinero de la publicidad, algo que Mark ni siquiera pidió nunca salvo por cosas en las

que estaba directamente implicado, como si firmaba unos palillos o un parche de la

batería. Tengo entendido que Joey le dijo a alguien que pensábamos echar a Richie,

que no era cierto, de manera que tras cuatro años en la banda, Richie nos dejó, en

medio de una gira, sin ningún aviso y jamás he vuelto a verlo. Desapareció

completamente después de aquello y lo último que oí fue que era caddie de golf.

Tras su marcha, tuvimos por muy poco tiempo a Clem Burke de Blondie, que iba

a llamarse Elvis Ramone, pero que sólo duró dos conciertos, uno en Providence,

Rhode Island, y el otro en Trenton, New Jersey, porque era horrible. No llegaba, de

hecho, ni se acercaba, y me sentí humillado en aquellas actuaciones; fueron tan

malas, que habría querido desaparecer. Clem iba a la suya, a toda marcha y después

lento. Fuimos rapidísimos porque a los cuatro días ya teníamos a Mark de vuelta;

Joey se volcó en ello porque sabía que le tocaba y era muy hábil para ese tipo de

cambios, era una de sus mejores cualidades.

Así que en el 87 Mark volvió sobrio y fue magnífico tenerlo, y lo extraordinario

es que se quitó solo. Recordad: estuvo en los Ramones sobrio el doble de tiempo que

borracho.

La mayor cagada de toda nuestra carrera fue perder a Dee Dee, al que también se

le fue la olla pero de otro modo que a Tommy. Algo le hacíamos nosotros a la gente.

Para empezar, Dee Dee no tocó en los últimos tres discos de los Ramones en que

figuró: había perdido el interés por tocar el bajo. Estaba en el estudio, pero pasando

de todo, no tocaba y estaba encantado de que en su lugar lo hiciera Daniel Rey o

quien fuera. En los directos, lo bajábamos en el mezclador y así podíamos disimular

algo la chapuza. Tenía que encubrirlo pero me sacaba de quicio porque lo peor era

que ni se movía, se quedaba ahí de pie, sin más.

Dee Dee se estaba volviendo cada vez más loco y no era sólo por las drogas, pues

hacia el final de su época con los Ramones ya no tomaba droga dura. Tenía una vida

lamentable debida principalmente a la combinación de la banda y su matrimonio. Le

daban ataques de ira continuamente y se ponía a chillar y a tirar cosas, en general

cosas que le quitaba a Monte. Era irracional; estaba hinchado y tenía muy mal

aspecto debido al exceso de medicamentos. Entonces le dio por el rap, una auténtica chaladura: se presentó en el aeropuerto vestido de rapero, con un cadenote de oro y

un reloj colgado al cuello, y empezó a hablar como un negro.

A mí me repugnaba: se había hecho rapero, que era todo lo que odiábamos, y que

desde luego no era la música de los Ramones. Es gracioso ahora pero entonces no lo

era, y cuando le dije que tenía que vestirse como nosotros, me mandó a tomar por

culo. Era una vergüenza.

 

Foto de Stephanie Chernikowski [©JRA LLC].

 

¿Pero sabéis qué?, nunca jamás pensé que había que reemplazarlo: siempre estaba

ahí cuando había que estar, era Dee Dee, nuestro bajista. Casi todos, salvo yo, dijeron

en algún momento que se iban, pero oírselo a Dee Dee era normal y yo no le hacía

caso. Así que no lo vi venir pero al final se fue, en julio del 89, después de unos

conciertos en California. Yo nunca quise que se marchara y supuse que se quedaría,

era lo que habíamos dicho, que estaríamos juntos hasta el final, un compromiso que

teníamos. Pero yo creo que lo que quería era cambiar su vida de manera de no tener

responsabilidades, es lo único que se me ocurre tras pensarlo mucho. Y eso es

imposible, no se puede vivir sin responsabilidades.

Había dejado a su mujer un mes antes. Volvimos de una gira y me llamaron de la

oficina de Gary Kurfirst, yo no tenía ni idea: «Acaba de llamar Dee Dee, que se

marcha», y contesté: «Bien, de acuerdo». «¿Pero cómo que de acuerdo? Tienes que

venir, hay que hacer una reunión», y le dije: «No pienso ir. Si se quiere marchar, déjalo que se marche». «No, no, tienes que venir, Dee Dee ya está de camino y nos

tenemos que reunir». «Bueno, de acuerdo, voy para allá».

