Commando. Autobiografía de Johnny Ramone
Capítulo 4
Un gesto poco amistoso durante el Canadian World Music Festival (2 de julio de 1979) [©JRA LLC].
Así que cuando en 1978 Allan Arkush vino a preguntarnos si queríamos salir en
su película Rock’n’Roll High School, éramos todo oídos. Y más cuando supe que en
realidad iba a dirigirla Roger Corman, cuyas películas me encantaban, sobre todo
Attack of the Crab Monsters [El ataque de los cangrejos gigantes], Caged Heat o
Death Race 2000 [La carrera de la muerte del año 2000].
De camino a Hollywood para hacer la peli, teloneamos para Foreigner en St. Paul,
Minnesota, el 18 de noviembre, y al día siguiente condujimos mil quinientos
kilómetros hasta Denver para, al otro día, volver a hacer otros mil seiscientos hasta
Los Ángeles. Llegamos y grabamos «I Want You Around» para la película, canción
que era ya la tercera vez que grabábamos. Y como no era mucho el dinero que nos
habían prometido —ganamos en total cinco mil dólares por aquella peli de bajo
presupuesto—, tuvimos que hacer algunas actuaciones para pagarnos los gastos.
Tampoco nos alojamos en el Sunset Marquis, el hotel al que íbamos siempre, sino en
el Tropicana Motor del bulevar Santa Mónica porque era más barato. Nos pasamos
casi todo el tiempo en la piscina y conocimos a Tom Waits, que también se alojaba
ahí, y parecía buena persona. El hotel lo derruyeron el 85 y ahora es el Ramada.
Y fue mientras rodábamos Rock’n’Roll High School y hacíamos todas esas
actuaciones cuando tocamos nuestros tres conciertos con Black Sabbath, que fueron
otro desastre. No hubo manera de que le gustáramos a su público, que no hacía más
que gritar «¡Ozzy, Ozzy!». Y aunque salíamos, tocábamos y nos largábamos
zumbando, la peña seguía gritándonos que por qué estábamos ahí, abucheándonos o
chillando por Ozzy. Y yo quería entenderme con Black Sabbath porque me gustaban
desde que era chaval: los había ido a ver en su primera gira americana y comprado
todos sus discos hasta el Vol. 4, así que para mí era como estar frente a una leyenda.
Pero resultaron ser la otra banda, el enemigo, nuestros competidores, y la leyenda se
arruinó.
Tocar con esas bandas era durísimo porque su público era duro: te tiraban cosas
porque estaban excitadísimos por ver a su grupo favorito y nosotros estábamos en
medio. En cambio era fácil telonear para Foreigner o Eddie Money o para Tom Petty,
porque ¿quién es tan fanático de esos grupos como para tirar cosas o incluso para
abuchear?
Pero el 2 de julio del 79 tocamos en un macroconcierto en Toronto junto a
Aerosmith, Ted Nugent, Johnny Winter, AC/DC y Nazareth para una multitud de
cuarenta y seis mil personas. Se llamaba Canadian World Music Festival, y cuando
yo vi tocar a los demás pensé: «Va a salir mal», y se lo dije a Premier, nuestro
mánager, que me contestó: «Llevamos en este negocio un montón de tiempo y
sabemos lo que hacemos, y no va a ser como con Black Sabbath. Esto es Canadá; esta
vez va a ser diferente». Pero no lo fue; fue otro desastre. Cuando llevábamos cinco o
seis canciones tocadas, todo el público se puso en pie y yo pensé que había empezado a llover y Dee Dee lo mismo, pero nos estaban tirando cosas: bocatas, botellas, de
todo. Entonces rompí dos cuerdas de la guitarra y pensé que era una señal enviada
por Dios para que abandonáramos el escenario porque era raro que se me rompieran
las cuerdas, a lo mejor una al año. Así que avancé hacia el público, dejé de tocar y
levanté las dos manos enseñándoles el dedo medio, estuve así un rato en actitud
desafiante con los brazos en alto y me marché. Pero el resto del grupo siguió tocando
otros diez o quince minutos hasta que se dieron cuenta de que yo ya no estaba y se
largaron. No me iba a quedar ahí para que me abuchearan y nos tiraran de todo sin ni
siquiera tratar de contraatacar: teníamos que salir de allí con alguna dignidad pero no
había ninguna buena salida de aquello.
Los de Aerosmith nos estaban mirando desde un lado del escenario y fue
vergonzoso. Steven Tyler vino luego a nuestro camerino para decirnos cuánto lo
sentía y yo le contesté: «¡A tomar por culo; nos importa una mierda! Además así
podemos coger antes el avión y largarnos de esta mierda de país». Pero la verdad es
que Canadá fue bueno para los Ramones y particularmente Toronto. El problema
estuvo en que hacer ese concierto fue un error, así que nuestro agente dejó de insistir
para que tocáramos con otros grupos después de aquello. Tocamos en festivales en
Europa, pero nada metal; sobre todo conciertos con nosotros como principales o
coprincipales. Pero en 1978, mientras grabábamos la película, todavía nadie había
dicho una palabra sobre que nosotros no estábamos ahí para calentarle el ambiente a
nadie.
El rodaje de Rock’n’Roll High School fue una tortura, todo el rato sentados. Dee
Dee cada vez más colocado, mi novia sin parar de beber y yo en mi cuarto viendo la
tele; todo se estaba desquiciando. Estábamos ensayando en el estudio durante el
rodaje y Mark dijo que le habían desaparecido unos treinta y cinco dólares que había
dejado en la mesa. Yo sabía que no los tenía y que Joey no podía haberlos cogido, así
que no quedaba más que Dee Dee. Cuando nos vaciamos los bolsillos y la pasta no
apareció, yo, que sabía que la tenía Dee Dee, dije: «Pues todo el mundo a quitarse los
zapatos». Y ahí estaba, en uno de Dee Dee. Hasta entonces había confianza entre
nosotros y se podía dejar dinero por ahí, o al menos eso era lo que yo creía.
Dee Dee estuvo al margen durante todo el rodaje de la película. Al principio le
habían dado tres líneas de diálogo pero las redujeron a una porque era incapaz de
recordarlas. «Chico, una pizza» fue todo lo que pudo decir después de cuarenta
tomas, y yo dije la mía, «No somos estudiantes, somos los Ramones», y ese fue mi
debut cinematográfico. Tiempo después, Vincent Gallo me dio un papel en una
película muy mala, Stranded [Náufragos].
Estaba muy agobiado porque tenía a mi novia, Cynthia, allí conmigo y luego a
Rosana, a quien aún veía, que también apareció cuando mandé a Cynthia a casa. La
secuencia del concierto para la película la rodamos en el Roxy, y nos costó dieciocho horas conseguir grabar las cinco canciones. Tenían para ello tres públicos que fueron
llevando sucesivamente, uno por la mañana, otro por la tarde y el último por la noche,
y a los dos últimos les cobraron entrada. Creo que tres dólares por la tarde, y cinco
por la noche, pero a nosotros no nos dieron nada y a mí se me pasó. Como digo,
estaba muy agobiado. Cuando en mayo salió la película, yo pensaba que tendríamos
problemas y sin embargo a los críticos les gustó. Aun así no me atrevía a verla, pero
al final, para el estreno en Nueva York, en el Playhouse de la calle 8, me deslicé en la
sala cuando ya estaba oscura y me senté en la última fila y a la gente le encantaba. Y
es que la peli resultó mejor de lo que suponía.
Cuando Linda se montó en la furgo por primera vez, durante aquella gira por la
Costa Oeste, le dije: «Tú te sientas en la última fila». Y me contestó: «Pero no por
mucho tiempo». Y yo pensé: «¿Pero esto que es, esta chavala me contesta?». Joey le
dijo que se estuviera calladita, pero no le hizo caso, y a mí me hacía gracia. Pero a
veces me sentaba en la primera fila con la guitarra y ponía la radio, partidos de
béisbol transmitidos por Rush Limbaugh si era la temporada, y los jodía a todos.
Ya de vuelta en Nueva York tuve cierta tensión con Linda, pues ella estaba con
Joey y yo con Cynthia, pero seguíamos yendo juntos y haciendo cosas. A mí me
gustaba Linda, era lista y se veía estupenda, el tipo de chica que me gustaba y con la
que me sentía feliz.
Atormentábamos a Monte de malas maneras. Era muy buen chaval y un gran
trabajador, o sea, eso, bueno pero nunca fue grande. Se portaba muy bien con
nosotros, se hacía cargo de Joey y nos aguantaba, pero divertía mucho hacerle
putadas por cómo se enfadaba. En cambio si le hacías algo a Joey o a Dee Dee,
amenazaban con largarse de la banda, y si jodías a Mark, ni le importaba, hasta
parecía que le gustaba. Así que no quedaba más que Monte, que se convirtió en
nuestra víctima.
IZQUIERDA: Los Ramones, la actriz P. J. Soles (Riff Rendell) y el coguionista Richard Whitley descansando
entre tomas en el plató de Vince Lombardi durante el rodaje de Rock’n’Roll High School (diciembre del 78)
[colección privada de Richard Whitley].
Linda hacia 1978 [©JRA LLC].
Una vez alquilamos una furgo en la que se podía manejar la radio tanto desde el
asiento del conductor como desde la primera fila, pero Monte no lo sabía. Como
Mark y yo lo suponíamos, y Mark iba sentado en esa primera fila, detrás de Monte, yo le decía desde atrás: «Monte, cambia de emisora» y cuando él alargaba la mano,
los canales cambiaban y se volvían locos porque Mark los manipulaba. Entonces yo
le decía: «¿Pero Monte, qué haces?, deja esa emisora…» y él volvía a tratar de fijarla,
pero cada vez que acercaba la mano a la radio, Mark revolvía el dial. Así que le
dijimos: «Debe de ser un campo magnético, Monte, por tus anillos, la pulsera o el
reloj», y él se los quitaba y la radio iba bien. Pero en cuanto volvía a ponérselos,
volvían los problemas, y no lo entendía. Cuando fue a devolver la furgona, se quejó
de que la radio no funcionaba.
En otra ocasión, en una revista porno gay que teníamos, había una foto de un
negro despatarrado, y se la dedicamos: «Hola Monte, gracias por la maravillosa
noche. De tu Polla Negra». En el hotel, delante de los representantes de la
discográfica —porque queríamos que hubiera testigos—, le dijimos que había un tal
Polla Negra que lo estaba buscando, y cuando dijo que no lo conocía, sacamos la foto
y se la dimos. Los de la discográfica enseguida se fueron, supongo que asqueados,
pero nos daba igual.