Fui pero Dee Dee no se presentó, así que les dije: «No hay problema. Empezamos

las audiciones mañana». Y así fue, y no volvimos a hablar del asunto. ¿Qué tenía que

hacer, preguntarle por qué se iba? Lo que sea que dijera no iba a ser la verdadera

razón, habría sido inútil. Si le hubiera preguntado el día que se marchó y desde

entonces una vez al año, todas las respuestas habrían sido distintas, y ya llevaba

demasiado tiempo con él para encontrar graciosas esas cosas. Podían serlo, pero

también podían ser insoportables.

Un día vino al estudio y estaba bien y charlamos. Tras su marcha habíamos

acordado que seguiría escribiendo canciones para los Ramones y seguía haciéndolas

muy bien y era muy prolífico. Ese día todo fue bien, pero cuando me fui, empezó a

flipar y a decirles a todos que me odiaba y que no escribiría ninguna canción más,

que por qué le habíamos cogido sólo tres canciones cuando me había dado una cinta

con quince. Pero sólo después de que me marchara, porque nunca me decía esas

cosas directamente.

Mucho después, en 1999, cuando salió el estuche hecho por Rhino Hey Ho Let’s

Go! Anthology, teníamos que firmar en la tienda Virgin de la 14 con Broadway el 20

de julio, el día del lanzamiento. Entonces, cuando ya estábamos allí, a Dee Dee le

entró la chaladura con la gente de Rhino y empezó a gritarle a Monte. Creo que no le

mandaron un coche a buscarlo y tuvo que ir en taxi pero no encontraba ninguno,

luego empezó a quejarse porque mi foto aparecía la primera en el folleto y se puso a

discutir con todo el mundo, y no paró durante todo el acto. Me enfureció tanto, que

decidí que cuando acabara todo, le pegaría, y no lo hice sólo porque al final no lo

encontré.

Me caía bien pero siempre estaba cagándola. Durante los conciertos, a veces se

perdía en algunas canciones y yo tenía que mandarle a alguien del equipo para que lo

hiciera parar hasta el final de la canción para que no se notara. Y ni siquiera se

enteraba de que se había perdido.

Cuando se marchó, la gente me decía que no podríamos seguir sin Dee Dee, y yo

me decía que no iba a darme por vencido bajo ningún concepto: «Encontraré a otro

Dee Dee que además colabore». Y lo hice.

 

En cuanto vi a CJ me dije que era él, enseguida: se parecía a Dee Dee, tocaba

como él, y eso ya era mucho. Y como CJ estaba recién salido del Cuerpo de Marines,

estaba acostumbrado a obedecer órdenes, así que me pareció que sería perfecto. «A

ver, CJ, mira el espejo que tienes delante mientras tocamos y haz lo que haga yo.

Quédate quieto cuando me quede quieto, avanza cuando yo avance, y retrocede

cuando retroceda. Haz lo mismo que yo». Le di un montón de cintas de Dee Dee y le

dije: «Estudia estos conciertos y fíjate en cómo lo hace».

Pero para entonces Mark ya tenía voto, y votó en contra de que CJ entrara en la

banda, así que me quedé solo diciendo: «¡Que no, que éste es nuestro bajista!».

Estaban Mark y Monte e insistían en que no era el adecuado, que llevaba cresta de

mohicano y que tocaba con los dedos, pero eso no importaba: eran miopes. Seguimos

probando gente hasta que les dije: «Volved a traer al primero», pero como no les

gustaba, Monte siguió sentado diciendo «no, no, no…» y Mark otro tanto. Así que

zanjé: «Decisión tomada. Ya está. Nadie vota». Joey no estaba allí ni venía a las

audiciones y habíamos probado a setenta tíos. Allí sólo estaban Mark y Monte, Monte

no contaba y Mark…, así que era una decisión que tenía que tomar. Se lo dije a Joey:

«He encontrado al bajista, ¿quieres venir a verlo?», y la única decisión inteligente que

le he visto tomar desde que lo conozco fue cuando me contestó: «Lo que tú decidas

seguramente es lo acertado». Supongo que se fiaba de mi buen ojo para esto, y yo

veía a CJ convertido en un joven Dee Dee.

CJ se quedó siete años en la banda, era fácil de llevar y buena persona, e hice lo

que pude para que se sintiera uno más del grupo; espero haberlo conseguido. Pero

había fans que sólo veían a Dee Dee como bajista de los Ramones, así que no siempre

era fácil para él. Y yo sabía eso por propia experiencia, pues para mí nadie reemplazó

nunca a Brian Jones en los Rolling Stones, lo mismo que había gente para la que CJ

nunca entró. Pero sí lo hizo.

Lo llevé a Fidelity Investments y lo ayudé a abrir una cuenta. Como nunca había

manejado tanto dinero, me pareció que le iría bien, pues lo importante para mí era

que cuando dejáramos de tocar, todos saliéramos con algo; era cuanto podía hacer. Y

el resto de la banda seguía mis pasos para ahorrar dinero, me imitaban y yo trataba de

ayudarlos.