Cuando iba alguien de alguna compañía discográfica a buscarnos a bastidores o al
hotel y se topaba primero conmigo, cuando me preguntaba con quién tenía que
hablar, le decía: «Ah, con Monte Noodnick, el señor Noodnick». Y Monte se
encontraba con un sonriente «¿usted es el señor Noodnick?».
Pero también había bromas menos ingeniosas, como untarle miel al asa de su
maletín o a la manija de la ventanilla cuando conducía, o colgarle letreros a la espalda
en los aeropuertos con cosas como «Soy gay y me gusta que me den por culo» o
«Tengo el virus del sida subiéndome por el culo», con los que se paseaba por el
aeropuerto sin enterarse.
Teníamos una caja de música que cuando la abrías, te soltaba: «Jódete,
gilipollas», así que cuando acabábamos de pagar en un peaje de autopista y Monte le
decía «Gracias» al cobrador, se la abríamos detrás de la cabeza y saltaba el «Jódete,
gilipollas». Nos poníamos histéricos; era el humor de los Ramones: siempre lo mismo
pero siempre nos reíamos. Teníamos nuestro propio sentido del humor y nos hacían
gracia cosas que a los demás no les divertían.
La policía nos paró alguna vez cuando conducía Monte, y hasta lo metieron una
vez en la cárcel, en Michigan, después de un concierto. Entramos en el parking del
hotel con la policía siguiéndonos, y todos nos bajamos y fueron por Monte. Era por
algo ridículo, como saltarnos un stop o algo parecido, así que nos fuimos riéndonos
mientras lo metían en el coche y se lo llevaban a comisaría. La verdad es que íbamos
bastante seguros porque teníamos un detector de radares, y mucho más cuando mi
colega Gene, el pasma, viajaba con nosotros, que podía sacarnos de cualquier lío. Se
bajaba del coche, hablaba con el poli, nos hacía firmarle una foto y seguíamos viaje.
Les enseñaba la placa, les hablaba de policía a policía y volvía y nos decía que les había ofrecido donuts. Monte detestaba esos líos pero aguantaba bien la presión.
Si le gritaba, para mí no significaba nada, a los cinco minutos ya lo tenía
olvidado, pero no sé si él también, y eso era algo que me pasaba con todos los que
trabajaban para nosotros. La verdad es que no creo haber estado enfadado con él
nunca, pues Monte trabajaba bien, no hacía un magnífico trabajo, pero sí un buen
trabajo. ¿Pero a quién estoy engañando? Era vago: si teníamos problemas con Joey,
Monte a veces tenía que ocuparse de él y entonces a mí me parecía que nos
descuidaba: Joey tenía su comida especial pero nosotros comíamos mierda, y eso no
era justo. Aunque en general, mientras viajábamos, sí se ocupaba de nosotros y no
pasábamos incomodidades. Era muy hábil con los hoteles: nada de Hyatts ni cosas
parecidas, sino Holiday Inns, los mismos en que habían dormido viejos roqueros
como los Who, salvo que pagara el promotor, claro.
Johnny en Washington, D. C. [foto de Danny Fields; ©JRA LLC].
«LAS COSAS SE NOS IBAN DE LAS MANOS,
[…] HABÍA QUE HACER ALGO
Y ESE ALGO RESULTÓ SER IRRACIONAL.»
Nos encantaba comer en los Cracker Barrel y Monte descubrió que podíamos
comer gratis en esos locales si le regalábamos al personal un retrato firmado. Así que
aparcábamos, Monte entraba con la foto y volvía con la comida. También nos gustaba
el County Line BBQ de Austin y la comida cajun de Luisiana e íbamos mucho al
Dairy Queen, donde yo me compraba un batido grande de chocolate, bebía un poco y
le daba el resto a Mark. Y él acababa bebiéndoselo mientras yo lo miraba a pesar de
estar a dieta.
Pero Mark era desagradable porque tenía tan malos modales que no usaba
cubiertos. Una vez estábamos en un Cracker Barrel y el de la mesa contigua se dejó la
mitad de la comida; alguien se lo dijo a Mark añadiendo «y tiene buena pinta…». Así
que se levantó, se acercó a la mesa, preguntó «¿tú crees que está buena?», y se la
comió.
Las cosas parecían írsenos de las manos y sabíamos que teníamos que pararnos y
reflexionar. Era 1979, llevábamos por ahí ya cinco años y no habíamos colocado
ningún éxito, así que había que hacer algo. Y ese algo resultó ser irracional: Phil
Spector.
Tratamos de hacer equipo con Spector, vimos la película Magic una noche en su
casa y luego fuimos a cenar con él. Incluso una noche vino el viejo Al Lewis de los
Munsters, que estaba a gusto con nosotros pero que era muy agresivo con los demás.
Phil Adoraba a Joey y al resto nos ignoraba, tanto, que nos llamaba «Joey y los
Ramones», pero Joey parecía querer recuperar cierto control sobre la situación y eso
lo ayudaba a conseguirlo. Phil se lo llevaba aparte y le cuchicheaba; incluso cuando
estábamos todos, se lo llevaba a otra habitación y Joey lo consentía.
Foto de Danny Fields [©JRA LLC].
Joey y yo ya no nos entendimos en absoluto después de esto. Y aunque fue el
disco de Spector el que cambió las cosas, mi relación cada vez más estrecha con
Linda no ayudaba, así que teníamos un problema. Spector había estado detrás de
nosotros intermitentemente casi desde la primera vez que fuimos a LA diciéndonos
«¿No queréis hacer un buen disco?». Y aunque tratábamos de evitarlo, sabíamos que
necesitábamos una oportunidad. Vimos desde el principio que maltrataba a todo el
mundo menos a nosotros, pero eso no me impedía darme cuenta de que esa no era
forma de trabajar. Era mortalmente lento y me veía allí indefinidamente, cuando no
quería pasarme dos meses en un hotel grabando un disco. Cada día nos hacía creer
que al siguiente cambiaríamos de estudio, pero no nos decía a cuál, sino que al final
de cada sesión nos decía: «No estoy seguro del estudio que quiero usar, así que
llamadme mañana y os digo dónde grabamos». Y así, todos los días teníamos que
llamarlo para descubrir que no nos movíamos de los estudios Gold Star: «Bien, en el
Gold Star». Que era lo que ya sabíamos, entre otras cosas porque era allí donde
estaba nuestro material, pero por alguna razón siempre quería que creyéramos que
nos íbamos a trasladar. No sé si eran drogas, paranoia o qué: estaba loco.
Trataba fatal a los Paley Brothers; los dejaba esperando fuera de nuestra sala del
estudio, y si yo los hacía pasar, él se lo impedía. No sé cómo se los encasquetó
Seymour Stein a Phil, supongo que diciéndole que podía tener a los Ramones pero
que tenía que grabarles una canción a los Paley Brothers. Supongo que no era nada
agradable estar en ese grupo, más bien, para llorar. También le gritaba al ingeniero
Larry Levine, y se iba continuamente a otro cuarto un rato y volvía, nunca comía ni
dormía, así que nosotros sospechábamos que se metía coca. Tratábamos de llevarnos bien con Phil y él podía ser amable con nosotros, pero era terrible con los demás,
incluida nuestra gente del equipo. Un día entró John Markovich, nuestro técnico de
sonido, y Phil empezó: «¿Y tú quién coño eres…? ¿Qué cojones haces aquí?», y así
durante media hora. Hasta que nosotros le dijimos que era nuestro técnico de sonido y
que lo dejara en paz. Pero siguió: «¿Pero quién te crees que eres…? No eres nadie».
Era espantoso cómo trataba a la gente.
A los dos días llegué al límite: me tenía allí tocando los acordes de apertura de
«Rock’n’Roll High School» una y otra vez, y así durante tres o cuatro horas. Se ponía
a escucharme y volvía a decirme que tocara de nuevo el mismo acorde mientras lo
marcaba taconeando y me repetía gritando «¡Mierda, coño, joder! ¡Mierda, coño,
joder!». Hasta que no pude más y le dije: «Me voy», a lo que me contestó: «¡Tú no
vas a ninguna parte!», y yo le repliqué: «¿Qué vas a hacer, Phil, dispararme?». La
verdad es que en ese momento me importaba un carajo si me pegaba un tiro o no; lo
único que quería era irme. Y ahí estaba ese hombrecillo con alzas en los zapatos, una
peluca y cuatro pistolas, una en cada bota y otras dos en las sobaqueras, más sus dos
guardaespaldas. Cuando mató a aquella chica pensé que lo raro era que no matara a
una por año, aunque de haber querido matar a alguno de nosotros, seguramente habría
sido a Dee Dee, pues por algún motivo era el que más lo irritaba. Lo volvía loco y a
él tampoco le gustaba Phil, que se quejaba de que Dee Dee saliera a cantar colocado.
Aunque entre tanto él iba borracho.
Y entonces, cuando ya no podíamos más de ese tira y afloja con Phil, el sábado 5
de mayo, a los cinco días de iniciada la grabación, recibí una llamada por la noche
diciéndome que mi padre había muerto. Estaba devastado y cuando Seymour Stein
me llamó para darme el pésame, le dije que a pesar de todo era mi billete para salir de
allí.
La muerte de mi padre fue muy rápida, a los sesenta y dos años y de ataque al
corazón. Mis padres vivían en Hollywood desde el 76, así que primero me fui a
Nueva York, luego a Florida y después vuelta a Nueva York y de nuevo a Los
Ángeles para seguir grabando el disco. Fue una época en que me sentí perdido, era
surrealista, pues cuando los muertos son tan próximos, te pasa algo, y estaba aturdido.
Pensar en ello me perturbó durante mucho tiempo, pues me sentía muy próximo a mi
padre, era un ídolo para mí: mis dos grandes héroes eran él y John Wayne. Siempre
que telefoneaba a mi madre, le pedía que me lo pasara; quería complacerlo y
asegurarme de que no lo defraudaba, pues era un hombre duro y yo quería estar a la
altura de sus expectativas. Pero tuve que volver al trabajo después del funeral, aunque
anduve a cámara lenta algún tiempo.
Cuando el 11 de mayo volví a Los Ángeles, me pareció un precioso gesto de
Linda el venirme a buscar al aeropuerto con los demás, pues yo sabía que nadie de la
banda me quería entonces y que no les apetecía ir a buscarme, pero sí a Linda. Fueron Monte, Joey y ella, y su presencia ha significado mucho para mí hasta el día de hoy.