 

«TODOS ESTABAN ENCANTADOS EN

 

AMÉRICA DE SER AMERICANOS, NO

 

ITALOAMERICANOS O AMERICANOS

 

IRLANDESES.

 

LO QUE QUERÍAN ERA SER AMERICANOS.»

 

Para 1988 ya estaba completamente instalado con Linda y habíamos

perfeccionado nuestras giras: sabíamos que podíamos hacer un centenar de conciertos

al año sin dañarnos ni física ni mentalmente. Ya tenía doscientos mil dólares en el

banco, camino de ese millón ideal, y teníamos fans, así que no había que hacer

cambios. Además, a veces conseguía una o dos actuaciones más al margen de la

agencia por las que no teníamos que pagarle la comisión. O sea, dinero extra.

Nuestras ganancias en las giras extranjeras eran muy buenas, pero me

preocupaban las aduanas. A Joey lo interrogaban un montón de veces pero a mí

nunca, sobre todo si entrábamos en Estados Unidos, supongo que porque veían lo

contento que estaba de volver a casa. Estaba ahí haciendo cola y me ponía a hablar

con los policías: «Hola, ¿qué tal? ¡Qué bien volver a Estados Unidos!». Y a lo mejor

me revisaron las maletas un par de veces, pero no más que eso.

Pero recuerdo las dos veces en que me sentí más violentado: una, entrando en

Irlanda desde Inglaterra, y la otra, al llegar a Hawai. El tipo parecía que me odiaba

porque era americano, y yo me decía: «No sabía que los hawaianos nos odiaran,

pensaba que también eran americanos». Pero como no eran más que efectos

personales, las iban separando una por una, desparramando las vitaminas; es odioso

cuando sabes que no has hecho nada, que no llevas drogas. Y como además yo soy

tan proamericano, no podía creer que se metieran conmigo; debían de creer que era

traficante. Me parece que venía desde Singapur o por ahí, y encima aterrizaba sólo

para coger otro vuelo, no para quedarme a tocar.

Fue una época en la que todos estaban encantados en América de ser americanos,

habían emigrado aquí y no querían ser italoamericanos o americanos irlandeses. Lo

que querían era ser americanos. Jamás me consideré un americano irlandés, y menos

aún irlandés; me considero americano.

Nos ofrecieron tocar en Hong Kong, un sitio al que siempre había querido ir, pero

lo rechazamos porque no le aumentaba el rendimiento a la gira. Y aunque me

apetecía ir, no quería tocar salvo que hubiera dinero adicional, pues de lo contrario

sólo le habría añadido tres o cuatro días a la gira sin ningún beneficio, así que lo

rechacé. Tampoco tocamos nunca del otro lado del telón de acero y rechazamos todas

las ofertas que nos hicieron, aunque no sé si podrían habernos hecho alguna lo

suficientemente grande como para ir. Me imaginaba un lugar feo y desagradable, y

además había hablado tan mal de Rusia, que tenía miedo de que lo supieran y me

hicieran algo. Así que ir allí me inquietaba y no me compensaba; había otros muchos

sitios a los que ir a tocar.

En Europa, seguramente lo que más quería era ir a Italia porque me gustaba la

comida, y después a España. Escandinavia era un horror para mí: el cielo bajo y

siempre nublado, y si uno iba más al norte, entonces ya no había oscuridad durante la

noche o, por el contrario, la oscuridad duraba todo el día: deprimente. El único país al

que siempre me gustó ir era Japón; es un sitio impresionante, donde son muy

trabajadores y está todo limpísimo. Todo allí impresiona y me encantaba ir: al loro

con los japoneses.

Pero estuviéramos en Francia o en Japón, nuestros fans siempre eran

extraordinarios, aunque estoy seguro de que en Japón nadie te escupía, no creo ni que

oyeran hablar de ello, tan corteses como son. Fui a un partido de béisbol allí y si la pelota caía en las gradas, cuando la chica iba a buscarla, quien la tuviera se la

devolvía en lugar de ponerse todos como cretinos a pelear por ella. Entraban en fila

en la sala del concierto, que estaba programado a las siete y sin teloneros, se

quedaban allí de pie, quietos y en completo silencio, entonces salíamos y tocábamos

la primera canción y se volvían locos. Cuando terminaba una canción, todos callaban

para escuchar qué decíamos aunque no entendieran nada. Me encantaba, y además

llevaban el look adecuado, todos con la chaqueta de cuero negra, un punk perfecto,

limpio, bonito, hasta los mínimos detalles. Sabían pillar cualquier cosa y copiarla a la

perfección, y aunque no entendieran inglés, conseguía comunicarme con ellos.