El álbum End of the Century iba bien, pero no conseguíamos un hit; creo que se
radió en unas ciento veinte emisoras, por unas treinta y cinco que radiaron los discos
anteriores. Llegó a estar como en el número ocho de las listas inglesas, ¿pero a quién
le importa Inglaterra?, nosotros éramos americanos. Y contenía lo peor de cuanto
hicimos: «Baby, I Love You». Además fue idea mía grabar una canción de Spector.
Yo había sugerido que versionáramos «(The Best Part of) Breakin’ Up», pero Phil
impuso «Baby I Love You» y hasta llevó una orquesta para que la tocara en nuestro
lugar. Se convirtió casi en un sencillo de Joey de solista, algo que Phil llevaba
alentando desde hacía tiempo diciéndole cosas como «Es todo tuyo, Joey», así que
Dee Dee y yo volvimos a Nueva York, cosa que alegró a Joey. Una semana después
grabaron «Baby I Love You» sin los Ramones: ninguno de nosotros toca en esa
canción, ni siquiera Mark, pues Phil decidió usar en su lugar una sesión de otro
batería.
Y entonces salió además el asunto de las chaquetas: en las primera fotos que nos
sacaron para End of the Century posamos siempre con las chaquetas de cuero, hasta
que alguien dijo «¿a ver, por qué no hacemos algunas sin las chaquetas?». A lo que
yo pregunté «¿y por qué?». Esas chaquetas eran parte de los Ramones y yo llegué a
tener tres a lo largo de mi carrera: una me la robaron en Holanda, otra en Florida y la
última se la di a Vincent Gallo, así que era como despersonalizarnos aparecer sin las
chaquetas, incluso entonces.
Decían que lo hacían para introducir algunos cambios; a pesar de todo, estaba
seguro de que no usarían esas fotos, y además jamás habría aprobado que
apareciéramos sin las chaquetas de cuero, y encima ese día yo llevaba una camiseta
roja. Llegaron las fotos y el grupo votó contra mí, así que usamos la de las camisetas
de colores para la cubierta: fueron dos contra uno, Dee Dee y Joey contra mí, porque
Mark no tenía voto todavía porque no era miembro original. Dijeron que nos
deshiciéramos de las chaquetas, que era por ellas que no salíamos en la radio, así que
la foto con las chaquetas que tendría que haber sido la de la portada apareció en el
interior. A mí me sentó fatal perder la votación y creo que lo de la foto cambió
nuestra trayectoria.
Todo el asunto me perturbaba porque para entonces ya era una abierta lucha de
poder y votaban contra mí en todos los asuntos artísticos. Hubo un montón de
problemas ya con End of the Century, pues fue el primer álbum definitivamente sin
Tommy, que aunque no tocaba en el anterior, Road to Ruin, todavía participó en él
porque lo produjo. Con la aparición de End of the Century se hizo visible que no
íbamos a conseguir lo que nos habíamos propuesto, algo que me decepciona hasta el
día de hoy. Esa perspectiva aclaró las cosas, incluido nuestro futuro, y eso que yo
creo que mis propósitos eran puros: hacernos cada vez más grandes y componer canciones de la hostia hasta llegar a ese punto en el que poder prescindir de lo que
dijeran los demás y permitirnos ser todo lo perversos que quisiéramos. Pero era lo
contrario lo que nos sucedía: crecíamos pero éramos cada día más manipulados,
nunca conseguíamos la medalla de oro porque perseguir algún tipo de éxito comercial
es en realidad sentarse a esperarlo.
Nunca compuse nada parecido a una canción de éxito sólo por tener un éxito si no
encajaba en nuestro estilo, pues habría tenido que vivir con ello el resto de mi vida y
no creo que hubiera podido mirarme al espejo de haberlo hecho.
La verdad es que ya no me gustaron demasiado los discos que vinieron después
de Road to Ruin, incluido éste, del que escogieron la canción equivocada, «Don’t
Come Close», para el primer sencillo, que era la que menos nuestra sonaba. ¿No
podrían haber elegido «I Wanna Be Sedated»? Y lo mismo con End of the Century:
«Baby, I Love You» no era el sencillo: para mí, todo eso era el final de nuestra
carrera. Yo creía que la idea que había detrás de los sencillos era que los críos
pudieran identificarse con el grupo mientras estuviera en activo, ¿pero alguien cree
que iban a ir a un concierto para escuchar «Baby, I Love You»? Y cuanto mayor el
concierto, más numerosos los admiradores decepcionados que vinieran esperando
oírla, y yo siempre nos pensé como una banda para la actuación en vivo y estaba
seguro de que nuestros conciertos eran buenísimos.
Pasé auténticos malos ratos hablando de aquellos últimos discos, especialmente a
principios de los ochenta. Cuando dábamos una rueda de prensa por un nuevo disco,
oía a Joey decir que era el mejor que habíamos hecho hasta entonces, pero a mí no
me lo parecía. Sabía que algunos eran defectuosos, pero Joey era incapaz de aceptar
que jamás colocaríamos una canción de éxito en Estados Unidos, y no entiendo cómo
podía creer que algo como Pleasant Dreams, con Graham Gouldman de 10cc, podía
ser nuestro mejor álbum hasta la fecha. Pues se trataba de un productor que no sabía
nada de nosotros, de un tío que lo primero que me dijo en el estudio fue que le bajara
el volumen a mi guitarra porque zumbaba demasiado.
Si yo daba una entrevista tras sacar un disco especialmente débil, lo decía
abiertamente y me daba igual el disco. Lo decía y la productora nunca me dijo nada,
pues sabían que nada de lo que hicieran iba a impedirme decir la verdad.
Cambiamos de mánager justo después del disco End of the Century. Llevábamos
hablándolo desde el 79 y finalmente, tras un año, llegó el momento. Y no se trataba
de un rechazo a Danny, sino de intentar algo distinto, pero yo me sentía mal porque
no quería cambiar de mánager, porque Danny me gustaba un montón y no quería
hacerlo responsable de nuestra falta de éxito. Pero de nuevo, como con las chaquetas
de cuero de la cubierta de End of the Century, perdí la votación. Flotaban algunos
nombres, como Dee Anthony y otros peores, y pensé que quizá podía convencer a
Joey y a Dee Dee de que cambiaran su voto si Danny se hacía con un socio, pero no pudo.
Sin embargo, creo que por allá por 1978, Danny se asoció con Linda Stein,
entonces la exesposa de Seymour Stein. Y aunque siempre nos favoreció y era una
fan de los Ramones, todo el mundo se quejaba agriamente de ella porque había
facturas de teléfono, recibos de taxi y otros gastos que Danny nunca nos había
cargado hasta entonces. Y tampoco ayudó que las novias de Joey y de Dee Dee
conspiraran y rumorearan porque decían que hablaba de negocios sólo conmigo. Así
que las chicas manipularon a sus débiles novios y Danny fue expulsado. Pero a mí no
me manipularon.
Mark no tenía voto pero habría sido lo mismo de haberlo tenido. Si hubiera dicho
«Que Danny se quede», Joey y Dee Dee habrían dicho que su voto no contaba, y de
haber dicho que necesitábamos un mánager nuevo, entonces, que sí contaba.
Funcionaba así. Seguramente se habría alineado con ellos pero entonces no tenía
voto. Ese era nuestro sistema de toma de decisiones, votando, y fue siempre así, de
principio a fin. Así que cuando creí que debíamos cambiar de mánager porque
nuestra trayectoria no iba como debía pero sabía que me iban a tumbar la votación,
presioné por Gary Kurfirst, que había sido el mánager de los Talking Heads y que en
el 77 cuando telonearon para nosotros en el Orpheum de Boston me había
impresionado. Arturo trató de darles menos luz a los Talking Heads y Kurfirst
intervino enseguida, se armó una buena discusión y a mí me gustó el modo como
salió por su grupo. Y sabía de él también porque Gary había vivido de niño en mi
misma calle, aunque no lo conocía, pero sí a su hermano menor. En los sesenta había
dirigido a Leslie West y a los Vagrants y promovido conciertos en el Singer Bowl de
Queens, como el de los Doors con los Who. Y además tenía una discográfica: me
tenía impresionado.
Dee Dee, Johnny y Joey entrevistados en el hotel Hyatt de Los Ángeles el 27 de enero de 1970 [foto de Jenny
Lens; ©JRA LLC].
Fue un muy buen cambio: en cuanto tuvimos a Gary de mánager, empezamos a
ganar más dinero. Poco después de que se hiciera cargo, nos pagaron veintiséis mil
dólares por tocar en el Bond’s de Nueva York, lo máximo que habíamos ganado de
lejos. Pero el dinero empezó a aumentar a partir de 1981: hicimos diez mil dólares
tocando en Brooklyn; siete mil en Rockaway Beach; otros siete mil en Providence,
Rhode Island; en Filadelfia, setenta y cinco mil; y en Stony Brook, Nueva York,
noventa y cinco mil dólares.
Foto de Danny Fields [©JRA LLC].
Los Ramones en el Whisky a Go Go de Los Ángeles (1977) [foto de Jenny Lens; ©JRA LLC].
Kurfirst fue el mánager de los Ramones durante veinticinco años aunque no
tuvimos contrato los últimos veintitrés más o menos. Al principio él nos mandó un
contrato y nosotros lo firmamos, y cuando expiró dos o tres años más tarde, no
volvimos a firmar otro. Él me mandaba contratos pero yo nunca los firmaba y solía
fastidiarme con ello, pero al final se resignaba. También los de la agencia Premier,
cuando en los ochenta caducó el contrato que tenían con nosotros, me mandaban
renovaciones y yo les decía: «¿Pero para qué tengo que firmar contratos? Mientras
trabajéis bien, no me iré».
Cuando no conseguimos un éxito con End of the Century, supe que no seríamos
la gran banda que yo esperaba, así que desde entonces hasta el final no volví a
calentarme por triunfar, pues hasta ese momento, ante cada álbum pensábamos que
conseguiríamos una canción de éxito. Cuando finalmente nos llevó Phil Spector, la
gente decía que esa era la buena. Había mucho bombo y platillo con el punk rock que
estaba saltando a la fama, pero no lo conseguimos. En Inglaterra sí promocionaban el
punk rock, que era lo que había que hacer, y todos tenían alguna canción de éxito,
pero eso no se hizo nunca en Estados Unidos. Y la prensa se ocupaba del punk para
silenciar lo bueno y hablar sobre lo malo, de manera que era una situación en la que
era imposible ganar.
Sabíamos que teníamos que movernos si queríamos despegar, y hacia finales del
77 nuestro tercer álbum salió simultáneamente al primero de los Sex Pistols.
Pensamos «Bien, a lo mejor ahora toca el punk rock y ya tenemos el movimiento»,
pero los medios empezaron a resaltar el vestuario. Mostraban a todas aquellas bandas vestidas a lo punk y como nosotros no formábamos parte de eso, nos dejaron fuera.
Pero cuando aquéllos empezaron a decir que no sabían tocar punk rock, entonces sí
nos metieron a todos en el mismo saco. Y en 1980 American Bandstand nos descolgó
del cartel porque Public Image Ltd había ido la semana anterior y se habían portado
como una pandilla de gilipollas y Johnny Rotten se había montado en el podio, así
que una semana más tarde, nos cancelaron a nosotros. Siempre nos estaban
apretando.
Cuando empecé, creía que en este negocio, si eras bueno, te iba bien, pero no es
cierto. Son las bandas que consiguen este tipo de promoción y empuje, con
independencia de que sean buenas o no, las que triunfan de verdad. Y el trabajo duro
ayuda, pero no es suficiente.
Queríamos salvar el rocanrol y nuestros ídolos eran las grandes formaciones, pero
no estábamos contra nadie. A lo que nos oponíamos era a aquello en que el rock se
estaba convirtiendo, y que no era rocanrol. Contra eso sí estábamos.
Yo creía que acabaríamos siendo el mejor grupo del mundo, que los Ramones, los
Sex Pistols y los Clash nos convertiríamos en las mayores bandas, como los Beatles y
los Rolling Stones, y que el mundo mejoraría y dominaríamos las ondas. Que todo
sería punk rock y que eso sería maravilloso. Recurrimos a Phil Spector como último
recurso para que se nos oyera en la radio, pero tampoco funcionó.
De manera que se convirtió en un trabajo más, en el que había que esforzarse para
cuidar de los fans e ir haciendo el dinero suficiente para no tener que trabajar en otra
cosa después de diez o veinte años en esto. Tenía claro que si tenía que buscar trabajo
y me preguntaban: «¿Quiere el trabajo, sí, y a qué se ha dedicado estos últimos veinte
años?… Ah, tocaba en una banda de punk rock», no me lo iban a dar. Y aunque la
gente me decía que era muy listo y que siempre podría trabajar de representante
musical, no me lo creía. Si buscaba trabajo no me lo iban a dar; era si no lo buscaba
cuando me lo podían ofrecer, porque es así como funciona el mundo.
Fue después de End of the Century que empecé de verdad a trabajar con propósito
económico: sabía cuánto necesitaba para retirarme y cuánto tiempo me iba a llevar
conseguirlo. Además, ya entonces era consciente de que nuestro directo era mejor
que el de muchas otras bandas, de manera que teníamos que conseguir que funcionara
—era nuestra carrera—, y cómo lo hiciéramos era importante.
Por esa época, Linda se convirtió en mi mejor amiga; llevábamos viéndonos
desde dos años antes de que eso empezara. Ella seguía con Joey y yo con Cynthia,
pero habíamos estado desde el 79 al 81 yendo juntos de gira, así que nos veíamos en
la carretera y luego en casa, en Nueva York, porque además terminó viviendo a la
vuelta de la esquina, ella con Joey en la calle 9 y yo con Cynthia en la 10.
Hacia finales de 1980 quedaba siempre con ella para comer por el barrio, y en el
81 ya íbamos por ahí abiertamente, aunque algunos dejaron de tratarnos por ese motivo; les sacaba de quicio. Por ejemplo a mi exnovia Arlene, con quien salí a los
dieciocho o diecinueve y me dejó. Juré que se la devolvería aunque me costara años,
me prometí que conseguiría atormentarla cuando me la topara de nuevo por el
camino. Y lo hice, años después, dándole vagas esperanzas siempre que pude aunque
ya no me interesaba nada. Y se moría por volver. Ahora es la esposa de Mickey, un
hermano de Joey, pero en la época de mis problemas matrimoniales con Rosana,
estaba ahí esperando que abandonara a mi mujer, pero había dejado de interesarme. Y
cuando efectivamente dejé a mi esposa, con quien me marché fue con Cynthia, a
pesar de la súbita reaparición de Arlene en el cuadro, y cuando además ella ya salía
con Mickey. Bueno, Mitch, que era su nombre real aunque quería que lo llamaran
Mickey.
Como seguía sin prestarle atención, estaba cabreada e intentaba entrar y salir de
mi vida sin éxito. Si Linda y yo volvíamos a vernos, Arlene asomaba la nariz porque
no podía soportar que amistáramos. Hasta vino a un concierto y me dijo: «¿Cómo es
que te gusta Linda pudiendo tener a una chica con mis curvas?». ¡Y eso mientras salía
con Mickey! Y además Linda y su amiga estaban ahí oyéndolo todo y riéndose como
locas. «¿Pero has oído lo que dice?», aunque Arlene ni se enteró.
Mickey sabía que yo le gustaba porque cuando venía a Manhattan a ver a Joey,
ella se las apañaba para escaparse y verme. Siempre le decía a Linda, porque se
conocían, «¿llamamos a Johnny a ver qué hace?», y me venían a ver. Sabía que Linda
y yo éramos amigos, y un día que estábamos comiendo los tres, nos pilló haciendo
manitas bajo la mesa, se agachó a mirar y flipó. Saltó, se puso de pie y a gritar
«¡¿pero qué coño pasa aquí?!», toda dramática. Ya dije que le alimentaba un poco sus
esperanzas, pero siempre cuando me gustaba otra porque ella no me gustaba.
Yo he tenido básicamente cuatro mujeres en mi vida: salí con Arlene y después
con Rosana, y mientras estuve casado con Rosana, empecé a verme con Cynthia, que
venía a los conciertos y la cosa se dio. Rosana acabó enterándose porque la propia
Cynthia forzó la situación y la llamó, así que Rosana me echó. Y aunque seguí
viéndola ocasionalmente, ya no podía pasar la noche con ella porque vivía con
Cynthia. Y la época en que me encontraba con Linda pero aún sin sexo,
simultáneamente veía a Rosana y vivía con Cynthia. Era estresante.
El resultado final fue que Linda dejó a Joey el verano del 82 y un par de meses
más tarde yo abandoné a Cynthia. El asunto produjo situaciones de tensión en la
banda pero yo traté de manejarlas con tacto, digámoslo así. En el reajuste, Linda y yo
nos mudamos a un piso en la calle 22, aunque la furgo siguió dejándome cerca de mi
antigua casa de la 10 como si siguiera viviendo allí, pues Joey no sabía que vivíamos
juntos y a mí me preocupaba que se fuera de la banda si se enteraba. Se lo decía a
todo el mundo: «Si me entero de que viven juntos, me largo».
IZQUIERDA: Linda y Johnny en los ochenta. DERECHA: Johnny y Linda recién casados en el ayuntamiento;
nótese la huella de pulgar abajo a la derecha [©JRA LLC].
La verdad es que no congeniaba con Joey pero no quería hacerle daño; no éramos
amigos íntimos sino socios laborales. Por otra parte, si la chica no quería seguir con
él, ¿qué se supone que tenía que hacer, seguir de todos modos? Cuando ambos son
felices, no hay nada que pueda interponerse, de lo contrario es que hay un problema
en la relación. Para mí era un fastidio que Linda siguiera con Joey cuando ya no
quería y que renunciáramos a vivir juntos sólo porque podía afectar al grupo, de
manera que fue un verdadero esfuerzo el que hicimos para no causarle problemas,
hasta que nos resultó completamente imposible. Al principio, tras dejarlo, Linda
incluso vivió sola un tiempo, siempre evitando crear problemas; lo intentamos pero
no se puede vivir en la mentira.
Linda y yo nunca exhibimos nuestra relación para así evitar problemas, de manera
que dejó de viajar con nosotros en el 82, y en los conciertos cerca de casa, así que
bajaba del escenario, cogía mis cosas y me iba. A mí me asustaba que el asunto de
Linda afectara al grupo. Lo veía como un problema parecido al de Keith Richards y
Brian Jones cuando Anita Pallenberg abandonó a Jones para irse con Richards, y la
verdad es que no sabía qué hacer porque no quería romper la banda pero al mismo
tiempo quería irme con Linda.
Hasta que empecé con ella, no sacaba dinero de mi cuenta, sólo ingresaba, vivía
al día del dinero de las giras. Vivía obsesionado con ahorrar para la jubilación y eso
no casa bien con la generosidad, pero también quería impresionar a Linda y empecé a
sacar dinero. Hasta recuerdo la primera vez que saqué de mi cuenta y lo doloroso que fue: ¡se me caían las lágrimas! Pero no he vuelto a engancharme así con nadie: iba en
serio, y hemos seguido juntos estos últimos veinte años.
De niño trataba de hacerlo todo solo y seguramente me acostumbré a hacer mi
voluntad, de manera que no fue sino hasta mucho más tarde, cuando decidí casarme
con Linda, que me di cuenta de que era un egoísta. Fue entonces que empecé a dejar
de serlo, que me di cuenta de que ella iba primero. Nos casamos en el ayuntamiento
de Nueva York solos ella, yo y una amiga de ella. Pagué cinco dólares para que
alguien nos sacara una foto con Linda luciendo su ramo de flores de plástico y
cuando ella vio que la foto había salido con la mancha de la huella de un dedo, dijo
que quería otra, pero yo me negué: ya me había costado cinco dólares y, además,
estábamos tardando demasiado. Cuando Linda se iba con sus flores, apareció un tío
corriendo diciendo que los quince dólares que yo había pagado por ellas eran por
alquilarlas, así que le dije: «Tienes que devolverlas; total, son de plástico». Así es el
punk: puede que a partir de entonces dejara de ser egoísta, pero seguí siendo sobrio.
Creo que Joey habría aceptado que Linda se fuera con cualquier otro, pero no
conmigo, siempre fue así, culpaba a los demás hasta de sus propias faltas. Yo me
tomo en serio mis responsabilidades, porque de una buena parte de las cosas que
pasan en la vida el principal responsable es uno mismo, su mal juicio. Hacía lo
mismo cuando por desordenado perdía la letra de una canción, «yo no tengo la
culpa», decía. Y yo sabía que esto era algo que iba a sentarle mal, y lo que me
preocupaba no era que se enfadara conmigo, sino que su cabreo fuera tal, que
rompiera la banda. Sólo más tarde caí en la cuenta de que era cosa de todos la
voluntad de seguir juntos, y que aunque aquellos fueron momentos tensos, nadie
quería acabar con el hecho de que éramos los mejores en lo que hacíamos.